Odiseicas

CARMEN ESTRADA, Odiseicas. Las mujeres en la Odisea, Barcelona, Seix Barral, 2021, 412 pp.

Este libro es un ensayo sobre las mujeres en la Odisea que pretende corregir la historia de la crítica sobre el poema, centrada tradicionalmente en su protagonista Ulises; y lo hace prestando mayor atención a las numerosas mujeres que comparten con él la trama. La autora reivindica a las heroínas de la Odisea como mujeres con carácter y personalidad propia reducidas por la tradición a estereotipos: Penélope representa la fidelidad y la paciencia, Circe a la hechicera cruel, Nausícaa la inocencia y la dulzura, y así sucesivamente. Estas caracterizaciones están “alejadas de los personajes que descubrimos en una lectura detenida del poema” -dice la autora-, que sostiene desde el principio que las “odiseicas”, lejos de ser malas y representar un obstáculo para la vuelta del héroe a Ítaca, lo ayudan con su sabiduría, astucia e ingenio a solucionar sus problemas y a tener un viaje de vuelta a Ítaca placentero y seguro. Frente a los prejuicios y los estereotipos que la posteridad ha arrojado sobre ellas, rastrea en el poema el carácter y la independencia con la que actúan estas mujeres, subvirtiendo con frecuencia los rasgos propios de la conceptualización de lo femenino en la época de los poemas, época dominada por el patriarcado y la misoginia. 

En los primeros compases del ensayo la autora hace algunas generalizaciones que tendría que haber matizado para lograr una interpretación más precisa: no todos los personajes femeninos son mujeres reales, casadas y solteras, esclavas y libres, también hay diosas. Estas no se mueven en el mismo terreno, no transgreden las normas de la misma forma, porque se configuran más bien al margen de la construcción social de género: Atenea, Circe, Calipso tienen poderes que no se encuentran en Penélope, Helena, Arete etc.

 En cuanto a la misoginia, los poemas homéricos no pueden asimilarse, por ser de la misma época, a la misoginia de las obras de Hesíodo y Semónides de Amorgos. En los poemas homéricos solo con el tiempo penetra una “misoginia” mucho menos virulenta[1]: imperceptible en la Ilíada, donde predomina el modelo de familia clan, aparece posteriormente en la Odisea, poema en el que se afirma ya claramente el modelo de familia nuclear, en cuyo marco se produce mayor desconfianza hacia las mujeres por su capacidad reproductora incontrolable. En la Odisea la desconfianza hacia las mujeres aparece en las palabras que Agamenón le dirige a Ulises en el Hades: a pesar de alabar a Penélope, le dice que no le descubra lo que piensa: “antes bien particípale unas cosas y ocúltale otras” (11, 451ss). También la diosa Atenea desconfía de Penélope e insta a Telémaco a volver a casa, porque la mujer tiene en su pecho el ánimo de “hacer prosperar la casa de quien la ha tomado por esposa y no de los hijos primeros, ni del marido difunto con el que se casó virgen” (15.19ss.). La generalización es misógina.

La metodología de análisis adoptada por la autora es la correcta: análisis del “género sociocultural” que ella define diferenciándolo del “género literario” para que no se produzcan confusiones entre ambos conceptos. Nos sorprende que no se haya apoyado en la definición de “género” que le ofrecen los propios poemas en más de una ocasión: en Iliada 6. 490-493, cuando Andrómaca le hace a Héctor una sugerencia de estrategia bélica menos peligrosa para mantenerlo a salvo, el héroe troyano la pone en su sitio diciéndole: “Más, ¡ea!, vete a casa / y atiende tus labores,/ el telar y la rueca, /y ordena a tus criadas /que al trabajo se entreguen,/ pues a cuenta ha de correr la guerra/ de los varones todos/ que en Ilión han nacido,/ y de mí especialmente”[2]. La división del trabajo entre los géneros queda aquí muy clara. En el poema en general, las mujeres que no se salen del comportamiento establecido para ellas por la construcción social de género, no son víctimas de misoginia: la actitud hacia ellas es patriarcalista, no misógina. Lo mismo encontramos en la Odisea en boca de Telémaco en dos ocasiones: cuando en el canto primero Penélope le manda al aedo Femio que no siga cantando los nostoi de los héroes de la guerra de Troya porque daña su corazón, Telémaco le recuerda a su madre que la palabra pública no es de la mujer sino del dueño de la casa, en este caso él mismo: “Mas vuelve a tu habitación, ocúpate de las labores que te son propias, el telar y la rueca, y ordena a las esclavas que se apliquen al trabajo, y de hablar nos cuidaremos los hombres y principalmente yo, cuyo es el mando de esta casa” (1. 358-360)[3]. Se trata del mismo texto en ambos poemas adecuado al contexto. Se repite cuando Penélope interviene en la discusión sobre el certamen del arco con un solo cambio: “… del arco nos cuidaremos lo hombres y principalmente yo, cuyo es el mando de esta casa” (21, 352ss). En ambos casos Penélope se sorprende de las “discretas palabras de su hijo”: no se enfada, acepta el patriarcado y su sistema de géneros.

