Troya, Agamenón y Plinio el Viejo en El País

Óscar Martínez publicó en Babelia (El País, 11/5/2020) ¿Leyenda o realidad? Los misterios arqueológicos de Troya, Agamenón y Plinio

Os ofrecemos el texto completo:

Después de desenterrar la ciudadela de Troya, cuya existencia real se había diluido en las brumas del mito, y tras fotografiar a su esposa Sophia con las llamadas joyas de Helena, el prusiano Heinrich Schliemann, expeditivo hombre de negocios y arqueólogo amateur, puso rumbo a Micenas con la Descripción de Grecia de Pausanias bajo el brazo. Su intención allí era desenterrar no ya la ciudad de los conquistadores de Troya, sino la propia figura del rey Agamenón, el señor de guerreros que había liderado la guerra más famosa del mito y de la literatura. Tanto Esquilo en su tragedia Agamenón como Homero en la Odisea nos cuentan que fue en Micenas donde el rey halló la muerte a manos de su esposa Clitemnestra y del amante de este “como un buey amarrado a un pesebre”, mientras trataba de vestirse con unos ropajes cuyas mangas estaban cosidas. Por su lado, el infatigable viajero Pausanias había indicado el lugar exacto donde la tradición afirmaba que se encontraba su tumba y la de sus asesinos; indicaciones suficientes para que Schliemann volviera a conquistar la gloria. Si el prusiano creía realmente que Agamenón había tenido una existencia real fuera de la dimensión mítica poco importa, porque el hecho es que de aquella nueva campaña arqueológica Agamenón resurgió del país del mito con algo que ningún otro protagonista de la leyenda troyana jamás ha poseído: una cara. Schliemann sacó a la luz lo que la investigadora Cathy Gere define en su libro The Tomb of Agamemnon (Profile Books, 2006) como “el rostro humano de la épica homérica”.

Hay historias imperecederas en las que la leyenda y la realidad parecen comunicarse a través de pasadizos secretos. Eso ocurre en efecto con el mito de Troya, cuya potencia narrativa sigue prendiendo la llama de nuevas creaciones; sirva de ejemplo la reciente aparición de la novela gráfica La cólera, de Santiago García y Javier Olivares (Astiberri, 2020), que recuenta con imágenes poderosas la Ilíada, o la brillante aproximación musical a la Odisea que Vinicio Capossela llevó a cabo hace casi una década –¿qué es una década frente a los casi 3000 años de la leyenda troyana?– en su álbum Marinai, profeti e balene. Ocurre también con la leyenda de la fundación de Roma por Rómulo y Remo, episodio semilegendario que nos trasmitieron autores de la Antigüedad como Tito Livio y Plutarco, y que ha sido recreado en la película de Matteo Rovere Il primo re (2019), rodada en un latín arcaico científicamente reconstruido por filólogos para la ocasión. Y ocurre con un hecho histórico de una magnitud y trascendencia descomunales como fue la destrucción de Pompeya, por cuyas calles hoy se puede transitar imaginando cómo sería la vida en esa urbe romana antes de que el Vesubio entrara en erupción, que es la propuesta que el libro Un día en Pompeya (Espasa, 2020) de Fernando Lillo nos ofrece.

La mención concreta de estos tres capítulos de la Antigüedad obedece a que en los últimos tiempos se han sucedido en los medios de comunicación varias noticias que atraen la mirada de un amplio público hacia estas historias milenarias: la exposición que el Museo Británico exhibió hasta comienzos de marzo, precisamente sobre la realidad y el mito de Troya, es una; otra es el descubrimiento en el Foro Romano de una cámara con un posible sarcófago de toba del que algunos titulares insinuaban, en la estela de los mejores clickbaits, que podría ser el del mítico Rómulo; y otra más, el anuncio de que un cráneo hallado hace más de un siglo en la localidad napolitana Castellammare di Stabia podría pertenecer al escritor Plinio el Viejo, testigo y víctima de la erupción vesubiana. Pero el interés de los medios y la difusión a gran escala entre el público de los hallazgos arqueológicos no es desde luego algo nuevo y en el caso de Schliemann lo llevó a formar parte de la leyenda cuando telegrafió a la prensa lo que hoy sería un formidable ciberanzuelo: “He contemplado el rostro de Agamenón”.

La frase es apócrifa (Cathy Gere nos aporta que la formulación original fue: “Este cuerpo se asemeja muchísimo a la imagen que hace tiempo me formé en mi imaginación del poderoso Agamenón”), pero las noticias del hallazgo se expandieron inmediatamente por toda Europa entre un público ansioso por contemplar el rostro de un héroe de Homero. A finales de noviembre de 1876, encontró en un círculo de tumbas el cuerpo de tres varones de proporciones heroicas: uno de ellos estaba totalmente descompuesto, los otros dos tenían la cara cubierta por unas máscaras mortuorias labradas en oro. Cuando Schliemann alzó una de ellas su calavera se convirtió inmediatamente en polvo, pero, al levantar la otra, dos ojos y “32 hermosos dientes” le contemplaron: la cara del conquistador de Troya. Es aquí donde Schliemann realizó el truco de manos definitivo: la magnífica plancha mortuoria que hoy día ostenta el nombre de Máscara de Agamenón no era la que cubría ese rostro de flamante dentadura en la que el arqueólogo había reconocido la faz del señor de guerreros, sino la de la calavera que se deshizo bajo su mirada.

