Hoy sale a la venta Grecorromanas, un nuevo libro de Aurora Luque

Todas aquellas obras que en una u otra lengua ha producido
el celo de los sabios —se abre a ellos la puerta de los cielos—,
ya sean los cantos que los diestros crean,
ya lo compuesto en libre lenguaje de la prosa,
tú las mejoras, cuando las lees, al hacerlas tuyas.
Versos pertenecientes a la laudatio funebris de Fabia Aconia Paulina a su marido, y a una Roma que ya no volverá, en traducción de Aurora Luque.
Me di cuenta de lo estrecho que es el canon que transmite la Historia de la Literatura, totalmente androcéntrico. Hay muchos rescates aún por hacer de poetas que están en penumbra por razones de género. Cualquiera puede ver que faltan muchos nombres.
Aurora Luque (2003) (El País)

Hoy celebramos la publicación de esta singular antología en la que Aurora Luque recoge los testimonios supervivientes de autoras de la Antigüedad grecorromana. Un lapso de once siglos (VII a.C. – IV d.C.), que nos lleva desde la época arcaica de Safo (fundadora indiscutible de esta “comunidad sostenida de referencias, símbolos, mitos” (p. 5) que se despliega a lo largo de la antología), a la época clásica de Corina y Erina, para llegar a la época helenística de autoras como Édile, Ánite y Nosis, finalizando con las hermanas romanas de todas ellas, como son las viajeras Julia Balbia y Terencia, las Sulpicias (la elegíaca y la satírica) o la última pagana, Fabia Aconia Paulina.

Como se puede suponer, un periodo tan grande de tiempo trae consigo una enorme variedad estilística, que va “desde la monodia erótica de Safo al lamento fúnebre de Erina, desde el himno político a Roma de Melino a la cruda sátira antiimperial de Sulpicia, desde la poesía de banquete de Praxila a los epigramas de las viajeras Balbila o Terencia”, como señala la editorial en su sinopsis del libro).

En él también hay espacio para el recuerdo de esas voces que, por los azares de la transmisión, no han podido llegar hasta nosotros a través de su propia producción, sino por testimonios ajenos que informan sobre la existencia de su obra hoy en día desaparecida. Este es el caso de las autoras bajo las secciones de ‘Las palabras perdidas.’ Sin duda, un ejercicio de justicia poética por parte de Luque, ya que en el caso de muchos autores masculinos en esta misma tesitura esto no ha sido un impedimento para ser (re)conocidos a lo largo del tiempo.

Esta antología hace su aparición en un momento en el que tanto los lectores como el propio mercado editorial están preparados para acogerla con los brazos abiertos. No obstante, hay que destacar cómo para Luque este tema no es ninguna novedad. Ya en 1987, cuando esta sensibilidad hacia el enfoque de género apenas existía en nuestro país, dedicó su memoria de licenciatura en la Universidad de Granada a la «Poesía compuesta por mujeres en la Antigua Grecia. Épocas clásica y helenística». Y todo ese trabajo la avala a la hora de abordar esta antología, al mismo tiempo que pone de relevancia lo necesario y nuclear del rescate de estas voces en nuestros días.

Voces que se presentan en una cuidada traducción, con el rigor filológico y poético al que Luque, desde su formación de filóloga clásica y su condición de poeta, nos tiene acostumbrados. Por un lado, dicha formación filológica le otorga también el conocimiento preciso de la función cultural del ejercicio de traducción en nuestros tiempos. Luque es plenamente consciente de cómo el imaginario del mundo grecolatino para y en cada época le debe mucho a sus traductores, que son uno de sus principales moldeadores. (Aunque en la actualidad entran en juego muchas otras disciplinas en la creación de este imaginario, nosotros, como filólogos, primamos el de la palabra escrita que nos ha sido legada). Su condición de poeta, a su vez, hace que domine los códigos poéticos vigentes, tal y como las autoras de los originales hicieron en sus respectivas épocas.