La parte del libro dedicada a la lectura detenida de cada heroína “Con madera de protagonistas”, está muy bien. Cumple exhaustivamente con el objetivo establecido al principio de hacerles justicia a las mujeres poniendo de relieve aspectos de su carácter que con frecuencia no se ajustan a los requerimientos establecidos para ellas: son alabadas más por su inteligencia y astucia que por su belleza (Penélope e incluso la Helena odiseica) o por su relación con un hombre: las diosas Atenea, Circe y Calipso no dependen de ninguno; Arete tiene cierto poder en Esqueria y es admirada por su marido[4]. Señala sus actitudes subversivas e incluso encuentra en ellas rasgos feministas. La autora las lee con las lentes de su propia época, como otros hicieron repetidamente a lo largo de la historia para hacer una lectura muy diferente; por ejemplo Aristóteles, que ni siquiera las tuvo en cuenta.

De todas formas, se echa en falta mayor diferenciación entre las mujeres que habitan la tierra y viven en relación con los hombres –heroínas, sirvientas, etc.- y las diosas, que o bien son olímpicas como Atenea o viven al margen de la sociedad. De ahí la diversidad de las relaciones que establecen con Ulises y con los hombres en general: Penélope es una reina regente y es muy consciente de la precariedad de su posición ante la permanente amenaza de los pretendientes; Calipso, en cambio, con su poder divino, a pesar de su dependencia sexual del héroe, lo somete a una especie de esclavitud sexual. Subvierten los valores de género pero no de manera uniforme, porque no comparten las mismas circunstancias.

A la deriva transgresora de las odiseicas les dedica la autora una parte titulada “Rompiendo tópicos de género”, en la que pone de relieve su posición como mujeres activas, sujetos, no objetos, como se esperaría; mujeres que no dejan que el deseo sea exclusivamente masculino, mujeres que son representadas con símiles masculinos (Penélope es comparada con un rey justo (19.220ss.) y con un león acorralado (4.791-3), al tiempo que los hombres son comparados con mujeres. La inversión de género en los símiles es una de las formas más llamativas de romper las fronteras entre los géneros. Pero la palabra pública y el poder son “cosas de hombres”. El pasaje antes mencionado en el que Telémaco le niega la palabra pública a su madre es utilizado por Mary Beard en su manifiesto “Mujeres y poder”, que Estrada conoce bien, para defender la tesis de que las estructuras de poder están codificadas como masculinas y por eso no es fácil encajar en ellas a las mujeres. Pero la autora no lee el pasaje entero y siguiendo a Mary Beard considera ridícula la intervención de Telémaco[5]. Bien, merece la pena que leamos el texto como filólogas, sin sacarlo de su contexto: Telémaco empieza a actuar en esa escena como adulto bajo el influjo de Atenea, que se la ha presentado disfrazada de un huésped de Ulises, Mentes, para orientar su conducta y hacer que madure. La reacción de Penélope a las palabras de su hijo es de sorpresa: “Volvióse Penélope muy asombrada a su habitación, revolviendo en el ánimo las discretas palabras de su hijo”. Percibe en ellas algo nuevo y no negativo: son “discretas” y anuncian la madurez que demostrará al día siguiente en la asamblea aunque se enoje y llore como hacen todos los héroes homéricos[6]. Sin duda, para Penélope, acosada por los pretendientes, el crecimiento de su hijo era un alivio. Penélope es mucho más que una esposa fiel, estamos de acuerdo, es una reina regente, pero no desconoce los límites y la precariedad de su poder.

El apartado vuelve sobre la definición de género aplicándolo a la Grecia arcaica para apuntalar su tesis de que las odiseicas son mujeres independientes, activas que toman decisiones, que son iguales a ellos e incluso los superan en una atmósfera nada misógina (pp. 251-252); la Odisea se desarrolla en “una atmósfera de igualdad de género” (p.198). Me parece una exageración: ellas están encerradas en su mundo doméstico, todas hilan la lana, excepto Atenea, que es diosa olímpica, mientras Ulises se mueve en el ancho mundo de la aventura en el que no le faltan mujeres que lo amen y lo ayuden y hombres que lo admiren. Es el protagonista indudable de la obra y todas las mujeres, a pesar de romper con muchos de los límites que su género les impone, actúan en su órbita.

En el penúltimo capítulo de esta parte la autora vuelve a considerar la tesis de Butler: el poema habría sido escrito por una mujer porque comete errores impensables en la pluma de un poeta. Repasa la fortuna de la hipótesis de Butler y los argumentos a su favor y la posibilidad de que fuera realista puesto que escritoras hubo en la antigüedad antes de la escritura de la Odisea, pero no tenemos ninguna prueba de que este poema fuera escrito por una mujer.