En honor a la justicia, a Agamenón le debería de haber correspondido otra cara, una de carrillos hinchados y labios muy gruesos en la que el rostro humano de la épica homérica exhibiera un semblante más tosco y menos regio. Tampoco importa que los cuerpos descubiertos pertenecieran a nobles micénicos unas cuatro centurias anteriores a la época que se estima para una hipotética guerra de Troya –en torno al 1200 a.C–, porque Schliemann conquistó todos los honores y reconocimientos, y un editorial del diario The Times de Londres del 18 de diciembre de 1876 saludaba así el descubrimiento: “El gran rey de hombres que encontró un bardo en Homero exhibe su regia condición de nuevo ante el mundo por obra del Dr. Schliemann”. Hoy los visitantes del Museo Arqueológico Nacional de Atenas se arraciman ante “la Mona Lisa de la prehistoria” (de nuevo, la cita es de Cathy Gere) como si verdaderamente contemplaran el rostro del rey Agamenón, ajenos a que es otra la máscara mortuoria que, de haber tenido más aspecto de príncipe prusiano, hoy prestaría sus facciones al señor de Micenas.

Schliemann murió en Nápoles en 1890, unos diez años antes de que alguien desenterrara en una localidad al sur de Pompeya setenta y tres cuerpos; uno de ellos, ricamente engalanado, podría ser el de Gayo Plinio Secundo, conocido para la literatura como Plinio el Viejo. Esa era al menos la hipótesis del ingeniero Gennaro Matrone, el propietario de las tierras donde se produjo el hallazgo; una hipótesis que en su caso fue rechazada por la prensa y el mundo académico, lo que le llevó a enterrar el resto de los huesos, conservando únicamente el cráneo y la mandíbula que él creía de Plinio. Con el rodar del tiempo ambos acabaron exhibidos, junto a ejemplos de malformaciones y cálculos renales y hepáticos, en la sala Flajani del Museo Storico Nazionale Dell’Arte Sanitaria de Roma, donde por un tiempo aparecieron bajo el rótulo de “Cráneo de Plinio el Viejo”, anuncio que posteriormente fue matizado: “Cráneo de las excavaciones de Pompeya y atribuido a Plinio”. Sin embargo, a finales del pasado enero se presentaron las conclusiones del Proyecto Plinio, iniciado en 2017 (cerca de un siglo y dos décadas después del hallazgo), que ratificaban la pertenencia del cráneo (no así la mandíbula) al escritor romano. Conclusión ante la que especialistas como Mary Beard, la prestigiosa clasicista de Cambridge y autora de obras como Pompeya: historia y leyenda de una ciudad romana (Crítica, 2014), piensan que está equivocada. Por su lado, el director del proyecto, Andrea Cionci, encontraba eco en el prestigioso diario La Stampa para subrayar que lo verdaderamente cierto es que no hay ningún indicio que niegue que el cráneo pertenezca al gran personaje. Quizá la palabra definitiva como en el caso de la Máscara de Agamenón la tenga el público que se acerque a la vitrina a contemplar el cráneo, pasando por alto la letra pequeña del rótulo, para tener ante sus ojos una pequeña veta de una noche en la historia, el de la erupción del Vesubio, con proporciones de leyenda y en la que Plinio el Viejo adquirió trazas no de héroe del mito, sino de uno muy humano.

Conocemos a Plinio el Viejo por las dos cartas –ambas recogidas en el pequeño volumen La erupción del Vesubio (Edhasa, 2019)– que envió su sobrino Plinio el Joven al historiador Tácito ante la solicitud de este último de que le escribiera los detalles de la muerte de su tío en la catástrofe del Vesubio, y lo conocemos también por su única obra conservada, una suerte de enciclopedia de la naturaleza en 37 libros titulada Historia natural. De modo que, si no es seguro que hasta nosotros haya llegado su cráneo, sí que podemos alegrarnos de que a través de esas obras podamos disfrutar de parte de su corazón y su cerebro.

Respecto a su cerebro: los estudiosos modernos no han sido por lo general generosos a la hora de valorar su estilo y la validez científica de su Naturalis Historia (en español, por ejemplo, Cátedra presenta una buena edición de los libros dedicados a los animales y la farmacopea relacionada con ellos), pero Italo Calvino en su clásico ¿Por qué leer los clásicos? (Siruela) recomienda su lectura continuada por su admiración por los fenómenos que nos rodean y por su encendido elogio y defensa de la naturaleza, así como por la voluntad ética de su obra. Y respecto a su corazón: nos cuenta su sobrino cómo Plinio el Viejo, que se encontraba en cabo Miseno al mando de la flota de la que era almirante, se decidía a zarpar en una pequeña embarcación llevado por su curiosidad de naturalista –este es el punto de arranque de la recomendable serie manga Plinius, de Mari Yamazaki y Tori Miki (Ponent Mon, 2017)– para observar de cerca la prodigiosa columna de humo que surgía de una montaña, cuando le llegó una petición de auxilio. Fue entonces cuando cambió sus planes y sacó sus cuadrirremes rumbo a la primera misión de protección civil conocida. Y fue en una noche de pánico en la que su sobrino asegura que “había quienes por temor a la muerte pedían la muerte, y muchos rogaban la ayuda de los dioses mientras que otros más numerosos no creían que quedaran ya dioses en ninguna parte y que esa noche sería eterna y la última del universo” cuando Plinio el Viejo halló la muerte en Estabias por asfixia. Plinio murió salvando vidas en una lucha contra algo nuevo, tenebroso y desconocido. Un tipo de héroe distinto al épico rey de Micenas.

