Pérez Reverte se lamenta de la situación de las clásicas… ¡y nadie se ha enfadado!

En efecto, así es: Pérez Reverte se lamenta de la situación de las clásicas y nadie se ha enfadado, al menos que sepamos. La verdad es que es un poco deprimente: si alguien se hubiera indignado, como con bastante frecuencia sucede con sus declaraciones, al menos tendríamos la sensación de que la enseñanza de las clásicas tiene alguna relevancia en el mundo que nos rodea, pero mucho me temo que lo que pasa es que el tema no le importa a nadie, o, mejor dicho, a casi nadie, porque desde la publicación de esta columna en XLSemanal el día 24 de septiembre cuatro de nuestros siempre atentos informantes me la han remitido para que nuestro blog se hiciera eco.

Así que la reproducimos a continuación. La podéis leer directamente pinchando aquí, pero nos hemos tomado la molestia de reproducirla y añadir algunas aclaraciones entre corchetes, que quizá puedan resultar útiles a los más lejanos a Troya.

 

Demasiado lejos de Troya

Ayer anduve un rato tras la VI epístola de Horacio –nihil admirari[1] en la parte de mi biblioteca ocupada por los clásicos griegos y latinos, comparando varias traducciones. Al terminar, el azar me llevó a tomar de su estante un viejo y querido volumen que poseo desde hace medio siglo: Figuras y situaciones de la Eneida[2]. Tengo devoción por ese libro, y su excelencia es una de las razones. La otra es que con él empecé a traducir a Virgilio a los dieciséis años; y en sus páginas, marcados a bolígrafo los hexámetros para diferenciar dáctilos y espondeos, figura mi propia traducción de cada verso: «Canto a las proezas y al hombre que de las costas de Troya / vino el primero a Italia y a la costa de Lavinia fugitivo del hado…»[3].

Me senté a hojearlo, mientras recordaba, y luego lo devolví a su lugar con una sonrisa melancólica. Pensaba en don Antonio Gil, el profesor sabio y paciente que me guió por esos versos; y en Gloria, la profesora de Griego de bellas grebas que se casó –como era de esperar– con el profesor de gimnasia; y en José Luis Vallejo, el hermano marista con quien, en 2º de bachillerato, traduje mis primeras palabras de latín clásico: «Gallia est omnis divisa in partes tres»[4]. Y pensaba en mi amigo el profesor Arístides Mínguez, que en el colegio donde ahora se gana la vida suma veintiséis años peleando junto a las negras naves, cubierto del polvo de los héroes, intentando enseñar Cultura Clásica a chicos de quince años; y este curso no ha podido hacerlo porque, de un millar de alumnos inscritos en su instituto, sólo una docena había elegido esa asignatura, que carece de la utilidad inmediata de, por ejemplo, la informática o la lengua autonómica de turno. Y eso significa que una promoción entera de estudiantes, en ese colegio y en otros centenares de toda España, acabará la enseñanza secundaria sin tener ni remota idea de quiénes fueron Homero o Virgilio, sin saber lo que nuestro mundo debe a Solón, Clístenes o Pericles, sin recordar a Sócrates o buscar el camino a casa con Jenofonte, sin comprender las importantes consecuencias de la guerra por Hispania que enfrentó a Escipión y Aníbal. O sin poder, jamás, disfrutar de la belleza, la felicidad, de una frase tan perfecta y absoluta como «Nox atra cava circumvolat umbra»[5].

El desinterés, cuando no la ignorancia criminal de los responsables de la educación en España en los últimos veinte o treinta años, no ha hecho sino ahondar el daño. En una sociedad resuelta a suicidarse culturalmente, como la nuestra, a los chicos brillantes se les aconseja estudiar sólo bachilleratos científicos o de ciencias sociales; a los torpes, humanidades; y a los zopencos, ciclos formativos. Tal es el triste mapa de nuestro futuro. Y en ese afán disparatado de borrar de las aulas todo lo inútil, las malnacidas leyes y reformas educativas del Pesoe y del Pepé han conseguido que los alumnos que con 16 años pueden optar por Humanidades –mi generación estudiaba latín básico y obligatorio con 11 o 12–, se encuentren ahí por primera vez con el latín, aunque descafeinado y de una simpleza aterradora. Pero esa opción, además, compite con otras socialmente mejor vistas: la científico-tecnológica y la profesional, de modo que sus posibilidades son mínimas.

