Adiós, Forges

Forges tocaba a todos, becarios, amas de casa, médicos y enfermos, niños solitarios, viejecitas de pueblo, …;  y también a los de clásicas.

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EN LA MUERTE DE ÚRSULA K. LE GUIN

Llega la noticia de la muerte, a los 88 años, de la escritora norteamericana Úrsula K. Le Guin (1929-2018). Sus obras más difundidas (La mano izquierda de la oscuridad, El mago de Terramar) son novelas de ciencia ficción. Sin embargo, los intereses de Le Guin fueron amplios, y produjo obras de géneros diversos: ensayo, literatura para niños, poesía, traducciones. En 2008 escribió una novela basada en la Eneida llamada Lavinia (traducción española, ed. Minotauro, 2009).

Ella misma nos cuenta, al final de la edición inglesa de 2010 (ed. Phoenix), cuál era su relación con el poema virgiliano:lavinia.jpg

“El tercer año de Latín era Cicerón. Yo quería leer a Virgilio, pero tenías que leer primero a Cicerón. Con catorce años, yo no veía razón para gastar un año de mi vida con un abogado muerto, así que dejé el Latín y me pasé al francés, con el que tuve una relación duradera y feliz. Pero a los setenta y tantos me di cuenta de que aún no había leído a Virgilio, así que saqué mi vieja gramática latina y empecé a leer la Eneida, despacio, muy despacio…”

De su amor por el texto virgiliano surgió el deseo de traducirlo, de capturar la esencia virgiliana, y eligió hacerlo “moviendo las escenas y los personajes de Virgilio fuera del poema”, transformando sus peripecias en una novela, cuya protagonista sería Lavinia, la joven latina destinada a casarse con Eneas, y a iniciar con él lo que terminaría siendo Roma, pero que en la Eneida es un personaje apenas esbozado. Continúa diciendo la autora:

“Mi deseo era seguir a Virgilio, no mejorarlo, ni reprobarlo; pero Lavinia misma de informó de que, a veces, el poeta se había equivocado -acerca del color de su cabello, por ejemplo-. Yo la escuché a ella: y también a él. Y entre los dos, me entregaron mi novela. No he escrito ninguna otra con tanta alegría”.

La novela cuenta la guerra entre troyanos y latinos desde el punto de vista de Lavinia; ella es la narradora. La técnica literaria utilizada es el diálogo entre Lavinia y su autor, Virgilio; en mi opinión, le da excelentes resultados. Al poner en primer plano a Lavinia, inclina la balanza hacia lo latino; confiere entidad al paisaje, a la forma de vida, a los ritos y a los dioses del Lacio. También nos acerca a Eneas y los suyos, pero ellos siguen siendo los héroes cuya historia está relatada en la primera parte de la Eneida. Úrsula K. Le Guin nos abre con esta novela otra perspectiva sobre el origen de los romanos, sobre su parte menos heroica y más pegada a la tierra.

El personaje de Lavinia está, obviamente, actualizado, tiene corporeidad, y voluntad, toma decisiones; rechaza su alianza con Turno, y prefiere a Eneas. La autora le escribe una historia de amor en la que, invirtiendo los términos del poema virgiliano ella es quien toma la iniciativa, y Eneas, el personaje secundario. No es en absoluto una novela histórica escrita desde ahora, sino una recreación ampliamente basada en Virgilio, respetuosa con los detalles, que intenta hacer justicia a un personaje que, pese a que su función en la trama es esencial, en la Eneida era casi inexistente. Una novela recomendable para todos los que no la hayan leído.

Mª José Cantó

 

 

 

 

 

 

 

 

Gregorio Hinojo: Non omnis moriar.

