El duelo de Antígona

En este período de luto Eusebia Tarriño nos envía el enlace al texto escrito por Jesús Ferrero en El País (29 de mayo de 2020) que de nuevo encuentra en los clásicos paralelos con la situación actual. Reproducimos el texto:

El síndrome de Antígona

Antígona es un mito que oculta en su textura una mordiente ironía. Morir por salvar una vida tiene su lógica, pero no parece tenerla morir por enterrar a alguien, y sin embargo la tiene, pues el entierro y el duelo son, además de ceremonias, procedimientos psicológicos necesarios. Entre los antiguos griegos el duelo solía durar tres días regidos por el silencio, que ayudaba a internalizar la figura del muerto. Tras el duelo se celebraba un banquete, que tendía a ser muy alegre.

El proceso por el que pasa Antígona ilustra perfectamente tanto las vicisitudes de un duelo como las perturbaciones por no llevarlo a cabo. A Antígona le obsesiona el hecho de que su hermano Polinices permanezca insepulto en el lugar donde fue abatido, a merced de las aves carroñeras. Lo imagina suplicando un poco de piedad desde las dimensiones de la muerte. Los griegos participaban de la creencia, muy común en la antigüedad, de que los muertos que no habían sido enterrados se convertían en almas errantes. Ha pasado el tiempo, pero en muchos aspectos seguimos fieles a esa creencia, y por eso es fácil entender el sufrimiento de los que no encuentran los cadáveres de sus muertos: la tragedia de la familia de Marta del Castillo. ¿Dónde está Marta? Hasta que no encuentren su cadáver será un alma errante y sin cobijo. Los responsables de provocar y mantener ese sufrimiento desmedido merecen lo peor y tienen el alma mucho más negra que la desesperación de los que anhelan su descanso en una tumba con nombre y con fechas.

En la Antología Palatina, que además de ser un poemario es una colección de epitafios, encontramos poemas muy significativos. Siempre me acuerdo de los versos que nombran a un joven marino llamado Tarsis, que se sumergió para soltar un ancla que se había quedado enganchada en una roca, y que tuvo un destino muy singular, pues fue enterrado tanto en la tierra como en el mar, al ser en su mitad devorado por un cetáceo, de forma que una parte de su cuerpo se quedó bajo el agua y otra parte descansó bajo la tierra. Los caminantes que leían el epitafio de Tarsis se veían enfrentados a una paradoja trágica. ¿El cuerpo entero de Tarsis había conquistado el descanso eterno o solo su mitad? Las creencias religiosas pueden ser muy irracionales, pero las suele guiar una lógica de la contradicción que hiela el corazón.

Volvamos a Antígona. En parte porque se trata de una obra en la que Sófocles desplegó toda su sensibilidad lírica y trágica, creando un tejido dramático muy consistente, con personajes bien trazados y líneas de fuerza llenas de electricidad y de sentimiento, ha llegado hasta nosotros intacta y resplandeciente, y suele estar muy en boga en épocas bélicas y en períodos castigados por alguna epidemia. No es de extrañar que en plena Guerra Civil, Salvador Espriu concibiese una sublime versión de Antígona. Cuando se aborda la problemática de Antígona es fácil recurrir a los lugares comunes sobre la ley humana y la ley natural, dos entelequias que pueden propiciar mucha retórica vana. Resulta más esclarecedor atender a la urdimbre psicológica de la obra y sumergirse en las pesadillas que devastan la conciencia de Antígona. No es que la princesa tebana decida seguir la ley del corazón incumpliendo las órdenes del tirano Creonte, que es además su tío. Lo que le ocurre a Antígona es inseparable de nuestras relaciones con la muerte. Todo difunto tiene un doble entierro: el que se lleva a cabo cuando lo colocamos bajo tierra, y el que se va desarrollando en nuestra cabeza, y es bueno que ambos entierros coincidan en el tiempo. Cuando el primero no se da, el segundo tampoco, y el muerto se convierte en un fantasma peligroso, que vendrá a visitarnos en la duermevela.

