Profesores de Filología Clásica en la Universidad de Salamanca (del 2000-01 al 2009-10). Última versión.

Esta tabla ha sido enviada para su revisión a los profesores del Departamento de Filología Clásica e Indoeuropeo, tanto a los que actualmente están en activo como a los que ya disfruta de la jubilación. Agradezco a todos su colaboración, especialmente a Miguel Ángel Andrés Toledo, José Antonio Fernández Delgado, Marco Antonio Santamaría Álvarez y Eusebia Tarriño Ruiz. Aun así, es posible que haya cometido algún error u omisión. Ruego a nuestros lectores que lo disculpen si ese fuera el caso y que nos hagan llegar sus correcciones.

Susana González Marín

El mes de Marte: Ares en Metrópolis y los anatolios Iyarri y Enialio

Metropolis de Jonia (actual Yeniköy, Izmir, no muy lejos de la antigua Éfeso) es una ciudad comparativamente bien conocida que ha sido excavada intensamente desde 1972. Como resultado de estos trabajos arqueológicos han surgido una buena cantidad de inscripciones principalmente de época tardorrepublicana y augustea consistentes en listas de sacerdotes y sacerdotisas y otros cargos relacionados con el culto a Ares (a menudo ostentados por miembros de unas mismas familias). Estas listas han venido a confirmar la identificación como Ares del hombre armado con yelmo, lanza y escudo en emisiones de moneda local, a veces representado dentro de un templo (Imagen 1). A pesar de que el templo propiamente sigue sin ser localizado, se infiere por algunos indicios que se encontraría en la acrópolis de la ciudad y, gracias a las citadas inscripciones, sabemos que custodiaba el archivo de la ciudad y que era rodeado por un espacio consagrado.

Imagen 1. Moneda de Metrópolis, Jonia, 193–211 dC, con el busto de Septimio Severo en el anverso y Ares en su templo en el reverso. Fuente: Asia Minor Coins.

            Si bien es cierto que no es la única divinidad relacionada con la ciudad (el mismo nombre de esta y algunas monedas parecen indicar que también se practicaba el culto público a la Diosa Madre y además hay menciones a Zeus Krezimos), queda claro que el culto de Ares es central y este dios es tenido por el protector de Metrópolis (explícitamente θεὸς πρὸ πόλεως en la inscripción 85 de la ciudad). Esto ha llamado la atención de algunos investigadores puesto que, a pesar de ser un dios bien conocido en el mundo griego, raramente es una divinidad poliada y su culto parece más abundante en Anatolia (especialmente en el sur y centro de Anatolia) de lo que era en Grecia. Por eso mismo el eminente epigrafista Louis Robert, quien tenía intuiciones realmente geniales en lo que se refiere a elementos anatolios en inscripciones griegas – y eso que sólo trabajaba con epigrafía griega – asumió que muchos de esos cultos eran en realidad de origen anatolio y que mediante la interpretatio graeca se habían asimilado al dios griego Ares (“dieux indigènes assimilés à Arès”, Robert 1955, 77). Así pues, el de Metrópolis podría ser un caso más de los incontables documentados en Asia Menor. De hecho, algunos aspectos singulares de Ares en Anatolia (como su función oracular) apuntan hacia esta dirección, aunque en este caso concreto sabemos más de los sacerdotes que de su Ares particular por falta de más caracterización que el nombre.

            Unos de los dioses anatolios que se han querido relacionar con Ares, incluso etimológicamente, es Iyarri, un dios mencionado las listas hititas de las divinidades que siguen a los juramentos (así en los de Šuppiluliuma I, s. XIV a.C.) pero sobre todo en los rituales luvitas contra las plagas en las que aparece armado con arco y flechas, carácter que más que a Ares recuerda mucho a Apolo disparando la peste sobre los griegos de la Ilíada. Los orígenes de Iyarri se han querido buscar en Mesopotamia (por la supuesta similitud con Erra), pero lo único que puede afirmarse es que se trata de un dios fuertemente integrado en la religión anatolia de la edad del bronce (Archi 2010). Las propuestas y los límites de la comparación entre Ares e Iyarri pueden verse en el trabajo monográfico de Millington (2013), aunque los resultados no son muy elocuentes.

