Mary Beard, negacionista del humor

En un pasaje de En Nadar-dos-pájaros, novela, por cierto, para cuya definición suele aflorar la sátira menipea, Flann O’Brien, uno de mis escritores favoritos, parodia tanto la literatura pseudointelectual que simplemente acumula erudición deslavazada como a las personas que se sienten inclinadas a encarnarla. Un fragmento de la traducción de José Manuel Álvarez para Nórdica puede ilustrarlo:

Nombres cotidianos o coloquiales de sustancias químicas, comentó el señor Shanahan, crémor tártaro ― bitarto de potasio, yeso blanco ― sulfato de calcio, agua ― óxido de hidrógeno. Guardias y turnos de vigilancia a bordo de un barco: Primera guardia ―4 p.m. a 6 p.m.―, segundo turno ―6 p.m. a 8 p.m.―, tarde ―mediodía a 4 p.m.―. Paris, hijo de Príamo, rey de Troya, se llevó a la esposa de Menelao, rey de Esparta, y provocó así la guerra de Troya.

El nombre de la esposa, dijo Lamont, era Helena. El camello no puede nadar debido a la curiosa distribución anatómica de su peso, que haría que la cabeza quedase inmersa si se situase al animal en aguas profundas. La capacidad se mide en electricidad por el faradio; un micro-faradio es igual a una millonésima de faradio. Un carbunclo es una excrecencia carnosa que recuerda las barbas de un pavo. La esfragística es el estudio de los sellos grabados.

Excelente, comentó el señor Furriskey, con aquella sonrisa plácida que le congraciaba con todo el mundo que se cruzaba en su camino, pero no pase usted por alto esto, que la velocidad de la luz es in vacuo de 186.325 millas por segundo.

Algo así es el libro de Mary Beard La risa en la Antigua Roma, que está más cerca de un catálogo anticuario que de un ensayo coherente. Ve la luz en castellano este año, pero el original se publicó en 2014; sin embargo, no ha envejecido mal. Por suerte, la nula dimensión teórica juega a su favor e impide que este lapso de ocho años de investigación y actualización haya dejado desfasada una obra como esta, que, salvo por alguna interpretación microfilológica reciente, bien podría haber sido escrita treinta años antes. La traducción es en general correcta, aunque no se escapa de decisiones cuestionables (como clasificar a Zaratustra de «iraní» en lugar de «iranio» p. 48) o algunas erratas («Apaemia» por Apamea en p. 242), especialmente en las transcripciones de palabras griegas («h‘dus» p. 182, «onk‘thmos» p. 288). En ningún libro es preferible reducir el índice analítico (pp. 367-378) tal y como se ha hecho en este respecto al original inglés, pero si además se trata de uno tan variopinto y deslavazado, como es el caso, esto supone una equivocación incomprensible.

Como viene a decir la autora (p. 11-12), este libro son en realidad dos libros; por desgracia, ninguno de ellos es bueno. El germen del que parte son unas conferencias impartidas en Berkeley en 2008 y a ellas se deben los capítulos que forman la segunda parte: “El orador” (pp. 165-206), “De emperador a bufón” (pp. 207-248), “Entre lo humano y lo animal: en especial de monos y asnos” (pp. 249-292) y “El amante de la risa” (pp. 293-330). En contraste con la primera parte, estos capítulos están vertebrados generalmente sobre casos concretos, como Sobre el orador, El asno de oro o el Philogelos entre otros. Tres capítulos, de enfoque más general y redactados con posterioridad, forman el primer bloque del libro: “Algunas preguntas antiguas y modernas sobre la risa” (pp. 45-84), “La historia de la risa” (pp. 85-118) y “La risa romana en latín y griego” (pp. 119-157). A ello se suma una introducción (pp. 15-41) y un epílogo (pp. 331-335), además de algunas ilustraciones a color en las páginas centrales, la bibliografía, el menguado índice analítico y algún otro paratexto. Pese a lo que pudiera esperarse de antemano, la cantidad de anécdotas no es mayor en la segunda parte que en la primera, lo que hace de las páginas donde supuestamente debemos hallar las reflexiones teóricas o metodológicas una abrumadora cadena de ejemplos. En la práctica, un capítulo que se titule “historia de…” y que solo ofrezca muestras singulares, apenas hilvanadas, difícilmente puede cumplir con lo que se espera de una “historia”. En general, como desarrollaré más adelante, el libro exhibe ostentosamente un nulo bagaje teórico.

