¿Qué es una victoria pírrica? Los muñecos de Lego te lo explican

La respuesta etá en esta brevísima minipelícula.

En la batalla de Ásculo (279 a. C.) Publio Decio Mus se enfrentó al ataque de las fuerzas de Pirro. Los romanos fueron derrotados tras haber perdido 6000 hombres, pero las bajas en el ejército de Pirro fueron de 3500. Plutarco reproduce las palabras que Pirro pronunció cuando alguien se acercó a felicitarle por su victoria: “Otra victoria más como ésta contra los romanos y estaremos completamente acabados” (“If we are victorious in one more battle with the Romans, we shall be utterly ruined”, dice el Pirro de Lego)

Susana González Marín

La estela de Montoro, ¿la inscripción prerromana más antigua de Hispania?

Mª Ángeles y Manuela Martín Sánchez nos envían la noticia de las investigaciones sobre la estela de Montoro (lee aquí lo publicado en ABC) y hemos pedido a Francisco Rubio que nos aclare la cuestión.

La estela de Montoro se descubrió en 2002, y se remonta a la Edad del Hierro; en 2012, un grupo de especialistas ha reparado en que los signos que se habían tomado por pictogramas constituyen una enigmática inscripción, y se pueden identificar signos de la escritura del sudoeste y quizá fenicia, aislados y en desorden. Podría ser el ejemplo más temprano de la escritura del sudoeste (llamada muchas veces “tartésica” o “sudlusitana”), a su vez la más antigua de las escrituras prerromanas documentadas en la península ibérica. Esta escritura es afín a los semisilabarios ibérico y celtibérico, que se desarrollaron siglos más tarde en la costa mediterránea y el interior de la península.

Las inscripciones del sudoeste de la península ibérica se remontan, en la medida en que es posible datarlas, a los ss. VII-V a.C., y presentan la peculiaridad de que en muchas de ellas el texto se inscribe en espiral. Por lo demás, todas presentan un trazado muy irregular y los signos ofrecen por tanto variantes epigráficas muy confusas, de modo que la supuesta mezcla de alfabetos en la estela de Montoro quizá sea más aparente que real.

Francisco J. Rubio Orecilla

 

 

Si quieres ser detective analiza textos latinos

Si alguna vez, en sus «días de ensalada» —como los llama uno de mis cómicos tíos— se vio obligada a hacer el análisis de algo escrito en latín, sabrá que presenta un paralelo exacto con la averiguación criminal. Tiene una larga oración, llena de transposiciones; al principio parece nada más que una mezcolanza de palabras. Eso es lo que también parece el crimen, a primera vista. El sujeto es el hombre asesinado; el verbo es el modus operandi, la manera como fue cometido el crimen; el objeto es el motivo. Ésas son las tres partes esenciales de toda oración y de todo crimen. Primero encuentra usted el sujeto, después busca el verbo, y los dos lo llevan al objeto. Pero todavía no ha descubierto al criminal… el sentido de toda la oración. Hay una cantidad de cláusulas subordinadas, que pueden ser claves o trampas, y tiene que separarlas mentalmente y reconstruirlas para que se ajusten a la oración y amplifiquen su sentido. Es un ejercicio de análisis y síntesis, el mejor entrenamiento para un detective.

De Nicholas Blake, Los toneles de la muerte

Claribel Alegría y su Penélope

El pasado día 14 de noviembre, Claribel Alegría, recibía a sus noventa y tres años de manos de Su Majestad el vigésimo sexto Premio Reina Sofía.

En su discurso el Rector de la Universidad de Salamanca, Daniel Hernández Ruipérez, ensalzó su amor a la vida, el amor a su esposo y su estrecha colaboración intelectual con él, Darwin Flakoll. A él, a Bud, dedica este bello poema:

LA PREGUNTA
Tejo y destejo
la pregunta
que desde siempre me persigue:
el cuerpo muere
¿pero el alma?
O bien seré cenizas
o encontraré tu huella.

Ese tejer y destejer naturalmente nos recuerda a Penélope y éste es el poema originalísimo que sobre ella teje Claribel Alegría.

