Ocean Vuong y Homero

Ocean Vuong es un poeta vietnamita que, a los dos años de edad, huyó con su familia a Estados Unidos, donde reside y trabaja desde entonces. El hecho de que el país que le acogió sea el mismo que provocó su huida vertebra el que fue su primer poemario, Night Sky with Exit Wounds (2016), que fue libro del año para The New York Times, The Guardian y el Huffington Post, así como ganador del prestigioso premio inglés T. S. Eliot (2017), y de los americanos Whiting Award y el Forward Prize. Este poemario fue traducido al español por Elisa Díaz y publicado por Vaso Roto en 2018, con el título de Cielo nocturno con heridas de fuego.Night Sky with Exit Wounds

En él Vuong, a quien su madre renombró Ocean ya en Connecticut, cuando aprendió la palabra y supo que se refería a un cuerpo de agua que toca muchos países, incluidos Vietnam y Estados Unidos, busca moldear de nuevo el relato de la historia de la Guerra de Vietnam (de la que, en cierto modo, él es fruto, como señala en ‘Notebook Fragments,’ ya que su madre es hija de un soldado americano), así como la historia del cuerpo queer americano (en una expresión del propio Vuong que recuerda mucho a Allen Ginsberg y su “America, I’m putting my queer shoulder to the wheel”).

Para ello, Vuong, que estudió Literatura Inglesa del Siglo XIX en el Brooklyn College de Nueva York, se reconcilió con la tradición occidental leyendo a poetas como Homero, Dante, o Milton:

El desplazamiento, la guerra, la violencia y el trauma son historias humanas, a través del tiempo; desde que empezamos a contar historias hemos estado contando historias sobre la guerra, es un hecho desafortunado. Es ahí donde encontré un terreno común con el canon occidental y empecé a colaborar con él de manera sincera. Y mientras leía a Homero veía mucho de la guerra de Vietnam

En mi opinión, volver a Homero es un resultado lógico por parte de Vuong en su intento por integrar su propia historia, la historia de su familia, en el más amplio marco de la historia americana y no solo por la temática. Ya que la transmisión de la poesía y las mitologías vietnamitas en casa de Vuong, primer alfabetizado de la familia, siempre había sido oral, tal y como lo fue durante siglos la difusión de los poemas homéricos. De este modo, a su vez, la escritura deja de ser ya una herramienta de los conquistadores, y sirve al conquistado para explicar su propia odisea.

Tanto la influencia homérica que sostiene el poemario como los dos temas principales que este aborda y que he señalado arriba (la historia de la Guerra de Vietnam y la historia del cuerpo queer americano), se trazan claramente una vez cruzado el umbral del libro (con ‘Threshold”, el cual recuerda al mito de Orfeo y Eurídice: “I didn’t know the cost /of entering a song—was to lose / your way back”), a través de los dos primeros poemas de este, ‘Telemachus” y ‘Trojan” cuyos títulos ya remiten a la Odisea y a la Ilíada, respectivamente.

En ‘Telemachus”, padre e hijo se reencuentran una vez terminada la guerra (“Because the city / beyond the shore is no longer / where we left it”), pero actúan como desconocidos porque, en realidad, eso es lo que son después de todos estos años (¿cuántos años?, ¿veinte como los que pasaron entre que Ulises partió de Ítaca y regresó?, ¿veinte como los que duró la guerra de Vietnam, que comenzó en 1955 y terminó con la toma de Saigon, la ciudad natal de Vuong, en 1975?). Mientras que en ‘Trojan” el propio cuerpo se convierte en el arma que destruirá la ciudad sitiada, pero también en la ciudad misma, siendo esta ciudad la realidad regida por los códigos del binarismo de género y el paradigma heterosexual que habita el protagonista del poema (“This horse with its human fase”). Este pasa rápidamente de un momento de empoderamiento, bailando enfundado en un vestido rojo, a (auto)destruirse al final del poema (“They will see him / clearest / when the city burns”).

A continuación, puedes leer estos dos poemas, tanto en su versión original en inglés, como en la traducción al español de Ezequiel Zaidenwerg.

En una nota aparte, pero no por ello menos importante, la aparición de Vuong en este blog también está justificada por su uso del símbolo &, en lugar de escribir la conjunción copulativa inglesa “and”. El ampersand es uno de los símbolos más famosos y aún vigentes de la notación tironiana que da nombre a este blog.