La consideración del poema en su conjunto nos impone aceptar que es mucho mayor el protagonismo de los hombres que el de las mujeres y que la Odisea sigue siendo un poema épico androcéntrico. A pesar del inusual protagonismo que tienen las mujeres en la Odisea, no es comparable al de los hombres -ellos ocupan una cantidad incomparablemente mayor de versos-; y, aunque ellas subviertan algunas normas impuestas a su género, quizás no lo hagan tanto cuando actúan como protectoras del héroe, una función que podemos consideran “femenina”: cumplen con el cuidado. Además, Ulises sale de la mayor parte de las aventuras a las que se enfrenta con la ayuda de sus compañeros, de los dioses y de su proverbial astucia. Así que insistir en la tesis de Butler para justificar la deriva “feminista” de la obra nos parece muy forzado. Por otra parte, no se puede excluir el protagonismo de los personajes femeninos en obras de autoría masculina: los ejemplares que conservamos de novela griega, el único género literario griego que se caracteriza por la simetría sexual, fueron escritos por hombres[7].

En la última parte del libro “Mujeres de interior o el interior de las mujeres (Etopeyas)” la autora presta la palabra a las mujeres para que narren su propia intervención en la Odisea, un poco al modo de las Heroidas de Ovidio, una idea interesante, aunque inevitablemente resulte en algunos tramos muy repetitiva.

La primera es Penélope que, aunque sigue muy de cerca el relato del poema, desarrolla su encuentro con Ulises atendiendo a todos los matices y dudas a las que la condena la ignorancia sobre el forastero en la que la mantienen su hijo, su marido y Eumeo. Aunque Penélope sospecha su verdadera identidad desde el principio, sus diálogos con él se convierten en un juego en el que la heroína va poniéndole trampas hasta poner su astucia a la altura de la de su marido. Aunque la materia narrativa se repite, la etopeya le permite a Estrada presentar a Penélope demostrando con su palabra la inteligencia que los demás personajes le atribuyen en la obra.  

Menos interés tiene la de Nausícaa, que sigue muy de cerca el relato del poema; solo se aparta de él en la invitación que Alcínoo le hace para que asista a los juegos, una aparición en público que no aparece en la Odisea y que sin duda contribuye a afianzar la tesis de la autora sobre el importante protagonismo de las mujeres en la obra. Asimismo, también subraya Nausícaa que es de su madre Arete de quien dependerá la ayuda al héroe para que vuelva a su casa, pero la conversación entre la reina y Ulises[8] se produce en el espacio privado, mientras que es Alcínoo quien tiene la palabra pública y la decisión final sobre el futuro inmediato del huésped y la organización de su partida.

Le presta también la palabra a Euriclea, la nodriza de Ulises, que no solo cuenta cómo descubrió su identidad al encontrar una vieja cicatriz cuando lo lavaba, sino todo lo que una esclava observa en silencio o escucha desde su posición marginal.

Estrada, al personaje de Circe, sin duda el más atractivo para ella, también le presta la palabra y el relato sobre su propia intervención en el poema. Ya en la primera parte la autora toma la decisión de oponer a la tradición prejuiciada contra la maga su propia visión. Cuando Circe convierte en cerdos a los compañeros de Ulises, aquella pone en su boca estas palabras: “¡Convertíos en lo que sois realmente!” y comenta: “Nos hemos deslizado, con nuestra mirada del siglo XXI, desde el relato que aparece en la Odisea a una interpretación de lo que pudo ocurrir. Cierto, hay cosas que no están en la versión conservada del poema épico. Pero tampoco están en ella los estereotipos de la Circe demoníaca y amenazante que ha creado la tradición durante los largos siglos intermedios” (pp. 118-19). De modo que cuando la propia Circe habla encontramos a la mujer independiente, sabia y protectora del héroe, que se parece mucho a las Circes de la ficción contemporánea[9]. Nos limitamos a recordar un delicioso microrrelato de Marco Denevi: “Al menor descuido de Circe, los amantes se le transformaban en cerdos”[10].

Cierra el libro con “La gestación de una Odisea” en la que definitivamente crea una ficción en la que los descendientes de una estirpe de aedos, un niño y una niña, un aedo y una aeda, habrían sido decisivos en la composición de los dos poemas; naturalmente la Odisea seria obra de la aeda.  

El libro empieza como un ensayo y termina como una ficción que apoya la tesis del ensayo. La perspectiva de la autora es feminista y su intención buena: los clásicos siguen estando vivos, porque siguen interpelándonos. Cada época los ve con sus propios ojos y métodos de análisis. La nuestra con perspectiva feminista y de género. En este libro se aplica la segunda, la perspectiva de género y eso está muy bien; pero aparece excesivamente sesgada hacia los personajes femeninos y pierde parte del rendimiento de un método que permite analizar las relaciones dialécticas entre ambos géneros.

Rosario Cortés Tovar


[1] Mary Beard se refiere a la “misoginia” como un diagnóstico simple “al que recurrimos con cierta indolencia”: Mujeres y poder. Un manifiesto, Crítica, Barcelona 2018 (p. 18).

[2] Citamos por la traducción de A. Lóspez Eire para Cátedra LU, Madrid 1993.

[3] Citamos la Odisea por la traducción de Segalá en la edición de López Eire para Austral, Madrid 1989.

