Seguimos a vueltas con el latín como lengua oficial de la Unión Europea

El viernes pasado  Agustín Ramos publicaba una entrada comentando el artículo de El País escrito por Rubén Amón sobre la propuesta para utilizar el latín como lengua oficial de la Unión Europea (léelo aquí). Pues se ve que en el peródico siguen dando vueltas al asunto. Ayer pudimos leer un breve apunte de Jorge Marirrodriga titulado “¿Por qué la XL tiene que ser más grande que la L?” (Podéis leerlo pinchando en el título)

Aprovechamos esta breve entrada para anunciaros que en breve os ofreceremos algún pasaje del famoso libro de Nicola Gardini, Viva il latino. Storia e bellezza di una lingua inutile, que tanto éxito está cosechando.

Susana González Marín

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¿El latín lengua oficial de la UE?

Ayer en la sección de “Ideas” de El País (pincha aquí para leerlo), Rubén Amón se hace eco del éxito que ha provocado en Italia la publicación de un libro de Nicola Gardini reivindicando el latín como una seña de identificación de nuestra cultura (Viva il latino, storie e bellezza di una lingua inutile). La directora del blog ha recibido el enlace por varias vías, se diría que con el ánimo de que también nosotros nos hiciéramos eco, y me ha pedido que haga una nota al respecto. Este tipo de iniciativas, como el relativamente reciente libro de W. Stroh (2007: Latein is tot, es lebe Latein; trad. española en Ed. Subsuelo: 2012: El latín ha muerto, ¡viva el latín!) deben ser bienvenidas en nuestro mundo por un sinfín de razones que a los lectores de este blog seguro que no es necesario explicar. Confieso de antemano que no he leído el libro (acabo de pedirlo al leer la noticia), por lo que mi comentario sale al hilo de lo que recoge la reseña del periódico. No seré yo quien se oponga a movimientos entusiastas de los que (no de forma clara) parece proponer el articulista, pero de ahí a aceptar, como dice el titular secundario, que tal éxito “demuestra que el idioma fundacional de la cultura europea goza de buena salud y podría resucitar como argumento identitario para un continente en horas bajas” hay un trecho. No es el lugar para tratar un tema tan complejo, pero me gustaría precisar algunos puntos.

No estoy de acuerdo en que el latín esté mucho más cerca de nosotros de lo que parece. Tener incorporadas en nuestra lengua unas cuantas expresiones, por lo general mal escritas y no siempre bien usadas, no dice nada de nuestro conocimiento del latín (por cierto, Sr. Amón, no corrija lo mal que lo escriben los demás mientras escribe ex profeso y no ex professo), como no lo dice de nuestro conocimiento del inglés el uso de otras parecidas (aún con más frecuencia en la lengua de Gardini). Mucho menos aún comparto eso de que “el latín también representa un vehículo de comunicación extraordinario en el ámbito del derecho, la medicina, la filosofía, la liturgia religiosa, el ejército, la ingeniería, la arquitectura y el lenguaje cotidiano”. Huellas grandes o pequeñas en el léxico, más o menos evidentes, hablan de la transcendencia de la cultura y de la historia latina de algunas de esas disciplinas; eso no es la lengua, hija del latín pero un poquito más crecida. Conozco a bastantes profesionales de esas especialidades y la mayoría no sabe nada de latín, llegando incluso a desconocer que alguna de esas palabras que usan pertenece a esa lengua.

Entiendo y comparto la paradoja de que la UE tenga como lengua de funcionamiento la perteneciente a un país que no va a estar en la UE, pero que esa situación se solucione convirtiendo al latín en la lengua de Europa es una falacia imaginativa carente de sentido. Seamos serios. Para empezar, sería más fácil (a muchos niveles distintos) hacer lengua oficial el alemán (solo entre alemanes y austriacos habría más de 90 millones de ciudadanos que no tendrían que aprenderlo), el francés (Francia, Luxemburgo, la Valonia belga lo hablan ya), el italiano (también más de 60 millones) o, aunque se me tache de chovinista, el español. Por otro lado, de cara a las relaciones internacionales, frente al español o el francés, que tienen cientos de millones de hablantes en el mundo, el latín… Tampoco pierdo de vista que la UE la conforman países de habla germana, eslava, o incluso de lenguas no indoeuropeas, como Finlandia y Hungría.