Finalmente, en lo que respecta a esta edición en su conjunto, su formato (monolingüe, con una amplia introducción contextualizadora y notas al pie de página) y su asequible precio (14’95 €), la hacen totalmente cercana al lector general de poesía. Así, podemos afirmar satisfactoriamente, como hiciera la propia Aurora Luque hace un par de años que: “una traducción hace literatura. No solamente transmite y vehicula, sino también hace la literatura de cada época, de cada momento.”

Marta Martín Díaz

Una nueva Odisea ilustrada

Hace unos meses la profesora Eusebia Tarriño compartía en este blog su lectura de Una Odisea. Un padre, un hijo, una epopeya). En este libro, Daniel Mendelsohn narra la relación con su padre, y su familia extensa, a través de un seminario sobre el poema homérico que él mismo impartió y al cual su padre, un matemático octogenario ya jubilado, asistió como alumno.

La Odisea queda en familia de nuevo (como bien titula Peio H. Riaño esta entrevista a sus dos autores ) a propósito de La Odisea: Ilustrada, editada por Malpaso; puesto que la selección y traducción de  textos corren a cargo de Carmen Estrada (catedrática de Fisiología que, tras jubilarse, se matriculó en Filología Clásica) y las ilustraciones pertenecen a su hijo, el dibujante Miguel Brieva.

Además, esta Odisea parece ser una fiel hija de sus tiempos. Por una parte, Estrada busca con su traducción enfatizar el papel de las mujeres en la travesía de Odiseo. Como ella misma señala en la entrevista arriba mencionada: “Ellas llevan su [la de Odiseo] narración. Entonces, ¿quién es el protagonista? Ellas son esenciales.” Un papel que, al volver al griego original, vio en muchas ocasiones mermado e incluso borrado por completo de las traducciones, como también indica en la entrevista.

Esto me recuerda al enfoque con el que Emily Wilson afrontó su traducción de la Odisea al inglés, la primera traducción a este idioma llevada a cabo por una mujer. No obstante, desconozco si Estrada ha leído la traducción de Wilson o si conoce la polémica que algunas de sus elecciones, en concreto las que tenían que ver con el vocabulario en torno a las mujeres del poema, tuvieron en ciertos ámbitos académicos así como en algunos medios.

Por otra parte, este ir y venir sobre el griego original y sus posteriores traducciones por parte de Estrada, nos ofrece una concepción del poema homérico consciente de la importancia de su recepción, en este caso, en traducciones, a lo largo de los tiempos, como la propia Estrada reflexiona también en la entrevista: “Es un libro que tiene infinitas lecturas, porque es un reflejo de quienes la leen. Ahora podemos hacer esta lectura, porque las mujeres hemos pasado desapercibidas durante muchos años.” A su vez, en su presentación del libro la editorial señala cómo Brieva entabla un diálogo interdisciplinar con Homero a través de sus ilustraciones, un elemento más de la recepción del poema.

Marta Martín Díaz

Nueva traducción de Safo

Saludamos la aparición de una nueva traducción de Safo, la de Juan Manuel Macías (filólogo, poeta, traductor, entre otros, de Cavafis y de Maria Polydouri, y Premio 2013 de la Sociedad Griega de Traductores de Literatura), publicada en La Oficina de Arte y Ediciones, una pequeña editorial que, como su nombre indica, desde hace tiempo nos ofrece libros que aúnan la calidad de los textos con la belleza visual (Si quieres saber más de ella, pincha aquí). Con estas Poesías de Safo y con una nueva traducción de El retrato del artista adolescente, la editorial inaugura su nueva colección de Clásicos Universales, que esperamos que incluya más obras de nuestros antiguos clásicos. (Estamos seguros de que así será puesto que La Oficina cuenta en su catálogo con originales propuestas como, por ejemplo, la edición de los Edipos de Sófocles y Hölderlin en una edición trilingüe que incluye un DVD con el «Edipo re» de Pier Paolo Pasolini.)

