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Notae tironianae este año ha prolongado su actividad durante el mes de junio gracias al entusiasmo de sus colaboradores.

Muchas gracias a todos

Hoy nos despedimos hasta el comienzo del próximo curso.

Feliz verano

 

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Feliz verano a todos

De nuevo la tecnología puntera al servicio de la filología clásica

Adelaida Andrés nos envía este enlace a un interesante artículo, “Buried by the Ash of Vesuvius, These Scrolls Are Being Read for the First Time in Millennia” de Smithsonian Magazine, publicado recientemente. Allí nos cuentan los últimos avances tecnológicos aplicados a la lectura de los rollos de papiro carbonizados por la erupción del Vesubio, la Diamond Light Source. Brent Seales, director del Center for Visualization & Virtual Environments at the University of Kentucky, usa la física subatómica para descifrar estos ejemplares.

¿Y si te encuentras una cabeza de una estatua mientras corres?

Eso es lo que le pasó este fin de semana a la cantante India Martínez que salió a correr por Dos Hermanas (Sevilla) y se tropezó con una cabeza de lo que parece ser una diosa Isis del siglo II, probablemente traida por los romanos. Lee la noticia en el ABC de Sevilla y en  Huffington Post. Hay un par de fotos en la cuenta de Instagram de la cantante.

La sociedad literaria del pastel de patata de Guernsey

Aunque los nazis no llegaron a ocupar Gran Bretaña, las islas del Canal no corrieron la misma suerte y sufrieron cierta forma de ocupación blanda a la espera de lo que habría de ser la pronta claudicación de Reino Unido. En La sociedad literaria del pastel de patata de Guernsey, de manera casual y a través del intercambio de cartas, una joven escritora comienza a descubrir tras el final de la Segunda Guerra Mundial cómo fue la vida cotidiana de los habitantes de Guernsey y el papel que en ello jugó la creación de un club de lectura por personas que se acercaban por primera vez a la literatura.

Uno de los atractivos de la única novela que escribió Ann Shaffer y cuya última mano corrió a cargo de su sobrina, Annie Barrows, es la recreación de las respuestas de lectores sin filtros cultos a los tótems de la literatura entre los que no podía faltar algunas obras de la literatura latina. Por ejemplo, Catulo:

«Fui a ver al señor Fox a su librería y le pedí un libro de poemas de amor. En aquella época ya no le quedaban muchos títulos; la gente los compraba para quemarlos, y cuando él finalmente se dio cuenta, le echó el cierre a la tienda. Así que me dio unos cuantos volúmenes de un tal Catulo. Era romano. ¿Usted sabe la clase de cosas que decía en verso? Comprendí que yo no podría recitar nada de aquello a una dama encantadora.

Catulo estaba enamorado de una mujer llamada Lesbia, que lo rechazó después de haberse acostado con él. No me extraña, porque no le gustó que Lesbia acariciase el pequeño gorrión que tenía. Se puso celoso de un pajarillo. Así que se marchó a casa, cogió la pluma y empezó a plasmar la angustia que lo había embargado cuando vio a Lesbia acunar el gorrioncillo contra su pecho. Catulo se lo tomó verdaderamente mal y a partir de ese momento dejaron de gustarle las mujeres y se dedicó a escribir poemas infames sobre ellas.

También era muy tacaño. ¿Quiere leer un poema que escribió cuando una mujer caída le cobró por los favores prestados? Pobre muchacha. Se lo voy a copiar.

¿Estará en su sano juicio esa meretriz tan follada,
que me pide mil sestercios?
¿Esa joven de nariz repulsiva?
Parientes que estáis a su cuidado,
convocad a amigos y médicos; esa muchacha está loca.
Se cree hermosa.

¿Ésas son muestras de amor? Le dije a mi amigo Eben que nunca había visto tanto rencor.»

El impresionado Clovis Fossey podría haber citado además del poema 41, el 43, en el que Catulo continúa hablando en términos parejos de Ameana. Pero no todos los habitantes de Guernsey experimentan el mismo rechazo por autores clásicos. Las epístolas de Séneca causan una honda impresión a John Booker:

«Amelia Maugery me ha pedido que le escriba, dado que soy uno de los miembros fundadores de las Sociedad Literaria del Pastel de Patata de Guernsey, aunque sólo he leído un mismo libro una y otra vez. Se trata de Cartas de Séneca. Traducidas del latín en un volumen, con apéndice. Entre Séneca y la sociedad, he conseguido no caer en una vida espantosa como alcohólico.

[…]

Pero usted quiere saber qué influencia han tenido los libros en mi vida, aunque, como le digo, no ha habido más que uno, el de Séneca. ¿Sabe usted quién era? Un filósofo romano que escribió unas cartas a unos amigos imaginarios para decirles cómo debían comportarse durante el resto de su vida. Puede que suene aburrido, pero las cartas no lo son, son muy ingeniosas. Creo que se aprende más si lo que uno lee le hacer reír al mismo tiempo.

