De nuevo la técnica al servicio de la arqueología

Con algo de retraso recuperamos el reportaje de Jesús Ruiz Mantilla publicado en El País del día 9 de febrero “Los 159 bombazos que destruyeron Pompeya por segunda vez”.

En realidad la noticia se refiere a dos proyectos en los que participa la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando relacionados con la arqueología clásica.

El primero es la reconstrucción digital de la Casa de Diana Arcaizante realizada por la RABASF en colaboración con la Universidad Complutense de Madrid y el Museo Arqueológico de Nápoles: “Han desarrollado un libro digital para el que se han utilizado herramientas que van desde drones a presentaciones en 3-D, estratigrafías, georradares y varias bases de datos combinadas. El trabajo, dirigido por  José María Luzón y Carmen Alonso, recoge no sólo los progresos en Pompeya sino también los retrocesos. Como el daño que sufrieron las ruinas por los bombardeos aliados de la Operación Avalanche, previos al desembarco en Salerno en 1943, durante la Segunda Guerra Mundial.” Puedes disfrutar del resultado pinchando aquí

El proyecto sobre Numancia ha sido  encargo de Acción Cultural Española (AC/E): “Han reconstruido el aspecto de las casas mediante cámaras aéreas y fotogrametría. “Con auténtico rigor científico y una precisión milimétrica”, añade Carmen Alonso. “Tanto que mediante los vuelos del dron se ha podido establecer una nueva planimetría de la ciudad en que las curvas de desnivel apenas quedan separadas 15 centímetros una de otra.” Puedes ver aquí un video de la creación de este libro digital.

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Aquiles y Ulises en tierras palentinas. 50º Aniversario de La Olmeda

En verano se cumplirán cincuenta años del descubrimiento de la Villa palentina de La Olmeda. Una buena excusa para visitarla, acaso se pueda aprovechar para hacer una parada en Mons Dei, la nueva edición de las Edades del Hombre en Aguilar de Campoo.

En la página de La Olmeda encontrarán cumplida información sobre todas las actividades que se han planificado para celebrar tan importante aniversario. Desde aquí he querido rendir un pequeño homenaje a la primera villa romana que visité recién comenzada la carrera en mi alma mater.

Para ello les propongo un juego semejante a los viejos pasatiempos de la prensa más tradicional: semejanzas y diferencias.

Contemplen el maravilloso mosaico de la sala principal de la villa:

Olmeda 1.jpg

AquilesUlisesOlmeda.jpgRecorran la información, identifiquen a sus personajes, sírvanse de la página oficial, de la propuesta didáctica con magníficas plumillas de F. Riart en “Mosaico de Aquiles en Skyros de la Villa de la Olmeda” (corríjase, eso sí, Teodoseo por Teodosio y Skyros por Esciros o Esciro), de la atención que le prestó National Geographic. Hoy son tantas las herramientas fácilmente disponibles a un golpe de clic que casi parece un atraso recomendarles leer la pequeña guía del museo o la bibliografía que encontrarán allí o en su página web.

Y lo cierto es que justo eso es lo que propongo, que retrocedan en el tiempo de la mano de Filóstrato el Joven, autor del siglo III d.C. y se recreen en esta descripción que él ofrece de un cuadro donde se plasma el mismo episodio:

“Esta heroína con juncos en la cabellera… es la isla de Esciros… La torre que hay a los pies de la montaña es donde se encuentran las doncellas, hijas de Licomedes, con la supuesta hija de Tetis.

Cuando Tetis se enteró por su padre Nereo del decreto de las Moiras sobre su hijo –que una de estas dos cosas le había sido otorgada: o vivir sin gloria o morir joven envuelto por la gloria– decidió llevarse al niño y esconderlo en Esciros, junto a las hijas de Licomedes. Pasaba por ser una muchacha entre las otras muchachas, pero se enamoró en secreto de una de ellas, la más joven, y ya se acerca el tiempo en que ésta dará a luz a Pirro.