Marta Martín Díaz

TELEMACHUS (Puedes acceder al video del poeta leyendo este poema aquí

Like any good son, I pull my father out
of the water, drag him by his hair

through white sand, his knuckles carving a trail
the waves rush in to erase. Because the city

beyond the shore is no longer
where we left it. Because the bombed

cathedral is now a cathedral
of trees. I kneel beside him to show how far

I might sink. Do you know who I am,
Ba? But the answer never comes. The answer

is the bullet hole in his back, brimming
with seawater. He is so still I think

he could be anyone’s father, found
the way a green bottle might appear

at a boy’s feet containing a year
he has never touched. I touch

his ears. No use. I turn him
over. To face it. The cathedral

in his sea-black eyes. The face
not mine – but one I will wear

to kiss all my lovers good-night:
the way I seal my father’s lips

with my own & begin
the faithful work of drowning.

TELÉMACO

Como todo buen hijo, rescato a mi papá
del agua, lo arrastro del pelo

por la arena blanca, sus nudillos abren un surco
que las olas se apuran en borrar. Porque la ciudad

más allá de la costa ya no está
donde la dejamos. Porque la catedral

bombardeada ahora es una catedral
de árboles. Me arrodillo a su lado para ver hasta dónde

me podría hundir. ¿Sabés quién soy,
Ba? Pero la respuesta no llega nunca. La respuesta

es el agujero de bala que tiene en la espalda, lleno
de agua de mar. Está tan quieto que pienso

que podría ser el padre de cualquiera, al que encuentran
como podría aparecer ante los pies de un chico

una botella verde que contiene un año
que nunca tocó. Le toco

las orejas. No pasa nada. Lo doy
vuelta. Para hacerle frente. A la catedral

de sus ojos negros como el mar. A la cara
que no es la mía, pero que voy a poner

para darles a todos mis amantes el beso de las buenas noches:
la manera en que cierro los labios de papá

con los míos & emprendo
la fiel labor del que se ahoga.

TROJAN

   A finger’s worth of dark from daybreak, he steps
                          into his mother’s red dress. A flame caught
                                                   in a mirror the width of a coffin. Glint of steel
in the back of his throat. A flash, a white
                                                              asterisk. Look
                                     how he dances. The sky-blue

             wallpaper peeling into hooks as he twirls, his horse-
head shadow thrown wildly on the family
                                                  portraits, glass cracking beneath
its stain. He moves like any other
                                     fracture, revealing the briefest doors. The dress
                                                  petaling off him like the skin
of a shredded apple. Outside, branches thrash into black applause
                         as if darkness isn’t sharpening
                                     inside him. This horse with its human face.
This belly full of blades.
                          As if dancing could stop the heart
            of his murderer from beating between
                                     his ribs.
                                                  How easily a boy
in a dress the red of shut eyes
                                     vanishes
                                                               beneath the sound of his own
galloping. How a horse will run until it breaks
                                                  into weather—into wind. How like
                         the wind, they will see him. They will see him
                                                                                       clearest
when the city burns.

TROYANO
A un dedo de oscuridad del amanecer, se enfunda

en un vestido rojo. Una llama atrapada
en un espejo del ancho de un ataúd. Un resplandor de acero
en la parte de atrás de la garganta. Un fogonazo, un asterisco
blanco. Mírenlo
cómo baila. El azul moretón del empapelado se descascara
y se engancha, acompañando sus vueltas, su sombra
de cabeza de caballo cae sobre los retratos
familiares, el vidrio se quiebra debajo
de su mancha. Él se mueve como cualquier
fractura, revelando las más breves puertas. El vestido
se le deshoja como la cáscara
de una manzana. Como si sus espadas
no estuvieran afilándose
dentro de él. Este caballo con su cara
de hombre. Este vientre repleto de espadas
& de brutos. Como si bailar pudiera detener
el corazón de su asesino
entre sus costillas. Qué fácil es que un chico con un vestido
rojo como los ojos cerrados
desaparezca
bajo el sonido de su propio
galope. Cómo corre un caballo hasta que irrumpe
en el tiempo: en el viento. Y como al
viento, lo van a ver. Lo van a ver
mejor
con la ciudad en llamas.

 

Precisiones en Twitter: ¿Es Odisea o es Eneida?

