El trabajo de un alumno de la USAL reconocido con un premio en la Universidad de Extremadura

Jorge Luis Pérez Reyes, estudiante del Máster en Textos de la Antigüedad Clásica y su Pervivencia de la Universidadc de Salamanca, recibió el accésit del Premio Opera Prima de Investigación de la Universidad de Extremadura, donde cursó el Grado de Filología Clásica, por su trabajo titulado “La voz amada conduce a la muerte: comentario de los discursos de Helena y Menelao en Odisea 4.235-89”.

En la entrega de los premios el día 24 de abril, Pérez Reyes explicó que ha dedicado su trabajo de investigación a un pasaje de la Odisea de Homero, que puede considerarse la primera gran prueba que atraviesa el héroe, Odiseo (Ulises), de la que sale victorioso sin hacer nada, con el silencio. Este estudiante, Graduado en Filología Clásica, apunta que es un tema de gran actualidad, “Odiseo se enfrenta a la falsedad de Helena, a un entramado de falsas verdades. En la actualidad, no saber reconocerlas puede suponer, aunque no la muerte, sí desgracias considerables”. Pérez Reyes ha reivindicado la necesidad de los estudios de Filología Clásica: “sigue siendo imprescindible en la universidad y en la sociedad”.

Más información aquí

Enhorabuena a Jorge Luis por el Premio, que incluye la publicación del trabajo por parte de la Universidad de Extremadura.

Luis Arturo Guichard Romero
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Odiseo, productor de cine

Es popularmente conocido que el de Ítaca fue una figura polifacética: hombre de muchas tretas, rey guerrero, experto en poliorcética equina, marinero, aventurero, escuchador de sirenas, cegador de cíclopes, amante esposo (con largos deslices isleños), médium y un largo etcétera. Pero, lo que seguro que muchos desconocíamos era que Odiseo, cual Jerry Bruckheimer de la Antigua Grecia, también se ha dedicado a la producción cinematográfica (o, al menos, le ha prestado su imagen).

Los que acudieron al Curso Extraordinario de Innovación Docente titulado Las mil palabras de una imagen. Los textos clásicos del Peplum, celebrado entre febrero y marzo y organizado por la profesora Isabel Moreno y por nuestro compañero y doctorando Federico Pedreira, pudieron comprobar que, en ocasiones, las lecturas de las fuentes clásicas en las que se basan algunas películas y series son más minuciosas de lo que pensaríamos a primera vista.

LOGO CLR BLACK AND WHITEPues bien, si alguien ha ido al cine desde el año 2013 hasta la fecha es probable que se haya encontrado con una productora llamada TSG Entertainment, que cuenta en su haber con filmes como La Jungla: un buen día para morir, Lobezno inmortal, Logan, X-Men: días del futuro pasado, X-Men: Apocalipsis, Independence Day: Contraataque, La Ladrona de Libros, Percy Jackson y el mar de los monstruos, etc. En su anuncio publicitario (pincha aquí para verlo) es donde nos encontramos con que un broncíneo Odiseo se ha convertido en el logo de la productora. En este pequeño spot, el Laertíada aparece como el protagonista de uno de los episodios más célebres de la Odisea: en el canto XXI, el héroe, que ya ha conseguido regresar a Ítaca y  que se oculta bajo la apariencia de un mendigo, participa en un certamen organizado por su esposa, Penélope. La reina ha hecho una propuesta a los pretendientes que asedian su casa y consumen su hacienda: se irá con el que consiga tensar el arco de su desaparecido marido (XXI, 68-79). Su hijo Telémaco añadió otro reto, en palabras de Homero (Traducciones del prof. Carlos García Gual para Alianza Editorial): “En primer lugar dispuso enhiestas las hachas, excavando para todas un surco único, y lo fijó recto según un cordel. Y apelmazó la tierra a ambos lados. […] Marchó hasta el umbral y allí se detuvo, y manipulaba el arco. Tres veces lo blandió ansioso de tensarlo, y por tres veces desistió del empeño, aunque aún tenía confianza en su ánimo de que tendería la cuerda y dispararía la flecha a través de los hierros. Y tal vez lo habría tensado con aplomo al cuarto intento, de no ser porque Odiseo le hizo una no seña y contuvo su apasionado impulso” (XXI, 120-129).  Tras él, lo intentan, sin éxito, los pretendientes. Finalmente, Odiseo es el único capaz de tensarlo: “[Odiseo] Asió una flecha rauda que estaba sobre la mesa, desnuda. Las demás yacían todas a cubierto dentro de la aljaba hueca. Pronto iban a probarlas los aqueos. La encajó en el ángulo y tiró de la cuerda y las barbas desde su sitio, sentado en la silla, y disparó la flecha, apuntando al frente, y no erró ninguna de las hachas desde el primer agujero. El dardo de broncínea punta las traspasó y salió al final” (XXI, 416-423). En los cantos siguientes, Odiseo mata a los pretendientes y recupera su posición y a su familia.

