¿Qué significaba “ser liberal”?

El País (17/5/2020) publica un avance del libro de Helen Rosenblatt, La historia olvidada del liberalismo’ (Crítica):

Si preguntáramos hoy qué significa “liberalismo”, obtendríamos una gran variedad de respuestas. Es una tradición de pensamiento, una forma de gobierno, un sistema de valores, una actitud o un marco mental. Sin embargo, todo el mundo convendrá en que el liberalismo tiene que ver principalmente con la protección de los derechos y los intereses individuales, y que los gobiernos están ahí para protegerlos. Los individuos deberían disponer de la máxima libertad para poder tomar sus propias decisiones en la vida y obrar como deseen.

No obstante, lo cierto es que este énfasis en el individuo y en sus intereses es algo muy reciente. La palabra “liberalismo” ni siquiera existió hasta principios del siglo XIX y, durante cientos de años antes de su nacimiento, ser liberal significaba algo muy diferente. Durante casi dos mil años significó exhibir las virtudes de un ciudadano, mostrar devoción por el bien común y respetar la importancia de la conexión mutua.

Podríamos empezar por el estadista y escritor romano Marco Tulio Cicerón (106-43 a.C.), uno de los autores más leídos y citados de la historia del pensamiento occidental, quien escribió con elocuencia sobre la importancia de ser liberal. La palabra deriva del término latino liber, que significa tanto “libre” como “generoso”, y liberalis, “propio de una persona nacida libre”. El sustantivo correspondiente a estas dos palabras era liberalitas o “liberalidad”.

En primer lugar, en la antigua Roma ser libre significaba ser un ciudadano y no un esclavo. Quería decir estar libre de la voluntad arbitraria de un amo o de la dominación de cualquier hombre. Los romanos creían que este estado de libertad solo era posible en un Estado de derecho y con una constitución republicana. Eran necesarios mecanismos jurídicos y políticos para garantizar que el Gobierno se centrara en el bien común, en la res publica. Solo si se daban estas condiciones podía un individuo esperar ser libre.

No obstante, los antiguos romanos pensaban que para ser libre se requería algo más que una constitución republicana; también era necesario que los ciudadanos practicaran la liberalitas, esto es, que tuvieran una manera noble y generosa de pensar y tratar a los conciudadanos. Lo contrario era el egoísmo, o lo que los romanos llamaban “servilismo”, un modo de pensar o actuar que solo se tiene en cuenta a uno mismo, sus beneficios y sus placeres. En su sentido más amplio, la liberalitas significaba la actitud moral y magnánima que los antiguos consideraban esencial para la cohesión y el buen funcionamiento de una sociedad libre. La traducción de la palabra es “liberalida”.

Cicerón describió en Sobre los deberes (44 a.C.) la liberalitas de un modo que resonaría durante siglos. Escribió que la liberalitas era el “vínculo de la sociedad humana”. El egoísmo no solo era repugnante moralmente, sino también destructivo socialmente. La “ayuda mutua” era la clave de la civilización. Los hombres libres tenían el deber moral de comportarse con liberalidad los unos con otros. Y ser liberal significaba “dar y recibir” de un modo que contribuyera al bien común.

Cicerón afirmaba que los hombres no han nacido solo para sí mismos; han sido engendrados en razón de los hombres:

‘Por otra parte, ya que no hemos nacido solo para nosotros; y ya que… los hombres han sido engendrados en razón de los hombres —para que entre ellos puedan favorecerse unos a otros—, debemos seguir la guía de la naturaleza en lo de poner a disposición general los bienes de utilidad común mediante la prestación de servicios, aportando y recibiendo; y en lo de afianzar la asociación de los hombres entre sí tanto mediante experiencia como por el esfuerzo, como con los recursos’.

Un siglo después de Cicerón, otro famoso e influyente filósofo romano, Lucio Anneo Séneca (c. 4 a.C.-65), desarrolló el principio de liberalitas en su tratado De los beneficios. Séneca puso mucho empeño en explicar cómo dar, recibir y devolver regalos, favores y servicios de un modo que fuera moral y, por tanto, constitutivo del vínculo social. Al igual que Cicerón, creía que para que un sistema basado en el intercambio funcionara correctamente era necesaria una actitud liberal tanto en quienes dan como en quienes reciben; en otras palabras, un talante desinteresado, generoso y agradecido. Séneca, inspirándose en el estoico griego Crisipo (c. 280-207 a.C.), utilizaba como alegoría de la virtud de la liberalidad la danza circular de las Tres Gracias: dar, recibir y devolver favores. Para pensadores antiguos como Cicerón y Séneca, la liberalidad hacía girar el mundo y lo mantenía unido.

