A Don Miguel de Unamuno y Jugo

Era obligatorio que este curso, antes o después, dedicáramos en Notae Tironianae una entrada a Don Miguel de Unamuno y Jugo, catedrático de griego y dos veces rector de la Universidad de Salamanca. A este bilbaíno, cuyo busto preside desde su jubilación en 1934 las señoriales escaleras interiores del Palacio de Anaya –escaleras que, según cuentan, prefería después de aquello evitar para no “toparse consigo mismo”- se le han dedicado también varias actividades y jornadas en el marco del octavo centenario de la Universidad.

Y es que don Miguel no pasó inadvertido por esta ciudad, sino que se hizo notar y valer en los difíciles momentos políticos que le tocó vivir –dictadura de Primo de Rivera, durante la que fue desterrado, Segunda República y posterior estallido de la guerra civil-, amplificando desde su posición de rector pensamientos que no gustaban ni a muchos de sus colegas ni a las altas esferas políticas de Madrid. Consideraba que “unos cuantos sabios, verdaderos sabios, maestros de verdad, guardan más a la patria que algunos batallones”, que “los estudiantes están llamados a demostrar la ineptitud de los profesores” y escribió también que “la experiencia le ha enseñado que la mayor parte de las veces en que se dice de uno que sabe algo, pero no sabe enseñarlo, es que en realidad no lo sabe bien o no quiere enseñarlo.” Seguro que más de uno se dio por aludido secretamente con esta última sentencia.

Miguel de Unamuno y Jugo nació en Bilbao en 1864, estudió Filosofía y Letras en Madrid, adquiriendo el título de doctor con solo 20 años -eran otros tiempos- con una tesis titulada Crítica del problema sobre el origen y prehistoria de la raza vasca. Volvió entonces a su ciudad natal donde comenzó a trabajar en colegios e institutos como profesor de latín, psicología y ética mientras daba también clases de español a marineros ingleses y noruegos en el puerto y preparaba oposiciones para catedrático. En 1891 se casó  con la que sería su compañera de toda la vida, Concha Lizárraga y obtuvo la cátedra de griego –sí, sí, de griego, que en la propia visita guiada a su museo es algo que pasa inadvertido- de la Universidad de Salamanca, a donde el joven matrimonio se trasladó. En esta ciudad, de la que escribió que “es el tranquilo curso de tu vida / como el crecer de las encinas, lento, / lento y seguro”, don Miguel vio crecer a su familia, su obra y su prestigio como profesor hasta ser nombrado rector de la universidad en 1900.

En ese momento se mudó con su familia a la casa rectoral construida en la calle Libreros junto a la fachada plateresca de la universidad, y que hoy día alberga su museo -visita guiada más que recomendable, de lunes a viernes de 10 a 14- y la sede de la Asociación de amigos de Unamuno. Curiosamente, aunque el salón del piso inferior fue utilizado durante muchos años para recepciones, claustros, etc., la familia Unamuno fue la única que habitó la vivienda de los pisos superiores, puesto que don Miguel ha sido el único rector que vivía de alquiler en la ciudad.

Estaba don Miguel en la cúspide de su carrera académica y en el ecuador de su vida -tuvo la particularidad de vivir el mismo número de años en el siglo XIX que en el XX, 36 en cada uno-, pero todo lo que sube baja y esa segunda parte estuvo colmada de difíciles momentos: en 1902 murió su tercer hijo, Raimundo, enfermo desde hacía varios años. Sufrió entonces una severa crisis personal y espiritual –la religión, la fe y Dios o la ausencia de ellos siempre fueron temas importante para él, recurrente en sus obras y reflexiones-. Seis años después murió su madre, con lo que se agudizó su crisis personal. En 1914, coincidiendo con el estallido de la Primera Guerra Mundial y la publicación de Niebla, su novela más famosa, don Miguel fue destituido como rector por crítica a Alfonso XII.