Esta escena es la que vemos representada en el vídeo de TSG Entertainment. Personalmente, desconozco si pretendieron darle algún simbolismo especial, pero al menos es indicativo de que la cultura clásica y su influencia no están tan muertas como a algunos les gustaría pensar.

Rodrigo Río Pérez

 

 

Sacrificios en cómic

En el canto III de la Odisea (vv. 430-473) se describe un sacrificio para hacer propicia a la diosa Atenea y, ¿por qué no?, vamos a darle un toque cómico, que para eso estamos. Pero antes hay que explicar algunos conceptos clave para entender bien las viñetas en su conjunto.

El sacrificio se celebraba como si fuera una gran fiesta en la que no podían faltar flores, adornos, oro, globos, piñatas… Se necesitaba un animal para ser sacrificado (perdónenme las protectoras de animales, pero así era). Con el animal dispuesto a ser ofrecido por la causa y todos los preparativos listos, únicamente faltaba que, una vez hechos los rezos y purificado todo por la gracia del señor, alguien le diese el golpe de gracia a la bestia. ¿Un humano? Sí, pero no. A menudo la culpa se le solía echar al instrumento con el que se degollaba al pobre animal, y como éste era un ser inerte, no podía quejarse ni defenderse. Siempre había cuatro o cinco mujeres de entre la multitud que, aun sabiendo lo que iban a ver, se hartaban a gritar y a llorar. ¿Postureo? Que cada cual saque sus propias conclusiones. Por último, con la comida extraída del sacrificio se hacían dos montones, en uno, el de los humanos, abundaba la buena carne y los alimentos que parecían comestibles; en el otro, el de los dioses, se veían todas las sobras. Y ahora nos preguntamos ¿no se trata de hacer propicios a los dioses? ¿Por qué entonces se les ofrecen las sobras? Quizás alguno de los lectores pueda indagar más al respecto e incluso presentar una tesis sobre eso. Con la comida en la mesa no podía faltar un buen vino y, si me permiten recomendarles, prueben el vino Tiara, el mejor vino de Extremadura.

Ahora disfruten del cómic. Un saludo de su amigo y compañero Paco Sarró.

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Tersites, patrono de los tuiteros

Ibor Blázquez Robledo nos envía la nota siguiente:
¿Se le puede ocurrir a alguien relacionar a Tersites, el anti-héroe contrahecho que aparece en la Ilíada de Homero, con los furibundos “tuiteros” que se erigen garantes de la corrección política y con Donald Trump? Pues parece que sí, lectores y amigos de Notae tironianae. ¡Se puede! Fernando Savater escribió hace unos días en EL PAÍS, una columna en la que hablaba de todo ello titulada

Corrección política: Héroes impertinentes

¡Pasen y lean!

Propongo como santo patrono de los tuiteros y otros arácnidos venenosos de la web a Tersites, único antihéroe entre los numerosos héroes de la Ilíada. De él no cuenta Homero ninguna hazaña positiva, sólo una negativa: tras describirlo como feo, jorobado, enclenque y con todos los rasgos fisiognómicos del resentimiento, lo presenta interviniendo a contrapelo en la asamblea de los jefes aqueos para llamar ambicioso a Agamenón y recomendar de modo desabrido el regreso a casa de las tropas aqueas. Indignado contra el primer indignado legendario, Odiseo le atiza un correctivo/represivo con el cetro del ofendido Agamenón. Pero el daño ya está hecho y la unanimidad heroica (coincidían en los fines de conquista aunque no en la estrategia) queda rota. En mis lecturas juveniles del poema, pese a que mi héroe favorito siempre fue Odiseo fértil en recursos, cultivé un culpable aprecio por el impertinente Tersites. Robert Graves escribió que en el fondo también Homero compartía su crítica a los gloriosos bravucones.

Las redes sociales han multiplicado hasta lo infinito y también degradado infinitamente el modelo de Tersites (cuyo padre, por cierto, se llamaba muy adecuadamente Agrio). Contra cualquier celebridad, contra cualquier afirmación de algún notable o incluso ante cualquier desdicha de alguien por lo que sea distinguido, se alza un coro maldiciente, insultante, a veces obsceno. O voces victimistas, que se sienten mortalmente ofendidas por lo que otros dicen, hacen o disfrutan.