En los últimos tiempos, regidos por leyes despiadadamente económicas, se ha tendido a descuidar el duelo y a no darle importancia. Tal proceder se debe, entre otras cosas, al rechazo cada vez más patológico que nos provoca la muerte, normalmente ausente de todos los discursos de ahora, y uno se pregunta si negar la muerte no implica también negar la vida. Pasar por alto el duelo solo provoca trastornos psicológicos, de muy hondo calado, pues no acabamos de enterrar al muerto nunca, y caemos de verdad en el síndrome de Antígona, como han debido de caer los familiares de las víctimas de la epidemia.

Los que no pudieron acompañar a sus muertos en su última hora habrán experimentado el mismo dolor que Antígona, cuando desde el corazón del sueño el fantasma de su hermano acudía a ella y le decía que no quería convertirse en un alma errante y que solo ella podía propiciarle el descanso eterno con sus manos, sus lágrimas y su afecto. Es una forma de verlo, la otra, más definitiva, sería pensar que es ella la que no puede descansar, y ella la que ni está viva ni está muerta hasta que no entierre de verdad a su hermano. En tiempos como los que corren, entendemos su situación y su postura mejor que nunca.

Perfumería en Pompeya

Manuela y Mª Ángeles Martín nos envían el enlace a esta noticia de ABC (22/5/2020): Arqueólogos españoles descubren en Pompeya una de las perfumerías mejor conservadas de la Antigua Roma

La investigación la ha realizado un equipo de arqueólogos españoles de la Universidad de Granada, el Instituto Valenciano de Restauración y el Servicio de Investigaciones Arqueológicas Municipal de Valencia.

Puedes leer la noticia también en la página de National Geographic Historia.

Cicerón y la arqueogastronomía

Cicerón vale para un roto y para un descosido. Una frase extraida de su obra Del supremo bien y del supremo mal (2, 90), “El hambre es el condimento de la comida, la sed de la bebida“, sirve como encabezamiento de una sección sobre cocina romana en una página llamada Arqueogastronomia (agradecemos el envío del enlace a Eusebia Tarriño).

Arqueogastronomía se presenta como un “espacio cultural donde puedes adquirir productos, experiencias gastronómicas y turísticas que hunden sus raíces en la historia y la arqueología”. En su tienda, Tabernae (no sé en qué caso exactamente, quizá el esperable nominativo singular taberna les sonaba poco latino) ofrecen productos como Flor de Garum Salsa antigua o Iberika, cerveza artesana. También tienen un blog donde incluyen recetas y entradas sobre historia gastronómica.

El caso es que resulta algo chocante el uso del texto ciceroniano en una página que nos incita a buscar  nuevas experiencias catando los sabores de la gastronomía romana. Cicerón en realidad atribuye el mensaje a Sócrates: …idque Socratem, qui voluptatem nullo loco numerat, audio dicentem, cibi condimentum esse famem, potionis sitim. “Y eso mismo le oigo a Sócrates, que no concede al placer ninguna importancia, cuando dice que el condimento de la comida es el hambre, y el de la bebida, la sed” (Trad. V. J. Herrero Llorente). De hecho, casi diríamos que parece precisamente un lema para todos aquellos que abominan de las sofisticaciones culinarias tan en boga hoy y de caprichos similares a los que la página propone.

La cita escogida para la sección denominada “Arqueofoodtour”, también de Cicerón (Sobre la vejez 45), tampoco resulta muy adecuada: “El placer de los banquetes debe medirse no por la abundancia de los manjares, sino por la reunión de los amigos y por su conversación” (Trad. de E. Torrego); Neque enim ipsorum conviviorum delectationem voluptatibus corporis magis quam coetu amicorum et sermonibus metiebar. Eso sí, algo de éxito deben de tener, porque uno de estos tours ha sido incluido en el programa de RTVE “Las Rutas D’Ambrosio”, según nos informa Cádiz Buenas noticias.

