Alejandro Magno en el cine

Recogemos un breve resumen de una de las conferencias que se presentaron en el marco del Curso Extraordinario de Innovación Docente: Las mil palabras de una imagen. Los textos clásicos del Peplum. Se trata de la que impartió el prof. Pablo C. Díaz sobre la figura de Alejandro Magno en el cine.

La aproximación del cine a la figura de Alejandro Magno no ha sido muy abundante, lo que no deja de ser chocante si tenemos en cuenta que el rey macedonio ha sido durante 2000 años el arquetipo privilegiado del héroe. Desde su creación como tal por la propaganda romana al tiempo que surgía el Imperio, Alejandro Magno ha inspirado casi cualquier empresa política donde la idea de ‘expansión imperial’ o de ‘jefatura militar victoriosa’ estuviese presente. Ha inspirado igualmente los modelos de caballeros y cruzados, mientras su recuerdo se ha perpetuado en la literatura inmune al paso de los siglos. Sin embargo, el carácter mismo de sus hazañas, la dificultad de plasmar una aventura construida en un deambular constante por espacios exóticos, cimentada a fuerza de batallas y destrucción, la necesidad de miles de figurantes para poder construir un producto acorde con el gigantismo del héroe, parecen haber desanimado a las productoras cinematográficas. Eso sin contar con que, más allá del icono guerrero, la figura de Alejandro Magno reviste, desde el punto de vista histórico, una complejidad difícil de resumir en un metraje razonable. Dificultad que procede de la multiplicidad de fuentes que recogen su imagen, de las contradicciones que aparecen en la misma, hasta el punto que resulta muchas veces difícil discernir entre los excesos de exaltación y las críticas cargadas de aversión hacia algunos de sus comportamientos. El resultado es que solo tres cineastas han enfrentado la plasmación de sus hazañas en la gran pantalla.

En la primera de ellas (Sikander, de Sohrab Modi, India 1941), los valores cinematográficos, indudables en las escenas bélicas cuanto menos, quedaron subordinados a un producto de propaganda patriótica y nacionalista que tuvo grandes dificultades para superar los comités censores de Bombay. Fue esta faceta de objeto de propaganda en pro de la independencia lo que daría larga vida a la película en las carteleras de la India anterior a la independencia. La segunda entrega lleva la firma de Robert Rossen (Alexander the Great, 1955), un autor más afamado por su tarea de guionista y por algún título de gran mérito como El buscavidas (1961), que dirigió esta biografía de Alejandro durante el exilio europeo propiciado cuando fue denunciado ante el Comité de Actividades Antiamericanas. Las críticas técnicas no le fueron excesivamente desfavorables, destacando en primer lugar el papel eficaz del protagonista –Richard Burton– y la calidad de la fotografía y los encuadres escénicos, aunque su montaje fue amputado por la productora (MGM) en 50 minutos hasta el punto de hacer irreconocibles algunos pasajes. El guión, obra del mismo Rossen, presenta un toque intimista que explota esencialmente el enfrentamiento entre Alejandro y Filipo, así como un personaje  absolutamente maniatado por su afán de gloria y su ambición.

La tercera y última entrega es la que se ha elegido como muestra para este seminario, se trata de una gran producción internacional (155 millones de dólares) dirigida por el norteamericano Oliver Stone en el año 2004. La crítica se ha cebado con la película casi desde antes de su estreno: “Pocas veces, en el cine de los últimos años, un trabajo tan poderoso, valiente e intenso ha sido objeto de burlas tan crueles y despiadadas, tan desproporcionadas y sonrojantes” (Adrian Massanet, Blogdecine). Más allá de que la productora considerase la película un fracaso porque su recaudación superó en poco a los costes, la película fue objeto de críticas morales y políticas (sin relación con el valor técnico, estético o histórico, muchas asociadas al rechazo a su director por parte de un sector amplio del stablishment americano); técnicas (metraje, montaje, música); críticas al reparto, especialmente a Colin Farrell en el papel de Alejandro y a Angelina Jolie que encarnaba a Olimpia; por último críticas históricas.

