Semana de la Mujer en la Ciencia: Hipatia

En el 332 a.C. Alejandro Magno fundó en Egipto la ciudad de Alejandría, a orillas del río Nilo. Casi en menos de un siglo, esta ciudad se había convertido en una metrópolis de al menos un millón de personas, remplazando a Atenas como centro del estudio de la ciencia en Grecia.

Años más tarde, Ptolomeo I, ayudante de Alejandro, estableció su propia dinastía. Como había sido estudiante de Aristóteles, al igual que Alejandro, decidió fundar el Museo, porque la situación en Egipto respecto a la investigación científica era pésima. El Museo era una institución dedicada a la investigación y a la enseñanza; se contrataron 100 profesores, se construyó la Gran Biblioteca, un zoo, un jardín botánico, un observatorio y salas de disección. La mayoría de los mejores científicos del momento iban a Alejandría a investigar, y de ese modo, a pesar de convertirse en colonia del imperio romano en el 30 a.C., se mantuvo como el centro de todo poder político e intelectual.

Se creyó durante quince siglos que Hipatia de Alejandría había sido la única mujer científica de la historia hasta que llegó María Curie. Hipatia es de las científicas más antiguas de las que tenemos bastante información sobre su vida. Si bien es cierto que la mayor parte de sus escritos se perdieron, hay muchas referencias que los nombran. Su desaparición ha acabado por simbolizar el fin de la era de la ciencia en la Antigüedad.

Nació en el 370, cuando en Alejandría se estaba viviendo un cambio: el imperio romano se estaba convirtiendo al cristianismo, que tachaba de herejía a las matemáticas y a la ciencia. Los que estudiaban las ciencias era probable que fuesen quemados vivos, entre otras formas de tortura.

Hipatia viajó a Atenas e Italia, y finalmente se asentó en Alejandría, donde se convirtió en profesora de matemáticas y filosofía. Debido a la situación social, el Museo ya no era lo que había sido antaño: en ese momento había escuelas para paganos, judíos y cristianos. Pero Hipatia enseñaba a la gente, fuese de la religión que fuese.

La mayor parte de lo que escribió Hipatia fue para sus estudiantes. No hemos podido conservar nada intacto, pero algunas partes de su trabajo aparecen en los testimonios de su padre, Teón. Sobre todo se dedicó al álgebra. Escribió un comentario en 13 libros sobre la Aritmética de Diofanto, que trabajó en Alejandría en el siglo III, y que se considera como el padre del álgebra. También ayudó a Teón a revisar un tratado de geometría de Euclides.

Además de cultivar la filosofía y las matemáticas, también se interesó por la mecánica y la práctica tecnológica. Como le fascinaban tanto las figuras geométricas, diseñó algunos planos para hacer instrumentos científicos, como un astrolabio (se utilizaba para medir las posiciones de los planetas, el sol y las estrellas). Y creó un aparato para medir el nivel del agua y un hidrómetro para determinar la densidad de un líquido.

Hipatia se empezó a interesar por la situación política que estaba viviendo Alejandría. Había cierta rivalidad entre las escuelas neoplatónicas de Alejandría y de Atenas pero su neoplatonismo era bastante tolerante, . Sin embargo, para los cristianos todos eran herejes.

Se encontró en una situación delicada y peligrosa cuando un cristiano fanático, Cirilo, se convirtió en el patriarca de Alejandría, intensificando la hostilidad ya presente en la ciudad entre cristianos y no cristianos, pero sobre todo con el Prefecto Romano de Egipto, Orestes, que había sido estudiante y era amigo de Hipatia. Orestes pidió a Hipatia que se convirtiese en cristiana y que abandonase sus ideas, porque de otro modo corría muchísimo peligro, a lo que ella se negó. Finalmente fue asesinada por desollamiento.Orestes comunicó a Roma el asesinato para que hiciesen una investigación, pero no se llevó a cabo por falta de testigos, y Cirilo sentenció que Hipatia no había muerto, sino que estaba viviendo en Atenas.

Su horrible asesinato significó el fin de la enseñanza platónica en Alejandría y en todo el imperio Romano de la época.