Susana González Marín

Arqueología y tráfico ilegal

Parece que algunos nombres que antes solo sonaban en los circuitos académicos están empezando a ser bien conocidos por jueces y policías. Si la semana pasada nos hacíamos eco de la entrada en El mercurio de Salamanca sobre la falsificación de manuscritos del Mar Muerto que acabaron en el Museum of the Bible y antes hemos seguido el caso de Dirk Obbink, la Green family y Hobby Lobby vuelven a estar relacionados con prácticas criminales. Como se pude leer en la noticia que nos envía Eduardo Hernández, la justicia estadounidense investiga cómo una tablilla en cuneiforme con un fragmento de la epopeya de Gilgaméš, uno de los grandes hitos de la literatura mesopotámica, ha acabado en suelo americano. Todo apunta a que la tablilla entró en el tráfico ilegal de antigüedad a raíz de los numerosísimos expolios que tuvieron lugar aprovechando la Primera guerra del Golfo como cortina de humo. En esta ocasión también está implicada la todopoderosa casa de subastas Christie’s, a la que el Museum of the Bible ha demandado y que desde luego no sería la primera vez que estuviese implicada en turbios asuntos.

Por sacar algo positivo, no está mal que la noticia sirva, aunque tangencialmente, para dar a conocer algo del increíble trabajo que Juan Luis Montero Fenollós, de la Facultad de Humanidades y documentación de la Universidad de A Coruña en sede ferrolana, ha venido realizando primero en Siria y ahora en Palestina.

Julio César sobre Hispania

Irene Gómez nos envía este enlace a la columna de opinión de ABC: Palabras de Julio César a España (22/5/2020), de Martín-Miguel Rubio Esteban. Reproducimos el texto a continuación:

España es un país belicoso y un paisaje idóneo para la guerra. Sus habitantes siempre hemos sido despiadados y temibles guerreros. Ya César hablaba de estos parajes hispanos como los más propicios para la guerra que él había conocido: «Haec loca sunt montuosa, et natura edita ad rem militarem» (De Bello Hispaniensi, VII ). De todos los escenarios en que la Guerra Civil, entre cesarianos y republicanos, tuvo lugar, el de Hispania fue el más sangriento, el más salvaje, el más implacable. Aquí la Guerra Civil («Bellum civile ac domesticum») llegó a unos grados de tal crueldad que hasta enturbió el ánimo frío y calculador de Julio César. Sus sentimientos, profundamente excitados por la inhumana conducta de los hispanos, en ocasiones se desviaron. Nunca hubo lugar ni ocasión, como en otros sitios, para el perdón, y a todos los prisioneros se les cortaban las manos antes de soltarlos. Jamás César antes vio las barbaridades y amencia sangrienta que en España se perpetraban entre sí los españoles de distinto bando. Y eso que César había visto muchos crímenes horribles y espantos durante sus muchas conquistas. Lo dice incluso de forma expresa: «De acuerdo a los recuerdos que los hombres tienen jamás estas cosas se habían hecho».

La compasión no existía hacia ningún ser vivo, ya fuera anciano, mujer o niño, que fuera prendido por los enemigos. «Vivos aliquos ceperunt, qui postero die sunt interfecti». No había jamás clemencia en la rendición de cualquier pueblo de Hispania, sino exhibición de crueldad infinita. Los siervos estrangulaban a sus amos, y a los hijos y mujeres de estos, para salvar la vida ante un enemigo siempre inclemente. Las matanzas de ciudades enemigas enteras («iugulatio oppidanorum») era el procedimiento ordinario. A los enemigos políticos se les mataba no sin antes pasar por la espada a la familia entera. Contra la crueldad de algunos, César, contra su costumbre, comenzó también a ser cruel. Así, el esclavo que mató a su dueño, y a su mujer y a sus hijos, para conquistar el corazón de César, César lo quemó vivo. Aunque, en general, a los esclavos los crucificaban y a los soldados los decapitaban.

La palabra «ferocitas» sólo se emplea en el Corpus Cesarianum en el caso español. Es un hápax que César reserva para nosotros. Y es evidente que «ferocitas» deriva de «fera», animalizándose con ello la humanidad del hombre, lo mismo que hoy el coronavirus de la nueva gripe es un contacto de lo humano con lo animal. Cuando la peste viene de enfermedades de animales sólo la risa puede conjurar a la muerte que trae la pandemia. Por eso los romanos, de acuerdo a lo que nos cuenta Tito Livio, conjuraron el miedo mortal a la primera gran pandemia trayendo a ludiones e histriones etruscos que los hicieran reír. Fue así cómo nació el teatro en Roma, ofreciendo a la muerte la carcajada. Mejor la muerte por epidemia que coger una tenebrosis. Ambas epidemias te dejan un color macilento, caquéctico. La tenebrosis es siempre peor que una gripe, aunque sea de coronavirus. Quizás el rito apotropaico de la risa habría que celebrarlo ahora en España, en estos momentos.