Nada de esto se ve en la pintura. Hay un prado delante de la torre…  como puedes ver, las muchachas se agachan aquí y allá, cortando flores. Todas son increíblemente bellas, pero así como la mayoría tienen los rasgos habituales de la belleza femenina –resplandor en la mirada, mejillas sonrosadas– y en todo cuanto hacen se ve la huella de la feminidad, a ésta de aquí, por el contrario, la que está trenzando su cabellera hacia atrás, con aire grave al tiempo que gracioso, no tardará mucho en traicionarla su naturaleza y en desnudarse del aspecto que ha tomado por necesidad, revelando que es, en realidad, Aquiles. Puesto que ya corre el rumor entre los griegos del secreto de Tetis; ya Diomedes, junto con Ulises, pone rumbo a Esciros para averiguar qué es lo que hay.

Míralos a los dos: uno lanzando penetrantes miradas, como corresponde a su astucia, creo, y a su habilidad de estar siempre fingiendo; el otro, el hijo de Tideo, prudente, pero siempre a punto para un buen consejo y dispuesto a la acción. ¿Qué significa este hombre que va detrás de ellos con una trompeta? ¿Cuál es el significado de la pintura?

Ulises, que es hombre sabio y hábil desvelador de secretos, ha ideado el siguiente plan para descubrir a éste: lanza por el prado cestitas y toda clase de objetos propios para los juegos de niñas y también una armadura completa; las hijas de Licomedes cogerán lo que les corresponde por sexo, pero el hijo de Peleo, aunque diga que le gustan las cestitas y los husos de tejer, se lo deja todo a las muchachas y ya se dirige hacia la armadura, desvistiéndose por el camino ***.” (Filóstrato, Descripciones de cuadros III, 1, traducción de Fr. Mestre, Madrid, Gredos, 1996, p. 335 y s.).

No, no he cortado yo el texto. Así quebrado ˗se interrumpe y sigue después con una descripción de Pirro˗ es como llega a nosotros. Tal es la cadena de transmisión de la que dependemos.

Pero ya habrán dado con todas las claves. Habrán cazado no sé si los animales de la escena cinegética que a los pies remata el mosaico y que tomamos de National Geographic.

EscenaCinegeticaLaOlmedaNationalGeographic

Pero sí a los trompeteros, a la madre a la que una dueña tiende el huso, a las doncellas que acompañan a Deidamía, a Aquiles y al artero Ulises que le descubrió en Esciro.

¿O fue en La Olmeda?

Henar Velasco López

Una autoridad clásica

Marta Martín Díaz no senvía este enlace al texto publicado por David Hernández de la Fuente en El País del 13 de abril: Una autoridad clásica. Del conjunto nuestra colaboradora subraya el siguiente pasaje:

«Hoy preocupa la falta de integridad entre nuestros políticos, pero tal vez la solución haya que buscarla en una autoridad semejante en la sociedad civil. Antes que mirar al simbolismo de una figura sacra (monárquica o presidencial), tal vez la comunidad habría de protagonizar, como en toda etapa de refundación de los sistemas políticos participativos, una revolución clasicista que mirase hacia modelos incuestionables de ejemplaridad. Estos pueden hallarse, de nuevo, en las figuras y los textos inspiradores en torno a los sistemas participativos antiguos —democracia ateniense y república romana— que pueden tomar hoy de nuevo la voz, cuando vemos el naufragio moral de nuestros representantes entre comportamientos deshonestos y manipulación interesada de la idea del bien común».

2º premio de Fotoclásica

Reproducimos a continuación la foto que ha recibido el 2º premio del concurso Fotoclásica (para estudiantes de ESO y Bachillerato), organizado por nuestro blog, el Departamento de Filología Clásica e Indoeuropeo de la USAL y la Delegación local de Salamanca de la SEEC. En días sucesivos publicaremos el 3º premio.

Esperamos poder repetir la experiencia el curso que viene. Gracias a todos los participantes y enhorabuena a los ganadores.

