“La edad de la penumbra” de Catherine Nixey

Es de saludar la publicación del libro “La edad de la penumbra. Cómo el cristianismo destruyó el mundo clásico” (Taurus, Barcelona, 2018). Su autora es la periodista inglesa Catherine Nixey. Se trata de una obra que, en el mismo título, está declarando su orientación, una obra de divulgación que tiene, sin lugar a dudas, una cantera de lectores que lo recibirán con aplauso. Es meritorio el libro por lo que tiene de intento de síntesis sobre un tema en el que es difícil conjugar todos los datos que entran en juego y además encontrar el debido equilibrio y distancia aséptica para no caer en visiones simplificadoras y maniqueas. Nixey aborda el tema desde un paradigma de “cristianofobia”. Con esto no digo, ni mucho menos, que todo lo que dice no sea aprovechable ni que sea incierto. Pero sí que introduce un sesgo y muestra a las claras sus propios sentimientos de animadversión. Tras mi propia lectura, quiero mencionar un par de puntos que me han llamado la atención.

La visión que ofrece del tema de los mártires está a mi entender desenfocada. Nixey ve al mártir como un personaje sombrío, un fanático que odia esta vida y que ama la muerte. Frente a él, sus torturadores son personas razonables que intentan sacarlo de su obcecación. Es verdad que se dio el tipo de mártir que la autora describe con esos tintes tan negativos. Era el tipo de cristiano sectario, perteneciente a movimientos que terminaron al margen de la Iglesia oficial, la cual rechazó siempre la posibilidad de presentarse a las autoridades en tono provocativo, llamando siempre a sus fieles, en cambio, a dar “testimonio” (μαρτύριον) de Cristo, con la vida y, sólo si fuera necesario, con la muerte. Un hecho histórico significativo es que hubo un gran número de cristianos que, en los momentos de dificultad, cuando tendrían que haber dado ese testimonio supremo, sucumbieron de hecho y dejaron de hacerlo, cayendo en posturas cobardes o cuando menos acomodaticias. Estos fueron los lapsi, que suscitaron en la Iglesia un grave problema disciplinario… Lo que estos hechos demuestran es que el común de los cristianos era gente normal: personas débiles, apegadas a la vida, a sus propiedades, con amor y preocupación hacia sus hijos, con miedo al futuro y con miedo a la muerte. En definitiva, lo que somos la mayor parte de las personas en todas las épocas… Pero Nixey pasa por encima de esto. Está suponiendo que aquel tipo de mártir herético se identifica sin más con el mártir cristiano. Como es un tipo repelente, porque ciertamente lo es, Nixey transmite subrepticiamente la idea de que el cristianismo representa un movimiento opuesto a la vida, a la alegría de vivir y a todos los valores positivos que encontramos en ella, como el conocimiento. La manipulación está servida, a base de extrapolar al conjunto un fenómeno morboso y residual.

El segundo tema que cabe comentar es de índole filológica y se refiere a la transmisión de los textos de la Antigüedad. Nixey presenta a una Iglesia enemiga de la cultura que se dedica a eliminar sistemáticamente todos los documentos que no se avienen a su propia ortodoxia, realizando una despiadada labor de “censura”. Creo que es inadecuado aplicar a esta coyuntura de los primeros siglos cristianos el concepto de “censura”, si entendemos por censura la ‘voluntad deliberada de privar al común de la gente de un determinado tipo de literatura cuya difusión no interesa a una élite dominante’. Pero esto no se puede aplicar propiamente a la época antigua. Hemos de colocarnos en la perspectiva de los modos de transmisión de los escritos en aquellos siglos, muy diferentes a los modernos. La transmisión se hacía mediante la copia sucesiva, a mano, por parte de un grupo muy limitado de personas. Era una transmisión por tanto lenta y laboriosa, que había que justificar en cada caso. Antes de copiar un libro se había de calcular, por decirlo así, su utilidad. Había cosas que, en un momento dado, seguían teniendo interés y otras que dejaban ya de tenerlo. Entonces el dejar de copiar algo no implicaba una hostilidad, una voluntad de eliminar o de ocultar. Era una selección natural de los escritos. De este modo, sin necesidad de que llegara el cristianismo, con sus nuevos criterios, ya mucho antes de ello, los mismos filólogos, especialmente los alejandrinos, fijaban el canon de lo que habría de estudiarse en las escuelas…

