Reseña de Communicative Approaches for Ancient Languages

            Todos los que tenemos la experiencia de explicar lenguas clásicas en un instituto nos encontramos con el siguiente problema: por un lado, nuestros alumnos tienen que aprender una morfología y una sintaxis que les resultan totalmente nuevas y nada fáciles; por otro lado, tienen que  asimilar lo aprendido mediante la lectura del mayor número de textos posible. Si a esto añadimos los requerimientos del currículo oficial (temas de cultura, estudio de la evolución fonética del latín al español, estudio de latinismos, etc.), se entenderá muy bien dónde reside el problema. El alumno de instituto tiene que, en un tiempo muy escaso, hacerse con unos rudimentos básicos para, en el caso del latín, por ejemplo, poder traducir textos básicos de César y Cicerón, además de aprender el resto del currículo.

            No es de extrañar que el profesorado de lenguas clásicas viva en la eterna frustración de ver cómo año tras año pasan por sus aulas alumnos que, en el mejor de los casos, al final del Bachillerato son capaces de descifrar a duras penas textos de un nivel básico en un ejercicio titánico y admirable ayudados por su inseparable diccionario escolar. Sin embargo, las editoriales, sobre todo extranjeras, ofrecen métodos y materiales con los que poder solventar muy bien el doble problema de una lectura intensiva y otra extensiva. La profesora Codoñer, por ejemplo, hace muy poco apuntó en este mismo blog una interesantísima nueva serie de la editorial Les Belles Lettres ,“Les petits latins” , en la que están apareciendo textos adaptados para alumnos principiantes, serie que con toda seguridad acabará llenando los estantes de nuestros departamentos.

            El libro del que me encargo en esta breve nota, COMMUNICATIVE APPROACHES FOR ANCIENT LANGUAGES, aparecía el pasado mes de mayo en la prestigiosa editorial Bloomsbury. Trata sobre el método comunicativo en la enseñanza de las lenguas clásicas, sobre todo en el caso del latín. Este método, que es el empleado en el aprendizaje de las lenguas modernas, consiste en que el alumno desarrolle las famosas cuatro destrezas: la comprensión oral, la escrita, la producción oral y la escrita. Aunque el libro no se adentra en cuestiones técnicas, ya desde la década de 1970 está más que demostrado por la psicología cognitiva que los aprendizajes son más efectivos cuando se realizan activamente (aprendemos mejor el vocabulario, por ejemplo, cuando lo usamos creando con él nuestros propios textos y lo mismo ocurre con las construcciones sintácticas). De ahí que el método comunicativo en el aprendizaje del latín y el griego, preterido en ámbitos académicos por distintas razones que no vienen al caso, resulte muy pertinente sobre todo cuando comenzamos a aprender una lengua.

            Pues bien, los autores del libro (se trata de una obra colectiva) analizan a través de distintas experiencias cómo la aplicación de este método en la enseñanza de nuestras lenguas puede tener y, a su entender, tiene un efecto muy positivo en el aprendizaje del latín y el griego. El libro aparece dividido en cuatro capítulos. En el primero aparecen descritas las experiencias en la utilización del método de varios profesores de secundaria en Reino Unido y Estados Unidos, todas muy interesantes y que dan consejos muy ajustados para todos aquellos que se decanten por el método. En el segundo aparecen experiencias en contextos universitarios. Una muy interesante es la del OLP (Oxford Latinitas Project) en la que un grupo de alumnos de clásicas en Oxford lleva organizando desde el 2017 todo tipo de cursos basados en el método comunicativo con el apoyo y la supervisión de profesores de la categoría de Eleanor Dickey. En la tercera parte se habla de actividades en contextos más informales en las que se utiliza también el método de la inmersión total en la lengua: el Conventiculum Latinum Lexintoniense, el método Polis para el griego desarrollado por el profesor Christophe Rico en Jerusalén, y otras organizadas por la ya citada OLP  en las universidades de Oxford y Cambridge. En el cuarto capítulo, por último, se presentan páginas de internet (Latinitium), trabajos de instituticiones (Paideia Institute) que utilizan el mismo método.

            Como se ve, un amplio abanico de posibilidades a las que uno puede acudir si definitivamente se decide a utilizarlo. Aunque en España son muchos y cada vez más los institutos en los que ya se emplea el método, tanto en la enseñanza del latín como del griego, el libro no recoge ninguna experiencia española. Sería interesante, a mi entender, que se hiciera un estudio serio sobre el tema que demostrara la eficacia o no del método. De la información que de una manera informal (cursos Caelum, Academia Vivarium Novum, Collegium Latinitatis…) ha llegado a mi conocimiento y de la propia experiencia parece demostrado que el método aumenta las destrezas de los alumnos en ambas lenguas (los resultados de los alumnos que emplean este método en el apartado de traducción de los exámenes de selectividad es siempre excelente)  y aumenta su motivación (casi ningún alumno que ha probado el método deja de estudiar las asignaturas y se incrementa considerablemente el número de alumnos que quiere cursarlas). En todo caso, otro recurso más que podemos aplicar en nuestras clases si entendemos que nos puede ser de utilidad.

Ignacio-Tadeo Baciero Ruiz

Desastres arqueológicos pasados y futuros

No siempre las noticias arqueológicas nos hablan de hallazgos o recuperaciones. Esta semana pasada hemos podido conocer también varios desastres, algunos irreparables. Manuela y Mª Ángeles Martín nos envían la noticia redactada por Vicente G. Olaya en El País (2/6/2021) Córdoba ganó una estación de AVE y perdió el mayor palacio del Imperio Romano. Se trata del gran complejo construido por el emperador Maximiano Hercúleo en el siglo III, que fue destruido ahora hace treinta años para edificar la estación del AVE en la ciudad andaluza. Os dejamos el texto completo:

Fue descomunal, brutal, un gigantesco atentado contra el patrimonio histórico, un expolio sin matices. “Una herida aún abierta”, según Camino Fuertes, arqueóloga de la Agencia Andaluza de Instituciones Culturales, que este martes pronuncia la conferencia 30 años del yacimiento de Cercadilla para recordar que se cumplen ahora tres décadas de la destrucción del palacio imperial romano de Córdoba, levantado por el emperador Maximiano Hercúleo entre los años 293 y 305. “Un dolor enorme”, recuerda Ana Zamorano, presidenta de la asociación Amigos de Medina Azahara, que ha organizado otras jornadas en línea ―Cercadilla, la pérdida de la inocencia―. El complejo, que ocupaba ocho hectáreas, comenzó a ser arrasado en mayo de 1991 para edificar la estación del AVE en la ciudad andaluza.