En 1921 se le restituyó provisionalmente en el cargo pero dos años más tarde, durante la dictadura de Primo de Rivera, fue desterrado a Fuerteventura y más tarde llegaría a Francia. Durante esta época fue realizado en Hendaya por Víctor Macho el famoso busto de las escaleras del Palacio de Anaya –en este enlace se puede leer una anécdota entre el escultor y el pensador-. En 1930 tras la dimisión del dictador pudo don Miguel volver a Salamanca, a su familia y a sus cargos, comenzando su segundo mandato como rector. Pero la vida le dio poca serenidad, pues en pocos años murió su hija Salomé, su esposa Concha y estalló la guerra civil. A raíz de este último hecho tuvo lugar en el Paranínfo de la universidad, durante el acto de apertura del curso académico, el enfrentamiento contra el general Millán Astray, donde pronunció sin duda su discurso más recordado y citado (del que a veces se han apropiado indebidamente), que merece, pienso, un contexto mayor que aquel al que se suele reducir:

“Este es el templo de la inteligencia, y yo soy su sumo sacerdote. Vosotros estáis profanando su sagrado recinto. Yo siempre he sido, diga lo que diga el proverbio, un profeta en mi propio país. Venceréis, pero no convenceréis. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis, porque convencer significa persuadir. Y para persuadir necesitáis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil pediros que penséis en España.”

Esto le costó el arresto domiciliario en su casa de la calle Bordadores –hoy día una casa privada que presenta en su fachada una placa conmemorativa-. Allí murió de pena, solo, el 31 de diciembre de 1936. Allí enfrente, ante la estatua del pensador, político, escritor, filólogo que dominaba once lenguas distintas, catedrático de griego y antiguo rector, se realiza cada 31 de diciembre una ofrenda floral como la que tuvo lugar este año el día de su onomástica y cumpleaños ante el busto de filología.

Quien dijera en repetidas ocasiones eso de “me duele España” y que “aquí, en Salamanca, se oye a uno pensar” dejó escritos cientos de artículos, libros y ensayos inmortales. Comparto, para cerrar esta entrada, algunas de sus reflexiones más queridas para mí como filóloga y lígrima charra, extraídas de una selección realizada por J. Agustín Torijano hace 15 años, de donde he sacado también las que pueblan las líneas anteriores:

“La lengua es la sangre del alma, el vehículo de las ideas”

“La figura del mundo nos la dio la palabra: la visión salió del son. El habla nos enseña a ver. Nombrar una cosa es definir su idea, marcar su contorno. Porque idea quiere decir en su rigor etimológico visión.”

“No conoce ni su propia lengua quien solo ella conoce”.

“El niño nace artista y suele dejar de serlo en cuanto se hace hombre. Y si no deja de serlo, es que sigue siendo niño.”

“Luego que ha cesado el vocerío estudiantil, cuando están cerradas y mudas las aulas, en horas o en días de vacación, sobre todo en las tardes del verano, ese patio de las Escuelas Menores, con su broncíneo fray Luis de León en el centro, sobre su pedestal, con un eterno gesto de apaciguamiento, es algo que habla al alma de lo eterno y lo permanente. No doy por nada del mundo este patio, henchido en su silencio de rumores seculares, ese patio sin ruido de tranvías ni de ferrocarriles ni de vana agitación humana.”

Isabel Varillas Sánchez

Anuncios

Studium, Alumni, Diarium, Eventum, Nuntiatum, Nucleus y otros latinajos de la web de la USAL

¡Cuántos términos latinos aparecen en nuestro entorno más cercano! ¡Y eso sólo en la página institucional de la Universidad de Salamanca! Servicios, aplicaciones, plataformas y asociaciones están dotados de nombres muy sonoros en latín elegidos con mayor o menor acierto.

Studium, por ejemplo, se llama desde hace tiempo el Campus virtual de nuestra Universidad. Me parece de los nombres mejor escogidos, puesto que evoca nuestro antiguo Studium generale. Por cierto, campus también es un término latino y ha penetrado en la lengua castellana, aunque su éxito se debe más a la mediación del inglés que a su origen latino, como reconoce el diccionario de la RAE (Del ingl. campus, y este del lat. campus ‘llanura’).