Claudia Fernández Ferreras

Semana de la Mujer en la Ciencia: Mujeres cuidadoras, mujeres envenenadoras

La mujer de las sociedades antiguas pasaba sus largas jornadas en la casa, mientras los hombres se dedicaban a las (así consideradas) nobles ocupaciones del ágora o el foro. Ellas, entretanto, permanecían en la esfera privada, donde se encargaban de varios asuntos, pero ante todo cumplían el papel de cuidadoras, velando por sus hijos y por sus enfermos. Desde el punto de vista antropológico, se comprende que la mujer quedara en casa con el niño, pues solo ella podía amamantarlo. Para esta tarea, las familias con recursos disponían de una nodriza (gr. τίτθη, lat. nutrix); pero, en el caso de las madres humildes, ellas mismas cuidaban de sus hijos. La nodriza es la mujer enteramente dedicada al pequeño, a su alimentación y a su educación, atenta cuentacuentos tan querida por el niño tanto en su infancia como en su madurez –un amor tal nos revela al menos la literatura–. En resumen, la nodriza hace las veces de madre. El pasado 11 de febrero, se publicó en El País una entrevista a María Ángeles Durán, que en 1982 se convirtió en la primera catedrática española de Sociología. Fue ella la creadora del término «cuidatoriado». En relación con este tema, afirmaba que las mujeres continúan teniendo una fuerte conciencia ética del cuidado y, de hecho, son ellas las que sienten el deber de atender a sus enfermos y a sus hijos con más frecuencia que los hombres. En este punto, el paso de los siglos no ha traído consigo un verdadero cambio sustancial. Como bien continúa apuntando la entrevistada, la mujer de hoy ha entrado definitivamente en los mundos de la educación y el empleo y, por esta nueva situación, se ha de actuar de un modo diferente. La mujer de la época preindustrial era cuidadora, pero no es natural que hoy en día siga siendo la única encargada de ello.

Frente a esto, las mujeres griegas y romanas pudieron formar parte de la esfera pública gracias al oficio de comadrona (gr. μαῖα, lat. obstetrix o iatromaea), que por lo general quedaba en manos de las mujeres. Su trabajo no se limitaba a asistir a las parturientas. También se les confiaban problemas de esterilidad e histeria, que las pacientes preferían tratar con personas de su mismo sexo. Quizás la partera más conocida es Fenáreta, la madre de Sócrates. Su profesión inspiró al filósofo ateniense en la llamada mayéutica (μαιευτική, «[ciencia] de las comadronas» < μαῖα), método filosófico con el que conseguía que sus discípulos «dieran a luz» las respuestas a ciertas preguntas que ellos mismos sabían sin haber reparado en ello.

nodriza
Nodriza (s. I a. C., África Púnica)

Así pues, en su dimensión de cuidadora, la mujer no tuvo impedimentos legales para ejercer la medicina ni privada ni públicamente; al menos, la ley romana no se lo prohibió. En el caso de Grecia, Higino recoge la historia de una tal Agnódice, que habría aprendido de Herófilo el arte de la obstetricia, y la habría practicado haciéndose pasar por hombre –estando completamente prohibido que una mujer se dedicara a la profesión médica–. Agnódice fue llevada al Areópago, acusada por los demás médicos de abusar de sus pacientes, y allí mismo descubrió su engaño y reveló ser una mujer. Gracias a la defensa de sus pacientes, la absolvieron y, a partir de ese momento, la mujer pudo ejercer la medicina en Atenas (Fábulas, 274). Es esta una historia marginal, solo presente en Higino, y seguramente también fabulosa. Sea como fuere, lo cierto es que hubo mujeres que ejercieron la medicina (gr. αἱ ἰατροί, lat. medicae). Algunas inscripciones lo atestiguan y tenemos noticia de que incluso algunas de ellas llegaron a escribir tratados: Salpe de Lemnos, Lais, Elefantis o Aspasia.

Desafortunadamente, su relación con el mundo del cuidado, en ocasiones, las puso bajo sospecha de brujería y/o envenenamiento. Como conocedora de plantas y remedios (gr. φάρμακα, lat. medicamina o medicamenta), manejaba, a la vista de los hombres, un arma de doble filo, capaz de curar y matar al mismo tiempo. Como bien indicará Paracelso (s. XVI), una sustancia se convierte en veneno o medicina dependiendo de la dosis. Φάρμακον y medicamentum poseen la doble acepción de «medicina» y «veneno».

