Entrevista con Simon Critchley

El pasado 20 de noviembre, el filósofo inglés Simon Critchley estuvo en Barcelona para hablar sobre los aspectos literarios y filosóficos de otra de sus grandes pasiones, el fútbol. De las entrevistas realizadas durante su visita, rescatamos esta de El Mundo, en la que Critchley habla de su próximo libro, que verá la luz en abril de 2019: Having Been Born: Tragedy, the Greeks and Us.

“2.500 años después, la tragedia griega aún nos conmueve; es capaz de dejar en suspenso todas nuestras creencias, opiniones, preocupaciones sobre el mundo, y transportarnos a una irrealidad. Es una experiencia de liberación que nos abre a mundos diferentes y nos hace más complejos, porque el teatro no da respuestas sino que nos expone a contradicciones”.

Marta Martín Díaz

Anuncios

Irene Reyes-Noguerol, De Homero y otros dioses

Tras Caleidoscopios llega a nuestras manos otro libro de Irene Reyes-Noguerol, de la que ya habíamos publicado en este blog el cuento “Los ciegos”. Precisamente este relato, subtitulado “De Homero y otros dioses”, abre y da título al nuevo volumen (Maclein y Parker, Sevilla 2018, prólogo de Fernando Iwasaki). La joven autora presentará su nueva obra en Letras Corsarias el sábado, 17 de noviembre a las 19:00. Ejercerá de maestro de ceremonias Juan Antonio González Iglesias.

Si ya habíamos comprobado que su escritura rebosa de resonancias clásicas, ahora este libro asume esta relación sin tapujos. No solo el título De Homero y otros dioses lo proclama, es que el hilo conector de los relatos incluidos es el de la mitología clásica. El título de cada uno incluye debajo el nombre de las figuras míticas que evoca (con la excepción de “Sombras. El reino del Hades”).

En realidad no son piezas narrativas, sino descripciones del mundo interior de sus personajes, muy próximas a una poesía acusadamente sensorial. En prácticamente todos los casos (“Que los hombres no lloran. Príamo” es la excepción) se trata de situaciones que forman parte de la vida cotidiana de nuestro tiempo: la violencia de género en varias formas, el abandono, la pérdida de un hijo, el aborto, la soledad, la vejez y el deterioro, el Alzheimer, las refugiadas de guerra. Por muy presentes y actuales que los consideremos estos temas han existido siempre y la autora lo pone de relieve presentándolos a través de la lente de los mitos clásicos. Entre estos dramas de gran calado hay algún suceso menos transcendente pero no menos universal: la venganza diferida contra la maestra que nos aterrorizó en las aulas (“Por mí y por todos mis compañeros. Medusa”), cuento en el que no he podido por menos de identificar a algún fantasma propio.

He dicho que predomina el tono intimista y la descripción del universo interior de los personajes, pero hay una excepción: “Gran carnívoro. Licaón”, que nos presenta con gran economía narrativa una nueva versión de Caperucita con un toque humorístico que me recuerda a aquel cuento ya clásico de Tony Ross, Hipersuper Jezabel (Hipersuper Jezabel es una niña insoportable de puro pluscuamperfecta pero el cocodrilo que se la come afirma que las ha comido mejores)

Al final se incluye como apéndice un diccionario mitológico, sin duda útil para el público general porque la autora no introduce solo figuras conocidas sino algunas más recónditas. Sin embargo, hubiera preferido que no estuviera, rompe con el tono del libro: al fin y al cabo la mitología es poesía y el prosaico diccionario no hace justicia a los hermosos textos antiguos ni a la prosa poética de la autora.

El libro una vez más confirma la enorme plasticidad de la mitología: su capacidad de impregnar distintos modos artísticos, distintos registros, distintos géneros. Y todavía hoy es así.