En mi opinión, lo que dijo Séneca se puede aplicar a cualquier persona de cualquier época. Voy a ponerle un ejemplo actual: el caso de los pilotos de la Luftwaffe y sus peinados. Durante el Blitz, los aviones de la Luftwaffe despegaban de Guernsey y se sumaban a los grandes bombarderos que se dirigían a Londres. Volaban sólo por la noche, de modo que durante el día eran libres de hacer lo que se les antojase en St. Peter Port. ¿Y cómo pasaban el día? En salones de belleza, donde les hacían la manicura, les daban masajes en la cara, les perfilaban las cejas, les ondulaban el cabello y se lo peinaban. Cuando los vi con sus redecillas, paseando por la calle de cinco en cinco, apartando a codazos a los isleños que iban por la acera, me acordé de lo que decía Séneca de la guardia pretoriana: “Cualquiera de ésos preferiría ver un alboroto en Roma antes que en su cabello.”

[…]

Llegué a disfrutar mucho de nuestras reuniones literarias, pues contribuían a que la ocupación resultara más soportable. Algunos de los libros que leían los otros parecían interesantes, pero me mantuve fiel a Séneca. Me daba la impresión de que me hablaba a mí; a su manera, graciosa y mordaz, pero directamente a mí. Sus cartas me ayudaron a sobrevivir a lo que habría de venir después.

Todavía sigo acudiendo a las reuniones de la sociedad. Están todos hartos de Séneca y me suplican que lea otra cosas, pero yo no quiero.»

La mayor de mis simpatías, sin embargo, va con Jonas Skeeter:

«Woodrow —siguió diciendo Jonas Skeeter— cruzó mi campo y vino hasta donde yo estaba amontonando el abono. Traía un librito en las manos y me dijo que acababa de leerlo y que le gustaría que también lo leyera yo, porque era muy “profundo”. Yo le respondí que no tenía tiempo para ponerme “profundo”. “Pues debes buscarlo, Jonas”, me insistió. “Si lo leyeras, tendríamos mejores temas de conversación cuando fuéramos al Crazy Ida’s. Nos divertiríamos más mientras bebemos cerveza.” Eso hirió mis sentimientos, no os voy a engañar. Mi amigo de la infancia llevaba una temporada tratándome con aires de superioridad sólo porque él leía libros para vuestro grupo y yo no. En anteriores ocasiones se lo había dejado pasar, “cada uno a lo suyo”, como decía mi madre. Pero esa vez fue demasiado. Me insultó. Me habló con prepotencia.

Me explicó que Marco Aurelio había sido un emperador romano y también un guerrero poderoso. Que en aquel libro estaba escrito lo que opinaba de los cuados, una tribu de bárbaros que estaba esperando en el bosque para matar a todos los romanos. Y que, a pesar de la presión de esos cuados, se tomó la molestia de poner por escrito sus pensamientos. Que pensaba mucho, muchísimo, y que algunas de sus reflexiones no nos vendrían mal a nosotros.

Así que dejé a un lado lo dolido que me sentía y cogí el maldito libro, pero esta noche he venido aquí para decir delante de todos: ¡Qué vergüenza, Woodrow! ¡Es una vergüenza que hayas sido capaz de poner un libro por encima de tu amigo de la infancia!

Sin embargo, lo he leído y opino lo siguiente: Marco Aurelio era como una vieja, siempre estaba mirándose el ombligo y cuestionándose lo que había hecho o lo que había dejado de hacer. ¿Había obrado bien o habría obrado mal? ¿Estaba el resto del mundo equivocado o lo estaba él? No, quienes iban equivocados eran los demás, y él decidió explicarles cómo eran las cosas en realidad. Una gallina clueca, eso es lo que era. Nunca tenía el más mínimo pensamiento que no pudiera convertir en sermón. Seguro que ni siquiera podía ir a mear sin…»

Dado que la adaptación cinematográfica, que se estrenará en España este año, ha propiciado la redición del libro, puede ser una buena oportunidad para acercarnos a él.

Diego Corral Varela

 

LA TRADICIÓN CLÁSICA DEL JUEGO DE PELOTA

Entre los griegos y romanos había diferentes tipos de juego de pelota, que pueden ser antecedentes de los juegos actuales. Había mucha afición, pues jugaban niños, jóvenes y ancianos, aunque hubiera variaciones en el modo de juego en función de la franja de edades. También se dice que Julio César, Mecenas o el propio emperador Augusto jugaron con el esférico.

Refiere San Isidoro que la pelota es llamada pila porque el interior está relleno de pelos, y luego se recubría con lana o piel.

