Cuentos de Irene Reyes Noguerol

Irene Reyes Noguerol nació en 1997. Lectora empedernida y pianista en sus ratos libres, se considera aprendiz de escritora y estudia 3º de Filología Hispánica en la Universidad de Sevilla. Autora de un blog literario titulado “Aura” y del libro de relatos CALEIDOSCOPIOS (Ediciones en Huida, 2016), prepara en estos momentos su segundo volumen de narrativa para la editorial Maclein y Parker.

Os dejamos aquí uno de sus cuentos de indudables resonancias clásicas.

Los ciegos

Abrió los ojos otra tarde cualquiera de cualquier mes de cualquier año. Todo sombras, una vez más. En la espesura de la noche, de su noche, volvió a pasar los dedos por la página rugosa que, algún tiempo atrás, en la memoria visual, contaba la historia de aquel mito que lo obsesionaba.

Alzó la vista al cielo con la mirada unánime de todos los ciegos del mundo, pupilas como plegarias inútiles, repetidas infinitamente, siglo tras siglo. En ese acto reflejo que de rabia y desolación había pasado a costumbre, pensó en el Minotauro como habría pensado en un hijo. O en sí mismo.

Quizás por compasión, quizás por empatía, se vio reflejado en la soledad de aquella criatura encerrada en el laberinto de sus propias sombras, espejo del número imposible de galerías que conforman el eclipse de la ceguera.

Se sintió aedo, como si el peso de los tiempos hubiera terminado de caer sobre el bastón en que se apoyaba, y quiso cantar la vida sin luz del hijo de Pasífae, su lento vagar a tientas, su patético destino en un palacio sin ventanas. Deseó con fervor componer el más hermoso de los poemas a aquel colosal error de la naturaleza, para que los milenios venideros recordaran espantados los gritos del monstruo sin soles.

Entonces se levantó. Se sostuvo sobre lo que se había transformado en cayado. Golpeándolo rítmicamente contra el suelo, volvió a alzar la vista a su noche eterna. En su laberinto de sombras, cantó como ya había cantado antes otro ciego, otro hombre.

En sus versos, el Minotauro comprendió al fin, que, tras los ojos de Borges, miraba al cielo el Otro. Y que Homero los estaba pensando a ambos.

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Studium, Alumni, Diarium, Eventum, Nuntiatum, Nucleus y otros latinajos de la web de la USAL

¡Cuántos términos latinos aparecen en nuestro entorno más cercano! ¡Y eso sólo en la página institucional de la Universidad de Salamanca! Servicios, aplicaciones, plataformas y asociaciones están dotados de nombres muy sonoros en latín elegidos con mayor o menor acierto.

Studium, por ejemplo, se llama desde hace tiempo el Campus virtual de nuestra Universidad. Me parece de los nombres mejor escogidos, puesto que evoca nuestro antiguo Studium generale. Por cierto, campus también es un término latino y ha penetrado en la lengua castellana, aunque su éxito se debe más a la mediación del inglés que a su origen latino, como reconoce el diccionario de la RAE (Del ingl. campus, y este del lat. campus ‘llanura’).

Sin embargo, a diferencia de “campus”, ni studium, ni diarium ni alumni, ni ninguna de las demás palabras que encabezan esta entrada son castellanas, así que plantean problemas distintos. Especialmente llamativo es el caso de Alumni: se trata del nombre escogido para la Asociación de antiguos alumnos de la Universidad de Salamanca. Es el plural del sustantivo alumnus, -i, masculino de la 2ª (por cierto, me extraña que los defensores/as del “alumnos/as” o del “alumn@s” no se hayan quejado): aunque podría haberse escogido el singular con valor genérico, el plural está lógicamente justificado puesto que se trata de una asociación que sin duda pretende tener más de un miembro. Es de suponer, pues, que el responsable del nombre haya escogido la forma del plural deliberadamente. Por eso hace daño a la vista leer en la página oficial de nuestra Universidad unos cuantos enunciados que no han tenido en cuenta la pertinencia del número. Por ejemplo “Encuentra otro alumni.” (¡Ay, madre!), o la acuñación de una expresión análoga a la de MI USAL: Mi alumni.