Por no hablar del griego, claro. En algunas comunidades –que ésa es otra, cada cual a su aire–, en 1º de bachillerato puede elegirse, es cierto, entre Griego y Literatura Universal. Pero los chicos no son tontos, y saben que el griego es difícil y endurecerá la selectividad. Así que adiós para siempre a Homero y compañía. Decenas de profesores al paro, u obligados a impartir materias afines de las que no tienen ni zorra idea. Y lo que es peor: generaciones de jóvenes ciudadanos a los que se arrebata el derecho a una educación integral; echados al mundo sin saber, y sin importarles un carajo, quiénes fueron Arquímedes, Séneca o Catilina, ni lo que de verdad y en origen significan palabras como agonía, democracia o isonomía.

No olvido que la primera vez que vi arder una ciudad, Nicosia en 1974, con veintidós años, llevaba en la memoria –y en la mochila, aunque eso fue casual– el canto II de la Eneida. Y en los griegos armados que se despedían de sus familias reconocí sin dificultad a Héctor, el del tremolante casco. Y es que de eso se trata, a fin de cuentas. Sin el latín, sin el griego, sin aquellos profesores que me guiaron por ellos, nunca habría podido comprender Troya y cuanto hoy significa y esclarece. Me habría perdido entre los dardos aqueos, en la negra y cóncava noche, sin encontrar nunca el camino de Ítaca o de las costas de Italia. Sin la forma de mirar el mundo con la que hoy vivo, envejezco y escribo.

 

[1] Nihil admirari son las palabras que dan comienzo a la Epístola I, 6 de Horacio: “No admirarse de nada es la única cosa, Numicio, que puede hacer y mantener feliz a uno”

[2] Intr., texto y notas de E. Hernández Vista, Madrid 1968.

[3] Los primeros versos de la Eneida.

[4] El comienza de la Guerra de las Galias de César: “Toda la Galia está dividida en tres partes”

[5] Eneida II 360: “La negra noche vuela en torno a nosotros con su sombra envolvente”

En fin, a ver si alguien responde.

Susana González Marín

 

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Carmina Burana en la plaza de la Catedral de Oviedo

Sabemos gracias a varios diarios asturianos (El Comercio, La Nueva España, La Voz de Asturias) que miles de personas asistieron a la interpretación de los Carmina Burana de Carl Orff, a cargo de la orquesta Oviedo Filarmonía, de la que se despedía como director Marzio Conti, y los coros de la Ópera de Oviedo y de la Fundación Princesa de Asturias. Podemos ver el video aquí.

Para los que no los conozcan, Carmina burana es una colección de cantos de los goliardos, de los siglos XII y XIII, que se han conservado en un único códice encontrado a principios del s. XIX en la abadía de Bura Sancti Benedicti (Benediktbeuern), en Baviera. Hay poemas escritos en latín, en un dialecto del antiguo alemán medio y en francés antiguo. El compositor Carl Orff puso música a algunos de ellos en 1937. (Puedes encontrar el texto original y la traducción aquí y si quieres escuchar la cantata completa pincha aquí [Dirigent: Paul Dinneweth; Koor: Koninklijke Chorale Caecilia Antwerpen])

Susana González

 

El Prado y la cabeza de Demetrio

Mª Ángeles Martín nos envía la noticia publicada en ABC sobre la exposición en el Museo del Prado de una cabeza monumental de bronce, que ha sido identificada como la del rey helenístico Demetrio I.

Reproducimos a continuación la noticia que encontramos en la página del propio Museo, donde además se puede ver un video sobrela recuperación de la escultura:

El Museo del Prado, con la colaboración de la Fundación Iberdrola España como miembro benefactor del Programa de Restauraciones del Museo, ha recuperado la cabeza monumental de bronce que atesora en sus colecciones y ha identificado al personaje representado como el general y rey helenístico Demetrio I.

Se trata de uno los escasísimos bronces originales helenísticos que se conservan, fechado hacia 307 a.C., una pieza excepcional por su tamaño y calidad que se expone por primera vez al público tras su recuperación.