Ya en el siglo XIX, sobre los terrenos que ocupaba el complejo palatino se construyó la estación de tren de Cercadilla, que incluía un pequeño edificio, un apeadero, un aparcamiento y un nudo ferroviario que permitía a los convoyes cambiar de sentido. El 22 de mayo de 1991, con la decisión tomada de sustituir la vieja estación por una nueva para el AVE, entraron las excavadoras para horadar el subsuelo y destruir el palacio y su entorno. Los arqueólogos trabajaron a toda prisa para intentar salvar lo posible. Pero las máquinas, en pocos días, habían arrasado ya medio kilómetro lineal y unos 200 metros de ancho. La prensa del momento hablaba de “lápidas, mosaicos, un teatro romano, un templo, un circo, un anfiteatro, un palacio” destruidos.

Los arqueólogos que excavaban el yacimiento ―un estudiante universitario había alertado de la aparición de una gran galería abovedada― dormían junto a los restos para evitar su demolición por la noche e insertaban anuncios en prensa para que no fuese devastado un conjunto “mayor que el Foro de Trajano en Roma”, como lo definió Rafael Hidalgo, codirector de las excavaciones. Pero las administraciones locales, regionales y nacionales ya habían tomado su inapelable decisión: el AVE entre Madrid y Sevilla, donde en 1992 se iba a inaugurar la Exposición Universal, tenía que parar en Córdoba en ese exacto lugar. Y así fue.

“Fue un expolio, se orquestó una campaña de fake news contra el yacimiento”, denuncia Fuertes, que este martes participó en unas jornadas organizadas por el Instituto Municipal de Turismo de Córdoba sobre esta destrucción: “Se decía que, si no se arrasaba el yacimiento, el AVE nunca llegaría a Córdoba; que lo hallado carecía de valor, que los arqueólogos nos estábamos haciendo ricos con las excavaciones; que los restos iban a integrarse en la estación y, finalmente, que se cambiaría el trazado de todas las vías del tren. Todo era absolutamente falso”, se indigna tres décadas después.

El alcalde de Córdoba, Herminio Trigo, de IU, llegó a calificar el yacimiento de “cuatro piedras”. La revista Época publicó en marzo de 1992 que ni el Gobierno central ni la Junta de Andalucía, ambos en manos del PSOE, hicieron nada para salvar el yacimiento. Al contrario, miraron para otro lado e incluso apoyaron la destrucción. En septiembre de 1992, una comisión internacional de expertos advirtió de que se podría estar “ante un monumento único en el mundo que debía respetarse y ser estudiado”. “Era el de mayores dimensiones de todo el Imperio Romano”, declaró Hidalgo junto con el otro codirector de las excavaciones en aquel momento, Pedro Marfil.

El arqueólogo jesuita Manuel Sotomayor, premio de Patrimonio Histórico de la Junta de Andalucía, se sumó a las quejas: “Es una excavación impresionante”. Miguel Rodríguez-Pantoja, catedrático de la Universidad de Córdoba, calificó el yacimiento como “algo único en el mundo por sus dimensiones, la época en que fue construido y su enorme significación. Cuesta creer que será destruido”. El parlamentario del PP Juan Ojeda denunció, por su parte, la “política de hechos consumados” de las administraciones. “Córdoba tiene que saber la verdad. Lo que se va a destruir es un yacimiento único en el mundo”, aseveró.

Al noroeste de la colonia romana de Patricia Corduba, a poco más de 600 metros de su muralla, se construyó a finales del siglo III una enorme sede del poder imperial, el centro político de la diócesis de Hispaniarum, desde donde Maximiano dirigía toda la Península y el norte de África. El conjunto palatino estaba dividido en dos zonas principales. La primera era una enorme plaza rectangular de aspecto castrense conectada con un área palaciega. Para acceder a esta última había que atravesar una puerta con grandes torres a ambos lados. La zona palatina se articulaba a través de un criptopórtico ―galería cubierta semicircular columnada― de 109 metros de longitud que daba acceso a los diversos edificios públicos y privados del conjunto.

“La gran exedra [el pórtico semicircular con columnas] constituía”, describe Hidalgo, “una gran plaza abierta, libre de construcciones, que desempeñaba el papel de espacio de acogimiento para aquellos que gozasen del privilegio de acceder al interior del palacio, permitiendo a través de su pórtico la distribución del tránsito a los distintos espacios de recepción que la circundaban”.

Nada más cruzar el criptopórtico, los visitantes podían elegir entre tres circuitos de tránsito diferentes: el público, compuesto por edificaciones oficiales; el semipúblico, con dos espacios destinados a la celebración de banquetes, o el privado, formado por salas más pequeñas, como las termas. Fuertes recuerda que en el centro de las construcciones oficiales se erigía “el salón del trono”, donde el emperador llevaba a cabo las recepciones.

En el siglo VI, con el fin de la etapa romana, tres de sus construcciones se convirtieron en edificios dedicados al culto cristiano, tal vez en honor a San Acisclo, patrón de Córdoba. El templo contaba con un gran cementerio a su alrededor con centenares de tumbas. Durante la época emiral (siglos VIII a X), sus edificaciones siguieron siendo ocupadas por los cristianos, hasta que en el año 1010, como consecuencia de la fitna ―guerra civil en Al-Ándalus―, se abandonaron.

Los arqueólogos pidieron en 1991 que se le concediese de urgencia al yacimiento la declaración de bien de interés cultural (BIC), la máxima protección posible. Compraron incluso espacios en la prensa para publicar un listado de firmantes que reclamaban la protección urgente del conjunto. La Junta de Andalucía no respondió. En 1995, cuando más de la mitad del yacimiento ya había desaparecido, la Consejería de Cultura incoó expediente de protección. En 1997 fue declarado BIC. “Era uno de los pocos palacios imperiales existentes en el mundo. Ya no podemos hacer nada. Es una herida en el corazón de Córdoba que aún no se ha sabido curar”, insiste Fuertes.

En 2006, los vestigios que se salvaron de la destrucción ―unas termas, más de 80 metros de recorrido del criptopórtico, los apartamentos imperiales, las salas triconques de los extremos de la zona palatina, un acueducto…― se abrieron al público. Están pegados a los muros exteriores de hormigón gris de la estación. Desde el tren no son visibles.

