La sociedad literaria del pastel de patata de Guernsey

Aunque los nazis no llegaron a ocupar Gran Bretaña, las islas del Canal no corrieron la misma suerte y sufrieron cierta forma de ocupación blanda a la espera de lo que habría de ser la pronta claudicación de Reino Unido. En La sociedad literaria del pastel de patata de Guernsey, de manera casual y a través del intercambio de cartas, una joven escritora comienza a descubrir tras el final de la Segunda Guerra Mundial cómo fue la vida cotidiana de los habitantes de Guernsey y el papel que en ello jugó la creación de un club de lectura por personas que se acercaban por primera vez a la literatura.

Uno de los atractivos de la única novela que escribió Ann Shaffer y cuya última mano corrió a cargo de su sobrina, Annie Barrows, es la recreación de las respuestas de lectores sin filtros cultos a los tótems de la literatura entre los que no podía faltar algunas obras de la literatura latina. Por ejemplo, Catulo:

«Fui a ver al señor Fox a su librería y le pedí un libro de poemas de amor. En aquella época ya no le quedaban muchos títulos; la gente los compraba para quemarlos, y cuando él finalmente se dio cuenta, le echó el cierre a la tienda. Así que me dio unos cuantos volúmenes de un tal Catulo. Era romano. ¿Usted sabe la clase de cosas que decía en verso? Comprendí que yo no podría recitar nada de aquello a una dama encantadora.

Catulo estaba enamorado de una mujer llamada Lesbia, que lo rechazó después de haberse acostado con él. No me extraña, porque no le gustó que Lesbia acariciase el pequeño gorrión que tenía. Se puso celoso de un pajarillo. Así que se marchó a casa, cogió la pluma y empezó a plasmar la angustia que lo había embargado cuando vio a Lesbia acunar el gorrioncillo contra su pecho. Catulo se lo tomó verdaderamente mal y a partir de ese momento dejaron de gustarle las mujeres y se dedicó a escribir poemas infames sobre ellas.

También era muy tacaño. ¿Quiere leer un poema que escribió cuando una mujer caída le cobró por los favores prestados? Pobre muchacha. Se lo voy a copiar.

¿Estará en su sano juicio esa meretriz tan follada,
que me pide mil sestercios?
¿Esa joven de nariz repulsiva?
Parientes que estáis a su cuidado,
convocad a amigos y médicos; esa muchacha está loca.
Se cree hermosa.

¿Ésas son muestras de amor? Le dije a mi amigo Eben que nunca había visto tanto rencor.»

El impresionado Clovis Fossey podría haber citado además del poema 41, el 43, en el que Catulo continúa hablando en términos parejos de Ameana. Pero no todos los habitantes de Guernsey experimentan el mismo rechazo por autores clásicos. Las epístolas de Séneca causan una honda impresión a John Booker:

«Amelia Maugery me ha pedido que le escriba, dado que soy uno de los miembros fundadores de las Sociedad Literaria del Pastel de Patata de Guernsey, aunque sólo he leído un mismo libro una y otra vez. Se trata de Cartas de Séneca. Traducidas del latín en un volumen, con apéndice. Entre Séneca y la sociedad, he conseguido no caer en una vida espantosa como alcohólico.

[…]

Pero usted quiere saber qué influencia han tenido los libros en mi vida, aunque, como le digo, no ha habido más que uno, el de Séneca. ¿Sabe usted quién era? Un filósofo romano que escribió unas cartas a unos amigos imaginarios para decirles cómo debían comportarse durante el resto de su vida. Puede que suene aburrido, pero las cartas no lo son, son muy ingeniosas. Creo que se aprende más si lo que uno lee le hacer reír al mismo tiempo.