El diario argentino La Nación se hizo eco de la historia de una pareja de turistas argentinos que a causa de las medidas de confinamiento para frenar la expansión del COVID-19 quedó varada en Italia. El periódico, dada la sucesión de desapacibles peripecias en sus 25 días de viaje, denomina la situación como ‘odisea,’ a lo que el usuario de Twitter @ladrondesabado respondió:
“Si quedaron varados en Italia no es Odisea, es Eneida (?).” Aunque lo más destacable de este tuit sea el chiste (como confirma su elevada cantidad de favs, o sea, ‘me gustas’), a partir de él, este usuario aprovechó para crear un hilo con algunos datos curiosos sobre estos dos poemas épicos, destacando algunos de los paralelos que se dan entre ellos. Puedes leer el hilo completo aquí.

Marta Martín Díaz

Una nueva Odisea ilustrada

Hace unos meses la profesora Eusebia Tarriño compartía en este blog su lectura de Una Odisea. Un padre, un hijo, una epopeya). En este libro, Daniel Mendelsohn narra la relación con su padre, y su familia extensa, a través de un seminario sobre el poema homérico que él mismo impartió y al cual su padre, un matemático octogenario ya jubilado, asistió como alumno.

La Odisea queda en familia de nuevo (como bien titula Peio H. Riaño esta entrevista a sus dos autores ) a propósito de La Odisea: Ilustrada, editada por Malpaso; puesto que la selección y traducción de  textos corren a cargo de Carmen Estrada (catedrática de Fisiología que, tras jubilarse, se matriculó en Filología Clásica) y las ilustraciones pertenecen a su hijo, el dibujante Miguel Brieva.

Además, esta Odisea parece ser una fiel hija de sus tiempos. Por una parte, Estrada busca con su traducción enfatizar el papel de las mujeres en la travesía de Odiseo. Como ella misma señala en la entrevista arriba mencionada: “Ellas llevan su [la de Odiseo] narración. Entonces, ¿quién es el protagonista? Ellas son esenciales.” Un papel que, al volver al griego original, vio en muchas ocasiones mermado e incluso borrado por completo de las traducciones, como también indica en la entrevista.

Esto me recuerda al enfoque con el que Emily Wilson afrontó su traducción de la Odisea al inglés, la primera traducción a este idioma llevada a cabo por una mujer. No obstante, desconozco si Estrada ha leído la traducción de Wilson o si conoce la polémica que algunas de sus elecciones, en concreto las que tenían que ver con el vocabulario en torno a las mujeres del poema, tuvieron en ciertos ámbitos académicos así como en algunos medios.

Por otra parte, este ir y venir sobre el griego original y sus posteriores traducciones por parte de Estrada, nos ofrece una concepción del poema homérico consciente de la importancia de su recepción, en este caso, en traducciones, a lo largo de los tiempos, como la propia Estrada reflexiona también en la entrevista: “Es un libro que tiene infinitas lecturas, porque es un reflejo de quienes la leen. Ahora podemos hacer esta lectura, porque las mujeres hemos pasado desapercibidas durante muchos años.” A su vez, en su presentación del libro la editorial señala cómo Brieva entabla un diálogo interdisciplinar con Homero a través de sus ilustraciones, un elemento más de la recepción del poema.

Marta Martín Díaz

EL cíclope en la mitología asturiana

Polifemo y sus compañeros cíclopes, gigantes y de un solo ojo en medio de la frente, retratados en Odisea IX de Homero, dejaron tras de sí una estela en la tradición posterior. Tal es el caso de la mitología asturiana, con los pataricos, que tienen su paralelo en el ojáncano cántabro y en el tártaro vasco.

En el trabajo El Vocabulario del Bable Occidental (1932), de Bernardo Acevedo Huelves y de Marcelino Fernández Fernández, aparecen descritos los pataricos, que son unos gigantes de un solo ojo que habitan en pueblos costeros e inhóspitos.

Al igual que los cíclopes, devoran a los visitantes que osen acercarse a su morada. Recordemos el canto IX de la epopeya homérica, cuando Ulises y sus compañeros recalaron en una gruta donde habitaba un cíclope. Poco a poco se fue comiendo a los compañeros de nuestro héroe, pero luego trazaron un plan para engañarle y resultó efectivo: primero le emborracharon con vino y luego le quemaron el ojo, produciéndole ceguera.