En 2015, la Junta de Andalucía trasladó de manera unilateral la gestión del parque arqueológico al Ayuntamiento de Córdoba, que lo mantiene cerrado. Desde entonces no existen políticas de mantenimiento ni actuaciones de conservación. “Imaginemos que se hubiese conservado completo el palacio. Imaginemos que Córdoba recibiese a los visitantes que se bajasen del AVE con los restos del mayor palacio imperial romano que se conoce. Imaginemos…”, concluye Fuertes.

En un artículo publicado en febrero de 1992 en el Diario de Córdoba, el catedrático Rodríguez-Pantoja escribió: “No tardaremos mucho en parecer a nuestros propios hijos tan bárbaros como a nosotros nos parecen quienes con menos medios y conocimientos hicieron desaparecer tanta grandeza [en Córdoba] como se ha destruido”. Ahora se van a cumplir 30 años de aquellas proféticas palabras.

Pero las malas noticias no se detienen y leemos en el mismo periódico (7/6/2021) (redactado por el mismo periodista) que Cuatro torres de cemento taparán la gran necrópolis tartésica de Huelva. Eso sí, en este caso aún están a tiempo, pero ¿se logrará salvar el yacimiento?

En lo que ahora es una parcela elevada sin edificar en el centro de Huelva, entre las calles de Fray Junípero Serra y de San Sebastián, se levantó entre los siglos VIII y VI antes de Cristo uno de los enclaves tartésicos más importantes del mundo. Entre finales de los años sesenta y principios de los setenta del siglo pasado se efectuaron las primeras excavaciones, que dieron como resultado el hallazgo de decenas de tumbas con riquísimos ajuares de oro, plata y joyas, un carro fúnebre, cerámicas y hasta una arqueta de marfil egipcia con cuatro figuras. Tal era el valor de las piezas que viajaron a los principales museos del mundo, incluido el Metropolitan de Nueva York.

El otero de 53 metros de altura ―cabezo de la Joya, se llama― servía a sus moradores para vivir, comerciar con todo el mundo conocido, controlar la bahía y como lugar de enterramiento. Ahora está en peligro extremo. El Ayuntamiento onubense ha elegido la base del altozano para levantar cuatro torres de hasta 15 pisos. Lo que reste sin arrasar por las excavadoras ―la parte más alta del cabezo― quedará encerrado entre el hormigón, el cristal y el hierro de los nuevos edificios, que incluso superarán en más de cinco metros de altura el cerro. Las comunidades científica, universitaria y ciudadana claman contra lo que consideran un atentado contra el patrimonio de Huelva. Cuarenta centros de investigación y defensa del patrimonio piden detener el planeamiento ya aprobado: de la Real Academia de San Fernando al Instituto Geológico Minero de España o el Defensor del Pueblo Andaluz.

La memoria de actividades del Plan General de Investigación de la Zona Arqueológica de Huelva ―firmado por la Consejería de Cultura y Patrimonio Histórico de la Junta de Andalucía, la Universidad onubense, el grupo de investigación Vrbanitas. Arqueología y Patrimonio y el Centro de Investigación de Patrimonio Histórico, Cultural y Natural― detalla que lo que ahora es el casco urbano de la ciudad estaba conformado en el primer milenio antes de nuestra era por un conjunto de cerros próximos al mar. Pero, con el paso de los siglos, la línea de costa cambió y los cabezos quedaron tierra adentro, como pequeñas elevaciones sobre un terreno completamente llano. Poco a poco, fueron abandonados como lugares habitados y sus “superficies se utilizaron como huertos de frutales o viñedos.” Es decir, la capital se extendía en la parte más baja y próxima al mar y, conforme necesitaba más espacio, iba devorando los cerros cercanos, primero como zonas de cultivo y luego con edificaciones modernas.

Pero mucho antes de que todo esto ocurriese, entre finales del II milenio y principios del I antes de Cristo, dada su situación geográfica, los cabezos que componían la prehistórica Huelva ―San Pedro, Cementerio Viejo, Molino de Viento, la Esperanza, del Pino, Padre Julián, la Joya, Roma o Mondaca, la mayoría hoy desaparecidos― proporcionaron un excelente lugar de habitación y enterramiento para las comunidades que los ocuparon desde la prehistoria.

Y en ellos se desarrolló una sociedad avanzada tecnológicamente, que mantenía comercio extrapeninsular, incluso con Oriente Próximo. “Sus gentes se fueron familiarizando con otras lenguas, costumbres o estéticas, y tuvieron acceso a las modas y a las nuevas corrientes culturales, tecnológicas y religiosas que se implantaron en el mundo antiguo”, dice el plan arqueológico.

Por eso, al excavar el cabezo de la Joya, se hallaron tumbas de tipo aristocrático, “con ajuares funerarios que no tienen parangón en otras necrópolis del periodo orientalizante del siglo VII a. C.”, señala el informe. Junto a los cadáveres se depositaron jarros de bronce, objetos de plata y oro, vasos de alabastro, marfiles y un carro fúnebre, “que fue tirado por dos caballos para llevar a su tumba a un personaje de gran relevancia social”.

Pero, ahora, el Plan General de Ordenación Urbana de Huelva ha convertido el cabezo de la Joya en “la Unidad de Ejecución n.º 1 de PGOU”, una superficie de unos 26.000 metros cuadrados donde están previstas cuatro torres, a pesar de que el área se inserta en la zona A1 de Declaración de Zona Arqueológica de Huelva, desde 2001, y está inscrita en el Catálogo General del Patrimonio Histórico en la categoría de Bien de Interés Cultural.

Jorge Cotallo, presidente de ArqueoHuelva, una asociación cultural y plataforma de difusión del patrimonio, se muestra indignado. “Es inadmisible. Quizás la necrópolis de la Joya sea la más importante en el mundo tartésico orientalizante y nuestras autoridades, lejos de proteger y difundir, quieren edificar encima”. Por su parte, la asociación ciudadana Huelva Te Mira ha presentado un recurso contencioso-administrativo contra la aprobación definitiva del plan urbanístico, ya que, en su opinión, “propone la destrucción de gran parte del cabezo y la construcción de edificios de hasta 15 plantas”.

El defensor del Pueblo Andaluz, Jesús Maeztu Gregorio de Tejada, en una durísima resolución de septiembre pasado, pidió la preservación de todos los cabezos, “sobre todo [el de] la Joya, de un valor científico de proyección internacional”, puesto que los “cabezos de Huelva tienen un valor natural en sí mismos que los hace únicos”. “La ordenación [la urbanización] no se considera compatible con la protección de los valores de la zona arqueológica incumpliéndose los art. 19, 28.1 y 29.1 de la Ley de Patrimonio Histórico de Andalucía”.