Russell
William Russell Flint
Medea, Teseo y Egeo

Las literaturas griega y romana nos presentan un buen número de historias de brujas despiadadas y lujuriosas, que forzaban el amor de los hombres con filtros amorosos o acababan con sus enemigos recurriendo a hierbas ponzoñosas. Nada más que fantasía y deformación de la realidad, pues, a pesar de que tanto mujeres como hombres se sirvieran de prácticas mágicas en diferentes épocas y lugares del mundo antiguo, es falaz su reducción a la esfera femenina.

En fin, curiosa sociedad, que mantenía a sus mujeres encerradas, pero luego fabulaba que, en su encierro, cocían venenos y filtros de amor para arrebatar la voluntad de los hombres, que desconocedores de tales asechanzas, se mantenían ocupados en tan nobles oficios. No hubo suficiente con Gorgonas, Cancerberos y Tifones. Era necesaria Medea, la mujer con dobleces, bienhechora de sus amantes y envenenadora de sus rivales.

Noelia Bernabéu Torreblanca

¿Quién es Atalanta?

Si se lo preguntamos ahora a una persona al azar, probablemente conteste que no sabe quién es. Si tiene algún conocimiento mitológico y le decimos que era una cazadora consagrada a Ártemis, quizá sí sepa que esta última es una diosa griega y posiblemente le suene la historia de la carrera entre Atalanta e Hipómenes o las manzanas que le dieron la victoria a este último.

El desconocimiento de los mitos clásicos en el saber popular es uno de los motivos que nos lleva a querer dar a conocer su figura, que tiene vigencia en la actualidad, puesto que autores que pertenecen a una amplia y respetada tradición de literatura clásica como Calímaco, Pseudo-Apolodoro, Ovidio, Pausanias, Propercio o Higino, etc., le concedieron la inmortalidad introduciéndola en sus obras.

Uno de los episodios en los que se ve involucrada Atalanta es el del enfrentamiento con los centauros Hileo y Reco, quienes la atacaron con la intención de violarla. Pero nuestra heroína, debido a su destreza con el arco y las flechas, habilidad que recibió gracias al favor de Ártemis, se defendió y los hirió de muerte.atalanta

De esta forma reivindica su derecho de ser respetada, puesto que la heroína es un ejemplo de la fuerza interior que todo ser humano tiene innata, pero que en el caso de la figura femenina ha sido apagada o sometida por una sociedad en la que prevalece la figura del hombre, siendo la educación un instrumento que se utilizaba para mantener a la mujer en un rol de sumisión ante el varón anulando su conexión con dicha fuerza, una situación que se ha mantenido hasta la actualidad. Afortunadamente, hoy en día, la sociedad no es tan permisiva con la subyugación de la mujer y tenemos ejemplos que rompen esta tradición. Un ejemplo reciente es el Paro Internacional de Mujeres o Huelga Internacional Feminista del 8-M, convocada en 2018 por organizaciones feministas y aliadas de la lucha por los derechos de las mujeres en todo el mundo con el objeto de luchar contra la violencia machista, la desigualdad de género y las distintas formas de opresión contra las mujeres.

Es bueno recordar que en la sociedad griega de época clásica la mujer griega no tenía derechos jurídicos ni políticos y permanecía bajo la tutela de un hombre griego a lo largo de su vida: primero del padre, después del marido, del hijo en caso de viudez o de su pariente más próximo; y, por supuesto, no tenía voz en la elección de su esposo y debía ser una afable matrona, que obedeciera en todo a su marido. En cambio, Atalanta mostró una actitud impensable para estas mujeres, puesto que nuestra heroína se crió en los bosques de Arcadia, amamantada por una osa y posteriormente acogida por unos cazadores. Esto la caracterizó como una cazadora que vagaba por dichos lugares armada con su arco y sus flechas, enfrentándose a diversos peligros, un comportamiento más propio de los varones. Por ello, Atalanta no tenía cabida en la sociedad griega de época clásica y con ella nos encontramos una de las primeras apariciones de una mujer que lucha frente al abuso del poder masculino, lo que señala así la idoneidad de la heroína como icono feminista.

