Leo Caldas no sabe latín

Acaba de aparecer la última y esperada novela de Domingo Villar (Vigo, 1971), titulada El último barco (Siruela, 2019), que será presentada el próximo viernes 29 de marzo en Letras Corsarias. El protagonista es el inspector Leo Caldas quien, junto a su ayudante Estévez y otros miembros de la policía de Vigo, se enfrenta en esta ocasión a la desaparición de una mujer. Mónica Andrade es profesora de cerámica en la Escuela de Artes y Oficios, pero su padre le cuenta a la policía, cuando presenta la denuncia, que estudió Filología Clásica: “Ya les he dicho que se siente atraída por todo lo inútil” (p. 30). Bien empezamos. La verdad es que el señor padre es bastante antipático, no es extraño que diga esas cosas y otras aún peores sobre otras cuestiones, con lo que queda patente que está muy equivocado en todo. Mucho más amable es el personaje de Napoleón, un mendigo que da clases de latín a los que entablan conversación con él. Y se las cobra. Las 707 páginas de la novela están salpicadas de expresiones latinas (sin erratas) y de su correspondiente versión al castellano para que Caldas se entere. “Amicus certus in re incerta cernitur… No lo olvide si me necesita-. Caldas abrió las manos. ¿Que no lo olvidase? ¿Cómo no iba a olvidarlo si ni siquiera lo podía repetir?” (p. 678). Comparada con las dos novelas anteriores, Ojos de agua (2006) y La playa de los ahogados (2009), esta es menos marinera, pero igual de marina. La acción transcurre a ambos lados de la ría de Vigo, con el mar siempre presente y el Pirata de Ons yendo y viniendo de Moaña a Vigo. De las novelas policíacas a mí lo que más me suele gustar es la ambientación (con los asesinos nunca acierto): Brunetti moviéndose por Venecia, Dalgliesh tan británico él, el frío de Wallander, etc. etc. El gallego Leo Caldas es un soplo de brisa atlántica en el panorama de la novela negra. Una lectura más que recomendable para las próximas vacaciones. Placet.

Eusebia Tarriño Ruiz

 

Mayéutica en Fred Vargas

Hace algunas semanas Francisco Cortés publicó en este blog una entrada sobre el nombre científico, Loxosceles reclusa, de la araña asesina de la novela de Fred Vargas, Cuando sale la reclusa (Siruela, 2018).

Esta semana volvemos a este libro, que abunda en alusiones al mundo clásico. Esta vez os ofrecemos un pasaje en el que los detectives Adamsberg y Veyrenc mantienen este diálogo que contiene una peculiar definición de “mayéutica”,

– … Dime, ¿cómo se llama esa manera de hablar que consiste en tocar las narices al otro preguntándole sin parar para hacer que largue lo que no sabe pero que sí sabe?

– Mayéutica.

– ¿Y quién inventó esa cosa?

– Sócrates

El significado original de “mayéutica” se refiere a la técnica de asisitir en los partos, luego sirvió para designar el método atribuido a Sócrates de guiar mediante preguntas al discípulo de manera que él mismo alcance el conocimiento. Con esta excusa traemos a colación el texto de Platón (Teeteto 150b-151b), donde Sócrates explica el método (no olvidemos que su madre era partera):

Mi arte de partear tiene las mismas características que el de ellas (las parteras), pero se diferencia en el hecho de que asiste a los hombres y no a las mujeres, y examina las almas de los que dan a luz, pero no sus cuerpos. Ahora bien, lo más grande que hay en mi arte es la capacidad que tiene de poner a prueba por todos los medios si lo que engendra el pensamiento del joven es algo imaginario y falso o fecundo y verdadero. Eso es así porque tengo, igualmente, en común con las parteras esta característica: que soy estéril en sabiduría. Muchos, en efecto, me reprochan que siempre pregunto a otros y yo mismo nunca doy ninguna respuesta acerca de nada por  falta de sabiduría, y es, efectivamente, un justo reproche. La causa de ello es que el dios me obliga a asistir a otros pero a mí me impide engendrar. Así es que no soy sabio en modo alguno, ni he logrado ningún descubrimiento que haya sido engendrado por mi propia alma. Sin embargo, los que tienen trato conmigo, aunque parecen algunos muy ignorantes al principio, en cuanto avanza nuestra relación, todos hacen admirables progresos, si el dios se lo concede, como ellos mismos y cualquier otra persona puede ver. Y es evidente que no aprenden nunca nada de mí, pues son ellos mismos y por sí mismos los que descubren y engendran muchos bellos pensamientos. No obstante, los responsables del parto somos el dios y yo. Y es evidente por lo siguiente: muchos que lo desconocían y se creían responsables a sí mismos me despreciaron a mí, y bien por creer ellos que debían proceder así o persuadidos por otros, se marcharon antes de lo debido y, al marcharse, echaron a perder a causa de las malas compañías lo que aún podían haber engendrado, y lo que habían dado a luz, asistidos por mí, lo perdieron, al alimentarlo mal y al hacer más caso de lo falso y de lo imaginario que de la verdad. En definitiva, unos y otros acabaron por darse cuenta de que eran ignorantes. Uno de ellos fue Aristides, el hijo de Lisímaco, y hay otros muchos. Cuando vuelven rogando estar de nuevo conmigo y haciendo cosas extraordinarias para conseguirlo, la señal demónica que se me presenta me impide tener trato con algunos, pero me lo permite con otros, y éstos de nuevo vuelven a hacer progresos. Ahora bien, los que tienen relación conmigo experimentan lo mismo que les pasa a las que dan a luz, pues sufren los dolores del parto y se llenan de perplejidades de día y de noche, con lo cual lo pasan mucho peor que ellas. Pero mi arte puede suscitar este dolor o hacer que llegue a su fin. Traducción de A. Vallejo Campos,  2000. Platón, Diálogos V, Madrid: Gredos.