Una portavoz del Ayuntamiento recuerda que el pleno aprobó en noviembre pasado la modificación del plan urbanístico y que ahora solo quedan por redactar “los proyectos de urbanización y parcelación”; es decir, por dónde se trazarán los viales y se ubicarán los edificios. El plan fue aprobado con los votos del PSOE, la abstención de PP, Vox y Ciudadanos, y la oposición de Mesa de la Ría y Adelante Huelva.

Gracias a las primeras campañas de excavación se documentaron decenas de tumbas tartésicas. En la denominada número 17, se halló el “ajuar más rico y singular de todos los de la necrópolis” y que incluía un carro tirado por dos caballos. El informe de los expertos lo detalla así: “Se ha interpretado como un carro de dos ruedas, debido a la presencia de dos tapacubos con cabeza de felino”. Fue desmontado antes de introducirse en la tumba. Entre sus elementos estaban ”los refuerzos del timón central, un cubilete de plata, el revestimiento del extremo de la lanza, una aljaba ―caja para las flechas―, pasarriendas, refuerzos decorados con rosetas, piezas caladas con decoración de palmetas, dos bocados de caballo y varillas de sujeción de bronce”.

En otra de las sepulturas se halló una arqueta de marfil. El conjunto incluye bisagras de plata, pasadores y esquineras de bronce que unen una armadura, en las que se disponen cuatro figurillas de formas egiptizantes también de marfil.

En 1999, se volvió a hacer una excavación de urgencia por la necesidad de construir un centro de salud en la base del cerro: se localizaron más tumbas y un ajuar de cerámica. No obstante, el abandono al que se ha visto sometida la zona ha provocado que haya sido visitada regularmente por expoliadores que, incluso, aprovechan las excavaciones oficiales para robar con más facilidad.

Los expertos que han realizado el diagnóstico arqueológico, dentro del Plan General de Investigación de la Zona Arqueológica de Huelva, denuncian que “los promotores del desarrollo urbanístico” (el Ayuntamiento) afirman que en la parte baja del cerro no hay restos arqueológicos, “lo cual, además de ser inexacto, es una suposición muy aventurada, máxime porque no habían podido tener en cuenta los trabajos arqueológicos de diagnóstico al no haberse entregado”.

Los especialistas en historia recuerdan que desde este otero se “observaba con nitidez el río Odiel, donde se localizó en el año 1923 el conocido Depósito de la Ría de Huelva, con espadas de bronce y otros objetos metálicos”. Eran “ofrendas sagradas a las aguas”. “Tampoco conviene olvidar”, añaden, “que desde este lugar se contempla la isla Saltés, de cuyo entorno proceden algunos exvotos, por lo que convendría considerarla un lugar de especial relevancia en este espacio fluviomarítimo, que habría tenido igualmente la consideración de sitio sagrado”. Proponen, por tanto, que la zona “quede totalmente liberada de cargas urbanísticas” y que se convierta en “área de interpretación patrimonial”.

“Pero al Ayuntamiento le da igual”, insiste Cotallo. “Ellos prefieren, en vez de conservar y poner en valor un yacimiento tartésico único, cuatro torres de pisos que lo destruirán y taparán. La destrucción por sistema del patrimonio onubense es una constante. ¿Es que nadie va a hacer nada?”.

¿Una nueva letra en el bronce de Novallas?

Un seguidor nos envía el siguiente enlace al diario Heraldo de Aragón, La S con pie, una letra sin suerte que desapareció del alfabeto (7/6/2021). La noticia es que un equipo de especialistas de las universidades de Zaragoza (Francisco Beltrán, Carlos Jordán y Borja Díaz) y Valladolid (Ignacio Simón) han identificado una nueva letra en el llamado Bronce de Novallas, el fragmento de una inscripción de 2.000 años de antigüedad que salió a la luz en julio de 2012. El estudio de la pieza constituye el último número, monográfico, del Boletín del Museo de Zaragoza, que podéis leer gratuitamente en pdf aquí.

Los Moralia in Job.

El Mercurio salmantino

El Área de Biblioteca Digital de la BNE ha realizado recientemente la digitalización de uno de los códices más importantes y voluminosos de la Edad Media hispana, los Moralia in Job de San Gregorio (Mss/80), fechado el 11 de abril del año 945 en el desaparecido monasterio de Valeránica, en la actual provincia de Burgos. El manuscrito fue copiado e iluminado por Florencio, cuyo nombre aparece en el colofón y en el laberinto del fol. 3r, un destacado artífice del que se conservan otros manuscritos, como la Biblia de San Isidoro de León de 960.  Posteriormente fue a parar a la catedral de Toledo, de dónde llegó a la BNE en 1869.

Las ilustraciones se concentran en los primeros folios, formando un conjunto de gran originalidad:letra alfa (fol. 1v), Cristo en majestad (fol. 2r),Crismón (fol. 2v), laberinto (fol. 3r)ypavo real (fol. 3v). El conjunto…

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Otra visión sobre Galdós, la enseñanza del latín y la Ratio Studiorum

El día 7 de este mes (hoy para mí, cuando estoy escribiendo) intervenía en este mismo blog mi colega Jesús Hernández Lobato con un comentario a uno de los Episodios Nacionales de Galdós para defender los métodos de enseñanza del latín de la Ratio Studiorum de la Compañía de Jesús. Lamentaba en su párrafo final la pérdida de tal sistema didáctico (el culpable, decía, era la llegada de la Filología Clásica tal como la conocemos, fruto de la ciencia alemana del XIX) y consideraba que el descenso de nivel del conocimiento del alumnado es la consecuencia del método de aprendizaje, que abandonó el uso del latín como lengua vehicular.

Ya alguna otra vez me he manifestado en este blog a este respecto y me voy a permitir disentir respetuosamente de la opinión de mi colega pormenorizando algunas cuestiones. No discutiré, obviamente, un hecho, el menor conocimiento del latín del alumnado actual con respecto a los comienzos del siglo XIX, pero sí quiero hacer dos matizaciones, una referente a la cuestión en sí y la otra a los motivos alegados por él del abandono de ese tipo de enseñanza. Empezaré por lo primero.

Tengo la sensación de que cuesta entender a efectos prácticos algo que todo el mundo acepta cuando habla del español o de otras lenguas romances: el español viene del latín. Las lenguas naturales son un producto histórico, una actividad biológica que no para de cambiar y evolucionar a medida que cambian y evolucionan sus hablantes, su cultura, su ciencia y su forma de comunicarse. Dicho de otro modo, esa lengua que llamamos latín es, prescindiendo de que su nombre haya cambiado (esa es una cuestión para otro rato), la lengua en la que está escrito este texto y la “nota tironiana” a la que me estoy refiriendo; eso sí, tal como la hemos alterado con el uso a lo largo de dos milenios después de Cicerón o Virgilio.