Esta cabeza monumental de bronce es uno de los pocos retratos helenísticos de este tamaño y de esta calidad que se conserva. Se desconoce el lugar de hallazgo de esta cabeza que mide 45 cm y que, probablemente, pertenecería a una estatua monumental de una altura de aproximada 3,50 m. La escultura conservada más parecida, el Potentado de las Termas (Museo Nazionale Romano) fue creada unos 150 años más tarde y mide más de un metro menos.

La alta calidad de este bronce se aprecia particularmente en la magistral elaboración de la cabellera cuyos densos bucles se distribuyen vivamente sobre la cabeza y en la maestría de la fundición con la técnica de la cera perdida. Esta técnica se utilizaba, en  la escultura griega, para fundir piezas pequeñas, como cabeza, torso, brazos y piernas,  para ensamblarlas entre sí y configurar así una escultura de gran tamaño.

Procedente de la colección de la reina Cristina de Suecia, su primera propietaria conocida, y tras su llegada a España en 1725, quedó depositada en el Palacio de la Granja de San Ildefonso como parte de la colección de Felipe V e Isabel de Farnesio e ingresó en las colecciones del Museo del Prado hacia 1830.

Recientes investigaciones han  posibilitado la identificación del personaje representado como el general y rey helenístico Demetrio I, llamado Poliorcetes por sus clamorosos y exitosos asedios a ciudades enemigas (h. 336 – 283 a. C.). Junto con su padre, el diádoco Antígono I, Demetrio fue el primer sucesor de Alejandro Magno (356-323 a. C.).

La escultura estará expuesta hasta el 17 de septiembre.

Susana González

Nueva traducción de Safo

Saludamos la aparición de una nueva traducción de Safo, la de Juan Manuel Macías (filólogo, poeta, traductor, entre otros, de Cavafis y de Maria Polydouri, y Premio 2013 de la Sociedad Griega de Traductores de Literatura), publicada en La Oficina de Arte y Ediciones, una pequeña editorial que, como su nombre indica, desde hace tiempo nos ofrece libros que aúnan la calidad de los textos con la belleza visual (Si quieres saber más de ella, pincha aquí). Con estas Poesías de Safo y con una nueva traducción de El retrato del artista adolescente, la editorial inaugura su nueva colección de Clásicos Universales, que esperamos que incluya más obras de nuestros antiguos clásicos. (Estamos seguros de que así será puesto que La Oficina cuenta en su catálogo con originales propuestas como, por ejemplo, la edición de los Edipos de Sófocles y Hölderlin en una edición trilingüe que incluye un DVD con el «Edipo re» de Pier Paolo Pasolini.)

El libro de Poesías de Safo es una edición bilingüe con prólogo y notas del mismo traductor, Juan Manuel Macías. El próximo miércoles 21 será presentado en Madrid a las 19:00 horas, en la librería Rafael Alberti (C./ Tutor 57). (Puedes ver aquí el anuncio de su publicación y un video relacionado en el blog de Macías)

Susana González

Los antiguos cántabros

Javier San José Lera, cántabro de pro, nos envía amablemente una noticia aparecida en El Diario Montañés (pincha aquí) y que reproducimos íntegramente. No todo va a ser Pompeya y Roma.

Descubren un campamento romano de las Guerras Cántabras en Castañeda

Arqueólogos cántabros han sacado a la luz un nuevo campamento militar romano en un lugar conocido como La Cabaña, en el municipio de Castañeda. La campaña, dirigida por el arqueólogo Enrique Gutiérrez Cuenca, con la colaboración de José Ángel Hierro Gárate, Rafael Bolado del Castillo y Eduardo Peralta Labrador, ha reunido numerosos testimonios (una moneda, una fíbula omega o una vaina de puñal labrada), que permiten datar el asentamiento en el año 25 a. de C., coincidiendo con las Guerras Cántabras. Por otro lado, esta misma loma fue el escenario de una contienda con el ejército italiano en el año 1937.

A pesar de que el yacimiento estaba “muy alterado” por un incendio forestal ocurrido en 2015, durante la prospección se ha conseguido recuperar valiosas piezas, “que confirman el carácter militar y la cronología del yacimiento“, fijándolo en este periodo convulso de la historia entre el 29 y el 19 a.de C. Así, según describen los investigadores, se ha encontrado una moneda romana de bronce acuñada en la Colonia Lépida Celsa (Velilla del Ebro, Zaragoza) entre los años 44 y 36 a. de C., una pieza de suspensión de una vaina de puñal fínamente decorada y una fíbula en omega –broche que utilizaban los romanos para sujetarse la vestimenta– y que ya descansan en el el Museo de Prehistoria y Arqueología (Mupac) para su estudio, restauración y exposición.

