Los números de 2015

Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2015 de este blog.

Aquí hay un extracto:

La sala de conciertos de la Ópera de Sydney contiene 2.700 personas. Este blog ha sido visto cerca de 20.000 veces en 2015. Si fuera un concierto en el Sydney Opera House, se se necesitarían alrededor de 7 presentaciones con entradas agotadas para que todos lo vean.

Haz click para ver el reporte completo.

Anuncios

Feliz Año Nuevo, en versos de Ovidio traducidos por Juan Antonio González Iglesias

-¿Por qué, si voy a honrar a otras divinidades,

te ofrendo incienso y vino a ti, Jano, el primero?

-Porque gracias a mí, que guardo los umbrales

podrás tener acceso a los dioses que quieras

-Y ¿por qué, se pronuncian siempre frases alegres

en esta fiesta tuya del Primero de Enero

y nos felicitamos los unos a los otros?

Habló el dios, apoyando en el bastón su diestra:

-En los principios suelen hallarse los presagios.

La primera palabra se escucha con respeto,

y el augur profetiza con el ave primera.

Ahora están abiertos los templos de los dioses

igual que sus oídos, así ningún deseo

que formulen las lenguas, quedará sin cumplirse.

Ahora tienen peso las cosas que decimos.

Terminó de hablar Jano. Yo sin mucho silencio,

rocé con mis palabras sus últimas palabras:

-Qué anhelan los regalos, dátiles, higos secos,

miel que destella en tarros blancos como la nieve?

-Son presagios que buscan que ese sabor perdure

y que el año que empieza transcurra con dulzura.

 

Los Fastos estaban redactados

en torno al año 8 antes de Cristo.

Ovidio

quiso que fueran el calendario poético de Roma,

en el que se cantan sus fiestas y sus dioses.

Juan Antonio González Iglesias

ha traducido

el fragmento que se extiende entre los versos 171 y 188

del libro primero, siguiendo

-salvo en una palabra-

el texto publicado en 1508 por Giovanni Tacuino en Venecia

que se conserva

en la Biblioteca Histórica de la Universidad de Salamanca.

Virgilio y Juan Antonio González Iglesias nos felicitan la Navidad

Feliz Navidad

os desea el equipo de Notae tironianae, que relaja su actividad durante estos días.

La Bucólica Cuarta fue escrita en el año

713 desde la Fundación de Roma, 40 antes de Cristo.

Belleza y misterio nutren el poema

más profético de la Antigüedad,

que anuncia el nacimiento de un niño maravilloso.

Con estas palabras presenta Juan Antonio González Iglesias el poema de Virgilio que los cristianos consideraron una profecía del nacimiento de Jesús. Él lo tradujo en diciembre de 2007 para felicitar la Navidad a sus amigos. Con el mismo propósito lo compartimos aquí con nuestros seguidores.

 

VIRGILIO

BUCÓLICA IV

Ahora cantemos, Musas sicilianas,

temas algo más nobles, que no a todos

les gustan los arbustos y los simples

tamarindos. Si vamos a cantar

los bosques, sean los bosques que merece

un cónsul. Viene ya la última época

que el poema de Cumas anunciara.

Está naciendo de lo no tocado

una grandiosa sucesión de siglos.

Ya regresa la Virgen, ya regresan

los reinos de Saturno, ya nos mandan

nueva progenie desde el alto cielo.

A este niño que está naciendo ahora,

bajo el cual por primera vez la estirpe

de hierro acabará y en todo el mundo

surgirá la de oro, sí, a este niño,

dale tu apoyo tú, casta Lucina:

ya está reinando tu querido Apolo.

Esta gloriosa era empezará,

Polión, en tiempo de tu consulado.

Comenzarán a desfilar los meses

conducidos por ti, meses magníficos.

Si de nuestra maldad queda algún resto,

será borrado y todas las naciones

quedarán libres del eterno miedo.

Él tomará la vida de los dioses,

con los dioses verá mezclarse a héroes,

y él mismo será visto junto a ellos,

y un mundo en paz gobernará con esas

virtudes heredadas de su padre.

Para ti, niño, irá dando la tierra,

sin que nadie la haya cultivado,

sus pequeños regalos, sus primicias:

hiedras errantes por doquier con bácar,

y colocasia entre el alegre acanto.