En mi opinión, lo que dijo Séneca se puede aplicar a cualquier persona de cualquier época. Voy a ponerle un ejemplo actual: el caso de los pilotos de la Luftwaffe y sus peinados. Durante el Blitz, los aviones de la Luftwaffe despegaban de Guernsey y se sumaban a los grandes bombarderos que se dirigían a Londres. Volaban sólo por la noche, de modo que durante el día eran libres de hacer lo que se les antojase en St. Peter Port. ¿Y cómo pasaban el día? En salones de belleza, donde les hacían la manicura, les daban masajes en la cara, les perfilaban las cejas, les ondulaban el cabello y se lo peinaban. Cuando los vi con sus redecillas, paseando por la calle de cinco en cinco, apartando a codazos a los isleños que iban por la acera, me acordé de lo que decía Séneca de la guardia pretoriana: “Cualquiera de ésos preferiría ver un alboroto en Roma antes que en su cabello.”

[…]

Llegué a disfrutar mucho de nuestras reuniones literarias, pues contribuían a que la ocupación resultara más soportable. Algunos de los libros que leían los otros parecían interesantes, pero me mantuve fiel a Séneca. Me daba la impresión de que me hablaba a mí; a su manera, graciosa y mordaz, pero directamente a mí. Sus cartas me ayudaron a sobrevivir a lo que habría de venir después.

Todavía sigo acudiendo a las reuniones de la sociedad. Están todos hartos de Séneca y me suplican que lea otra cosas, pero yo no quiero.»

La mayor de mis simpatías, sin embargo, va con Jonas Skeeter:

«Woodrow —siguió diciendo Jonas Skeeter— cruzó mi campo y vino hasta donde yo estaba amontonando el abono. Traía un librito en las manos y me dijo que acababa de leerlo y que le gustaría que también lo leyera yo, porque era muy “profundo”. Yo le respondí que no tenía tiempo para ponerme “profundo”. “Pues debes buscarlo, Jonas”, me insistió. “Si lo leyeras, tendríamos mejores temas de conversación cuando fuéramos al Crazy Ida’s. Nos divertiríamos más mientras bebemos cerveza.” Eso hirió mis sentimientos, no os voy a engañar. Mi amigo de la infancia llevaba una temporada tratándome con aires de superioridad sólo porque él leía libros para vuestro grupo y yo no. En anteriores ocasiones se lo había dejado pasar, “cada uno a lo suyo”, como decía mi madre. Pero esa vez fue demasiado. Me insultó. Me habló con prepotencia.

Me explicó que Marco Aurelio había sido un emperador romano y también un guerrero poderoso. Que en aquel libro estaba escrito lo que opinaba de los cuados, una tribu de bárbaros que estaba esperando en el bosque para matar a todos los romanos. Y que, a pesar de la presión de esos cuados, se tomó la molestia de poner por escrito sus pensamientos. Que pensaba mucho, muchísimo, y que algunas de sus reflexiones no nos vendrían mal a nosotros.

Así que dejé a un lado lo dolido que me sentía y cogí el maldito libro, pero esta noche he venido aquí para decir delante de todos: ¡Qué vergüenza, Woodrow! ¡Es una vergüenza que hayas sido capaz de poner un libro por encima de tu amigo de la infancia!

Sin embargo, lo he leído y opino lo siguiente: Marco Aurelio era como una vieja, siempre estaba mirándose el ombligo y cuestionándose lo que había hecho o lo que había dejado de hacer. ¿Había obrado bien o habría obrado mal? ¿Estaba el resto del mundo equivocado o lo estaba él? No, quienes iban equivocados eran los demás, y él decidió explicarles cómo eran las cosas en realidad. Una gallina clueca, eso es lo que era. Nunca tenía el más mínimo pensamiento que no pudiera convertir en sermón. Seguro que ni siquiera podía ir a mear sin…»

Dado que la adaptación cinematográfica, que se estrenará en España este año, ha propiciado la redición del libro, puede ser una buena oportunidad para acercarnos a él.