Pero es que además soy muy consciente de que este tipo de ideas responden a otros fenómenos sociales y hay que recordar que las lenguas tienen políticamente una muy fuerte relación con los nacionalismos. Esta noticia y sus referencias al Brexit y a Trump son una prueba de ello. Hay que recordar a Rubén Amón que las lenguas se relacionan con las comunidades y que lo que se llamó desde principios del siglo pasado con un término alemán, Sprachgemeinschaft (“comunidad lingüística”), en el caso del latín en la Edad Media y en el comienzo de la Edad Moderna estuvo formado por solo algunas comunidades: la Iglesia, la “República de las Letras”, abogados y notarios, la diplomacia y el comercio. El nacimiento de los estados modernos hizo cambiar por rechazo algunas dependencias (la de la Iglesia, por ejemplo) y extenderse el acceso a la escritura a otros sectores de la población.

Los estados se definen hoy en términos cívicos y étnicos. Desde la perspectiva cívica es el estado el que genera la idea de nación. En algunos lo étnico no tiene un peso excesivo (EEUU o Francia, por ejemplo) y en otros lo tiene más (Italia o Francia o España). Pero en ellos desempeña un papel esencial el concepto de lengua. La lengua, aunque no se explicite, es entendida popularmente en términos de lengua escrita. La escritura visualiza la lengua, aunque sea un fenómeno oral, y sirve para extender las ideas más allá del tú a tú, con lo que se constituye en el instrumento principal para la creación de la cohesión nacional. No es preciso insistir demasiado en esto viviendo en nuestro país hoy. Algunos profesores de literatura latina de nuestra casa han trabajado mucho por analizar la relación entre los conceptos de nación y literatura y con ello sobre el surgimiento de las historias de la literatura, también de la latina y de la griega. Pues bien, ¿qué concepto de estado o, en su caso, de nación propondrá la adopción de una lengua artificial (el latín en su estado antiguo ya no es una lengua natural) como instrumento de cohesión de la UE? Y no entro a valorar (sería demasiado largo) cómo vamos a explicar con la lengua de Séneca, defendida como modelo en el artículo, la gravitación cuántica, la biotecnología o incluso las categorías actuales de la ciencia literaria o lingüística.

De los nombres que Amón cita para ensalzar el latín resulta oportuno recordar que ni Milton escribió en latín su Paraíso perdido (sí otras cosas), ni Petrarca sus Sonetos (lo mismo), ni Ariosto su Orlando furioso, ni Borges su obra conjunta. Pero sí que sabían y habían estudiado latín. Reivindiquemos que el estudio del latín, de la cultura que nos transmitió esa lengua, de las ideas que sirvieron para crear la Europa que conocemos y de la riqueza que siguen aportando en las lecturas que hoy hacemos de ellas, sea una tarea primordial del concepto de educación en nuestra sociedad; pero pedir que el latín se convierta en la lengua de la comunidad europea no solo es algo que me resulta prácticamente absurdo, sino que además encuentro dudoso que esas propuestas sean las que más favorezcan nuestros estudios. Siempre a mi juicio, pueden ser el pie para el comentario anecdótico o la forma de hacer llamativo el problema, pero no van al núcleo de él, que es la necesidad que tenemos de hacer ver a nuestros gobernantes no que Europa necesita el latín para hablar en Bruselas, en Estrasburgo o en las relaciones internacionales, sino que necesita el estudio de su lengua y su cultura en las escuelas como fuente básica de una forma de entender el mundo de la que no debemos ni queremos prescindir, porque está en la base histórica de nuestra sociedad y ha dado excelentes frutos individuales y colectivos.