Como curiosidad digamos que los rescatadores habían protegido sus cabezas de la lluvia de los restos de rocas que caían mediante cojines sujetados por correas, con lo que el controvertido cráneo, al menos en principio, y aun sin valedores de la talla de Schliemann de por medio, tiene alguna remota opción de ser el que contenía el cerebro de Plinio.

PLINIO, ¿EL VIEJO O EL SUPERSTICIOSO?

Si hay una constante en las culturas y etapas del mundo, esa es la superstición, creencia nacida de las prácticas religiosas, del pensamiento mágico y de los prejuicios, que carece de fundamento racional, con la que el ser humano atribuye una explicación mágica a las vicisitudes que se le presentan en el día a día.

No es extraño encontrar en nuestra vida cotidiana pequeños gestos que hacen referencia a la superstición y que vemos como algo normal, por ejemplo, cruzar los dedos para atraer la buena suerte o evitar pasar por debajo de una escalera para evitar una desgracia. Sin embargo, también encontramos otro tipo de supersticiones que en ocasiones se llevan al extremo, por ejemplo, en la mayor parte de Europa el número 13 es señal de mala suerte, por lo tanto, es difícil encontrar habitaciones de hoteles o asientos de avión que porten el temido número.

En la antigüedad clásica sucedía lo mismo. En Plinio el Viejo, historiador, militar y consejero de Vespasiano y Tito, podemos encontrar gran variedad de supersticiones curiosas e interesantes que pudo estudiar a través de múltiples fuentes y de su experiencia personal; las que aquí seleccionamos proceden del libro VII de su Historia Natural.

Conozcamos pues algunas de las más llamativas:

En lo referente al proceso del embarazo y nacimiento de los hijos, Plinio muestra varias teorías, a cuál más descabellada (y en ocasiones inquietante), tales como:

Un bostezo durante el parto es mortal, así como es abortivo haber estornudado después del coito. (Plin. Nat. VII, 42) (Todas las traducciones son de Del Barrio Sanz, E., García Arribas, I., Moure Casas, A. Mª, Hernández Miguel, A., Arribas Hernáez, Mª. L., Plinio el Viejo. Historia Natural. Libros VII-XI. Madrid: 2003, Gredos.) Esta superstición corrobora el ínfimo conocimiento del autor en medicina, del que ya hablaban algunos autores como Nicolas Léonicène en el S. XVI.

En el transcurso de determinadas horas de los días lunares, como la séptima y la decimoquinta, pues se cuentan de día y de noche, nace una gran cantidad de gente que muere en una sucesión gradual de años, que llaman climatéricos, no sobrepasando casi los cincuenta y cuatro años los que han nacido así. (Plin. Nat. VII, 161)

En el séptimo mes tampoco nacen (niños), a no ser que hayan sido concebidos la víspera o al día siguiente del plenilunio, o en el interlunio. (Plin. Nat. VII, 38) Estas creencias todavía se mantienen hoy en día. Algunas tradiciones populares consideran que concebir un hijo en una luna u otra determinará el tiempo de gestación, su sexo o incluso la salud del pequeño. Por supuesto, esta afirmación carece de apoyo científico.

De los niños nacidos por cesárea dice: Tienen los mejores auspicios los que, al morir la madre en el parto, nacen, como dicen que nacieron Escipión Africano el Mayor y el primero de los Césares, después de cortar el vientre de su madre. (Plin. Nat. VII, 47)

Plinio describe también algunos métodos alarmantes a partir de los cuales se podía saber si una mujer había sido adúltera o no. Además, nos aporta una superstición altamente negativa respecto a la menstruación femenina, que se ha mantenido en algunas religiones como el zoroastrismo o el hinduismo, e incluso en tradiciones populares (en algunos pueblos todavía se dice que una mujer durante la menstruación puede hacer que la mayonesa se corte o que las plantas se pudran).

También en África existió un pueblo semejante, como escribe Agatárquides, el de los psilos […] El cuerpo de éstos tenía congénito un veneno, mortífero para las serpientes, con cuyo olor las adormecían; y tenían la costumbre de exponer ante las más feroces de ellas a sus hijos recién nacidos y, de ese modo, probar la virtud de las mujeres, pues las serpientes no huían de los hijos adulterinos. (Plin. Nat. VII, 14)

Pero no se podría encontrar fácilmente nada más maléfico que el flujo de las mujeres: el mosto se avinagra si se acercan; si los tocan, los cereales no granan; lo sembrado muere; las semillas de los huertos se secan; los frutos de los árboles en los que se han apoyado, caen; el lustre de los espejos se empaña sólo con la mirada: el filo del hierro se vuelve romo; el brillo del marfil y las colmenas mueren; incluso la herrumbre se apodera del bronce y el hierro, y el bronce toma un desagradable olor; los perros cogen la rabia al probarlo, y su mordedura se infecta de un veneno incurable. (Plin. Nat. VII, 64)

No sé ustedes, pero después de leer este pasaje, creo que Plinio sobreestima los poderes de las mujeres.