Gregorio Hinojo Andrés nació en 1943 en Fuentes Calientes, Teruel, y disfrutaba de la pronunciación italianizante del Magnificat que hacía a la Virgen maña. A Salamanca llegó con 23 años desde Valencia, donde había cursado comunes, para estudiar la especialidad de Filología Clásica, carrera que culminaría en 1976 con la defensa de su tesis doctoral Los términos princeps, imperator y dux a final de la República y principios del Imperio Romanos bajo la dirección de Carmen Codoñer Merino. Desde 1969 hasta 2013 ejerció la docencia en la Universidad de Salamanca, los últimos veinticuatro años como catedrático de Filología Latina, condición que prolongó como Catedrático emérito hasta que la envidiosa muerte, en la expresión que él dedicó a un querido colega, nos lo arrebató el día 16 de este mes.

Difícilmente la figura total de Gregorio Hinojo puede ser en estos días glosada de manera suficiente y, desde luego, no es una tarea para la que me sienta autorizado. En cambio, sí tengo el convencimiento de que todos los que en mayor o menor medida lo conocimos tenemos la obligación de releer el precioso perfil que Perfecto Andrés Ibáñez escribió para el libro que en edición de José Carlos Fernández Corte e Isabel Moreno Ferrero compiló algunos de los artículos de Gregorio y que recibió el acertadísimo título de Curiosus verborum perscrutator (2014). A cada cual quedará, sin embargo, elegir el mejor momento para ello pues, por ejemplo, el bellísimo párrafo final de Perfecto Andrés, más bello ahora si cabe, resulta particularmente doloroso.

Con todo, parece adecuado que quien dedicó cuarenta y cinco años a la docencia sea ahora recordado por uno de sus alumnos de los últimos años y agradezco a la profesora Susana González Marín y a este blog el que me brinden esa oportunidad. En más de una ocasión Gregorio se preció de poseer un particular “baúl de los recuerdos”, una maleta en la que almacenaba las fichas que sus alumnos le fuimos entregando durante estas cuatro décadas y media.

No sólo en su trabajo como profesor, sino también en su obra investigadora plasmó su profundo cariño por la Universidad que lo acogió. Dedicó un artículo al medallón del edificio histórico (“Οἱ βασιλεῖς τῇ Ἐγκυκλοπαιδίᾳ αὕτη τοῖς βασιλεῦσι”, 2007) y otro al Brocense (“El comentario de El Brocense a los autores grecolatinos”, 2003). Más allá de ello, Hinojo siempre estuvo bien dispuesto a declarar su enorme admiración por Francisco Sánchez de las Brozas hasta tal punto de convertir en divisa personal un extracto del primer capítulo de la Minerva:

Non igitur dubium est, quin rerum omnium, etiam vocum, reddenda sis ratio: quam si ignoraverimus rogati, fateamur potius nos nescire, quam nullam esse constanter affirmare.

Sin embargo, las dos figuras del Estudio Salmantino que centraron su actividad fueron Antonio de Nebrija y Fray Luis de León. Del primero trabajó con particular interés su obra historiográfica en una monografía (La obra histórica de Nebrija: estudio filológico, 1991) y múltiples artículos (“Acotaciones a la labor historiográfica de Nebrija”, 1993; “Nebrija y la historiografía renacentista: la fortuna”, 1994). Uno de sus artículos sobre el Nebrisense (“Nebrija y Salamanca: historia de un desencuentro”, 1999) resulta especialmente revelador para comprender no sólo la ruptura del ilustre humanista con Salamanca, sino la firme relación de Hinojo con su alma mater. A la pasión inicial que ambos compartían por el latín pronto se les sumó un parentesco más. La cátedra de Filología Latina que Hinojo ganó en 1989 lo autorizó, en recuerdo de los antiguos títulos de la Universidad de Salamanca, a presentarse como Maestro de gramática —no es necesario especificar cuál— sin que nadie haya conocido ganas o argumentos para cuestionárselo. Esto a veces provocaba escenas divertidas, como la que él mismo contaba en la que a raíz de una entrevista en la prensa le adjudicaron el puesto de maestro de primaria. El artículo finaliza con los esfuerzos, en los que él participó, de la moderna Universidad de Salamanca por hacer justicia y restaurar el recuerdo de Nebrija, su ilustre predecesor en el cargo.