Ser liberal no era fácil. Cicerón y Séneca explicaban detenidamente los principios en los que se debían basar el dar y el recibir. Al igual que la propia libertad, la liberalidad requería un razonamiento correcto y fortaleza moral, autodisciplina y control. También era claramente una ética aristocrática, concebida por y para hombres ricos, acaudalados y bien relacionados que estaban en condiciones de dar y recibir favores en la antigua Roma. Se consideraba una cualidad especialmente encomiable en la clase patricia y entre los gobernantes, como muestran muchas inscripciones antiguas, textos y dedicatorias oficiales.

Si la liberalitas era una virtud adecuada para los aristócratas y gobernantes, también lo era la educación en las artes liberales que los formaba para ella y que exigía disponer de abundante riqueza y tiempo libre para estudiar. Su propósito primordial no era enseñar a los estudiantes a enriquecerse o formarlos para una profesión, sino prepararlos como miembros activos y virtuosos de la sociedad. Su objetivo era enseñar a los futuros dirigentes a pensar correctamente y hablar con claridad en público, lo que les permitiría participar eficazmente en la vida civil. Los ciudadanos no nacían, se hacían. Cicerón afirmaba con frecuencia que las artes liberales debían enseñar humanitas, una actitud humana hacia los conciudadanos. El historiador griego y ciudadano romano Plutarco (46-120) escribió que una educación liberal daba sustento a una mente noble y conducía al perfeccionamiento moral, la actitud desinteresada y el civismo de los gobernantes. En otras palabras, era esencial para inculcar la liberalidad.

A vueltas con Plinio y su cráneo: Javier Sampedro en El País

Hoy se hace eco de la noticia sobre el hallazgo del supuesto cráneo de Plinio el Viejo Javier Sampedro en El País: Cráneo de Plinio, quijada de esclavo; el científico resalta la transcendencia del enciclopedista y alimenta el mito sobre su muerte en la erupción del Vesubio que destruyó Pompeya; un mito que había surgido a partir de la carta que su sobrino Plinio el Joven dirigió al historiador Tácito (epist. 6, 16) relatando los hechos. Sampedro también introduce algunos rumores transmitidos en la antigüedad sobre la posibilidad de que Plinio el Viejo pidiera a los dos esclavos en los que se apoyaba que le dieran muerte (también se barajó la hipótesis de que fuera asesinado por ellos). Sin embargo, el tinte heroico de este relato siempre ha sido empañado por las propias noticias de Plinio el Joven, que dice que el cadáver fue encontrado intacto, con la apariencia de estar dormido. Este y otros detalles sobre su expedición desmienten la posibilidad de que la causa de su muerte fuera la asfixia, que acarrea grandes sufrimientos. Siempre se ha sospechado que murió de una crisis cardiaca que probablemente empezó ya durante el viaje. En cualquier caso, esta información hace suponer que uno de los dos esclavos sobrevivió para contarlo.

No está mal que de vez en cuando se revisiten estos relatos tradicionales que de otra  manera acabarán perdiéndose. Desafortunadamente, el colofón de Sampedro contiene una equivocación: la frase “Lo unico cierto es que nada lo es” es de Séneca (Epistulae Morales ad Lucilium 88.45.7) y no de Plinio el Viejo.

Os dejamos con un pasaje de la carta de Plinio el Joven en la traducción de José Carlos Martín Iglesias:

“(Plinio) abraza a su amigo, que tiembla de miedo, lo consuela, le da ánimos, y para aplacar los temores de éste, haciéndole ver lo tranquilo que él está, por su parte, ordena ser transportado hasta la sala de baños. Después de lavarse, acude a cenar y en todo momento muestra un humor excelente, o lo que es igualmente admirable, aparenta estar de un humor excelente.

