Premio Princesa de Asturias para Anne Carson

Siempre es un motivo de alegría -y esta es la segunda vez que Notae Tironianae ha tenido el placer de hacerlo– anunciar un premio de categoría para una filóloga clásica: la poeta canadiense Anne Carson ha recibido el premio Princesa de Asturias de las Letras este año 2020. Os dejamos el texto que publica hoy en El País Javier Rodríguez Marcos:

Anne Carson gana el Princesa de Asturias de las Letras

La poeta canadiense Anne Carson, que el próximo domingo cumplirá 70 años, acaba de ganar el premio Princesa de Asturias de las Letras. Nacida en Toronto en 1950 y afincada en Nueva York, Carson es uno de los nombres clave de la literatura anglosajona actual. Profesora de filología clásica, en su obra confluyen el conocimiento de los griegos antiguos y la expresión de su intimidad familiar, las peripecias amorosas de los dioses olímpicos y su propio divorcio, la muerte del hermano de Cayo Valerio Catulo en el siglo I y la de su hermano en el año 2000. Según el jurado, presidido por el director de la Real Academia Española, Santiago Muñoz Machado, la recién premiada ha construido desde el mundo grecolatino una poesía en la que “la vitalidad del gran pensamiento clásico funciona a la manera de un mapa que invita a dilucidar las complejidades del momento actual”.

Para ella no hay conflicto entre el pasado y el presente. Nuestras ideas sobre el amor o la muerte no difieren demasiado de las de los habitantes de la Hélade. Por eso su obra posee una asombrosa unidad. A la vez que traduce a Eurípides o Esquilo —tiene una versión de la Orestíada—, publica poemarios como Hombres en sus horas libres (2000), La belleza del marido (2001) o Nox (2010). No es raro que uno de sus últimos trabajos haya sido Norma Jeane Baker de Troya, un diálogo dramático entre un mito moderno (Marilyn Monroe) y uno clásico (Helena) estrenado el año pasado en el neoyorquino Griffin Theatre. Todos conocen el trágico destino que arrastró la belleza de ambas.

Anne Carson es hoy una mujer a la que no le gusta demasiado hablar de sí misma pero que, en sus lecturas públicas, pide a los asistentes que la ayuden a recitar, igual que un coro en un teatro con vistas al Egeo. Siempre fue una persona particular. Era apenas una niña cuando un libro de vidas de santos le causó una impresión de la que nunca se recuperó. Lo mismo que el hallazgo de una edición bilingüe de Safo, la de Willis Barnstone. Tenía 15 años y le fascinó la grafía de un idioma “bellísimo” que no podía descifrar: el griego antiguo. Pero sería en Port Hope, a orillas del lago Ontario, donde conocería a Alice Cowan, una profesora de latín que encauzó aquella fascinación. “Le debo mi carrera y mi felicidad”, reconoce Carson cada vez que tiene oportunidad. También reconoce que su maestra “olía a apio”, pero lo dice para subrayar la conexión entre piel y espíritu.

Con 31 años se doctoró como filóloga y con 42 publicó su primer libro de poemas: Short Talks. Seis años más tarde, en 1998, publicó la novela en verso: Autobiografía de Rojo, una reescritura homoerótica de la historia de Hércules y Gerión cuyo éxito fue tal que corrió el riesgo de convertirse en autora de un solo libro. Un amigo la retó a escribir narrativa y ella aceptó. Se empeñó, ha contado, en escribir una novela “como las que compras en el aeropuerto”. Lo que comenzó como un desafío se fue convirtiendo en algo “más poético”. En parte porque tiene una máxima a la hora de escribir: cortar: “Cuando tengo demasiadas palabras, siento que no estoy diciendo nada. Que solo me estoy centrando en las palabras y no en los conceptos”. Así que comenzó a recortar “hasta que quedaron versos”. También la reescritura del enfrentamiento entre el héroe y el gigante —dueño de un rebaño de bueyes y vacas rojas— tiene una explicación particular: “En el mito, Hércules se enfrenta a Gerión y lo mata. Y ya está. Pero en algunas fuentes clásicas, como la Ilíada, hay algunas referencias a una gran ternura homoerótica y decidí introducir este elemento sensual y ver cómo alteraría la historia. Además, quería que Gerión tuviese una vida divertida”.

Una vida divertida para alguien maltratado por la literatura, dice Anne Carson: “Mi actitud es que, por muy dura que sea la vida, lo que importa es hacer algo interesante con ella”. Es lo que le tocó hacer cuando en el año 2000 murió su hermano Michael en Copenhague. No se veían desde 1978. Él había abandonado Canadá tras saltarse la libertad condicional. Problemas de drogas. “Muchos países he atravesado / y muchos mares. Y aquí llego, hermano, / ante esta infortunada tumba tuya, / para darte los últimos honores”. Estos versos de uno de los poemas más famosos de Catulo y un puñado de fotos de Michael le sirvieron para armar Nox (2010), un libro de una sola hoja doblado en forma de acordeón, ilustrado con varios collages y metido en una caja.

