CITAS CLÁSICAS, ALUSIONES Y REFERENCIAS LITERARIAS EN “PRIMAVERA EXTREMEÑA” DE JULIO LLAMAZARES

Acabo de leer el último libro de Julio Llamazares (Vegamián, León, 1955), autor al que descubrí durante el tercer curso de Clásicas en Salamanca, porque La lluvia amarilla (Barcelona, Seix Barral, 1988) era una de las lecturas recomendadas por el profesor Ricardo Senabre en aquella asignatura que nos amenazaba desde su nombre de Crítica Literaria. Y me encantó; disfruté del ritmo de su prosa y de la sensibilidad que mostraba ante los paisajes que ofrecía la naturaleza. Desde entonces he seguido a Julio Llamazares, que en sus novelas, artículos y libros de viajes siempre me resulta sereno, sugerente y amigo, y también muy cercano en su poesía primera (La lentitud de los bueyes, Memoria de la nieve (Madrid, Hiperión, 1985).

En noviembre de este 2020 llega a las librerías Primavera extremeña (Madrid, Alfaguara, 2020), libro en el que recoge su estancia en un lugar apartado de la sierra de Cáceres cerca de Trujillo donde el autor se vio obligado a pasar los meses de confinamiento, entre marzo y mayo, decretados por el gobierno a causa de la pandemia. Es un libro breve, de apenas 120 páginas, dividido en 25 capitulillos de dos o tres páginas cada uno entre los que se insertan unas preciosas acuarelas de un pintor alemán afincado en aquellos parajes hace tiempo, Konrad Laudenbacher, que aportan al contenido y a la cadencia de la prosa el complemento de cielos, colinas, árboles y animales con los colores desvaídos de la disolución en agua: azules, verdes, grises, ocres.  Una edición preciosa.

Como no podía ser de otro modo en un espíritu sensible, el autor describe gradualmente y de manera simultánea la explosión de la naturaleza en la sierra y la triste evolución de la enfermedad en el resto del país, y desarrolla el sentimiento contradictorio de encontrarse en medio de tanto dolor y desasosiego general, de tanta incertidumbre, ante el espectáculo de una primavera espléndida, lluviosa y generosa hasta el extremo. Cada capítulo es como un pequeño cuadro que empieza con una anécdota, un paseo a los pueblos cercanos en busca de provisiones, un cumpleaños, y termina con una reflexión general sobre la pandemia y las catastróficas consecuencias en el ritmo de vida de la gente. He empleado a propósito la expresión “pequeño cuadro” porque eso es los que me parecen, idilios (εἰδύλλια) a la manera de aquellos poemas de Teócrito, esos que dibujan un locus amoenus en el que unos personajes viven, sufren y se enamoran, pastores normalmente, y que más adelante Virgilio sublima a la categoría canónica más alta de sus diez Eclogae.

Así, desde esta primera impresión de apartamiento y bucolismo, de retiro consciente e integración de la naturaleza, no extrañan las alusiones, citas y referencias a lecturas, obras y escritores que acompañan al autor en su camino interior, trayecto que transcurre paralelo a los paseos por los límites de la finca y  los alrededores de la sierra. Me propongo, pues, brevemente exponer la literatura que de manera explícita podemos encontrar en estas poéticas páginas de Primavera extremeña.

No es el primero, desde luego, Julio Llamazares, en apuntar al Decamerón de Bocaccio, en constatar el paralelo entre la enfermedad que se abate sobre un estadio de civilización autocomplaciente y urbana y el exilio campestre que conlleva una revalorización de los sentidos primarios y del placer de los relatos orales y la literatura como modo de evasión. Del mismo modo el autor leonés siente su estancia en la sierra cacereña, alejado de Madrid, y experimenta el recelo de los lugareños (págs. 21 y 51). La casa en la que vive y que define explícitamente como “la casa del Decamerón” le parece incluso un arca de Noé, un refugio seguro frente al cataclismo exterior.

También (pág. 13) un autor moderno como el italiano Dino Buzzati (1906-1972) le sirve al narrador para subrayar el desasosiego y el desconcierto de la vida y la cultura ante un enemigo común y poderoso, aún no llegado pero inminente, por inevitable y amenazante. La obra que el refugiado evoca como espejo y en la que encuentra una explicación alegórica a la situación presente es El desierto de los tártaros. Y es que la literatura ayuda, no hay duda, a comprender el mundo.

Pero es en la página 19 donde nos encontramos con la única cita textual de la obra, honor que corresponde, como no podía ser menos, a los cinco primeros versos de la Ecloga I de Virgilio: Tityre, tu patulae recubans sub tegmine fagi/ … Son expresamente citados en latín y acompañados de su traducción en verso, quizá la de Espinosa Pólit. El narrador confiesa citar de memoria y se retrotrae a los días del colegio en que estudió de niño. Si ello es cierto ¡qué tiempos aquellos en que se leía a Virgilio en las aulas de las escuelas! Provoca envidia comprobar el poso que dejaron en los alumnos que los recitaron. Son sin duda esos conocimientos perdurables, que defendemos muchos que nos dedicamos a la docencia, los que deben primar sobre otros considerados útiles según modas y tiempos. Otro autor leonés, Andrés Trapiello, cuenta en un precioso poema (Capricho extremeño, 2011, pág. 173-75) que hizo esculpir en el dintel de su casa, también en la sierra cacereña, un verso de las Geórgicas. Curioso hilo este que hilvana a ambos escritores con Extremadura y con Virgilio.

