Troya en el British Museum

Hoy, 21 de noviembre (hasta el 8 de marzo) se abre la exposición “Troy: myth and reality” en el British Museum, patrocinada por uno de los mayores responsables de la contaminación del mundo, BP (sí, la empresa de carburantes) . Si queréis saber exactamente qué se puede encontrar en este exposición (entre otras cosas la copa de Néstor hallada en Isquia y también la imagen que encabeza la entrada: El juicio de Paris según P.P. Rubens de Elanor Antin), podéis leer este artículo de The Guardian: “From carnage to a camp beauty contest: the endless allure of Troy“. (Agradecemos la información y los enlaces a Diego Corral)

 

Alba Reche resucita a Medusa en su primer disco

Que el mundo clásico (y en especial su dimensión mitológica) han servido desde el mismo momento de su origen como una fuente infinita de inspiración y simbolismo para todas las bellas artes (y para todo en general) no es algo inédito en este blog. Ya hemos visto cómo la música actual e incluso manifestaciones de esta al nivel del festival de Eurovisión se han servido de la cultura grecorromana para enaltecer su contenido. Pues bien, el pasado 25 de octubre la mitología griega nos ha vuelto a sorprender, esta vez de la mano de una incipiente y joven promesa de la música española: la medalla de plata de Operación Triunfo 2018, Alba Reche.

Nacida en Elche, tras quedar segunda en el programa por un mínimo porcentaje (aunque muchos la proclaman ganadora tanto por su espectacular y especial voz como por su inigualable capacidad de interpretación) sacó el pasado 25 de octubre su primer disco, un trabajo muy personal y profesional que ha traído consigo once títulos especialmente llamativos para nosotros, amantes de lo clásico: Quimera, Caronte, Asteria, Aura, Niña, Lux, Hestia, Innana, Eco, Medusa y Ares.

Nada más y nada menos que ocho canciones bautizadas con el nombre de una divinidad o figura mitológica griega, una palabra en latín, una diosa sumeria y, como única excepción, una palabra perteneciente al léxico castellano, “Niña”, la cual fue compuesta durante su etapa en la academia y por lo tanto antes de embarcarse en este proyecto.Alba Reche 2

Comencemos por el principio, analizando el título y portada del disco (que comparte además nombre con la primera canción): Quimera (de Χίμαιρα en griego) en la mitología griega era un monstruo híbrido, hija de Tifón y de Equidna, con cuerpo de cabra, cabeza de león y cola de serpiente o dragón (o, según otras fuentes, un monstruo tricéfalo: una de león, otra que le salía del lomo de macho cabrío, y la última, que nacía en la cola, de dragón o serpiente), ​ que vagaba por Asia Menor aterrorizando a las poblaciones y engullendo incluso rebaños enteros. Además, cuentan que escupía fuego. De su unión con Ortro pudieron nacer la Esfinge y el León de Nemea.

No obstante, esta etimología en la actualidad también nos sirve para designar, según el DRAE, “aquello que se propone a la imaginación como posible o verdadero, no siéndolo” (definición que en cierto modo se corresponde también con la Quimera mitológica). Quizás por eso Alba en la primera canción nos canta “…Te imagino sin dormir/leyendo las paredes/borrando nombres que no fui. /Prendo el alquitrán/por si apareces en el humo…

No obstante, aún mucho más sugerente es la simbología de la que está empapada el primer single lanzado por la artista para promocionar este trabajo: Medusa.

Medusa (Μέδουσα en griego arcaico, “guardiana” o “protectora”) en la mitología era un monstruo ctónico femenino capaz de petrificar a todo aquel que la mirase fijamente a los ojos. Su historia, finiquitada con su decapitación por parte de Perseo, es uno de los mitos más conocidos a lo largo y ancho del mundo, y por tanto una de las fuentes simbólicas más ricas y recurrentes de toda la mitología griega.

No se sabe bien si Medusa y sus dos hermanas (Esteno y Euríale), conocidas como “gorgonas” eran hijas de Forcis y Ceto o bien de Tifón y Equidna (como la Quimera). Estas tres hermanas se distinguían especialmente por sus cabellos, como sabemos, hechos de serpientes y que Ovidio atribuye a un castigo de Atenea. En un principio, los artesanos y pintores griegos, así como la tradición literaria, concebían a las Gorgonas como seres espeluznantes y monstruosos, pero a partir del siglo V se abre camino una representación que gana en hermosura sin perder el terror, versión que Alba Reche sin duda escoge para la estética de su videoclip, donde se muestra como una reinventada Medusa con una actitud peligrosa y afilada pero tremendamente seductora.