Todos sabemos las guerras familiares que se producen cuando nace un bebé en la familia. ¿Se parece a papá o a mamá? ¿Al abuelo o al primo segundo de tu tío? Plinio tiene su propia opinión sobre las características que heredarán los bebés (para bien o para mal) en función de cómo sean sus progenitores y qué sucede si las criaturas nacen con dientes:

Ya son conocidas por todo el mundo diversas cosas como que de parecidos hombres sin defecto, nacen mutilados; entre hombres mutilados, hombres sin defecto y hombres con el mismo miembro mutilado; y que algunas señales, lunares y cicatrices, incluso, se reproducen. (Entre los dacios, reaparece en el brazo la marca de su origen en la cuarta generación). (Plin. Nat. VII, 50)

Algunos (bebés) nacen con dientes, como Manio Curio, que por eso recibió el sobrenombre de Dentato, y Gneo Papirio Carbón, hombres ilustres los dos. Entre las mujeres esto era prueba de mal augurio en el tiempo de los reyes. (Plin. Nat. VII, 68)

¿Quién no ha pensado alguna vez de niño que si soñaba con algo, acabaría sucediendo? El autor nos proporciona el curioso caso de Publio Cornelio Rufo, antepasado de Sila, para apoyar esta superstición:

Publio Cornelio Rufo, que fue cónsul con Manio Curio, perdió la vista estando dormido, mientras soñaba esto. (Plin. Nat. VII, 166)

Sin duda alguna, queda claro que este tipo de creencias son un factor importante a la hora de conocer la mentalidad y cultura de la sociedad. Nos ayuda a comprender que muchas de las supersticiones que tenemos hoy en día no son más que un reflejo de lo que ya se creía antaño. Llegados a este punto: de supersticiones está lleno el mundo. siéntanse ustedes libres de creer en lo que quieran.

María Zurdo Serrano

A vueltas con Plinio y su cráneo: Javier Sampedro en El País

Hoy se hace eco de la noticia sobre el hallazgo del supuesto cráneo de Plinio el Viejo Javier Sampedro en El País: Cráneo de Plinio, quijada de esclavo; el científico resalta la transcendencia del enciclopedista y alimenta el mito sobre su muerte en la erupción del Vesubio que destruyó Pompeya; un mito que había surgido a partir de la carta que su sobrino Plinio el Joven dirigió al historiador Tácito (epist. 6, 16) relatando los hechos. Sampedro también introduce algunos rumores transmitidos en la antigüedad sobre la posibilidad de que Plinio el Viejo pidiera a los dos esclavos en los que se apoyaba que le dieran muerte (también se barajó la hipótesis de que fuera asesinado por ellos). Sin embargo, el tinte heroico de este relato siempre ha sido empañado por las propias noticias de Plinio el Joven, que dice que el cadáver fue encontrado intacto, con la apariencia de estar dormido. Este y otros detalles sobre su expedición desmienten la posibilidad de que la causa de su muerte fuera la asfixia, que acarrea grandes sufrimientos. Siempre se ha sospechado que murió de una crisis cardiaca que probablemente empezó ya durante el viaje. En cualquier caso, esta información hace suponer que uno de los dos esclavos sobrevivió para contarlo.

No está mal que de vez en cuando se revisiten estos relatos tradicionales que de otra  manera acabarán perdiéndose. Desafortunadamente, el colofón de Sampedro contiene una equivocación: la frase “Lo unico cierto es que nada lo es” es de Séneca (Epistulae Morales ad Lucilium 88.45.7) y no de Plinio el Viejo.

Os dejamos con un pasaje de la carta de Plinio el Joven en la traducción de José Carlos Martín Iglesias:

“(Plinio) abraza a su amigo, que tiembla de miedo, lo consuela, le da ánimos, y para aplacar los temores de éste, haciéndole ver lo tranquilo que él está, por su parte, ordena ser transportado hasta la sala de baños. Después de lavarse, acude a cenar y en todo momento muestra un humor excelente, o lo que es igualmente admirable, aparenta estar de un humor excelente.

[13] Entre tanto, en muchos puntos del monte Vesubio resplandecían unas altísimas llamas y unas enormes columnas de fuego, cuyo fulgor y claridad se veían aumentados por las tinieblas de la noche. Mi tío, con objeto de tranquilizar los ánimos, aseguraba que lo que ardía eran fuegos que habían sido dejados encendidos por los campesinos en su huida precipitada y villas abandonadas, sin que no quedase ya nadie allí. Seguidamente, se fue a dormir y disfrutó, sin duda, de un sueño muy plácido, pues los que pasaban por delante de su puerta podían oír claramente su respiración, que debido a su corpulencia era bastante ronca y sonora. [14] Pero, al cabo de un rato, el patio por el que se accedía hasta su habitación se hallaba tan cubierto de ceniza y rocas volcánicas, que, si mi tío se hubiese quedado más tiempo dentro de su estancia, le habría resultado imposible salir de ella. Así pues, tras ser despertado, se aleja de allí y se reúne con Pomponiano y los otros que habían preferido mantenerse despiertos. [15] Deliberan entre ellos si deben permanecer bajo techo o salir a cielo abierto. En efecto, los edificios vacilaban a causa de frecuentes e importantes temblores de tierra, y, como si hubiesen sido arrancados de sus cimientos, parecían moverse hacia uno y otro lado para luego recuperar su posición inicial. [16] Aunque en terreno descubierto existía el riesgo de las rocas volcánicas que caían, como estas eran ligeras y habían sido corroídas por el fuego, la comparación de uno y otro peligro hizo elegir este ultimo. Y ciertamente, en el caso de mi tío unas razones vencieron sobre otras, en los demás fue un miedo el que se impuso sobre otro miedo. Entonces, cortando tiras de ropa blanca, se sujetan con ellas unas almohadas sobre sus cabezas, esta fue su protecci6n contra todo lo que caía.