Cuando los cristianos comenzaron a dominar la cultura se encontraron con un importante bagaje literario, a pesar de que ya entonces era mucho lo que se había perdido de los siglos anteriores. Y no había capacidad para transmitirlo todo. Pero en cambio había unos criterios, ciertamente nuevos, por los que unas cosas eran aprovechables y otras no. Yo no creo que por parte ni de paganos ni de cristianos existiera entonces la conciencia de una obligación de conservar todo el patrimonio bibliográfico en su integridad. Más bien, no todo merecía ser conservado. Ahora bien, para conservar algo, dejando de preocuparse por conservar otras cosas, se necesitan unos criterios, que podrán ser meramente filológicos, o filosóficos (cada escuela conservaba lo suyo, no lo de las demás) o también teológicos (en este caso, los de los dirigentes eclesiásticos). La conciencia y voluntad de conservar todo el patrimonio bibliográfico es moderna. Los escritos que se hallan hoy en las bibliotecas o que circulan por Internet tienen, obviamente, mayor o menor calidad. Son muy utilizados en algunos casos, pero poco o casi nada en otros muchos. No obstante, existe hoy la común percepción de que hay que retenerlo todo de alguna manera, a pesar de la inmensidad o inabarcabilidad de lo que se ha escrito y se escribe. La diferencia con respecto a aquellos siglos es clara: la reproducción de los escritos es, desde la revolución de la imprenta, mucho más fácil, y desde la revolución informática, aún mucho más fácil, además de que ahora ha dejado incluso de ser un problema el almacenamiento de los soportes materiales en que los escritos están grabados… Pues bien, la idea que intenta transmitir Nixey es la de que el cristianismo ejerció, introduciendo una terrorífica cesura en la historia, una amputación voluntaria del rico bagaje cultural anterior. Veamos cómo se expresa ella misma:

“Se preservó mucho pero mucho, mucho más se destruyó. Se ha estimado que menos de un diez por ciento de toda la literatura clásica ha sobrevivido hasta la era moderna. En el caso del latín, la cifra es aún peor, se estima que sólo se conserva un uno por cierto de toda la literatura latina. Si esto era “preservación” —como con frecuencia se ha afirmado—, entonces se llevó a cabo con asombrosa incompetencia. Si fue censura, resultó ser brillantemente efectiva. El mundo clásico, vivaz y deliberador, estaba, de manera literal, borrándose.” (p. 176)

Aunque la obra es altamente meritoria y posee otros muchos puntos positivos, que igualmente se podrían tratar, he querido presentar estos dos como un ejemplo de lo que resulta cuando se aplican a la historia esas categorías maniqueas por las que se considera que, en un momento dado, lo “bueno” sustituye a lo “malo” o lo “malo” a lo “bueno”. Más bien, el pensamiento y la espiritualidad se desarrollan a base de síntesis sucesivas en que lo nuevo sustituye a lo antiguo con la condición de integrar lo mejor de aquello.

                                              Javier Moreno Pampliega

 

 

Leo Caldas no sabe latín

Acaba de aparecer la última y esperada novela de Domingo Villar (Vigo, 1971), titulada El último barco (Siruela, 2019), que será presentada el próximo viernes 29 de marzo en Letras Corsarias. El protagonista es el inspector Leo Caldas quien, junto a su ayudante Estévez y otros miembros de la policía de Vigo, se enfrenta en esta ocasión a la desaparición de una mujer. Mónica Andrade es profesora de cerámica en la Escuela de Artes y Oficios, pero su padre le cuenta a la policía, cuando presenta la denuncia, que estudió Filología Clásica: “Ya les he dicho que se siente atraída por todo lo inútil” (p. 30). Bien empezamos. La verdad es que el señor padre es bastante antipático, no es extraño que diga esas cosas y otras aún peores sobre otras cuestiones, con lo que queda patente que está muy equivocado en todo. Mucho más amable es el personaje de Napoleón, un mendigo que da clases de latín a los que entablan conversación con él. Y se las cobra. Las 707 páginas de la novela están salpicadas de expresiones latinas (sin erratas) y de su correspondiente versión al castellano para que Caldas se entere. “Amicus certus in re incerta cernitur… No lo olvide si me necesita-. Caldas abrió las manos. ¿Que no lo olvidase? ¿Cómo no iba a olvidarlo si ni siquiera lo podía repetir?” (p. 678). Comparada con las dos novelas anteriores, Ojos de agua (2006) y La playa de los ahogados (2009), esta es menos marinera, pero igual de marina. La acción transcurre a ambos lados de la ría de Vigo, con el mar siempre presente y el Pirata de Ons yendo y viniendo de Moaña a Vigo. De las novelas policíacas a mí lo que más me suele gustar es la ambientación (con los asesinos nunca acierto): Brunetti moviéndose por Venecia, Dalgliesh tan británico él, el frío de Wallander, etc. etc. El gallego Leo Caldas es un soplo de brisa atlántica en el panorama de la novela negra. Una lectura más que recomendable para las próximas vacaciones. Placet.