            Para percibir la naturaleza de este dios, nada mejor que un conocido fragmento del “Ritual de Dandaku”, en el que se usa un burro (o un sustituto de arcilla si no hay suficientes recursos) para que Iyarri envié la enfermedad de un afligido a un país enemigo (KUB 7.54 III 13’-27’):

Imagen 2. Tòtil. No es un burro hitita, pero es adorable. Cortesía de Laia Obrador.

Entonces dirigen los ojos del burro hacia la tierra enemiga y dicen: “Tú, Iyarri, tú has hecho mal contra este país y este ejército. ¡Que este burro se lo lleve! ¡Que lo lleve al país enemigo!” Después, tensan el arco, cargan una flecha y deja caer las otras flechas delante del burro. Entonces se dice: “¡Oh dios, dispara la tierra enemiga desde aquí con esta flecha! ¡A donde quiera que llegues dentro del país de Hatti, que tu carcaj esté cerrado, que tu arco sea abandonado!

            Ahora bien, si hay un dios de la guerra anatolio explícitamente conocido por las fuentes griegas es sin duda Enialio (Ἐνυάλιος). Se documenta por primera vez en una tablilla micénica de Cnosos (KN V 52; Imagen 3) como e-nu-wa-ri-jo /En(u)walijōi/ (en dativo), junto a otras divinidades: a-ta-na-po-ti-ni-ja /Athānā-potnijāi/ (‘a la Señora Atenea’ o ‘Señora Ateniense’), pa-ja-wo-ne /Pajāwōnei/ (‘a Peán’) y po-se-da[- (‘a Poseidón’?). Avanzando en el tiempo, es bien conocida su presencia en la Ilíada, a veces como epíteto de Ares (Ἄρης δεινὸς Ἐνυάλιος 17.211), y en la lírica arcaica. Muchos recordamos casi de memoria cuando Arquíloco se presenta en un famoso dístico (Fr. 1):

 εἰμὶ δ’ ἐγὼ θεράπων μὲν Ἐνυαλίοιο ἄνακτος
  καὶ Μουσέων ἐρατὸν δῶρον ἐπιστάμενος,

‘Soy un siervo, yo, de Enialio, señor de la guerra,
y un experto en el don de las Musas amable.’
(Traducción de J. Ferraté)

Imagen 3. Fotografía de la tablilla micénica de Cnosos KN V 52, conteniendo una lista de dioses a los que se les ofrece una unidad de algo. © Ministerio Griego de Cultura (HCRMDO).

            Aristófanes, Jenofonte, Plutarco… Enialio es un teónimo que aparece con relativa abundancia en la literatura griega (también en la epigrafía), aunque los autores griegos a menudo discrepan sobre si se trata del mismo Ares o de un dios distinto, a veces incluso considerado hijo del primero. Debemos a Ilya Yakubovich (2021) el más reciente estudio sobre el trasfondo anatolio de Enialio. La palabra, probablemente de origen luvita, está documentada en lidio como ẽnwaλa– y en hitita annawali– ‘compañero’, aunque termina utilizado como nombre de un cargo. Es bastante verosímil que, a pesar de no tratarse de un teónimo en los textos conservados, se hubiera usado como epíteto del dios anatolio Santa en algún momento (quizá con una evolución semántica a ‘señor’ a partir de su uso como título) y de ahí habría sido adoptado como teónimo por los griegos. No sería la única divinidad anatolia presente en las tablillas micénicas si se acepta que po-ti-ni-ja a-si-wi-ja ‘Señora de Asia’ tiene también este origen ni el único préstamo del anatolio más occidental después de que Melchert propusiera (con éxito) que el micénico mo-ri-wo-do, clásico μόλυβδος remite al lidio mariwda– ‘dioses Marwaya’ < *morgʷ-iyo– ‘obscuro’.