En conclusión, ahí ha quedado la tan cacareada vitalidad del latín, de la que se habló tanto el curso pasado (lee aquí la entrada correspondiente). La batalla está perdida, y no hay que mirar muy lejos para verlo. Si queremos encontrar más pruebas aconsejamos la recopilación de gazapos latinos cometidos por ilustres representantes de la cultura española que recogió ya hace unos años el prof. González Manjarrés en su artículo “El mal uso del latín: por favor, no pisen al muerto” (Nos lo envía Begoña Alonso y lo podéis leer en el blog La túnica de Neso pinchando aquí).

Eso sí, luego dirán: “Mira estos de letras, a qué tonterías se dedican”. Pero, amigos, ¿y lo que visten los latines en citas, actos, protocolos, paredes y páginas web?

Susana González Marín

Hijo del Laocoonte. Alonso Berruguete y la Antigüedad pagana

Manuela y Mª Ángeles Martín Sánchez nos enviaron en verano aviso de esta exposición en el Museo Nacional de Escultura de Valladolid, “Hijo del Laocoonte. Alonso Berruguete y la Antigüedad pagana”. Todavía tenemos tiempo de acudir: está abierta hasta el 5 de noviembre

Reproducimos la noticia publicada en ABC:

El Museo de Escultura saca de los retablos al Berruguete más pagano

La muerte temprana de su padre, el pintor Pedro Berruguete, animó a Alonso a embarcarse a Italia siendo todavía adolescente para seguir formándose en su carrera artística. Allí, la primavera de 1510 se instaló en Roma para participar junto a otros cuatro artistas en el concurso más célebre del Renacimiento, presidido por Rafael. Los jóvenes creadores tenían que haceruna copia del Laocoonte, una obra cuyo descubrimiento reciente en una villa romana había conmocionado a la Ciudad Eterna. A partir de ese momento en que Alonso Berruguete entró en contacto con la escultura clásica y durante toda su vida el Laocoonte «martilleó permanentemente» su cerebro: «El artista hizo suyo ese grito sofocado del Laocoonte e insufló su arte de morir a sus apasionadas y febriles escenas bíblicas», explicaba ayer la directora del Museo Nacional de Escultura, María Bolaños, para quien, a través del mencionado certamen, el escultor nacido en Paredes de Nava (Palencia) entró «por la puerta grande del Renacimiento, de la modernidad artística».

Ahondar en sus fuentes de inspiración y ver cómo reinventó el universo clásico es lo que pretende la exposición «Hijo del Laocoonte», cuyo título es tomado del creador e historiador de arte Moreno Villa. «Fue tal el impacto que causó en su bagaje el descubrimiento y reinterpretación de su escultura que lo trasladó cuando regresó a España en 1518», destacó el comisario de la muestra, Manuel Arias.

A través de 67 piezas distribuidas en cinco capítulos, el Palacio de Villena (sede de las exposiciones temporales del museo con sede en Valladolid) muestra a un Berruguete más pagano, que, «sacado del marco de sus retablos, da rienda suelta a su temperamento más sensual, más pegado a la encarnadura de sus personajes, cercano a sus sufrimientos».

El primer moderno

 Ese artista muy personal, poco ortodoxo y quizá también algo excesivo se plasma, entre otras muchas obras suyas exhibidas, en la madera policroamada «Sacrificio de Isaac». Situada junto a una copia en yeso del famoso Laocoonte del propio museo se puede ver en la talla cómo trasladó el dramatismo de la obra clásica a una tragedia bíblica, lo que prueba que este artista no se limitaba a copiar de manera mimética el mundo de la Antigüedad, explicó Bolaños, para quien Berruguete fue «el primer moderno de la escultura española», tal y como se recoge en las primeras salas, donde se habla del «Prometeo» de la escultura.