Y si la gramática hermanó a Hinojo con Nebrija, el Venusino hizo lo propio con Luis de León, cuyo horacianismo estudió profundamente Gregorio (La poética horaciana en Fray Luis de León, 2006; “Presencia de Horacio en Fray Luis de León”, 1994; “La recusatio horaciana de Luis de León”, 1996; “Horacio en España: Fray Luis de León”, 2009).

La Universidad supo restituirle parcialmente tanta devoción y le confió la lección inaugural del curso 2012–2013, que él tituló La invención de las palabras, durante la que se mostró tal y como era: agudo, interesante y divertido. Por suerte, no es necesario confiar en mi criterio y es posible ver el acto aquí .

Las palabras. En la relación de Gregorio Hinojo con las palabras se mezcla un contagioso entusiasmo con algo que sólo se me ocurre llamar camaradería. Le encantaba presentar las palabras como si de viejos amigos se tratasen, desgranando anécdotas de juventud, lances dudosos o ascensos y caídas. Esto le llevó a crear e impartir una asignatura de enorme popularidad en la Facultad, Historia de las palabras, de vocación claramente hedonista. Cada clase era una auténtica celebración de la perplejidad y la felicidad que el contacto con las palabras puede propiciar. Quiero pensar que Gregorio tomaría con el buen humor que lo caracterizaba la ironía de que precisamente en este punto no encuentre los términos adecuados para transmitir el ambiente de esas clases. El rigor del docente era el único auténtico principio rector en aquel gabinete de curiosidades; recuerdo verlo disfrutar proponiéndonos cognados inverosímiles, preguntando por el porqué del nombre del bizcocho, las magdalenas o el abadejo, urgiéndonos a crear neologismos o, uno de sus temas predilectos, discerniendo las designaciones de la muerte voluntaria (“Suicidium. Barbarismo y perversión”, 1998; “Las designaciones de la muerte voluntaria en Roma”, 1998). Sí voy a permitirme recoger algo que me impactó profundamente. Hinojo sentía una sincera y generosa amistad por todas las palabras, sin atisbo de límites, y no sólo hacia las que su competencia profesional en principio lo inclinaba. Como él mismo dice en la lección inaugural, esa simpatía expansiva lo aboca a un humanismo radical, sin concesiones. Pese a lo que de convencional hay en ello, estoy íntimamente convencido de que Gregorio encarnó el ideal con el que W. Jaeger abría su Paideia:

Φιλόλογος ὁ φιλῶν λόγους καὶ σπουδάζων περὶ παιδείαν.

A la manera del acertijo de la esfinge tebana, Gregorio se enorgullecía de haber enseñado Catulo de joven, Virgilio en la edad mediana y Horacio con la madurez, lo que atestigua, más que sus profundos conocimientos de poesía latina, su intrínseco horacianismo. Con Catulo escribió de amor (“Ambivalencia y antagonismo del sentimiento amoroso en la poesía de Catulo”, 1998; “La retórica de la seducción amorosa: Catulo”, 2003), refinó nuestro conocimiento de los estilos de Virgilio (“Del estilo de las Bucólicas y las Geórgicas”, 1982; “Los adjetivos de color en las Bucólicas y en las Geórgicas”, 1984) e indagó en los modos del decir desdiciendo de Horacio (“Recusationes…?”, 1985). Yo sólo lo conocí en la última fase, la de Horacio, y a nadie puede sorprender que atesore aquellas clases como algunas de las que más he disfrutado en mi vida de estudiante. Su semestre de Horacio comenzaba con algunas citas de Byron y Goethe en las mostraban que Horacio era demasiado cerebral, demasiado perfecto. Si alguno de sus alumnos, acaso distraído por el peso de los autores románticos, caía en la trampa y concordaba con ellos, Hinojo iniciaba una bella refutación y aplazaba el fin del debate al final del curso. A veces, después de haber traducido en clase una oda, aparecía con un mosaico de traducciones apretadas en las dos caras de un folio y tras preguntarnos cuál preferíamos discutíamos sobre los aciertos y torpezas de cada una. Otras veces, cuando anunciaba la próxima oda que íbamos a ver en clase, se ponía serio y nos advertía que esa no la tradujésemos como las otras, que con esa había que hacerlo bien y, a poder ser, en verso. Alguna vez lo hice y creo me hubiera gustado que le gustara alguna traducción mía. Ello no ocurrió nunca, pero amablemente me agradeció el esfuerzo.