Eusebia Tarriño Ruiz

 

Una inscripción frigia sobre Cibeles recientemente perdida

En el estudio de las lenguas fragmentarias, lenguas cuyo exiguo corpus apenas contiene una pequeña parte de su gramática y cuyos textos difícilmente se comprenden, el valor de cada testimonio es inversamente proporcional a su número. A pesar de su modestia, los diferentes corpora de lenguas fragmentarias son un enlace directo con muchas lenguas y culturas minorizadas del Mediterráneo, una documentación de primera mano que permite en el mejor de los casos confirmar, complementar y matizar la información transmitida por autores griegos y romanos. Este es el caso de la inscripción paleofrigia B-01, una inscripción que según ha informado recientemente el Ministerio de Cultura y Turismo turco ha sido recientemente robada (si es que no destruida).

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Nicho triangular e inscripción paleofrigia B-01 antes de su extracción
(foto Anadolu Yazıları)

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La roca en la que se encontraba B-01 antes y después de su extracción
(fotografías del Ministerio de Cultura y Turismo de Turquía)

Se trata de una inscripción frigia de época aqueménida (550-330 a.C.) que hasta ahora se preservaba in situ cerca de Germanos / Soğukçam (provincia de Bolu, Turquía, en el territorio de la Bitinia de época helenística). La huella frigia en esta pequeña población se percibe en su primer nombre que, a pesar de documentarse a partir del s. XIX, es fácilmente analizable como una formación frigia: Germanos o Germenos, parece proceder de la raíz indoeuropea *gʷʰer– ‘cálido’ (de donde el griego θερμός thermós o el armenio ջերմ ǰerm) y, de hecho, esta interpretación es coherente con las aguas termales que abundan en esta montañosa comarca. Viendo la orografía y vegetación de la zona, por cierto, no es difícil fantasear con que estos sean los opaca silvis redimita loca deae (‘los sombríos dominios de la diosa, coronados de matorrales’) descritos por Catulo en su poema 63. La inscripción se encontraba en una formación rocosa bajo un nicho triangular excavado en la roca. Como otros nichos similares, es muy probable que originalmente contuviera la estatua de la Diosa Madre (Matar en frigio), un elemento actualmente perdido pero que se describe en el inicio de la inscripción: si bevdos… ‘esta estatua’ –una palabra que pasó al griego como βεῦδος (así en Safo y en Hermisianacte). Hace unos años también se halló otra inscripción paralela (B-08), cuya lectura es todavía más ardua que la primera. El texto de B-01, fijado por Claude Brixhe y con algunas mejoras posteriores, es el que sigue:

si bevdos adi..[..]
kạṿarmọyo imroy edaes etoves niyo[y?]
matar kubeleya ibey(-)a duman ektetoy
yos tivo
[t]ạ speretạ ayni kin tel?ẹmi
[..]toyo[.]is [.]erktẹvoys ekey dạ[b]ati
opito
[k]ey oy evẹmẹmesmeneya anato [.?]
kavarmoỵun matar otekonov [.?]
kesiti oyvos aey apaktneni
pakray evkobeyan epaktoy

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Copia de B-01 publicada por Brixhe y Lejeune (1984)