En los sucesivos espacios llaman la atención varias piezas, entre ellas un sarcófago romano con el tema de la Orestíada que fue hallado en Husillos (Palencia) y que ha sido cedido por el Museo Arqueólogico Nacional. De él dicen, recordaba Arias, que Berruguete, «atónito», había reconocido que «pocas cosas mejores había visto en Italia». Otro de los tesoros expuestos es la venera con la que el artista coronó el retablo de San Benito en Valladolid. Con más de cinco metros de diámetro, ha sido restaurada para la ocasión desde que en el XIX fuese desmontada con motivo de la desamortización.

Aunque en la muestra predomina la escultura, Berruguete fue un creador completo y así se traslada en otro de los capítulos que incluye un dibujo procedente de la galería de los Uffizi y una curiosa carta autógrafa en la que el artista se queja amargamente del trato que recibía de los frailes y lo escribe sobre el esbozo de un tema, la «Circuncisión», que luego repite en una escultura y otra pintura. La exhibición concluye con más ejemplos del traslado de ese mundo antiguo con piezas como la tabla «San Marcos Evangelista», en cuya parte superior se percibe también una insinuación de un mosaico romano que nunca terminó.

 

La página del Museo, además de enlaces interesantes, nos ofrece esta presentación:

“Hijo del Laocoonte. Alonso Berruguete y la Antigüedad pagana”.

Esta exposición explora el «alma pagana» de Alonso Berruguete (1490-1561), su personal amalgama entre el arte cristiano y la sensualidad de la estatuaria clásica. Siendo joven, entre 1506 y 1518, el primer escultor del Renacimiento español realizó una larga y fructífera estancia en Italia. Convivió, en Florencia y en Roma, con Miguel Ángel, Rafael o Bramante y se contagió de su euforia por los ideales antiguos y de su manera de ver el arte, participando de ese feliz diálogo entre mitos paganos y devociones cristianas que nutrió el Humanismo europeo. Sarcófagos, ruinas y estatuas encendieron su fantasía. Y, en especial, el poderoso grupo del Laocoonte. La exasperación psíquica, la danza de los cuerpos en el espacio o el virtuosismo anatómico del mármol helenístico inspirarán sus patriarcas bíblicos o sus escenas de lamento ante el sepulcro.

Reapertura del Teatro Marítimo

Nuestras colaboradoras MªÁngeles y Manuela Martín Sánchez nos envían la siguiente noticia publicada en ABC este verano (pincha aquí) sobre la reapertura tras la restauración del Teatro Marítimo y la Sala de los Filósofos de la villa Adriana en Tívoli.

Renace el famoso Teatro Marítimo de Villa Adriana

Era uno de los lugares predilectos del emperador Adriano (Itálica, 76 – Bayas, 138 d.C. ) en su fabulosa Villa Adriana, que ocupaba 120 hectáreas, a las afueras de Tívoli, a unos 30 kilómetros de Roma. Ahora, cuando se cumple el 1900º aniversario de su acceso al poder, en el 117 d.C., sucediendo a su tío Trajano, renace la alcoba secreta del emperador Adriano: Se reabre el famoso Teatro Marítimo y la Sala de los filósofos, después de tres años de restauración. Son dos edificios contiguos: El primero dedicado al retiro del emperador Adriano, lugar para cultivar el otium literario y filosófico, una isla, zona privada para aislarse con sus reflexiones y sus amores. El segundo es una amplia sala rectangular dedicada a la biblioteca de la villa. El Teatro Marítimo es el lugar más emblemático de Villa Adriana, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1999. «Era un espacio dedicado al pensamiento, a la meditación, a la reflexión, un área fundamental del complejo residencial de Adriano», manifiesta el director de la Villa, Andrea Bruciati, quien añade con visible emoción: «El Teatro Marítimo es un lugar único, porque es íntimo, privado, que encierra toda la sensibilidad y la complejidad de quien estaba al centro del mundo».