La fórmula de confeccionar un libro que no lo pareciese le resultó tan atractiva que en 2016 repitió caja con Float, un conjunto de 22 textos, ella los llama performances igual que llama tangos a algunos de sus poemas. Esta vez los protagonistas parecían invitados a una fiesta de disfraces de la alta cultura: Hegel y Matta-Clark, ella misma y Lou Reed. El año pasado recibió a Eduardo Lago, de EL PAÍS, en su casa de Manhattan. Cuando el periodista le preguntó cuál era su próximo proyecto respondió: “Un cómic”.

Este premio recayó el pasado año en la novelista, ensayista y poeta estadounidense Siri Hustvedt y en ediciones anteriores en Fred Vargas, Adam Zagajewski, John Banville, Leonardo Padura, Antonio Muñoz Molina, Leonard Cohen, Paul Auster, Claudio Magris, Arthur Miller, Doris Lessing, Augusto Monterroso y Günter Grass.

Mary Beard

El viernes 21 de octubre Mary Beard recogió el Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales. A ella le agradecemos que compartiera el premio con todos nosotros, que también trabajamos duro “para hacer que nuestra conversación con el mundo antiguo sea tan viva, cautivadora y gratificante”. (Puedes leer aquí el discurso y escucharlo pinchando aquí)

Muy a menudo, los profesionales y los entusiastas de los Estudios Clásicos tienden a idealizar en exceso tanto Grecia como Roma, e incluso la contemplan con vanidad como el espejo en que el mundo actual se debería mirar.

Un lúcido profesor nuestro dijo en una ocasión ––no sin acierto–– que la Antigüedad y la Literatura Grecorromana resultaban de vital importancia para el ser humano de hoy, pero que en absoluto se podían justificar aspectos e instituciones típicamente clásicas, como el esclavismo, el machismo, el imperialismo… y un largo católogo de indecencias.

Mary Beard, la prestigiosa latinista británica, adopta un discurso en parte semejante y lo argumenta por extenso en un reportaje reciente del periódico digital eldiario.es. (Puedes leer aquí el reportaje y una entrevista con ella aquí) Sin renunciar al fomento y a la difusión de la Filología y de la Historia Antigua, la catedrática de Cambridge considera un auténtico error el establecer comparaciones directas entre la civilización grecorromana y el mundo actual, en cualquier aspecto.

La tercera edición de su último libro SPQR. Una Historia de la Antigua Roma (Crítica, 2016) fija un punto de partida para reflexionar sobre las (posibles) visiones que hoy se pueden tener (y enjuiciar) de los antiguos, pero también (y sobre todo) para concluir las insalvables diferencias que median entre aquella época y este tiempo. Y, al mismo tiempo, sirve de pretexto para tratar las principales cuestiones del momento desde un enfoque más humano y crítico, tales como el derecho de ciudadanía, la igualdad efectiva de género, o la democracia representativa.

Con todo, Beard concluye que todo el estudio de la historia a través de los textos se convierte en un instrumento muy útil, e incluso indispensable, para que un ciudadano elabore su propia opinión sobre el mundo; la Antigüedad ni será comparable, ni conformará un ideal al que emular a ciegas: más bien, le proporciona a todo ciudadano numerosas lecciones que harán despertar su curiosidad intelectual y su espíritu crítico para comprender un poco mejor la realidad que lo rodea.

Federico Pedreira Nores

 

Nuria Espert y el teatro clásico (o así)

Imaginemos que, probablemente para celebrar la entrega a Nuria Espert del Premio Princesa de Asturias de las Artes, se me ofreciera el lujo de publicar una colaboración en Notae tironianae con el pie dado (que no forzado) de glosar la actividad de tan gran actriz en el teatro clásico. Pues, lamentablemente habría de decir que no he visto a Nuria Espert en ningún montaje de teatro clásico, latino o griego (pese a que ha protagonizado en seis ocasiones la Medea de Eurípides –o de alguno de sus refundidores– y, al menos, en un caso la Fedra reescrita por Salvador Espriu). Hecha esa confesión, estaría perdiéndome la oportunidad de asomarme activamente (gozador pasivo lo soy desde el primer momento) a plataforma que ya ha alcanzado tanto prestigio en la difusión de lo clásico.