Bartomeu Obrador Cursach

Referencias

Archi, A. 2010. “The Heptad in Anatolia”. Hethitica XVI, 21–34.

Millington, A.T. 2013. “Iyarri at the Interface: The Origins of Ares”. En A. Mouton, I. Rutherford y I. Yakubovich (eds.), Luwian Identities: Culture, Language and Religion Between Anatolia and the Aegean. Leiden: Brill, 555–557.

Robert, L. 1955. Hellenica: Recueil d’épigraphie, de numismatique et d’antiquités grecques X, Paris.

Sponsel, Ch. 2017. Der Areskult in Metropolis (Ionien). Friedrich Alexander-Universität Erlangen-Nürnberg.

Yakubovich, I. 2021. “The Anatolian Connections of the Greek God Enyalius”. En  M. Bianconi (ed.), Linguistic and Cultural Interactions between Greece and Anatolia. In Search of the Golden Fleece. Leiden – Boston: Brill, 233–245.

¿Cómo vivían los campesinos en la Hispania romana?

Manuela y Mª Ángeles Martín Sánchez nos envían la noticia sobre una investigación arqueológica de la Universidad Carlos III de Madrid que analiza la vida del campesinado en la Hispania romana a partir de los hallazgos arqueológicos descubiertos en la Comunidad de Madrid, en las numerosas excavaciones de urgencia que se llevaron a cabo durante el periodo de la burbuja inmobiliaria. Este estudio permite conocer «el tipo de cultivos que sembraban de forma preferente, cómo cocinaban, las especies de animales domésticos que explotaban, el tipo de vajillas que empleaban, cómo funcionaban los circuitos de intercambio a nivel local y regional, etc.», indica el responsable del proyecto, Jesús Bermejo.

Por su carácter provisional —asociado a las diferentes construcciones y obras públicas donde se han desarrollado estas excavaciones de urgencia—, ninguno de estos asentamientos arqueológicos se ha conservado y la mayoría de la gente desconoce su existencia. Uno de los objetivos de este proyecto de investigación es proporcionar una mayor visibilidad a estos yacimientos sitos en Barajas, Getafe, Leganés o Fuenlabrada.

Los resultados se recogen e la siguiente publicación: Bermejo Tirado, Jesús & Grau Mira, Ignasi (2022). The Archaeology of Peasantry in Roman Spain, Berlin, Boston: De Gruyter, 2022. https://doi.org/10.1515/9783110757415

Entrega de premios Fotoclásica V

Tras la pandemia ha vueto a ser presencial la entrega de premios de Fotoclásica, que, como en otras ocasiones, se ha celebrado en el instituto de la alumna que ha ganado el Primer premio.

En nombre de la Sección local de la SEEC, del Dpto. de Filología clásica e indoeuropeo de la USAL y del blog Notae Tironianae, el viernes 25 entregué este Primer premio a AROA HERNÁNDEZ MACÍAS, del IES Leonardo da Vinci en Alba de Tormes (Salamanca), y también el 2º premio y una Mención especial, otorgados respectivamente a ITZIAR HERRERO RODRÍGUEZ y a CARLINA MARÍA DÍEZ SERRANO. El acto se completó con una charla sobre las Bibliotecas antiguas. Pudimos también saludar al resto de los participantes de este centro en el concurso y a las profesoras de Latín y Griego, Carmen Rodríguez Domínguez e Irene Montero Sánchez, profesora de los premiados, así como a otros profesores. Agradecemos a Irene, que se ocupó de la organización del acto y me ha enviado las fotos, así como a la directora del centro, Esperanza Cabrera López, su cálido recibimiento.

Susana González Marín

Profesores de Filología clásica en la Universidad de Salamanca (cursos 2010/11-2021/22)

Esta es la primera de una serie de entradas que pretenden recoger curso por curso el listado de profesores de las áreas de Filología Latina, Filología Griega y Lingüística indoeuropea desde que en el año 1939 se creó la Escuela de Filología Clásica en la Universidad de Salamanca. Iremos retrocediendo en el tiempo hasta llegar a ese momento.

