Sobredosis de solanáceas (y otros venenos)

Como nos recordaba el otro día Marcos Medrano Duque, desde la antigüedad se han venido utilizado las plantas como medios de inhibición y alteración de la conciencia y los sentidos. Asimismo también hubo sabios que se ocuparon de clasificarlas por sus propiedades medicinales. Hablamos de Dioscórides ‒cuyo magnífico ejemplar luce en nuestra Biblioteca Histórica (visita la página web del Dioscórides interactivo pinchando aquí)‒, Hipócrates y Teofrasto. Estos padres de la botánica sentaron las bases de todo el conocimiento actual sobre nuestras fotosintéticas amigas; aunque en muchos casos, la falta de conocimientos o de buenas intenciones hayan hecho que muchas de estas plantas pasen a la historia por otros motivos, es el caso de la familia de las Solanáceas y otras muchas. Dos de ellas salieron en la anterior entrada.

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Dioscórides. ms. 2659. Biblioteca Histórica USAL

En esta familia podemos encontrar clásicos como la belladona, con la que las mujeres romanas hacían infusiones con el fin estético de dilatar sus pupilas. Además de nublarles la visión durante el tiempo que dura su efecto,

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Belladona

les producía taquicardias y otros muchos efectos debidos al bloqueo del sistema nervioso parasimpático. Habían de ser muy cuidadosas con las cantidades, ya que en dosis mal calculadas el resultado es la muerte. Posiblemente la belladona debió de llevarse por delante a más de una de ellas.

Otras dos plantas famosas dentro de esta familia y con efectos muy similares, que también se utilizaron, fueron el estramonio, que se usó en los rituales en honor al dios Baco, y el beleño, que se adminsitraba también en infusiones para la anestesia en  amputaciones quirúrgicas; erróneamente, ya que en vez de sedar estimula el sistema nervioso.

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Estramonio

Los venenos como tales fueron muy importantes tanto en el mundo griego como romano, sobre todo en la época de Nerón, del que se dice que tenía una envenenadora personal: Locusta (“Langosta” en latín). De hecho, su predecesor, Claudio murió envenenado por un guiso de setas al que se le añadió la Amanita phalloides, según algunas versiones. Los hongos son otro recurso constante del que echar mano para fines poco buenos. Otras fuentes nos hablan de una mezcla de cianuro y sardonia (Ranunculus sceleratus), planta que produce una contracción de los músculos faciales al morir y de la que viene la expresión “risa sardónica”. También se cuenta que el “bueno” de Nerón envenenó al hijo de Claudio, Británico, con esta humilde planta. Parece que lo de “ranúnculo criminal” le viene como anillo al dedo.

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Amanita phalloides eclosionando

El cordobés Séneca, consejero de Nerón, también intento acelerar su suicidio usando la cicuta, umbelífera que a simple vista se parece mucho al perejil y con cuyos alcaloides se suicidó Sócrates.

Tampoco podemos olvidarnos de otras plantas como el acónito que junto con la cicuta protagonizó la mayoría de los envenenamientos de la antigua Grecia, y del opio, como nos recordaron el otro día, con el que los romanos llegaron a comerciar tanto que tuvieron que acabar fijando su precio para frenar la especulación.

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Cicuta

 

 

 

En definitiva, a lo largo del tiempo ha habido muchas plantas que de forma más o menos conocida han ido alterando el curso de la historia; algunas provenían de lugares muy lejanos y otras, como el estramonio o la cicuta, de los bordes de nuestros caminos, esperando a aquellos que no las han olvidado y saben reconocerlas. Esperemos que no le dé a nadie por jugar con las plantas después de esta entrada.

 

 

Guillermo Velasco de Cos, estudiante de Farmacia.

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Las Hilanderas: Ovidio en Velázquez

Actualmente se expone Metapintura en el Prado, una muestra que nos invita a observar y a pensar acerca de lo que los cuadros tienen que decir de sí mismos o a ver “el cuadro dentro del cuadro”. Puede consultarse la información detallada pinchando aquí.