Diego Corral Varela

 

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César Aira, Parménides, Perinola, García Calvo…

Si para César Aira, al que describieron como «el secreto mejor guardado de la literatura argentina» y desde entonces debe enfrentar ese latiguillo en casi todas las entrevistas, en Ovidio había todo un mar de inspiraciones, los presocráticos deben de parecerle igual de sugerentes. O eso invita a pensar su novela Parménides, publicada originalmente en 2005 y recuperada ahora por Random House. En ella recrea a Parménides como un riquísimo y vacuo jerarca de Elea, preocupado por perpetuar su legado con un libro que no está dispuesto a escribir. Para ello contrata a una joven promesa de la poesía local, Perinola, con la intención de que plasme en verso la esencia de su pensamiento, tarea que el poeta está lejos de tomarse en serio.

En varios momentos de la narración se nos permite entrever el texto del poema:

«Fue en parte la facilidad automática que le daba el verso la que lo alentó a incluir un par de detalles de sexo. Adivinaba que a Parménides le gustaría; le parecería moderno, atrevido, picante. Además, era otro lugar común, y no le costaba nada ponerlo; el orden de los principios luminoso y oscuro se continuaba, por una trillada correspondencia, con el de lo femenino y lo masculino, las atracciones y las repulsiones de los sexos quedaron reflejadas en el texto de acuerdo con las medidas y los acentos del verso, dislocadas (como debía ser), enigmáticas. El principio activo del Amor introducía sus líneas ondulantes entre la Luna y las estrellas lo mismo que entre lo denso y lo poroso. Una vez más, como ya había hecho antes, le dio un giro caprichoso a la concatenación de obviedades; lo primero que se le ocurrió: que si las simientes femenina y masculina estaban en su debida proporción, el ser engendrado era normal y corriente, mientras que si no estaban proporcionadas… salía un hermafrodita. Vaciló un instante. ¿No sería demasiado? Pero al leerlo vio que sonaba bien, y hasta solemne y admonitorio. No le habría costado nada seguir hilvanando indefinidamente los mayores absurdos.»

Podemos confrontar este pasaje con los fragmentos conservados del poema de Pármenides, que en la traducción de Agustín García Calvo quedan así:

«Pues cierto que las más prietas son bien de fuego sin mezcla,
y las que les siguen, de noche; pero entre las unas y otras salta la ley de la llama;
y de eso en el medio está la deidad que todo gobierna:
pues manda doquiera en parto odïoso y mezcla en pareja,
lanzando a lo macho lo hembra mezclado, y también viceversa
lo macho a lo femenino.

Cuando hembra y macho las granas de amor conjugan en uno,
de sangre diversa al obrar la virtud criadora en las venas,
guardando equilibrio, los bien-dispuestos cuerpos amasa;
que, si en la junta simiente una y otra virtud se combaten
y no hacen una de dos en el cuerpo junto, mal hado
maltratará a la cría de doble sexo que nazca.»

La novela nos da cuenta de otro Menard en la forma del poeta Perinola. Aira no altera, como se puede comprobar, una línea del poema de Parménides para construir una historia completamente distinta de «ese disparatado cuento del “ser” y el “no ser”». Mediante su ficción Aira ayuda a desacralizar la literatura clásica. Y es que, ¿por qué tenemos que tomárnoslo todo en serio?

Diego Corral Varela

Recogida de firmas: un medallón para la Latina

El interés de los lectores de Notae Tironianae  ha sido dirigido en varias ocasiones hacia la figura ilustre e ilustrada de Beatriz Galindo, “la Latina”. Hace ya un par de años Isabel Varillas trazó su perfil biográfico; más recientemente Isabel Pérez compartía la columna de Paco Novelty en un periódico local que se hacía eco de la idea de dedicar uno de los medallones de la Plaza Mayor a La Latina.