El jurado compuesto por Francisco Cortés Gabaudán, Mercedes Encinas Martínez y Eusebia Tarriño Ruiz, profesores del Dpto. de Filología Clásica e indoeuropeo de la Universidad de Salamanca, ha acordado conceder el 2º premio a la foto titulada ¿VALORAMOS NUESTRO PATRIMONIO?. Su autora es LAURA COSME GONZÁLEZ, del IES Leonardo da Vinci de Alba de Tormes. La profesora que ha enviado la foto es Irene Montero Sánchez.

CALZADA ROMANA.jpg
Restos de un tramo de una calzada romana que discurre de forma casi paralela a la carretera C-501 de Salamanca a Alba de Tormes, una vez pasada la urbanización de El Pinar de Alba, desde el punto kilométrico 12,750 hasta el 13,300 aproximadamente, en el término municipal de Terradillos.

¿Nos damos cuenta y lo dejamos pasar, o solamente no nos enteramos?
Posibles restos de una calzada romana de hasta cuatro capas de preparados, que pudo formar parte del proceso de romanización de Hispania. Fiel testigo de la civilización romana en nuestro entorno.
En la actualidad está llena de hierbas, en malas condiciones y con alguna que otra basura en los alrededores (latas, plásticos, botellas…).

 

DE INFELICIS DIDONIS MORTE

 Los pasos de Ana, que caminaba con el corazón encogido, resonaban por los pasillos del palacio. Aquellos días habían sido desoladores para toda Cartago, todo había sucedido tan deprisa que le daba la sensación de haber sido inducida por un sueño de los dioses: la llegada de los extranjeros, el amor entre su hermana y aquel a quien llaman pío, el anuncio de su marcha. El dolor, la cólera, el pesar y el abatimiento de una reina que jamás se había dejado vencer por nada.

Allí estaba ella, bajo las columnas del patio porticado, hablando con unas esclavas con los aires autoritarios y el porte majestuoso de siempre. Pero, si la mirabas a los ojos, podías ver una oscura sombra en ellos, antaño decididos y alegres. ¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que vio el fulgor de los rayos de sol en los ojos de su hermana? Aquello era lo que tenía a Ana en vilo, esa mirada tan vacía de esperanza que parecía oscurecerse con cada día que pasaba.

—¿El tálamo también, Alteza? —preguntó la esclava. Ana la consideró afortunada, pues no podía mirarla a los ojos ni ver la profunda negrura que anidaba en su alma.

—Sí, el tálamo también —contestó, ajustándose los pliegues de su vestido azul—. No debe quedar absolutamente nada suyo. —Reparó en la presencia de su hermana y, durante un momento tan fugaz como el parpadeo de una estrella, la desesperación pareció desaparecer de su rostro—. ¡Ah, Ana, estás aquí!

—¿Está todo a tu gusto, hermana? —preguntó ella, señalando con sus finos dedos ensortijados la enorme pira que estaban preparando.

—No se trata de mi gusto, sino del de los dioses, querida —repuso.

—¿Estás segura de que todo esto va a servir, Dido?

Ella la observó, desolada. El rostro de su hermana estaba enturbiado por la angustia y, de haber seguido teniendo corazón, aquella visión lo habría destrozado.

Pero ni siquiera eso tenía ya. Su corazón debía andar muy lejos, rumbo a las costas lavinias, marchando a un destino totalmente ajeno al suyo. Se forzó a fingir una sonrisa, no muy lograda, para intentar sosegar el ánimo de su hermana.

—No te aflijas, Ana mía —le dijo, envolviéndola en un tierno abrazo—. Pronto habrá terminado todo y seré libre de este yugo que me atormenta. Sé que no te fías de la magia, pero yo misma fui testigo de lo que son capaces estas mujeres. ¿Acaso no confías en la palabra de tu hermana? ¿No te alegras porque por fin dejaré atrás este sufrimiento?