[17] Ya había amanecido un nuevo día en otras regiones, pero allí persistía una noche más obscura y más impenetrable que cualquier noche que se pueda imaginar, cuya negrura, no obstante, atenuaban muchas antorchas y luces de todo tipo. Decidieron acercarse hasta la costa y comprobar sobre el terreno si el estado del mar permitía ya salir a los barcos. Sin embargo, éste aún continuaba embravecido e innavegable. [18] Mi tío, reclinándose sobre un trozo de tela extendido en el suelo, solicita una y otra vez agua fresca para beber. Poco después, las llamas y el olor del azufre, que anuncia que el fuego se aproxima, hacen huir a todos los demás y a él parecen reanimarlo. [19] Entonces, apoyándose sobre dos esclavos, se puso de pie, pero de inmediato cayó de nuevo al suelo, debido, creo yo, a que el espeso humo que lo rodeaba le impedía tomar aire con facilidad, obstruyéndole las vías respiratorias, que, en su caso, eran estrechas y débiles por naturaleza y sufrían de frecuentes opresiones. [20] Cuando se hizo nuevamente de día, esto es, dos días después de que mi tío hubiese visto el sol por última vez, su cuerpo fue encontrado en perfecto estado, sin una sola herida y vestido exactamente con la misma ropa que él había querido ponerse. Por su aspecto, parecía más bien un hombre dormido que uno muerto. [21] Entre tanto, en Miseno mi madre y yo… Pero esto no interesa a la historia, y tú has querido conocer únicamente los detalles de la muerte de mi tío. Así pues, concluiré esta carta. [22] Añadiré tan sólo que te he hecho un relato completo”

Susana González Marín

¿Es este el cráneo de Plinio el Viejo?

Hénar Velasco nos envía la noticia publicada en ABC el 5 de febrero: “¿Fin al misterio de Pompeya? El cráneo hallado por casualidad hace un siglo podría ser de Plinio el Viejo.”

También nos facilita el enlace a la misma noticia de la que se se ha hecho eco el programa La linterna de la Cope.

La investigación ha concluido que la mandíbula no corresponde al resto del cráneo, puesto que pertenece a una persona de raza negra. Sin embargo, el análisis de la calavera apunta a que pudo ser la de Plinio el Viejo, dado que los análisis realizados concluyen que tenía una edad similar y pasó sus primeros años de vida en el norte de Italia, como Plinio, que nació en Como. Recordemos que el esqueleto fue encontrado en Stabia a principios del siglo XX junto a una espada, collares y pulseras que lo distinguían de los otros esqueletos. Su descubridor propuso ya entonces la identificación con Plinio el Viejo, que murió en la famosa erupción que destruyó Pompeya, Herculano y otras poblaciones cercanas en el año 79 d. C. Sin embargo, su propuesta fue recibida con escepticismo.

Las pruebas ahora realizadas distan de ser concluyentes y, de hecho, la única manera de confirmarlo, según Luciano Fattore, el propio antropólogo que ha presentado la investigación, sería la localización de un descendiente de Plinio el Viejo con el que se pudiera comparar su genoma.

Plinio y los caballitos de mar

Plinio habla sobre el hippocampus o caballito de mar en numerosos pasajes de su Historia natural. En el libro IX lo menciona como ejemplo de réplica marina de un animal terrestre (“Todos los seres que nacen en algún elemento de la naturaleza existen también en el mar”), y en el XXXII ofrece recetas variopintas en las que interviene esta criatura (y otras muchas) para todo tipo de dolencias: alopecias replet hippocampi cinis (“Las cenizas de caballo de mar terminan con la alopecia”, Plin. nat. XXXII,67). A este remedio alude en su artículo de El País (publicado ayer, 14 de junio) Montero González. Pero no solo. Según Plinio, en ese mismo libro, el caballito de mar también es un antídoto contra el veneno de la liebre marina (§58), alivia la dermatosis escamosa (§83), los dolores de costado (§93), la incontinencia de orina (§109), las fiebres frías (§113), es afrodisíaco (§139), etc. Todas estas maravillas nos remiten a una época lejana, en la que el hombre buscaba en la Naturaleza solución a sus males. Hoy estamos llegando a un grado tal de destrucción de esta fuente de vida (“En el 2050 habrá más plásticos que peces en los océanos”, también noticia de El País), que mucho nos tememos que para nuestros descendientes el caballito de mar será un ser tan fabuloso como lo son hoy las recetas de Plinio para nosotros.

Eusebia Tarriño Ruiz

Plinio el Viejo, protagonista de un manga


Mari Yamazaki (la autora de Thermae Romae) está publicando en colaboración con Tori Miki un manga titulado Plinius del que ya han aparecido tres volúmenes en español (editorial Ponent Mon, 2016 y 2017). Aunque cada vez es más popular, igual no está de más recordar que el término “manga” designa el “cómic de origen japonés”, según la definición del DRAE, que ha aceptado ya esta palabra. Acabo de leer las tres entregas de Plinius y os voy a contar mis impresiones.