La exposición rinde tributo  al IV centenario de la muerte de Cervantes, transponiendo la metaficción de la novela  cervantina a la metapintura de Velázquez. Si la obra de Cervantes es una novela sobre la novela, la de Velázquez es una pintura sobre la pintura. Una de las obras de esta muestra es Las Hilanderas o la fábula de Aracne de Velázquez. Ambos títulos para la misma obra llevan implícita una interpretación más costumbrista o más mitologizante del cuadro.

Metapintura propone ver el cuadro dentro del cuadro (i.e.: Tiziano presente en el tapiz del fondo o incluso la alusión implícita a Rubens, que copió obras de Tiziano en su viaje a Madrid). En este enlace hay una completa interpretación del cuadro realizada por Javier Portús Pérez, comisario de la exposición.

Además del enfoque de “metapintura”, también se puede acudir a textos clásicos para intentar identificar mejor las fuentes que han inspirado las imágenes. En este sentido, me ha parecido inspirador el seminario sobre La pervivencia sobre las letras clásicas en el arte que tuvo lugar en el Aula Minor de la Universidad de Salamanca el 18 de noviembre, que ponía de relieve cómo los cuadros pueden ayudar a ilustrar mejor los textos y cómo estos últimos pueden ayudar a  una mayor comprensión de las obras pictóricas: en definitiva, es necesaria una colaboración entre filólogos e historiadores del arte.

La Fábula de Aracne  se relaciona con un texto literario clásico: las Metamorfosis de Ovidio. Durante mucho tiempo la obra se concibió en clave costumbrista, pero la escena del fondo es claramente ovidiana, ya que evoca la competición en el arte de tejer entre Minerva y Aracne ( Met. 6.53-128). El cuadro se ha de interpretar en dos escenas de una única narrativa, donde la escena del fondo es la continuación de la delantera.

Paul Barolsky sugiere la posibilidad de que en la escena delantera-que se ha venido interpretando con carácter costumbrista-puede haber una alusión ovidiana: la tejedora anciana podría ser la Minerva que aparece disfrazada de anus, “vieja”, para engañar a la Meónide:

 Pallas anum simulat falsosque in tempora canos

addit et infirmos baculo quoque sustinet artus (Met. 6.26-27)

“Palas finge ser una vieja y añade a sus sienes falsas canas y unos débiles miembros que afianza con un bastón” ( Trad. Fernández Corte , J. C. y Cantó Llorcá, J.)

En esta última interpretación Minerva aparecería dos veces en el cuadro: en la escena delantera metamorfoseada en vieja y en la del fondo con su casco y en todo su esplendor divino. Además, la anciana de la izquierda muestra una pierna joven y bella, casi divina, que contrasta claramente con el resto de su cuerpo, lo que puede apuntar a que realmente se trata de Minerva. El dinamismo del cuadro, cuyo máximo exponente es la rueca y los dedos de la hilandera que devana tan rápido que casi no se pueden ver, se podría relacionar con el dinamismo y las transformaciones presentes en los mitos de las Metamorfosis.Sin embargo, el cuadro habla del propio Velázquez de forma implícita. Ya en Las Meninas, el maestro se había autorretratado, pero en las Hilanderas Velázquez no desaparece del cuadro, ya que es fácil transponer la competición de Aracne con Palas con la competición que Velázquez  mantiene con Tiziano y Rubens.  Ya en el siglo XVII los pintores tienen una gran conciencia de artistas y el concepto de autoría es clave.Si Velázquez aparece en sus Meninas es porque quiere dejar constancia de sí mismo y no ser objeto del olvido. Este proceso se podría tal vez comparar con el proceso que tiene lugar en la literatura augustea latina donde cada vez el “yo lírico” es más importante, a diferencia de la poesía tradicional de Ennio.