Si creemos que hay que estudiar latín en latín, yo diría que ya lo hacemos, pero con el latín de la época en que lo estudiamos. Por ejemplo, en Grecia no se estudia, que yo sepa, griego clásico en griego clásico. Ni sé de ningún lugar donde las clases de historia del español se den en la lengua del Mío Cid, de Don Juan Manuel o del Marqués de Santillana. Ni de ninguna universidad inglesa o americana donde un curso de anglosajón  se imparta en la lengua del Beowulf. La razón por la que el latín fue en Europa mucho tiempo la lengua de la cultura para sectores muy reducidos de la sociedad y en ámbitos muy concretos no es un asunto que se pueda tratar aquí en breve, pero nada tiene que ver con estudiar latín en latín.

El motivo por el que se estudia inglés en inglés o chino en chino, pero no latín en latín tiene, a mi juicio, que ver con otra cosa. Parafraseo una idea que suscribo plenamente y que explica de forma muy breve, pero a mi juicio acertada, un reconocido lingüista latino actual. En su Il latino. Breve introduzione linguistica (20042. Milano: Franco Angeli), con varias reediciones y una más reciente traducción al inglés (2014: Latin. A Linguistic Introduction. Oxford: University Press) Renato Oniga comienza usando a Quintiliano para exponer que el objetivo del aprendizaje gramatical es conocer la lengua correcta y comentar los textos poéticos (recte loquendi scientiam et poetarum enarrationem), pero añade que en la actualidad a esas dos viejas tareas en el aprendizaje de las lenguas se ha añadido una tercera. Ahora es precisa una distinción inicial entre el conocimiento de la lengua (sapere en la original italiana, knowledge en la versión inglesa) y la capacidad o habilidad para su uso (saper fare / skill). La enseñanza de las lenguas modernas tiende a proporcionar en primer lugar la capacidad para usarlas y solo después, y de forma pautada, va dotando al alumno de los conocimientos necesarios. El uso práctico propiciado por el comercio, el turismo o el contacto con los hablantes de esa lengua rigen ese modo de aprendizaje. Pero, añade Oniga, no hay ningún “país de lengua latina” con el que comerciar, ni hablantes, ni ofertas de trabajo en tal lugar, por lo que el modo de abordar la enseñanza del latín en este nivel ha de ser otro. El objetivo del estudio del latín no puede ser “parlare per fare” (“speaking in order to do“) , sino “leggere per capire” (“reading in order to understand“).

Y en ese orden de cosas, respecto al parlare per fare, ¿puede alguien pensar de verdad que con “el latín como lengua vehicular de la enseñanza” se podrían desarrollar los estudios actuales de física cuántica, de geometría algebraica no conmutativa, de la biología molecular que nos ha dado la vacuna que nos está empezando a liberar de esta horrible pandemia, etc., etc.? Se ha hecho en inglés o se podría hacer en el “latín de hoy”, porque la lengua de la que dispusieron en su momento Schrödinger, Eilenberg & Mac Lane o Watson & Crick y sus lectores y estudiosos era la de su época , la que había crecido con el mundo. Me atrevo a decir que tampoco se podría escribir hoy en latín la ciencia lingüística o literaria referente al latín, como sin duda opinaría el profesor Hernández Lobato, que escribe excelentes artículos y libros sobre el latín en “latín de hoy” o en inglés, lenguas naturales en su forma actual.

Así lo veo. Imaginemos una típica frase de mostrador de recepción de hotel de esas que aparecen en los métodos que se comparan con el propuesto para el latín: “¿Podría pedirme por teléfono un taxi para ir al aeropuerto? He leído en internet que hay una avería eléctrica y no funciona la línea de Metro”. Yo, desde luego, no perdería un minuto en tratar de enseñar a mis alumnos a decirlo en latín, entre otras razones porque no sabría hacerlo (ni creo que se pueda), pero agradezco que los métodos de inglés o de chino me enseñen cómo decirlo en esas lenguas.

Y voy al otro asunto: “el culpable”. No voy a erigirme yo ahora en defensor de Wölf, de Böckh, de Wilamowitz, de Lachmann, Mommsen, Wölfflin… y toda una lista interminable de estudiosos a los que debemos la conversión en ciencia de nuestra filología. Sería pretencioso y expletivo. A mí se me ocurre que sin ellos el estudio del latín en la actualidad estaría entre un divertido diletantismo y un epígrafe de la romanística.

Dice Jesús que en los apenas 45 años que median entre lo que Galdós cuenta y el momento en que lo cuenta “ese breve lapso de tiempo bastó para desmantelar la exitosa y arraigada metodología de enseñanza del latín que había estado vigente durante siglos, magistralmente teorizada por Comenio (justamente considerado el “padre de la didáctica” moderna) y llevada a su perfección por la Ratio Studiorum jesuítica”.

Voy por partes. En los años en los que mi colega sitúa esa lamentable pérdida, pasaron demasiadas cosas en el mundo occidental (y en el oriental) como para no decir nada de ello. La clave no creo que esté en el abandono de un sistema, sino en qué lo pudo provocar, en este caso el cambio brutal que la sociedad experimentó y que replanteó las necesidades educativas y las analizó desde una perspectiva muy diferente. Aunque no sea este el lugar para comentar algo tan complejo, sí considero oportuno recordar que en ese tiempo la revolución industrial que comenzó en la Inglaterra del final del XVIII se va a extender vertiginosamente por Europa en el XIX, dando lugar al trasvase del poder económico de la aristocracia terrateniente al gran capitalismo de una nueva clase social: la alta burguesía. En “ese breve lapso de tiempo” precisamente se proclama la Segunda República Francesa, con lo que acarreó en el plano cultural, comienzan los primeros tratados de comercio y las regulaciones aduaneras, se desarrolla la Guerra de Italia que da lugar a su unificación y al “Risorgimento”, nace la Prusia de Bismark y la formación de la nueva Alemania, tiene lugar la Guerra de Crimea, la guerra austro-prusiana, la intervención internacional en México, la migración de decenas de millones de europeos a América, la Guerra de Secesión y la formación de los EE.UU. tal como los conocemos, etc., etc. Y en otro orden de cosas, en ese siglo XIX se crean una gran cantidad de nuevas universidades, entre ellas nombres tan conocidos como Londres, Gante, Amsterdam, Friburgo, Munich, Bonn, Berlin, Bruselas, Lieja, Toulouse, incluso Madrid (1836); es la época en la que se escriben obras o se realizan descubrimientos que cambian el rumbo de la ciencia y de la sociedad (Darwin, Edison, Bell, Daguerre, Pasteur, etc.). Todo de la mano de grandes cambios sociales (abolición de la esclavitud, sufragio universal para los hombres, porque el de las mujeres no llegaría hasta el XX, etc.), por lo que no mencionaré lo que en el terreno de la filosofía y la sociología supuso todo esto.