Susana González Marín

 

 

 

En la Semana de la Ciencia: “los de Letras” y “los de Ciencias”

Hace ya dos años el Profesor Battaner, ex-rector de nuestra universidad, escribía en este blog un alegato a favor de las humanidades clásicas y de las humanidades en general. Lo hacía desde la mirada de un científico (él es catedrático jubilado de Bioquímica) y comenzaba recordando un famoso texto de C. P. Snow, pronunciado en 1959 en el marco de sus conferencias Rede publicadas más tarde (The Two Cultures and the Scientific Revolution), en el que el científico se quejaba de la progresiva separación de las Letras y las Ciencias. Bien es verdad que Snow se quejaba desde su lado de la poca atención que prestamos a ese mundo desde nuestro territorio mientras nos quejamos sin parar de lo poco que nos atienden. Y decía Battaner que no hay una queja semejante sobre la separación de Letras y Ciencias emitida desde nuestro lado.

Dos circunstancias intrascendentes de estos días me han recordado el texto del Profesor Battaner y me han empujado a decir en el mismo marco breve y humilde de nuestro blog, pero desde las letras, que esta separación es realmente lamentable y que, a mi juicio, deberíamos trabajar por evitarla, en vez de hablar de “los de Ciencias” como un enemigo al que hay que combatir y que no nos comprende ni nos conoce.

La primera: hace unos días el profesor Ignacio Bosque, el académico que encarna por antonomasia los estudios gramaticales de nuestra lengua, pronunciaba en nuestra Facultad una charla sobre cómo mejorar la enseñanza de la gramática en la E.S.O. y en el Bachillerato. En medio de un varapalo (educado, elegante y constructivo, pero varapalo) a los métodos habituales y a los libros de texto al uso empleados en esos ciclos para la enseñanza de la lengua española, introducía la idea de mirar a los estudios de ciencias para aprender de ellos a la hora de enseñar nuestras materias y hacerlas atractivas a los estudiantes jóvenes: métodos, fines, argumentaciones sistemáticas, relaciones de fenómenos, etc.

La otra circunstancia a la que me refería es la lectura iniciada estos días de un libro recién publicado y altamente recomendable. Lleva por título A favor de la Ilustración (Enlightenment Now) y es obra de Steven Pinker, el célebre profesor de psicología de Harvard famoso por libros tales como La tabla rasa (The Blank Slate. The Modern Denial of Human Nature, su título original) o El mundo de las palabras (The Stuff of Thought. Language as a Window into Human Nature), que también me permito modestamente aconsejar. Ya en el segundo capítulo, dedicado a la entropía y a su relación con el orden y el desorden en el mundo, cita un fragmento del texto de Snow al que se refería el Profesor Battaner y que paso a copiar en la versión española:

“Muchas veces he asistido a reuniones de personas que, según los estándares de la cultura tradicional se consideran muy cultas y que, con un entusiasmo considerable, se han dedicado a expresar su incredulidad ante el analfabetismo de los científicos. En un par de ocasiones me he sentido provocado y he preguntado a mis interlocutores cuántos de ellos eran capaces de describir la Segunda Ley de la Termodinámica. La respuesta ha sido fría y también negativa. Sin embargo, mi pregunta venía a ser el equivalente científico de: «¿Han leído ustedes alguna obra de Shakespeare? »”

Quiero recoger aquí solo algún fragmento del libro de Pinker (sus más de 700 páginas cargadas de información y argumentos requerirían una reseña enorme cuyo sitio no es este) para que sean sus palabras las que secunden el deseo del Profesor Battaner. Entrecomillo tres o cuatro párrafos de su capítulo 22 (Ciencia) que sugieren lo que quiero transmitir:

“Una de las mayores contribuciones potenciales de la ciencia moderna puede ser una integración más profunda de su compañera académica: las humanidades. A decir de todos, las humanidades tienen problemas: se están reduciendo los programas universitarios, la próxima generación de estudiosos está desempleada o subempleada, la moral se está hundiendo y los estudiantes desertan en tropel.