Aunque la lectura y la segmentación de las palabras es más o menos clara, su contenido dista de serlo. En las dos primeras líneas se indica que Adi[—] hizo (edaes) y donó (etoves) la estatua (bevdos) para este lugar (imroy). Ahora bien, quizá el contenido de la línea tercera sea lo más relevante para los estudiosos modernos, puesto que relaciona a la diosa madre, Matar Kubeleya, con la duman. Desde el hallazgo de la inscripción, la identificación entre Matar Kubeleya y Cibeles (griego Κυβέλη, latín Cybelē) resultó evidente. Los antiguos eran conscientes de los orígenes frigios de esta diosa y los tres testimonios paleofrigios lo han venido a confirmar. Con todo, Cibeles no es más que una de las múltiples advocaciones que recibía esta diosa frigia, venerada a menudo con el simple nombre de Matar. A este teónimo genérico se le terminaría añadiendo un epíteto derivado del nombre de una de las diversas montañas en las que se le rendía culto: el Díndimo, el Agdos, el Areya… y el (o los) monte(s) Kubelo (quizá el o los mismos en que se encuentra este santuario).

No es necesario comentar aquí la extensión del culto de la diosa Cibeles en todo el mundo grecorromano, de hecho, su primera documentación histórica se da en una inscripción griega de Locros Epicefirios (Sicilia) en la que se lee [—]ς Ϙυβάλας (en genitivo). Menos conocida es, sin embargo, la asociación religiosa a la que en B-01 se le asocia, la duman. Aunque su nombre pueda recordar a la conocida institución rusa (la Дума), difícilmente puede tener ninguna relación por cuestiones de fonética histórica y, desgraciadamente, su etimología es todavía una cuestión abierta. Sea como sea, esta institución no sólo consigue sobrevivir a la conquista griega y a la posterior romana, sino que es precisamente en esta última etapa en que mejor se documenta, expandiéndose incluso hasta Hispania (en efecto parece documentarse en latín como dumus en una inscripción de Lancia, León). Se trata de una cofradía religiosa de la que apenas sabemos algo más que su nombre y algunos cargos (como el dumopireti, del Griego *δουμο-πύραιθοι ‘el encendedor del dumo’).

Ciertamente es poco lo que sabemos de B-01 pero el hecho de que cada día conozcamos un poco mejor la lengua frigia hace albergar esperanzas de que esta inscripción, juntamente con B-08, pueda ofrecer a los historiadores de las religiones información de primera mano sobre el culto rendido a Cibeles por parte de los propios frigios. Por eso mismo, la lamentable pérdida de esta inscripción es un duro golpe para el estudio de la lengua frigia y de la misma Matar Kubeleya, cuyo santuario ha sido profanado sin posibilidad de desagravio. *yos simun inmeney kakey edaes, lakedo key venavtun avtay materey ¡Quien dañó este santuario, que sea perseguido por la propia Madre!

Bartomeu Obrador Cursach

Entrevista a Pablo Andrés Escapa

Es un placer para nuestro blog transmitir la voz y la imagen de Pablo Andrés Escapa (León, 1964), que se licenció en Filología Clásica por la Universidad de Salamanca en 1987. Actualmente Pablo es escritor y bibliotecario de la Real Biblioteca del Palacio Real de Madrid. Dedicado fundamentalmente al relato corto, su trayectoria literaria viene de lejos: Las elipsis del cronista (Páginas de Espuma, 2003), Voces de humo (Páginas de Espuma, 2007) y Mientras nieva sobre el mar (Páginas de Espuma, 2014), que recibió el premio Sintagma 2014, son sus principales obras. Cuento suyos han sido recogidos en las antologías Siglo XXI. Los nuevos nombres del cuento español actual (2010)  y Pequeñas resistencias 5 (2010)

Hace unos días lo hemos podido saludar en la presentación de su último libro, Fábrica de prodigios (Páginas de Espuma, 2019), en la Librería Letras Corsarias de Salamanca; allí le solicitamos una entrevista para Notae tironianae, a lo que se mostró dispuesto inmediatamente dando todo tipo de facilidades. Se ha encargado de formularle las preguntas su compañera de curso y amiga Cristina González Díez, profesora del IES Francisco Salinas (Salamanca), que ha cumplido nuestro encargo con extraordinaria diligencia y su buen hacer habitual.

 

Tuve la fortuna de conocer a Pablo Andrés Escapa a comienzos de los años ochenta, cuando ambos estudiábamos Filología Clásica en la Universidad de Salamanca. ¿Qué recuerdos tienes de aquella época y cómo crees que ha influido en tu literatura esa formación filológica?