[4] Penélope repite que su fama, belleza y excelencia se han perdido debido a la ausencia de Ulises, pero destaca por su inteligencia. También guarda Ítaca para Ulises. Arete es inteligente y resuelve conflictos entre hombres, pero el poder es de Alcínoo. También la manda callar cuando toma la palabra dirigiéndose a los feacios: 11, 352.

[5] Mary Beard, op. cit p. 16. Beard dice que hay “algo vagamente ridículo en la intervención del muchacho”. Estrada lleva este comentario al extremo de afirmar que bordea la parodia (p.228): el silencio que le impone Héctor a Andrómaca es la Ilíada sería serio, mientras el de Telémaco es casi burlesco.

[6] La autora analiza el llanto en los poemas y concluye que es “cosa de hombres” (pp. 229-233). Antes (p. 225) apoyaba su tesis de que la intervención de Telémaco mandando callar a Penélope era ridícula en que al día siguiente en la asamblea el joven tras hablar en público no había dominado sus nervios y había arrojado el cetro y se había echado a llorar: los héroes homéricos no dominan sus emociones, tampoco la ira.

[7] Recomiendo el libro de D. Konstan sobre la novela griega: Sexual symmetry. Love in the ancient novel and related genres, Princeton University Press, Princeton, New Jersey 1994. La Odisea ha sido considerado un poema precursor de la novela. Konstan hace un repaso de semejanzas y diferencias y termina señalando que en el poema homérico no hay simetría entre los géneros: “El retrato de una reina vigorosa es reprimido en interés del relato de heroísmo masculino: la Odisea reproduce y autoriza el dimorfismo en los roles de los sexos que informa la literatura amatoria clásica (p. 172).

[8] Cuando Arete les pide a los feacios que le lleven a Ulises regalos, Antínoo la manda callar, como muy bien señala la autora en p. 226

[9] Estrada cita a Miller, Madeline, Circe, Alianza Editorial, Madrid 2019, y a Lourdes Ortiz, Los motivos de Circe, Castalia, Madrid 1991. Podemos añadir la opera prima de Begoña Caamaño, Circe o el placer del azul, Mar Maior, Madrid 2013.

[10] De “El hombre animal lujurioso”, Falsificaciones, Ediciones Corregidor, Buenos Aires 1984.

26 de septiembre: Día Europeo de las Lenguas

Charo Lumbreras nos remite el enlace de la página web del Día Europeo de las Lenguas, que se celebra anualmente el 26 de septiembre. La página contiene información interesante para la enseñanza, como estos dos ejemplos que nos envía.

Además ella nos propone que los profesores de latín y griego nos sumemos a la participación en esta celebración programando alguna actividad, que puede colgarse en el calendario de eventos de la página.

Noticias del verano

Todos los años comprobamos cómo las noticias sobre el mundo antiguo, especialmente las arqueológicas, aumentan espectacularmente en el período estival.

Entre las que se han publicado este verano destacamos algunas, enviadas por Manuela y Mª Ángeles Martín Sánchez:

ABC publicó el 21 de julio la presentación de los trabajos que durante la pandemia se habían realizado en el reacondicionamiento de la Acrópolis ateniense. La noticia sirve de contrapunto a las imágenes estremecedoras de los incendios que a comienzos de agosto amenazaban Atenas y otros puntos de Grecia.

El ABC del 27 de julio daba a conocer a iniciativa de un grupo de artistas italianos, que pretenden vender una copia digital del Coliseo Romano en formato NFT.

En Roma la Domus aurea reabre con una exposición dedicada a Rafael (ABC, 12 de julio):

En julio un equipo dirigido por Brais Xosé Currás, científico del CSIC, ha estudiado la minería del oro romana en la Sierra salmantina. (La Gaceta de Salamanca, 12 de julio)

El ABC del 8 de julio revisaba sus propios archivos para recordar a Schliemann, el descubridor de Troya:

El ABC del 5 de septiembre publica un reportaje sobre los trabajos realizados en el yacimiento de las Casas del Turuñuelo:

Asentamiento cartaginés en Ciutadella

Reproducimos la noticia publicada ayer en El País, redactada por Vicente G. Olaya:

La puerta que defendió Menorca de las legiones romanas

Los arqueólogos reconstruyen el final de un asentamiento cartaginés en Ciutadella gracias al hallazgo de un inesperado acceso en forma de codo

Durante el siglo III a. C. el Mediterráneo era un mar en llamas. Cartagineses y romanos pugnaban durante las llamadas Guerras Púnicas por el control del sur de Europa y el norte de África. La isla de Menorca, aliada de Cartago y situada en el centro del conflicto, no fue ajena a este batallar. Hacia el año 206 a. C., ante la inminente llegada de la armada romana, los cartagineses fondearon su poderosa flota en Menorca, reamurallaron un viejo asentamiento talayótico cercano a la actual Ciutadella y lo dotaron de una novedad militar desconocida en la isla: la puerta en codo. El estudio Un nuevo hito para el estudio de la poliorcética púnica. El acceso en codo de Son Catlar reconstruye ahora aquella “defensa pasiva” que terminó convirtiéndose en ofensiva y que permitió aguantar el envite de las legiones romanas. Los cartagineses y sus aliados resistieron hasta el 123 a. C., cuando el general Quinto Cecilio Metelo, apodado Baleárico por ser artífice de la conquista del archipiélago, tomó el asentamiento y arrasó parte de la fortificación, no sin antes llevar a cabo un ritual propiciatorio del que los arqueólogos han hallado pistas.