Ninguna persona debería permanecer indiferente ante la desinversión de nuestra sociedad en las humanidades: una sociedad sin erudición histórica es como una persona sin memoria: engañada, confundida y fácilmente explotada. La filosofía surge del reconocimiento de que la claridad y la lógica no se conquistan con facilidad y que salimos ganando cuando nuestro pensamiento se refina y se profundiza. Las artes son una de las cosas que hace la vida digna de ser vivida, enriqueciendo la experiencia humana con belleza y perspicacia. La crítica es en sí misma un arte que multiplica la apreciación y el disfrute de las grandes obras. El conocimiento de estos ámbitos es el fruto de un gran esfuerzo, y requiere el enriquecimiento y la actualización constantes conforme cambian los tiempos (…)

La consiliencia[1] con la ciencia ofrece a las humanidades muchas posibilidades de lograr una nueva percepción. El arte, la cultura y la sociedad son productos de los cerebros humanos. Se originan en nuestras facultades de percepción, pensamiento y emoción, y se acumulan y se propagan mediante la dinámica epidemiológica a través de la cual una persona afecta a otra. ¿No deberíamos tener la curiosidad de entender estas conexiones? Ambas partes saldrían ganando. Las humanidades disfrutarían en mayor medida de la profundidad explicativa de las ciencias, así como de una agenda con miras al futuro, capaz de atraer el talento de jóvenes ambiciosos (por no mencionar la atracción de decanos y donantes). Las ciencias podrían desafiar sus teorías con los experimentos naturales y con fenómenos ecológicamente válidos que han sido tan ricamente caracterizados por los estudiosos de las humanidades.

En ciertos campos, esta consiliencia es un hecho consumado. La arqueología ha pasado de ser una rama de la historia del arte a una ciencia de alta tecnología. La filosofía de la mente deriva hacia la lógica matemática, la informática, la ciencia cognitiva y la neurociencia. La lingüística combina la erudición filológica sobre la historia de las palabras y las construcciones gramaticales con los estudios de laboratorio del habla, los modelos matemáticos de la gramática y el análisis computarizado de grandes corpus de escritura y conversación (…)

Aunque muchas de las preocupaciones de las humanidades se aprecian mejor con la crítica narrativa tradicional, algunas suscitan cuestiones empíricas que pueden fundamentarse en los datos. La llegada de la ciencia de los datos aplicada a los libros, las publicaciones periódicas, la correspondencia y las partituras musicales ha inaugurado unas nuevas «humanidades digitales» de amplia gama. Las posibilidades para la teoría y el descubrimiento se ven limitadas únicamente por la imaginación e incluyen el origen y la difusión de ideas, las redes de influencia intelectual y artística, los contornos de la memoria histórica, el auge y el ocaso de los temas literarios, la universalidad de la especificidad cultural de los arquetipos y las tramas, y los patrones informales de censura y tabúes. La promesa de una unificación del conocimiento puede cumplirse solo si el conocimiento fluye en todas las direcciones. Algunos de los eruditos que han rehuido las incursiones de los científicos en aras de la explicación del arte tienen razón en que estas explicaciones han sido, para sus estándares, superficiales y simplistas. Razón de más para que extiendan la mano y combinen su erudición sobre las obras y los géneros concretos con la comprensión científica de las emociones humanas y las respuestas estéticas. Mejor todavía, las universidades podrían formar a una nueva generación de estudiosos que dominen bien ambas culturas.”

La negrita final es mía. En el libro hay muchísimo más. Pues eso, dejemos de mirar mal a “los de ciencias”. Salgamos a decirles qué hacemos, para qué sirve, en qué les puede ayudar, para que tampoco ellos nos miren de soslayo. Pero eso sí, observemos con interés lo que ellos hacen y aprendamos de sus modos de hacer, que nos han dado entre otras cosas el medio por el que estoy comunicando esta incitación a trabajar por unirnos, algo necesario antes de poder trabajar juntos. Al fin y al cabo ellos estudian la naturaleza, nosotros la condición humana; pero los hombres formamos parte de la naturaleza y la estudiamos desde nuestra condición.