[13] Entre tanto, en muchos puntos del monte Vesubio resplandecían unas altísimas llamas y unas enormes columnas de fuego, cuyo fulgor y claridad se veían aumentados por las tinieblas de la noche. Mi tío, con objeto de tranquilizar los ánimos, aseguraba que lo que ardía eran fuegos que habían sido dejados encendidos por los campesinos en su huida precipitada y villas abandonadas, sin que no quedase ya nadie allí. Seguidamente, se fue a dormir y disfrutó, sin duda, de un sueño muy plácido, pues los que pasaban por delante de su puerta podían oír claramente su respiración, que debido a su corpulencia era bastante ronca y sonora. [14] Pero, al cabo de un rato, el patio por el que se accedía hasta su habitación se hallaba tan cubierto de ceniza y rocas volcánicas, que, si mi tío se hubiese quedado más tiempo dentro de su estancia, le habría resultado imposible salir de ella. Así pues, tras ser despertado, se aleja de allí y se reúne con Pomponiano y los otros que habían preferido mantenerse despiertos. [15] Deliberan entre ellos si deben permanecer bajo techo o salir a cielo abierto. En efecto, los edificios vacilaban a causa de frecuentes e importantes temblores de tierra, y, como si hubiesen sido arrancados de sus cimientos, parecían moverse hacia uno y otro lado para luego recuperar su posición inicial. [16] Aunque en terreno descubierto existía el riesgo de las rocas volcánicas que caían, como estas eran ligeras y habían sido corroídas por el fuego, la comparación de uno y otro peligro hizo elegir este ultimo. Y ciertamente, en el caso de mi tío unas razones vencieron sobre otras, en los demás fue un miedo el que se impuso sobre otro miedo. Entonces, cortando tiras de ropa blanca, se sujetan con ellas unas almohadas sobre sus cabezas, esta fue su protecci6n contra todo lo que caía.

[17] Ya había amanecido un nuevo día en otras regiones, pero allí persistía una noche más obscura y más impenetrable que cualquier noche que se pueda imaginar, cuya negrura, no obstante, atenuaban muchas antorchas y luces de todo tipo. Decidieron acercarse hasta la costa y comprobar sobre el terreno si el estado del mar permitía ya salir a los barcos. Sin embargo, éste aún continuaba embravecido e innavegable. [18] Mi tío, reclinándose sobre un trozo de tela extendido en el suelo, solicita una y otra vez agua fresca para beber. Poco después, las llamas y el olor del azufre, que anuncia que el fuego se aproxima, hacen huir a todos los demás y a él parecen reanimarlo. [19] Entonces, apoyándose sobre dos esclavos, se puso de pie, pero de inmediato cayó de nuevo al suelo, debido, creo yo, a que el espeso humo que lo rodeaba le impedía tomar aire con facilidad, obstruyéndole las vías respiratorias, que, en su caso, eran estrechas y débiles por naturaleza y sufrían de frecuentes opresiones. [20] Cuando se hizo nuevamente de día, esto es, dos días después de que mi tío hubiese visto el sol por última vez, su cuerpo fue encontrado en perfecto estado, sin una sola herida y vestido exactamente con la misma ropa que él había querido ponerse. Por su aspecto, parecía más bien un hombre dormido que uno muerto. [21] Entre tanto, en Miseno mi madre y yo… Pero esto no interesa a la historia, y tú has querido conocer únicamente los detalles de la muerte de mi tío. Así pues, concluiré esta carta. [22] Añadiré tan sólo que te he hecho un relato completo”

Susana González Marín

Ad astra: de Telémaco a Brad Pitt pasando por Séneca

Isabel Pérez Alonso nos sugiere aprovechar el estreno de la película dirigida por James Gray y protagonizada por Brad Pitt para comentar esta expresión latina, de la que en otra ocasión hemos hecho mención, aquella vez como parte de un lema: semper simul, ad astra.

Ad astra significa “hacia las estrellas” y lógicamente aparece en el Tratado de astronomía de Manilio (1, 346; 3, 545 y 5, 338) y en muchos otros autores, en su sentido literal. Pero también fue utilizada para designar el punto más alto en el que se alcanza la gloria.  Virgilio la emplea en Bucólicas 5, 51-2 para hablar de la apoteosis de Dafnis:

nos tamen haec quocumque modo tibi nostra uicissim
dicemus, Daphninque tuum tollemus ad astra;
Daphnin ad astra feremus: amauit nos quoque Daphnis.