Fernando Prados, Helena Jiménez, María José León y Joan de Nicolás, de las Universidades de Alicante, Murcia, el Museu de Ciutadella y el Institut Menorquí de Estudis, codirectores de la investigación, han reconstruido mediante una técnica cuasi detectivesca, a partir del hallazgo de la puerta, cómo fue el asentamiento de Son Catlar, cómo se defendieron sus pobladores tras el kilómetro de muralla que los protegía y cuál fue su final. Los expertos distinguen hasta cuatro fases distintas en el yacimiento, que “tuvo sus orígenes a finales de la Edad del Bronce (siglo IX a.C.) y adquirió su máximo desarrollo poco antes de la conquista romana”.

Las primeras murallas menorquinas eran de tipo “pasivo”, lo que quiere decir que “estaban prepara­das para resistir ataques puntuales, pero no para contraatacar”, explica Prados, del Instituto de Arqueología de la Universidad de Alicante (INAPH). Se erigieron con enormes bloques que conformaban paramentos ciclópeos que rodeaban o integraban los talayots indígenas. En Son Catlar se han identificado cinco de estos, lo que lo convierte en el mayor poblado de la isla del que se tiene constancia. Estas murallas apenas contaban con pequeñas puertas que podían ser bloqueadas en caso de peligro inminente. Sus bastiones se construyeron siguiendo técnicas y medidas compatibles con las cartaginesas, empleando el llamado “codo púnico” (52 centímetros), que se aplicaba por sí solo o en múltiplos de tres. Es decir, en la construcción militar, todo mide 52 centímetros por 3, 6, 12… sin excepción.

Pero estas murallas, con el paso del tiempo y de los enfrentamientos bélicos que se sucedieron, fueron cambiando su estructura, “incorporando las novedades técnicas de carácter arquitectónico que se habían desarrollado exitosamente antes en el Mediterrá­neo. La defensa de la comunidad no solo implicaba el esfuerzo de la construcción, sino que suponía que la sociedad que la desarro­lló se encontraba perfectamente coordinada para organizar y hacer efectiva su función, repartiendo las tareas”, comentan los arqueólogos.

A partir del siglo III a. C., y debido a los avances de la maquinaria de guerra (arietes, torres de asalto, cuerpos de zapadores…) y de las técnicas de asedio, estas defensas pasivas se convertirán en “activas” para contraatacar y resistir mejor los cercos. Incluirán entonces bastiones para albergar piezas de balística útiles para disuadir el acercamiento de los enemigos. De hecho, la existencia de maquinaria de torsión (ballestas y catapultas) se ha confirmado en Son Catlar con el hallazgo de proyec­tiles junto a la muralla y en su entorno.

Al excavar el perímetro, los arqueólogos hallaron para su sorpresa “un parapeto de aproximadamente 1,60 metros de anchura (tres codos púnicos), con un espacio hueco hasta la muralla de también tres codos de longitud que protegía un acceso”. Esto les permitió plantear que estaban ante una puerta en codo, similar a las que se conocen en otras ciudades púnicas o en la propia Cartago, la capital de esta civilización mediterránea.

A muy poca distancia del umbral de esta puerta, en el interior, se exhumó un “interesante lote de elementos militares romanos”: proyectiles de plomo que por su peso se pueden fechar entre el 200-100 a. C., así como varias puntas de flecha y de lanza. También se halló un engaste esférico de fayenza [cerámica vidriada], un anillo de bron­ce, varias monedas y elementos quirúrgicos como una paleta de pizarra para afilar el instrumental, una sonda-espátula de bronce, varias agujas de hierro y un punzón de hueso. Estos últimos son materiales sanitarios típicos de las valetudinaria, los hospitales de los campamentos romanos.

Finalmente, además de un estilete con espátula para escribir y borrar en tablillas de cera, se desenterró un cuchillo de hierro de unos 22 centímetros colocado intencionadamente bajo un molino de piedra talayótico que se asocia al sellado de la puerta. “El gesto claramente voluntario de poner el cuchillo sobre el suelo y colocar encima de forma cuidadosa un molino podría indicar, junto al resto de objetos, la existencia de un ritual de amortización [destrucción y sellado] típicamente romano”, indican los expertos.

A un metro de la misma puerta, se han encontrado, igualmente, “los restos de un individuo de cierta edad, a tenor de las evidencias de artro­sis visibles, con partes en conexión anatómica; la columna vertebral y las costillas”. Se trató de un depósito intencionado, y el lu­gar para enterrarlo fue bien escogido, justo delante de la puerta. Las pruebas de carbono 14 lo datan a “mediados-finales del siglo III a. C.”.