Esta tabla ha sido enviada para su revisión a los profesores que actualmente forman parte del Departamento de Filología Clásica e Indoeuropeo, a los que agradezco su colaboración, especialmente a Eusebia Tarriño Ruiz y Juan Luis García Alonso. Aun así, es posible que yo haya cometido algún error u omisión. Ruego a nuestros lectores que lo disculpen si es así y que nos hagan llegar sus correcciones.

Susana González Marín

Marzo no solo es el mes de Marte, también es el de los narcisos

Un seguidor nos envía esta entrada del 10 de marzo de la Oficina Verde de la USAL.

Si quieres conocer la historia de Narciso, Ovidio la cuenta en el libro tercero de las Metamorfosis (339-510): Narciso, enamorado de su propio reflejo en el agua e incapaz de apartarse y dejar de admirar su imagen, acaba consumiéndose. Su cuerpo desaparece y en su lugar solo queda una flor, el narciso.

Violencia deportiva en Pompeya

Eusebia Tarriño nos envía el enlace a un artículo sobre la violencia en el deporte publicado en The Conversation (9/3/2022). En el texto, al hilo del suceso mexicano vivido hace unos días en Querétaro, recuerdan que en Pompeya en el año 59 se produjo un enfrentamiento entre pompeyanos y vecinos de Nuceria, en unos juegos de gladiadores ofrecidos por Livineyo Régulo, que terminaron en una batalla de piedras y armas en los aledaños del Coliseum. Tácito nos transmitió la noticia en Annales 14,17. Eusebia nos envía también la traducción del texto de J. L. Moralejo (Gredos):

“Por el mismo tiempo y a partir de una disputa sin importancia se produjo una terrible matanza entre colonos de Nuocera y de Pompeya, en el transcurso de unos juegos de gladiadores ofrecidos por Livineyo Régulo, de cuya expulsión del senado ya di cuenta; pues, con la licencia propia de las ciudades pequeñas, empezaron por lanzarse denuestos, luego piedras, y al cabo tomaron las armas, saliéndose con la mejor parte la plebe de Pompeya, donde se celebraba el espectáculo. El caso es que muchos de los de Nuocera fueron llevados a la Ciudad con el cuerpo lleno de mutilaciones, en tanto que la mayoría lloraba la muerte de hijos o padres. El príncipe delegó en el senado el juicio sobre el asunto, y el senado en los cónsules; pero el tema volvió de nuevo al senado y se prohibió por diez años a los de Pompeya aquella clase de reuniones, y se disolvieron los colegios que habían constituido ilegalmente; Livineyo y los otros que habían provocado la sedición fueron castigados con el exilio”.

El dios Marte: un planeta, un mes y un día de la semana

Tito Livio comienza su historia de Roma manifestando en el prefacio (1, pr. 7) que todos admiten que Marte es padre del pueblo romano y de su fundador, Rómulo. Y es que Quirino, un dios antiguo al que se asimiló la deificación de Rómulo, formaba junto a su padre Marte y a Júpiter la tríada capitolina arcaica. Solo después de la dominación etrusca en época de los Tarquinios y de la influencia griega que ellos aportan esa tríada capitolina será sustituida por la de Júpiter, Juno y Minerva. Y Marte, perteneciente a una época anterior a la presencia griega, y de la que conserva muchos ritos y particularidades, irá asimilando los episodios mitológicos y las características de Ares (no todas) hasta ser tradicionalmente interpretado como su versión romana. Su nombre clásico, Mars, tuvo otras formas más arcaicas (Mavors, Maspiter, Mamars, etc.), entre las que la más antigua documentada es actualmente la del lapis satricanus, donde aparece representado en caso dativo (MAMARTEI).

Pero en este momento no me interesan ni su nombre ni sus andanzas mitológicas, que dejo para gente experta en la materia. Hoy solo quiero dar algunos datos sobre otras cosas que llevan su nombre y su posible porqué: el cuarto planeta de los que giran alrededor de nuestro sol, el tercer mes de nuestro calendario o el segundo día de la semana. Y los he citado en este orden para reflejar el orden más probable en el que surgieron tales denominaciones.

