La historia de Roma en viñetas

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Continuará

Paco Sarró

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Andrea Camilleri, La joven del cascabel

Nota: Rogamos disculpas a autora y lectores: esta entrada se publicó esta mañana incompleta. La publicamos de nuevo, esta vez íntegramente.

Tras El beso de la sirena y El guardabarrera una vuelta de tuerca más y Andrea Camilleri concluye su trilogía de las metamorfosis con esta novela, la más cruda, la más innovadora y alejada de los parámetros clásicos, mas a la vez firmemente anclada en ellos.

Porque si Camilleri logra transformar una zoofilia, que a todas luces nos repugna, en una “historia de amor” es merced no sólo a un manejo extraordinario de la lengua, una trama perfectamente trabada, sino sobre todo al mito: el referente del pasado, las historias de Leda y Pasífae fascinan al joven pastor. Y además está Lucrecio, un libro bilingüe nada más y nada menos, propiedad de quien le precedió en el cuidado de las cabras.

El mito es el detonante de una desnaturalización que el protagonista lamenta haber ejercido sobre Beba, nombre parlante de la cabrita. Atormentado, Giurlà se lamenta: “La había transformado a la fuerza. No dejándola aparearse con el chivo, como quería la ley de la naturaleza («¿Y qué haces leyendo a Lucrecio?» se preguntó), le había negado la posibilidad de tener crías, de dar leche. La había desnaturalizado, extrañado, vuelto completamente estéril. Y ella nunca se había rebelado ante esta terrible violencia, por amor, sí, el amor que sentía por él”.

Los paralelismos y contrastes rigen la acción, el giro inesperado se desencadena con la misma rapidez que el temporal que azota el lago. En sus aguas se produce la auténtica metamorfosis, increíble, asimilada y revelada con lentitud y reflexión, sancionada por el cascabel de Beba y de Anita, la joven del cascabel.

Henar Velasco López

Andrea Camilleri, La joven del cascabel

Tras El beso de la sirena y El guardabarrera una vuelta de tuerca más y Andrea Camilleri concluye su trilogía de las metamorfosis con esta novela, la más cruda, la más innovadora y alejada de los parámetros clásicos, mas a la vez firmemente anclada en ellos.

Porque si Camilleri logra transformar una zoofilia, que a todas luces nos repugna, en una “historia de amor” es merced no sólo a un manejo extraordinario de la lengua, una trama perfectamente trabada, sino sobre todo al mito: el referente del pasado, las historias de Leda y Pasífae fascinan al joven pastor. Y además está Lucrecio, un libro bilingüe nada más y nada menos, propiedad de quien le precedió en el cuidado de las cabras.

El mito es el detonante de una desnaturalización que el protagonista lamenta haber ejercido sobre Beba, nombre parlante de la cabrita. Atormentado, Giurlà se lamenta: “La había transformado a la fuerza. No dejándola aparearse con el chivo, como quería la ley de la naturaleza («¿Y qué haces leyendo a Lucrecio?» se preguntó), le había negado la posibilidad de tener crías, de dar leche. La había desnaturalizado, extrañado, vuelto completamente estéril. Y ella nunca se había rebelado ante esta terrible violencia, por amor, sí, el amor que sentía por él”.

Los paralelismos y contrastes rigen la acción, el giro inesperado se desencadena con la misma rapidez que el temporal que azota el lago. En sus aguas se produce la auténtica metamorfosis, increíble, asimilada y revelada con lentitud y reflexión, sancionada por el cascabel de Beba y de Anita, la joven del cascabel.

Henar Velasco López

Las Lupercales romanas en la cultura popular

Las Lupercales  romanas eran unas fiestas que se celebraban el 15 de febrero en honor al fauno Luperco, dios romano protector de los rebaños y los bosques. Los sacerdotes luperci sacrificaban  un perro y  un macho cabrío, por considerarlos animales impuros. Después, estos sacerdotes corrían semidesnudos, golpeando a la gente con tiras de cuero, como un rito propiciatorio de la fertilidad y, al mismo tiempo, de la protección de la comunidad frente al oso y el lobo.

Era ésta una fiesta de ambiente pastoril que sin duda, ha dejado huella en muchos puntos de nuestra geografía, concretamente, en las denominadas “mascaradas de invierno”. En esta entrada, nos centraremos sólo en algunos pueblos de Castilla y León, pero hay muchos más.

En el pueblo leonés de Riaño, de tradición transhumante, nos encontramos durante la celebración del Antruido, con la figura del “zamarrón”, que va ataviado con pieles de lana de oveja y chaqueta de lana, cara tiznada de negro y caretas de cuernos de vaca, sin faltar los tradicionales cencerros. Varios mozos recorren las calles persiguiendo a niños y mayores, y golpeando con un palo.