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Y aunque sus cabellos sean normalmente humanos, no faltan en el clip serpientes: gran parte de la joyería y accesorios que se muestran tienen la silueta y rasgos de dichos ofidios, y también la cantante posa en varias ocasiones con este animal, el cual incluso disfruta de varios planos individuales.

Y no solo la aparición recurrente de columnas (siempre a la moderna) o esculturas humanas y distintos bustos petrificados nos transportan a la cultura griega y a las víctimas de la Gorgona, sino que también en la letra de este tema la cantante sutilmente vuelve a enmascarar en sí misma la historia de Medusa: “a cuchillo, pero con amor/nadie mira como lo hago yo/… mueres por dejarte llevar/miro de lejos y vuelta a empezar… /te miro y no parpadeas…”

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Y solo unas pocas semanas después de deleitarnos con este single, Alba Reche se subió a la barca de Caronte y, tomando prestado el nombre al tenebroso guardián, sacó su segundo single, que se ha convertido, si no en el favorito, en uno de ellos entre el público.

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Caronte (del griego Χάρων, la forma poética de χαροπός, adjetivo que significa “de ojos brillantes” y más tarde “de ojos azulados o grisáceos”, y, por tanto, podría  significar “brillo feroz”, siempre refiriéndose al fervor que emitía su mirada, brillante, feroz y relampagueante por motivo de su irascibilidad y enfado. Aunque esta etimología es aun incierta, podría ser un eufemismo de la muerte) era, según la mitología griega, el anciano y gruñón barquero de Hades encargado de guiar y atravesar a los difuntos de un lado a otro del río Aqueronte sobre su barca siempre que pudieran pagarle el viaje con un óbolo (pequeña moneda argéntea empleada en la Hélade y sexta parte de la dracma), por ello en la antigua Grecia los cadáveres se enterraban con al menos una moneda de ese valor bajo la lengua o sobre los ojos (también después en Roma). Los que no pudieran pagar vagarían durante un siglo por las riberas del Aqueronte y su afluente el Cocito hasta que Caronte accediese a llevarlos sin cobrar. Hijo de Érebo y Nix, suele representarse como un anciano con los rasgos muy toscos, portando un quitón (la longitud del mismo varía según la representación que se consulte) y en algunas ocasiones con un pilos sobre la cabeza. Puede que, como dice Diodoro Sículo, este personaje mitológico tuviera origen egipcio (otra posible procedencia de su etimología), pues ni Hesíodo ni Homero mencionan su existencia, y posiblemente tuviera una figura análoga entre los etruscos.Alba REche 7

Sabiendo todo esto, sólo necesitamos invertir unos segundos en el videoclip para darnos cuenta de las sutiles pero claras referencias al mito de las que está plagada la realización del mismo: nada más empezar, un primer plano de la cantante sacándose una moneda de la boca, por supuesto, para pagar a Caronte.

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Después descubrimos que la artista viaja sobre una barca blanca, con un traje del mismo color y, a diferencia del mito, sola. También vemos como el agua sobre la que navega tiñe de negro todo aquello sobre lo que se derrama (o sea, agua de la muerte) y cómo antes del primer estribillo todo se ilumina por unos extraños focos mientras suena la letra del tema: “…Acechaban en penumbra/con focos con luz del mal…”; esto posiblemente sea una metáfora de Caronte teniendo en cuenta el posible significado de su nombre (los focos serían los ojos y la luz su esplendorosa e airada mirada)

El resto de esta preciosa balada sigue el curso del Aqueronte mientras el desamor, la tristeza y sobre todo la angustia envuelven a la cantante y sobrecogen al espectador. Ya cuando se está acabando el clip comienza a caer una lluvia negra que, tiñe el traje, el pelo y la barca de oscuras y frías gotas, acabando poco a poco con la vida del alma que cruza hacia el Hades.

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Como colofón, la letra de la canción, dura y desgarradora, remata esta historia en la que la cantante se habría visto abocada a morir y vagar por el inframundo por culpa aquella persona que nunca supo cuidarla y quererla como ella lo hizo: “Vendí mi alma, no hubo opción”.