Al redil volverán las cabritillas

por sí solas, con ubres rebosantes,

y ya no tendrán miedo los rebaños

de los enormes leones. Y tu cuna

para ti hará que broten tiernas flores.

Morirá la serpiente, morirá

la mentirosa hierba del veneno.

Brotará en cualquier suelo amomo asirio.

Tan pronto puedas leer las maravillas

de los héroes, las gestas de tu padre,

y sepas la virtud y su secreto,

se irá tornando rubia la campiña

de espigas blandas, colgará uva roja

en las zarzas bravías, y las duras

encinas gotearán miel cual rocío.

Mas sobrevivirán algunas huellas

de aquella culpa antigua: ordenarán

tentar a Tetis con embarcaciones,

rodear de murallas las ciudades

y cavar surcos en el suelo fértil.

Otro Tifis habrá y habrá otra Argos

para llevar a los mejores héroes,

habrá otra guerra y será enviado

el magno Aquiles otra vez a Troya.

Después, cuando la edad más vigorosa

te haya hecho un hombre, se retirará

el navegante mismo de los mares,

dejarán el comercio los bajeles,

y de todo darán todas las tierras.

No sufrirán los campos más arados,

ni las vides más hoces, el robusto

labrador quitará el yugo a los bueyes,

no aprenderá la lana más el arte

de mentir con colores diferentes,

será el propio carnero el que en los prados

cambiará su vellón süavemente

a múrice rojizo, a azafranada

gualda, y el minio por naturaleza

vestirá a los corderos mientras pacen.

Siglos tan prodigiosos, —les dijeron

las Parcas a sus husos— corred ya,

las tres de acuerdo en inmutable sino.

Avanza (ya es el tiempo) hacia tan nobles

honores, oh linaje bienamado

de los dioses, oh gran fruto de Júpiter.

Mira cómo te dan su asentimiento

el universo grávido de curvas

y las tierras y el flujo de los mares

y el insondable cielo. Mira cómo

todas las criaturas ya se alegran

por el siglo que trae nuestro futuro.

Ojalá sea entonces largo el tramo

último de mi vida, y tenga aliento

bastante y pueda relatar tus hechos.

No seré superado en las canciones

ni por el tracio Orfeo ni por Lino

aunque el padre y la madre los ayuden,

a Orfeo Calíope, a Lino el bello Apolo.

Y hasta Pan, si conmigo compitiera

sometiéndose al juicio de la Arcadia,

hasta Pan, ante el juicio de la Arcadia,

se reconocería derrotado.

Niño pequeño, empieza a conocer

a tu madre en el juego de sonrisas,

que a tu madre estos nueve meses tuyos

largos padecimientos le han causado.

Niño pequeño, empieza a sonreír,

que a quien sus padres no le sonrieron,

ningún dios lo ha invitado a su banquete,

ninguna diosa lo invitó a su lecho.

Las Saturnales y el cerdo

Iste tibi faciet bona Saturnalia porcus,

    Inter spumantes ilice pastus apros

(Marcial. XIV, 71)

“Te hará pasar unas buenas Saturnales ese cerdo

Apacentado con bellotas entre espumeantes jabalís”

Aunque no conocían el cerdo ibérico, sí sabían los romanos de la importancia de las bellotas para su alimentación, especialmente el hispano Marcial.

Como vimos en la entrada publicada el lunes, ¿Feliz Navidad o Felices Saturnales?, las Saturnales eran las Navidades de los romanos, en las que originariamente celebraban el ‘renacimiento’ del sol. Era costumbre comerse un cerdo durante esa semana. Eran unas celebraciones carnavalescas, días de ocio y de juergas desmedidas. Costó mucho a la jerarquía cristiana lograr unas conmemoraciones religiosas de las Navidades sin escándalos y francachelas durante los primeros siglos del cristianismo.

Hay un texto jocoso y muy divertido, el Testamentum porcelli, del siglo IV, que describe con mucha gracia el rito de la matanza y las bromas con que era acogida; según el texto, se realizaba el 17 de diciembre, sub die XVI Kal. Lucerninas “quince días antes del 1 de enero”. Recuerdo que los romanos para datar incluían tanto l día del inicio como el del final; por ello he restado un día del XVI. El 17 se iniciaban las Saturnales.

Gregorio Hinojo Andrés

¿Feliz Navidad o felices Saturnales?