Fueron años felices, con sus cotidianas celebraciones de la amistad, tiempos de animosa despreocupación ante las exigencias inmediatas de la vida que se afirmaban, por un lado, en solfas continuas y por otro en una especie de disconformidad general que era una manera de afianzarse en las complicidades. Pero fueron también años decisivos de aprendizaje académico: entrar en la literatura griega y latina y familiarizarme con los métodos de la Filología Clásica, cuya culminación eran para mí las ediciones críticas, me acercó de un modo nuevo a la esencia de los textos. Descubrí que ninguna escritura seria es fruto del azar sino una deliberación, una herencia consciente que puede rastrearse con métodos críticos de análisis que permiten reconstruirla y percibir su novedad frente a los modelos. El propio acceso a los textos era revelador: traduciendo se aprendía a disfrutar con minuciosidad de una estrofa, de una frase, de una sola palabra que se bastaba para contener en su raíz una escuela de pensamiento o una corriente estética. Y junto con esas lecturas meticulosas derivadas de la traducción, aprendía también uno que la gran enseñanza de la Filología Clásica era explicar lo más sencillamente posible aquella complejidad que se percibía en los textos. Sentirse parte de esa herencia, capaz de desentrañar el sentido último de la escritura con un método, era un motivo de satisfacción. Otro beneficio intelectual de mis años como estudiante de Clásicas fue el de aprender a relativizar las impresiones personales, la mera opinión, frente a los textos. La intuición es un valor, qué duda cabe, pero no es menos fidedigna la conclusión a la que se llega gracias a la competencia en una disciplina depurada por siglos de práctica aplicada a la interpretación crítica de lo escrito.

Yo estoy convencida de que profundizar en el estudio de las fuentes de nuestra lengua y en las raíces más hondas de nuestra cultura, como hace la Filología Clásica, es una formación ideal para cualquiera que aspire a ser escritor. ¿Estás de acuerdo?

Desde luego. Esa profundización nos convierte en lectores más refinados y en pensadores más críticos. Para quien además escribe, puede derivar también en un compromiso con la expresión precisa. Practicando ambas disciplinas es posible reconocerse en una tradición humanística, hoy denostada con una desfachatez sin precedentes, que hace del uso de la lengua el principal recurso de la sensibilidad humana.

El hecho de trabajar como bibliotecario en el Palacio Real de Madrid supongo que de alguna manera imprime carácter. ¿Ese entorno laboral privilegiado ha reafirmado tu vocación literaria o esta se ha desarrollado a pesar del trabajo en la Biblioteca?

La ha enriquecido. La escritura y la biblioteca tienen al libro como centro. El contacto diario con esos objetos donde se preserva la palabra y la memoria de los hombres, me ha enseñado que todo en ellos, desde su encuadernación hasta sus paratextos, desde su aspecto formal hasta el valor de su contenido como testimonio de una época que lo ha inspirado, alimenta un discurso que nos invita a abrir el libro con el convencimiento de que todo tiene un sentido previsto en ese objeto que tenemos entre las manos. La escritura es un paso más en esa herencia, la certeza de saberse parte de una tradición basada en el compromiso con la palabra escrita para durar. 

Tu vida se desarrolla a caballo entre la gran urbe madrileña, que no parece haber impactado mucho en tu literatura, y otros entornos naturales radicalmente contrarios, como el valle de Laciana en León, del que procedes, o nuestro pueblo de Monleras, en el que resides con frecuencia. ¿Crees que el mundo rural es más fecundo literariamente que el urbano o, al menos, tiene una raíz más profunda en tu mundo interior?