Sin embargo, a diferencia de “campus”, ni studium, ni diarium ni alumni, ni ninguna de las demás palabras que encabezan esta entrada son castellanas, así que plantean problemas distintos. Especialmente llamativo es el caso de Alumni: se trata del nombre escogido para la Asociación de antiguos alumnos de la Universidad de Salamanca. Es el plural del sustantivo alumnus, -i, masculino de la 2ª (por cierto, me extraña que los defensores/as del “alumnos/as” o del “alumn@s” no se hayan quejado): aunque podría haberse escogido el singular con valor genérico, el plural está lógicamente justificado puesto que se trata de una asociación que sin duda pretende tener más de un miembro. Es de suponer, pues, que el responsable del nombre haya escogido la forma del plural deliberadamente. Por eso hace daño a la vista leer en la página oficial de nuestra Universidad unos cuantos enunciados que no han tenido en cuenta la pertinencia del número. Por ejemplo “Encuentra otro alumni.” (¡Ay, madre!), o la acuñación de una expresión análoga a la de MI USAL: Mi alumni.

En conclusión, ahí ha quedado la tan cacareada vitalidad del latín, de la que se habló tanto el curso pasado (lee aquí la entrada correspondiente). La batalla está perdida, y no hay que mirar muy lejos para verlo. Si queremos encontrar más pruebas aconsejamos la recopilación de gazapos latinos cometidos por ilustres representantes de la cultura española que recogió ya hace unos años el prof. González Manjarrés en su artículo “El mal uso del latín: por favor, no pisen al muerto” (Nos lo envía Begoña Alonso y lo podéis leer en el blog La túnica de Neso pinchando aquí).

Eso sí, luego dirán: “Mira estos de letras, a qué tonterías se dedican”. Pero, amigos, ¿y lo que visten los latines en citas, actos, protocolos, paredes y páginas web?

Susana González Marín

Entrevista a alumnas del Máster de Investigación en Textos de la antigüedad clásica y su pervivencia

Aída Gordo Retortillo es extremeña y cursó el Grado de Filología Clásica en Salamanca. Alba Boscà Cuquerella es valenciana y de la Universidad de Valencia procede. Sara Matías Pérez se ha formado en la Universidad de Santiago, pero es oriunda de Gran Canaria.

Las tres han coincidido este año en el Máster Universitario en Textos de la Antigüedad Clásica y su Pervivencia. Las tres han brillado con luz propia. Y por eso nos ha parecido oportuno dejar constancia de su paso por las aulas salmantinas formulándoles algunas preguntas:

  1. ¿Qué te impulsó a cursar el Máster de Investigación al terminar los estudios de Grado?

Aída: Considero que todo lo aprendido durante el Grado es una base suficientemente sólida para trabajar en el ámbito de la Filología Clásica. No obstante esa base puede considerarse como tan solo un aperitivo de lo que ésta ofrece, así que decidí cursar el Máster para profundizar en materias que ya conocía y descubrir otras nuevas.

Alba: Al principio me costó mucho decidirme, sobre todo por la desinformación y el miedo, pero finalmente me decidí. Por una parte, gracias al hecho de haber cursado las prácticas de secundaria durante el cuarto año, lo que me abrió los ojos a lo que era la docencia. Por otra, gracias a mi profesora de Griego VII, quien me informó sobre las posibilidades de las que disponía y de los diferentes Másters que podría cursar.

Sara: Durante el cuarto año de los Estudios de Grado determiné continuar mi formación encaminada a la investigación, no sólo porque siempre me ha interesado estudiar en profundidad cualquier aspecto insertado en el marco de la Filología Clásica —aunque con predilección por la literatura griega—, sino también porque considero que cuatro años no son suficientes para adquirir los conocimientos que se deberían de tener al terminar los Estudios de Grado.

  1. ¿Por qué elegiste el Máster de la Universidad de Salamanca?

Aída: Dado que había cursado el Grado en esta universidad ya estaba familiarizada con el entorno y contaba con información sobre las características y contenidos del Máster. Consideré otras opciones pero sus curricula no me parecieron tan interesantes como el de este.