Además, también han aparecido otros útiles usados por los legionarios como una dolabra –un tipo de herramienta para cavar fosos– o parte de un molino de mano portátil para moler la ración diaria de cereal.

Pieza que sujeta una vaina de puñal romano encontrada en el yacimiento de La Cabaña en Castañeda.

Pieza que sujeta una vaina de puñal romano encontrada en el yacimiento de La Cabaña en Castañeda.

El recinto tiene una extensión de dos hectáreas, “superficie suficiente para alojar a unos 1500 hombres”, describen. Además, las estructuras mejor conservadas definen una línea “triple de fosos y terraplenes en la zona norte” y se completaban con una fortificación “más sencilla”.

También, junto al yacimiento, una prospección previa mediante fotografía aérea permitió localizar otro posible campamento “de mayor tamaño” a poco más de un kilómetro hacia el sur, en el barrio de Pando (Santiurde de Toranzo). De hecho, ambos fueron incluidos en la obra colectiva ‘Las Guerras Astur-Cántabras’ en 2015.

Además, los dos asentamientos están en relación visual tanto con los del Campo de Las Cercas y Cildá, o el castro de la Espina del Gallego, “que forman parte del mismo dispositivo militar romano, en la otra orilla del Pas”, describen.

A juicio de este equipo de arqueólogos, el hallazgo de La Cabaña es en sí mismo, una “evidencia arqueológica” que permitiría situar “en la Bahía de Santander” el mítico Portus Victoriae, cuya existencia describía ya Plinio el Viejo, pero del que existen varias teorías sobre su posible situación geográfica. “Su ubicación, a menos de 20 kilómetros de la bahía, vincula este establecimiento militar con el desembarco de tropas romanas que hizo posible la conquista de Cantabria por Roma”, afirman.

Operación de salvamento

Gutierrez Cuenca y sus colaboradores pusieron también el acento en el peligro que ha corrido La Cabaña, debido a un incendio forestal en 2015 y los trabajos posteriores de acondicionamiento “que se llevaron a cabo sin supervisión arqueológica”, dejando el yacimiento “muy alterado”. Todo ello a pesar que, en 2014, ya habían avisado a Cultura de la existencia de los mismos. La actuación ha consistido en una “operación de salvamento” con el objetivo de documentar y recuperar los restos “que la maquinaria pesada se había llevado por delante”, con autorización de Cultura y financiada por los arqueólogos.

Durante los trabajos, también se ha recuperado material importante de la Guerra Civil, ya esta misma loma fue el escenario de una batalla entre la División Littorio (italiana) y algunas unidades republicanas.

No podemos por menos de recoger la alusión a Plinio el Viejo, que, en efecto, dedica un pasaje de su extensa obra a la descripción de la zona en su Historia Natural (4, 111): “Siguen la región de los cántabros con nueve pueblos, el río Sauga [para García y Bellido, es el actual Miera; otros se inclinan por el Asón] y el Puerto de la Victoria de los Juliobrigenses; a cuarenta mil pasos [unos 60 kms.] de aquí están las fuentes del Ebro…”. En efecto, todo apunta a que el Puerto de la Victoria se situaba en el actual Santander. Julióbriga fue la ciudad más importante de la zona, situada en Retortillo, cerca de Reinosa.

Pero quizá los cántabros merezcan una entrada más completa… ¿hay algún voluntario?

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Imagen tomada de Tony Rotondas – Trabajo propio, CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=23283666

Susana González Marín

La antigüedad clásica copa los periódicos

Casi no damos abasto a cubrir la presencia en los medios de comunicación de noticias relacionadas con la antigüedad clásica. Es curioso que precisamente en una época en que el estudio de la filología clásica está tan en baja, sin embargo, se considere tan atractivo el material relacionado con la antigüedad.