En cuanto a los casos de estudio de la segunda parte, el mérito es desigual. Las mejores páginas de Beard son aquellas en las que trata de manera más profunda cuestiones pequeñas y mejor acotadas, en las que la clasicista ejercita la agudeza que se le presupone para hacer que lecturas remotas en manuscritos tardíos e iconografía clásica se alineen en favor de su argumentación. Así, por ejemplo, aunque no pueda estar de acuerdo con todas sus conclusiones, la discusión que hace en las pp. 120-128 sobre los términos latinos para reír (y sonreír) es inteligente e sugestiva, como lo son algunas interpretaciones, normalmente aquellas que más se alejan del humor y la risa, y que sí conciernen a cuestiones más filológicas e historiográficas, por ejemplo, la relevancia de la risa como estructuradora de la narración en las Metamorfosis de Ovidio (pp. 219-220). Las secciones menos originales son también de las mejores: salvo por algunas divagaciones, el capítulo octavo es una buena introducción al Philogelos y, en general, la recopilación de pasajes en los que aparece de manera expresa la risa no carece de interés.

Pese a estas virtudes puntuales, la obra en su conjunto no es recomendable. En su forma actual, el libro apenas hace justicia al título y resulta algo parcial. Más importante, algunas de las fuentes que sí aparecen son infrautilizadas. No ya como texto humorístico sino como un modo de conocer los contextos en los que el humor se ejecutaba, Marcial está absolutamente desaprovechado. Prestar atención a Fortunata, la esposa de Trimalción, durante la famosa escena del banquete del Satiricón hubiera enriquecido las páginas sobre la risa de las mujeres al comienzo del capítulo séptimo (pp. 249-255). Muchos otros casos se podrían esgrimir, pero me conformaré con señalar lo contraproducente que es el desarrollo atomizado y deslavazado de lo que sobre el humor dejó escrito Quintiliano.

No obstante, todo lo anterior, tanto lo bueno como lo malo, palidece ante el problema fundamental del libro que no es otro que la alegría con la que Mary Beard abraza el obscurantismo. Reducir, como hace elegantemente S. Attardo en su reseña a la versión original, la actitud de Beard respecto al estudio del humor al mero escepticismo es brindarle la oportunidad de pasar por una posición científicamente aceptable. No es el caso.

Si después del 2020 alguien explícitamente pretendiera «inducirnos a revisar algunas de nuestras «verdades» científicas sobre el tema» (p. 53), con comillas en el original, reconoceríamos rápidamente a qué tipo de discurso nos enfrentamos. Bien, como el covid, las vacunas, la nieve o ―mi favorito― los volcanes, el estudio del humor también tiene sus negacionistas y, como en los casos previos, siempre son más de los esperados y deseados. Así puede verse en la miríada de reseñas acríticas que el libro, desde la publicación original inglesa, ha recibido por parte de periodistas, pero también académicos. Descorazonadoramente sintomático es el comienzo de la ditirámbica reseña que Kristina Milnor firma:

«I should begin this review by confessing that I have never liked scholarship on humor, ancient or otherwise. For me, the pleasure of understanding why I (or anyone) laughed is far outweighed by the pleasure of the laugh itself; I would rather enjoy the living joke than admire its dissected body. Fortunately, Mary Beard is sympathetic to this position…»

La reseña, por supuesto, es completamente inútil habida cuenta de que no solo cree erróneamente que el libro de Beard es una muestra de «scholarship on humor» sino que no parece, como dice, muy familiarizada con el tema, lo cual haría preguntarnos por qué entonces decide hacer una reseña si no supiéramos ya la respuesta.

Poco se puede llegar a saber de scholarship on humor a través de La risa en la Antigua Roma. La representación que hace de las principales familias teóricas sobre el humor, a saber, las de la superioridad, la incongruencia y el alivio (pp. 66-75), bien por desdén, bien por desconocimiento ―o por un cóctel de ambos―, no pasa de la caricatura y dudo que alguien, incluidas Beard o Milnor, pueda hacerse una idea cabal a partir de lo escrito. En la misma tendencia a la deformación, el peso que Bajtín ejerce hoy sobre el estudio del humor aparece magnificado («Bakhtin representa la sombra más reciente que pende con mayor fuerza sobre los análisis modernos de la risa y su historia» p. 103) y parece como si Mary Beard, batallando contra un fantasma, quisiera ganar una guerra que ya se decidió en los años ochenta.