El solsticio de invierno es un período de celebración en prácticamente todo el mundo: la Navidad, el nacimiento del nuevo sol y la nueva vida en determinadas culturas, el comienzo de un nuevo año… Ya Semiramis, la reina de Asiria, esposa de Nimrod, famoso por construir la Torre de Babel, queriendo continuar la creencia de que su marido era el dios Sol, utilizó su embarazo para decir que un haz de luz le había enviado un hijo del mismísimo dios del Sol, o Nimrod. Este niño será llamado Tamuz, al que, tras morir a causa del ataque de un jabalí, su madre ordenará rendir culto en una gran fiesta que se celebraba en estas fechas, presidida por la luz de las velas y las antorchas en una época caracterizada por la oscuridad. A esta escasez de luz se le oponía el nacimiento del Sol Invictus.

También en la Roma antigua una fiesta celebraba el solsticio de invierno y el nacimiento del nuevo Sol; se basaba en el disfrute y en ella, como ahora, se incurría en algunos excesos.

Las Saturnalia se celebraban del 17, cuando terminaban las labores del campo, al 23 de diciembre. En sus orígenes tan solo duraba un día, pero tras la reforma del calendario realizada por Julio César, que añadía dos días al mes, se alargó su duración. Los diferentes emperadores hicieron que el festejo oscilara entre los tres y los siete días.

Esta festividad se celebraba en honor a Saturno, dios de la agricultura y las cosechas. Recordemos que el reinado de Saturno se identificaba con la edad de Oro, marcada por la paz, la felicidad y la prosperidad. La fiesta intentaba recrear por unos días ese ambiente (de ahí los buenos deseos que marcan nuestras felicitaciones y la reproducción a veces empalagosa de ese mundo lleno de buenos sentimientos en los telefilmes de sobremesa en televisión)

En primer lugar acudían al templo de Saturno, en el que tenían lugar los sacrificios al dios (en concreto, un cerdo). Según Macrobio, el festejo comenzaba cuando todos al unísono exclamaban el famoso grito de Io, Saturnalia! Posteriormente realizaban un gran banquete, llamado lectisternium, en el que no faltaba de nada,  se lanzaban a la calle.

Saturnalia3.jpg

Las escuelas, las tiendas e incluso los tribunales permanecían cerrados (para los cristianos el término Saturnalia llegó hasta a significar orgía debido a la libertad absoluta de la que se gozaba durante estos días).

Durante estas fiestas, los esclavos gozaban de permiso para realizar actividades que en otra época tenían prohibidas. E incluso se producía un intercambio de roles: el señor era esclavo, y el esclavo era señor, y ambos se intercambiaban el manto durante cierto tiempo, ya que hacerlo durante los siete días era algo excesivo. Cada familia elegía un miembro que debía presidir las fiestas y al que todos debían respetar y obedecer, el llamado Rey de las Saturnalia, que podía ser hasta un niño. La festividad era una justificada excusa para pasar tiempo con aquellos familiares y amigos a los que apenas veían en la vida cotidiana, con los que podían bailar e intercambiar regalos libremente.

SAturnalia 1

Al final de las fiestas se entregaban como regalos sigillaria, pequeñas figuras de barro, nueces, velas, que quizá representaban el nacimiento de la nueva luz, y otros objetos valiosos (Si queremos saber qué tipo de presentes podemos hacernos una idea leyendo los epigramas que Marcial redactó para acompañar estos regalos).

Durante las Saturnales se realizaban todo tipo de excesos con la comida y la bebida. El hecho de que toda la ciudad estuviera de celebración y libre de las preocupaciones cotidianas, fue usado también por los asesinos, como los conspiradores de Catilina, que intentaron incendiar la ciudad y matar al senador durante estas fiestas.

Muchos autores clásicos, como Cicerón o Plinio, preferían encerrarse en sus casas durante los días en los que tenía lugar la celebración para no ser molestados ni molestar a los que sí que querían darse al ocio. Como contrapunto, otros autores fueron de opinión totalmente opuesta, como Catulo, que consideraba las Saturnales los “mejores días del año”.