La muerte entre hermanos fue también muy frecuente en Hispania durante esta guerra civil entre César y el moribundo régimen republicano: «Miles, qui fratrem suum in castris iugulasset, interceptus est a nostris, et fusti percussus». Este tipo de crímenes los romanos los castigaban matando a palos al fratricida. Se utilizaban los cadáveres de los enemigos para hacer las empalizadas frente a los enemigos sitiados, y las cabezas de los muertos, puestas en orden, se volvían hacia los enemigos para que se consternasen sus ánimos y el terror los paralizase. Es así que la crueldad se retorcía y complicaba tanto que producía arabescos de horror.

En la toma de Córdoba, César, infectado por el ambiente de horror, ejecutó a 22.000 personas. Se ejecutaba de noche en masa a las cohortes más tímidas y dubitativas en la pelea. César entró en Sevilla con la cabeza de Pompeyo «El Mozo» (Adulescens), para exponerla él mismo en la principal plaza de la ciudad. Y terminada la guerra, César se despidió de Hispania con un discurso de estilo ático, dirigido para aquellos españoles, pero que también nos puede llegar a nosotros, que hemos repetido bastantes veces los mismos pecados de nuestros padres, y del que podemos entresacar las siguientes líneas: «“Vosotros habéis aborrecido siempre la paz”, de suerte que el pueblo romano no puede jamás sacar de aquí sus legiones, a fin de que no os matéis entre vosotros. Los beneficios los recibís como injurias, y estimáis por favores los agravios. Despreciáis a quienes os gobiernan bien, y amáis a quienes os tiranizan. Así jamás habéis podido conservar ni la concordia en la paz ni el valor en la guerra (“Ita neque in otio concordiam, neque in bello virtutem ullo tempore retinere potuistis”)».

No está uno desde luego muy seguro de que los españoles hayamos cambiado mucho nuestro carácter moral que Julio César describió hace 2.070 años. Y no lo está a tenor de algunos comportamientos que nuestros políticos tienen, que no son conscientes de lo que pueden producir con sus palabras incendiarias en un entorno con tantos materiales milenariamente inflamables. Hace cuarenta años los españoles, quizás por primera vez, usamos la paz para llegar a la concordia fraternal, de suerte que la paz fuera más auténtica y más segura, pero desde hace unos pocos años jugamos al peligroso juego de desmontar la concordia. No hacemos bien. La concordia y la paz en este suelo son conquistas que han costado mucho conseguir, y haremos muy bien en mimarlas continuamente, haciendo, entre otras cosas, que la libertad de expresión sea indivisible, y que bajo ella se expresen todos, estos y los otros, los de un bando y los de otro. La hazaña de estos últimos cuarenta años la tenemos que proteger con todo nuestro afán. Es nuestro tesoro común.

 

Martha Nussbaum habla de las raíces de la tradición cosmopolita

En el suplemento Ideas de El País (24/5/2020) nos ofrecen un extracto del libro de Martha Nussbaum La tradición cosmopolita, que se publicará en Paidós el 2 de junio. Reproducimos el texto