Y gracias, Enrique. Si lo lees, apunta una invitación a que vuelvas a escribirnos algo.

Agustín Ramos Guerreira

 

[1] La palabra consiliencia que usa el traductor es un anglicismo (consilience) no recogido por la RAE que, sin embargo, figura en la Wikipedia (“la disposición por la voluntad de unir los conocimientos y la información de distintas disciplinas para crear un marco unificado de entendimiento”). Allí podéis ver su historia y su relación con esto. Eso sí, la Wikipedia dice que proviene del inglés, pero no dice que el cultismo inglés está tomado del latín, de salio (“saltar”), que, aunque no dio lugar al compuesto *consilio, si lo hizo con absilio, desilio, dissilio, insilio, prosilio, resilio, subsilio y transilio. Pero eso queda para otro sitio.

Los inmigrantes y un profesor de Clásicas

La novela de Jenny Erpenbeck (Berlín Este, 1967) Yo voy, tú vas, él va (Barcelona, Anagrama 2018) tiene como protagonista a Richard, un profesor de Clásicas recién jubilado que toma contacto con los problemas de los inmigrantes, que no es lo mismo que el problema de la inmigración. El cese de las obligaciones docentes le lleva a iniciar otro tipo de investigación: ¿quiénes son estas personas que están ahí? ¿cuál es su pasado? ¿cuál es su futuro?

“La guerra lo destruye todo, dice Awad: la familia, los amigos, el lugar donde has vivido, el trabajo, la vida cotidiana. Cuando te conviertes en un extraño, dice Awad, no tienes elección. No sabes adónde ir. No sabes nada de nada. Ya no soy capaz de visualizarme a mí mismo de niño. Ya no me queda ninguna fotografía mía. (…) ¿Qué sentido tiene nada?, pregunta, y mira a Richard a los ojos por primera vez. Le toca a Richard responder, pero no tiene ninguna respuesta” (p. 78).

La autora, nacida en la Alemania del Este, como su personaje, sabe por experiencia qué poco valor tienen las fronteras.

“En casa, en una cajita de madera que reposa en la librería, Richard conserva su viejo documento de identidad y su antigua tarjeta del seguro. En 1990, de pronto, de un día para otro, se convirtió en ciudadano de otro país, aunque la vista desde la ventana siguió siendo la misma. Ese día a partir del cual sería un “ciudadano de la República Federal de Alemania”, los dos cisnes que tan bien conocía nadaron de izquierda a derecha, exactamente igual que el día anterior, cuando todavía se lo podría haber llamado “ciudadano de la República Democrática Alemana” (p. 100).

Y, sin embargo, ahí están ellas para hacer la vida más difícil a las personas.

“De modo que una frontera, piensa Richard, puede hacerse visible de repente, puede aparecer sin más ni más en un lugar donde nunca la ha habido; la batalla que se ha librado en los últimos años en las fronteras de Libia, en las de Marruecos o Níger, ahora tiene lugar en pleno distrito de Spandau, en Berlín. Donde no había más que una casa, una acera, una cotidianidad berlinesa, de la noche a la mañana crece una frontera, brota entre las hierbas, invisible como una enfermedad” (p. 246).

El título original de la novela, Gehen, Ging, Gegangen, ha sido acertadamente convertido por el traductor, Francesc Rovira, en esa secuencia escolar y gramatical que nos traslada a las aulas donde los inmigrantes se esfuerzan por superar la primera frontera, la del idioma. Pero también sintetiza la historia de la humanidad:

“Hace miles de años que el movimiento de los seres humanos a través de los continentes se sucede sin descanso. Ha habido comercio, guerras, expulsiones, a menudo las gentes han seguido a su ganado a la búsqueda de agua y alimentos, han huido de las sequías y las epidemias, han ido tras el oro, la sal o el hierro, o solo podían conservar la fe en su Dios en la diáspora, ha habido decadencia, crisis, reconstrucción y colonización, ha habido caminos mejores o peores, pero, si algo no ha habido nunca, es descanso” (p. 170).