Susana González Marín

Loxosceles reclusa

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Procedencia de la imagen: Wikipedia

En una novela reciente de Fred Vargas, Cuando sale la reclusa, Danglard, un policía a las órdenes del comisario Adamsberg, propone una etimología de la palabra Loxosceles. Es el nombre a un género de arañas, una de cuyas especies es Loxosceles reclusa cuya mordedura puede llegar en algún caso a ser mortal en el hombre, aunque lo más habitual es que cause una pequeña lesión necrótica que la mayor parte de las veces cura espontáneamente, eso sí, dejando una cicatriz. Esta especie es de distribución americana mientras que en Europa existe otra muy similar, la Loxosceles rufescens que es más inocua que su homóloga americana. No es muy habitual su mordedura porque, como indica su segundo nombre, el epíteto de la especie americana, tienen tendencia a estar recluidas y a ser poco agresivas. El que esa araña se llame reclusa, término que aparece también en el título de la novela, le da mucho juego a Fred Vargas ya que el caso gira en torno a unas muertes producidas por el veneno de estas arañas.

Como se aprecia en la imagen, en la cabeza de este tipo de arañas se puede ver perfectamente el dibujo de algo que se parece mucho a un violín, por lo que no es de extrañar que se denominen también arañas violinistas o arañas violín, además de otras denominaciones como arañas reclusas, arañas pardas, etc.

Todas estas características hacen que en la novela se dedique cierto espacio a su etimología y Danglard, el policía superculto y erudito, capaz de identificar de memoria el autor de casi cualquier cita, diga lo siguiente:

Loxosceles, de loxo (‘oblicuo’ y, por extensión, ‘que no anda recto’, ‘vicioso’). Y probablemente de celer (‘que se esconde’) ¿La viciosa que se esconde?” Pero a Danglard no le satisfacía la mezcla de las raíces griega y latina.

Lo de la mezcla de raíces griegas y latinas no sería mayor inconveniente toda vez que los híbridos en compuestos grecolatinos pueden encontrarse, aunque como cosa rara, ya en latín de época tardía; sin embargo, fue a partir del s. XVI cuando en la creación de neologismos científicos se mezclaron con bastante frecuencia ambas lenguas al no establecer sus creadores una distinción clara entre los vocabularios latino y griego; así en Dicciomed suponen más de un 7 % de los términos recogidos en ese diccionario, como puede comprobarse en este enlace donde se ofrece un largo listado de híbridos grecolatinos en vocabulario médico o biológico, en neologismos que se fechan a partir del s. XVI pero sobre todo en los ss. XVIII y XIX.

Tampoco parece muy acertada la traducción de celer en latín por ‘que se esconde’ en lugar de ‘rápido’ o ‘veloz’. Tambièn es bastante forzado traducir λοξός como ‘vicioso’ en un sentido moral. En cualquier caso es errónea la interpretación del segundo elemento del compuesto. No hace falta ser un gran sabio para darse cuenta de que procede de σκέλος ‘pierna’ que ya usa Aristóteles en compuestos biológicos para hablar de patas de animales, así tenemos en su Historia de los animales el compuesto μακροσκελής ‘de patas largas’ o en su De partibus animalium μικροσκελής ‘de patas cortas’. Con lo que llegamos a un compuesto que significa ‘de patas inclinadas’, que es una característica, en efecto, típica de las arañas que tiene largas patas articuladas; es verdad que no es muy específico porque se podría aplicar a otros géneros de arañas.

En fin, no es de extrañar que Danglard tenga dudas sobre la etimología que propone. Dada la cultura que exhibe habitualmente Danglard en las novelas de Fred Vargas, y también la de esta autora, parece que se está jugando con el lector al proponerle adrede una falsa etimología con varios errores, quizá para que los más avispados y cultos piensen que a fin de cuentas Danglard no es tan sabio como parece.   