El modelo Tersites, en su mejor versión, cumple una función de indudable interés cívico: favorece la discusión de las doctrinas y creencias más sólidamente establecidas. No siempre son los grandes especialistas los más capaces de poner en cuestión las formas de pensar tradicionales, pues suelen saber demasiado como para arriesgarse a objeciones o preguntas muy elementales pero que se revelan decisivas. En cambio los neófitos no tienen tantos miramientos a la hora de cuestionarlo todo. También a veces los Tersites resultan útiles al quejarse de los perjuicios que teorías acrisoladas o perspectivas clásicas causan entre grupos sociales o incluso entidades naturales que hasta hace poco no merecieron consideración. Pero en su cómputo de daños hay que anotar un envilecimiento del espacio público de comunicación por insultos, bromas atroces, calumnias y noticias falsas que tienen a veces serias consecuencias sociales o políticas. Y a menudo exhiben orgullosos la patente de una serie de campos minados por los prejuicios alternativos de grupos de opinión, en los que ni los ángeles se atreven a pisar sin deshacerse de inmediato en excusas ante la menor transgresión de la ortodoxia que pueda soliviantar a la jauría. Veámoslo más de cerca.

Una superstición muy extendida convierte a las opiniones en pequeños recintos monoplazas amurallados que los demás no deben mancillar con dudas: “Toda opinión es respetable”. ¡Vaya sandez! Las opiniones no son armaduras para encerrarse y defenderse del resto del mundo, ni características personales idiosincrásicas que está feo criticar así como nadie debe humillar a otro por ser patizambo o bizco. Toda opinión expresada crea una palestra, un espacio de debate donde se ofrece para ser cuestionada y recibir objeciones o aportes confirmatorios. La única forma aceptable de respetar una opinión es discutirla. Y “discutir”, esa bonita y esencialmente civilizadora palabra, proviene etimológicamente de un verbo que significa zarandear, sacudir, tirar con fuerza de una planta para ver si tiene raíces firmes. De modo que discutir una opinión es zarandearla y someterla a tirones para aquí y para allá, a fin de ver si está bien enraizada en la realidad o es simplemente flora superficial, bonita y aparente pero incapaz de resistir la menor ventolera argumental. No, todas las opiniones no son ni mucho menos respetables, pero todas las personas sí son respetables, opinen como opinen. No hay opiniones sagradas, pero en cambio todas las personas deben serlo.

Desde luego, la libertad de expresar opiniones está sometida a leyes, como cualquier otra acción social humana, que la amparan en muchos casos y la prohíben e incluso castigan en otros. Si yo persigo por la calle a un convecino llamándole imbécil y ogro comeniños, que es mi sincera opinión sobre él, seré amonestado e incluso puedo ser penado (salvo que sea un político de derechas o una fiscal catalana, en cuyo caso no he dicho nada). La vida en comunidad busca y pretende exigir si no el amor fraterno, porque ser santo no es el destino de todos, al menos unos ciertos miramientos convivenciales. Nuestro primer medio ambiente es la sociedad y por tanto también debe tener su propia ecología: para que pueda respirarse en compañía civil hay que evitar la polución de insultos, calumnias, bulos, hostigamientos denigratorios, etcétera.

Hoy Internet es un espacio público primordial, al que deben aplicarse los mismos criterios que a otras plazas, calles o parques. Aún más sabiendo que la sensación de anonimato e impunidad es lo que anima a los contaminadores de la Red. Los escraches mediáticos son a la vez más frecuentes y más cobardes que los otros. Desde luego los castigos deben ser proporcionados (recuerdo a un ministro del Interior alemán que, hace unos años, censurado por haber castigado sólo con multas a unos jóvenes manifestantes neonazis, exclamaba: “¡Toda la estupidez no puede ser encarcelada!”), pero suficientes para dejar claro que la web no es un paraíso sin ley, o sea un infierno. Yo a veces querría ponerles orejas de burro y enviarlos al rincón, ante el resto de la clase…