Una opción alternativa, dado mi interés por conseguir que figure en mi curriculum haber publicado en Notae tironianae, es hacerme el despistado, simulando no haberme enterado bien del posible encargo, y alegando que entendí la invitación como referida a la actividad de Nuria en el teatro clásico, genéricamente considerado. Un guiño a lo pedido vendría facilitado por la presencia de Nuria en el Julio César de Shakespeare aunque, si pienso en sus múltiples intervenciones en obras del clásico inglés, lo más destacable sería su reciente y muy premiada interpretación del monólogo La violación de Lucrecia (el guiño al contenido clásico de Notae tironianae se mantiene: autor ‘moderno’ pero tema de la clasicidad antigua).

Abusando de esa estratagema del despiste, tal vez pudiera colar en la ilustre plataforma, la glosa de la larga sintonía de la Espert con clásicos contemporáneos: Casona, Lorca, Strindberg. De hecho, pastoreando alumnos vi en La Abadía madrileña su duelo interpretativo con José Luis Gómez y Lluis Homar en Play Strindberg (2007), y con remesa posterior de estudiantes gocé en El Matadero de Madrid del mejor montaje que he visto de obra lorquiana: aquella Bernarda Alba dirigida por Lluis Pasqual (2009) en que Nuria y la Sardá daban vida respectivamente a la viuda tirana y a la sabia y resentida Poncia. Montaje que prefiero al espectacular y deslumbrante de la Yerma vista por mí en el Liceo salmantino, avanzados los 70, con protagonismo igualmente de Nuria y dirección del argentino Víctor García.

Claro que, abriendo foco a Nuria y los clásicos españoles, ¿tendría algún interés para los lectores de esa plataforma saber o recordar –según los casos– que un sábado de abril de 1979, la Espert recitó –redoble de tambores– con el mismísimo Rafael Alberti una magnífica selección de poemas debidos a los más ilustres poetas en lengua castellana? Formé parte de lo que el cronista de El País, tras reseñar que el acto duró casi dos horas, definió como “numeroso público, en su mayoría joven y universitario que abarrotó el local”. (Si colara esta información en Notae tironianae, algún joven lector se enteraría de que en aquellos años el Juan del Enzina programaba calidades y compromisos de ese nivel y hasta pudiera descubrir que en tiempos remotos tal Aula de teatro desempeñaba con orgullo indisimulado una función señera en la vida teatral e intelectual de Salamanca. Como se trataría de un escrito para plataforma clásica, hasta cabría ponerse nostálgicos en latín: ‘O tempora, o mores’. O, parodiando al Eneas que, en el libro II de la Eneida, se dispone a narrar su melancólica visión de la guerra de Troya: Quis talia fando… temperet a lacrimis?).

Se agolpan recuerdos de esta naturaleza cuando pienso en las contribuciones de Nuria Espert al teatro del mejor nivel, pero no debo hacerme ilusiones. Los datos puede que revistan algún interés pero no acabo de ver que tengan cabida en escrito que, al formar parte de Notae tironianae, debería referirse a teatro clásico, griego o latino. Es más, invitado a hablar de la Espert, estoy cayendo en la tentación de terminar hablando de mí mismo. Que si asistí a ese recital que acabo de citar, que si un día de 2003 sonó el teléfono del despacho y era Nuria pidiéndome –¡Nuria Espert pidiéndome algo a mí!– si podía enseñarles a ella y al mago canadiense de la dirección teatral, Robert Lepage, la Salamanca antigua porque ambos, y sobre todo el canadiense, querían empaparse de verdad y sabor salmantinos antes de sumergirse en la preparación de una Celestina que acabarían estrenando en 2004 –al CAEM salmantino llegaría en 2005–. Huerto de Calisto y Melibea, edificio histórico de la universidad, callejuelas del barrio antiguo, fueron algunos de los parajes que hollamos juntos antes de una muy grata sentada final en las Caballerizas… Por cierto que en una de sus primeras representaciones en el Lliure de Barcelona viví la insólita experiencia del preocupante desmayo de un espectador y los gritos angustiados de su pareja –inicialmente pudo parecer algo mucho más grave– provocando que Nuria hubiera de interrumpir una de las escenas iniciales de la obra para, transcurridos los minutos ocupados en sacar de la sala y atender al damnificado, retomar ella la actuación con la menor merma de una verosimilitud tan bruscamente amenazada.

Pero quizá era ya lo que faltaba. Aprovechar que se produjera una invitación generosa a colaborar en Notae tironianae para colar allí no solo material a toda luces espurio sino, ya puestos, hasta historietas de espectador curtido en mil batallas teatrales.

Si me llegara la invitación a colaborar en Notae tironianae con algo sobre Nuria Espert y el teatro clásico, lo honesto sería declinar la invitación. En caso contrario, acabaría escribiendo cosas como estas que con buen criterio he descartado publicar en tan ilustre plataforma.

Emilio de Miguel Martínez

Mary Beard, premio Princesa de Asturias de ciencias Sociales

En contra de nuestra costumbre hoy sacamos dos entradas. Lo merece la noticia que acabamos de conocer: Mary Beard ha recibido el Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales. (Puedes leerlo en El País). Adelantamos por ello la entrada que estaba prevista para mañana.