Por desgracia, aún no podemos disfrutar de ningún videoclip más, si bien el resto de canciones, tanto por los títulos como por sus letras, son dignas de mención: por ejemplo, en la canción “Hestia” dice: “cuídame por siempre, le digo/cuídate por siempre, me repito” claro guiño al arduo pero honorable trabajo de las vestales: cuidar siempre y mantener intacto el fuego de la diosa.

Este disco, lejos de una interpretación literaria o artística, es más bien una reinterpretación, un pequeño préstamo que Alba Reche ha tomado de la mitología para poder contar su historia de un modo mucho más bonito, mucho más suyo y mucho más profesional. Y ojalá siempre podamos todos, como ha hecho Alba, servirnos de ese ingente patrimonio que nos han legado nuestros ancestros porque nadie lo entierre y lo de por muerto estando más vivo que nunca.

Julián Bautista

 

 

 

Irene Vallejo, El infinito en un junco

Irene Vallejo, una vieja conocida de este blog, se ha lanzado a un terreno alejado de la ficción y la columna periodística. La verdad es que es difícil precisar a qué género pertenece El infinito en un junco; aparentemente es un ensayo divulgativo, así lo indican los paratextos: la colección de Siruela en la que se publica, el subtítulo del libro (La invención de los libros en el mundo antiguo), la contraportada, cuyo texto empieza diciendo que “Este es un libro sobre la historia de los libros”. Todo apunta a que se trata de subrayar el “hilo que une a los clásicos con el vertiginoso mundo contemporáneo” (reproducimos literalmente las palabras de la contraportada). Sin embargo, me atrevería a decir que en realidad el libro está en la estela de esa tendencia de última moda de libros de distintos géneros sobre libros y librerías; pienso en los que la propia autora cita, por ejemplo, 84 Charing Cross de Helene Hanff o Librerías de Jorge Carrión, libros que han surgido de la situación crepuscular que el libro de papel, y yo diría que el libro en general, viven en este momento.

El problema de El infinito en un junco reside en esta duplicidad genérica. Por un lado, la autora adopta un tono intimista y romántico para tratar con el lector y comunicarle la pasión que el tema le suscita (“Me pareció interesante hablar con el lector en segunda persona; es algo que no solemos hacer en literatura. La voz es habitualmente un poco fría en el ensayo, pero yo me dije: voy a explicarle al lector por qué este tema es apasionante para mí”, palabras de la autora en una entrevista publicada en 20minutos), propósito que creo que consigue; en efecto, hay hermosas páginas sobre los libros, ella es hábil engarzando lo clásico con lo moderno y sus lecturas en este sentido son amplias e interesantes; el libro, a pesar de llegar a las 400 páginas, se lee agradablemente. Pero este carácter subjetivo lastra su propósito divulgativo; en este sentido, es superficial y poco fundamentado en una bibliografía actualizada. Yo no aconsejaría este libro ni a mis alumnos ni a nadie que quisiera acercarse al mundo del libro antiguo. Irene Vallejo, llevada por su apasionamiento, para acercarse al tema parte de dos presupuestos muy comunes, que a mi modo de ver deben ser evitados.

El primero es, dicho en términos vulgares, el “ombliguismo”, que caracteriza a muchos filólogos clásicos, la convicción de la superioridad intrínseca del mundo clásico sobre otras culturas antiguas. Resulta cuando menos empobrecedor escamotear al lector la información que concierne a las culturas orientales, de las que Grecia tomó tantas cosas, entre otras la escritura y el rollo de papiro. El mundo clásico no viene de la nada. (Por cierto, en la misma entrevista de 20minutos, Irene Vallejo transmite informaciones equívocas, por ejemplo, sobre Gilgamesh, de la que afirma: “Otras [obras, sc.] desaparecieron, como el Gilgamesh, que luego se reconstruyó porque se encontraron las tablillas”). Este prejuicio (“Si estudias civilizaciones como el Egipto faraónico o el mundo mesopotámico son apasionantes, pero yo creo que no existe esa identificación profunda”) produce un relato parcial e inexacto de los hechos. Por ejemplo, es insólita la escasa atención (apenas una página) que se presta a la expansión del cristianismo y a la conversión del Imperio romano en oficialmente cristiano como un factor fundamental en la historia del libro y de la lectura.