“Fíjate tú que ahora yo -ni sé cómo- diré el cantar mío
y miraré que tu Dafnis alcance con él las estrellas.
Dafnis conmigo irá al cielo: me quiso también a mí Dafnis”. (Trad. J. M. Rodrtíguez Tobal)

Y el poeta la vuelve a utilizar en la Eneida, además de en 9, 76, en 9, 641, donde con estas palabras Apolo se dirige a Yulo cuando en batalla mata a Rémulo:

macte noua uirtute, puer, sic itur ad astra,

“Bravo, y que crezca tu valor naciente!
¡ésa, oh niño, es la senda hacia los astros!” (Tr. A. Espinosa Pólit)

Está claro su empleo como sinónimo de gloria.

La expresión en sus dos sentidos tuvo mucho éxito en otros poetas épicos. La usó Lucano en la Farsalia (8, 730) y, nada menos que nueve veces, Silio Itálico en Punica (2 599; 3, 164 y 594; 4, 744; 6, 252; 7, 94; 10, 548; 15, 100; 17, 592). Aparece en los textos de otros autores (Horacio, Sermones 2, 7, 29; Ovidio, Fastos 3, 374 y 4, 328; Estacio, Silvae 1, 6, 81; Priapea 12, 6; Marcial, 11, 69, 6), pero es quizá Séneca el Filósofo, que la empleó en varias ocasiones (Hercules Furens 276; Octavia 319; Epistulae Morales ad Lucilium 48, 11), el que la proyectó hacia la posteridad en su tragedia Hercules Furens 437, donde la esposa de Hércules, Mégara, dice:

Non est ad astra mollis e terris uia

“No es cómodo el camino desde la tierra a los astros” (Tr. Leonor Pérez Gómez)

y en Epistulae Morales ad Lucilium 73, 15:

Credamus itaque Sextio monstranti pulcherrimum iter et clamanti ‘hac itur ad astra’, hac secundum frugalitatem, hac secundum temperantiam, hac secundum fortitudinem.

“Confiemos, pues, en Sextio,  que nos muestra el camino más hermoso y que declara a voces: “esa es la senda hacia los astros”, esa, siguiendo la sobriedad; esa, siguiendo la templanza; esa, siguiendo la fortaleza”

Son estos pasajes de Séneca, en los que el filósofo añade un nuevo significado a astra, relacionándola con la virtud, los que han inspirado el dicho per aspera ad astra, “por camino áspero hacia las estrellas”, empleado como lema por el Ejército del Aire en España, además del del Estado de Kansas y de fuerzas aéreas de otros países; incluso del Unionistas de Salamanca Club de Fútbol.

Después de haber visto la película, podemos confirmar que el título no se queda simplemente en la utilización de un latinajo que ha triunfado como lema para tantas instituciones, no solo en su sentido más literal, que es el que anima a las fuerzas aéreas y a los astronautas a adoptarlo, sino en sus sentidos figurados y no siempre fácilmente separables, la gloria y la virtud. En efecto, el protagonista y su padre,  en distintos momentos, han emprendido ese viaje literal y figurado ad astra. No es difícil ver en el viaje del hijo que busca a su padre una historia tan antigua como la que Homero nos cuenta de Telémaco, que emprende el camino para conocer noticias de Ulises; y, en consecuencia, la película, centrada en ese episodio, implica también una nueva versión de la Odisea. Por otra parte, podríamos preguntarnos hasta qué punto el protagonista y su padre responden al modelo trazado por Séneca.

Hacia las estrellas, sí, pero, ¿qué hay al final del trayecto?

Susana González

 

John Malkovich interpretará a Séneca

John Malkovich interpretará a Séneca en una película sobre el filósofo cordobés, según nos informa Cultura inquieta:

“John Malkovich será el protagonista de una adaptación cinematográfica de la vida de Séneca, en específico del período que incluyó su relación con Nerón, uno de los emperadores con peor reputación en la historia de la antigua Roma y de quien el filósofo fue tutor y maestro. […] La cinta llevará por título Seneca: On The Creation Of Earthquakes y será dirigida por Robert Schwentke, realizador y guionista de origen alemán de fama un tanto modesta. […] Su idioma de rodaje será el inglés.”

Ana Laguna

Junqueras, Sócrates, Séneca y ¿Cicerón?

Esta noticia se nos había quedado en el tintero pero como esto del procés es inacabable, aún estamos a tiempo de sacarla. El Diarío, ABC y otros medios publicaron el 29 de enero unas declaraciones en las que Oriol Junqueras explica que “no eludió a la justicia por responsabilidad cívica y ética, como Sócrates, Séneca y Cicerón, que también tuvieron oportunidad de huir y no lo hicieron.”