De un modo más amplio, los estudios sobre el humor se le antojan, de manera totalmente contraempírica, un proyecto estéril o imposible, como no deja de consignar: no se muestra muy convencida de «la idea de que es posible (…) escribir una historia diacrónica de la risa como fenómeno social» (p. 112) o sentencia que «(e)l estudio de la risa romana es en ciertos sentidos un proyecto imposible» (p. 119). Más allá, mantiene la insoportable costumbre de clasificar los estudios vigentes y bien asentados en el campo como “simplificaciones” (entre otras, pp. 13 y 119), cuando todo su método consiste en la acumulación acrítica de datos; pareciera que de página en página Beard susurrase fake news como lo hacía Trump en las ruedas de prensa. Incluso, asoma a veces un tono de parodia burlona que no elude cierto deje de exotismo («En la biblioteca de mi universidad hay unos 150 libros en los que la palabra Risa forma parte del título publicados en inglés en la primera década del siglo XXI.» p. 66).

La incredulidad magufa ante la investigación científica sobre humor («esa intrigante tierra de nadie intelectual» p. 53), investigación que se lleva a cabo desde muy diversas áreas, aunque Mary Beard parece tener particular ojeriza contra la neurociencia (pp. 12, 54), no es tan llamativa cuando el propio concepto de humor es puesto en duda. El escrúpulo de Beard a la hora de usar no ya los estudios punteros sobre humor, sino la misma noción de humor («intrigante y cautivador» p. 75, «un término al que no nos podemos resistir, aun siendo peligroso aplicarlo al mundo antiguo» p. 175) es ―apropiadamente― ridículo y condenado desde el principio al fracaso. El negacionismo apriorístico del humor la conduce a una situación imposible de la que cree poder escapar recurriendo como señuelo a la “risa”. La risa, aunque dé algo de pudor recordarlo, es una expresión física sonora y visual. Igualar “risa” y “humor” es una confusión que nadie intuitivamente aceptaría, al menos si no se ha dejado llevar por la lectura de este libro, y que requiere un contexto específicamente académico, en el que partimos de la pretensión de autoridad por parte del emisor, para no ser descartada de entrada como el despropósito que es. Reformulando algo dicho con anterioridad, La risa en la Antigua Roma son dos libros, uno sobre la risa y otro sobre el humor, y ninguno es bueno. Además, tomar la risa como principio heurístico es peligroso, pues, como de nuevo cualquiera puede saber, hay varias situaciones frecuentes en la que la risa (como la que se suele llamar nerviosa) no tiene relación con el humor. Quede claro: un libro sobre la risa en Roma ―este no es tal― sería posible e interesante, pero su campo se encontraría cerca de los estudios sobre la gestualidad ―que para la Roma antigua existen y muy buenos―.

Cierto es que existe cierta ambigüedad terminológica en las fuentes grecolatinas clásicas respecto al humor y la risa, y no lo es menos que pueden apreciarse diferencias culturales respecto a la actualidad, pero de ello no se ha de seguir que los romanos careciesen de una noción pareja a la nuestra de humor. El tratamiento del De oratore que hace Beard es particularmente sensible a esto, ya que introduce confusiones que son fruto de su coercitiva interpretación y que no se encuentran en el texto latino ni, para ser justos, en la mayor parte de las traducciones. Puede que Cicerón no tuviera un término tan claro como el actual “humor” (probablemente ridiculum o lepor sean los más cercanos en ese diálogo), pero no se le puede hacer responsable de la pobreza conceptual de Beard: una lectura rápida puede mostrar que distingue perfectamente entre la risa como expresión sensible de aquello que puede risum mouere (Cic. De or. 2,218). Por culpa de esta proyección, el capítulo quinto, que está prácticamente dedicado por entero al fascinante texto del De oratore, es uno de los más inservibles y frustrantes.

Una analogía. Si aplicásemos los razonamientos de Beard al campo de la economía, toda investigación sobre las relaciones en las sociedades antiguas debiera de ser descartada como una excentricidad ya que no responden a la descripción capitalista posterior a Smith. Como no existe en Roma una economía industrial, lo mejor que podemos hacer es ceñir el estudio de la “economía”, ese término intrigante y cautivador, pero peligroso de aplicar al mundo antiguo, al de las monedas. Miremos las monedas, pesemos las monedas, aunque no nos dejamos llevar y acabemos haciendo un análisis químico de la aleación. Este libro no propone algo distinto respecto al estudio del humor. No creo que nadie, y en ello incluyo a la autora, esté dispuesto a admitir una situación pareja para cualquier otra disciplina o materia. Resultaría evidente que se trata de un enfoque obscurantista y acientífico, pero el campo del humor, como el de las escrituras o lenguas sin descifrar, todavía sigue siendo la pista de aterrizaje de todos los diletantes ociosos.