Sin duda se trata de esa raíz que mencionas. La memoria es un alimento fundamental de la escritura y la mía está unida a mi infancia en el valle de Laciana. Hay un componente mítico y un gusto por lo legendario en mi literatura que tiene su origen en aquellos años que viví en la montaña leonesa y en los cuentos que me contaba mi padre, cuyo escenario fabuloso era en realidad el suelo cotidiano del pueblo. De este modo, yo asocié naturalmente fábula y vida. Vida rural, quiero decir, porque no conocí la misma ilusión en el caso de las ciudades por las que he pasado. Con el tiempo, acabé ganando un pueblo nuevo, Monleras, al que voy con mucha más frecuencia que a Laciana, pero en el que he podido reconocer experiencias semejantes a aquellas que marcaron mi vocación literaria. Ahora, con la fábula bien asentada en la memoria -es decir, enriquecida también por el tiempo y la imaginación-, lo que valora uno cada vez más es un lugar donde ese fermento surja con la mayor espontaneidad. Y esa evocación yo la he sentido siempre de forma más intensa en el campo. Monleras es ese paño generoso al que uno vuelve una y otra vez para ampararse en la vida que uno quiere llevar: el contacto directo con la Naturaleza, el trato cordial con los vecinos, la colaboración en las tareas comunales, estar un tanto al margen de las corrientes culturales impuestas, al margen de los nuevos códigos civiles, agotadores y estériles, que poco a poco van enrareciendo la convivencia en las ciudades, vivir sin desasosiegos la renuncia a la modernidad oficial y, en esa distancia tranquila y reveladora, observar el mundo con algo de desinterés y buen humor.

Acaba de publicarse tu último libro Fábrica de prodigios, en la Editorial Páginas de Espuma, una trilogía de relatos largos encadenados por una lógica sutil. Yo diría que en esta obra tu literatura ha alcanzado su punto óptimo de maduración. ¿Cuál es tu impresión al respecto? ¿Cómo describirías la evolución de tu escritura desde la ya lejana, pero no menos deslumbrante colección de cuentos Las elipsis del cronista (Páginas de Espuma, 2003)?

Desde aquel primer libro de cuentos hasta este último, creo haber profundizado en una escritura que tiene contraída una deuda evidente con los recursos propios de la oralidad. La preocupación por dar voz a otras voces que cuentan dentro del relato, que relegan al personaje real que soy yo para imponerse como criaturas con un discurso propio, es constante y se asoma incluso a un título: Voces de humo. Tan decisiva es la palabra de mis personajes que no pocas veces su versión o sus posibles versiones determinan la estructura de lo narrado. Junto con ese apego por llenar de voces mis libros, creo que la voluntad de trascender los hechos a partir de una concepción simbólica y una confianza en los usos metafóricos del lenguaje han sido rasgos constantes en mi escritura. Y añadiría que una voluntad reincidente por abordar lo narrado con un humor digamos que compasivo con los personajes. A todas estas intenciones, Fábrica de prodigios añade el reto que Cervantes reclamaba en sus Novelas ejemplares: contar con propiedad un desatino, es decir, proponerle al lector un relato inverosímil pero no abandonarlo a su suerte, sino llevarlo de la mano por el cuento facilitando los imposibles -así lo dice Cervantes- y procurando que la admiración y la alegría vayan juntas en esa conquista de la buena fe del lector.    

¿Cuáles son las fuentes de tu escritura y los autores qué más han influido en ella?

La más remota, sin duda, tiene su raíz en los cuentos que le escuché a mi padre. Luego vinieron las lecturas. Yo he disfrutado mucho leyendo a Cervantes y a Rafael Dieste, a Baroja y a Juan Ramón Jiménez, a Cunqueiro y a Delibes, a Hidalgo Bayal y a Landero, a Luis Mateo Díez y a Antonio Pereira, a Arreola y a Bioy Casares, a Zúñiga y a Borges porque además de hallar una fuente de felicidad en su lectura, percibía en sus páginas el origen de una exigencia ética y formal que me comprometía como escritor. Hay un buen número de escritores en lengua no española -fundamentalmente anglosajones, italianos y portugueses- que siempre me han gustado mucho pero no se trata de seguir acumulando nombres aquí. Entre otras cosas porque las influencias no son exclusivamente literarias. Todo lo que forma parte de la memoria de un escritor es su tradición.

¿Cuál es tu próximo proyecto literario?

No tengo nada previsto con claridad. Posiblemente un libro de cuentos donde las tramas sean muy tenues, casi lo de menos, pero donde la voz vaya levantando una fábula capaz de envolver al lector, de conmoverlo con su discurso y de acabar construyendo una realidad distinta que se imponga como la única que vale la pena recordar. Nada nuevo, la verdad, pero que raramente se consigue.

Muchas gracias por tus respuestas. Te reitero mi felicitación por tu admirable trayectoria literaria y en especial por esta magnífica Fábrica de prodigios con que nos acabas de obsequiar, cuya lectura recomiendo encarecidamente. Espero que sigas instalando fábricas de sueños para deleite de todos.