Fue el emperador Constantino I (272-337) el que asoció la Navidad cristiana con las famosas Saturnales. El Cristianismo todavía no había alcanzado su culmen, pero Constantino decidió favorecer a los cristianos sin dejar de rendir culto a los dioses paganos, como el Sol Invictus, Como consecuencia, el día 25, que estaba dedicado a honrar al Sol invicto, pasó a ser considerado también el día en que los cristianos debían celebrar el nacimiento de Jesús. Fue el papa Julio I el que fijó de forma oficial esta fecha.

Diciembre es el mes en el que se renuevan todos nuestros deseos y marcamos nuevas metas que intentaremos cumplir con el nacimiento del nuevo año, o el nuevo Sol, según como queramos considerarlo. Es época de renovación, festejo, alegría, regalos, excesos y, si nos queda tiempo, algo de reflexión para el futuro. Así que, aquellos que no se sientan identificados con la celebración cristiana, siempre pueden acudir a su origen pagano y tener también un motivo fundamentado para el festejo. Aunque, al fin y al cabo, todos acabaremos celebrando lo que ya nuestros antepasados venían haciendo desde hace siglos y de manera bastante similar, puesto que si nos paramos a pensar, son muchos los elementos comunes entre la Navidad y las Saturnalia. El solsticio de invierno y las celebraciones asociadas a él pueden recibir varios nombres, pero su origen está claro y supone un nuevo motivo de agradecimiento a los romanos. Por lo tanto, que pasen unas felices fiestas, o, aún mejor: Io, Saturnalia, novom annum faustum felicem! Que comience el disfrute…

Para terminar, dejo un video muy corto sobre los diez elementos más famosos y que quizá muchos no conocíamos sobre esta festividad romana.

Marina López Molina

¿Quién era Ofiuco?

Esta semana hemos podido leer en el País (15 de diciembre de 2015) un artículo titulado “Ofiuco, el ‘signo’ del zodiaco que descoloca a los astrólogos“, de Carmen del Puerto Varela.

ofiuco

Ofiuco es un nombre que en griego significa “portador de serpientes”. En el artículo citado se le identifica con el dios de la medicina y la salud, Asclepio (conocido en Roma como Esculapio), hijo de Apolo, al que Zeus, tras matarlo con su rayo porque había resucitado a un hombre, colocó entre las constelaciones del firmamento en atención a su padre.

La razón por la que Asclepio aparece representado llevando un bastón con una serpiente enrollada (imagen que nos resulta familiar como emblema de la farmacia) es que en una ocasión fue obligado a curar a un personaje llamado Glauco y encerrado por la fuerza en un lugar secreto; mientras estaba allí absorto en sus pensamientos, una serpiente ascendió por su bastón; cuando se dio cuenta, la mató golpeándola con él. A continuación apareció otra serpiente que resucitó a la primera con una hierba; observándolo Asclepio, utilizó esta para curar a Glauco.

Basic RGB
Basic RGB

Si quieres saber más sobre Asclepio, consulta aquí la página redactada por Antonio Guzmán.

 

Esta identificación es la que propone un tratado mitológico astronómico que se atribuye a Higino, un autor, liberto del emperador Augusto, a caballo entre el s. I a. C. y el I de. C. Sin embargo, en esta misma obra se proponen otras identificaciones:

Ofiuco pudo ser el rey de los getas (en Tracia)  Carnabón, que fue colocado entre las constelaciones por la diosa Deméter, esta vez no como recompensa, sino como castigo por haber matado a una de las serpientes enormes que tiraban del carro de Triptolemo. La diosa Deméter había encargado a éste la misión de ir repartiendo con su carro semillas a lo largo y ancho de la tierra deshabitada. El rey lo recibió al principio con hospitalidad pero le tendió una emboscada y para impedirle huir mató a la serpiente que tiraba de su carro.

Otra posibilidad es que Ofiuco fuera en realidad Heracles, que libró a Lidia de una serpiente que destruía a los hombres y a  las cosechas.

Higino apunta una tercera posibilidad: que en realidad fuera Triopas, hijo de Helios y rey de los tesalios, castigado por Deméter porque había destruido el antiguo templo a ella dedicado.

Por último, el tratado apunta a un hijo del personaje anterior -nieto, por tanto, del dios Helios- llamado Phorbas, que habia acudido al rescate de Rodas, invadida por gran número de serpientes, entre las que había una de enorme tamaño (tantas eran que la isla fue llamada Ophiussa).

Como veis, la mitología constituye un campo no siempre fácil ni claro.

Susana González Marín