Es clara la influencia marítima en esta tradición: los cíclopes habitan en la costa y los pataricos en la costa asturiana. En Asturias hay una larga tradición pastoril y al igual que el cíclope, elaboran queso (el Cabrales) y lo llevan a madurar en las cuevas, bajo óptimas condiciones de humedad, durante aproximadamente cuatro o seis meses.

El mar, las cuevas, los carneros y la elaboración del queso por parte de Polifemo son elementos comunes.

Los dos autores anteriormente citados determinan que la creencia en este mito desapareció aproximadamente en el año 1880.

En este artículo de La Nueva España, escrito en bable, podéis leer detalles sobre el mito que nos ocupa.

Elena Villarroel Rodríguez

La Odisea de Mendelsohn

Daniel Mendelsohn, Una Odisea. Un padre, un hijo, una epopeya, Barcelona: Seix Barral 2019 (trad. R. Buenaventura)

Daniel Mendelsohn (Nueva York, 1960) estudió Filología Clásica en Virginia y Princeton, y en la actualidad escribe para diversas publicaciones (The New Yorker, The New York Times, etc.) y es profesor de Humanidades en una facultad (Bard College), situada al norte de Nueva York. En 2011 ofreció durante un cuatrimestre un seminario sobre la Odisea para alumnos de primer año. Nada extraordinario si no hubiera sido porque entre la decena de jóvenes que no habían cumplido aún los 20 años se añadió un alumno extraordinario, que sobrepasaba los 80, y que además era el padre del profesor, Jay Mendelsohn, un matemático retirado.

Cuando el primer día de clase Daniel Mendelsohn se encontró frente a este peculiar grupo -unos alumnos poco participativos y, además, su padre, un feroz crítico de Odiseo-, pensó que aquello iba a ser una pesadilla. Pero fue una enriquecedora odisea que le permitió conocer mejor a su padre, y tras la cual ambos se embarcaron en un crucero por el Mediterráneo para visitar los lugares por los que pasó el héroe homérico. Fruto de aquellas experiencias es esta Odisea poliédrica y absorbente.

Mendelsohn_The-Odyssey_Social

En ella conocemos a Mendelsohn hijo y su temor reverencial hacia un padre incapaz de explicarle los problemas escolares de matemáticas; un hijo que, como Telémaco, descubre a través de otras personas aspectos sorprendentes de esa figura paterna cuando no es su padre, sino simplemente un hombre, un colega, un amigo, un compañero de clase. Conocemos también a Mendelsohn padre, aventajado estudiante de latín en su juventud, para quien solo lo difícil merece la pena, investigador de proyectos secretos, frustrado doctor y frustrado viajero, y con ánimo para volver a las aulas a seguir aprendiendo de los clásicos, a los que renunció en el instituto. Y conocemos a toda la familia, la madre, los hermanos, los abuelos. Como dice Mendelsohn, cuando somos pequeños pensamos que nuestra familia es el mundo y que todo el mundo es como nuestra familia. Solo después nos damos cuenta de que, más bien, cada familia es un mundo. Y no hay nada más interesante, creo yo, que contrastar experiencias y conocer otros modelos humanos.

En este libro Daniel Mendelsohn es un Telémaco en busca de su padre; es un Odiseo, que conduce a sus alumnos en la travesía del aprendizaje (qué diferente la estrategia pedagógica respecto a lo que estamos acostumbrados); y es un Homero que, sirviéndose de verdaderas acrobacias narrativas y cronológicas (como él dice a propósito de Homero), nos lleva en un viaje zigzagueante por los rincones de su memoria familiar mientras compone una obra imperecedera a la memoria de un héroe, su padre.

En este enlace de la editorial se puede leer el primer capítulo.

Eusebia Tarriño Ruiz

 

 

El trabajo de un alumno de la USAL reconocido con un premio en la Universidad de Extremadura

Jorge Luis Pérez Reyes, estudiante del Máster en Textos de la Antigüedad Clásica y su Pervivencia de la Universidadc de Salamanca, recibió el accésit del Premio Opera Prima de Investigación de la Universidad de Extremadura, donde cursó el Grado de Filología Clásica, por su trabajo titulado “La voz amada conduce a la muerte: comentario de los discursos de Helena y Menelao en Odisea 4.235-89”.