Otras referencias literarias son al poeta Rilke (pág. 47) y su alabanza del cielo estrellado como el mejor libro del mundo, al también poeta T. S. Eliot, del que recuerda aquellos famosos versos pertenecientes al poema La tierra baldía: Abril es el mes más cruel … ante las pertinaces lluvias de abril en la sierra (pág. 50), y  de nuevo otra vez al mundo clásico (pág. 55); pero aquí no cita a un autor antiguo sino la recreación que el escritor de origen griego y residente en Suecia Theodor Kallifatides realiza de la guerra de Troya en su preciosa novela El asedio de Troya (Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2020), que le sirve para trazar una línea que comunica la Troya homérica con la guerra actual contra la enfermedad a través de la evocación al dolor, al sufrimiento y a la resistencia que una maestra sabe inocular a sus jóvenes alumnos durante los bombardeos nazis mediante la lectura de la Ilíada.

Precioso libro, pues, este último de Julio Llamazares que hace buenos aquellos  dos magníficos aforismos del navarro Ramón Eder: “La vida es una ficción basada en hechos reales” y “Escribir es citar citando al autor o sin citarlo”. Recomendación plena.  A disfrutar de Extremadura.

Manuel Andrés Seoane Rodríguez

Adriano en La 2

Rosa Rubio y otros colaboradores nos envían el enlace a un documental sobre Adriano que emitió La 2 hace unos días y que se puede ver aquí hasta el 6 de diciembre.

El Coliseo: el Lego más grande del mundo

Hoy, 27 de noviembre, como nos informa Tomeu Obrador, Lego saca a la venta el Coliseo, una caja espectacular con más de 9000 piezas, para mayores de 18 años. El precio es de 499 euros; caro, sin duda, pero no tanto si tenemos en cuenta el diseño que hay detrás y las horas de entretenimiento que proporciona. El caso es que ya antes de salir a la vent está agotado. Os aconsejamos visitar en Instagram la animación que sirve de publicidad a su lanzamiento.

Descubierto uno de los palacios de Calígula en Roma

Manuela y Mª Ángeles Martín Sánchez nos envían el enlace a esta noticia publicada en El Confidencial el 18 de noviembre: Hallan el palacio perdido de Calígula: un jardín exótico lleno de animales salvajes. El palacio, en el entorno de la actual plaza Vittorio Emanuele, fue construido en los Horti Lamiani, fundados por el cónsul Elio Lamia, amigo de Tiberio. Ahora las excavaciones han revelado la estructura de este jardín, donde además de plantas exóticas, vivían animales salvajes y probablemente tenían lugar distintos espectáculos. De hecho, se han encontrado huesos pertenecientes a la pata de un león, varios dientes de diferentes especies de osos, restos de avestruz y varios esqueletos de ciervo. A Filón de Alejandría debemos la descripción del lugar (Leg. 351. 359, 368)

Podéis leer también lo publicado al respecto en Historia National Geographic (19 de noviembre)

De Ulises a Telémaco

Para abrir boca para el coloquio de esta tarde, Acercar los clásicos al siglo XXI, Diego Corral nos envía el siguiente poema de Joseph Brodsky:

De Ulises a Telémaco

Querido Telémaco,
la Guerra de Troya
ha terminado. No recuerdo quién venció.
Los griegos, deben ser: los griegos, quién si no,
pueden dejar en tierra extraña tantos muertos…
De todos modos, el camino que me lleva al hogar
resulta que se alarga demasiado.
Como si Poseidón, mientras perdíamos el tiempo,
hubiera dilatado el espacio.
Ignoro dónde estoy y lo que veo ante mí.
Al parecer, una isla, sucia, arbustos,
casas, gruñir de cerdos, un jardín
abandonado, cierta reina, hierba y pedruscos…
Telémaco, querido, en verdad
todas las islas se parecen una a otra
cuando es tan largo el viaje: el cerebro ya
va perdiendo la cuenta de las olas,
el ojo, tiznado de tanto horizonte, echa a llorar,
la carne de las aguas obtura el oído.
No recuerdo ya cómo acabó la guerra,
ni cuántos años tienes hoy recuerdo.

Hazte hombre, Telémaco, y crece.
Sólo los dioses saben si hemos de encontrarnos.
Tampoco ahora ya no eres el chiquillo
ante el cual detuve aquellos toros.
Hoy, de no ser por Palamedes, estaría a tu lado.
Pero tal vez sea mejor así: pues sin mí
te has librado de los males de Edipo,
y en tus sueños, Telémaco, ignoras el pecado.

De:  «No vendrá el diluvio tras nosotros»  – Antología 1960-1996.

Traducción de Ricardo San Vicente 

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