Juegos de pelota en Grecia recogidos por Pollux:

Σσφαῖρα επισκιροs: era un ejercicio realizado poro jóvenes por la fuerza que requería. El campo se dividía  en dos partes iguales, trazando una línea con una piedra, para separar a unos de otros y colocar en ella la pelota. Trazaban también otras rayas en la parte de atrás del campo, a una distancia igual de la raya central, y ahí se situaban cada uno de los bandos. Una vez que se ha dado la señal, todos los jugadores se apresuraban a conseguir la pelota y aquellos que la hubieran cogido primero, la lanzaban al campo contrario, por encima de las cabezas de los jugadores.

Φενίνδα: también llamado “juego de los engaños”, pues el que tiene la pelota dice el nombre del jugador contrario, que es quien debe cogerla. Pero esto lo hace para despistar, porque en realidad puede lanzar la pelota al lado contrario de donde se encuentra el adversario retado. Si la pelota toca el suelo, pierde un punto.

Απόρραζιs: Se trata de lanzar con mucha fuerza la pelota contra el suelo y recogerla. Después, hay que volver a tirar y contar el número de botes. Aquel que consigue hacer esto más veces en el mismo tiempo, gana. También se puede tirar la pelota contra la pared y cogerla en el aire cuando vuelve (muy similar al juego de pelota a mano).

Οὐρανία: El jugador tira la pelota al aire, lo más alto posible. Los adversarios deben tratar de apoderarse de ella en la bajada. Ganará quien haya conseguido cogerla en el aire.

Los romanos jugaban en amplios espacios, como por ejemplo, el Campo de Marte. Pero al término de la República, construyeron una sphaeristeria, que eran unos locales habilitados en las termas o gimnasios, como las de Agripa o Caracalla.

Había cuatro modalidades, designadas tanto por la forma de la pelota como por la dinámica del juego. Son las siguientes ordenadas según el tamaño del balón, de mayor a menor:

Follis: Era la pelota más grande, como un pelotón, pero más blanda que las otras, y por ello los niños y ancianos jugaban con ella. El material iba cosido y se inflaba con un fuelle, parecido a los de la cocina. Cuando era más pequeña, se llamaba folliculus. Al ser una pelota ligera, había que lanzarla con un movimiento más lento que las demás.

Harpastum: De tamaño menor que la del follis. Era un juego muy similar al rugby y practicado por los jóvenes, pues requería fuerza y dinamismo. También se le llamó spheromachia, por reflejar esta lucha a través del esférico.

La forma de jugar era la siguiente: un amplio número de jugadores se dividen en dos equipos, y cada uno de ellos defenderá su campo, que es rectangular, limitado por una línea. Debe el jugador apoderarse de la pelota y lanzarla al compañero que se encuentre más próximo a la raya de contrarios. Resulta victorioso aquél que logre introducir la pelota más allá de la línea contraria.

Pila paganica: Estaba rellena de plumas y cubierta de lana y de una ligera piel. Era más pequeña que el follis y más grande que la trigonica. Era muy utilizada antes del baño, en los gimnasios. Algunas veces, para no dañarse las manos, se utilizaba una especie de raqueta, llamada reticulum.

Pila trigonica: Más pequeña que la pila paganica, aunque más dura. Como su propio nombre indica, participaban tres jugadores, dispuestos en un ángulo. Se iban pasando la pelota sin errar en el lance y sin detenerse. Se empleaba rapidez y fuerza, pues se trataba de que el contrincante fallara. Los jugadores no se movían de su sitio y lanzaban la pelota de derecha a izquierda o viceversa, según los turnos.

También tenían un sirviente para actuar como recogedor de pelotas.

El poeta Marcial, en el Libro XIV de sus Epigramas, dedica varios poemas a las diferentes variedades del juego de pelota:

“Pelota rústica. Esta pelota rústica que está embutida de plumas de gran dificultad, es menos blanda que un balón y menos dura que la pelota”. (Epigrama 45).

Pelota para jugar tres. Si me sabes golpear con ágil zurda, soy tuya. ¿No sabes? Torpe, devuelve la pelota”. (Epigrama 46).

“Balón ligero. Alejaos de mí, jóvenes: me va mejor una edad apacible: con balón conviene que jueguen los niños, con balón los ancianos.” (Epigrama 47).

“Harpasta. En el polvo de Anteo la coge un rápido atleta que intenta en vano ensanchar su cuello”. (Epigrama 48).

(Traducción de Marco Valerio Marcial, Epigramas; Introducción de Rosario Moreno Soldevila; texto latino preparado por Juan Fernández Valverde; traducción de Enrique Montero Cartelle. Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas). Vol-II. Colección Alma Mater. 2004.)

Como habéis podido comprobar, la pelota es un juego universal y tiene tantas modalidades como tipos de pelota, como sucede también actualmente: balonmano, baloncesto, waterpolo, badmington, etc.

Y ya para concluir, podéis leer un artículo, escrito por Luis Miguel Gómez Garrido en el diario digital Avilared, donde el autor del mismo nos describe, desde los antecedentes clásicos, hasta la actualidad, cuáles son las raíces del juego de pelota a mano.

Elena Villarroel Rodríguez