En suma, una novela muy recomendable, que además ofrece una imagen excelente del gremio, gracias a ese protagonista culto, sensible a las injusticias y generoso, y profesor de Clásicas.

Eusebia Tarriño Ruiz

La sociedad literaria del pastel de patata de Guernsey

Aunque los nazis no llegaron a ocupar Gran Bretaña, las islas del Canal no corrieron la misma suerte y sufrieron cierta forma de ocupación blanda a la espera de lo que habría de ser la pronta claudicación de Reino Unido. En La sociedad literaria del pastel de patata de Guernsey, de manera casual y a través del intercambio de cartas, una joven escritora comienza a descubrir tras el final de la Segunda Guerra Mundial cómo fue la vida cotidiana de los habitantes de Guernsey y el papel que en ello jugó la creación de un club de lectura por personas que se acercaban por primera vez a la literatura.

Uno de los atractivos de la única novela que escribió Ann Shaffer y cuya última mano corrió a cargo de su sobrina, Annie Barrows, es la recreación de las respuestas de lectores sin filtros cultos a los tótems de la literatura entre los que no podía faltar algunas obras de la literatura latina. Por ejemplo, Catulo:

«Fui a ver al señor Fox a su librería y le pedí un libro de poemas de amor. En aquella época ya no le quedaban muchos títulos; la gente los compraba para quemarlos, y cuando él finalmente se dio cuenta, le echó el cierre a la tienda. Así que me dio unos cuantos volúmenes de un tal Catulo. Era romano. ¿Usted sabe la clase de cosas que decía en verso? Comprendí que yo no podría recitar nada de aquello a una dama encantadora.

Catulo estaba enamorado de una mujer llamada Lesbia, que lo rechazó después de haberse acostado con él. No me extraña, porque no le gustó que Lesbia acariciase el pequeño gorrión que tenía. Se puso celoso de un pajarillo. Así que se marchó a casa, cogió la pluma y empezó a plasmar la angustia que lo había embargado cuando vio a Lesbia acunar el gorrioncillo contra su pecho. Catulo se lo tomó verdaderamente mal y a partir de ese momento dejaron de gustarle las mujeres y se dedicó a escribir poemas infames sobre ellas.

También era muy tacaño. ¿Quiere leer un poema que escribió cuando una mujer caída le cobró por los favores prestados? Pobre muchacha. Se lo voy a copiar.

¿Estará en su sano juicio esa meretriz tan follada,
que me pide mil sestercios?
¿Esa joven de nariz repulsiva?
Parientes que estáis a su cuidado,
convocad a amigos y médicos; esa muchacha está loca.
Se cree hermosa.

¿Ésas son muestras de amor? Le dije a mi amigo Eben que nunca había visto tanto rencor.»

El impresionado Clovis Fossey podría haber citado además del poema 41, el 43, en el que Catulo continúa hablando en términos parejos de Ameana. Pero no todos los habitantes de Guernsey experimentan el mismo rechazo por autores clásicos. Las epístolas de Séneca causan una honda impresión a John Booker:

«Amelia Maugery me ha pedido que le escriba, dado que soy uno de los miembros fundadores de las Sociedad Literaria del Pastel de Patata de Guernsey, aunque sólo he leído un mismo libro una y otra vez. Se trata de Cartas de Séneca. Traducidas del latín en un volumen, con apéndice. Entre Séneca y la sociedad, he conseguido no caer en una vida espantosa como alcohólico.