A aquellos que no conozcan más mangas que las de su camisa o la del café (what else?) les sorprenderá saber que los mangas están encuadernados y se leen al revés, es decir, de atrás hacia delante y de derecha a izquierda. En cada página, aunque la vista se va por costumbre a la viñeta superior izquierda, hay que empezar por la derecha. Si no, se nos descolocan los diálogos, como podéis comprobar en esta página perteneciente a Plinius 1:Plinius.jpg

No es un capricho del género, simplemente responde al orden habitual en la escritura japonesa, que se ha conservado en la difusión internacional de estas obras como rasgo peculiar de su origen.

Mientras nos habituamos al nuevo sistema de lectura podemos ir disfrutando de los dibujos, admirables por su nitidez y minuciosidad. Mari Yamazaki buscó la ayuda de Tori Miki precisamente para compartir el trabajo gráfico, en particular los fondos y paisajes de la antigua Roma, aunque la colaboración se fue haciendo cada vez más estrecha y rebasó los límites iniciales. Estos detalles sobre la creación de la obra podemos conocerlos gracias a los diálogos entre ambos autores, incluidos en cada uno de los volúmenes. En efecto, cada libro consta de siete capítulos y una conversación entre los creadores, que en el primero está intercalada entre los capítulos, en tres originales interludios, y en los dos restantes aparece al final, como epílogo.

Los tres volúmenes tienen una extensión similar (200 páginas), pero cada uno tiene carácter propio, según los personajes que van saliendo a escena. El relato comienza en plena erupción del Vesubio, con un Plinio más interesado por el fenómeno que preocupado por el peligro que corre su vida. En seguida se produce un salto temporal y de perspectiva, pues será Eukles, su escribiente, el personaje que pasa a primer plano. Conoceremos el lejano momento en que Plinio lo tomó a su servicio y a partir de ahí se van relatando los acontecimientos. Nerón y Popea son también protagonistas destacados en el primer volumen; Séneca, Burro, Corbulón y otros muchos irán apareciendo en los siguientes. Yamazaki señala que con los personajes históricos sobre los que hay abundante caracterización, como es el caso de Nerón, ha intentado atenerse a la información que conocemos; en cambio con Plinio ha dejado volar su imaginación porque no hay muchos datos sobre él. Y así lo pinta como un individuo al margen de las convenciones sociales y cortesanas, apasionado de la naturaleza, capaz de demorar una orden del emperador por observar, y también degustar, un gigantesco atún recién pescado, y cuyo objetivo en la vida es “dedicarse a aprender y a desarrollar conocimiento” (Plinius 3, p. 43). Plinio es un pozo de sabiduría, o más bien un géiser, cuyos conocimientos se escapan a chorros, y menos mal que ahí está Eukles con sus tablillas para tomar nota de todas sus observaciones. Pero no es un erudito insensible, sino que se muestra humano en el mejor sentido de la palabra, incluso hacia los esclavos (episodio de Anna) y, por supuesto, hacia los animales (observaciones sobre los elefantes), y también es humano por su debilidad, esa tos que no lo abandona, asma según su médico, al que Plinio odia cordialmente. El Plinio de Yamazaki, sólidamente asentado en los textos de la Historia natural, se hace querer. Tanto, que yo ya espero impaciente la cuarta entrega…

Enlaces de interés: En el enlace de la editorial pueden leerse algunas páginas del cómic; en el de El País, hay un artículo sobre la autora y sus obras.

http://ponentmon.com/comics-castellano/del-este/plinivs1/index.html

http://cultura.elpais.com/cultura/2017/02/09/actualidad/1486665056_218741.html

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Tori Miki y Mari Yamazaki

Eusebia Tarriño

 

 

 

 

 

Centenarios en el siglo I d. C.

Estos días –las vacaciones son especialmente oportunas para que los periódicos se llenen de estas noticias- hemos sabido que la semana pasada murió la persona más anciana del mundo, una italiana de 117 años (puedes leerlo aquí), y que una cordobesa de 114 años ha pasado a ser la persona más longeva de la historia de España y la segunda mujer más vieja de Europa (puedes leerlo aquí).

Este tipo de noticias, que tienen su público, no son ninguna novedad. Ya en el siglo I d. C. Plinio el Viejo en el libro VII de su Historia Natural, quizá el más interesante, dedicaba unos capítulos al tema de la longevidad, procurando atraer, como sucede ahora, con asombrosos records.

En su texto encontramos muchos de los tópicos posteriores. Primero están los directamente increíbles, como los 500 u 800 años que algunas fuentes atribuyen a reyes. La exageración de estas cifras es explicada por Plinio con una observación sobre las diferencias en la medida del tiempo de las distintas culturas: no se sabía bien cuál era exactamente la duración de un año; por ejemplo, algunos pueblos consideraban que cada estación era un año.

No falta tampoco la recopilación de personajes famosos: así sabemos que Terencia, la que fue esposa de Cicerón, llegó a vivir 103 años.

A veces añade datos que aparentemente no están relacionados pero que dan qué pensar y que seguro que a los del Opus Dei les resultan interesantes: Clodia, la mujer de Ófilo, vivió 115 años y dio a luz 15 veces.

Lo cierto es que el político longevo y aferrado a la silla también existía pues el autor nos dice que M. Valerio Corvino vivió 100 años y que entre su primer y último consulado (el sexto) pasaron 46, habiéndose sentado en la silla curul veintiún veces, record no superado. Todos hemos conocido personajes de este tipo.

Y por lo que nos toca más de cerca, no olvidemos al gaditano Argantonio, rey de los tartesios (esto nos llevaría a otra noticia sobre los tartesios publicada esta semana pero que dejamos para mejor ocasión), al que Anacreonte atribuyó 150 años; lo cierto es que Plinio dice que su reinado duró 80 años y que había ascendido al trono a los 40.