 

 

Heavy Metal y tradición clásica

Isabel Pérez Alonso nos envía la noticia de la publicación del libro Classical Antiquity in Heavy Metal Music, cuyos editores son K. F. B. Fletcher y Osman Umurhan. El libro aborda las múltiples formas en las que el Heavy Metal ha bebido de la tradición clásica. Os dejamos el índice de contenidos:

Introduction: Where Metal and Classics Meet
1. Vergil’s Aeneid and Nationalism in Italian Metal
2. Eternal Defiance: Celtic Identity and the Classical Past in Heavy Metal
3. Screaming Ancient Greek Hymns: The Case of Kawir and the Greek Black Metal Scene
4. Cassandra’s Plight: Gender, Genre, and Historical Concepts of Femininity in Goth and Power Metal
5. Heavy Metal Dido: Heimdall’s “Ballad of the Queen”
6. A Metal monstrum: Ex Deo’s Caligula
7. Occult and Pulp Visions of Greece and Rome in Heavy Metal
8. “When the Land was Milk and Honey and Magic was Strong and True”: Edward Said, Ancient Egypt, and Heavy Metal
9. Coda: Some Trends in Metal’s Use of Classical Antiquity

Bibliography
Index

Entrega de premios de Fotoclásica II en el IES Francisco Salinas

El día 13 de marzo nuestro alumno del MUPES Javier Antonio Sánchez Martínez, que hace sus prácticas en el instituto, y yo acudimos al IES Francisco Salinas para entregar los premios de Fotoclásica II.

El acto, celebrado en la Biblioteca, estuvo presidido por el Director del centro Juan Luis Sánchez y contó con la asistencia de alumnos y profesores. Después de que yo impartiera una breve charla sobre la tradición clásica de los cuentos infantiles, Javier hizo entrega de los diplomas y premios a los ganadores. Amablemente desde el centro nos han hecho llegar un reportaje fotográfico.

Susana González

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Los tres ganadores: de izquierda a derecha, Aleksandar Dilyanov Lyubenov (3er. premio), Gredy Grajales Bernal (2º premio) y Elsa Ruano García (1er. premio)

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Los ganadores y sus profesoras María Antonia Sierra Sánchez, en el centro, y Cristina González Díez, a la derecha

 

Día de la poesía

Celebramos el Día de la poesía con este poema de Álvaro Valverde que nos envía para la ocasión Óscar Lilao:

Aquiles

Aquí, en Esciros,
en el dulce jardín del gineceo
donde mi madre, Tetis,
me oculto de este mundo;
con mi amor, Deidamía,
embarazada de mi hijo;
sin virtud, sin historia,
espero ansioso
la llegada a la orilla de las naves.
Ulises, el guerrero,
Viene a llevarme a Troya.
Ya he resuelto el dilema:
en lugar de vivir
como un dios inmortal
elijo ser un hombre, sólo alguien
que funda su destino
(como el mejor ciudadano de la polis
como el mejor aqueo)
en la digna certeza de la muerte.

Álvaro Valverde
El cuarto del siroco
Barcelona: Tusquets, 2018

La casa en Zamora de Agustín García Calvo

Javier Rodríguez Marcos narra en El País su visita a la casa en Zamora de Agustín García Calvo, que murió en 2012, “Agustín García Calvo sigue despotricando“. Allí conversa con sus hijos y su nieta, que trabajan en la ordenación de sus libros, papeles y notas, entre los que estaba el original de Desnacer, un relato de 170 páginas narrado por una voz femenina anónima que realiza un viaje hacia atrás en el tiempo para ir convirtiéndose en un ser “más niño, más fresco, menos cargado de saberes”.

Vídeos del Museo del Prado con comentarios en latín

Henar Velasco nos envía este vídeo del Museo del Prado que ofrece comentarios sobre algunos cuadros de sus fondos con comentarios en latín. En este caso se trata del cuadro “La muerte de Lucrecia” del pintor Eduardo Rosales.

No es el único vídeo con comentarios en latín que podéis encontrar en su página: también hemos encontrado el que corresponde a “Séneca después de abrirse las venas” de Manuel Domínguez, La muerte de Viriato, jefe de los lusitanos de José de MadrazoCincinato abandona el arado para dictar leyes a Roma de Juan Antonio Ribera.

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