Una posible interpretación de la obra es que el certamen del fondo del cuadro podría ser la competición que mantiene Velázquez con sus antepasados y sus coétaneos y podríamos verle reflejado en Aracne y ver en la competición de tejer una metáfora de la competición pictórica. Pero tal vez simplemente esté haciendo alarde de un conocimiento clásico y ello no apunta a nada más. En cualquier caso, me parece muy interesante pensar en Velázquez autorrepresentándose en la figura de una mujer mitológica. Y si la actividad del tejer es una metáfora del “pintar”, esto se podría tratar de una proclama artística en un acto casi de hybris.Velázquez sabe que es capaz de tejer, “pintar”, como ningún mortal sobre la faz de la tierra. El cuadro habla por sí solo.

Para saber más: Barolsky P. (2004) ‘Ovid´s Metamorphoses and the History of Baroque Art’ in Miller F. J and Newlands E. Carole, A handbook to the reception of Ovid. Malden: Wiley Blackwell, 202-216.  

Los beneficios de una vida sana

¿Cómo abordar este tema y relacionarlo con “las clásicas”? Ya de antemano advierto que esta entrada no pretende seguir la línea que se viene marcando en el blog en cuanto al contenido, pero si quiero haceros pensar, y no solo a la mayoría de lectores clásicos que frecuentan, como yo, cada día las entradas de este círculo, sino también al resto de personas que nos leen, aunque solo sea por curiosidad.

¿Qué pasa con las clásicas? ¿Quién ha dicho que el griego y el latín son “lenguas muertas”? ¿Quién ha dicho que ese mundo no es divertido y totalmente enriquecedor para el cuerpo y la mente? En realidad, vemos como aún hoy las películas de Romanos encandilan al público, hay mucha sangre y digámoslo claro, ¡mucho sexo! Y esto es lo que vende, en muchos casos. Tenemos los ejemplos de todas las épocas, como “Cleopatra” o “Ben-Hur”, pero lo más reciente sería “Gladiator”, entre otras. Hasta Disney se atrevió con lo mitológico y su película sobre la figura de Hércules.

¿Quién dice que el latín esté muerto? ¿Acaso no hay anuncios de coches que usan citas latinas? ¡Anda! ¿Y eso? ¿Ahora resulta que el latín proporciona prestigio? ¡Esto no es de ahora señores! ¡Nosotros no hemos inventado nada! Con esto no quiero decir que antes de que nosotros llegáramos a estar donde estamos, solo hubiera griegos y romanitos por el mundo; obviamente, había otras grandes civilizaciones que contribuyeron a hacer a éstos mucho mas grandes, bien fuera por medio de conquistas o aportes culturales (no nos olvidemos de los relatos de Heródoto)

Hoy en día parece que estudiar clásicas es de ser friki y ¡no!: hay gente “normal” apasionada por saber de dónde venimos, cómo se ha construido todo lo que tenemos hoy, de dónde surge la filosofía, la oratoria o la literatura, etc; y que los antiguos no solo se dedicaban a pensar, también jugaban, bebían, hacían sus fiestas, y, ¡anda! ¡qué casualidad!, hasta parece que en eso es lo único en lo que les hemos superado. Con la fama que tenían los romanos…

¿Y qué pasa con los vestidos? ¿Los peinados? ¡Si parece que hasta las más famosas marcas de moda se inspiran en los clásicos creando diseños de corte heleno!

¿Y qué hay del culto al cuerpo? Pues sí, en esto también se nos adelantaron; los griegos ya tenían sus gimnasios y lugares increíbles creados para tratar todo lo relacionado con el culto al cuerpo.

¡Los griegos y los romanos nos dieron muchas cosas! Y yo creo que no somos conscientes de la importancia que esto supone. Estudiar sus textos y su forma de vida no solo te aporta un saber lingüístico sino otras muchas cosas que están al alcance de todo el que quiera descubrirlas.