También dedica un apartado a actores y actrices famosos no solo por su longevidad sino por su resistencia en las tablas, tópico este también querido a nuestros periodistas. Y así sabemos de una actriz de mimos, Luceya, que a los 100 años actuó en escena.

Pero no se limita Plinio a estos famosos longevos sino que en un estilo más propio de estadístico moderno nos transmite los datos proporcionados por el censo de los Vespasianos en la zona entre el Apenino y el Po. Sin salir de Parma tres personas han llegado a los 120, y dos a los 125. Según él, en la octava región (Aemilia) de la península itálica había 54 personas de 100 años, 14 de 110, 2 de 125, 4 de 130, otros 4 de 135, y 3 de 140.

Os invitamos a que leais el texto completo, que ofrece más anécdotas y también información sobre los posibles factores que influyen en la longevidad.

Susana González Marín

 

Desde Jenofonte y Plinio hasta hoy: la miel tóxica

Manuela y Mª Ángeles Martín Sánchez nos envían amablemente esta reciente entrada de Francisco García Olmedo y Jaime Costa publicada en el blog “El pan de nuestros días” en Revista de libros. La reproducimos íntegramente.

Dulce maleficio para ratas y ratones

La Comisión Europea recibió recientemente una solicitud de Klaus Gasser + Partner para la aprobación de la miel de rododendro como rodenticida, según un procedimiento establecido para «sustancias básicas», que son sustancias activas que pueden ser útiles en la protección de las plantas, aunque no se destinen principalmente a este fin. En diciembre de 2016, la Agencia Europea para la Seguridad Alimentaria se ha pronunciado sobre esta petición en un largo informe. Las inusuales propiedades de la miel de rododendro se conocen desde la antigüedad clásica; la posible novedad radica en su pretendido nuevo uso comercial.

Ya Jenofonte, entre los siglos V y IV a. C., relata en Anábasis (4, 8, 20-1) cómo sus diez mil soldados experimentaron el primer trip psicodélico registrado en la historia. Hambrientos y derrengados, los soldados encontraron numerosas colmenas silvestres a orillas del mar Negro y se apresuraron a consumir la apetitosa miel como postre de su escasa comida. Pronto empezaron a desvariar y se adentraron en una experiencia extraña, que no fue exclusivamente psicodélica y de la que no se recuperaron hasta días después. Plinio el Viejo (Plinio el Viejo, Historia Natural 21, 77-8), que de todo escribió de forma un tanto acrítica y a veces descabellada, se refirió a ella como «miel loca» del mar Negro e indicó que los rododendros y especies próximas eran plantas «mataovejas» y «asesinas de caballos». No se sabía entonces que éstas sintetizaban unas toxinas, originalmente denominadas «andromedatoxinas» y ahora designadas con el nombre genérico de «granayotoxinas», compuestos que la abeja incorpora a la miel desde la planta.

La aplicación que propone Klaus Gasser + Partner ya podía habérsele ocurrido a Plinio el Viejo, quien escribió mucho sobre cuestiones agrícolas, aunque sin el sentido común de Columela. Se pretende formular la miel loca en pastillas gelificadas susceptibles de incluirse en cebos para roedores. No es este el lugar para glosar los matices e inconvenientes señalados en el informe de la EFSA, en el que se aduce falta de información respecto a muchos detalles que sería necesario conocer antes de conceder la autorización pertinente.

Incluso antes que Plinio, casi cuatro siglos después de Jenofonte, justo antes de nuestra era, ya se habían adelantado a buscar aplicaciones para la miel de rododendro, en lo que podría ser el primer caso registrado de «guerra química», veinte siglos antes de su pretendido invento por Fritz Haber, quien liberó cloro a favor del viento para matar soldados franceses durante la Primera Guerra Mundial. En efecto, Mitrídates el Grande, rey del Ponto, llegó a cebar el camino que habían de seguir las legiones del romano Pompeyo con colmenas repletas de miel de rododendro con el perverso fin de ablandarlas para la guerra.

Yo, por mi parte, me dirijo a la Agencia Europea para la Seguridad Alimentaria para que, si llegan a aprobar el uso pretendido, no lo hagan de tal forma que las pastillitas dulces y tóxicas puedan llegar a manos de nuestros nietos.

Si quieres leer algo más, os remitimos a otra entrada de blog, en este caso Retiario. Blog de ciencia de RTVE.es

 

A César lo que es de César. Una etimología popular controvertida: cesárea

esculapio
Nacimiento de Esculapio, grabado  en Alessandro Beneditti, De Re Medica, 1549

Hace unos días leíamos en la prensa que una mujer de Lugo había dado a luz por “cesárea programada” a una niña, a los 62 años; por tanto, tras muchos años de menopausia. A este propósito viene a cuento una controversia más o menos reciente sobre el origen de la palabra cesárea. La etimología más conocida, transmitida por Plinio y popularizada por Isidoro de Sevilla, es que Julio César (o un antepasado suyo) nació por cesárea. Sin embargo, últimamente se ha objetado diciendo que puesto que estamos más o menos seguros de que César no nació por cesárea, esa explicación es errónea. Como alternativa, desarrollan otra que a nuestro entender es muy poco verosímil; apelan a una lex regia atribuida al rey Numa Pompilio (Digesto 11,8,2) que obligaba a extraer el feto de mujeres embarazadas que morían poco antes del parto. Según ellos, esas leyes atribuidas a reyes romanos se llamaron  leges caesareae y de ahí la denominación de cesárea. La explicación tiene un punto flaco porque lo de que las leyes atribuidas a los antiguos reyes de Roma se designaran como leges caesareae es muy dudoso, en cualquier caso sería una denominación muy tardía (1532 es la primera documentación que hemos encontrado) y muy poco difundida.