En la entrega de los premios el día 24 de abril, Pérez Reyes explicó que ha dedicado su trabajo de investigación a un pasaje de la Odisea de Homero, que puede considerarse la primera gran prueba que atraviesa el héroe, Odiseo (Ulises), de la que sale victorioso sin hacer nada, con el silencio. Este estudiante, Graduado en Filología Clásica, apunta que es un tema de gran actualidad, “Odiseo se enfrenta a la falsedad de Helena, a un entramado de falsas verdades. En la actualidad, no saber reconocerlas puede suponer, aunque no la muerte, sí desgracias considerables”. Pérez Reyes ha reivindicado la necesidad de los estudios de Filología Clásica: “sigue siendo imprescindible en la universidad y en la sociedad”.

Más información aquí

Enhorabuena a Jorge Luis por el Premio, que incluye la publicación del trabajo por parte de la Universidad de Extremadura.

Luis Arturo Guichard Romero

Odiseo, productor de cine

Es popularmente conocido que el de Ítaca fue una figura polifacética: hombre de muchas tretas, rey guerrero, experto en poliorcética equina, marinero, aventurero, escuchador de sirenas, cegador de cíclopes, amante esposo (con largos deslices isleños), médium y un largo etcétera. Pero, lo que seguro que muchos desconocíamos era que Odiseo, cual Jerry Bruckheimer de la Antigua Grecia, también se ha dedicado a la producción cinematográfica (o, al menos, le ha prestado su imagen).

Los que acudieron al Curso Extraordinario de Innovación Docente titulado Las mil palabras de una imagen. Los textos clásicos del Peplum, celebrado entre febrero y marzo y organizado por la profesora Isabel Moreno y por nuestro compañero y doctorando Federico Pedreira, pudieron comprobar que, en ocasiones, las lecturas de las fuentes clásicas en las que se basan algunas películas y series son más minuciosas de lo que pensaríamos a primera vista.

LOGO CLR BLACK AND WHITEPues bien, si alguien ha ido al cine desde el año 2013 hasta la fecha es probable que se haya encontrado con una productora llamada TSG Entertainment, que cuenta en su haber con filmes como La Jungla: un buen día para morir, Lobezno inmortal, Logan, X-Men: días del futuro pasado, X-Men: Apocalipsis, Independence Day: Contraataque, La Ladrona de Libros, Percy Jackson y el mar de los monstruos, etc. En su anuncio publicitario (pincha aquí para verlo) es donde nos encontramos con que un broncíneo Odiseo se ha convertido en el logo de la productora. En este pequeño spot, el Laertíada aparece como el protagonista de uno de los episodios más célebres de la Odisea: en el canto XXI, el héroe, que ya ha conseguido regresar a Ítaca y  que se oculta bajo la apariencia de un mendigo, participa en un certamen organizado por su esposa, Penélope. La reina ha hecho una propuesta a los pretendientes que asedian su casa y consumen su hacienda: se irá con el que consiga tensar el arco de su desaparecido marido (XXI, 68-79). Su hijo Telémaco añadió otro reto, en palabras de Homero (Traducciones del prof. Carlos García Gual para Alianza Editorial): “En primer lugar dispuso enhiestas las hachas, excavando para todas un surco único, y lo fijó recto según un cordel. Y apelmazó la tierra a ambos lados. […] Marchó hasta el umbral y allí se detuvo, y manipulaba el arco. Tres veces lo blandió ansioso de tensarlo, y por tres veces desistió del empeño, aunque aún tenía confianza en su ánimo de que tendería la cuerda y dispararía la flecha a través de los hierros. Y tal vez lo habría tensado con aplomo al cuarto intento, de no ser porque Odiseo le hizo una no seña y contuvo su apasionado impulso” (XXI, 120-129).  Tras él, lo intentan, sin éxito, los pretendientes. Finalmente, Odiseo es el único capaz de tensarlo: “[Odiseo] Asió una flecha rauda que estaba sobre la mesa, desnuda. Las demás yacían todas a cubierto dentro de la aljaba hueca. Pronto iban a probarlas los aqueos. La encajó en el ángulo y tiró de la cuerda y las barbas desde su sitio, sentado en la silla, y disparó la flecha, apuntando al frente, y no erró ninguna de las hachas desde el primer agujero. El dardo de broncínea punta las traspasó y salió al final” (XXI, 416-423). En los cantos siguientes, Odiseo mata a los pretendientes y recupera su posición y a su familia.