Otro paralelo lo encontramos en “Los cucurrumachos” de Navalosa (Ávila), que se celebran el domingo, el lunes y el martes de carnaval. Los mozos llevan máscaras terroríficas, hechas con crines de caballo, y la cabeza cubierta con pieles de burro o conejo; también portan cencerros a la espalda, y en la frente, cuernos de vaca. Persiguen a la gente, arrojando paja y agua con ceniza.thumbnail_SL730834.jpg

En Montamarta (Zamora), se celebra el “zancarrón”, que Julio Caro Baroja (El carnaval (Madrid: Alianza Editorial, 2006, pp. 401-407) describe así: “Se disfraza de diablo y asiste a la misa mayor, situándose en el centro del crucero de la iglesia; a su diestra y siniestra le colocan obladas que él pincha y levanta en alto con una purridera en el momento de la elevación de la hostia. La purridera  es un apero de labranza con cinco o más dientes de hierro y mango de madera que sirve para amontar el estiércol, cargar los carros, etcétera. Después de misa se ensaña con la gente que va por la calle, golpeando con un zurriago”.

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Por San Blas (3 de febrero), se celebran los “zarramaches” en Casavieja (Ávila), donde una pareja persigue a la gente con una vara de mimbre en una mano y una naranja en la otra. Llevan cencerros y la cara tapada.

En el artículo de José María González Muňoz (“Las raíces del tiempo. Retazos de historia y tradiciones de Casavieja” (Ávila), Sociedad de Estudios del Valle del Tiétar, 2004), podéis encontrar descrita otra fiesta que se celebra el día de San Blas, y que entronca con la antigua Roma. También podéis leer otro artículo relacionado de Luis Miguel Gómez Garrido (que además nos ha cedido amablemente dos fotos de los “cucurrumachos”), “San Blas, fiesta, rito y devoción” pinchando aquí .

Como habéis podido comprobar, todas estas mascaradas de invierno tienen origen pastoril (cencerros, cuernos de vaca, etc.), y el uso de la vara para “arrear” también nos recuerda a las Lupercalia.

Elena Villarroel Rodríguez

Clases de latín de una amiga estupenda

La narradora de la novela de Elena Ferrante ha suspendido el latín y su amiga Lila le ayuda.

“Estaba embelesada con el diccionario de latín, tan gordo y tan pesado, con tantas páginas, nunca había visto un libro así. Continuamente buscaba palabras en él, no sólo las que aparecían en los ejercicios, sino todas las que le venían a la cabeza. Me ponía deberes con el tono que había aprendido de nuestra maestra Oliviero. Me mandaba traducir treinta frases al día, veinte del latín al italiano y diez del italiano al latín. Ella también las traducía, mucho más deprisa que yo. A finales del verano, cuando el examen estaba al caer, después de comprobar escéptica que yo buscaba en el diccionario las palabras que no conocía en el mismo orden en que las veía dispuestas en la frase por traducir, y me apuntaba los principales significados, y recién entonces me esforzaba por entender el sentido, me dijo cautamente:

-¿Te ha dicho la profesora que lo hicieras así?

La profesora nunca decía nada, se limitaba a poner los ejercicios. Era yo la que me organizaba de esa manera.

Guardó silencio un rato y después me aconsejó:

-Lee primero la frase en latín, después fíjate dónde está el verbo. Según sea la persona del verbo verás cuál es el sujeto. Cuando tengas el sujeto, busca los complementos: el complemento directo si el verbo es transitivo, y si no, los demás complementos. Prueba a ver qué tal.

Probé. Y de repente el latín me pareció fácil. En septiembre fui a examinarme, hice el escrito sin un solo error y en el oral supe contestar todas las preguntas.”

Elena Ferrante, La amiga estupenda, 2012. (Trad. Celia Filippetto)

¿Sheldon Cooper, latinista?

No creo que necesitéis que os presente a Sheldon Cooper. Es uno de los protagonistas de la serie The Big Bang Theory. Sí, el físico teórico de escasas habilidades sociales y una increíble inteligencia. Una broma recurrente en la serie es su infundado desprecio hacia las ciencias humanísticas y sociales. Pero, ¿pudo tener un hueco para las lenguas clásicas en sus años de formación? Al parecer lo tuvo. En The Jiminy Conjeture (Temporada 3-Episodio 2) él mismo desvela que aprendió latín, de manera precoz, cursando 5º grado, es decir, a los diez u once años.