Es verdad que la explicación tradicional parte de una etimología popular que relacionó en la antigüedad el cognomen Caesar con el verbo caedo ‘cortar’, más concretamente con el participio caesum. Si admitimos que esa relación es lo que hizo suponer a los romanos que César o un antepasado suyo había nacido mediante corte en el vientre de la madre, ya no tenemos que molestarnos en explicar si es histórico ese hecho o no porque subyace una falsedad de fondo. Hoy día los especialistas piensan que Caesar es una palabra de origen etrusco que nada tiene que ver con caedo.

Si tenemos en cuenta que la denominación sectio caesarea solo aparece en el Renacimiento (documentado en latín en 1591) y que en esa época estaba muy difundida la noticia basada en Plinio y popularizada por Isidoro de Sevilla que relacionaba el cognomen Caesar con el hecho de haber nacido por cesárea, está claro que ese es el origen etimológico de cesárea como ‘intervención quirúrgica para extraer el feto mediante corte del útero y pared abdominal’. No necesitamos de leges caesareae para explicar por qué se llama cesárea este tipo de intervención.

Pero, además, por volver al tema de la historicidad, Plinio (Naturalis historia 7.47) no decía que César nació por cesárea sino que lo había hecho un antepasado suyo (y podemos remontarnos hasta siete generaciones). Fue Isidoro de Sevilla (Etimologías 9.12) quien se olvidó de ese detalle al transmitir la noticia y popularizó que Julio César nació por cesárea. Estamos seguros de que este no nació por cesárea porque sabemos que su madre sobrevivió al parto y hasta el s. XVI o más tarde la madre no sobrevivía a un nacimiento por cesárea. Se practicaban cesáreas en la antigüedad pero solo cuando la madre ya había muerto para intentar que sobreviviera el feto; incluso según la ley atribuida a Numa Pompilio era obligatorio hacerlo en caso de fallecimiento de mujeres en avanzado estado de gestación. De hecho por una cesárea de este tipo nació según la mitología el propio dios de la medicina, Asclepio o Esculapio (aquí podemos leer más sobre esa leyenda).

A los que aducen que, si César no nació por cesárea, su nombre no puede ser el origen de la denominación de esa intervención habría que explicarles que hay multitud de etimologías basadas en falsedades, basta que los hablantes den por buena una noticia o establezcan una relación entre palabras para que se popularice una denominación. Una etimología no tiene que estar basada en una verdad histórica.

Francisco Cortés Gabaudan

¿Dos chinos en Londinium?

Una vez más, el periodista cultural Guillermo Altares recoge en el diario El País (30 de septiembre de 2016) una noticia muy interesante para los aficionados a los Estudios Clásicos, que ofrece algunos detalles sobre el estado actual de una investigación arqueológica en el Reino Unido. (Pincha aquí para ver la noticia)

Y es que, efectivamente, existen indicios de que en el Londres tardoantiguo (ss. II – IV d.C.) hubiese algún que otro individuo originario de la China. Un grupo de arqueólogos británicos considera bastante probable que unos restos exhumados de un cementerio romano compartan rasgos morfológicos (y quizá también genéticos) con los habitantes actuales del extremo oriente asiático.

Que la antigua China y el Imperio romano tenían conocimiento la una del otro, por mínimo que fuese, es un hecho que parece en la actualidad fuera de toda discusión. De todas las fuentes literarias conservadas, Plinio el Viejo (6.54) llama la atención por sus referencias al lejano pueblo de los seres, situado más allá de los confines del Imperio de Alejandro Magno:

Los primeros hombres conocidos son los seres, famosos por la seda de sus bosques; cardan el blanco de sus hojas tras sumergirla en agua, de ahí la doble tarea para nuestras mujeres, que la devanan en hilos y la vuelven a tejer: con un trabajo tan complejo y procedente de una región tan lejana se busca que una matrona luzca públicamente este tejido transparente. Los seres son realmente amables, pero también, a semejanza de las bestias, evitan el contacto con el resto de los hombres, y esperan expectantes la llegada de mercancías.

 A estos orientales dedicados a la obtención de la seda se los suele identificar actualmente con los tocarios, el enigmático pueblo indoeuropeo que pobló la región del Río Tarim, al noroeste de la actual República Popular China. Asimismo, los testimonios chinos antiguos aluden a las relaciones diplomáticas y comerciales que mediaban entre ambas civilizaciones, principalmente desde los años de Antonino Pío o Marco Aurelio.

¿Y si estos restos humanos hallados en Londres pertenecen de verdad a los antiguos habitantes de la China? ¿Se trataría de los seres de que habla Plinio el Viejo? Y en todo caso, ¿qué motivo habría llevado a estos hombres no al centro del Imperio Romano, sino a una ciudad tan periférica como Londinium? De momento, sólo podemos esperar el veredicto de los arqueólogos; luego, los historiadores tendrán que presentar sus nuevas hipótesis.

Federico Pedreira Nores

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