La política que soñaba con que fuésemos iguales

Una vez preguntaron a Diógenes el Cínico de dónde venía y él respondió con una sola palabra: kosmopolitês, “ciudadano del mundo”. Podría decirse que aquel momento, ficticio o no, fue el acto fundacional de la larga tradición del pensamiento político cosmopolita en la herencia occidental. Un varón griego rechaza la invitación a definirse por su estirpe, su ciudad, su clase social, su condición de hombre libre o incluso su género. Insiste en definirse atendiendo a una característica que comparte con todos los demás seres humanos, hombres y mujeres, griegos y no griegos, esclavos y libres. Y al caracterizarse a sí mismo, no ya como habitante del mundo, sino incluso como “ciudadano” de este, Diógenes da a entender también que es posible una política —o una aproximación moral a la política— centrada en la humanidad que compartimos más que en las marcas del origen local, el estatus, la clase y el género que nos dividen. Es un primer paso en el camino que nos conduce hasta la sonora idea kantiana del “reino de los fines”, una comunidad política virtual de aspiración moral que une a todos los seres racionales (aunque Diógenes, más inclusivo, no limitaba esa comunidad a lo “racional”), y hasta aquel ideal, también de Kant, de una política cosmopolita que una a toda la humanidad bajo unas leyes que esta se haya otorgado a sí misma, no por efecto de las convenciones y las clases, sino por una libre elección moral. Aseguran que Diógenes “se burlaba de la nobleza de nacimiento y de la fama y de todos los otros timbres honoríficos, diciendo que eran adornos externos del vicio. Decía que solo hay un gobierno justo: el del universo [kosmos]”.

El cosmopolitismo cínico/estoico nos insta a reconocer la igual (e incondicional) valía de todos los seres humanos, una valía fundada en su capacidad de elección moral (aunque quizá sea esta aún una condición demasiado restrictiva) más que en rasgos que dependen de configuraciones naturales o sociales fortuitas. La idea de que la política debería tratar a todos los seres humanos como iguales y como poseedores de un valor inestimable es una de las más profundas e influyentes del pensamiento occidental; a ella cabe atribuir muchos de los elementos positivos presentes en el imaginario político de Occidente. Un día, Alejandro Magno pasó junto a Diógenes y se quedó de pie ante el filósofo, mientras este tomaba el sol en el mercado. “Pídeme lo que quieras”, le dijo Alejandro. Y él le respondió: “No me hagas sombra”. Esta imagen de la dignidad de lo humano, capaz de resplandecer hasta en su desnudez siempre que no quede ensombrecida por las falsas pretensiones del rango social y la realeza, una dignidad que solo necesita que le aparten esa sombra de delante para manifestarse vigorosa y libre, es uno de los destinos finales de una larga trayectoria que conduce hasta el moderno movimiento de los derechos humanos.

En la tradición que describiré aquí, la dignidad es no jerárquica. Pertenece en igual medida a todos los seres que tengan un nivel mínimo de capacidad de aprendizaje y elección morales. Es una tradición que excluye explícita y directamente a los animales no humanos; en algunas versiones, aunque no en la de Diógenes, también excluye (aunque sea de forma menos explícita) a los humanos con discapacidades cognitivas graves. Estas son deficiencias que toda versión contemporánea de esta concepción está obligada a abordar y subsanar. De todos modos, el concepto de dignidad no es inherentemente jerárquico ni está basado en la idea de una sociedad ordenada por niveles y rangos (…).

Es importante recalcar la esencia igualitarista del cosmopolitismo de corte más propiamente estoico, ya que algunos de los expertos que han escrito sobre la dignidad en fecha reciente lo han hecho partiendo del supuesto de que toda la historia de ese concepto se deriva de nociones de rango y estatus propias de sociedades jerárquicas.