CARTA A UN DESTERRADO
Mi querido Odiseo:
ya no es posible más
esposo mío
que el tiempo pase y vuele
y no te cuente yo
de mi vida en Ítaca.
Hace ya muchos años
que te fuiste
tu ausencia nos pesó
a tu hijo y a mí.
Empezaron a cercarme
pretendientes
eran tantos
tan tenaces sus requiebros
que apiadándose un dios
de mi congoja
me aconsejó tejer
una tela sutil
interminable
que te sirviera a ti
como sudario.
Si llegaba a concluirla
tendría yo sin mora
que elegir un esposo.
Me cautivó la idea
al levantarse el sol
me ponía a tejer
y destejía por la noche.
Así pasé tres años
pero ahora, Odiseo,
mi corazón suspira por un joven
tan bello como tú cuando eras mozo
tan hábil con el arco
y con la lanza.
Nuestra casa está en ruinas
y necesito un hombre
que la sepa regir.
Telémaco es un niño todavía
y tu padre un anciano.
Preferible, Odiseo,
que no vuelvas
de mi amor hacia ti
no queda ni un rescoldo.
Telémaco está bien
ni siquiera pregunta por su padre
es mejor para ti
que te demos por muerto.
Sé por los forasteros
de Calipso
y de Circe.
Aprovecha, Odiseo,
si eliges a Calipso,
recobrarás la juventud
si es Circe la elegida
serás entre sus cerdos
el supremo.
Espero que esta carta
no te ofenda
no invoques a los dioses
será en vano
recuerda a Menelao
con Helena
por esa guerra loca
han perdido la vida
nuestros mejores hombres
y estás tú donde estás.
No vuelvas, Odiseo,
te suplico.

Tu discreta Penélope

¡Enhorabuena por el premio y que sus huellas sigan juntas por siempre!

Henar Velasco López

P.S. Los poemas proceden de su libro Mitos y delitos (Madrid, Visor Libros, 2008), dedicado a Rubén Darío, a Robert Graves y a Juan Ramón Jiménez, su maestro.

 

 

Siracusa
La foto inferior, enviada por Juan Antonio González Iglesias, ilustra lo lejos que ha llegado la relación entre Cicerón y Siracusa a través de los discursos que el orador pronunció en contra de Verres, el gobernador romano de Sicilia. Hoy ambos nombres siguen unidos en esta indicación, que conduce a las dos poblaciones del estado de Nueva York en el condado de Onondaga. Quizá alguien piense en un producto de la casualidad, aunque la proporción de localidades con nombre romanos en este condado es elevada (Manlius, Fabius, Marcellus, Pompey…) y se ha atribuido a cierto funcionario del s. XVIII con aficiones clásicas. Si salís del mapa de la ilustración por el NE de Cicero, cruzando el lago Oneida, inmediatamente está Rome, que se halla a no más de 20 Kms. de Utica, siguiendo el rio Mohawk; y río abajo, a una distancia parecida, Ilion… Parece demasiada casualidad.

El corruptor de jóvenes

Ofrecemos hoy el relato enviado por Carla Rodríguez Para, alumna de 1º de Filología Clásica.

El corruptor de jóvenes

Respiró hondo y abrió los ojos. Estaba rodeado de caras familiares que le observaban con impaciencia. No, más bien eran rostros conocidos enmascarando la mente de extraños. Pues ellos, a quienes en otro tiempo había tenido el placer de llamar amigos, familia, conciudadanos, eran ahora sus verdugos. ¡Miradles, pues, sonrientes! Comienzan a acercar la desgastada copa al reo. Reo, que era él. ¡Loados los celestes, que el único veneno que disfrutan es el de la ambrosía! Traen ante él las mieles dulces de la muerte y él, como hombre goloso, las va a recibir encantado.

Esos verdugos que dijeron ser en un tiempo no tan lejano sus hermanos disponen todo para las felices nupcias con la Muerte. Y sin embargo, entre todo el ajetreo de los preparativos, él solo presta atención a la virginal novia, reposada con recato sobre una burda mesa a la espera de que se acerque a ella.

No lo hace, los novios no deben verse antes de la ceremonia…

—¡Ciudadanos de Atenas! —exclamó uno de los dikastas, quien iba a oficiar el casamiento, llamando la atención de todos los presentes—. La Heliea ha juzgado a este hombre por impiedad y corrupción de la juventud. La votación ha resultado a favor de la sentencia a muerte por cicuta con 360 votos. Por lo tanto, queda decretado que Sócrates de Alopece, hijo de Sofronisco, muera. —Miró con una sonrisa de satisfacción a Sócrates—. ¿Tiene el condenado algo que añadir a la sentencia?

Él miró a sus conciudadanos, sus verdugos. Los miró uno por uno. Ni uno de ellos se libraba de sus enseñanzas. Uno había apuntado a su hijo a sus clasecillas, como si fuera un vulgar sofista; otro le perseguía a todos lados, intentando recoger las migajas de su sabiduría; otro era su discípulo más querido; otro le odiaba, vaya usted a saber por qué —¿y por qué no? Todo el mundo en ese maldito pueblo de ignorantes le odiaba—; ese tenía barba de chivo malhumorado… Efectivamente, miró con una sonrisa condescendiente a cada uno de ellos y se puso en pie. El tribunal entero enmudeció, esperando las que quizá fueran sus últimas palabras.