Esta escena es la que vemos representada en el vídeo de TSG Entertainment. Personalmente, desconozco si pretendieron darle algún simbolismo especial, pero al menos es indicativo de que la cultura clásica y su influencia no están tan muertas como a algunos les gustaría pensar.

Rodrigo Río Pérez

 

 

Sacrificios en cómic

En el canto III de la Odisea (vv. 430-473) se describe un sacrificio para hacer propicia a la diosa Atenea y, ¿por qué no?, vamos a darle un toque cómico, que para eso estamos. Pero antes hay que explicar algunos conceptos clave para entender bien las viñetas en su conjunto.

El sacrificio se celebraba como si fuera una gran fiesta en la que no podían faltar flores, adornos, oro, globos, piñatas… Se necesitaba un animal para ser sacrificado (perdónenme las protectoras de animales, pero así era). Con el animal dispuesto a ser ofrecido por la causa y todos los preparativos listos, únicamente faltaba que, una vez hechos los rezos y purificado todo por la gracia del señor, alguien le diese el golpe de gracia a la bestia. ¿Un humano? Sí, pero no. A menudo la culpa se le solía echar al instrumento con el que se degollaba al pobre animal, y como éste era un ser inerte, no podía quejarse ni defenderse. Siempre había cuatro o cinco mujeres de entre la multitud que, aun sabiendo lo que iban a ver, se hartaban a gritar y a llorar. ¿Postureo? Que cada cual saque sus propias conclusiones. Por último, con la comida extraída del sacrificio se hacían dos montones, en uno, el de los humanos, abundaba la buena carne y los alimentos que parecían comestibles; en el otro, el de los dioses, se veían todas las sobras. Y ahora nos preguntamos ¿no se trata de hacer propicios a los dioses? ¿Por qué entonces se les ofrecen las sobras? Quizás alguno de los lectores pueda indagar más al respecto e incluso presentar una tesis sobre eso. Con la comida en la mesa no podía faltar un buen vino y, si me permiten recomendarles, prueben el vino Tiara, el mejor vino de Extremadura.

Ahora disfruten del cómic. Un saludo de su amigo y compañero Paco Sarró.

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Tersites, patrono de los tuiteros

Ibor Blázquez Robledo nos envía la nota siguiente:
¿Se le puede ocurrir a alguien relacionar a Tersites, el anti-héroe contrahecho que aparece en la Ilíada de Homero, con los furibundos “tuiteros” que se erigen garantes de la corrección política y con Donald Trump? Pues parece que sí, lectores y amigos de Notae tironianae. ¡Se puede! Fernando Savater escribió hace unos días en EL PAÍS, una columna en la que hablaba de todo ello titulada

Corrección política: Héroes impertinentes

¡Pasen y lean!

Propongo como santo patrono de los tuiteros y otros arácnidos venenosos de la web a Tersites, único antihéroe entre los numerosos héroes de la Ilíada. De él no cuenta Homero ninguna hazaña positiva, sólo una negativa: tras describirlo como feo, jorobado, enclenque y con todos los rasgos fisiognómicos del resentimiento, lo presenta interviniendo a contrapelo en la asamblea de los jefes aqueos para llamar ambicioso a Agamenón y recomendar de modo desabrido el regreso a casa de las tropas aqueas. Indignado contra el primer indignado legendario, Odiseo le atiza un correctivo/represivo con el cetro del ofendido Agamenón. Pero el daño ya está hecho y la unanimidad heroica (coincidían en los fines de conquista aunque no en la estrategia) queda rota. En mis lecturas juveniles del poema, pese a que mi héroe favorito siempre fue Odiseo fértil en recursos, cultivé un culpable aprecio por el impertinente Tersites. Robert Graves escribió que en el fondo también Homero compartía su crítica a los gloriosos bravucones.

Las redes sociales han multiplicado hasta lo infinito y también degradado infinitamente el modelo de Tersites (cuyo padre, por cierto, se llamaba muy adecuadamente Agrio). Contra cualquier celebridad, contra cualquier afirmación de algún notable o incluso ante cualquier desdicha de alguien por lo que sea distinguido, se alza un coro maldiciente, insultante, a veces obsceno. O voces victimistas, que se sienten mortalmente ofendidas por lo que otros dicen, hacen o disfrutan.

