Mary Beard: Sobre Afrodita de Cnido

El País publicó ayer, 5 de febrero, un texto de Mary Beard titulado “Leyenda de una estatua inquietante”, en el que vuelve la vista a la famosísima estatua de Afrodita de Cnido, resumiendo la escena del diálogo Amores, atribuido a Luciano de Samosata. Reproducimos el texto, que nos recuerda que el mundo clásico, tan admirable en unos aspectos, no lo era en absoluto en otros.

Los escritores griegos y romanos analizaron una y otra vez la idea de que la forma culminante de arte era una ilusión perfecta de la realidad, o, dicho de otro modo, que el logro artístico más elevado consistía en eliminar toda diferencia visible entre la imagen y su prototipo. En este sentido, hay una famosa anécdota que hace referencia a dos pintores rivales de finales del siglo V a. e. c. (antes de la era común), Zeuxis y Parrasio, que compitieron para decidir cuál de los dos era más hábil. Zeuxis pintó un racimo de uvas con tal realismo que los pájaros acudieron a picotear. Aquella ilusión prometía alzarse con la victoria. Sin embargo, Parrasio pintó una cortina, y Zeuxis, envalentonado con su éxito, exigió que se corriese para mostrar la pintura que había debajo. Según Plinio, que fue quien narró la historia en su enciclopedia, Zeuxis enseguida se percató de su error y reconoció la victoria de su contrincante con estas palabras: “Yo engañé a los pájaros, pero Parrasio me engañó a mí”.

No ha quedado rastro de estas pinturas si es que alguna vez existieron más allá de la anécdota, pero sí que tenemos el testimonio de una estatua de mármol que fue objeto de una historia similar, aunque bastante más inquietante. Se trata de una escultura de Praxíteles realizada en torno a 330 a. e. c., una obra hoy comúnmente conocida como la Afrodita de Cnido, en alusión a la ciudad griega de la costa oeste de la moderna Turquía, que fue su primer hogar. En la Antigüedad se la consideró un hito del arte, porque era la primera estatua de una figura femenina desnuda de tamaño natural (técnicamente, en este caso, una diosa de apariencia humana), tras siglos en los que las esculturas de mujeres, como Frasiclea, se habían representado completamente vestidas. La original de Praxíteles se perdió hace tiempo; según relata una historia, fue llevada finalmente a Constantinopla, donde sucumbió pasto del fuego en el siglo V e. c. Pero era tan famosa que se hicieron centenares de versiones y réplicas a lo largo y ancho del mundo antiguo, de tamaño natural y en miniatura, incluso dibujada en monedas. Muchas de estas copias se han conservado.

En la actualidad resulta difícil ver más allá de la ubicuidad de estas imágenes de desnudos femeninos y recuperar el carácter osado y peligroso que debieron tener para los espectadores del siglo IV a. e. c., que no estaban en absoluto habituados a la exhibición pública de la carne femenina (en algunos lugares del mundo griego, las mujeres de verdad, por lo menos las de clase alta, iban cubiertas con un velo). Incluso la expresión “primer desnudo femenino” minimiza el impacto porque parece implicar una esperada evolución estética o estilística en ciernes. De hecho, fuera lo que fuese lo que impulsase el experimento de Praxíteles (que es otra “revolución del arte griego” cuyas causas no comprendemos del todo), lo que hacía era destruir los supuestos convencionales sobre arte y género del mismo modo en que después lo harían Marcel Duchamp o Tracey Emin, convirtiendo un orinal en una obra de arte en el caso de Duchamp, o en el de Emin, creando una tienda de campaña titulada Everyone I Have Ever Slept With. Por consiguiente, no es de extrañar que la ciudad griega de Cos, sita en una isla frente a la costa turca —el primer cliente al que Praxíteles ofreció su nueva Afrodita— dijera: “No, gracias”, y eligiera en su lugar una versión vestida exenta de riesgos.

No obstante, la desnudez no era más que una parte de la cuestión. Aquella Afrodita era diferente desde un punto de vista decididamente erótico. Solamente las manos son ya una señal reveladora. ¿Están tratando recatadamente de tapar sus partes? ¿Acaso apuntan en dirección a lo que el espectador desea ver más que nada? ¿O son simplemente una provocación? Cualquiera que sea la respuesta, Praxíteles estableció esa tensa relación entre una estatua femenina y un supuesto espectador masculino, que ya nunca se ha desvinculado de la historia del arte europeo, una relación de la que eran muy conscientes algunos antiguos espectadores griegos, puesto que este aspecto de la escultura constituía el tema central de un relato memorable sobre un hombre que trataba a la diosa de mármol como si fuera una mujer de carne y hueso. Esta historia se narra de forma completa en un curioso ensayo escrito en torno a 300 e. c.