Agustín Ramos Guerreira

 

Ha muerto Tzvetan Todorov

Me llega, a través de la directora del blog, la noticia del fallecimiento de Todorov y pergeño unas apresuradas líneas que quieren rendirle homenaje. Creo que la primera vez que me encontré con su nombre fue en Asturias Semanal, una revista de finales de los sesenta del siglo XX, y el que lo mencionaba era Juan Cueto, con su fino olfato para  descubrir talentos, sobre todo estructuralistas, que era lo que daba la época: Lévy-Strauss, Barthes, Todorov.  Más adelante, a propósito de mi estudio sobre el Asno de Oro o las Metamorfosis de Apuleyo, me fueron muy útiles las inteligentes distinciones entre lo fantástico, lo extraño y lo maravilloso que establecía en su Introduction à la litteráture fantastique, su primera obra mayor. Todorov manejaba las categorías de teoría literaria con gran claridad y sencillez, renunciando a hacer literatura cuando hacía crítica, a diferencia de su colega Barthes. Apenas llegado a Francia desde su Bulgaria natal, 1965, se encargó de compilar y en su caso traducir textos de los formalistas rusos, cuya lectura resultó obligada a partir de entonces para cualquiera que se iniciara en los estudios literarios, especialmente para los participantes en el llamado Estructuralismo francés. Nombres como Shklovski, Eikhenbaum, Tynianov, Tomachevski , Propp, se sumaron al de Jakobson, más conocido por sus estudios lingüísticos, en el desembarco de los formalistas en el pensamiento occidental. No fue la última contribución de Todorov en ese sentido. Aunque la mención de intertextualidad procedente de Bajtín hay que agradecerla a su compatriota Kristeva, también afincada en Francia, Todorov escribió un magnífico libro, Bakhtine ou le principe diálogique, que supuso la puesta de largo del pensamiento (no formalista) del  también ruso Bajtín en Occidente.

Por esa época, 1979, iba a producirse el giro hermenéutico en los estudios de Todorov. De estudiar la “poétique”, la ciencia de lo literario, buscando estructuras generales que se pudieran aplicar a toda literatura, el estudioso, en una edad ya postestructuralista en la que trabajaba como antes  en universidades francesas, pero sobre todo en universidades norteamericanas, abandona su preocupación por las estructuras de la obra en sí, el objetivismo estructuralista, y se ocupa de la relación del signo con sus usuarios. Cuando estos usuarios son de otras culturas, ajenas y antiguas, como sucede en la America posterior al descubrimiento, le exigen un gran esfuerzo  de interpretación del pensamiento ajeno, confrontando los sistemas simbólicos de los conquistadores españoles con los de las culturas amerindias. Un ejemplo. Cortés, aparte de otras ventajas, se mostró mucho más hábil  en su manejo del sistema de símbolos, siendo capaz de comprender el  pensamiento del otro y sacando partido de la opacidad con la que velaba el propio. A la superioridad de Cortés contribuyó doña Marina o Malinche, la “gran chingada” que diría Octavio Paz, una mediadora entre culturas.  La Conquête de l´Amerique, un libro que en su tiempo gozó de poca atención en España, marca la inclinación de Todorov hacia la comprensión entre culturas, la comprensión del otro, algo que no iba a abandonarlo ya jamás.

Su pensamiento se vuelve cada vez más comprometido con los grandes temas de nuestro tiempo. Llegado a Francia desde Bulgaria, prácticamente  el momento en el que el Mayo del 68 francés hacía furor, Todorov recibió una lección práctica de historia de la recepción. Él conocía de primera mano lo que era vivir en un régimen de falta de libertades como el del llamado ” socialismo real”, y, sin embargo, en Europa Occidental toda la intelligentsia estaba fascinada por fenómenos políticos que realmente desconocían, como la  revolución cultural china.  Comprendió que en aquel clima intelectual y político sus experiencias personales bajo un régimen mezquino, policial y asfixiante eran literalmente incomprensibles y tuvo que esperar hasta mucho más tarde, avanzados ya los años ochenta, para darlas a conocer. No todos los momentos históricos permiten el diálogo entre culturas.