El modelo Tersites, en su mejor versión, cumple una función de indudable interés cívico: favorece la discusión de las doctrinas y creencias más sólidamente establecidas. No siempre son los grandes especialistas los más capaces de poner en cuestión las formas de pensar tradicionales, pues suelen saber demasiado como para arriesgarse a objeciones o preguntas muy elementales pero que se revelan decisivas. En cambio los neófitos no tienen tantos miramientos a la hora de cuestionarlo todo. También a veces los Tersites resultan útiles al quejarse de los perjuicios que teorías acrisoladas o perspectivas clásicas causan entre grupos sociales o incluso entidades naturales que hasta hace poco no merecieron consideración. Pero en su cómputo de daños hay que anotar un envilecimiento del espacio público de comunicación por insultos, bromas atroces, calumnias y noticias falsas que tienen a veces serias consecuencias sociales o políticas. Y a menudo exhiben orgullosos la patente de una serie de campos minados por los prejuicios alternativos de grupos de opinión, en los que ni los ángeles se atreven a pisar sin deshacerse de inmediato en excusas ante la menor transgresión de la ortodoxia que pueda soliviantar a la jauría. Veámoslo más de cerca.

Una superstición muy extendida convierte a las opiniones en pequeños recintos monoplazas amurallados que los demás no deben mancillar con dudas: “Toda opinión es respetable”. ¡Vaya sandez! Las opiniones no son armaduras para encerrarse y defenderse del resto del mundo, ni características personales idiosincrásicas que está feo criticar así como nadie debe humillar a otro por ser patizambo o bizco. Toda opinión expresada crea una palestra, un espacio de debate donde se ofrece para ser cuestionada y recibir objeciones o aportes confirmatorios. La única forma aceptable de respetar una opinión es discutirla. Y “discutir”, esa bonita y esencialmente civilizadora palabra, proviene etimológicamente de un verbo que significa zarandear, sacudir, tirar con fuerza de una planta para ver si tiene raíces firmes. De modo que discutir una opinión es zarandearla y someterla a tirones para aquí y para allá, a fin de ver si está bien enraizada en la realidad o es simplemente flora superficial, bonita y aparente pero incapaz de resistir la menor ventolera argumental. No, todas las opiniones no son ni mucho menos respetables, pero todas las personas sí son respetables, opinen como opinen. No hay opiniones sagradas, pero en cambio todas las personas deben serlo.

Desde luego, la libertad de expresar opiniones está sometida a leyes, como cualquier otra acción social humana, que la amparan en muchos casos y la prohíben e incluso castigan en otros. Si yo persigo por la calle a un convecino llamándole imbécil y ogro comeniños, que es mi sincera opinión sobre él, seré amonestado e incluso puedo ser penado (salvo que sea un político de derechas o una fiscal catalana, en cuyo caso no he dicho nada). La vida en comunidad busca y pretende exigir si no el amor fraterno, porque ser santo no es el destino de todos, al menos unos ciertos miramientos convivenciales. Nuestro primer medio ambiente es la sociedad y por tanto también debe tener su propia ecología: para que pueda respirarse en compañía civil hay que evitar la polución de insultos, calumnias, bulos, hostigamientos denigratorios, etcétera.

Hoy Internet es un espacio público primordial, al que deben aplicarse los mismos criterios que a otras plazas, calles o parques. Aún más sabiendo que la sensación de anonimato e impunidad es lo que anima a los contaminadores de la Red. Los escraches mediáticos son a la vez más frecuentes y más cobardes que los otros. Desde luego los castigos deben ser proporcionados (recuerdo a un ministro del Interior alemán que, hace unos años, censurado por haber castigado sólo con multas a unos jóvenes manifestantes neonazis, exclamaba: “¡Toda la estupidez no puede ser encarcelada!”), pero suficientes para dejar claro que la web no es un paraíso sin ley, o sea un infierno. Yo a veces querría ponerles orejas de burro y enviarlos al rincón, ante el resto de la clase…