Los titulares estaban servidos pero el de El Diario lo había recortado: Junqueras dice que no huyó por responsabilidad ética, como Sócrates o Séneca.

La pregunta es ¿por qué el titular no incluye a Cicerón, al que Junqueras mencionaba explícitamente? ¿Es que el periodista encargado de redactarlo lo consideraba menos representativo que Sócrates o Séneca? ¿Quizá ha leído a Dión Casio y a Plutarco y consideraba poco afortunada la mención de Cicerón, que al fin y al cabo fue interceptado y asesinado durante su huída, prescindiendo de que él mismo ofreciera su cabeza a sus asesinos cuando llegó el momento crítico? Me temo que no lo sabremos.

Susana González Marín

La sociedad literaria del pastel de patata de Guernsey

Aunque los nazis no llegaron a ocupar Gran Bretaña, las islas del Canal no corrieron la misma suerte y sufrieron cierta forma de ocupación blanda a la espera de lo que habría de ser la pronta claudicación de Reino Unido. En La sociedad literaria del pastel de patata de Guernsey, de manera casual y a través del intercambio de cartas, una joven escritora comienza a descubrir tras el final de la Segunda Guerra Mundial cómo fue la vida cotidiana de los habitantes de Guernsey y el papel que en ello jugó la creación de un club de lectura por personas que se acercaban por primera vez a la literatura.

Uno de los atractivos de la única novela que escribió Ann Shaffer y cuya última mano corrió a cargo de su sobrina, Annie Barrows, es la recreación de las respuestas de lectores sin filtros cultos a los tótems de la literatura entre los que no podía faltar algunas obras de la literatura latina. Por ejemplo, Catulo:

«Fui a ver al señor Fox a su librería y le pedí un libro de poemas de amor. En aquella época ya no le quedaban muchos títulos; la gente los compraba para quemarlos, y cuando él finalmente se dio cuenta, le echó el cierre a la tienda. Así que me dio unos cuantos volúmenes de un tal Catulo. Era romano. ¿Usted sabe la clase de cosas que decía en verso? Comprendí que yo no podría recitar nada de aquello a una dama encantadora.

Catulo estaba enamorado de una mujer llamada Lesbia, que lo rechazó después de haberse acostado con él. No me extraña, porque no le gustó que Lesbia acariciase el pequeño gorrión que tenía. Se puso celoso de un pajarillo. Así que se marchó a casa, cogió la pluma y empezó a plasmar la angustia que lo había embargado cuando vio a Lesbia acunar el gorrioncillo contra su pecho. Catulo se lo tomó verdaderamente mal y a partir de ese momento dejaron de gustarle las mujeres y se dedicó a escribir poemas infames sobre ellas.

También era muy tacaño. ¿Quiere leer un poema que escribió cuando una mujer caída le cobró por los favores prestados? Pobre muchacha. Se lo voy a copiar.

¿Estará en su sano juicio esa meretriz tan follada,
que me pide mil sestercios?
¿Esa joven de nariz repulsiva?
Parientes que estáis a su cuidado,
convocad a amigos y médicos; esa muchacha está loca.
Se cree hermosa.

¿Ésas son muestras de amor? Le dije a mi amigo Eben que nunca había visto tanto rencor.»

El impresionado Clovis Fossey podría haber citado además del poema 41, el 43, en el que Catulo continúa hablando en términos parejos de Ameana. Pero no todos los habitantes de Guernsey experimentan el mismo rechazo por autores clásicos. Las epístolas de Séneca causan una honda impresión a John Booker:

«Amelia Maugery me ha pedido que le escriba, dado que soy uno de los miembros fundadores de las Sociedad Literaria del Pastel de Patata de Guernsey, aunque sólo he leído un mismo libro una y otra vez. Se trata de Cartas de Séneca. Traducidas del latín en un volumen, con apéndice. Entre Séneca y la sociedad, he conseguido no caer en una vida espantosa como alcohólico.

[…]

Pero usted quiere saber qué influencia han tenido los libros en mi vida, aunque, como le digo, no ha habido más que uno, el de Séneca. ¿Sabe usted quién era? Un filósofo romano que escribió unas cartas a unos amigos imaginarios para decirles cómo debían comportarse durante el resto de su vida. Puede que suene aburrido, pero las cartas no lo son, son muy ingeniosas. Creo que se aprende más si lo que uno lee le hacer reír al mismo tiempo.