[…]

Pero usted quiere saber qué influencia han tenido los libros en mi vida, aunque, como le digo, no ha habido más que uno, el de Séneca. ¿Sabe usted quién era? Un filósofo romano que escribió unas cartas a unos amigos imaginarios para decirles cómo debían comportarse durante el resto de su vida. Puede que suene aburrido, pero las cartas no lo son, son muy ingeniosas. Creo que se aprende más si lo que uno lee le hacer reír al mismo tiempo.

En mi opinión, lo que dijo Séneca se puede aplicar a cualquier persona de cualquier época. Voy a ponerle un ejemplo actual: el caso de los pilotos de la Luftwaffe y sus peinados. Durante el Blitz, los aviones de la Luftwaffe despegaban de Guernsey y se sumaban a los grandes bombarderos que se dirigían a Londres. Volaban sólo por la noche, de modo que durante el día eran libres de hacer lo que se les antojase en St. Peter Port. ¿Y cómo pasaban el día? En salones de belleza, donde les hacían la manicura, les daban masajes en la cara, les perfilaban las cejas, les ondulaban el cabello y se lo peinaban. Cuando los vi con sus redecillas, paseando por la calle de cinco en cinco, apartando a codazos a los isleños que iban por la acera, me acordé de lo que decía Séneca de la guardia pretoriana: “Cualquiera de ésos preferiría ver un alboroto en Roma antes que en su cabello.”

[…]

Llegué a disfrutar mucho de nuestras reuniones literarias, pues contribuían a que la ocupación resultara más soportable. Algunos de los libros que leían los otros parecían interesantes, pero me mantuve fiel a Séneca. Me daba la impresión de que me hablaba a mí; a su manera, graciosa y mordaz, pero directamente a mí. Sus cartas me ayudaron a sobrevivir a lo que habría de venir después.

Todavía sigo acudiendo a las reuniones de la sociedad. Están todos hartos de Séneca y me suplican que lea otra cosas, pero yo no quiero.»

La mayor de mis simpatías, sin embargo, va con Jonas Skeeter:

«Woodrow —siguió diciendo Jonas Skeeter— cruzó mi campo y vino hasta donde yo estaba amontonando el abono. Traía un librito en las manos y me dijo que acababa de leerlo y que le gustaría que también lo leyera yo, porque era muy “profundo”. Yo le respondí que no tenía tiempo para ponerme “profundo”. “Pues debes buscarlo, Jonas”, me insistió. “Si lo leyeras, tendríamos mejores temas de conversación cuando fuéramos al Crazy Ida’s. Nos divertiríamos más mientras bebemos cerveza.” Eso hirió mis sentimientos, no os voy a engañar. Mi amigo de la infancia llevaba una temporada tratándome con aires de superioridad sólo porque él leía libros para vuestro grupo y yo no. En anteriores ocasiones se lo había dejado pasar, “cada uno a lo suyo”, como decía mi madre. Pero esa vez fue demasiado. Me insultó. Me habló con prepotencia.

Me explicó que Marco Aurelio había sido un emperador romano y también un guerrero poderoso. Que en aquel libro estaba escrito lo que opinaba de los cuados, una tribu de bárbaros que estaba esperando en el bosque para matar a todos los romanos. Y que, a pesar de la presión de esos cuados, se tomó la molestia de poner por escrito sus pensamientos. Que pensaba mucho, muchísimo, y que algunas de sus reflexiones no nos vendrían mal a nosotros.

Así que dejé a un lado lo dolido que me sentía y cogí el maldito libro, pero esta noche he venido aquí para decir delante de todos: ¡Qué vergüenza, Woodrow! ¡Es una vergüenza que hayas sido capaz de poner un libro por encima de tu amigo de la infancia!