—Por supuesto que sí —contestó con un suspiro y, al lograr su mentira, Dido sintió un enorme dolor en el pecho.

—Entonces, no desesperes. —Besó sus sienes con ternura e infinita tristeza—. Pronto todo habrá terminado —repitió, más para sí que para quien la estaba escuchando.

 

Cubierta por un manto del color de la arena del desierto, Dido recorría discretamente las calles de su amada Cartago. Siempre había adorado pasear entre los edificios sin ser reconocida, respirar el verdadero aire de su ciudad. Pero aquella vez era distinta a cualquier otra. Vagaba de un lado a otro, deseosa de liberar a sus pensamientos del tormento que los azuzaba aunque solo fuera durante el tiempo que paseaba. La decisión que había tomado pesaba todavía más cada vez que veía a unos niños jugando entre risas, a unos jóvenes construyendo una casa, a unas muchachas caminando hacia el mercado. Dido, infeliz, no había dado a luz hijo alguno, pero al ver a aquellas gentes supo que no había sido necesario: era madre de Cartago y los cartagineses, sus vástagos. No podía existir para ella un mayor orgullo.

Sus sandalias, adornadas con perlas y piedras preciosas, la condujeron maliciosas hasta la playa, donde hacía no mucho vararon las naves dárdanas. Contuvo la respiración durante un momento al encararse al mar, que bramó impetuoso cuando, sin pensarlo, metió sus pies pequeños en el agua.

Esas olas. Ese oleaje maldito que se había llevado sin el menor remordimiento a aquel a quien había amado. No importó cuánto rugió el mar ni cuántas lágrimas ella había derramado; ni el miedo a una tempestad ni la compasión por un corazón roto habían detenido al troyano.

Pero Dido ya no lloraba. Se lavó las manos y el rostro sombrío con el agua salada, queriendo ser purificada.

—Te lo di todo y a ti te pareció insuficiente —susurró a la nada—. Te di alimento, te di cobijo. Bebiste de mi copa y curé a los tuyos. Procuré que no os faltara de nada. Recibiste ropas y armas, madera para tus naves, tela para las velas ajadas. —Miró fijamente al horizonte, como si fuera capaz de verlo desde allí en su barco, alejándose a toda prisa de sus costas—. Y como darte todo parecía poco, me di a mí misma, pobre Elisa desdichada. Rompí promesas, manché mi honra y te regalé mi alma.

» ¡Pero se acabó! —El viento se levantó a su alrededor, agitando sus ropas, enmudeciendo por un momento la voz que se había ido convirtiendo en grito—. ¡Aquí se acaba tu reinado sobre Dido! —Miró al cielo, furiosa—. ¡Oh, Júpiter, dios de dioses, a ti te invoco! ¡Madre Juno, que siempre por mí has velado, sé testigo de mis palabras! ¡Que todos los dioses capaces de escucharme lo hagan ahora! —Hundió la mano derecha en el mar y asió un puñado de arena, que levantó todo lo alto que pudo—. ¡Yo te nombro a ti, Eneas, hijo de Anquises, el Pérfido! ¡Impío! Te nombro y te maldigo, por la sangre que ahora corre por mis venas, por la arena cartaginesa que sostiene mi mano, por el mar que lame mis pies que es el mundo. Que nunca encuentres paz por lo que has hecho a Dido, reina de Cartago. Que nunca llegues a ver esa tierra que se te ha prometido, que buscabas con tanto ahínco y que te ha alejado de mí. Que mis hijos, esta ciudad que tanto he amado, venguen mi asesinato hasta el final de los tiempos. Pues seré yo quien dirija el puñal; mas tú, pérfido, quien dicte la sentencia. —Dejó caer el puñado de arena, que rápidamente engulló el mar, y, volviendo a mirar al horizonte, gritó—: ¡Eneas, Eneas, Eneas! ¡Yo, Dido, te maldigo!