La puerta en codo también disponía de una garita para almacenar armas y para que un soldado hiciese guardia. El acceso tenía dos portones, uno al inicio del codo y otro al final. De este último se han hallado los herrajes. Sin embargo, “no era el acceso principal a la ciudad, más bien era una poterna, enmascarada por un pa­rapeto para dar respuesta a una demanda precisa: poder moverse sin ser visto y, al obligar el giro al entrar, dificultar el paso y evitar su derribo con un ariete”. La puerta principal, por donde entrarían habitantes, enseres y alimentos, se encontraba al norte, protegida por torres. Las fechas obtenidas en la excavación llevan directamente al conflicto romano-cartaginés del que hablan los textos del historiador Tito Livio.

En definitiva, dicen los expertos, este asentamiento, erigido en una zona elevada próxima al mar, desde donde es perfectamente visible la vecina Mallorca, dispuso de máquinas defensivas que obligarían a los enemigos a alejar sus campamentos, además de un acceso en codo que les permitiría salir sin ser vistos para enviar mensajes o para conseguir víveres. Por eso, cuando los romanos tomaron el enclave en el 123 a. C., solo dejaron en pie la mayor de las entradas y arrasaron la pequeña, ejecutando un ritual mágico-religioso. No fueran otra vez los insulares a utilizarla…

The Emotions of the Ancient Greeks: Studies in Aristotle and Classical Literature, David Konstan

            Como el otro día publicábamos, el pasado mes de julio la Universidad de Salamanca invistió como doctor honoris causa al norteamericano David Konstan (1940), profesor de Clásicas en la New York University. Autor de veintitrés libros y de más de seiscientos artículos, el profesor Konstan ha dedicado su tarea investigadora tanto a la Filología Griega como a la Latina. Rescatamos hoy uno de sus libros, The Emotions of the Ancient Greeks: Studies in Aristotle and Classical Literature, publicado en 2006.

            Tres características destacan en este libro. En primer lugar, su muy cuidado y preciso estudio filológico y literario sobre las emociones en el mundo antiguo; en segundo lugar, su sencillez de estilo que, libre de todo tecnicismo, permite una lectura amena tanto al entendido como al neófito en la materia; y por último y, para nosotros la más importante, el encuadre que hace el profesor Konstan de su estudio en una teoría general sobre las emociones. Esta última característica es la que convierte a este pequeño tratado en un libro ampliamente utilizado por especialistas en otras materias. Es de destacar la cantidad de reseñas que del libro aparecieron en su día en revistas no sólo de Filología Clásica sino también de Filosofía y  Psicología.

            Además, también desde el punto de vista pedagógico puede utilizarse el libro en las aulas con nuestros alumnos. Esta es la razón que nos movió en última instancia a traerlo al blog por si pudiera resultar de alguna utilidad. Vamos, en primer lugar, a hacer una pequeña exposición sobre el contenido del libro para más tarde exponer las posibles aplicaciones didácticas en el aula.

Contenido del libro

            “Te concedo un corazón sabio e inteligente” (1Re 3, 9-12). Con estas palabras Dios concede a Salomón lo que éste le había pedido para poder guiar con justicia al pueblo de Israel. Estas mismas palabras nos sirven de perfecta introducción para presentar el libro del profesor David Konstan. Y es que en The Emotions of the Ancient Greeks el profesor Konstan llega a la conclusión de que para los griegos las emociones (el “corazón” del texto bíblico) tienen mucho que ver con el aspecto racional e incluso cultural del hombre (“sabio” e “inteligente”). Así, no todos los seres humanos experimentamos las mismas emociones ante los mismos estímulos, a diferentes culturas diferentes sentimientos, y, además, los sentimientos y la razón se encuentran tan íntimamente relacionados que no podemos explicar los unos sin la otra.

            El libro aparece dividido en doce capítulos y un brevísimo apartado con las conclusiones finales. El primero, “Pathos and Passion”, sirve de introducción. En él se plantean las principales tesis en las que se basa el resto del libro:

            1. La exposición que hace Aristóteles sobre las emociones en su Retórica es básicamente la visión que de las emociones tenían los griegos de la antigüedad. Si bien en la Retórica las emociones se explican desde el punto de vista del orador, es decir, como un elemento más que el orador debe conocer para conseguir su objetivo de convencer a su público, el profesor Konstan reconoce que el estudio que hace Aristóteles es el más exhaustivo y completo de la antigüedad y que mucho de lo que en él se expone coincide con lo que pensaban los griegos sobre el tema.