El libro de Poesías de Safo es una edición bilingüe con prólogo y notas del mismo traductor, Juan Manuel Macías. El próximo miércoles 21 será presentado en Madrid a las 19:00 horas, en la librería Rafael Alberti (C./ Tutor 57). (Puedes ver aquí el anuncio de su publicación y un video relacionado en el blog de Macías)

Susana González

Borges: sobre la traducción

La traducción es una de las tareas fundamentales de un filólogo clásico. Para no olvidarlo podemos leer este fragmento de Las versiones homéricas, que Jorge Luis Borges escribió  en 1932. Puedes leer el texto completo aquí.

Ningún problema tan consustancial con las letras y con su modesto misterio como el que propone una traducción. Un olvido animado por la vanidad, el temor de confesar procesos mentales que adivinamos peligrosamente comunes, el conato de mantener intacta y central una reserva incalculable de sombra, velan las tales escrituras directas. La traducción, en cambio, parece destinada a ilustrar la discusión estética. El modelo propuesto a su imitación es un texto visible, no un laberinto inestimable de proyectos pretéritos o la acatada tentación momentánea de una facilidad. Bertrand Russell define un objeto externo como un sistema circular, irradiante, de impresiones posibles; lo mismo puede aseverarse de un texto, dadas las repercusiones incalculables de lo verbal. Un parcial y precioso documento de las vicisitudes que sufre queda en sus traducciones. ¿Qué son las muchas de la Ilíada de Chapman a Magnien sino diversas perspectivas de un hecho móvil, sino un largo sorteo experimental de omisiones y de énfasis? (No hay esencial necesidad de cambiar de idioma, ese deliberado juego de la atención no es imposible dentro de una misma literatura.) Presuponer que toda recombinación de elementos es obligatoriamente inferior a su original, es presuponer que el borrador 9 es obligatoriamente inferior al borrador H -ya que no puede haber sino borradores. El concepto de texto definitivo no corresponde sino a la religión o al cansancio. La superstición de la inferioridad de las traducciones -amonedada en el consabido adagio italiano- procede de una distraída experiencia. No hay un buen texto que no parezca invariable y definitivo si lo practicamos un número suficiente de veces. Hume identificó la idea habitual de causalidad con la sucesión. Así un buen film, visto una segunda vez, parece aun mejor; propendemos a tomar por necesidades las que no son más que repeticiones. Con los libros famosos, la primera vez ya es segunda, puesto que los abordarnos sabiéndolos. La precavida frase común de releer a los clásicos resulta de inocente veracidad. Ya no sé si el informe: En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor, es bueno para una divinidad imparcial; sé únicamente que toda modificación es sacrílega y que no puedo concebir otra iniciación del Quijote. Cervantes, creo, prescindió de esa leve superstición, y tal vez no hubiera identificado ese párrafo. Yo, en cambio, no podré sino repudiar cualquier divergencia. El Quijote, debido a mi ejercicio congénito del español, es un monumento uniforme, sin otras variaciones que las deparadas por el editor, el encuadernador y el cajista; la Odisea, gracias a mi oportuno desconocimiento del griego, es una librería internacional de obras en prosa y verso, desde los pareados de Chapman hasta la Authorized Versión de Andrew Lang o el drama clásico francés de Bérard o la saga vigorosa de Morris o la irónica novela burguesa de Samuel Butler. Abundo en la mención de nombres ingleses, porque las letras de Inglaterra siempre intimaron con esa epopeya del mar, y la serie de sus versiones de la Odisea bastaría para ilustrar su curso de siglos. Esa riqueza heterogénea y hasta contradictoria no es principalmente imputable a la evolución del inglés o a la mera longitud del original o a los desvíos o diversa capacidad de los traductores, sino a esta circunstancia, que debe ser privativa de Homero: la dificultad categórica de saber lo que pertenece al poeta y lo que pertenece al lenguaje. A esa dificultad feliz debemos la posibilidad de tantas versiones, todas sinceras, genuinas y divergentes.

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