Además, nuestra heroína fue una transgresora de la sociedad en otros aspectos: participó en la cacería del jabalí de Calidón, otra tarea propia de varones; y para intentar escapar al matrimonio, retaba a sus pretendientes a competir en una carrera, en la que si eran alcanzados por ella, morirían. Para vencerla, Hipómenes pidió ayuda a Afrodita, quien le dio unas manzanas doradas, que este fue lanzando durante la carrera. Mientras Atalanta se agachaba a recogerlas, fue derrotada. Se casaron pero finalmente fueron convertidos en leones: ese fue el castigo por profanar un santuario al mantener relaciones en él, poseídos por un fuerte deseo que había suscitado una Afrodita deseosa de vengarse porque Hipómenes no le había agradecido la ayuda prestada, como nos cuenta Ovidio en su obra Metamorfosis. En efecto, Atalanta se atrevió a transgredir los valores de su sociedad, pero esta desobediencia se pagaba y por ello acabó siendo castigada. Y el temor a los castigos divinos hacía que las mujeres griegas de época clásica no se rebelaran.

Ana Esteban González

Mujeres malditas en Radio 5

Recuperamos algunos podcasts del programa Mujeres Malditas, de Radio 5, que presentan la vida de mujeres míticas o históricas de la Antigüedad, que,a pesar de sus méritos, fueron estigmatizadas por las circunstancias sociales en las que les tocó vivir.

Antígona: la lealtad

Ariadna: la mujer abandonada

Clitemnestra: la pasión

Medea: la queja de las mujeres

Lucrecia: la castidad que derribó al rey

Safo de Lesbos: la décima musa

Aspasia de Mileto: el discurso de Pericles

Hypatia de Alejandría

Cleopatra: una mujer inteligente

Teodora de Bizancio: de prostituta a emperatriz

Marta Martín Díaz

 

Another Sulpicia in the wall

¿Sulpicia, qué Sulpicia?

Además de la recogida en el Corpus Tibullianum hubo en Roma otra poeta con el nombre de Sulpicia. Uxor Caleni, Die Dichterin bekannte aus Martial, Domitian, Second, Other, Younger, Minor o el insidioso diminutivo —Sulpicilla— de Fulgencio son solo algunos de los apelativos que ha recibido y que dejan en evidencia la posición opacada y secundaria a la que múltiples circunstancias han conducido.
A día de hoy nuestra fuente de información más completa sobre Sulpicia sigue siendo Marcial, quien dedica dos de sus epigramas a su colega (10.35 y 10.38) que también debió de vivir en época flavia. El primero de estos poemas, si creemos lo que el poeta bilbilitano nos dice, es el retrato más completo de qué tipo de poesía hacía Sulpicia:

sed castos docet et pios amores,
lusus, delicias facetiasque.
Cuius carmina qui bene aestimarit,
nullam dixerit esse nequiorem,
nullam dixerit esse sanctiorem.
(Mart. 10.35 8-12)

‘sino que enseña amores castos y honrados,
jugueteos, goces y gracias.
Quien sepa apreciar sus versos
diría que ninguna fue más pícara,
diría que ninguna fue más recatada’ (trad. Enrique Montero Cartelle)

Sulpicia escribiría lo que James L. Butrica calificó como sexy poetry, un tipo de poesía amorosa y erótica, presumiblemente autorreferencial, cuyos límites estarían marcados por el matrimonio y en la que aparecería nombrado de manera abierta su marido, Caleno. El segundo poema, el 10,38, es comúnmente interpretado como un lamento fúnebre dirigido a ese mismo marido enviudado, aunque hay quien apunta más hacia un divorcio que hacia un final luctuoso. Lo cierto es que el interludio erótico ampara esta interpretación:

o quae proelia, quas utrimque pugnas
felix lectulus et lucerna vidit
nimbis ebria Nicerotianis!
(Mart. 10.38 6-8)

‘¡Oh qué combates, qué batallas por ambas partes
presenció el lecho dichoso y la lámpara
ebria de perfumes de Níceros’ (trad. de Enrique Montero Cartelle)

Parece que un poema cuyo tono caracteriza Antonio La Penna como festoso e luminoso mal cumple con lo que se espera de un lamento fúnebre.
Las noticias posteriores pertenecen a poetas tardíos y su fiabilidad no está bien establecida. Ausonio menciona en el prólogo a su Centon nuptialis a Sulpicia y también ella ocupa dos versos en un poema de Sidonio Apolinar (Carm. 9 261-262); en ambos casos aparece lo suficientemente cerca de referencias a Marcial como inducir a la sospecha. Más claro parece el caso de Fulgencio que en una ocasión (Mit. 1.23) se refiere a ella como Sulpicillae Ausonianae en paralelo con Sallustianae… Semproniae, lo que invita a pensar que Fulgencio depende de Ausonio en su conocimiento de Sulpicia. No es imposible que estos tres autores tuvieran conocimiento de nuestra poeta pero lo cierto es que todas las noticias son también explicables solo a partir del par de epigramas de Marcial.