            2. La teoría de las emociones que plantea Aristóteles en su obra coincide con la de la moderna psicología cognitiva, a saber: las emociones no son algo puramente instintivo e irracional, algo arbitrario pero instrumento necesario para explicar la evolución humana (esto es lo que defiende la psicología evolutiva, por ejemplo), sino algo -y en esto radica lo fundamental de la teoría cognitiva- que está íntimamente relacionado con la cultura y las facultades evaluativas y cognitivas del ser humano. En resumen, las emociones tienen más que ver con lo racional y cultural que con lo instintivo, de modo que no todas las culturas sienten del mismo modo ante los mismos estímulos, y lo emocional no es algo independiente de lo racional, más aún, es algo que está íntimamente relacionado con lo racional, influyendo y siendo influido por ello.  Este carácter racional de las emociones es lo que defendía Aristóteles y toda la filosofía occidental (San Agustín, Santo Tomás, Descartes…) hasta la llegada de la Ilustración que, al conceder mayor preponderancia a los aspectos racionales del ser humano, dejó en un segundo plano el tema de las emociones. Esta tendencia, según Konstan, continuó hasta el siglo XX en el que gracias a la psicología cognitiva se ha vuelto a recuperar el elemento racional de las emociones.

            3. El que lo emocional sea algo muy influido por lo cultural y lo racional explicaría el hecho de que el estudio de las emociones es algo bastante más complejo de lo que pudiera parecer; si las emociones fueran algo instintivo, su estudio sería tema muy sencillo: ante una misma situación se esperarían reacciones semejantes en todos los seres humanos, cosa que en absoluto ocurre por mucho que Darwin y sus epígonos del s. XX hayan derramado ríos de tinta en estudios muy sesudos que no han demostrado en absoluto la hipótesis evolucionista.

            Terminado este interesantísimo capítulo introductorio, el libro se mete de lleno en el estudio aristotélico sobre las emociones. En cada capítulo se estudia una de ellas según lo expuesto por Aristóteles en la Retórica: la ira, la satisfacción, la vergüenza, la envidia y la indignación, el miedo, la gratitud, el amor, el odio, la compasión, la envidia, la tristeza. Y en todos los capítulos procede el profesor Konstan del mismo modo: primero intenta aclarar la propia teoría de Aristóteles partiendo de la Retórica y utilizando otras obras como la Ética  Nicomáquea o la Ética Eudemia. Llega entonces el momento de comprobar si lo dicho por Aristóteles coincide o no con lo que se desprende de la obra de otros filósofos o con el modo en que tratan los literatos las emociones en sus obras. Este, si cabe, es el apartado más interesante de todo el libro ya que asistimos ante nuestros ojos al desfile de las grandes obras literarias griegas analizadas bajo el prisma de las emociones. Por citar unos pocos: Homero, Hesíodo, Safo, Píndaro, Arquíloco, Sófocles, Esquilo, Eurípides, Aristófanes, Heródoto… Una vez hecho este análisis, compara el profesor Konstan el cosmos emotivo de la antigüedad con el actual. De este modo se va desplegando ante el lector, capítulo a capítulo, el complejo mundo de las emociones hasta llegar al apartado final de las conclusiones en el que retoma las ideas planteadas al principio.

Posibles aplicaciones didácticas

            La precisión y la claridad de las explicaciones y las abundantes referencias literarias permiten un uso didáctico del libro en diferentes niveles. En el caso de que nuestros  alumnos tengan algún conocimiento de griego (Bachillerato), se pueden utilizar con traducción las múltiples referencias literarias y filosóficas; si nuestros alumnos son de la ESO, entonces podremos utilizar la traducción. En cualquier caso, dos son los modos como podríamos sacar provecho del libro en nuestras clases:

                        1. Exposición de la teoría de las emociones en el mundo antiguo y su comparación con la actual. Esta comparación puede resultar muy enriquecedora para el alumno: por una parte, sería consciente de que las emociones varían según el tiempo y el lugar (aspecto cultural de las emociones); por otro lado, el aspecto racional, cognitivo de la teoría de Aristóteles le haría reflexionar sobre la racionalidad de las emociones, sobre la idea de que las emociones no son pura pulsión instintiva sino que tienen un mucho de inteligibilidad. En un mundo en el que lo emotivo, muchas veces con efectos devastadores, predomina sobre lo racional (¡Cuántas veces la expresión “así es como lo siento” se convierte en cualquier discusión en un muro imposible de traspasar mediante la razón!) el que el alumno encuentre una base racional en el marasmo de sus emociones puede resultarle de gran ayuda.

            2. La exposición de la literatura griega no de una forma cronológica o por géneros sino a través del tema de las emociones seguro que resulta atractiva para los alumnos. En efecto, es tal la cantidad de referencias literarias que aparecen en el libro del profesor Konstan, que el estudio de los principales hitos de la literatura griega a través del tema de las emociones se nos antoja como muy factible. ¿Quizá una manera más atractiva de enfocarlo?

            Para concluir, no está de más traer a uno de los clásicos de la literatura inglesa del s. XX. C.S. Lewis en su libro The abolition of man (1943) planteaba ya con preocupación en plena segunda guerra mundial uno de los graves problemas de la sociedad de entonces (¿quizás también de la nuestra?): la constante disociación que el mundo moderno hace de las emociones y la razón, decantándose unas veces por unas y otras por la otra. Esta disociación, como no explica la realidad del espíritu humano, ha provocado, provoca y provocará múltiples desequilibrios muy difíciles de corregir una vez producidos. Aunque sólo fuera para arrojar luz sobre el problema, merecería la pena una lectura tranquila y pausada de Aristóteles de la mano del profesor Konstan.