Tomado en sí mismo, este ideal no tiene necesariamente implicaciones políticas, puesto que es un ideal moral. Sin embargo, en el pensamiento de muchos de los autores enmarcados en esta tradición, la idea de la igualdad de la dignidad humana fundamenta un conjunto característico de obligaciones para la política tanto internacional como nacional. La idea del respeto por el género humano ha sido una de las bases de buena parte del movimiento internacional de los derechos humanos y ha tenido un papel formativo en múltiples tradiciones legales y constitucionales nacionales. Tampoco se puede decir que la idea de la igualdad de la dignidad humana sea exclusiva de las tradiciones filosóficas de Occidente (…). Hace mucho que, en una India dividida por las ideas jerárquicas de la casta y de la asignación a las personas de ocupaciones predeterminadas por su origen al nacer, el budismo es fuente de una idea diferente: la idea de la igualdad humana. Aunque Gandhi reinterpretó la tradición hindú conforme a unos principios más igualitarios de los convencionalmente invocados allí, el propio Gandhi, Nehru y el resto de los fundadores de la nación se encargaron también de poner de relieve los antecedentes budistas de la igualdad de ciudadanía como principio fundacional del nuevo país situando la “rueda de la ley” budista en el centro de la bandera. El principal artífice de la constitución de la India, B. R. Am­bedkar, una de las grandes mentes jurídicas del siglo XX, se convirtió al budismo ya en la edad adulta y no dejó nunca de sentirse hechizado por el encanto de esa religión. Intocable de nacimiento (o dalit, como se conoce hoy en día a los de su casta), dedicó especial empeño en formular la Constitución poniendo siempre la idea de la igualdad de la dignidad humana en un primer plano. Escribió un libro sobre Buda (publicado en 1957, poco después de su muerte) para poner de manifiesto la idea de la igualdad humana propia de esa tradición. También el movimiento por la libertad de Sudáfrica situó el respeto por la dignidad humana en el centro de una ideología política revolucionaria. En ese caso, sí tuvieron importancia las doctrinas estoicas, invocadas junto a las ideas africanas tradicionales del ubuntu. El filósofo Kwame Anthony Appiah, refiriéndose a la ubicuidad de las ideas de Cicerón en, como mínimo, las zonas anglófonas de África, ha puesto en varias ocasiones especial énfasis en el papel formativo que la idea ciceroniana de la ciudadanía del mundo tuvo en la vida y la obra de su padre, Joe Appiah, fundador de la Ghana moderna. Pero no hace mucho se ha sabido que Nelson Mandela —que posteriormente titularía un libro de entrevistas y cartas Conversaciones conmigo mismo, toda una alusión explícita a la influencia del filósofo estoico Marco Aurelio— tuvo acceso a las Meditaciones cuando estaba ya recluido en Robben Island. La Constitución sudafricana, redactada décadas después, contiene esas ideas. Con independencia del papel reservado a los conceptos estoicos en el documento fundacional de la nueva República de Sudáfrica, lo cierto es que encajan a la perfección con ideas que Mandela había derivado ya de sus propias tradiciones y experiencias personales.

Para elaborar la Declaración Universal de los Derechos Humanos se reunió a un equipo de representantes de múltiples tradiciones de todo el mundo, incluidas las de Egipto, China y Europa. Según el relato que de aquel proceso hizo el filósofo francés Jacques Maritain, los redactores se abstuvieron explícitamente de usar un lenguaje que se considerara propiedad de una tradición en particular (como, por ejemplo, las alusiones cristianas al “alma”). Sin embargo, el vocabulario de la igualdad de dignidad de todos los seres humanos, entendida como un concepto ético no adscrito a ninguna metafísica particular en exclusiva, fue algo que todos ellos sí consideraron oportuno emplear y convertir en elemento central de aquella declaración.

¿Rosa o Roma?

En la interesante entrada (ejemplarmente documentada, como es su costumbre) que ayer nos regaló Bartomeu Obrador Cursach en este blog, concluía el autor su texto adaptando un famoso verso de Bernardo de Morlaix (o de Cluny, como queráis) conocido universalmente en nuestros tiempos no por el célebre benedictino, sino por ser el final de una novela publicada en 1980 cuya fama ya se puede decir que va a trascender: El nombre de la rosa, de Umberto Eco. El ya conocido Stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus con que concluía Eco su novela (y en el que parecía que Bartomeu Obrador cambiaba la rosa por los Galloi), también fue en Eco una adaptación. Transcribo el texto con el que Eco comienza el primer capítulo de sus “Apostillas a El nombre de la rosa”:

“Desde que escribí El nombre de la rosa recibo muchas cartas de lectores que preguntan cuál es el significado del hexámetro latino final, y por qué el título inspirado en él. Contesto que se trata de un verso extraído del De contemptu mundi de Bernardo Morliacense, un benedictino de siglo XII que compuso variaciones sobre el tema del ubi sunt (del que derivaría el mais où sont les neiges d’antan  de Villon), salvo que al topos habitual (los grandes de antaño, las ciudades famosas, las bellas princesas, todo lo traga  la nada) Bernardo añade la idea de que de todo eso solo nos quedan meros nombres”.