El autor cuenta lo que casi con toda seguridad es una discusión imaginaria entre tres hombres —­un célibe, un heterosexual y un homosexual— inmersos en una prolongada y resbaladiza polémica sobre qué clase de sexo es mejor. En plena disputa, llegan a Cnido y se encaminan hacia la mayor atracción de la ciudad, la famosa estatua de Afrodita en su templo. Mientras el heterosexual mira con lascivia su rostro y parte frontal, y el hombre que prefiere el amor de los muchachos escruta su parte trasera, descubren ambos una pequeña marca en el mármol en la parte superior del muslo de la estatua, en el interior cerca de las nalgas.

En calidad de conocedor de arte, el célibe empieza a alabar las virtudes de Praxíteles, que logró ocultar lo que parece una imperfección del mármol en un lugar tan discreto, pero la dama encargada de la custodia del templo lo interrumpe para señalar que detrás de aquella marca había algo mucho más siniestro. Explica que, una vez, un muchacho perdidamente enamorado de la estatua consiguió permanecer toda la noche encerrado con ella, y que la manchita es el único resto visible de su lujuria. El heterosexual y el homosexual declaran con júbilo que aquello demuestra su argumentación (uno señala que incluso una mujer de piedra podía levantar pasiones, mientras que el otro hace hincapié en que la ubicación de la mancha muestra que fue poseída por detrás, como si fuera un chico). Pero la vigilante insiste en la trágica secuela: el joven enloqueció y se arrojó por un acantilado.

Esta historia contiene varias lecciones incómodas: es un recordatorio de lo inquietantes que podían llegar a ser algunas de las implicaciones de la revolución del arte griego; de lo atractivo que resultaba difuminar los límites entre el mármol dotado de vida y la carne realmente viva; y, al mismo tiempo, del peligro y la locura que suponían. El relato pone de manifiesto hasta qué punto puede una estatua femenina volver loco a un hombre, pero también hasta qué punto puede el arte actuar de coartada ante lo que fue —reconozcámoslo— una violación. No olvidemos que Afrodita nunca consintió.

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Primer premio de Fotoclásica II

Publicamos hoy la foto ganadora de nuestro concurso Fotoclásica II: Acueducto de Segovia. La ganadora es la alumna Elsa Ruano García, que cursa 4º de la ESO en el IES Francisco Salinas de Salamanca, su profesora es Cristina González Díez

El acueducto, una de las huellas que dejaron los romanos en la Península Ibérica. Se encuentra en el centro de la ciudad y fue construido para hacer llegar el agua desde la Sierra de Guadarrama hasta la ciudad de Segovia. Su nombre procede de la unión de dos palabras latinas: aqua (agua) y ducere  (conducir).

 

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El acueducto de Segovia, visto en perspectiva, desde su zona central 

Hiperión

Elena Villarroel nos envía este enlace al texto de Pedro García Cuartango publicado (25 de enero) en la sección Los libros de mi vida del ABC cultural: La palabra que transforma en dioses a los hombres, donde el autor glosa la obra Hiperión de Hölderlin, cuyo título deja trasparentar su profunda relación con la Grecia clásica. García Cuartango aconseja la traducción de Jesús Munárriz (Hiperión o el eremita en Grecia. Madrid, Hiperión, 1976) que en 2016 ha visto su 31ª edición. Por nuestra parte os aconsejamos la obra de Helena Cortés, La vida en verso. Biografía poética de Friedrich Hölderlin (Hiperión. Madrid, 2014.)

La traducción definitiva al latín de Baby Shark

Si tenéis contacto con niños pequeños, estaréis hartos de la famosa canción con coreografía incluida Baby Shark. Pues bien, Carmen Hinojo nos envía este enlace con la letra de la canción en latín.

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Squala Mater

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Squal’avia

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Squalus Avus

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Finit’est

La autora, Sarah Scullin, que en su perfil se define como “Classicist, Writer, Mother. Managing Editor of Eidolon“, justifica algunas de sus decisiones al elaborar la traducción. Os recomendamos leer su breve comentario.