Yo no sé qué pensaréis, pero a mí realmente me emociona ver un puente romano aún en pie, un acueducto, una casa, ¡Ay, sí, sobre todo una casa! ¡Bendita sea Pompeya! Nosotros somos hoy igual de cotillas que ellos en su época, porque también eran personas; y a mí personalmente me produce una curiosidad terrible saber dónde y cómo vivían y mi mente no alcanza a comprender cómo es posible que haya gente a la que directamente no le interese y nos tache de aburridos.

Yo creo que cada día nos introducimos un poquito más en la sociedad, los periódicos mencionan noticias relacionadas con “nuestro mundo”, se hacen películas de esas que gustan, series, obras de teatro (no nos olvidemos de los éxitos de cada verano en el teatro romano de Mérida), ropa, anuncios… y sí, reconozcámoslo: ¡Las clásicas están vivas!

Sé que hay muchas cosas que no he matizado, y sé, sobre todo, que me dejo la mayoría de lo que somos hoy en el tintero, sólo quería haceros llegar lo evidente: es necesario ser conscientes de dónde venimos y lo que ha costado llegar hasta aquí, todo este mundo merece mucha más importancia de la que hoy en día tiene.

Hasta aquí por hoy y gracias por leernos.

 Mens sana in corpore sano

Juvenal, Sat. X, 356

Beatriz Calvo Manzano

¡Que me lo quitan de las manos! (Call for papers)

No queríamos acabar la semana sin recordar que el plazo para presentar propuesta de comunicación para el V Congreso Ganimedes (22, 23 y 24 de marzo) expira el día 30 de noviembre (el miércoles que viene). Si todavía hay algún rezagado o despistado que no haya mandado su propuesta, que se ponga este fin de semana a ello, porque apuramos plazo. Desde Notae tironianae animamos a todos los jóvenes investigadores que se encuentren en máster o doctorado que no dejen de escribirnos. En la página web de la asociación (aquí). Todas las propuestas serán atendidas y pasadas al comité científico de la asociación. ¡NO DESAPROVECHÉIS ESTA OPORTUNIDAD!

Cuando los de Ciencias hablaban latín

Hoy se cumple un deseo de Notae Tironianae, que también participe en este blog gente que procede de fuera del ámbito de las letras. E inauguramos esta línea, que deseamos prosiga, de una forma muy honorable, nada menos que con una entrada redactada por el que fue Rector de nuestra Universidad entre 2003 y 2007, el catedrático jubilado de Bioquímica de la Facultad de Medicina Dr. Enrique Battaner Arias. Desde aquí, muchas gracias por su colaboración.

El escritor británico C. P. Snow denunció en su famosa conferencia (y más tarde opúsculo) The Two Cultures and the Scientific Revolution el progresivo apartamiento de las Ciencias y las Humanidades. Eso sí, lo hizo desde la perspectiva del hombre de Ciencias, denunciando la escasa cultura científica de nuestros humanistas. A día de hoy, creo que todavía no ha surgido la correspondiente denuncia del lado de las Letras, que también buena falta hace. Ahora bien, esto no ha sido siempre así. Hubo un tiempo en el que el saber humano era considerado como un todo, sin hacer esta (algo estúpida) distinción. De eso van a tratar las líneas que siguen. Además, no vale con quejarse. En un momento en que parece que ¡por fin! podríamos llegar a tener una Ley de Educación auténticamente inclusiva y sobre todo, estable, la voz de quienes pensamos que abandonar las raíces de nuestra cultura es condenarla a la inanidad debería hacerse oír a los cuatro vientos.