—Acepto sin resistencia mi condena —dijo y de inmediato se formó un alboroto—. Beberé la cicuta si es lo que el pueblo ateniense ordena; pues un pueblo reunido, justo y ejerciente de su poder no debe errar en sus veredictos y sus ciudadanos, también justos, deben acatar lo que convenga ese poder.

»Antes de que inicie el viaje al reino de Hades, quisiera recordaros algo. —Guiñó un ojo y sonrió—. Soy muy viejo. La Muerte no es algo que me asuste. Pero no olvidéis que vosotros seguiréis vivos. Ignoro, como tantas otras cosas, qué os deparará el mañana. Pensad bien cada paso que dais; al fin y al cabo, a mí me espera el de la barca…

Volvió a sentarse y el lugar se llenó de nuevo de susurros, cuchicheos y griterío. Fedón se acercó a su maestro con lágrimas en los ojos y le tomó las manos. Él sonrió.

—No te preocupes. Vosotros me mantendréis vivo eternamente. —Fedón asintió y Sócrates hizo una seña a un joven muchacho para que se acercara—. Que traigan la cicuta.

—Maestro… —Empezó a murmurar Critón, pero Sócrates lo hizo callar con un gesto de las manos.

—Calla y escucha, pues esto es importante: le debo un gallo a Asclepio. No lo olvides. —Apareció entonces, seguida de una larga comitiva que no se quería perder el espectáculo, la novia—. ¡Ah, ya está aquí mi dama!

Las manos arrugadas de Sócrates tomaron la copa con firmeza, sin miedo. Estaba llena hasta arriba de la ambrosía más dulce que los dioses jamás llegarían a probar. Lo olisqueó; por muy dulce que fuera la Muerte, aquello debía saber a rayos. No obstante, alzó la copa y giró sobre sí mismo, como si brindara con los convidados a un banquete inexistente.

—¡Va por ustedes, hombres atenienses! —exclamó, sin una pizca de temor en la voz, y bebió la cicuta de un trago.

Cuando pudo abrir los ojos de nuevo, lo primero que sintió fue el sabor del metal inundando su boca. Escupió y con un elegante tintineo cayó una moneda al suelo. No le hacían falta más pruebas; se agachó y recogió el óbolo de plata que corroboraba, mejor que la ausencia de latidos o el frío de su piel, que estaba muerto. Curioso, tampoco necesitaba respirar, pero parecía que sus pulmones tomaban aire por costumbre.

Giró sobre sí mismo una vez y después otra para comprobar en qué lugar se encontraba. La oscuridad parecía consumirlo todo; era complicado discernir dónde comenzaba algo y terminaba lo otro. El silencio imperante se resquebrajó, como una fina capa de hielo que cede ante un peso determinado; Sócrates se giró hacia el sinuoso ruido —tranquilo, mesurado, pausado— de las aguas siendo cruzadas por una imponente barca. Se detuvo en la orilla, donde el río hacía un recodo hacia la derecha. El barquero le observó con ojos ciegos.

—Sabes quién soy —dijo. Sócrates asintió—. Si puedes pagarme, te llevaré a las puertas. Si no, te espera una eternidad aquí, vagando como sombra, sin ningún descanso.

—No temas, barquero, que puedo pagarte y lo haré —contestó, mostrándole el óbolo. Caronte sonrió.

—Dame esa moneda y sube, entonces. —Él obedeció enseguida—. El camino, aunque tranquilo, es largo, y cuando lleguemos a la otra orilla te esperan aún más caminos, también largos y quizá peligrosos. Pero que tu alma no se aflija, viejo Sócrates, pues si esta ha sido justa y en tu vida obraste con el bien, nada has de temer.

El viaje fue efectivamente largo, pero Caronte refrescó la memoria de Sócrates durante el camino, contándole detalles sobre el Inframundo, hablándole de esto y de lo otro, ofreciéndole una granada de cuando en cuando. La primera vez que Sócrates aceptó una, no pudo evitar comentar: «¿Ahora tendré que casarme con Hades?». La risa de Caronte, tenebrosa como su dueño, retumbó por las cavidades cavernosas del reino de los muertos.

Cuando arribaron a la otra orilla, una enorme puerta de piedra y hierro los aguardaba, custodiada por un gigantesco perro de tres cabezas y pelo de serpiente. Era más grande que la propia barca de Caronte y unas gruesas cadenas que partían de la puerta lo ligaban de por vida al destino del Hades. Un río de ánimas cruzaba el umbral sin necesidad de abrirlo; Cerbero rugía y atemorizaba a todos, pues así los que no tenían otro remedio sino pasar, lo hacían más deprisa, y quienes no debían estar allí huían despavoridos.

—Recuerda que, una vez que entres, no volverás a salir —dijo Caronte como despedida. Sócrates asintió—. Buena suerte, hijo de Sofronisco.

Caronte volvió a montar en su barca y se alejó en medio de las aguas tranquilas. Sócrates observó la puerta; debía pasar sí o sí.