En mi opinión, lo que dijo Séneca se puede aplicar a cualquier persona de cualquier época. Voy a ponerle un ejemplo actual: el caso de los pilotos de la Luftwaffe y sus peinados. Durante el Blitz, los aviones de la Luftwaffe despegaban de Guernsey y se sumaban a los grandes bombarderos que se dirigían a Londres. Volaban sólo por la noche, de modo que durante el día eran libres de hacer lo que se les antojase en St. Peter Port. ¿Y cómo pasaban el día? En salones de belleza, donde les hacían la manicura, les daban masajes en la cara, les perfilaban las cejas, les ondulaban el cabello y se lo peinaban. Cuando los vi con sus redecillas, paseando por la calle de cinco en cinco, apartando a codazos a los isleños que iban por la acera, me acordé de lo que decía Séneca de la guardia pretoriana: “Cualquiera de ésos preferiría ver un alboroto en Roma antes que en su cabello.”

[…]

Llegué a disfrutar mucho de nuestras reuniones literarias, pues contribuían a que la ocupación resultara más soportable. Algunos de los libros que leían los otros parecían interesantes, pero me mantuve fiel a Séneca. Me daba la impresión de que me hablaba a mí; a su manera, graciosa y mordaz, pero directamente a mí. Sus cartas me ayudaron a sobrevivir a lo que habría de venir después.

Todavía sigo acudiendo a las reuniones de la sociedad. Están todos hartos de Séneca y me suplican que lea otra cosas, pero yo no quiero.»

La mayor de mis simpatías, sin embargo, va con Jonas Skeeter:

«Woodrow —siguió diciendo Jonas Skeeter— cruzó mi campo y vino hasta donde yo estaba amontonando el abono. Traía un librito en las manos y me dijo que acababa de leerlo y que le gustaría que también lo leyera yo, porque era muy “profundo”. Yo le respondí que no tenía tiempo para ponerme “profundo”. “Pues debes buscarlo, Jonas”, me insistió. “Si lo leyeras, tendríamos mejores temas de conversación cuando fuéramos al Crazy Ida’s. Nos divertiríamos más mientras bebemos cerveza.” Eso hirió mis sentimientos, no os voy a engañar. Mi amigo de la infancia llevaba una temporada tratándome con aires de superioridad sólo porque él leía libros para vuestro grupo y yo no. En anteriores ocasiones se lo había dejado pasar, “cada uno a lo suyo”, como decía mi madre. Pero esa vez fue demasiado. Me insultó. Me habló con prepotencia.

Me explicó que Marco Aurelio había sido un emperador romano y también un guerrero poderoso. Que en aquel libro estaba escrito lo que opinaba de los cuados, una tribu de bárbaros que estaba esperando en el bosque para matar a todos los romanos. Y que, a pesar de la presión de esos cuados, se tomó la molestia de poner por escrito sus pensamientos. Que pensaba mucho, muchísimo, y que algunas de sus reflexiones no nos vendrían mal a nosotros.

Así que dejé a un lado lo dolido que me sentía y cogí el maldito libro, pero esta noche he venido aquí para decir delante de todos: ¡Qué vergüenza, Woodrow! ¡Es una vergüenza que hayas sido capaz de poner un libro por encima de tu amigo de la infancia!

Sin embargo, lo he leído y opino lo siguiente: Marco Aurelio era como una vieja, siempre estaba mirándose el ombligo y cuestionándose lo que había hecho o lo que había dejado de hacer. ¿Había obrado bien o habría obrado mal? ¿Estaba el resto del mundo equivocado o lo estaba él? No, quienes iban equivocados eran los demás, y él decidió explicarles cómo eran las cosas en realidad. Una gallina clueca, eso es lo que era. Nunca tenía el más mínimo pensamiento que no pudiera convertir en sermón. Seguro que ni siquiera podía ir a mear sin…»

Dado que la adaptación cinematográfica, que se estrenará en España este año, ha propiciado la redición del libro, puede ser una buena oportunidad para acercarnos a él.

Diego Corral Varela

 

Ad meliora semper

Una de nuestras lectoras nos consulta sobre el origen de esta expresión latina porque quiere hacerse un tatuaje con ella.