Historia de la historia de Sulpicia.

En autores tan fragmentarios ocurre algo curioso. Más que en los otros casos la historia literaria, la historia de la recepción y la propia historia de la investigación confluyen y es complicado distinguir realmente una de otra.
Sulpicia ha sido durante la mayor parte de la historia de la filología moderna una nota erudita con la que apuntalar la lectura de Juvenal, Marcial, Ausonio, Sidonio y Fulgencio, o bien la persona a la que un autor tardío pudo adscribir una fabella sobre la expulsión de los filósofos por Domiciano; una útil referencia para los márgenes de los libros.
En 1991 Carol U. Merriam, en uno de los scholia que publicaba Classical World llamó la atención sobre la otra Sulpicia. Irónicamente, y como no han dejado de notar persistentemente los autores posteriores, pese a que Merriam se queja del desentendimiento de la crítica hacia Sulpicia, ella misma comete algunos errores. En cualquier caso la importancia de su texto en el estudio de Sulpicia es máxima. En el número siguiente de Classical World, hace ya un cuarto de siglo, y como respuesta directa a la breve nota de Merriam, encontraron cabida una tríada de excelentes artículos sobre Sulpicia a cargo de Judith Hallet, Holt Parker y Amy Richlin. Con ellos Sulpicia dejó de ser una rareza relegada a los aparatos críticos para encontrar su sitio dentro de las corrientes contemporáneas en el estudio de la literatura latina y con mayor o menor incidencia ha merecido la atención de Emily A. Hemelrij, Silvia Mattiacci, Sergio Casali, James L. Butrica o Margot Neget.

Reconquistando a Sulpicia.

Recuperar la persona y la obra de Sulpicia no es tarea ni fácil ni directa, sino el fruto de un largo proceso mediado.
A mediados del siglo XV, cuando preparaba su edición de Juvenal, Giorgio Valla, presumiblemente el primo de Lorenzo Valla, hizo uso de un manuscrito, hoy perdido, que contenía scholia a las ocho primeras sátiras atribuidos a Probo. Lo que podemos saber con certeza de este Probo es que no se trata de M. Valerio Probo, el famoso gramático. Su prestigio, sin embargo, hizo que circulasen muchas obras con su nombre en época tardía y medieval, y precisamente una de ellas son los scholia a Juvenal, cuya primera redacción se suele datar alrededor del siglo IV. Además de transmitir los únicos cuatro versos supervivientes del De bello Germanico de Estacio —no todo podían ser buenas noticias—, este Probus Vallae copia los dos únicos versos conocido que con seguridad pueden atribuirse a Sulpicia, que en la edición de Blänsdorf quedan así:

si me cadurci restitutis fasciis
nudam Caleno concubantem proferat

‘si ya reparadas las tiras de la colcha me
expusiese desnuda acostándome con Caleno’