Fallo del Concurso Fotoclásica II

Reunido el tribunal encargado de fallar el Concurso Fotoclásica II, compuesto por Mercedes Encinas Martínez, Eusebia Tarriño Ruiz y Francisco Cortés Gabaudan, en Salamanca a 29 de enero de 2019, por unanimidad ha decidido:

● Primer premio: “Acueducto de Segovia” de Elsa Ruano García, 4º de la ESO, IES Francisco Salinas, prof. Cristina González Díez. Se ha valorado la calidad fotográfica de la imagen, la limpieza de la perspectiva, la iluminación de la foto y el comentario ajustado.
● Segundo premio: “Fuente de Apolo” de Gredy Grajales Bernal de 4º de la ESO, IES Francisco Salinas, prof. Cristina González Díez. Se ha valorado la elaboración fotográfica y el comentario, rico en contenidos, aunque debería mejorarse su redacción.
● Tercer premio: “Rapto de Europa” de Aleksandar Dilyanov Lyubenov, de 2º de la
ESO, IES Francisco Salinas, María Antonia Sierra Sánchez. Se ha valorado la perspectiva, la luz y el comentario con datos del escultor y del tema.

Enhorabuena a los ganadores, a sus profesoras y a su centro, que se ha esforzado extraordinariamente en esta actividad. Las fotos se publicarán en este blog los próximos días.

Filología clásica: renovarse o morir

Lo que las clásicas necesitan no es un defensor. Una defensa presupone debilidad o situación de desamparo en aquello que es defendido, y la fortaleza de las clásicas, cuyos bastiones principales son sus genios literarios y su pervivencia a lo largo de los siglos, es innegable. Mary Beard, en su introducción a La herencia viva de los clásicos. Tradiciones, aventuras e innovaciones (2013), desconfía de que algún día lleguen a extinguirse las clásicas. Esto supondría, en primer lugar, la condena al olvido de los grandes autores antiguos y, consecuentemente, la incapacidad de comprender a los artistas que bebieron de tan maravillosa fuente. Lo que las clásicas necesitan no es ser defendidas, sino reivindicadas. Debemos dejar claro el espacio que merecen y les pertenece por derecho. Para ello, la Filología Clásica requiere un lavado de cara y un cambio a mejor, que comience por la propia base de su enseñanza.

El número de estudiantes de Filología Clásica es reducido. Este dato podría ser indicio de que escogen tal camino por pura vocación. Desgraciadamente, en la mayoría de los casos la vocación no es el motivo, sino más bien el desconocimiento e incluso el engaño. Para muchos adolescentes la Filología Clásica es un oasis creado por su propia imaginación o propiciado por ciertos profesores de instituto o universidad que dan una idea difusa e imprecisa de lo que verdaderamente suponen las clásicas. Por ello no es extraño que crean que la base de la Filología Clásica es saber contar mitos o discernir la etimología de algunas palabras. Sin embargo, el núcleo de esta disciplina son, como es natural, los textos. De nada sirve saber la genealogía de los dioses, el ciclo tebano o la etimología de innúmeras palabras si no se tienen la habilidad o las ganas para lidiar con el idioma. Y, fuera tonterías, si uno quiere aprender una lengua romance, lo que ha de hacer es abarcarla de inmediato y no perder tiempo con el latín, porque supuestamente ayudará al aprendizaje de la lengua en cuestión. Como bien afirma Mary Beard, «solo hay una buena razón para aprender latín: que quieras leer lo que está escrito en ese idioma». Y lo mismo sirva para el griego.

Dejémonos de embelesar a los jóvenes dándoles una imagen errónea e intentemos mantener a aquellos que verdaderamente se interesan por el latín y el griego. Decenas y decenas de estudiantes pierden el tiempo en una carrera que ni les va ni les viene para acabar abandonándola después de muchas penas, al menos económicas y mentales. De cincuenta que entran, salen diez, o veinte como mucho. Conocí personalmente a compañeros que hacían la carrera porque “les gustaba la mitología”. Otros creen que por ser buenos en el instituto, seguirán adelante sin el menor esfuerzo, solo con analizar sujeto, verbo y complemento en la pizarra. Procedimiento que, por cierto, no tendría que salir de los muros del instituto, pero que –horresco referens– siguen empleando incluso algunos becarios, mis propios ojos lo han visto –mirabile dictu–. Muchos sucumben a la visión de una Filología Clásica donde se leen mitos alrededor de la hoguera ancestral, se celebran simposios o se cocinan platos romanos con garum. Pero como un gran maestro dijo un día no venimos a esta carrera para cocinar crêpes. Con todo esto, no quiero decir que no haya que fijarse en aspectos tales como la mitología o etimología; pero no solo de pan vive el hombre, aunque muchos desearían que esto fuera así.