Contaba el gran clásico Mircea Eliade que ya en las religiones mesopotámicas y en casi todas las demás religiones antiguas conocidas se observa la tendencia de los humanos a establecer una correspondencia entre los hechos de la tierra y el cielo que nos cubre.

Dentro del cielo suscitaron desde el principio especial atención esos astros de comportamiento irregular, errante, que variaban sus posiciones y daban lugar a movimientos inesperados, extrañas coincidencias y ocultaciones: los planetas. De su anómalo decurso en el conjunto regular de la esfera celeste recibieron en griego ese nombre (ἄστρα πλανητά, de πλανάω, “salirse del camino recto, andar errante”). Se les llegó a llamar “intérpretes” en el ámbito babilónico, porque con sus salidas y puestas, eclipses y alineamientos, daban a conocer el futuro, interpretando la voluntad de los dioses, y significaban vientos, lluvia, calor, terremotos y todo lo que ocurre en el aire, tanto beneficioso como perjudicial para las naciones, gobernantes y pueblos. Mostraban signos divinos de los hechos terrestres y su estudio dio lugar a la fuerte relación entre la astronomía y la adivinación. A cada planeta se le atribuyó un metal, un color y su pertenencia a un dios, y así tales metales y colores podían ser usados en beneficio o perjuicio de alguien mediante la invocación al dios correspondiente.

El planeta elegido en Roma como signo del dios Marte (“Πυρόεις, quae stella Martis appellatur”, decía Cicerón [Nat. deor. 2, 53]) fue desde el principio un planeta sobresaliente. Incluso a simple vista, este planeta tiene un llamativo tono rojizo perfectamente apreciable en la noche, aunque en la actualidad no nos fijemos mucho en él. Para los antiguos, que carecían de contaminación lumínica, el cielo era algo plenamente familiar. Históricamente, el color rojo se ha asociado con la ira y la lucha y parece apropiado, por tanto, que los romanos llamaran a este planeta Marte, en honor al dios de la guerra. Con Marte a su lado, los romanos se sentían invencibles en la batalla.

Pero he dicho que dejo aparte la mitología. A lo largo de los años, Marte ha ejercido una fascinación para los humanos. Incluso los telescopios más modestos pueden distinguir algunas diferencias de color en su superficie y, si son un poco mejores, incluso los casquetes polares que cambian de tamaño en las estaciones. Cuando la técnica mejoró, se pudieron observar en Marte ciertas estructuras semejantes a canales que dieron lugar al rumor de que Marte podía estar habitado por vida inteligente y a la gran tradición popular sobre los marcianos. En la actualidad se ha convertido en la siguiente conquista espacial de los humanos después de la luna. Ya hemos posado en su superficie varias sondas y módulos de aterrizaje por los que lo vamos conociendo en detalle antes de intentar el asalto real. Sabemos ya mucho de Marte: para los que somos legos nos vale conocer que en la actualidad es un planeta árido con una fina atmósfera de dióxido de carbono y pequeñas cantidades de vapor de agua. El agua congelada y el dióxido de carbono forman una especie de escarcha que recubre los polos. Su tamaño es aproximadamente la mitad que la Tierra y nos dicen los científicos que puede que haya tenido en el pasado agua líquida y una atmósfera más rica.

Pero Marte dio nombre no solo a un planeta, sino que los romanos le dedicaron también el primer mes del año. La reconstrucción del calendario arcaico que hicieron los romanos tuvo lugar al final de la República y, aunque las investigaciones más modernas hacen pensar que tales reconstrucciones no son fiables, lo cierto es que el año arcaico comenzaba para los romanos, según la tradición, precisamente con un mes al que dieron el nombre del padre de Roma: el mensis Martius. Después venían Aprilis, Maius, Junius, y siguiendo un orden numérico, Quintilis, Sextilis, September, October, November y December. Más tarde se añadirían enero y febrero, y el quinto y el sexto cambiarían de nombre, pero eso es otra historia. Varrón, esa especie de gran creador de la cultura romana, como lo llamó Cicerón (lo citaba yo hace unos días a propósito de la fecha de la fundación de la ciudad), cuando trata la etimología de los meses del año, nos lo cuenta así:

Mensium nomina fere sunt aperta, si a Martio, ut antiqui constituerunt, numeres: nam primus a Marte. (“Los nombres de los meses son casi evidentes, si los cuentas a partir de marzo, como lo fijaron los antiguos: por tanto, el primero recibe su nombre de Marte”, Varro, LL 6, 33)

No tenemos datos concretos para determinar si fue primero en latín el nombre del planeta o el del mes, pero la historia de las religiones y la antropología histórica nos permiten afirmar que fue anterior la adjudicación al dios del planeta que la organización de un calendario con el homenaje del nombre del primer mes.

Y vamos con el último nombre, el del martes, el segundo día de nuestra semana, algo que, sin embargo, sí podemos datar relativamente con más fundamento. El Martis dies (etimológicamente claro todavía, por ejemplo, en el francés mardi o en el italiano martedi o, con otro orden de palabras, dies Martis, en el catalán dimarts) era un día que llevaba su nombre, pero en este caso no se trata de una dedicatoria al dios, sino de una denominación secundaria: la adopción de una semana de siete días a los que se dio el nombre de los planetas, previamente bautizados con los nombres de los dioses. No encontraréis el sintagma dies Martis en la literatura clásica latina. La única vez que Marcial lo emplea (“Martis alumne dies”, XII, 60, 1) no habla del martes, sino de las calendas de marzo, su cumpleaños.

Como es sabido, la semana romana era de ocho días, era marcada en los Fasti (calendarios) por las ocho primeras letras del alfabeto y servía para indicar las nundinae, los días de mercado. Hace unos días mencionaba la Crónica (o Cronógrafo) del 354, un códice del siglo IV conocido también como el Calendario de Filócalo, nombre de su calígrafo (Furius Dionysius Filocalus). Parece que iba dirigido a un tal Valentino, un miembro, se supone, de la familia de Símaco. Entre otras muchas cosas el libro contiene un calendario de días ligado a los siete planetas de la Antigüedad y un calendario ilustrado de los meses. Allí puede hallarse una tabla de correspondencias entre las letras de las nundinae de los Fasti romanos con otra semana de diez días que marca los ciclos lunares a través del año y con la semana de siete días, la nuestra, regida por los planetas, de procedencia babilónica e incorporada al mundo judío y adoptada de forma definitiva por los cristianos. Esta semana de siete días fue una innovación tardía en el calendario romano, introducida en el tiempo de Augusto, a juzgar por algunas pruebas extraídas del estudio de los Fasti Sabini, los Nolani y los Foronovani. El poeta augústeo Tibulo (1.3.18) se refiere al Saturni sacram … diem (“día sagrado de Saturno”), para hablar del sábado, lo que nos puede hacer pensar que se adoptó pronto esa denominación planetaria, aunque los Fasti siguieran marcando los días de la semana con letras.

A este propósito es bueno recordar un par de cosas: cuáles eran los planetas en la concepción griega del universo geocéntrico y la aparición de la semana de siete días. Aunque no está claro quién descubrió que los planetas son un tipo de astros distintos a las estrellas, lo cierto es que el Sol y la Luna tampoco guardaban el esquema circular perfecto del movimiento del resto del cielo, por lo que la palabra “planetas” incluía no solo Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno, los planetas conocidos hasta entonces, sino también el Sol y la Luna.