¿Puede alguien pensar de verdad que esos acontecimientos juntos no implicarían cambios profundos en los métodos de la enseñanza y en la extensión de la educación? Pues imaginemos, sin extendernos más, lo que deberíamos añadir si agregamos el siglo XX y lo que llevamos de XXI, con dos guerras mundiales, la destrucción y la reconstrucción de Europa, la revolución científica y la actual tecnológica, la globalización.

La ciencia alemana del XIX fue en buena parte el resultado de todo eso, no la causa primera de ningún mal del latín. Pero es que además hay que hacer notar que desde que el mundo comenzó a cambiar en el Renacimiento, todo eso había empezado a cambiar también, no por obra de la ciencia alemana del XIX. Comenio, al que se cita, había publicado ya en 1658 su Orbis sensualium pictus en riguroso bilingüe, para enseñar latín desde el alemán. En nuestro país, la gramática latina de Juan de la Cerda, citado también por Jesús Hernández, aparecida a finales del XVI, tiene el castellano como la lengua directriz y a partir de ahí casi todas las gramáticas latinas están ya escritas en castellano. Incluso en alguna de ellas, como en la de Bartolomé de Alcázar, de 1683, se dice en su título que sus reglas están “recogidas con methodo facil, breve, y accomodado a los tiernos años de los que estudian latinidad en las escuelas de la Compañia de Jesús“, a las que mi compañero de tareas se refería.

Dicho de otra forma, no fue cosa de alemanes decimonónicos, sino de que, como ya anunciaba con cierta tristeza D’Alembert en su Discours préliminaire de La Enciclopedia: “Al reparar en que nuestro idioma se ha infiltrado por toda Europa nos hemos convencido de la conveniencia de sustituir el latín como vehículo de expresión de los sabios […] La recuperación del latín sería una noticia magnífica, pero no tengo la menor esperanza de que ocurra […] Y de la misma manera que en el siglo de Plinio, pese a la decadencia generalizada, se escribieron las obras de Quintiliano y Tácito, que la generación anterior quizá no hubiese podido componer, nuestro siglo también entregará a la posteridad obras de las que uno puede enorgullecerse con justicia”

Desde el Renacimiento, el surgimiento del mundo moderno dio al traste de forma progresiva con el latín como lengua de la ciencia o como lengua escrita de la diplomacia, del derecho o de las letras. Como lengua hablada llevaba mal de mil años cambiando. Incluso grandes figuras del Renacimiento y de siglos posteriores que conocían muy bien el latín dejaron de usarlo salvo para aquellos fines que les permitían llegar a ciertos sitios. Petrarca hacía juegos florales escribiendo Africa, pero escribía sus inmortales sonetos en italiano.  Milton solo escribe en latín los textos políticos que quiere que le lean en Francia los intelectuales que no hablan inglés, pero no El paraíso perdido. La educación que el latín le proporcionó a Lope de Vega, a Calderón o a Quevedo no les impulsó a escribir su teatro y su poesía en la lengua de Plauto. Y así sucesivamente.

Hablando de ese declive del latín, dice N. Ostler con esa retranca de humor inglés, “un gran inconveniente fue la pequeña cuestión de quién lo sabía”, porque, aunque el conocimiento del latín estaba generalizado, lo estaba solo entre los estratos más altos de la población y entre hombres. Cuando, sobre todo a partir del XIX, la educación se amplió a grandes segmentos de la población, incluyendo las mujeres, cuando ya desde el siglo XVII el poder va pasando de las élites a ciertos estratos más amplios de la población y alejados de instituciones como la Iglesia, los defensores del latín no lo fueron precisamente de su extensión social ni de la extensión de los privilegios que lo acompañaban.

Pero vuelvo a hoy y al latín de hoy, que era lo que a buen seguro preocupaba a Jesús Hernández. Mi humilde experiencia me dice que en la época en que yo estudié (no tan lejana como se pueda creer) se llegaba con más nivel de latín al final de nuestros estudios, pero no se debía a que nuestros maestros nos dieran las clases en latín, sino a que llegábamos a la universidad con cinco años de latín y tres de griego de clase diaria en los institutos y hacíamos lo mismo en los cinco años de universidad. Y nuestros maestros nos enseñaban un latín que no les había enseñado el obispo Comenio ni el padre De la Cerda, sino Kühner-Gerth, Kühner- Stegmann, Ernout-Thomas, Lejeune, Niederman y tantos otros. Y al igual que la reciente sintaxis de Pinkster (2015-2021), no estaban escritas ni en griego ni en latín, sino en alemán, francés, inglés, italiano, español, etc.

Estoy plenamente convencido de que ahora, en conjunto, sabemos más griego clásico y latín, muchísimo más, del que sabían en época de Galdós y en los siglos anteriores. Pero los libros y los artículos que se publican y que hacen aumentar esa ciencia están escritos en nuestras lenguas de ciencia, que ya no son el latín antiguo, y con métodos más desarrollados. Y de esos libros es de los que extraemos con la perspectiva de nuestro mundo la mayor parte de lo que aprendemos sobre la lengua y la literatura latina. Sin olvidar, claro está, que seguimos extrayendo del olvido nuevos textos en latín, pero que, no lo perdamos de vista, eso es fruto de los esfuerzos previos de ediciones y métodos de trabajo que se han desarrollado a partir de esas “modas científicas” a las que parece atribuirse la desaparición de esa metodología con la que “hemos salido perdiendo”.

John de Salisbury atribuye en su Metalogicon (III, 4) a Bernardo de Chartres esa frase que corre por ahí muchas veces sin padre aparente o con falsas atribuciones: “Dicebat Bernardus Carnotensis nos esse quasi nanos, gigantium humeris incidentes, ut possimus plura eis et remotiora videre…

Agustín Ramos Guerreira

P.D.  He usado un par de libros de la estantería. Por si a alguien le son útiles alguna vez:

ONIGA, Renato (20072): Il latino. Breve introduzione linguistica. Milano: Franco Angeli, (Versión inglesa: [2014]: Latin. A Linguistic Introduction. Oxford: University Press)

OSTLER, Nicholas (2007): Ad infinitum. A Biography of Latin. New York: Walker & Company.