Lo que no dice Umberto Eco es que el verso original no habla de la rosa, sino de Roma. La rosa para Eco tiene otras connotaciones. Tampoco se ajusta mucho su mención escueta a un hexámetro, porque sí lo es en su caso (rosa tiene dos sílabas breves), pero no con Rōma. Aquí a Bernardo de Morlaix le traiciona su conocimiento del latín. Por otro lado, el extraño hexámetro del monje no es tal sin más, es lo que se conoce como versos dactílicos tripertitos o hexámetro dactílico tripertito, una especie de hexámetro dividido en tres partes, con cada una de ellas formada por dos dáctilos y la última por un dáctilo y un espondeo, pero en el que se incluye algo totalmente novedoso para la nueva métrica medieval, algo que se añade a la pérdida del ritmo dependiente de la cantidad y a la presencia fundamental del acento: la rima.

Transcribo unos versos del De contemptu mundi de Bernardo, concretamente los que van del 947 al 952 de su libro I. Obsérvese en ellos la rima sistemática no ya solo entre cada uno de los pares de versos, sino entre los dos grupos primeros de pares dactílicos dentro de cada verso.

Nunc ubi Marius atque Fabricius, inscius auri?
Mors ubi nobilis et memorabilis actio Pauli?
Diva Philippica vox ubi coelica nunc Ciceronis?
Pax ubi civibus atque rebellibus ira Catonis?
Nunc ubi Regulus aut ubi Romulus aut ubi Remus?
Stat Roma pristina nomine, nomina nuda tenemus.

(“¿Dónde  está ahora Mario y dónde Fabricio, inasequible al soborno?
¿Dónde la muerte noble y la memorable gesta de Paulo?
¿Dónde ahora la divina voz filípica y la celestial de Cicerón?
¿Dónde está la paz para los ciudadanos y la ira de Catón contra los rebeldes?
¿Dónde está ahora Régulo o dónde Rómulo o dónde Remo?
La Roma antigua se mantiene en el nombre, conservamos nombres desnudos”)

En el texto de Bernardo de Morlaix, al viejo y clásico tema del ubi sunt se une aquí otro concepto básico de la filosofía medieval, la cuestión de los universales. Boecio había dejado abierto el problema, dado que empezó siendo platónico y acabó siendo aristotélico, pero la disputa entre realistas y nominalistas será un debate fundamental del medievo a propósito de la existencia de los universales. Pero no es este el momento de hablar de Pedro Abelardo y compañía. Yo solo trataba de reivindicar que la rosa de Eco era en realidad Roma y que Bartomeu Cursach no nos remite a Eco, sino a Bernardo de Cluny.

Y muchas gracias, Tomeu, porque tu entrada es una muestra perfecta de una idea que he oído en repetidas ocasiones a la editora de este blog y a un antiguo maestro suyo y de todos nosotros, José Carlos Fernández Corte: no conviene olvidar nunca que también tras la actividad de los filólogos hay siempre una ideología.

Agustín Ramos Guerreira

La gran estafa de los manuscritos de la Biblia del mar Muerto.

El Mercurio salmantino

Recuperamos para nuestro blog un interesante artículo publicado el pasado 9 de abril en la revista National Geographic, donde se hacen eco de la investigación que ha demostrado que los fragmentos de los manuscritos de la Biblia del mar Muerto que se exhiben en el Museo de la Biblia de Washington DC se escribieron en la era contemporánea. [Ver ARTICULO]

La gran estafa de los manuscritos de la Biblia del mar Muerto

En el cuarto piso del Museo de la Biblia, en Washington D.C., una gran exposición permanente cuenta la historia de cómo las antiguas escrituras se convirtieron en el libro más popular del mundo. En el corazón de esta gran exhibición, se encuentra una de las piezas más preciadas del museo: fragmentos de los manuscritos del mar Muerto, antiguos retazos de texto que incluyen las copias más antiguas de la Biblia hebrea que han sobrevivido hasta nuestros días.

Pero hace unos días, un equipo independiente de investigadores, cuyo trabajo financió…

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