Ad meliora semper es una expresión que no tiene origen clásico. Es cierto que ad meliora es un sintagma (ad, preposición de acusativo, y meliora, comparativo de bonus, -a, -um, neutro plural) que aparece en latín clásico con el significado literal de “hacia cosas mejores” o “para cosas mejores”.

Así Cicerón en su tratado Sobre la vejez 83 dice:

quod sapientissimus quisque aequissimo animo moritur, stultissimus iniquissimo, nonne vobis videtur is animus qui plus cernat et longius, videre se ad meliora proficisci, ille autem cui obtusior sit acies, non videre?

“Y ¿qué me decís de eso de que los más sabios mueren con el mayor sosiego de ánimo y los más necios, con gran desasosiego? ¿No os parece que es el alma que distingue mejor y a más distancia la que se da cuenta de que va a una situación mejor, y en cambio aquella cuya vista es más obtusa, no lo ve?” (Trad.: Esperanza Torrego, Madrid 2009)

Séneca es uno de los autores que lo utiliza con más frecuencia. Veamos un ejemplo de las Epístolas morales a Lucilio 39.3.5:

Quemadmodum flamma surgit in rectum, iacere ac deprimi non potest, non magis quam quiescere, ita noster animus in motu est, eo mobilior et actuosior quo vehementior fuerit. Sed felix qui ad meliora hunc impetum dedit:…

Del mismo modo que la llama se eleva en línea recta y no puede yacer ni inclinarse hacia abajo, como tampoco estar inactiva, así nuestra alma se halla en movimiento, tanto más ágil y activa cuanto más ardorosa fuere. Feliz, no obstante, quien tan gran impulso lo ha consagrado a los mejores ideales (Trad. Carmen Codoñer, Madrid, Gredos 1986)

Sin embargo, en ningún autor clásico aparece junto al adverbio semper (“siempre”)

La locución completa aparece en época medieval en fórmulas litúrgicas utilizadas para los ceremoniales de la coronación de reyes anglosajones y franceses. Reproducimos un ejemplo que pertenece concretamente a la coronación de la reina Judith de Francia que fue desposada por el rey Ethelwulfo de Wessex el 1 de octubre del 856:

Te invocamus Domine, sancte Pater omnipotens, aeterne De­us, ut hanc famulam tuam quam tuae divinae dispensationis providentia in primordio plasmatam usque in hunc praesentem diem, juvenili flore laetantem crescere concessisti: cum tuae pieta­tis dono ditatam, plenam veritatis de die in diem coram Deo & hominibus ad meliora semper proficere facias,….

“Te invocamos, Señor, santo padre omnipotente, Dios eterno, para que a tu sierva, a la que moldeada en el principio por la providencia de tu generosidad divina concediste crecer alegre en la flor de la juventud hasta el día presente, la hagas avanzar de día en día siempre hacia cosas mejores en presencia de Dios y de los hombres, enriquecida con el regalo de tu piedad, llena de verdad…”

Curiosamente en la red, especialmente cuando se trata de tatuajes, suele aparecer semper ad meliora, como podemos ver en la imagen de cabecera. Sin embargo, es preferible mantener el orden del texto latino: ad meliora semper.

Susana González Marín

De nuevo Medea

Ana Iriarte Goñi, catedrática de Historia Antigua en la Universidad del País Vasco, impartió una conferencia titulada “Medea o el filicidio como acción política”, dentro del ciclo Mujeres del mundo clásico: entre la sumisión y el poder. Se está celebrando en la Casa de las Conchas de Salamanca y a él se han dedicado otras entradas en este blog como la de Julia y Ariadna. Siguendo esta línea, ofreceremos una breve reseña del contenido de esta intervención:

Medea o el filicidio como acción política

El teatro es uno de los mayores descubrimientos de la cultura griega, y su progreso fue paralelo al de la democracia, manteniéndose hasta el presente. Se veía en escena a los héroes arcaicos, de los cuales las noticias llegaban fundamentalmete de forma oral. El impacto en la vida social y cultural ateniense era enorme. El mismo edificio del teatro se encontraba en pleno centro de la ciudad de Atenas. Además, estaba unido a ritos religiosos, como en el caso de las Grandes Dionisíacas. En ocasiones, la trama estaba muy ligada a la actualidad. Cuando Eurípides escribe su Medea, el conflicto entre Atenas y Esparta está a punto de estallar. Veinte años antes, Pericles había dictado una ley por la cual solo adquirían la ciudadanía aquellos que fuesen hijos de padre y madre atenienses. De esta situación política de Atenas, en torno al año 431 a.C., es posible ver reflejos en la obra.