En este capítulo tiene una disputa con su amigo Howard Wolowitz cuando un grillo se cuela en el piso. Howard piensa que es un grillo de campo o Gryllus assimilis, que, en broma, traduce como suck it, you loose (chúpate esa, has perdido). Sheldon cree que es un grillo de árbol u Oecanthus fultoni o, de otra manera, I suck nothing (no me chupo nada). No obstante, pronto se apresura a dar una traducción al latín más precisa de esa expresión: nihil exsorbebo; aunque parece que en esos momentos tuvo un pequeño lapsus debido a la traducción simultánea, ya que en su retroversión tradujo un presente por un futuro. ¡Te perdonamos, Sheldon!

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El verbo exsorbeo significa “tragar” o “sorber” y puede servir para hacer una traducción directa al latín pero probablemente no tenía el matiz grosero que quieren darle Howard y Sheldon. Es complicado encontrar esta idea expresada en los textos latinos clásicos que solemos manejar los humildes estudiantes de latín y, lamentablemente, no podemos conocer tan bien como nos gustaría el latín que se hablaría en la calle durante una discusión. Sin embargo, tal vez podemos encontrar una traducción más comprensible para un romano en Catulo. Se trata de un verso del Poema 16 de Catulo: pedicabo ego vos et irrumabo. No hay más que buscar el verbo del doctor Cooper en el diccionario para cerciorarnos de su uso (enlace aquí). De hecho, haciendo una rápida cata por el PHI, encontramos sólo dieciséis pasajes en todo el corpus latino. No deja de ser curioso e interesante que la misma forma verbal que oímos en este capítulo se encuentre en Plauto (Plaut. Bacch. 869). Lo más seguro es que sea una pura casualidad, pero siempre es un buen momento para citar la comedia latina.

Este no es el único capítulo donde vemos a Sheldon usar la lengua latina. A veces usa el latín para desmontar los razonamiento de otras personas. En The Electric Can Opener Fluctuation (Temporada 3-Episodio 1) dice post hoc, ergo propter hoc que quiere decir “después de esto, luego por causa de esto”. Expresa un tipo de razonamiento no científico por el cual la causalidad entre dos hechos se explica únicamente por su continuidad en el tiempo. En este caso, Sheldon pretende que su madre entienda que no ha vuelto a casa bien del Polo Norte porque ella haya rezado en la iglesia. Algo parecido sucede en The Dumpling Paradox (Temporada 1-Episodio 7) cuando comenta que su compañero Leonard Hofstadter está haciendo una reductio ab absurdum o “reducción al absurdo”.

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Sheldon también usa el latín en el campo del derecho en The Excelsior Acquisition (Temporada 3-Episodio 16) cuando dice quod est necessarium est licitum. Quiere decir “lo que es necesario es legal”. En este caso se está defendiendo en un juicio por una infracción de tráfico mientras llevaba a su amiga Penny al hospital. Al juez le dice que se está representando pro se, es decir, a sí mismo.

Se usan otras expresiones en latín como cathedra mea, regulae meae en The Staircase Implementation (Temporada 3-Episodio 22), es decir “mi silla, mis reglas”. Nada más que añadir si conocéis bien al doctor Cooper y lo maniático que es con su sitio del sofá.También ipso facto en The Zazzy Substitution (Temporada 4-Episodio 3), significa “por este mismo hecho” y expresa que tiene lugar de manera inmediata. Son solo algunos de los ejemplos del latín que le vemos pronunciando de vez en cuando.

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No se si habréis observado que todo el latín que emplea el doctor Cooper en la serie se limita a ser un conjunto expresiones latinas ya hechas y de empleo relativamente frecuente en algunos contextos, pero no documentadas en los textos clásicos. Quizá que Sheldon sea el personaje que emplea el latín en los diálogos de la serie se deba a que los guionistas quieren subrayar y resaltar así la excentricidad de nuestro querido personaje, magníficamente encarnado por el actor Jim Parsons. No sé que pensáis vosotros pero, a pesar de esto, yo me alegro de que haya un pequeño espacio para el latín, incluso en una serie de televisión en la que las ciencias tienen tanto protagonismo.

Marina Lozano Saiz.

Nicola Gardini y el latín

Nicola Gardini (1965) enseña Literatura Italiana y comparada en la Universidad de Oxford. Es autor de la gramática Alpha Test Latino. Con la novela Le parole perdute di Amelia Lynd ganó el premio Viareggio-Rèpaci 2012. Su última recopilación de poesía es Tradurre è un bacio. Ha editado a escritores clásicos y modernos, entre ellos Catulo, Marco Aurelio, Ted Hughes, Emily Dickinson.

En fechas recientes hemos recogido el eco de su libro Viva il latino, storie e bellezza di una lingua inutile (puedes leerlo aquí), aún no traducido en España. Hoy os ofrecemos el comienzo:

¿Cómo nace el amor a una lengua? ¿Al latín, digamos?