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Quisiera comentar con vosotros algunos detalles de la historia de las lenguas clásicas en las ciencias experimentales. Comenzando con De Revolutionibus Orbium Coelestium de Nicolás Copérnico, y llegando a esa obra cumbre absoluta de las Ciencias que es Philosophiae Naturalis Principia Mathematica de Isaac Newton, la práctica totalidad de la ciencia producida en los siglos XVII y XVIII lo fue en latín, la lingua franca de la intelectualidad en aquel entonces. No sólo Newton; Hooke, Halley, Huygens, Descartes, Leibnitz, Euler y un larguísimo etcétera publicaron muchas de sus obras (que hoy consideramos seminales) en latín. Un caso interesante es el de Pierre de Fermat, el príncipe de los matemáticos aficionados. Casi toda su obra tuvo lugar en forma de correspondencia con otros aficionados a las matemáticas del continente europeo. Por supuesto, toda ella en latín. Su conocidísimo y celebradísimo “Último Teorema” dice literalmente lo siguiente:

Cubum autem in duos cubos, aut quadratoquadratum in duos quadratoquadratos et generaliter nullam in infinitum ultra quadratum potestatem in duos eiusdem nominis fas est dividere cuius rei demonstrationem mirabilem sane detexi. Hanc marginis exiguitas non caperet.

 “No hay posibilidad alguna de expresar una potencia al cubo como suma de dos potencias al cubo, o una potencia a la cuarta como suma de dos potencias a la cuarta, y en general, cualquier potencia más allá del cuadrado hasta el infinito como suma de dos potencias del mismo exponente. He encontrado una demostración de esto bastante admirable, pero esta no cabría dado lo estrecho del margen.”

Hoy la habría redactado más o menos así: “No puede haber soluciones para la ecuación an+bn = cn para todo n > 2 y a, b, c y n enteros”

Escribió esta proposición en el margen de un libro, la “Aritmética” de Diofanto, y la remata anunciando que tiene una maravillosa demostración pero que no le cabe en el margen. Lo curioso del caso es que hubo que esperar hasta 1995 (Fermat vivió en el siglo XVII) para que Andrew Wiles la demostrara. Anteriormente los más grandes matemáticos se habían estrellado uno tras otro intentándolo.

Pero publicarla en latín era lo que se esperaba de cualquier persona medianamente culta. Además, así se tenía la seguridad de ser leído por toda la intelectualidad europea. En Medicina, por ejemplo, la descripción de la gota úrica hecha por el gran médico inglés Sydenham, descripción no mejorada en toda la historia de la Medicina, lo fue en latín. Sydenham fue médico de Oliver Cromwell, por lo que no debemos pensar que su afición al latín pudiera provenir del “papismo”. No sólo el latín; el griego formaba también parte indispensable de la comunicación científica, especialmente en la definición de conceptos. Así, en las Matemáticas del siglo XVIII, con el descubrimiento del Cálculo Infinitesimal, ambas lenguas aparecen en términos como “infinitésimo”, “diferencial”, “integral”, “cicloide”, “braquistoscrono”, “lemniscata”, “catenaria”, etc. Ello refleja la sólida formación clásica (hoy diríamos “humanística”) de todas aquellas grandes figuras de la Ciencia. El descubrimiento de un concepto nuevo llevaba aparejado el bautismo del mismo con un término firmemente arraigado en cualquiera de las dos lenguas cultas.

Podemos verlo claramente en la Química, que es a lo que dedicaré mi atención preferente a partir de ahora (con especial énfasis en su variante Bio-). El siglo XVIII fue testigo de un interés creciente en los llamados “productos naturales” es decir, sustancias producidas por los seres vivos. Así, Carl Wilhelm Scheele , farmacéutico sueco, aisló y bautizó compuestos a los que dio nombres según su procedencia: ácidos úrico, cítrico, oxálico, tartárico, láctico, málico, succínico, etc., en los que está claro su origen latino. Asimismo, durante el siglo XVIII fue descubierto el oxígeno (“generador de ácido”), el hidrógeno (“generador de agua”) y el nitrógeno (“generador de salitre”), denominados a partir de las correspondientes raíces griegas. En este último caso, el nitrógeno, es conocido también (sobre todo en países de habla francesa) como “ázoe”, término de estirpe griega que significa “sin vida” debido a su escasa reactividad química; y que podemos ver en compuestos de nitrógeno como, “azoderivados”, “hidracina”, “hidracida”, etc. Hay que señalar también, en el caso del nitrógeno, su relación con los compuestos “amónicos” (el amoníaco, sin ir más lejos), que derivan de la “sal de Amón” (nitrato amónico), que se encontraba en Libia (el país de Amón para los antiguos egipcios).