Ignacio Baciero

Los científicos, las lenguas clásicas y Dicciomed

Diego Corral Varela nos envía el enlace a este texto de Dolores Jiménez López (Prof. de Filología griega en la Univ. de Alcalá) publicado en The Conversation, Ilusiones lingüísticas: por qué los científicos deberían conocer las lenguas clásicas. Especialmente destacable es su reconocimiento al incansable trabajo de nuestro compañero Francisco Cortés y su Dicciomed. Diccionario médico-biológico, histórico y etimológico.

Soledad Gallego Diaz: Los clásicos no son asunto de blancos

En El País del 12 de septiembre Soledad Gallego Díaz pone a Dan-el Padilla Peralta como uno de los ejemplos del enriquecimiento que la llegada de inmigrantes supone para los países occidentales. Reproducimos a continuación el texto:

Una conocida revista británica, Prospect, busca cada cierto tiempo los nombres de las 50 personas que considera más influyentes en el mundo del pensamiento, desde la ciencia hasta la literatura, pasando por la tecnología, la filosofía o la teoría política. Es una lista discutible y con un componente de apuesta, pero tiene la virtud de mantenerse viva desde hace años, lo que permite evaluar los cambios que van introduciendo. El más espectacular es la pujante presencia de nombres asiáticos, africanos o latinoamericanos, frente al abrumador empuje de europeos y norteamericanos de hace pocas décadas. La segunda evidencia es que buena parte de esos pensadores que marcarán probablemente nuestro futuro son inmigrantes, personas que han salido de sus países, empobrecidos o violentos, para desarrollar sus capacidades en entornos más favorables.

Es un dato fundamental en un momento en el que el tema del asilo y de la inmigración ha irrumpido de manera tan manipuladora en el debate político de nuestras sociedades, presentándolo como una amenaza para sociedades democráticas y tecnificadas como las nuestras, pese a que los datos comprobados demuestran que algunos de esos importantes avances son producto directo de la inteligencia y el trabajo de exiliados e inmigrantes. Además, no se trata en muchos casos de personas que hayan llegado a nuestros países ya formadas, con lo que la Unión Europea llama la “tarjeta azul”, es decir, no forman parte del grupo de talentos que las universidades o centros de investigación europeos han ido a buscar, a “cazar”, a sus países de origen. No, son niños y niñas que llegaron junto con sus padres en busca de mejores condiciones de vida.

En los 10 primeros lugares de la mencionada lista figura un teórico político ugandés, que vivió en EE UU y acaba de regresar a Kampala; dos médicos turcos expertos en vacunas que trabajan en Alemania, una mujer india que ocupa una cátedra de inglés en Cambridge, un investigador palestino que realiza sus trabajos sobre embriones en el Instituto Weizmann de Israel, una joven nativa estadounidense que marchó a Edimburgo y que es una de las mejores expertas en salud pública.

Quizás el caso más expresivo sea el de Dan-el Padilla Peralta, profesor en Princeton y uno de sus mejores expertos en el mundo antiguo, Roma y Atenas. Padilla nació en la República de Santo Domingo, es negro y su madre fue una inmigrante que entró en Estados Unidos sin papeles y crio sola a su hijo, viviendo en ocasiones en asilos para indigentes. El niño fue a la escuela y descubrió la historia de Roma. “¿Por qué creen ustedes que los clásicos son cosa de los blancos?”, se reía en una reciente entrevista.

Los datos demuestran una y otra vez que la inmigración se ha transformado siempre en riqueza para los países europeos receptores. En Alemania, varios estudios han demostrado que el millón de inmigrantes que aceptó Angela Merkel en la crisis de Siria, en 2015, ya han devuelto en forma de impuestos más de la mitad del dinero que se empleó en acogerlos. En sólo seis años. Más de 400.000 tienen un trabajo, decenas de miles reciben formación profesional o van a la universidad. Aun así, una reciente encuesta indica que los refugiados siguen preocupando al 45% de los alemanes, aunque la principal inquietud ya no son ellos, sino los efectos de la pandemia y, como siempre, la posible inflación.

Increíblemente, la política europea de inmigración y asilo no ha hecho más que endurecerse en los últimos años. El alto representante de la Unión para Asuntos Exteriores, Josep Borrell, clamaba hace poco por la formación de un pequeño ejército europeo, capaz de intervenir en casos puntuales como, por ejemplo, la evacuación del aeropuerto de Kabul. Una unidad militar semejante no existe, por supuesto, pero sí se creó en la crisis de 2015 una Guardia Europea de Fronteras y Costas, con más de 10.000 agentes armados, cuya misión no parece ser facilitar los trámites de acogida, sino dificultarlos. En pocas semanas volverá a analizarse en Bruselas el Pacto sobre Migración y Asilo aprobado por la Comisión en 2020. Sería interesante que esos debates se retransmitieran en abierto y cada cual pudiera oír lo que dicen nuestros representantes.

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