A pesar de que los responsables de la película, de que sus guionistas y especialmente el asesor histórico, el prestigioso historiador Robin Lane Fox, insistieron en que Alejandro Magno era un drama épico basado en la historia, eso no impidió que en Estados Unidos se denunciase que la película era una vergüenza para los estadounidenses de hoy, porque describía a Alejandro como un coloso, cuando lo que hizo fue invadir un antiguo imperio de Oriente Próximo y asesinar a miles de personas que se negaban a entregar sus ciudades. Este equívoco de ver reflejados en un pasado histórico sus propias actuaciones del presente era un juego de ‘presentismo` a la inversa que evidencia ante todo una especie de ‘mala conciencia’ sobre el papel que el Imperialismo americano ha desempeñado en los conflictos internacionales desde el fin de la II Guerra Mundial. Por otro lado, un corifeo moralista trataba de dar a la gente razones por las cuales no deberían ver la película. Los obispos católicos de Estados Unidos dijeron a sus auditorios dominicales que incluso el deseo de ver la película era una señal de que Satán había entrado en sus corazones. El comentario, recogido en la película, de que Alejandro había sido derrotado una sola vez, por los muslos de Hefestión, desató una ola de intolerancia bíblica por parte de los evangelistas. Mientras que un grupo homosexual de Canada amenazó a Robin Lane Fox por presentar un Alejandro y no puramente gay. Al tiempo que un bufete griego amenazó con una demanda por mostrar a su héroe nacional con una bisexualidad que rechazaban categóricamente. En Irán protestaron por presentar a Roxana como una negra –lo que para cualquiera que conozca la película, o una imagen de la actriz Rosario Dawson, resulta claramente una apreciación sesgada.

Sobre el elenco de actores, es indudable que cada uno puede tener en su cabeza una imagen de Alejandro Magno, una imagen física y una imagen moral, pero la elección de Colin Farrell es probable que sea bastante respetuosa con aquellos bustos que han transmitido la imagen estereotipada de su rostro, incluso con su hipotética talla o corpulencia. Mientras que los demás actores hacen un papel digno, aunque indudablemente desigual por el peso que cada uno tiene en el desarrollo de la trama.

Puestos a repasar la historicidad del producto, es indudable que los guionistas hicieron una selección, no hicieron girar la historia sobre un campo de batalla, no eligieron las gestas o la invencibilidad del héroe como hilo conductor del relato, se centran en el drama familiar, a veces con un indudable sesgo psicoanalítico, y, de manera indudable, sobre la personalidad de un Alejandro complejo, con rasgos de grandeza y también con sus miserias, con sus recaídas melancólicas, sus indudables accesos de cólera, o la crueldad hacia los que se le oponían que había criticado en su momento Polibio, en uno de los retratos más creíbles del personaje. Pero todo lo que la película transmite está en los textos. La elección entre las partes, el equilibrio en los distintos momentos de su biografía, entre las versiones más populares o más cultas, es una decisión subjetiva, pero lo que la película cuenta está recogido en las tradiciones de Alejandro y allí donde estas chocaron en un mar de incertidumbres (muerte de Filipo y Alejandro, por ejemplo) el desenlace ha dejado al espectador que calibre por su cuenta cuál pudiese ser la solución, una ambigüedad calculada que en este caso se ajusta a los lugares comunes de la percepción académica .

El problema central de cualquier ficción que tiene como objetivo recrear con plausibilidad el pasado es equilibrar los elementos históricos y los elementos dramáticos que no alteran la historicidad y, en este caso, salvaguardar al personaje dando cuenta en lo posible de su significado y su consistencia. Partiendo del hecho ineludible de que se debe hacer una selección de acontecimientos. En este sentido Oliver Stone y su equipo trasladaron una parte importante del peso de la película hacia la personalidad de Alejandro, como se ha anotado, junto a su grandeza plasmó igualmente sus miserias. El guerrero aparece muchas veces frágil, con zonas oscuras, atrapado en una pasión autodestructiva y, por momentos romántica. El posible que esto la alejase de lo que el gran público demandaba a un producto de Hollywood. El Alejandro de Stone resulta demasiado complicado para integrarlo en un universo de consumos inmediatos. Pero, a diferencia de lo que ocurre con muchas películas al uso, esta soporta más de un pase, simplemente porque no es una “película de aventuras”; muy probablemente aguante el paso del tiempo mejor que la mayoría de sus contemporáneas.

Pablo C. Díaz

 

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