Gregorio Hinojo fue un hombre de «muchas y plurales amistades», como su amigo Paco Novelty recordó hace unos días aquí. La misma pluralidad puede hallarse en su quehacer académico. Si destacó en el estudio del lenguaje latino del amor, no quedó atrás en la investigación del léxico político (“El término auctor en Cicerón”, 1978; “El léxico político de Aurelio Víctor”, 2005), o en los puntos en los que ambos se encontraron (“Léxico erótico y léxico político en latín”, 1999). Escribió también sobre historiografía (“La historia como género literario: opus… unum hoc oratorium maxime”, 1985; “Salustio y la teoría de Cicerón sobre la historia”, 1999), lo cual permitió que nos iluminara algunos de los pasajes más bellos de toda la prosa clásica (“La «muerte voluntaria» de Petronio (Tac. Ann. XVI, 18–19)”, 2004; “Tácito y el Barroco Fúnebre”, 2006). Del mismo modo supo compaginar su trabajo sobre el sofisticado latín renacentista (“Los Adagia de Erasmo en la Universidad de Salamanca”, 1988; “La norma lingüística en el latín renacentista”, 1994) con  las formas del “latín vulgar” (“Versipelis: ¿A/N o V/O?”, 1999; “Estatuto lingüístico del Testamentum Porcelli”, 2003), como también mostró su docencia de los últimos años en las clases de Humanismo grecolatino y Latín vulgar, asignatura esta en la que por primera vez coincidí con él. Precisamente en alusión al simpático Marco Grunnio Corocotta le regalé una de las típicas figuras de Corocotta, a quien se atribuye el caudillaje de los cántabros durante las guerras contra Augusto y que custodió celosamente la mesa del despacho de Hinojo. Sería desvirtuar la pulcritud filológica de Hinojo olvidar mencionar aquí el cuidado mimo que vertebró toda su carrera ocupándose del orden de palabras tanto en latín como durante los primeros pasos del castellano, mimo este que hallamos en múltiples artículos (“Del orden de palabras en el Satiricón de Petronio”, 1985“Del orden de palabras en latín tardío y castellano medieval”, 1988; “El orden de palabras en latín medieval”, 2002; “El orden de palabras en el latín de la Biblia”, 2014).

No he pretendido hacer una relación de sus publicaciones, que bien puede encontrarse en otros sitios. Ni siquiera de sus páginas más agudas o mejor hilvanadas. No. Es una invitación al reencuentro en sus palabras. Pronto la primavera castellana se instalará definitivamente en Salamanca y la escalinata de Anaya, sus jardines y bancos, quedarán colmados «mitad por ninfas, mitad por expresidiarios», como nos dijo un día Hinojo al terminar una clase por esta época. Al ver en esa vitalidad la vitalidad que nos falta quizá un súbito dolor nos sorprenda, acaso atragantados todavía los versos de la oda 1, 24 de Horacio. Será entonces el momento adecuado para solazarnos en las palabras de Gregorio y descubrirnos reunidos una vez más con nuestro querido Maestro de Gramática.