Lo malo es que los indudables abusos de Tersites pueden llevar a otras arenas movedizas: la de los activistas de la susceptibilidad. Una cosa es saberse ofendido por la explícita y agresiva voluntad de alguno, otra sentirse ofendido por algún planteamiento serio o jocoso que en sí mismo no nos ataca directamente ni implica intención insultante. Pueden denunciarse y repudiarse los ultrajes, pero no impedirse que alguien se sienta ultrajado por gustos y expresiones ajenas que nada tienen que ver personalmente con él. Para quien está triste, hasta un amanecer radiante puede ser ofensivo: pero no debe castigarse el amanecer… Ciertas sectas ideológicas o religiosas son especialistas en sentirse maltratadas por opiniones e imágenes que su dogma desaprueba. Es una forma de exhibir su poder y de ejercer una tiranía social que los halaga: lo políticamente correcto, que es en ocasiones muestra de conformismo timorato o de oportunismo electoral, refleja su triunfo en demasiados campos. La contrapartida por vivir en una sociedad que tolera nuestras más improbables creencias es tener que aguantar a quienes las critican o ridiculizan. La postura histriónica de sentirse herido en sus convicciones, como si éstas formasen un cuerpo místico en torno a nuestro cuerpo material, no puede anteponerse a la libertad de expresión de los demás, a la cual no tenemos obligación de hacer caso. Y tampoco es de recibo ese tópico hábilmente acuñado que convierte cualquier crítica a grupos o doctrinas en una “fobia”, es decir en una enfermedad moral que dispensa de atender los argumentos ajenos.

Con mejores o peores razones, uno puede plantear objeciones a comportamientos de musulmanes sin ser islamófobo, o de homosexuales sin ser homófobo, o de católicos sin padecer anticatolicismo mórbido, etcétera. Y aunque uno padeciera tales supuestas dolencias ideológicas, no puede ser excluido de la convivencia cívica salvo que su comportamiento transgreda derechos legalmente reconocidos. Llevar estos prejuicios al campo educativo, como exigen los que rechazan en las aulas ciertas obras clásicas de la literatura o el pensamiento por incurrir en pretendidas ofensas a su peculiar moralidad, es particularmente grave: precisamente uno de los objetivos de la educación es familiarizarnos con criterios distintos a los que conocemos o explorar los límites y contradicciones de éstos. Además, ciertas manifestaciones artísticas, publicaciones humorísticas… pueden parecernos de mejor o peor gusto, pero deben gozar de una licencia mayor para ir más allá de las conveniencias. Algunos dirán irritados: “¡Pues si todos hiciésemos lo mismo…!”. Al oír semejante protesta, Bertrand ­Russell solía señalar que el cartero puede llamar a todas las puertas de la casa, mientras que el resto de los vecinos no goza de tal privilegio.

Los Tersites modernos, tanto online como presenciales, aparecieron primero entre grupos sociales excéntricos o de oposición a lo establecido. Pero gradualmente han ido ocupando un puesto más preeminente, hasta llegar a convertirse en autoridades más temidas que los jefes oficiales: nadie en un alto puesto se atreve a enfrentarse directamente a ellos o a arrostrar sus iras. En cierto modo, encarnan la moral de los puritanos agresivos, aquellos que en Salem denunciaban comportamientos indecorosos o extraños que podían llevar a alguien a la hoguera. Conozco periodistas y políticos capaces de enfrentarse alegremente a cualquier Gobierno, pero que tiemblan ante la posibilidad de verse señalados en las redes por feministas o animalistas…

Probablemente esta dictadura del pensamiento correcto ha favorecido sensu contrario la exaltación de Donald Trump, una especie de anti-Tersites pero que utiliza todos los medios propios de Tersites contra los de ese mismo gremio. Incluso desde el puesto institucional más poderoso continúa tersiteando: ¡Agamenón convertido en Tersites! Mucha gente, harta de la corrección impuesta dogmáticamente, se siente aliviada por su impío cerrilismo. No es el único jefe político en recurrir a falsificaciones escandalosas, de datos o documentos gráficos, para apoyar su propaganda…, algo que antes sólo se atrevían a hacer descaradamente los extremistas marginales de las redes. Mal asunto.

Lo mejor de Tersites fue siempre su vigilancia para señalar críticamente la desnudez del rey, que por tanto no podía nunca pavonearse impunemente; pero ahora que los reyes alardean del tamaño de sus vergüenzas, ¿cómo convencerlos de que se tapen un poco por elemental decoro?

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