A los estudiosos de Filología Clásica aficionados a la Historia Cultural no nos ha sorprendido la concesión del Premio Príncipe de Asturias a Mary Beard, una catedrática  de la Universidad de Cambridge, que sobresale  por la extensión y profundidad de sus conocimientos, pero sobre todo por su enorme originalidad. Lo que nos sorprende realmente es la amplitud de miras de un jurado que ha canonizado a alguien cuyo agudo sentido crítico se ha dedicado a desmontar muchas verdades convencionales acerca del mundo clásico y la ha llevado a  adoptar posiciones poco complacientes con el establishment. Entre ellas, su  postura tras el atentado de las Torres Gemelas, que  provocó que numerosos lectores de la London Review of Books retiraran su suscripción de la revista tras su sintético enunciado “the United States had it coming” algo así como “los Estados Unidos se lo tenían merecido” (lee el texto completo aquí); ello, sin embargo, no fue óbice para que poco tiempo después fuera invitada a un prestigioso ciclo de conferencias en Berkeley, las Sather Classical Lectures, que dieron origen a su libro sobre La risa en la Antigua Roma.

Lentamente su obra  ha ido llegando al público español en general, sobre todo tras una entrevista concedida recientemente al diario El País y tras la aparición en estos últimos meses de una Historia de Roma cuya lectura será sin duda muy recomendable. Mary Beard se preocupa siempre por la repercusión de la cultura clásica en la actualidad, y por la de la actualidad en la cultura clásica. Provocadora y ocurrente, colaboradora habitual del Times Literary Supplement y de la BBC, es una persona capaz de ir a visitar  a un lector adolescente que criticó en términos groseros su apariencia física para intentar convencerlo (con éxito) de que había otros valores que merecían ser tenidos en cuenta.

Ese talante moral va acompañado de una gran originalidad y brillantez. Complace ver, en sus artículos y libros sobre Los clásicos (en colaboración con J. Henderson, una especie de García Calvo de la Literatura Latina cuya prosa es casi ininteligible) la formulación precisa de un pensamiento curioso, a saber, que desde el Renacimiento cada generación de personas dedicadas a las lenguas y culturas clásicas parte de la desesperanzada convicción de que dominamos las lenguas que estudiamos mucho peor que nuestros predecesores. Nos sentimos epígonos frente a los gigantes que nos precedieron. Lo que no es óbice para que repitamos, cargados de razón, que las nuevas generaciones conocen los textos mucho peor que nosotros.

Sus libros, pese a su enorme erudición,  son muy amenos y de fácil lectura. M. Beard conserva de su formación académica anglosajona la facilidad ensayística para divulgar sin vulgarizar, lejos del esoterismo en el que caen muchos de sus colegas, demasiado técnicos y/o demasiado aburridos. Recomiendo la lectura de Pompeya para que meditemos un poco sobre lo que significa reconstruir una ciudad destruida no sólo por el volcán, sino también por las bombas americanas de la Segunda Guerra Mundial. Lucano anticipó que en Troya se veían ruinas de ruinas Etiam periere ruinae. En la  Pompeya actual contemplamos, gracias a la información de la estudiosa,  una  reconstrucción de las ruinas de las ruinas.

Nunca abandona Mary Beard la preocupación hermenéutica. Nuestra mirada sobre la Antigüedad tiene mucho de reconstrucción en la que están presentes las obsesiones de nuestra propia cultura.  Su brillante e instructivo libro sobre el Coliseo, escrito en colaboración con Hopkins (autor de un inolvidable Conquistadores y Esclavos), desentraña los secretos de un espacio urbano real preñado de connotaciones simbólicas. Ni que decir tiene que los cineastas que rodaron Gladiator la consultaron, como muestra de respeto a su autoridad académica. Lo mismo suelen hacer autores de novelas históricas de romanos como R. Harris.

En su obra titulada El triunfo romano M. Beard vuelve a demostrar su agudeza para descubrir aspectos del mundo romano que están llenos de interés para la mirada actual, tan propensa a observar los espectáculos de masas. Los romanos explotaron a fondo la cultura del espectáculo en un  Imperio multicultural que pretendía transmitir una ideología que cohesionara a millones de personas; es cierto que esta cultura no perdió su atractivo en ninguna época histórica, pero en pocas gozó de una salud tan excelente como en la actual.

Son precisamente estudiosos como Mary Beard los que han logrado que, pese a las estrecheces académicas por las que transitamos, ocasionadas por mentes más estrechas aún, sigamos recibiendo estímulos para continuar con los estudios clásicos. Felicidades por el premio, señora Beard,  y que siga  usted deleitándonos por muchos años con su espíritu crítico.

José Carlos Fernández Corte

 

 

 

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