La latina

Estos días la librería Beatriz Galindo, la Latina, situada en la calle dedicada a otro egregio representante del Estudio Salmantino, el Brocense, ha iniciado una recogida de firmas para que quien así lo desee pueda expresar su apoyo a la causa y decir públicamente a quien quiera escuchar que nada desmerece la compañía de La Latina a Antonio de Nebrija, Luis de León o Francisco de Vitoria.La latina 2

Al margen de los designios, a veces inescrutables, de Patrimonio, la iniciativa es importante porque corremos el riesgo de que la figura de Beatriz Galindo se nos expropie y tras tanto tiempo de olvido se convierta en moneda de cambio de la mercadotecnia del Ayuntamiento o la Universidad. Ahora, que después de demasiado tiempo el número de medallones libres en la Plaza Mayor ha aumentado, parece una ocasión idónea para que La Latina ocupe el que ha de ser su lugar: entre todos.

Diego Corral Varela

Electra, montaje de la Companhia do Chapitô

Diego Corral Varela nos envía la noticia de la pasada representación en Madrid de Electra, montaje de la Companhia do Chapitô, que se pudo ver en la Sala Cuarta pared  dentro del Festival de Otoño a Primavera. Puedes ver aquí el video de promoción y aquí el reportaje de La 2 noticias. Conoce más sobre la obra y la compañía en esta página.

Téano, mujer, griega y matemática

Reproducimos el texto de una entrada del blog de José Cervera, Retiario, alojado en El Diario. Nos envía el enlace Diego Corral Varela

Téano, la mujer que sustituyó a Pitágoras

Pitágoras, que vivió en el siglo VI adC, es uno de los primeros matemáticos conocidos por su nombre; ampliamente recordado, entre muchas otras cosas, por su famoso Teorema.

Pero buena parte de su trabajo no era en realidad suyo: se firmaba con su nombre todo lo que publicaban los miembros de su secta, entre los que estaba la primera matemática que conocemos por su nombre: Téano.

Tan brillante era esta mujer que Pitágoras la aceptó en su grupo e incluso le permitió enseñar; aunque el sabio griego tenía sus defectos el machismo no estaba entre ellos.

De hecho Téano llegó a casarse con el sabio griego y a tener varias hijas e hijos con él; hay dudas sobre cuántos. Ella y sus hijos fueron fundamentales para la supervivencia y extensión de las enseñanzas pitagóricas.

Cuando Pitágoras murió, en una revuelta de los ciudadanos de Crotona contra su grupo, que se había hecho con el control de la ciudad, Téano y varias de sus hijas se marcharon llevándose los papeles del matemático y diseminando y ampliando su trabajo.

Se dedicaron a viajar por Grecia y Egipto, donde investigaron y avanzaron no sólo en matemáticas, sino en medicina y otras ciencias; por aquel entonces la multidisciplinariedad era común entre los sabios.

Hay dudas sobre lo que pudo aportar personalmente Téano a los conocimientos de la escuela, pero se sabe que escribió una biografía de Pitágoras y que realizó avances en Teoría de Números, entre ellos un teorema sobre la Proporción Áurea, así como estudios sobre poliedros, cosmología y medicina sobre todo en lo referente a las dolencias de la mujer.

Tras la dispersión de los pitagóricos fue ella la que mantuvo la coherencia de la escuela y continuó su trabajo.

Sin sus aportaciones y las de sus hijas es probable que Pitágoras hubiese quedado relegado al olvido como el semienajenado gurú de una secta exótica. Que escapara a este destino se debe en parte a la primera matemática conocida por su nombre: Téano.

Jan Fabre, Mount Olympus: 24 horas de catarsis

El artista belga Jan Fabre ha representado el día 12 en los teatros del Canal (Madrid) su monumental y provocador espectáculo Mount Olympus, un repaso de las más célebres tragedias griegas a lo largo de 24 horas. Su intención es comprobar si la catarsis todavía hoy es posible. Las entradas se agotaron en cuanto salieron a la venta en el mes de junio. Si quieres ver algunas imágenes, puedes ver este reportaje en La 2 Noticias y esta crónica de El Español (enlaces enviados por Diego Corral Varela)