Alba: Porque me lo recomendaron, tanto algunos de mis profesores del Grado, como compañeros míos, he conocido a varias personas que han hecho algún curso en esta universidad. Además, me llamaron mucho la atención los contenidos de los cursos. Está claro, también, porque es una de las pocas universidades que ofertan este Máster y porque es Salamanca.

Sara: Después de informarme sobre los diversos Másteres de Investigación ofertados en las universidades españolas, opté por el que se encontraba la Universidad de Salamanca ya que las asignaturas del programa me parecían muy adecuadas al Máster.

  1. Ahora que ya casi has terminado ¿podrías decirnos si se han cumplido tus expectativas?

Aída: Sí. Estoy satisfecha con lo que me han enseñado pero aún queda mucho por aprender.

Alba: Sí, y, además, con creces. Sabía que iba a ser un año muy provechoso, y lo ha sido, más de lo que esperaba en un principio, tanto por parte de los profesores como por parte de mis compañeros. Ha sido una experiencia realmente provechosa, además de bonita.

Sara: Se han cumplido satisfactoriamente. Durante este curso de Máster he podido comprobar la considerable implicación de mis compañeros y profesores en las clases, hecho que ha revertido positivamente en nuestro aprendizaje.

  1. ¿Qué es lo que te ha parecido más positivo del Máster?

Aída: Creo que la mayor riqueza de este Máster es la variedad. Las asignaturas cuentan con más de un profesor experto en la materia y cada uno se esfuerza por transmitir sus conocimientos; en ocasiones la cantidad de información resulta abrumadora porque no hay suficiente tiempo para profundizar todo lo que nos gustaría. Pero el tiempo no es un bien que sobre a nadie y este sistema ofrece una amplitud de miras nada desdeñable además de unos conocimientos prácticos enfocados a la investigación de las obras clásicas.

Alba: Los cursos impartidos y la manera de trabajar. Se ha insistido mucho en aspectos que durante la carrera o bien hemos tratado muy poco o, directamente, no pudimos trabajar. También, el punto de vista que nos han aportado los profesores que nos han impartido estos cursos, dirigidos a enseñarnos cómo debemos afrontar cualquier aspecto que queramos estudiar con profundidad.

Sara: Considero favorables las clases en las que el profesor nos invita al debate, ya sea a partir de los ejercicios prácticos, ya sea en las propias explicaciones teóricas.

  1. De estar en tu mano, ¿qué aspectos cambiarías?

Aída: El horario y algunos elementos técnicos no favorecen, en mi opinión, la “productividad” del Máster, sin embargo la comisión de calidad ya se interesó por nuestra opinión y esta tratando de solucionarlo para el próximo curso.

Alba: Si fuera posible, yo cambiaría los horarios del primer cuatrimestre, porque esos meses supusieron un descontrol; no teníamos horas seguidas con los profesores que compartían una misma asignatura y las horas de las clases no tenían un orden lógico. Pero es evidente que eso queda un poco lejos de nuestras manos, puesto que depende de los horarios de los profesores.

Sara: Intentaría que la oportunidad de participación del alumno en clase fuese igual en todas las asignaturas, evitando así que la iniciativa y predisposición queden mermadas. Por otra parte, el desajuste de horarios producido durante el primer cuatrimestre con algunas asignaturas ha sido algo incómodo en el transcurso de las clases, pero esta cuestión ya ha sido transmitida al coordinador del Máster.

  1. ¿Recomendarías a otros estudiantes este Máster? ¿Qué consejos les darías?

 Aída: El Máster me parece recomendable para todos aquellos que estén interesados en enriquecer su conocimiento de los autores clásicos, y en especial para aquellos que quieran dedicarse a la investigación.

Alba: Sí, sin pensarlo. Y les diría, si cursan el Máster, que lo aprovechen al máximo y le saquen todo el jugo posible a las asignaturas, los trabajos y los profesores.

Sara: Por supuesto, lo recomendaría. Si le tuviera que dar un consejo a esa persona, le diría que no perdiese nunca la iniciativa en las clases, pues la vergüenza de preguntar no tiene cabida en un entorno donde el profesor se muestra totalmente accesible a cualquier aportación por parte del alumno.