Lo malo es que los indudables abusos de Tersites pueden llevar a otras arenas movedizas: la de los activistas de la susceptibilidad. Una cosa es saberse ofendido por la explícita y agresiva voluntad de alguno, otra sentirse ofendido por algún planteamiento serio o jocoso que en sí mismo no nos ataca directamente ni implica intención insultante. Pueden denunciarse y repudiarse los ultrajes, pero no impedirse que alguien se sienta ultrajado por gustos y expresiones ajenas que nada tienen que ver personalmente con él. Para quien está triste, hasta un amanecer radiante puede ser ofensivo: pero no debe castigarse el amanecer… Ciertas sectas ideológicas o religiosas son especialistas en sentirse maltratadas por opiniones e imágenes que su dogma desaprueba. Es una forma de exhibir su poder y de ejercer una tiranía social que los halaga: lo políticamente correcto, que es en ocasiones muestra de conformismo timorato o de oportunismo electoral, refleja su triunfo en demasiados campos. La contrapartida por vivir en una sociedad que tolera nuestras más improbables creencias es tener que aguantar a quienes las critican o ridiculizan. La postura histriónica de sentirse herido en sus convicciones, como si éstas formasen un cuerpo místico en torno a nuestro cuerpo material, no puede anteponerse a la libertad de expresión de los demás, a la cual no tenemos obligación de hacer caso. Y tampoco es de recibo ese tópico hábilmente acuñado que convierte cualquier crítica a grupos o doctrinas en una “fobia”, es decir en una enfermedad moral que dispensa de atender los argumentos ajenos.

Con mejores o peores razones, uno puede plantear objeciones a comportamientos de musulmanes sin ser islamófobo, o de homosexuales sin ser homófobo, o de católicos sin padecer anticatolicismo mórbido, etcétera. Y aunque uno padeciera tales supuestas dolencias ideológicas, no puede ser excluido de la convivencia cívica salvo que su comportamiento transgreda derechos legalmente reconocidos. Llevar estos prejuicios al campo educativo, como exigen los que rechazan en las aulas ciertas obras clásicas de la literatura o el pensamiento por incurrir en pretendidas ofensas a su peculiar moralidad, es particularmente grave: precisamente uno de los objetivos de la educación es familiarizarnos con criterios distintos a los que conocemos o explorar los límites y contradicciones de éstos. Además, ciertas manifestaciones artísticas, publicaciones humorísticas… pueden parecernos de mejor o peor gusto, pero deben gozar de una licencia mayor para ir más allá de las conveniencias. Algunos dirán irritados: “¡Pues si todos hiciésemos lo mismo…!”. Al oír semejante protesta, Bertrand ­Russell solía señalar que el cartero puede llamar a todas las puertas de la casa, mientras que el resto de los vecinos no goza de tal privilegio.

Los Tersites modernos, tanto online como presenciales, aparecieron primero entre grupos sociales excéntricos o de oposición a lo establecido. Pero gradualmente han ido ocupando un puesto más preeminente, hasta llegar a convertirse en autoridades más temidas que los jefes oficiales: nadie en un alto puesto se atreve a enfrentarse directamente a ellos o a arrostrar sus iras. En cierto modo, encarnan la moral de los puritanos agresivos, aquellos que en Salem denunciaban comportamientos indecorosos o extraños que podían llevar a alguien a la hoguera. Conozco periodistas y políticos capaces de enfrentarse alegremente a cualquier Gobierno, pero que tiemblan ante la posibilidad de verse señalados en las redes por feministas o animalistas…

Probablemente esta dictadura del pensamiento correcto ha favorecido sensu contrario la exaltación de Donald Trump, una especie de anti-Tersites pero que utiliza todos los medios propios de Tersites contra los de ese mismo gremio. Incluso desde el puesto institucional más poderoso continúa tersiteando: ¡Agamenón convertido en Tersites! Mucha gente, harta de la corrección impuesta dogmáticamente, se siente aliviada por su impío cerrilismo. No es el único jefe político en recurrir a falsificaciones escandalosas, de datos o documentos gráficos, para apoyar su propaganda…, algo que antes sólo se atrevían a hacer descaradamente los extremistas marginales de las redes. Mal asunto.

Lo mejor de Tersites fue siempre su vigilancia para señalar críticamente la desnudez del rey, que por tanto no podía nunca pavonearse impunemente; pero ahora que los reyes alardean del tamaño de sus vergüenzas, ¿cómo convencerlos de que se tapen un poco por elemental decoro?

Otra Odisea en microrrelato

Para animaros a la participación en nuestro concurso, aquí os dejamos otro breve relato (aunque, como ocurría en el caso del anterior, tampoco éste cumple con el requísito de no sobrepasar las 200 palabras, tiene 254). Nos lo ha enviado también Begoña Alonso Monedero y procede del mismo libro, editado por Antonio Serrano Cueto, Despues de Troya: microrrelatos hispanicos de tradicion clasica, Palencia, Menoscuarto, 2015.