SÁNCHEZ RON, José Manuel: El poder de la ciencia. Historia social, política y económica de la ciencia (siglos XIX y XX). Barcelona: Crítica.

TORNÉ, Gonzalo (2017) : Breve antología de las entradas más significativas del magno proyecto de La Enciclopedia que dirigieron  Diderot y D’Alembert y que fue uno de los hitos de la Ilustración. Barcelona: Debate.

Salamanca, nueva capital del mito

El equipo Ludi Salmanticenses, del IES Francisco Salinas de Salamanca, ha conseguido el primer premio en la X Gymkhana “Madrid, capital del mito”, de ámbito nacional, organizado por la Asociación de Profesores de Griego, Latín y Cultura Clásica de la Comunidad de Madrid. Visita el twitter del instituto.

Este año, ante la imposibilidad de llevar a cabo las salidas habituales con nuestros alumnos, tanto las que ofrece el Ayuntamiento de Salamanca como las de otras entidades culturales: museos, archivos, yacimientos arqueológicos, villas romanas… debido a la pandemia, en el IES Francisco Salinas, y en concreto en los departamentos de Latín y Griego, nos planteamos la posibilidad de realizar alguna actividad alternativa que fomentara el acercamiento de nuestros jóvenes al mundo clásico y su interés por el mismo.

Además de inscribirnos en el Concurso de Fotoclásica, el Certamen Ciceroniano y el Esfinge de los que somos fieles seguidores, se nos dio la oportunidad de intervenir en una gymkhana, promovida por una asociación de profesores de latín y griego de Madrid que todos los años propone (solo para la Comunidad de Madrid) este reto de tema mitológico.

Con gran generosidad por su parte, este curso la asociación Madrid, Capital del mito, lo hizo extensivo a todo el territorio nacional.

De este modo nos inscribimos antes de Navidad.

La gymkhana está orientada hacia alumnos de 1º de Bachillerato, de 4º de ESO y en Castilla y León, también hace partícipe a los de 2º de ESO.

El reto engloba varias pruebas, cuatro, una por mes, desde enero hasta abril.

Cada una de ellas se subdivide en otros tantos desafíos que hay que ir superando para avanzar en ese camino que nos conduce por el laberinto de los mitos a un conocimiento más profundo y creativo sobre la Antigüedad clásica.

Destacaré las más llamativas:

-en enero, por ejemplo, se nos pidió que buscáramos una pintura de tema clásico para recrearla disfrazados acto seguido. Para ello trabajamos con diversos cuadros. Finalmente enviamos nuestra representación personal de un bellísimo cuadro de Francesco Albani sobre el Juicio de Paris.

En la segunda tuvimos que desarrollar una escena sobre la tragedia Edipo Rey, de Sófocles, mediante la decoración de unas mascarillas. Unas ingeniosas incisiones laterales en ellas nos permitieron usar debajo otra mascarilla quirúrgica, de modo que nos protegíamos y además mostrábamos nuestro trabajo de manera impecable.

En la tercera prueba tuvimos que realizar una canción de tema mitológico. Orfeo y Eurídice nos ofrecieron un momento de musicalidad sugerente. Seguro que el Maestro Francisco Salinas nos inspira en estos menesteres, pues no en vano estudiamos en el centro que lleva su nombre.

En la cuarta, tuvimos que hacer publicidad de un sitio arqueológico cercano. No hubo dudas. El Puente Romano fue el lugar escogido para grabar nuestro anuncio.

Además de estas pruebas, que han sido las más complicadas, tuvimos que afrontar otras que consistieron en adivinanzas, crucigramas, elaboración de memes, búsqueda de datos diversos…

Nada hubiera sido posible sin el trabajo en equipo, pues hemos valorado y consensuado todos los retos como si fuésemos estrategas en un campo de batalla y por supuesto, sin la colaboración entusiasta de nuestros alumnos que a todo se prestaron con interés, curiosidad y alegría.

Ha sido fundamental para llevar a buen puerto nuestro trabajo el apoyo de la Dirección del Centro y de varios departamentos como el de Música, que nos prestó su aula insonorizada para las distintas grabaciones, el de Tecnología, que nos indicó algunas formas de fusionar las imágenes con la música, y el del Ciclo Formativo de Pastelería, cuyo menaje, en concreto las tapaderas de sus cazuelas, sufrió el asalto de una falange de hoplitas que requerían esos escudos gastronómicos.

He de decir que los retos no fueron fáciles y la calidad de los trabajos de los demás centros participantes supuso un acicate para plantear las pruebas con mucha reflexión.

Ahora, al terminar y hacer balance, el que nos hayan hecho acreedores del primer premio representa un gran honor y una enorme satisfacción y nos alienta a seguir creciendo por la senda que han marcado nuestras fecundas disciplinas del saber clásico.

Podemos afirmar sin miedo a equivocarnos que este año Salamanca se ha convertido en la capital del mito.

Cristina González Díez

Amelia Montiel Ruiz

Marian Sierra Sánchez

Dptos. Latín y Griego IES Francisco Salinas en Salamanca capital.

Os dejamos algunas muestras más de los trabajos:

Galdós, el Colegio Imperial y la enseñanza del latín

Después de que los estragos de la crisis sanitaria deslucieran las celebraciones del centenario de la muerte de Benito Pérez Galdós (1843-1920), merece la pena revisitar su extensísima obra narrativa. En el capítulo decimotercero de una de las novelas que componen sus justamente célebres Episodios nacionales (concretamente la titulada Un faccioso más y algunos frailes menos) hallamos un testimonio de excepción sobre la manera en que se enseñaba el latín hasta bien entrado el siglo XIX en uno de los centros educativos más prestigiosos de toda España: el Colegio Imperial de la Compañía de Jesús:

En aquellos tiempos, ¡oh tiempos clásicos! todo se estudiaba en latín, incluso el latín mismo, y era de ver la gran confusión en que caía un alumno novel, cuando le ponían en la mano el Nebrija con sus reglas escritas en aquella misma lengua que no se había aprendido todavía. Poco a poco iba saliendo del paso con el admirable método de enseñanza adoptado por la Compañía, y acostumbrándose al manejo del Calepino para los significados castellanos, y del Thesaurus para la operación inversa, pronto llegaba a explicarse como Quinto Curcio o Cornelio Nepote. Las lecciones se daban en latín, y para que los chicos se familiarizasen con la lengua que era llave maestra de todo el saber divino y humano, hasta se les exigía que hablasen latín en sus conversaciones privadas, de donde vino esa graciosa latinidad macarrónica, que ha producido inmenso centón de chistes, y hasta algunas piezas literarias, que no carecen de mérito, como la Metrificatio invectivalis de Iriarte y las sátiras políticas que se han hecho después. Si Horacio y Cicerón hubieran, por arte del Demonio, salido de sus tumbas para oír como hablaban los malditos chicos del Colegio Imperial, habría sido curioso ver la cara que ponían aquellos dignos sujetos. A cada instante se oía: Quantas habeo ganas manducandi!… Carissime, hodie castigavit me Pater Fernández (vel á Ferdinando), propter charlationen meam… ¡Eheu, paupérrime! ¿Ibis in calabozum?… Non; sed fugit meriendicula mea. Dum tu chocolate bollisque amplificas barrigam tuam, ego meos soplabo dedos. Guarda mihi quamquam frioleritam.

Frontispicio de la edición lionesa de 1619 del primer tomo del comentario virgiliano de Juan de la Cerda

El Colegio Imperial de Madrid (actual Instituto de San Isidro) se había distinguido desde su fundación en 1569 bajo los auspicios de Felipe II como un centro de excelencia científica y formativa. De sus aulas salieron alumnos tan insignes como Lope de Vega, Quevedo y Calderón de la Barca. En lo relativo a los estudios clásicos auspició el nacimiento de una de las cumbres indiscutibles de la filología española: la monumental edición y comentario de la obra de Virgilio llevada a cabo por el jesuita toledano Juan Luis de la Cerda (1558-1643), un hito de alcance internacional en los estudios sobre el poeta mantuano que sigue siendo —cuatrocientos años después— de obligada consulta.

Detalle del Colegio Imperial de la Compañía de Jesús en el plano de Pedro Texeira de 1656
Vista actual desde la Plaza Mayor de Madrid

Lo que Galdós está describiendo, con sus imprescindibles dosis de humor y casticismo, es el método educativo heredado de la mejor tradición didáctica del Humanismo italiano, posteriormente sistematizado por la Ratio Studiorum de la Compañía de Jesús (el detallado plan de estudios que desde 1599 regulaba las enseñanzas impartidas en los colegios jesuíticos diseminados por todo el planeta). Entre otras cosas, la Ratio Studiorum establecía el latín como lengua vehicular de la enseñanza, de acuerdo con un método de inmersión lingüística en todo semejante al que hoy en día sigue aplicándose con éxito a la docencia de las lenguas modernas. Además, secuenciaba cuidadosamente el proceso de aprendizaje, primando en todo momento las aproximaciones inductivo-contextuales y la práctica activa de la lengua a través de ejercicios o progymnasmata (tales como resúmenes, paráfrasis, preguntas de comprensión, variaciones sinonímicas, imitaciones estilísticas etc.), debates, concursos de composición en prosa o en poesía, etc. En particular, los colegios jesuíticos eran conocidos por su uso pedagógico del teatro: cada año se escribían y representaban un sinfín de dramas latinos, que permitían llevar a escena todo lo aprendido, al tiempo que estimulaban la creatividad de docentes y discentes.

Esa inmersión lingüística, como nos revela el texto de Galdós, no se restringía a las aulas, sino que estaba vigente en todo el espacio escolar, incluidos los recreos. No se trata de ninguna novedad de los jesuitas: en colegios de toda Europa era una práctica habitual reclutar alumnos-espías (chivatos, de toda la vida) para que delataran a los compañeros que no estuvieran hablando en latín, tal como prescribían las normas. Se los conocía con el nombre latino de Corycaei o lupi. Lógicamente algunas de esas conversaciones informales entre alumnos (especialmente entre los menos avezados) podían acabar siendo tan macarrónicas como las que recrea tan gráficamente Galdós, exactamente igual que las que hoy pueden escucharse en los campamentos intensivos de inglés o alemán que de tanta aceptación gozan entre los padres deseosos de promover socialmente a sus hijos (o de librarse de ellos durante un tiempo, otra causa igualmente noble). Lo importante era que la práctica de la lengua no decayera en ningún momento. Con este fin, los humanistas más egregios del momento (Erasmo, Juan Luis Vives, Jacobo Pontano, etc.) consagraron sus esfuerzos en componer un sinnúmero de Colloquia familiaria, una suerte de manuales de conversación latina que ayudasen a los alumnos a utilizar la lengua del Lacio en todo tipo de situaciones. Muchos de ellos, tan amenos y vivaces como cabe imaginar, pueden leerse en esta página web.

La acción de la novela que acabamos de citar transcurre entre 1832 y 1834. Galdós la escribió en 1879, esto es, apenas 45 años después de los hechos en ella relatados. Ese breve lapso de tiempo bastó para desmantelar la exitosa y arraigada metodología de enseñanza del latín que había estado vigente durante siglos, magistralmente teorizada por Comenio (justamente considerado el “padre de la didáctica” moderna) y llevada a su perfección por Ratio Studiorum jesuítica. Llama la atención que para Galdós ese tipo de prácticas pedagógicas resultaran ya algo lejano, casi olvidado. La causa de ese abandono fue la implantación de las nuevas modas científicas importadas de Alemania, que trajeron consigo la creación de la Filología Clásica tal y como (para bien y para mal) hoy la conocemos. En lo concerniente a las metodologías didácticas, como demuestra el vertiginoso descenso del conocimiento efectivo del latín y del griego por parte de los alumnos, todo parece indicar que hemos salido perdiendo con el cambio.

Jesús Hernández Lobato

Las 10 joyas imprescincibles del Museo Arqueológico Nacional

No por ser piezas muy conocidas renunciamos a contemplar las fotos -siempre de extraordinaria calidad- que ofrece National Geographic Historia de las 10 joyas imprescindibles del MAN; de algunas solo sabemos que pertenecen al Archivo del Museo, de otras podemos dar los nombres de sus autores: Santiago Relanzón, Ángel Martínez Levas, Lorenzo Plana y Gabriel López Pérez.

La caída

Considero la mitología griega una fuente inagotable de inspiración para mis relatos, puesto que, además de ser historias bellísimas de gran profundidad, también son el reflejo de la propia humanidad. Así, les invito a leer mi relato La Caída, el cual interpreta el mito de las figuras de Pandora y Epimeteo.

Bárbara Muñumer

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