Toda persona dispuesta a reivindicar las clásicas necesita, lo primero de todo, tener un concepto muy claro de su significado. Y, como segundo paso, ha de plantearse cómo deberían de ser enseñadas en un futuro. El método de enseñanza que suele emplearse en las aulas es el prusiano, que intenta lograr la adquisición de la lengua a través de la pura gramática y morfología y de la traducción de textos. Este modelo es, desde mi punto de vista, nocivo para el caso del latín y el griego y es obvio que, en la mayoría de los ocasiones, no funciona. Vemos como algunos de los supuestos filólogos clásicos que se gradúan, después de cuatro años, cometen graves errores morfológicos o desconocen palabras del léxico elemental, lo cual es una verdadera vergüenza, que se debe en parte a la holgazanería y nulo sacrificio de una parte del alumnado, pero también a la inutilidad de dicho método. En otro estrato se encuentran aquellos que, a pesar del esfuerzo, se encuentran con que son incapaces de leer una sola frase en latín y comprenderla. Están, en fin, abocados a la mera traducción. ¿Por qué? Precisamente porque el método prusiano te prepara para traducir, pero no para leer en la lengua original sin necesidad de verter a la lengua materna los versos o las oraciones de la prosa para poder comprenderlos. Solo se puede llegar a la lectura zambulléndose de lleno en los textos originales, sin miedo, sin diccionario, sin tramposas ediciones bilingües. Una vez adquirido el bagaje morfológico-sintáctico, ya puede uno prescindir de la carga del análisis y abarcar de frente el texto, como si se tratara de una obra en francés, inglés o italiano; pero, mientras se siga escribiendo la traducción y el análisis en el papel, esto no serán más que quimeras.

Por último, me gustaría referirme a la cuestión de cómo deberían de ser las clásicas, o mejor dicho, cómo deberían de enseñarse. La reflexión anterior va, en parte, referida a esta pregunta. No obstante, quisiera añadir un aspecto más, que sigue de cerca al genial Nietzsche. Las clásicas necesitan un enfoque con amplitud de miras. El filósofo fue muy duro con los filólogos clásicos, a los que llegó a denominar «estrechos de miras», «desapasionados», y aquejados de una «manía erudita, pedante, fría». Personajes, en fin, empeñados en el microanálisis e incapaces de ver la belleza del conjunto. Mientras que él era capaz de admirar el cuadro al completo, aquellos se quedaban colgados en las manchas de aceite que cubrían las formas dibujadas. Nadie niega que sea necesario el trabajo minucioso, ni siquiera el propio Nietzsche. En su lección inaugural Homer und die Klassische Philologie (1869) –antes de tomar posesión de la cátedra de Lengua y Literatura Griega con tan solo veinticuatro años y sin haber realizado tesis alguna– denomina «valiente» al filólogo alemán F. A. Wolf, que en su obra Prolegomena ad Homerum (1795) había cuestionado que los poemas homéricos fueran obra de un único individuo, de un divino poeta. Indudablemente, fueron necesarios el esfuerzo y la minuciosidad para llegar a esta hipótesis –que ya antes había sido planteada no obstante–, pero que ahora tomaba la forma de lo que hoy se llama «cuestión homérica». Defiende Nietzsche a Wolf de las críticas de los artistas, que consideran a los filólogos clásicos destrozadores de los grandes escritos. Estoy totalmente de acuerdo con Nietzsche en su idea de lo que la Filología Clásica ha de ser: la unión de la ciencia y el arte. Este podría ser el camino para unas futuras clásicas, que recogieran en su seno la pasión artística, pero el trabajo duro al mismo tiempo. La primera permitiría deleitarse con la belleza de las civilizaciones y testimonios de las culturas griega y romana, el segundo, dar a su disciplina la seriedad que merece y, ante todo, necesita.

Tal vez esto no sea la panacea; pero me atrevo a decir que de ningún modo lo es salir a defender las clásicas vestidos de romanos. Así nadie nos tomará en serio. No podemos permitir que las clásicas sean objeto de escarnio. No es admisible la actitud de aquellos profesores que hipnotizan a sus estudiantes con los aspectos más golosos. Pero tampoco convengo en que haya que amargar a nadie con una erudición y pedantería insoportables. Ni lo uno ni lo otro, in medio virtus. No seamos pues aquellos filólogos de los que hablaba Nietzsche, que de la ciencia solo conocen el polvo erudito. Sin pasión y sin arte no hay vida, en todo caso, creencia de que el filólogo es un «topo, aficionado a tragarse el polvo de los archivos, a desmenuzar una vez más la gleba triturada cien veces por el arado».

Noelia Bernabeu Torreblanca

 

#Homero2019

Pablo Maurette, profesor de literatura comparada e investigador del Centro de Estudios sobre el Renacimiento Italiano de la Universidad de Harvard, ha lanzado una propuesta (#Homero2019) a sus seguidores de Twitter:  leer un canto de la Ilíada cada semana y comentarlo en Twitter. La lectura de cada canto empieza los martes, siempre con el vídeo de una persona leyendo los primeros versos. La sección Verne de El País se ha hecho eco de la propuesta y nos da una muestra de los comentarios enviados.