Pero la autora va todavía más allá, pues dentro del mundo clásico su helenocentrismo es evidente, no hay más que ver la extensión y tono de las páginas que dedica a Grecia y a la Biblioteca de Alejandría; ésta es sin duda una institución fundamental a la que no hace falta atribuirle méritos ajenos, como el de iniciar un proyecto a gran escala de traducción (p. 247), más una magnificación que un hecho contrastado (cfr. Feeney, Beyond Greek. The Beginnings of Latin Literature. Cambridge, MA; London: Harvard University Press, 2016). En este terreno la autora peca sobre todo por la reproducción de estereotipos, algo que se extiende a todos los niveles de la información que proporciona. Y este es uno de los mayores problemas del libro. Uno de los ejemplos más palmarios es su insistencia en el carácter secundario de la literatura latina, despachada durante varias páginas sin matizaciones como copia de la griega, aunque luego aparezca corregido sumariamente en la página 362, algo que probablemente desconcierte al lector.

Por otra parte, la autora, que ha leído a Mary Beard, sin embargo, no sigue la advertencia de que no querríamos de ningún modo vivir en esa época. De nuevo, el entusiasmo conduce a la idealización de esa época y a la creación de una imagen inexacta también en lo que concierne al libro y la literatura antiguas. Frases que califican a las bibliotecas griegas como “una red venosa que bombeaba el oxígeno de las palabras y de los relatos de ficción hacia todos los rincones del territorio” (p. 202) parecen poco adecuadas para retratar la realidad de un mundo en el que solo había una minoría de alfabetizados (además de que no necesariamente la alfabetización se relacionaba con la literatura, sino con el comercio, la religión o la burocracia) y la literatura se difundía fundamentalmente por la vía oral y se definía por su carácter más que elitista, reducido a un ámbito de unos pocos, unidos por lazos personales y políticos.

No podemos olvidar la alteridad fundamental, que es especialmente notable en el mundo del libro y la lectura. Sí, por supuesto hay rasgos fundamentales que hemos heredado de los clásicos, pero su identificación pasa por ser muy conscientes de las diferencias, que aquí quedan difuminadas en beneficio del relato que se pretende construir. No hay reflexión sobre el papel fundamental de la oralidad, especialmente en la literatura griega; se pasa por alto el carácter sustancialmente diferente de aquellos objetos raros y caros que eran los antiguos libros; se señala a las librerías en el mundo antiguo, cuyo papel entonces era insignificante en la circulación de la literatura elevada y en principio se reducía a la literatura de consumo, como equiparables a las modernas; no hay análisis sobre el hecho de que el libro ahora es un negocio (aunque sea un mal negocio) y ese rasgo está totalmente excluido de la literatura antigua; no es correcto el análisis sobre el papel de las bibliotecas públicas, cuya denominación es responsable de un grave equívoco, puesto que de ninguna manera pueden considerarse un trasunto de las actuales ni albergaban el propósito de abrir el mundo de la literatura a la clase de los desfavorecidos (p. 330), sino que más bien constituían una exhibición pública de poder.

En suma, la autora quiere construir su propio relato, ameno, en ocasiones brillante, pero muy personal y como tal debe ser considerado. La divulgación no está reñida con un conocimiento profundo y preciso del tema. Se trata de algo que los filólogos clásicos hemos de tener presente si queremos tener una voz digna de confianza en el mundo actual.

Susana González Marín

El acueducto romano que no era romano

Varios seguidores de nuestro blog se han apresurado a enviarnos la noticia publicada el martes 12 de noviembre en El País, sobre la auténtica datación del acueducto de los Milagros en Mérida. Este tradicionalmente se consideraba del siglo I d. C. pero nuevas investigaciones en Alemania en 2011 y una más reciente de la Universidad Autónoma de Madrid basada en pruebas de termoluminiscencia lo sitúan entre los siglos IV y VI.

Y, de nuevo, Rivera

A riesgo de parecer monotemáticos volvemos hoy con los ecos de la dimisión de Rivera, pero es que la actualidad es así y parece que este acontecimiento evoca inevitablemente la mitología y la historia clásicas. Hoy os remitimos a un texto de opinión de Público (13 de noviembre de 2019): “La heroica Anábasis de Ciudadanos” de José María Hidalgo. Nos lo envía Diego Corral.

El ADN de los antiguos romanos

Javier Sánchez Martínez nos envía este enlace a la noticia publicada en ABC sobre una investigación cuyos resultados se han publicado este mes de noviembre en Science: se han tomado muestras genéticas de 127 individuos, lo que ha permitido reconstruir de dónde procedían y cómo evolucionaron a lo largo de la historia las poblaciones de la Italia central.

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