A lo largo del siglo XIX seguimos constatando la formación en lenguas clásicas de los grandes científicos. Así, Mulder llama “proteína” a lo que piensa que es “lo primero, lo primordial” de los tejidos vivos. Claude Bernard denomina “glucógeno” al compuesto radicado en el hígado cuya degradación genera glucosa; Kühne denomina “enzima” al principio catalizador que no es la levadura, sino que está dentro de la levadura. El aminoácido “Triptófano” recibe su nombre ya que aparece (se hace manifiesto) cuando tratamos las proteínas con tripsina. Van t’Hoff descubre el concepto de “quiralidad” al describir compuestos en los que uno es la imagen especular del otro (como la mano izquierda lo es de la derecha). Las primeras formas bacterianas descritas a partir de los trabajos de Koch y Pasteur, reciben el nombre de “cocos” y “bacilos”, es decir, granos y bastones; y en general, todo nuevo compuesto, todo nuevo concepto, encuentra un nombre derivado de las dos lenguas clásicas, el latín y el griego.

Pero hay una interesante excepción a esta regla en el mismo siglo XIX, que es la ciencia alemana. La Química, en el siglo XIX y hasta bien entrado el XX, fue esencialmente una ciencia germánica. Coincidiendo con las guerras de Bismarck por la unificación alemana y con el auge del nacionalismo alemán, hay un sentimiento en el ámbito germanoparlante de exaltación del “Germanismo” frente al “Romanismo”. Dado que Alemania era la Meca de la Química de entonces, encontramos un deseo claro de germanización del lenguaje químico y por tanto, apartamiento de las lenguas clásicas. Por ejemplo, lo que en el resto del mundo es conocido (mutatis mutandis) como ácido úrico allí se llama “Harnsäure” (lit. ácido de orina); y urea es “Harnstoff” (lit. materia de orina). El ácido sulfúrico es “Schwefelsäure” (lit. ácido de azufre), el nítrico “Salpetersäure” (lit. ácido de salitre), el acético “Essigsäure” (lit. ácido de vinagre), y por supuesto, el ácido málico es “Apfelsäure” (lit. ácido de manzana). Oxígeno es “Sauerstoff” (lit. materia de ácido); Hidrógeno es “Wasserstoff” (lit. materia de agua) y así sucesivamente. Es curioso que este afán germanizador culminó en la época nacionalsocialista y alcanzó nada menos que a la Gramática (Sprachlehre) donde, como botón de muestra, podemos citar que el nombre de los casos nominativo, genitivo, dativo y acusativo parecía demasiado “romanista” y fueron sustituidos, respectivamente, por “werfall”, “wesfall”, “wemfall” y “wenfall”.

Con esto llegamos al siglo XX y las cosas comienzan a cambiar; no es casualidad la emergencia de los Estados Unidos. A modo de ejemplo, en los primeros años del siglo se había descubierto el azúcar denominado “ribosa”. A diferencia de otros azúcares, cuyos nombres tenían claras raíces clásicas, como glucosa, fructosa, manosa, galactosa; e incluso sánscritas como sacarosa, la ribosa procede del acróstico “RIB” de Rockefeller Institute of Biochemistry. Y a partir de ahí, imaginad: tanto la ribosa como su derivado desoxirribosa dan lugar a iconos contemporáneos como Ácido Ribonucleico (ARN) y Ácido Desoxirribonucleico (ADN). Podemos mencionar de pasada que previamente se había partido de la noción (absolutamente errónea) de que el ADN era de procedencia animal y el ARN vegetal; por lo que en publicaciones antiguas, en torno a principios del siglo XX, podemos encontrar los términos “zoonucleico” y “fitonucleico”, respectivamente.