Aunque el número y la identificación de los planetas eran aceptados de forma general, en lo que no hubo unanimidad fue en asignar el lugar que ocupaban entre sí las distintas esferas que contenían estos siete planetas. Es enorme la abundancia de versiones y discusiones, pero para hacerse una idea inicial podéis echar un vistazo a los Commentarii in somnium Scipionis de Macrobio (1, 19), aunque también lo trataron otros muchos autores, entre ellos algunos tan eximios como Platón o Cicerón. El orden que acabó cuajando, ordenado de mayor a menor distancia a la tierra, fue: Saturno, Júpiter, Marte, el Sol, Venus, Mercurio y la Luna. Estos dioses planetarios fueron asignados en orden a las veinticuatro horas del día, y luego a las ciento sesenta y ocho horas de la semana. El dios al que correspondía la primera hora de cada día fue el que dio nombre a ese día en particular. Y ese orden de días fue: Saturno, el Sol, la Luna, Marte, Mercurio, Júpiter y Venus, que dieron nombre a los días de una semana que empezaba con Saturno. Al primer día el influjo judaico le cambiaría el nombre por el del Sabbath, y los cristianos lo hicieron con el siguiente, el dies dominica (parece que fue Ignacio de Antioquía el primer testimonio de su uso). De ahí nuestros nombres de sábado y domingo, que eliminaron el día de Saturno y el del Sol, aunque mantuvimos los demás (Luna, Marte, Mercurio, Júpiter y Venus). En inglés, por ejemplo, los nombres latinos perduraron como entre nosotros en algunos casos, pero no en otros. Se mantuvieron para el día de Saturno, del Sol y de la Luna (Saturday, Sunday, Monday, según su versión inglesa) y se cambiaron por dioses nórdicos los demás: en versión inglesa Tiw, Woden, Thor, Frige (Tuesday, Wednesday, Thursday, Friday).

Como veis, esto ya no tuvo mucho que ver con el dios Marte, sino con las ricas y complejas discusiones astronómicas que han marcado el estudio del cielo desde las culturas mesopotámicas y que siguen hasta hoy, cuando se nos habla de agujeros negros, de multiversos, de teoría de cuerdas o de gravedad cuántica de bucles.

Si Anaximandro hubiese visto las fotos que nos envía el Hubble…

Agustín Ramos Guerreira

Referencias (por si hay interesados):

Couprie, D. L. (2011): Heaven and Earth in Ancient Greek Cosmology. From Thales to Heraclides Ponticus. New York / Dordrecht / Heidelberg / London: Springer

Eliade, M. (1978): Historia de las creencias y de las ideas religiosas. Vol. I: De la prehistoria a los misterios de Eleusis. Vol. II: De Gautama Buda al triunfo del cristianismo. Madrid: Ediciones Cristiandad.

Evans, J. (1998): The History and Practice of Ancient Astronomy. Oxford: University Press.

Hannah, R. (2005): Greek and Roman Calendars. Constructions of Time in the Classical World. London: Duckworth.

Rüpke, J. (2011): The Roman Calendar from Numa to Constantine. Time, History and the Fasti. London: Willey-Blackwell (Traducción inglesa del original alemán de 1995)

Swerdlow, N. M. (ed.) (1999): Ancient Astronomy and Celestial Divination. Cambridge (MA) / London: MIT Press.

Charla sobre la minería del oro en El Cabaco

Eusebia Tarriño nos envía esta información: El proyecto cultural ‘Fuimos Roma’ organiza una charla gratuita sobre la minería romana del oro en el yacimiento arqueológico de Las Cavenes, en El Cabaco. Será el miércoles 23 de marzo, a las 18 horas en la sede de las ‘Antiguas Escuelas’ de la localidad salmantina de El Cabaco y estará impartida por el arqueólogo Arturo Balado. Más información en el periódico Salamanca 24 horas

Orinales en la antigüedad

Una seguidora nos envía el enlace a esta noticia publicada en National Geographic Historia:

Un equipo de la Universidad de Cambridge ha sometido las concreciones mineralizadas del interior de vasos de terracota hallados en Gerace (Sicilia) a un análisis microscópico que ha revelado la presencia de huevos del nematodo intestinal Trichuris trichiura (tricocéfalo), un parásito intestinal, lo que demuestra su uso como orinales. Ponen de relieve la utilidad de esta técnica para identificar la función de los vasos de terracota y conocer los hábitos alimenticios y de higiene de los usuarios de estos orinales. El estudio se ha publicado en el Journal of Archaeological Science.






			

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