 

El ambiente en el interior del palacio era agitado e intranquilo, pero ya en los corredores cercanos al patio porticado el silencio y la extraña calma que de la estancia fluían iban haciendo acto de presencia. Habían colocado una enorme pira en el centro, donde solía haber un bonito estanque, vaciado para la ocasión. Junto a cada columna se encontraba una de las sacerdotisas, todas ellas envueltas en ropajes oscuros, con el rostro pintado y los cabellos sueltos. Ellas, al igual que la Gran Sacerdotisa, sujetaban una antorcha que arrojaba sinuosas sombras.

Dido estaba radiante, con el pelo moreno liberado de las horquillas con las que solía tenerlo recogido. Se había ataviado con sus mejores galas, unas telas del púrpura más intenso que jamás se haya visto, e iba descalza para la ocasión. Estaba de pie junto a la Gran Sacerdotisa, al lado de la pira, ambas con gesto serio e imperturbable. Esta, tras realizar unas libaciones, le entregó a Dido las armas y las ropas que el pérfido Eneas había dejado en Cartago; ella las aceptó con la solemnidad propia de la reina que era.

Ana las observaba, algo apartada de ambas y sin participar en el rito, pero sin perder detalle de lo que hacían. La Gran Sacerdotisa asintió con la cabeza y las mujeres que habían estado junto a las columnas comenzaron a moverse. Avanzaban hacia la pira en círculo, entonando un cántico en una lengua que Ana desconocía.

Mientras tanto, Dido subió a la empalizada que habían construido junto a la pira para que, en teoría, pudiera ver el fuego desde arriba. Los cánticos se alzaban hacía la noche que lucía estrellada sobre sus cabezas, pero ella no los oía. Solo era capaz de escuchar el crepitar de los primeros ramos de encima quemándose y el redoble incesante de su corazón. Sonrió, perdida ya toda cordura, y dijo en voz bien alta:

—¡Hoy se pone fin a mi tormento! —gritaba. Desde allá arriba podía ver el tálamo nupcial que habían colocado en lo alto de la pira—. Hoy se pone fin a tu cruel tiranía, oh, impío Eneas. ¡Que el fuego purifique ahora tu perfidia! —Lanzó las prendas de Eneas a la pira, cuyas llamas comenzaban a alcanzar la parte más alta de la misma, y sus armas. Los cánticos se volvieron entonces más elevados y su corazón latía ya desbocado, sabiendo lo que estaba a punto de suceder—. Que este cuerpo yazga donde murió por vez primera y así Dido, infeliz, repare el daño.

Y, tras sacar de entre sus ropajes un puñal cuajado de piedras preciosas, perteneciente hace no mucho al pérfido teucro, lo clavó en sus entrañas. La sangre roja empapó las telas púrpuras y las manos de la reina, que se tambaleba sobre la empalizada.

—¡Elisa, no! —chilló su hermana, aterrada. Todo el mundo la ignoraba, desoyendo sus gritos de auxilio para la reina que estaba cayendo sobre la pira.

—Lo siento, hermana —musitó Dido con una sonrisa antes de ser envuelta por las llamas.

No tuvo lugar ningún deus ex machina. En el palacio ya no se oían cánticos; tan solo los gritos desgarrados de Ana y el crepitar del fuego devorando el dolor de una reina enamorada.

Carla Rodríguez Para

Roma en el Salón del Gourmet

Henar Velasco  nos comenta que la sensación en el Salón Gourmet de Madrid es la recuperación de recetas romanas por parte de un grupo de arqueólogos: divino el vino y riquísimo el queso, según la receta de Columela. A ver si nuestro destino va a ser montar un master chef. Podéis leerlo en La Vanguardia y en El Peródico. Señalan también un vino blanco producido según el tratado de Paladio (siglo IV d.C.), al que en la noticia califican un tanto anacrónicamente de “tratado de enología” -en realidad es un manual de agricultura- y otro fermentado con especias y macerado con pétalos de violeta, también siguiendo recetas romanas (Antinoo).