Sin embargo, lo he leído y opino lo siguiente: Marco Aurelio era como una vieja, siempre estaba mirándose el ombligo y cuestionándose lo que había hecho o lo que había dejado de hacer. ¿Había obrado bien o habría obrado mal? ¿Estaba el resto del mundo equivocado o lo estaba él? No, quienes iban equivocados eran los demás, y él decidió explicarles cómo eran las cosas en realidad. Una gallina clueca, eso es lo que era. Nunca tenía el más mínimo pensamiento que no pudiera convertir en sermón. Seguro que ni siquiera podía ir a mear sin…»

Dado que la adaptación cinematográfica, que se estrenará en España este año, ha propiciado la redición del libro, puede ser una buena oportunidad para acercarnos a él.

Diego Corral Varela

 

César Aira, Parménides, Perinola, García Calvo…

Si para César Aira, al que describieron como «el secreto mejor guardado de la literatura argentina» y desde entonces debe enfrentar ese latiguillo en casi todas las entrevistas, en Ovidio había todo un mar de inspiraciones, los presocráticos deben de parecerle igual de sugerentes. O eso invita a pensar su novela Parménides, publicada originalmente en 2005 y recuperada ahora por Random House. En ella recrea a Parménides como un riquísimo y vacuo jerarca de Elea, preocupado por perpetuar su legado con un libro que no está dispuesto a escribir. Para ello contrata a una joven promesa de la poesía local, Perinola, con la intención de que plasme en verso la esencia de su pensamiento, tarea que el poeta está lejos de tomarse en serio.

En varios momentos de la narración se nos permite entrever el texto del poema:

«Fue en parte la facilidad automática que le daba el verso la que lo alentó a incluir un par de detalles de sexo. Adivinaba que a Parménides le gustaría; le parecería moderno, atrevido, picante. Además, era otro lugar común, y no le costaba nada ponerlo; el orden de los principios luminoso y oscuro se continuaba, por una trillada correspondencia, con el de lo femenino y lo masculino, las atracciones y las repulsiones de los sexos quedaron reflejadas en el texto de acuerdo con las medidas y los acentos del verso, dislocadas (como debía ser), enigmáticas. El principio activo del Amor introducía sus líneas ondulantes entre la Luna y las estrellas lo mismo que entre lo denso y lo poroso. Una vez más, como ya había hecho antes, le dio un giro caprichoso a la concatenación de obviedades; lo primero que se le ocurrió: que si las simientes femenina y masculina estaban en su debida proporción, el ser engendrado era normal y corriente, mientras que si no estaban proporcionadas… salía un hermafrodita. Vaciló un instante. ¿No sería demasiado? Pero al leerlo vio que sonaba bien, y hasta solemne y admonitorio. No le habría costado nada seguir hilvanando indefinidamente los mayores absurdos.»

Podemos confrontar este pasaje con los fragmentos conservados del poema de Pármenides, que en la traducción de Agustín García Calvo quedan así:

«Pues cierto que las más prietas son bien de fuego sin mezcla,
y las que les siguen, de noche; pero entre las unas y otras salta la ley de la llama;
y de eso en el medio está la deidad que todo gobierna:
pues manda doquiera en parto odïoso y mezcla en pareja,
lanzando a lo macho lo hembra mezclado, y también viceversa
lo macho a lo femenino.

Cuando hembra y macho las granas de amor conjugan en uno,
de sangre diversa al obrar la virtud criadora en las venas,
guardando equilibrio, los bien-dispuestos cuerpos amasa;
que, si en la junta simiente una y otra virtud se combaten
y no hacen una de dos en el cuerpo junto, mal hado
maltratará a la cría de doble sexo que nazca.»

La novela nos da cuenta de otro Menard en la forma del poeta Perinola. Aira no altera, como se puede comprobar, una línea del poema de Parménides para construir una historia completamente distinta de «ese disparatado cuento del “ser” y el “no ser”». Mediante su ficción Aira ayuda a desacralizar la literatura clásica. Y es que, ¿por qué tenemos que tomárnoslo todo en serio?

Diego Corral Varela