La violencia que alcanza Medea es proverbial. Se la conoce por el asesinato de sus propios hijos para hacer daño al padre, Jasón. Acabará siendo divinizada pero también es vista como un monstruo deshumanizado. Adopta, ya en la tragedia y en algunas de sus representaciones pictóricas en cerámicas, matices muy masculinos. Mata con una espada, algo más propio de hombres, y con esta acción se hace dueña de sus hijos, que eran propiedad del padre. En cierto modo, es una mujer que adopta un rol de héroe. Con todo, no podemos olvidar que se trata de un personaje ficticio y era representada por un hombre. La Medea de Eurípides es oradora y da voz a a las “ciudadanas” que configuran el coro. En el teatro las mujeres pueden tomar la palabra cuando en la vida pública ateniense no tenían voz. Esta Medea no guarda silencio en público, rompe esta norma. Merece la pena la lectura de los versos 230-251, en los que Medea arranca a hablar sobre la condición de la mujer.Medea-Sandys

Es un mito que se ha ido actualizando a lo largo de los siglos. Siempre se añade algo nuevo según aquello que se destaque o según la época. Son muchas las manifestaciones artísticas sobre Medea: la que interpretó Maria Callas en la película dirigida por Pier Paolo Pasolini. Famoso es el cuadro que acompaña a esta entrada, de Frederick Sandys. En España, la última representación de Medea en los teatros está protagonizada por Aitana Sánchez-Gijón, bajo la dirección de Andrés Lima, con la compañía Teatro de La Abadía. Recientemente se le ha dedicado una entrada de este blog a esta adaptación de la Medea de Séneca. En esta versión romana se presta más atención a la violencia intrafamiliar, para tal vez denunciar el comportamiento de la casa del emperador Nerón.

Marina Lozano Saiz

Medea en Salamanca

El sábado 30 de Enero fue interpretada la tragedia latina “Medea” de Séneca en el teatro Juan del Enzina de Salamanca.

Esta representación corrió a cargo del director y actor Andrés Lima, quien también interpretó los papeles de corifeo, Jasón y Creonte; con Laura Galán como nodriza, Joana Gomila como corifea y, como protagonista absoluta de la obra, Medea, Aitana Sánchez-Gijón.

La trama de esta tragedia gira en torno al último día en el palacio de la reina Medea, esposa de Jasón, antes de su destierro. Esta pretende vengarse de su marido por haberse casado con Créusa, princesa de Corinto, y haberla abandonado, por lo que idea un maquiavélico plan en el que el vector de su represalia son sus hijos.

La versión de Séneca posee un giro humano colosal con respecto a la misma obra de Eurípides, puesto que el objetivo de aquel es mostrar la locura y el desenfreno de la mente en situaciones tan críticas como la de Medea, y sin duda lo consigue, ya que los versos de esta tragedia están cargados de dolor, resentimiento, culpa y desazón.

El director, Andrés Lima, supo interpretar las pasiones de la protagonista con acerba precisión haciendo uso de escenas que rozaban el clímax cúspide de la obra y dejando al público sin aliento. A este menester ayudó la magnífica puesta en escena y tramoya utilizada, altamente llamativa a los ojos del espectador.

Se podrían poner multitud de ejemplos, como el momento del sacrificio a la diosa de la hechicería Hécate, en el cual Medea entra en un violento trance y es empapada en barro y plumas, un guiño muy acertado a la forma en la que las hechiceras como Medea eran torturadas en la Edad Media.

Digno de mencionar fue el decorado de la actuación, de carácter minimalista y escaso, como fue también el vestuario. Sin embargo, estaba cargado de un aura de misterio y oscuridad que envolvía a los actores y a dos pequeños muñecos que, de rodillas, representaban a los hijos de Medea y Jasón, cuyo trágico final constituye el desenlace de la obra.

La corifea, interpretada por Joana Gomila, entonó bellas canciones que, pese a su anacronismo, otorgaban profundo dramatismo y consiguieron estremecer al auditorio cuando sus cánticos arañaban el punto álgido de la acción.

Marcos Medrano Duque

 

 

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