Ya que estamos en erudiciones: el aracnólogo que describió la Loxosceles rufescens, Léon Dufour, lo hizo en 1820 pero sin darle el nombre científico que luego adoptaría, porque él la llamó Scytodes rufescens (Annales de la Société Entomologique de France, 5: 198-209). Hoy día el género Loxosceles está integrado en la familia Sicariidae que a su vez forma parte de la superfamilia Scytodoidea (Wikispecies). El nombre Loxosceles aparece en 1832 en un artículo de Carl Heineken que publicó póstumamente Richard Th. Lowe en The Zoological Journal 5: 320–323 y parece que fue creación de Heineken.

Francisco Cortés Gabaudan

 

Si quieres ser detective analiza textos latinos

Si alguna vez, en sus «días de ensalada» —como los llama uno de mis cómicos tíos— se vio obligada a hacer el análisis de algo escrito en latín, sabrá que presenta un paralelo exacto con la averiguación criminal. Tiene una larga oración, llena de transposiciones; al principio parece nada más que una mezcolanza de palabras. Eso es lo que también parece el crimen, a primera vista. El sujeto es el hombre asesinado; el verbo es el modus operandi, la manera como fue cometido el crimen; el objeto es el motivo. Ésas son las tres partes esenciales de toda oración y de todo crimen. Primero encuentra usted el sujeto, después busca el verbo, y los dos lo llevan al objeto. Pero todavía no ha descubierto al criminal… el sentido de toda la oración. Hay una cantidad de cláusulas subordinadas, que pueden ser claves o trampas, y tiene que separarlas mentalmente y reconstruirlas para que se ajusten a la oración y amplifiquen su sentido. Es un ejercicio de análisis y síntesis, el mejor entrenamiento para un detective.

De Nicholas Blake, Los toneles de la muerte

P. Márkaris, Muerte en Estambul: ¿Y el Griego?

¿Les apetece embarcarse rumbo a Estambul? ¿Conocer los secretos de sus monumentos, sus barrios, sus gentes? ¿Saber no ya de la coexistencia entre griegos y turcos, sino del sentir de los helenos, de los que se quedaron y de los que partieron? ¿De los sentimientos encontrados entre los oriundos de la Grecia continental en viaje turístico por Turquía y los constantinopolitanos? ¿De los griegos del Ponto, de los karamanlíes, esos griegos ortodoxos turcoparlantes que habitaban en Capadocia? ¿De las tragedias escondidas de gentes humildes que sufrieron el intercambio de poblaciones? ¿Y qué me dicen de prolongar el viaje hasta Trebisonda, no en el barco de los Argonautas, claro está, en un moderno avión para así desvelar y cerrar el destino de una mujer singular, inocente, culpable, terrible? No, no es Medea.

Pues si quieren hacerlo y además de la mano de un auténtico polita, su libro es Muerte en Estambul de Petros Márkaris.

Conocerán también a una profesora jubilada de lengua y literatura que ejercía en Estambul. Ella pregunta al comisario Kostas Jaritos si su hija estudió griego antiguo. La hija se crió en Atenas, y “No, cuando Katerina fue al instituto, habían eliminado el griego antiguo de los planes de estudio”.

La señora Sarátsoglu comenta:

“A veces pienso que daría igual si enseñara mi materia en griego antiguo. Lo expliques como lo expliques, los niños tienen las mismas dificultades. Últimamente, tenía la sensación de impartir clases en un colegio extranjero. En el Saint Benoit, en el Colegio Alemán o en el Notre Dame de Sion. Los niños de nuestra escuela aprenden la gramática griega, hablan griego en clase cuando es necesario, pero cuando vuelven a casa hablan su lengua, el árabe. Igual que los alumnos de los colegios extranjeros”.

“¿No hay niños griegos en las escuelas?”, pregunta Jaritos. Y la profesora contesta: “Sí hay. Como hay niños franceses en el Saint Benoit y alemanes en el Colegio Alemán. Pero son una minoría”. Y añade más adelante: “Eso también forma parte de la lucha”. “¿La lucha por la supervivencia?”, vuelve a intervenir Jaritos. Y ella replica: “De una lucha abocada a la derrota, señor comisario. Por eso hacemos lo imposible para que no termine. Mientras sigamos luchando, aplazamos la derrota. –De repente se da cuenta de que se está poniendo pesada e intenta cambiar de tema–: Pero no quiero cansarle hablándole de mis problemas. No me lo tenga en cuenta”.

No me lo tengan en cuenta a mí, si después de animarles tanto, termino con esta tristeza. Pero piensen en sus palabras y mutatis mutandis en lo que vivimos en nuestras aulas con el griego antiguo. Lo que nos jugamos es mucho. Y no podemos permitirnos el lujo de perder.

Henar Velasco López

 

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