Diego Corral Varela

Ha muerto Tzvetan Todorov

Me llega, a través de la directora del blog, la noticia del fallecimiento de Todorov y pergeño unas apresuradas líneas que quieren rendirle homenaje. Creo que la primera vez que me encontré con su nombre fue en Asturias Semanal, una revista de finales de los sesenta del siglo XX, y el que lo mencionaba era Juan Cueto, con su fino olfato para  descubrir talentos, sobre todo estructuralistas, que era lo que daba la época: Lévy-Strauss, Barthes, Todorov.  Más adelante, a propósito de mi estudio sobre el Asno de Oro o las Metamorfosis de Apuleyo, me fueron muy útiles las inteligentes distinciones entre lo fantástico, lo extraño y lo maravilloso que establecía en su Introduction à la litteráture fantastique, su primera obra mayor. Todorov manejaba las categorías de teoría literaria con gran claridad y sencillez, renunciando a hacer literatura cuando hacía crítica, a diferencia de su colega Barthes. Apenas llegado a Francia desde su Bulgaria natal, 1965, se encargó de compilar y en su caso traducir textos de los formalistas rusos, cuya lectura resultó obligada a partir de entonces para cualquiera que se iniciara en los estudios literarios, especialmente para los participantes en el llamado Estructuralismo francés. Nombres como Shklovski, Eikhenbaum, Tynianov, Tomachevski , Propp, se sumaron al de Jakobson, más conocido por sus estudios lingüísticos, en el desembarco de los formalistas en el pensamiento occidental. No fue la última contribución de Todorov en ese sentido. Aunque la mención de intertextualidad procedente de Bajtín hay que agradecerla a su compatriota Kristeva, también afincada en Francia, Todorov escribió un magnífico libro, Bakhtine ou le principe diálogique, que supuso la puesta de largo del pensamiento (no formalista) del  también ruso Bajtín en Occidente.

Por esa época, 1979, iba a producirse el giro hermenéutico en los estudios de Todorov. De estudiar la “poétique”, la ciencia de lo literario, buscando estructuras generales que se pudieran aplicar a toda literatura, el estudioso, en una edad ya postestructuralista en la que trabajaba como antes  en universidades francesas, pero sobre todo en universidades norteamericanas, abandona su preocupación por las estructuras de la obra en sí, el objetivismo estructuralista, y se ocupa de la relación del signo con sus usuarios. Cuando estos usuarios son de otras culturas, ajenas y antiguas, como sucede en la America posterior al descubrimiento, le exigen un gran esfuerzo  de interpretación del pensamiento ajeno, confrontando los sistemas simbólicos de los conquistadores españoles con los de las culturas amerindias. Un ejemplo. Cortés, aparte de otras ventajas, se mostró mucho más hábil  en su manejo del sistema de símbolos, siendo capaz de comprender el  pensamiento del otro y sacando partido de la opacidad con la que velaba el propio. A la superioridad de Cortés contribuyó doña Marina o Malinche, la “gran chingada” que diría Octavio Paz, una mediadora entre culturas.  La Conquête de l´Amerique, un libro que en su tiempo gozó de poca atención en España, marca la inclinación de Todorov hacia la comprensión entre culturas, la comprensión del otro, algo que no iba a abandonarlo ya jamás.

Su pensamiento se vuelve cada vez más comprometido con los grandes temas de nuestro tiempo. Llegado a Francia desde Bulgaria, prácticamente  el momento en el que el Mayo del 68 francés hacía furor, Todorov recibió una lección práctica de historia de la recepción. Él conocía de primera mano lo que era vivir en un régimen de falta de libertades como el del llamado ” socialismo real”, y, sin embargo, en Europa Occidental toda la intelligentsia estaba fascinada por fenómenos políticos que realmente desconocían, como la  revolución cultural china.  Comprendió que en aquel clima intelectual y político sus experiencias personales bajo un régimen mezquino, policial y asfixiante eran literalmente incomprensibles y tuvo que esperar hasta mucho más tarde, avanzados ya los años ochenta, para darlas a conocer. No todos los momentos históricos permiten el diálogo entre culturas.