Todavía hacia mediados del siglo XX los franceses mantenían viva la llama de las lenguas clásicas, aunque yo creo que más bien se trataba de eludir la dictadura anglosajona en ciencias. Así, encontramos que François Jacob y Jacques Monod crean el término “alosterismo” para los fenómenos que regulan la actividad enzimática actuando fuera del centro activo (alosterismo sería “distinto relieve, distinta forma”). Igualmente se ha incorporado el término “apoptosis” para la muerte celular “normal”, término que describe en griego la caída otoñal de la hoja. Pero la tendencia contraria es imparable. El abandono del estudio de las lenguas clásicas y el auge del inglés como la actual lingua franca introduce en el lenguaje científico, muy frecuentemente, jerga de laboratorio, alejada de ese afán definidor que tienen los términos formados a partir de lenguas clásicas. Así, nos encontramos con CRISP-R, Hsp, Ras, Myc, Fos, Jun, JAK, MAPK, MEKK, CREB, PKA, EGF, PDGF, PDGFR, y sabe Dios cuántas más. También se impone el sentido figurado nacido de la charla cotidiana en el laboratorio. Así, a determinadas proteínas cuya función es facilitar el plegamiento correcto de otras proteínas recién formadas, evitando que interaccionen con quien no deben, reciben el nombre de “chaperones”. “Chaperon” es palabra francesa que significa caperuza, y como tal pasó al inglés. Pero en ambas lenguas tiene la acepción de ser la persona de edad que acompaña a jovencitas para evitar interacciones no deseadas, es decir, lo que en español llamamos “carabina” (o llamábamos, porque éste es un concepto de nulo uso en la actualidad).

En resumidas cuentas, la generalización del inglés como lingua franca de las ciencias experimentales, unido al abandono del estudio de las lenguas clásicas nos está llevando a un desierto en el que los términos no tienen la fuerza semántica que vemos en los derivados del latín y del griego. En éstos uno podía atisbar de alguna manera la esencia del concepto. Con los acrónimos y la jerga de laboratorio tenemos que ser especialistas en cada campo concreto para entender el significado, y aun así, éste se nos oculta. Volver a los clásicos, pues, sería una buena manera para facilitar la comprensión de conceptos científicos a los que no podemos llegar mediante un mero acrónimo. Razón de más para no abandonar la enseñanza y el estudio de las lenguas clásicas.

En la enseñanza secundaria que yo recibí (hace mucho, mucho tiempo) tuve tres cursos de latín, teniendo yo 12, 13 y 14 años. Nunca, nunca me he arrepentido de ello. Es más, hubiera querido tener mucho más, y griego a mayores, a pesar de que mi interés eran las Ciencias. Nunca me ha pesado. Nunca lo he considerado un saber inútil. Porque la cultura clásica es la esencia de nuestra civilización. Prescindir de ello es prescindir de nuestra propia alma. Sé que es difícil llevar esto al ánimo de quienes legislan o gobiernan, y la razón de esta cerrazón es clara: porque no tienen un mínimo de formación en la cultura clásica, lo que determina un círculo vicioso del que es muy difícil salir. Llegamos así a espectáculos como la supresión de la Filosofía, o el caso de una Universidad española en la que en el grado de Periodismo la Literatura Española fue definida en principio como asignatura optativa; al llegar la revisión del Plan de Estudios, se suprimió sin más. Y así nos pinta.

Afortunadamente, tenemos a Notae tironianae y a su entusiasta personal dedicado a revertir esta maligna tendencia. Esperemos que no quede en buenas intenciones. Lo que necesitan las lenguas clásicas es, sin duda, militancia. Y sobre todo, gente joven dispuesta a la travesía del desierto. Y eso, creo yo, sobra en esta hermosa página.

Mucha suerte a todos.

Enrique Battaner Arias