  1. ¿Qué planes tienes a medio y/o largo plazo?

Aída: Quiero seguir aprendiendo y me parece que el Doctorado es la opción más sensata para lograrlo.

Alba: A largo plazo, en verdad, no lo sé, pero a medio plazo mi intención es continuar formándome en esta universidad haciendo el Doctorado. Después ya, el futuro dirá.

Sara: Una vez terminado el Máster de Investigación, espero que el próximo curso pueda comenzar el Doctorado en esta universidad.

A mí no me resta sino darles las gracias no sólo por responder a estas preguntas, sino por su participación activa en las clases, por el interés, el esfuerzo y el trabajo que han desarrollado a lo largo de todo el curso, también por la simpatía y encanto que desprenden.

Ha sido un placer y una satisfacción enorme contar con ellas en las tres asignaturas que imparto en el Máster.

¡Buen verano y los mejores augurios ahora y siempre!

Henar Velasco López

Pablo García Baena, doctor honoris causa en la Universidad de Salamanca

El pasado 21 de abril con el arribo de la primavera, en solemne acto celebrado en el Paraninfo de nuestra Universidad de Salamanca, conforme al antiguo ritual y contando como padrino con Juan Antonio González Iglesias, fue investido doctor honoris causa Don Pablo García Baena. (Si quieres ver el acto puedes hacerlo pinchando aquí)

Como homenaje y recuerdo gratísimo de ese día quiero dejar aquí un poema de su libro Antes que el tiempo acabe, publicado en 1978. Gusten de su belleza y hondura. Y descubran quienes aún no lo hayan hecho a un gran, grandísimo poeta.

 

DelfosNocturno

DELFOS
A Julio Aumente Martínez-Rücker

Alza la frente de almenados bucles
entre montañas, roto perfil póstumo,
cuyos cabellos negros como el bosque
carmena el lobo.

Alza la frente y vuelve tu mirada
al apagado astro de la tierra;
ningún augur dijo de tu ruina,
altiva Delfos.

Inertes aras tenazmente mudas
ocultan signos, amordazan lenguas,
mientras altos vigilan al acecho
feroces dioses.

¿Dónde tu voz? Carneros otomanos
gotearon su lardo por tus mármoles
y el exarca cubrió de joyas bárbaras
apoxiomenos.

Crecieron tus laureles para el cónsul,
el dux, el victorioso, los tiranos;
te asolaron sacrílegas pezuñas
del bestiario.
Olvido fue cerniendo las arenas.
Fugaz nube es la púrpura… Fielmente
el jaramago erige gualdas flautas,
hímnicos cantos.

¿Qué esperas del oráculo, Pablo García Baena,
si tu vida es recuerdo, tapiado columbario
donde un cadáver se deshace
celosamente embalsamado por ti de algalias olorosas
y están tus pasos numerados como un libro
que dudoso repasas a la lámpara
y donde sólo falta el colofón
y las exequias en final viñeta?
¿Qué intentas que te diga esa velada Pitia,
esa obstinada esperanza furiosa
que se remueve como alimaña entre el heno segado,
si para ti ya ha muerto el amor y los días
son naipes que abandonas de un juego ya perdido?
¿Qué haces en la noche de Delfos,
junto al abismo que arañan los olivos,
con el lejano pavés del mar sagrado
centelleante a la indecisa luna
y el canto de los alemanes de un «tour»
profanando la calma augusta de las piedras?
Si ya el aviso de la anocheciente corneja
sonó lóbrego
y Apolo huyó de ti llevándose la luz,
¿no será esta la noche del balance,
noche de la balanza donde arrojes tus días,
los mortales obsequios oferentes,
solitario, pobre, triste, casi cincuenta años,
tímido, huraño, callado y sonriente
Pablo García Baena?

Despójate del íntimo pingajo,
del último jirón, tiernos harapos
enmadreciendo heridas, zarpas, gritos,
y avanza solo en la noche hacia el enigma,
desnudo hacia la voz, al desolado
carril de tu destino. Miente, habla,
silente trípode.

Gracias, Doctor.

Henar Velasco López