La investigación de sus últimos diez o quince años es un alegato en pro de la honradez intelectual  y la resistencia ética en situaciones difíciles. En su libro Memoria del mal, tentación del bien,  investiga la naturaleza del mal y compara los dos males del siglo XX, el nazismo y el estalinismo. Elige personajes concretos como Primo Lévy, Germaine Tillion,  David Rousset, etc., para mostrarnos unas vidas que superan todo lo imaginable: comunistas alemanes de los años 30 que huyen del nazismo a la Unión Soviética y que son internados por Stalin en campos de concentración por proceder de Occidente. Estos mismos comunistas, sospechosos por ser alemanes, le son devueltos a Hitler, tras la firma del tratado germano-soviético de 1939, con lo que conocen también la vida en los campos de concentración nazis. Vassily Grossman,  uno de los grandes personajes de que trata su libro, plasmó estas experiencias en su inolvidable Vida y Destino.

En Todorov, a la manera platónica, la estética se convierte en ética.  Su justeza de pensamiento cuando realiza análisis literarios, su naturalidad y sencillez, no lo abandonan cuando trata intrincadas cuestiones intelectuales y políticas y pasa de los problemas de los que trataban las obras literariamente a los problemas en sí mismos, en sus dimensiones éticas, políticas y filosóficas. En su madurez recibió muchos premios. Se va, ahora que tanta falta nos hace su forma de comprender a los otros, a los refugiados,  a los emigrantes, un auténtico “maître à penser” del siglo XX.

José Carlos Fernández Corte

Muere John Hurt

El pasado 25 de enero fallecía a los 77 años John Hurt, tras dos años de dura lucha contra un cáncer de garganta. Actor prolífico y de personajes memorables (fueran de peso como en ‘El hombre elefante’ o ‘V de Vendetta’, o secundarios como en ‘Alien: El Octavo Pasajero’ o la saga de Harry Potter), entre los clasicistas siempre será recordado por el papel del enajenado emperador Calígula en ‘Yo, Claudio’. En los últimos años, no obstante, también ha participado en un par de péplums: ‘Immortals’ (2011), donde interpretaba al alter ego de Zeus y mentor de Teseo, y ‘Hércules’ (2014), donde encarnaba al rey tracio Cotys.

Sit sibi terra levis.

Alberto López Redondo

Federico Panchón. in memoriam

Cada año celebramos las Idus de marzo, día 15, rememorando la trágica muerte de Cayo Julio César en el año 44 a.C. a manos de los senadores romanos conjurados. Hoy, 1 de noviembre, hacemos un pequeño homenaje al profesor Federico Panchón Cabañeros (28  de diciembre de 1954), quien falleció las pasadas calendas de septiembre.

El profesor Panchón, Profesor Titular de la Universidad de Salamanca en el área de Filología Latina, dedicó gran parte de su vida a la lingüística (morfología, sintaxis, léxico y pragmática) de esta bella lengua. Su carrera comenzó en 1982 cuando presentó su tesis doctoral La frase correlativa en el latín arcaico.

Muchas de sus investigaciones cubrieron el campo de este latín primitivo, sobre todo de la mano de los autores cómicos Plauto y Terencio, conociendo de memoria miles de sus versos y todas sus peculiaridades léxicas y gramaticales. Sin embargo, no se quedó en el estudio de los escritores arcaicos sino que de igual forma lo hizo con los clásicos como Horacio.

También alcanzó temas bien disputados por toda la comunidad de latinistas como la naturaleza de las oraciones de relativo, completivas y temporales. El léxico fue otro de sus objetos de estudio, como demostró en sus esclarecedoras obras “Vt, ubi, cum”, “Mala aetas”, “Certe, certo, certum” y “Absque”. Muy interesado en el turbulento mar de las etimologías, escribió recientemente, año 2015, “Sacerdos, do y facio”.