Villa en la villa

Era una «villa en la Villa», según definición de los arqueólogos. Retiro íntimo del emperador para sus meditaciones, y quizás alcoba de amor con su Antinoo, bellísimo esclavo adolescente nacido en Bitinia (Asia Menor), durante cinco años favorito amante del emperador. Tras su trágica muerte, ahogado misteriosamente en las aguas del Nilo en el 130 d. C., a Antinoo se le rindió culto.

El público puede acceder hasta el peristilo, el recinto rodeado de columnas, y caminar a lo largo del anillo de agua, que era una auténtica piscina donde Adriano podía también bañarse. Y se puede observar la isla central, que en su tiempo estaba comunicada solo por dos puentes de madera que podían elevarse. En esa isla había una especie de apartamento completo: Contaba con atrio, triclinio, un estudio, dos habitaciones, baño termal y vestuario. En la interpretación más romántica, era también una alcoba de amor. Aquí, en estas salas el emperador filósofo habría comenzado, según crónicas y biografías, a escribir sus propias memorias. Es sugestivo imaginar a Adriano componer el famosísimo poema fúnebre, con estos versos existenciales: «Pequeña alma, blanda, errante/ Huésped y amiga del cuerpo» («Animula, vagula, blandula / Hospes comesque corporis»).

Cabe imaginar también la emoción que habría sentido la escritora Marguerite Yourcenar (Bélgica, 1903 – Estados Unidos, 1987) al ver renacer el Teatro Marítimo de esta legendaria Villa Adriana, en cuyo ambiente paseó y respiró para escribir las «Memorias de Adriano», su amado emperador que favoreció las artes, demostró humanidad teniendo consideración con los esclavos e hizo más grande la gloria de Roma al lograr durante su reinado que el imperio alcanzara la mayor extensión territorial de su historia.

 

 

 

La competición en la Antigua Grecia en Caixaforum

Nuestra informante Mª Ángeles Martín no ha descansado en verano. Os iremos mandando sus noticias poco a poco.

Empezamos con una exposición en CaixaForum de Madrid que ha estado abierta durante los calores pero que todavía podemos visitar hasta el 15 de octubre: ¡Agón! La competición en la antigua Grecia, con fondos del British Museum.

Reproducimos la información de la página de Caixaforum (pincha aquí si quieres visitarla directamente)

La historia de la antigua Grecia, tal y como la conocemos, está llena de actos heroicos, triunfos de guerreros y logros de deportistas. La épica de Homero, las victorias de los atletas olímpicos o las aventuras de Heracles, todas se caracterizan por una intensa competitividad. El espíritu competitivo de los antiguos griegos estaba presente en todos los aspectos de la vida doméstica y religiosa. La rivalidad y la competición pueden ser vistas como unas emociones negativas, pero también pueden tener un sentido positivo, unificador y creador de una cultura próspera. Los griegos consideraban que se podía alcanzar la excelencia con un equilibrio entre la mente y el cuerpo; a través de la habilidad atlética, buscaban un físico impecable, y a través de la filosofía, la ciencia y la apreciación de las artes, cultivaban la mente.
Esta exposición te propone una comprensión de este espíritu competitivo en todos los aspectos de la vida de la antigua Grecia a través de una selección de tesoros de la espectacular colección del British Museum. Esculturas, monedas, cerámicas o joyas, con piezas icónicas como el friso del mausoleo de Halicarnaso, que retrata la batalla entre los griegos y las amazonas, un busto de mármol de Eurípides, uno de los tres grandes poetas de la tragedia griega, o la estatua del Diadúmeno de Vaison, una escultura en mármol de un atleta atándose una cinta en la cabeza como marca de su victoria.