Javier Merino

La vuelta a casa

El director suele llevar a los visitantes distinguidos al pabellón de los condenados a cadena perpetua, para que escuchen a este hombre contar la historia de su crimen: Mucho tiempo lejos de casa, primero en la otra punta del planeta, días y días de reuniones para intentar entrar en la dichosa fusión, y cuando conseguimos eli­minar las resistencias y vencer a nuestros adversarios tuve que recorrer una por una las sucursales, las filiales, las empresas asociadas, evitando todas las asechanzas, unos querían hechizarme con malas mañas, otros pre­tendían que me quedase, zafándome de los cantos seductores, de quienes me devorarían si pudiesen, de los que quisieran destruirme. Yo estaba a punto de explo­tar. Llego por fin a casa, de improviso, y me encuentro con que mi mujer ha organizado una fiesta. Al parecer, llevaba montando estas juergas casi desde que me fui, mi casa llena de gorrones bebiéndose mis vinos, comién­dose mis cecinas y mis quesos. Y mi mujer me dice, tan tranquila, que mi hijo se ha marchado por ahí, no sabe a dónde. Subo a mi estudio y me encuentro con que han instalado allí una especie de telar enorme, todo está revuelto, hilos, varillas de madera, tijeras. Exploté, aga­rré un par de escopetas, una pistola, bajé a la sala y empecé a disparar, estaba tan ciego de ira que también me la llevé a ella por delante. El director no se cansa de escuchar este relato, menuda odisea, exclama una vez más, mientras se aleja por el corredor con los visitantes.

Más música: Ulises y Lucio Dalla

Al hilo de la entrada de Carolina sobre la Odisea contada por Javier Krahe, añado aquí otra nota musical: la canción Itaca (1971, Storie di casa mia) de Lucio Dalla. Los autores de la letra son Gianfranco Baldazzi y Sergio Bardotti; la música es de Dalla.

En esta ocasión se alude a las aventuras de Ulises desde la perspectiva de los marineros que le acompañan. Son ellos los que cantan y van desgranando sus quejas por la dureza de su vida, siempre en contraste con la noble figura del héroe: Los marineros tienen hambre y añoran a su familia, mientras Ulises encuentra “princesas en cada puerto”. Como Ulises, los marineros sufren los castigos divinos, aunque los pecados de la marinería son realmente peccata minuta, que provocarían la sonrisa, más que la ira de los dioses. Los marineros se preocupan también por las nefastas consecuencias que podría tener su desaparición para su familia (“hambre y sed”), mientras que la sucesión en el trono de Ulises está asegurada. Por último, los marineros contraponen la proverbial astucia de su jefe al miedo cada vez mayor que se apodera de ellos. Sin embargo, acaban reconociendo que ese miedo les gusta y que están dispuestos a seguir acompañándolo (“Estoy listo, ¿dónde vamos?”).

El estribillo de la canción suena como desafinado. Dalla ha buscado intencionadamente este efecto porque es la chusma (en griego, keleusma)  la que canta, no un coro de ángeles. De hecho, el coro está compuesto por empleados de la casa discográfica, a los que Dalla hizo entrar en la sala de grabación e interpretar a los marineros de Ulises.

En suma, la canción de Lucio Dalla presenta la historia de Ulises vista desde un ángulo mucho más prosaico y humilde, pero vista con fascinación, como no podía ser de otra manera.

(Puedes escuchar la canción pinchando aquí).

Eusebia Tarriño Ruiz

 

Letra:

Capitano che hai negli occhi

Il tuo nobile destino,

Pensi mai al marinaio

A cui manca pane e vino?

Capitano che hai trovato

Principesse in ogni porto,

Pensi mai al rematore

Che sua moglie crede morto?

Itaca, Itaca, Itaca

La mia casa ce l’ho solo là

Itaca, Itaca, Itaca

Ed a casa io voglio tornare

Dal mare, dal mare, dal mare

Capitano le tue colpe

Pago anch’io coi giorni miei

Mentre il mio più gran peccato

Fa sorridere gli dei

E se muori è un re che muore

La tua casa avrà un erede

Quando io non torno a casa

Entran dentro fame e sete

Itaca, Itaca, Itaca

La mia casa ce l’ho solo là

Itaca, Itaca, Itaca

Ed a casa io voglio tornare

Dal mare, dal mare, dal mare

Capitano che risolvi

Con l’astuzia ogni avventura,

Ti ricordi di un soldato

Che ogni volta ha più paura?

Ma anche la paura in fondo

Mi dà sempre un gusto strano

Se ci fosse ancora mondo

Sono pronto dove andiamo?