El profesor Panchón no pasará de largo en las mentes de sus numerosos alumnos. Siempre recordarán sus apuntes minuciosos sobre los arcaísmos de Plauto, la sana obsesión por la métrica clásica y su memoria sin fronteras, recipiente de miles de frases en latín que dejaba a sus pupilos boquiabiertos.  Una vida, sin duda, dedicada enteramente al saber y a su transmisión.

Como vemos, el exitus de este conocedor de la lengua latina supuso un duro revés en el estudio del mundo clásico. Como dijo la profesora Tarriño Ruiz, compañera del difunto: “Él nos dejó, scripta manent

Sit illi terra levis.

Marcos Medrano Duque

Profesor Ruipérez in memoriam

Hoy, 11 de abril, habría cumplido 93 años D. Martín Ruipérez que falleció en Madrid el pasado 2 de julio de 2015 y fue enterrado en Salamanca el día 3.

Nació D. Martín en Peñaranda, cursó parte de su bachillerato en Francia durante la Guerra Civil, estudió Filología Clásica y, muy joven, fue catedrático de griego de la Universidad de Salamanca donde ejerció hasta que en 1969 se trasladó a la Universidad Complutense de Madrid. Allí desarroló su actividad docente e investigadora hasta el momento de su jubilación.

Quienes tuvimos la suerte de tenerlo como Profesor recordaremos siempre al Gran Maestro que, en cada momento, trataba de hacer sencillo el acceso a cualquier texto por difícil que este fuera. Cada año, al entrar en contacto con los nuevos alumnos, tanteaba su nivel para ver por dónde y cómo debía orientar su clase para que nadie se perdiera y todo el mundo pudiera llegar a lo que se debía conseguir en esa etapa, dejando muy claro qué pretendía con esa asignatura, y cuál sería su método de trabajo y el tipo de pruebas que realizaría para comprobar que se había asimilado lo que se había ido desarrollando en la clase. Al trabajar los textos, comenzaba siempre contextualizando el fragmento del que se iba a ocupar en ese
momento, para proceder luego a un detallado análisis del mismo, con el fin de lograr una traducción lo más exacta posible y poder realizar, después, un comentario de “realia” de cuanto en él se decía, rematando el trabajo con la selección del léxico que debería asimilarse. Para ello, agrupaba el léxico por familias, con especial insistencia en las diferencias de matiz que podían encerrar palabras aparentemente sinónimas.

En el momento de tener que rendir cuentas de lo aprendido, los alumnos podían estar totalmente seguros de que todo cuanto se le pedía se había visto detenidamente en clase.

Su dominio de la materia quedaba palpable en la claridad con la que desarrollaba todas sus clases: textos, lingüística, métrica, didáctica del griego…, de tal modo que los alumnos, si estaban atentos, no tenían ningún problema para asimilar cuanto se había dicho.

Su labor no solo se desarrollaba en las clases a lo largo del año con los alumnos matriculados en Filología Clásica, sino que su generosidad sobrepasó a veces los límites normales p.e. al trabajar durante todo un verano con un grupo de licenciados que estaban preparando oposiciones de Instituto.

Asimismo, a lo largo del curso, organizaba con licenciados, profesores de Universidad o de Instituto, sesiones científicas en las que uno de los asistentes  exponía un tema sobre el que estaba trabajando y todos los asistentes debían debatir sobre lo que el ponente decía.

Por todo ello, quienes hemos tenido la suerte de disfrutar de sus enseñanzas nos sentimos en este momento demasiado huérfanos.

Mª Ángeles Martín Sánchez

En la muerte de Umberto Eco

El pasado 19 de febrero nos dejaba para siempre el célebre pensador y novelista italiano Umberto Eco, que no necesita presentación para cualquier persona con una mediana cultura. Fue autor de sesudos e influyentes estudios sobre semiótica (de la que era catedrático en Bolonia), estética y crítica literaria, pero una simple glosa de sus aportaciones más relevantes requeriría más espacio que el aconsejable para una entrada de blog, así que me centraré en la obra que le lanzó a la fama tras convertirse en un imprevisible fenómeno de masas: El nombre de la rosa, aparecida en el ya lejano 1980.