La investigación de sus últimos diez o quince años es un alegato en pro de la honradez intelectual  y la resistencia ética en situaciones difíciles. En su libro Memoria del mal, tentación del bien,  investiga la naturaleza del mal y compara los dos males del siglo XX, el nazismo y el estalinismo. Elige personajes concretos como Primo Lévy, Germaine Tillion,  David Rousset, etc., para mostrarnos unas vidas que superan todo lo imaginable: comunistas alemanes de los años 30 que huyen del nazismo a la Unión Soviética y que son internados por Stalin en campos de concentración por proceder de Occidente. Estos mismos comunistas, sospechosos por ser alemanes, le son devueltos a Hitler, tras la firma del tratado germano-soviético de 1939, con lo que conocen también la vida en los campos de concentración nazis. Vassily Grossman,  uno de los grandes personajes de que trata su libro, plasmó estas experiencias en su inolvidable Vida y Destino.

En Todorov, a la manera platónica, la estética se convierte en ética.  Su justeza de pensamiento cuando realiza análisis literarios, su naturalidad y sencillez, no lo abandonan cuando trata intrincadas cuestiones intelectuales y políticas y pasa de los problemas de los que trataban las obras literariamente a los problemas en sí mismos, en sus dimensiones éticas, políticas y filosóficas. En su madurez recibió muchos premios. Se va, ahora que tanta falta nos hace su forma de comprender a los otros, a los refugiados,  a los emigrantes, un auténtico “maître à penser” del siglo XX.

José Carlos Fernández Corte

¿Trump es como César? ¡Ojalá!

En el Huffington Post leemos un escrito de un profesor de Historia antigua de Iowa donde apela al conocimiento de la historia de Roma para extraer lecciones ante lo que ha ocurrido en EEUU (puedes leerlo aquí).

El texto contiene algunas reflexiones que son dignas de tener en cuenta pero merece puntualizaciones que cuestionan la pertinencia de esta comparación. En principio parece muy poco afortunada.

En primer lugar, sin duda César utilizó la demagogia para ascender en su imparable carrera al poder. Sin embargo, conviene ser conscientes de las diferencias entre la República romana y el sistema democrático estadounidense. Con todos sus defectos, en el sistema estadounidense los votos valen igual. En la República romana el resultado estaba en manos de las clases más poderosas económicamente.

Por otro lado, el autor asocia la figura de César a la decadencia y caída del Imperio romano, cuando el Imperio como tal no es él quien lo hace caer, sino el que en alguna medida da comienzo al modo de estructura política que Augusto consagrará y que conocemos como Imperio. Su caída sucedió varios siglos después y no olvidemos que siguió ampliándose y prosperando siglos después de Julio César, en alguno de sus momentos con verdadero esplendor.

Pero sobre todo creo que no es una comparación acertada la de Trump, que se retrata solo, con César, uno de los hombres más importantes de la historia, dotado de una notable inteligencia y visión política, cuyas reformas están en los cimientos de la cultura occidental (recordemos sin ir más lejos el calendario), y, por si fuera poco, un intelectual extraordinario que entre sus actividades políticas y militares encontró tiempo no sólo para dejarnos sus Comentarios sobre la Guerra de las Galias y la Guerra Civil, sino para redactar un texto gramatical sobre la lengua latina, de analogia, dedicado a Cicerón. En fin, igualito que Trump.

Ya sabemos lo mucho que nos ha dejado César, veremos qué legado nos deja Trump.

Susana González Marín