—¡Zeus Crónida, por fin te encuentro! —exclamó alguien a sus espaldas. Sócrates se sobresaltó, saliendo del derrotero siniestro de sus pensamientos y se giró para ver quién le había asustado de ese modo—. Venga, Sócrates de Alopece, tú vas con el grupo cuatro. —El hombre estrafalario señaló un cúmulo de almas en pena, pálidos reflejos de lo que un día fueron. ¿Así era él ahora?—. Bueno, creo que estamos todos. ¡En marcha! No os separéis del grupo y no os preocupéis por Cerbero. Os dará algún sustillo, pero no debéis tenerle miedo. Una vez estemos dentro, iremos directamente al juicio, para que no tengáis complicaciones…

¡Claro! Sócrates quiso darse de tortas cuando comprendió quién era su extraño guía. ¡El Psicopompo! ¿Cómo no se había dado cuenta antes, si era tan reconocible? El casco, el caduceo, aquellas sandalias aladas… ¿Acaso la Muerte le había robado el seso?

Atravesaron el Hades, donde las figuras de quienes vivieron en otro tiempo bajo la luz del sol vagaban en una danza sin rumbo. Habían llevado una vida sin grandes hazañas, pero tampoco habían cometido atroces crímenes; por ello su muerte había sido neutra y los había llevado a los territorios de Hades. Sócrates pensó que aquel no sería un mal destino.

Guiados por Hermes no tardaron en llegar ante el edificio del Tribunal, sencillo y lúgubre como todo lo que había en aquel lugar. Pasaron a una antesala de suelos de granito, donde había unos bancos de piedra para sentarse. El Psicopompo dio una palmada.

—¡Hemos llegado! —dijo—. Pronunciarán vuestro nombre y tendréis que pasar por esas puertas de madera. Los jueces os enviarán a una zona del Hades dependiendo de cómo hayáis sido en vida y todo eso. ¡Suerte! Volveré para enviaros donde os corresponda.

Desapareció. Hermes simplemente desapareció envuelto en una neblina. «Ventajas de ser un dios», pensó Sócrates. Las ánimas se sentaron y esperaron a que comenzaran a nombrarlos. El primero en entrar fue un hombre fornido de la región de los caballos que parecía asustado como un niño chico. Entró por las puertas de madera y no volvió a salir, ni siquiera cuando dijeron el siguiente nombre, quien tampoco regresó. Pasaron dos personas más y después, la voz dijo: «Sócrates de Alopece, hijo de Sofronisco».

Se puso en pie y caminó hasta las puertas, que se abrieron sin necesidad de que las tocara. Dentro, sentados en majestuosos sillones sobre una tarima, se encontraban los tres jueces del Tribunal. Las puertas se cerraron de golpe tras de sí, haciendo que se sobresaltara.

—Acércate, hijo de Sofronisco —dijo Minos y él obedeció al punto, temeroso de las divinidades—. Sabes quién somos. —No era una pregunta, pero Sócrates asintió de todos modos—. Sabes, pues, que nuestro cometido es juzgar el cariz de tus actos en vida y emitir una sentencia. Si fuiste un hombre malvado, impío e injusto, pasarás la eternidad bajo los castigos del Tártaro y solo existirá para ti el dolor y la pena. Si no destacaste ni por buenas ni por malas acciones, si fuiste un hombre neutro y sencillo, te aguardan los dominios del invisible Hades y una existencia tranquila.

»Mas si allá donde Helios da vida y calor y Zeus reina soberano fuiste un hombre de bien, justo; si fuiste un héroe entre los tuyos o te iniciaste en algún misterio, la Muerte para ti tan solo será el principio de una vida dichosa y eterna.

—Antes de que comencemos, ¿te gustaría decir algo? —preguntó Radamantis, el rey de los Campos Elíseos. Sócrates asintió.

—Sí, mis señores, me gustaría añadir algo antes de que juzguen mi vida y obras —dijo, con la rectitud que lo caracterizaba—. Otros antes juzgaron mis actos y por ellos me veo ante ustedes, en esta tierra sin luz. Creyeron ser más listos que nadie y cayeron en su propia ignorancia, pues son ustedes, los Jueces del Inframundo, quienes deben sopesar las bajezas de los hombres. Me sometí a la condena de mis iguales sin miedo, porque sé que su juicio no tiene ningún valor. Ahora me someteré por supuesto a la vuestra, pero sabiendo que es la verdadera y que ustedes obrarán con la debida justicia.

Los jueces se miraron, sonrieron y asintieron, complacidos con las palabras que había pronunciado Sócrates.

—Sea, pues. Empecemos, corruptor de jóvenes —dijo Éaco con sorna, sacándole una sonrisa—. ¿Estás listo?

—Preparado para este último viaje —contestó.

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