Tanto la trama policíaca, en la que se suceden una serie de asesinatos enigmáticos, como la original ambientación, una abadía benedictina en el norte de Italia en el s. XIV, atrajeron a infinidad de lectores de toda condición, a los que no ahuyentó la ingente erudición que el autor despliega sobre los temas más variopintos: la economía monástica, la iconografía medieval, las disputas teológicas sobre la pobreza en la orden franciscana, las querellas entre papa y emperador, los saberes medievales sobre hierbas o sobre piedras preciosas, literatura clásica, cristiana y árabe… todo ello trufado con constantes expresiones y hasta párrafos en latín… sin traducción. Algún crítico señaló malévolamente que el éxito de ventas de la novela se explicaba porque ofrecía a los lectores la ilusión de sentirse cultísimos al sumergirse en ese mar de alusiones librescas.

rosaSi la novela arrasó como lo hizo fue sin duda porque podía leerse en varios niveles: estaba por un lado el argumento detectivesco, que se entendía sin gran dificultad prescindiendo de todo lo demás, pero los lectores más instruidos serían capaces de penetrar en los niveles más profundos, históricos, literarios, filosóficos y hasta teológicos, y llegar a descubrir la simbología de los personajes y las personas reales que se escondían bajo su máscara. Así, Adso de Melk, el novicio que presencia los hechos y los narra en su vejez, remite al verbo latino adsum, “estoy presente”. Su maestro, Guillermo de Baskerville, el perspicaz franciscano empeñado en desentrañar los crímenes de monjes, tiene parte de Sherlock Holmes (inmortalizado en el Sabueso de los Baskerville de A. C. Doyle) y parte de Guillermo de Ockham, lógico implacable, también inglés, franciscano y del s. XIV. Es sin duda la figura más homenajeada en el libro. El propio título de la obra apunta con claridad a la corriente filosófica de la que Ockham es el principal representante: el nominalismo. Ante sus teorías un estudioso del signo lingüístico como Eco sólo podía sentir la mayor de las fascinaciones. La rosa y su nombre. ¿Existe la rosa, o lo que fuera, aparte de su nombre, o sólo en él? La discutida relación entre nombre y esencia, ya tratada por Platón en el Cratilo, como recuerda Borges:

Si, (como el griego afirma en el Cratilo) el nombre es arquetipo de la cosa, en las letras de rosa está la rosa y todo el Nilo en la palabra Nilo. (“El Golem”, de El mismo, el otro; leído por el mismo autor, lo puedes escuchar aquí)

No es gratuita la referencia, porque no se precisa mucha imaginación para reconocer un trasunto de Jorge Luis Borges en el gran antagonista de Guillermo, Jorge de Burgos, hispano, bibliotecario y ciego. Sus dos personalidades condensan el meollo ideológico de la novela y encarnan los dos tipos de intelectual frente a la cultura de masas, descritos en su obra de 1965, Apocalípticos e integrados. El apocalíptico Jorge (benedictino) trata de preservar intacto y fuera de la circulación general el saber tradicional, en el que se contiene toda la verdad, mientras que el integrado Guillermo (franciscano), con ciertos aires renacentistas, cree que puede ampliarse mediante la razón y la investigación científica de la naturaleza. (No deja de ser curioso que los dos últimos papas hayan elegido los nombres de Benedicto y Francisco, aunque este último sea argentino y se llame Jorge).

Es memorable el debate final entre Guillermo y Jorge sobre la risa y su defensa en el segundo libro de Poética de Aristóteles, cuya última copia se guarda en el monasterio, pero mejor será dejar el tema para una nueva entrada.

Marco Antonio Santamaría

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