El miércoles 17 de abril abrimos El País e inmediatamente, en lugar bien visible de su edición digital, encontramos dos noticias que nos tocan de cerca. En primer lugar nos enteramos de que se celebra el aniversario del descubrimiento del mecanismo de Antikythera (lee aquí la noticia), artefacto al que Agustín Ramos en nuestro blog dedicó una entrada muy documentada. En segundo lugar, leemos los resultados de la investigación realizada sobre los restos de un muchacho de 16 años que murió en torno al comienzo del s. IV (leelo aquí). Los huesos fueron descubiertos en la necrópolis romana de Torrenueva, en la costa granadina, y revelan que el chico tenía espina bífida y la enfermedad de Scheuermann, una deformación en la columna vertebral (en este caso una desviación de 111º).

Por supuesto, ambas noticias concluyen con la habitual reflexión que relaciona la antigüedad y nuestra propia época, evidentemente de cariz distinto en cada caso: en el primero haciendo hincapié en lo extraordinario del mecanismo que permitía cálculos complejos, probablemente astronómicos; en el segundo subrayando las dificultades a las que un discapacitado debía sin duda enfrentarse en una sociedad que no consentía la deformidad.  Pero, como sigamos así, ¿habrá alguien en un futuro no muy lejano que sea capaz de contar lo que es el mecanismo de Anticitera o de conocer lo suficiente del mundo antiguo para plantearse las diferencias en cuestiones morales, sociales y culturales que lo separan del nuestro ?

Susana González Marín

Centenarios en el siglo I d. C.

Estos días –las vacaciones son especialmente oportunas para que los periódicos se llenen de estas noticias- hemos sabido que la semana pasada murió la persona más anciana del mundo, una italiana de 117 años (puedes leerlo aquí), y que una cordobesa de 114 años ha pasado a ser la persona más longeva de la historia de España y la segunda mujer más vieja de Europa (puedes leerlo aquí).

Este tipo de noticias, que tienen su público, no son ninguna novedad. Ya en el siglo I d. C. Plinio el Viejo en el libro VII de su Historia Natural, quizá el más interesante, dedicaba unos capítulos al tema de la longevidad, procurando atraer, como sucede ahora, con asombrosos records.

En su texto encontramos muchos de los tópicos posteriores. Primero están los directamente increíbles, como los 500 u 800 años que algunas fuentes atribuyen a reyes. La exageración de estas cifras es explicada por Plinio con una observación sobre las diferencias en la medida del tiempo de las distintas culturas: no se sabía bien cuál era exactamente la duración de un año; por ejemplo, algunos pueblos consideraban que cada estación era un año.

No falta tampoco la recopilación de personajes famosos: así sabemos que Terencia, la que fue esposa de Cicerón, llegó a vivir 103 años.

A veces añade datos que aparentemente no están relacionados pero que dan qué pensar y que seguro que a los del Opus Dei les resultan interesantes: Clodia, la mujer de Ófilo, vivió 115 años y dio a luz 15 veces.

Lo cierto es que el político longevo y aferrado a la silla también existía pues el autor nos dice que M. Valerio Corvino vivió 100 años y que entre su primer y último consulado (el sexto) pasaron 46, habiéndose sentado en la silla curul veintiún veces, record no superado. Todos hemos conocido personajes de este tipo.

Y por lo que nos toca más de cerca, no olvidemos al gaditano Argantonio, rey de los tartesios (esto nos llevaría a otra noticia sobre los tartesios publicada esta semana pero que dejamos para mejor ocasión), al que Anacreonte atribuyó 150 años; lo cierto es que Plinio dice que su reinado duró 80 años y que había ascendido al trono a los 40.

También dedica un apartado a actores y actrices famosos no solo por su longevidad sino por su resistencia en las tablas, tópico este también querido a nuestros periodistas. Y así sabemos de una actriz de mimos, Luceya, que a los 100 años actuó en escena.

Pero no se limita Plinio a estos famosos longevos sino que en un estilo más propio de estadístico moderno nos transmite los datos proporcionados por el censo de los Vespasianos en la zona entre el Apenino y el Po. Sin salir de Parma tres personas han llegado a los 120, y dos a los 125. Según él, en la octava región (Aemilia) de la península itálica había 54 personas de 100 años, 14 de 110, 2 de 125, 4 de 130, otros 4 de 135, y 3 de 140.

Os invitamos a que leais el texto completo, que ofrece más anécdotas y también información sobre los posibles factores que influyen en la longevidad.

Susana González Marín