El único descargo teórico que la autora se permite es la obra de Simon Critchley On humour, de la que hay traducción castellana. Hay unos cuantos puntos en los cuales puedo diferir ―intensamente― de la obra de Critchley, en parte, quizá, porque partimos de enfoques radicalmente distintos y él aborda el humor desde una perspectiva filosófica perfectamente legítima. Ahora bien, incrustar las reflexiones de corte a veces fenomenológico, a veces abiertamente metafísico, de Critchley en un capítulo sobre el Philogelos da al discurso un tono alucinado; a modo de ejemplo: «eso conlleva que caigamos en las convenciones cambiantes e inestables de los números y la contabilidad» (p. 316) o «Es otro ejemplo llamativo en el que los temas repetidos y subyacentes de los chistes nos proporcionan un atisbo inesperado de algunos debates, incertidumbres y disputas que estaban arraigados en el mundo romano: en este caso, cómo funciona la aritmética y cómo diantre se puede entender lo que es un número.» (p. 317). Para saciar la curiosidad, la primera cita concierne a un chiste en el que uno pide que le compren dos esclavos de quince años y es respondido que, si no hay, le traerá uno de treinta, mientras la segunda comenta la pregunta de si una escalera tiene tantos travesaños de arriba hacia abajo como de abajo hacia arriba. Ignoro sinceramente si algún momento de la cultura romana de la Antigüedad Tardía padeció tal angustia de la aritmética, pero me cuesta creer que, en tal caso, esos chistes sean su síntoma.

Al margen de algunas afinidades de fondo con el libro de Critchley ―también sobredimensiona el peso de Bajtín, también el foco en la risa desorienta la discusión sobre el humor, también menciona obligado las tres teorías principales del humor sin tomarlas muy en serio (aunque parezca decantarse por una, si bien no queda claro que Critchley sea consciente de ello) ―, la necesidad de Beard de recurrir a On humour es el reconocimiento a la par de la necesidad de un fundamento teórico como de la negación prejuiciosa a valerse de los estudios sobre humor propios de la ciencia que practica: mal puede casar las reflexiones filosóficas, vagamente existencialistas y fuertemente somatistas, de Critchley con la pretensión de historia de la sociedad y la cultura bajo la que Mary Beard dice escribir este libro (p. 12).

Tengo la impresión de que el libro de Beard es y será particularmente apreciado por aquellos que piensan de entrada que la literatura latina es el diario de campaña de César, un misal y algún otro texto lacrimoso o bélico; ello explicaría, me temo, la excelente acogida por parte de los periodistas. De hecho, parte de la estructura del libro descansa en que la vigésima vez que un romano aparezca riéndose todavía genere sorpresa y admiración en el lector. Como estudio no solo es completamente inútil sino contraproducente. Como antología parcial, en cambio, puede tener cierto interés. Puede servir al becario de la redacción para elaborar en verano un relleno de «Diez cosas que no sabías de la risa en la antigua Roma» ―de hecho, Verne ya hizo hace algunos años algo por el estilo―, o puede inspirar el enésimo reciclaje de Irene Vallejo, una vez agote el postrero redescubrimiento de que textus es ‘tejido’ y Enheduanna antecedió a Homero, o quién sabe si no será Santiago Posteguillo, el que vislumbrará entre las anécdotas inconexas y las reflexiones superficiales una nueva serie documental que colocar a Movistar y, por qué no, a Planeta. O viceversa.

El que Mary Beard haya producido un libro tan malo, mucho peor que el exasperantemente tibio Mujeres y poder o ese cambalache de La civilización en la mirada, es una lástima de la que nos podemos recuperar y olvidar, y que desde luego no empaña su figura más que el haber aceptado el Princesa de Asturias. La recepción generalizadamente elogiosa, acrítica y desinformada de este libro, como ocurrió también con El infinito en un junco, es, en cambio, la auténtica tragedia y un flaco favor a la autora. Mary Beard no solo es una académica brillante y una mujer cuyo compromiso y coraje ha demostrado continuamente, sino que es una de las pocas defensoras de los estudios clásicos que no da vergüenza o miedo escuchar y cuyo alegato jamás ha caído en esa atroz cadena de sentimentalismo, nostalgia y fascismo. Precisamente en estos momentos, no nos podemos permitir prescindir de ella como si se tratara de otro sacacuartos disfrazado con una túnica.

Diego Corral Varela

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