Yo me apasioné por el latín desde niño. No sé exactamente por qué. Si intento entenderlo, termino por encontrar en el mejor de los casos algún recuerdo que no coincide necesariamente con una causa. Difícil explicar un instinto, una vocación. A lo sumo, se puede contar una historia.

El latín me ayudó a salir de la familia, a encontrar el camino de la poesía y de la escritura literaria, a avanzar en los estudios, a enamorarme de la traducción, a dar a mis variados intereses una dirección común y, por último, también a ganarme la vida. He enseñado latín en la New School de New York, en el instituto Verri de Lodi y en el instituto Manzoni, y aún hoy, en Oxford, donde enseño literatura del Renacimiento, lo practico diariamente, porque no es imaginable el Renacimiento sin latín. De joven encontré en él un amuleto y un escudo mágico, un poco como Julien Sorel, el protagonista de Rojo y negro. En las casas de los amigos ricos en realidad no desentonaba porque se sabía que era bueno en latín. Cuando recién graduado en letras clásicas comencé el doctorado en literatura comparada en la New York University, lo que más apreciaron de mí los profesores fue el conocimiento del latín. Solo entonces, en aquel mundo americano, donde presentarse uno mismo tenía más valor que decir el nombre de los propios padres, entendí de verdad qué afortunado era. Gracias al latín no he estado solo. Mi vida se ha prolongado siglos y ha abrazado más continentes. Si he hecho algo bueno por los demás, lo he hecho gracias al latín. Lo bueno que me he dado a mí mismo, sin duda lo he sacado del latín.

El estudio del latín me acostumbró enseguida a imaginar también mi lengua a través de sílabas y sonidos discretos. Me enseño la importancia de la música verbal; en consecuencia, el alma misma de la poesía. Las palabras que había usado siempre comenzaron en cierto momento a descomponérseme en la cabeza y a arremolinarse, como pétalos en el aire. Gracias al latín una palabra italiana valía por lo menos el doble. Bajo el jardín de la lengua cotidiana estaba la alfombra de las raíces antiguas. Descubrir –recuerdo bien aquella mañana de octubre de cuarto de secundaria– que “giorno” e “dì”  están emparentadas, aunque a primera vista no lo parezca; que la primera viene de diurnus, que es el adjetivo de dies (la palabra latina para ‘día’) y que la segunda viene de ese dies, y que “diurno” por tanto es etimológicamente lo mismo que “giorno”, equivalió al descubrimiento de una puerta secreta, fue como pasar a través de las paredes… Y, llegado desde otro lado, veía que también “oggi” (‘hoy’) tiene que ver con “giorno” y “diurno”, o sea, con dies: de hecho viene de hodie, que está formado por “ho–” (del demostrativo hic, “este”) y “–die” (literalmente “en este día”). E igualmente “meriggio” (de meridies) y “quotidiano” (de quotidie). Y así, quizá, el nombre del mismo padre de los dioses, Iuppiter, o sea, Diespiter, atestiguado por ejemplo en Horacio, Odas I, 34, 5: el padre del día –donde entre otras cosas, Dies parecería el equivalente del griego “Zeus”. Aquella pequeña raíz “di–”, una vez reconocida, permitía recordar lo cotidiano (precisamente) y la mitología, el presente y la antigüedad mas arcaica y sagrada. (No, desgraciadamente el inglés “day” no está emparentado. He ahí un instructivo caso de semejanza engañosa. Por cierto, en inglés “Fred” no significa “freddo” (‘frío’) y “cold” no significa “caldo” (‘caliente’)). Esta multiplicación de los sentidos, si de un lado requería precisión y profundidad histórica y fe en el significado más guardado, en el poder de la etimología, del otro me acostumbraba al matiz malicioso, al esplendor figurativo, y por tanto, también a la ambigüedad, a la evanescencia, al halo, a decir dos o incluso tres cosas a la vez. Ahí está el ideal al que estaba entonces confusamente dando forma entre los bancos del instituto: escribir en una lengua totalmente transparente, pero “abisal”.

El latín, cuando era niño, me atraía porque era antiguo y la antigüedad me gustaba de siempre; o para ser más preciso, me daban un placer absolutamente especial, una verdadera y auténtica aceleración del latido cardiaco, ciertas imágenes de la antigüedad, como las pirámides, las columnas de los templos griegos o las momias del museo egipcio de Turín, donde había estado en una excursión escolar. Recuerdo también que mi libro escolar de tercero de primaria hablaba de domus, la casa patricia, y de insulae, las casas de la gente de la calle. Yo y mi familia, descubrí, habitábamos en una insula.

La traducción del texto es de Agustín Ramos.