El par de versos ha sido objeto de una intensa labor crítica e incluso bajo esa forma, que no es necesariamente la mejor, son múltiples las interpretaciones y traducciones posibles. A modo de ejemplo, en la edición presentada, el sujeto de proferat  no aparece explícito. Mientras que más o menos el grueso de la crítica ha visto en estos versos una mínima muestra de la poesía erótico-amorosa de Sulpicia, Amy Richlin en su artículo de 1992 —que sin duda sigue siendo uno de los más sugerentes textos que hasta hoy se han escrito sobre Sulpicia— planteaba la hipótesis de que podrían pertenecer a un texto satírico en el que Caleno fuese ya su exmarido. Richlin, como otros antes, ven en el cadurcum (la colcha) una metáfora del matrimonio, mientras que quienes abogan por un fragmento de poesía erótica defienden una lectura más literal: la cama habría quedado rota de tanto hacer el amor.
El par de trímetros yámbicos es, con todo, la parte fácil en la lucha por recuperar a Sulpicia. Dos artículos póstumos vinieron en 2006 a ampliar el campo de batalla. Su autor, J. L. Butrica, proponía reconducir la autoría de la Sulpiciae conquestio, un poema de setenta versos considerado invariablemente desde comienzos del siglo pasado como un texto pseudoepigráfico de nunca antes del siglo IV, hacia nuestra autora. Además de realizar una nueva edición del texto, Butrica respondía uno por uno a todos los argumentos que en los últimos cien años se habían venido esgrimiendo contra la atribución a Sulpicia. El resultado es extraordinariamente convincente, pero por desgracia hasta donde alcanzo no ha generado la más mínima reacción, ni en un sentido ni en otro. Por ejemplo, en el capítulo dedicado a la Sulpiciae conquestio de un libro aparecido en 2010 el autor ni menciona el artículo de Butrica —en descargo de ese autor diremos que, en general, parece ignorar toda la literatura técnica relacionada—.
En su otro artículo Butrica, con argumentos algo más endebles, atribuía también a Sulpicia un poema situado inmediatamente antes que la Sulpiciae conquestio en la colección que conserva esos dos textos entre otros. De nuevo, parece que nadie se ha molestado hasta ahora en refutar o apoyar su hipótesis; podemos tomarnos por el momento la libertad de pensar que quizá no solo se han conservado un par de versos de esta poeta.
Sin constituir una especulación desbocada bien podemos asumir que dos motivos principales borraron a Sulpicia de la (historia de la) literatura latina: su condición de mujer y el tipo de literatura que practicaba. Quizá esos mismos motivos, como se ha sugerido, proscribieron su obra no sólo de la transmisión sino de la circulación pública y abierta en su propio tiempo. Por ello, es la investigación la que ahora puede corregir esta situación y recuperar poco a poco y sin grandes pretensiones, es cierto, el espacio que Sulpicia supo arrogarse. Los romanos de época imperial perdieron su ocasión de integrar a Sulpicia en la literatura latina; la oportunidad es nuestra.

Diego Corral Varela

Canon de mujeres escritoras: un antecedente clásico

Uno de los temas más debatidos por la crítica literaria feminista a finales del XX, en la tendencia dedicada al estudio de la literatura escrita por mujeres (gynocriticism), fue el del canon. Las escritoras prácticamente no tienen espacio en los cánones al uso, en los que predominan escritores, siempre elegidos por críticos hombres. De manera que uno de los propósitos del gynocriticism fue investigar tradiciones compuestas por mujeres que se leyeran unas a otras y que llegaran a formar un continuum del que poder seleccionar a las autoras más importantes para crear con ellas un contra-canon femenino. Se intentaba así visibilizar a las escritoras y evitar que quedaran marginadas o fueran consideradas secundarias, relegadas siempre a la letra pequeña en las Historias de la literatura.

Pues bien, la creación de un canon de mujeres escritoras, que parecía absoluta novedad aportada por la crítica literaria feminista, tiene un antecedente en el Mundo Clásico. En la cultura griega  ya hubo un doble canon de poetas líricos: el canon alejandrino de los nueve líricos establecido por Aristóteles de Bizancio en el s. III a. C. (Alcmán, Alceo, Safo, Estesícoro, Píndaro, Baquílides, Íbico, Anacreonte y Simónides), en el que solo aparece una mujer, Safo; y el que leemos en un epigrama de Antípatro de Tesalónica, un epigramista del s. I d.C. de época augústea, que recoge también las  nueve poetisas más señeras de la lengua griega, como una especie de correlato del canon alejandrino de los nueve líricos. El epigramista no ahorra elogios a estas nueve poetisas, de las que señala una y otra vez su especificidad y su diferencia con respecto a los poetas. Recordemos que uno de los aspectos más estudiados por el gynocriticism son las diferencias, lo que distingue a la escritura femenina de la masculina en virtud de las diferencias de género existentes en el subtexto social.

Pueden comprobarlo leyendo el texto del epigrama en su traducción al castellano:

Canon de poetisas griegas

A estas mujeres de divina lengua las nutrieron
el Helicón y la peña macedonia de Pieria con sus cantos;
Praxila, Mero, la boca de Ánite, Homero femenino,
Safo, ornato de las lesbias de hermosas trenzas;
Erina, la ilustre Telesila y tú Corina,
cantora del ardido escudo de Atenea.
Nóside, de femenina lengua y la de dulces sones, Mirtis,
autoras todas de inmortales páginas.
Nueve musas engendró el gran Urano, y a estas nueve
la Tierra, para eterno solaz de los mortales.
(Antípatro de Tesalónica, A. P. IX 26 [Traducción de Guillermo Galán Vioque])

Rosario Cortés Tovar