Hechiceras, sacerdotisas y magas: las poderosas mujeres de Pilar Pedraza

Muchas veces llegamos a los clásicos cuando todavía no toca leerlos. Lo hacemos siguiendo la senda de eso que llamamos los docentes “el plan lector de centro”: un listado de lecturas obligatorias para los distintos cursos de la ESO y Bachillerato. En teoría, el objetivo que persigue este plan es fomentar el hábito lector entre el alumnado desde el disfrute de la literatura. Sin embargo, si alguien me hubiera preguntado cuando estaba en 3º de la ESO si disfruté de la soporífera selección de cuentos del Conde Lucanor —ni siquiera era una adaptación—se habrían encontrado con el testimonio de una muchacha sensible a la que le gustaba la poesía, pero que vivió aquel coñazo supino del Conde y Patronio como un auténtico trauma. ¿Acaso disfrutaron ustedes de la lectura del combate entre Don Carnal y Doña Cuaresma? ¿Les dejó sin aliento la violación y apaleamiento de las hijas del Cid por los despiadados Infantes de Carrión? ¿Sintieron ese mancillamiento, tan épico, de la honra como propio cuando sólo tenían 14 años? ¿Acaso les conmovieron estas obras medievales? Afortunadamente, más tarde, y también dentro de ese mismo plan lector del centro en el que estudié, cayeron en mis manos joyas como El camino de Delibes, las Leyendas de Bécquer (aquellos diabólicos y seductores Ojos verdes todavía no los he conseguido olvidar), El guardián entre el centeno de Salinguer y El árbol de la ciencia de Baroja, cuyo protagonista, Andrés Hurtado, fue mi amor platónico durante mucho tiempo (¡ay el fervor de la adolescencia…!).

Sin embargo, pese a haber tenido esta relación tan ambivalente, casi de amor-odio, con las mal llamadas “lecturas obligatorias”— pues la obligatoriedad que se está exigiendo a algo que debería estar destinado a producir placer acaba de forma inminente con cualquier atisbo de disfrute o deleite—, una vez convertida en profesora de Latín, me veo cometiendo con mis alumnos los mismos errores que mis profesores cometieron conmigo en el pasado. Puesto que Cicerón y César son autores que deben traducirse en la Evaluación del Bachillerato para el Acceso a la Universidad (EBAU), no solo traducimos y leemos en clase diversos capítulos de La guerra de las Galias y La conjuración de Catilina, sino que, además, —seguimos para bingo, señores— leemos La conjuración de Catilina de Salustio. Pero esto se va a acabar gracias al descubrimiento fortuito de una novela que me ha entusiasmado: Lobas de Tesalia (2015) de Pilar Pedraza.

Por caprichos del azar y juegos del destino, durante el tedioso periodo de confinamiento en que los días parecían años y los meses, lustros, di por casualidad con una excelente entrevista a esta autora toledana, publicada en la revista Jot Down. De Pilar Pedraza (Toledo, 1951) se ha dicho de todo: que es gótica, feminista y que escribe novelas de terror. Hay quienes incluso la han apodado “la dama oscura” debido a su devoción por lo tétrico, lo espantoso y lo macabro. Nada de eso. Pedraza prefiere no encasillarse y afirma que ella es “escritora y ya está”. Defensora como es de un género tan injustamente denostado —la literatura fantástica—, feminista por condición y convicción, rechaza las polémicas que no van a ninguna parte y no escribe pensando en que esto o aquello pueda herir la sensibilidad de alguien. A este respecto resulta especialmente divertida la anécdota que cuenta en la entrevista para Jot Down: uno de sus cuentos, ambientado en el siglo XVII, cuyo argumento giraba en torno a la autopsia a un hermafrodita, estuvo a punto de sufrir cierta censura porque eran médicos y no médicas quienes iban a realizar la intervención y porque “lo del hermafrodita podría incomodar a los niños que tienen hermafroditismo”. Ella no se doblega ante el “lector sensible”. Nuestra querida dama oscura va por libre. Es fiel a sus principios, a sí misma y se debe a sus personajes, a sus novelas y a la literatura.

En Lobas de Tesalia encontramos los ingredientes tradicionales de una novela de aventuras en toda regla: viajes a lugares exóticos y desconocidos, escenas horripilantes, omnipresencia del elemento mágico, peripecias diversas e, incluso, amor. Pero, sin duda, una de las cosas que más debemos elogiarle es su maestría a la hora de crear poderosos personajes femeninos por los que es palpable que siente una honda y sincera admiración: habilidosas farmakeutriai como la protagonista, Lupercia Mania, y su difunta amiga Póstuma; ariscas esclavas ante cuyos encantos se rinden todos los jóvenes, como la joven Cátula; misteriosas hechiceras consagradas a Héctate, como Macaria; sabias sacerdotisas etruscas como Thanakyl o imponentes mujeres como la Sibila de Cumas, de la que Lupercia dice: “Era enorme, hercúlea, dibujada en dos dimensiones como inscrita en un círculo, vestida con sedas de colores radiantes, claros y contrastados. Tenía la piel morena y los ojos inmóviles como los de los dioses, con el iris celeste muy claro y las pupilas como cabezas de alfiler. No hay ojos azules tan puros como esos ni siquiera entre los germanos; no es extraño que enamoraran a Apolo, dios de la claridad radiante”.

La ternura, la sororidad, el afecto, la camaradería y, también, la mala leche y unas buenas dosis de humor, constituyen los grandes aciertos de esta original novela ambientada en la Roma imperial que se presenta como la lectura idónea para acercar a los estudiantes de Bachillerato al apasionante mundo de los difuntos y las malignas larvae, de los misterios de Hécate y de las brujas de Tesalia. Porque no todo va a ser Cicerón y César.

“Thanakyl y las amazonas partieron hacia sus respectivos templos en Roma. Yo permanecí un par de días en la casa de la Sibila recuperándome en compañía de Macaria. (…) Macaria y yo, cuidadas por mi vieja Demetria, tuvimos tiempo y libertad para comunicarnos y compartir nuestro mutuo afecto en aquel palacio sencillo y delicioso, regalo de Apolo, rodeado de arbustos y fragante laurel. Fue un tiempo perfecto, el tiempo de las mujeres.”

Lobas de Tesalia (2015). Pilar Pedraza.

Carolina Álvarez Marcos.

 

 

 

Semana de la Mujer en la Ciencia: Hipatia

En el 332 a.C. Alejandro Magno fundó en Egipto la ciudad de Alejandría, a orillas del río Nilo. Casi en menos de un siglo, esta ciudad se había convertido en una metrópolis de al menos un millón de personas, remplazando a Atenas como centro del estudio de la ciencia en Grecia.

Años más tarde, Ptolomeo I, ayudante de Alejandro, estableció su propia dinastía. Como había sido estudiante de Aristóteles, al igual que Alejandro, decidió fundar el Museo, porque la situación en Egipto respecto a la investigación científica era pésima. El Museo era una institución dedicada a la investigación y a la enseñanza; se contrataron 100 profesores, se construyó la Gran Biblioteca, un zoo, un jardín botánico, un observatorio y salas de disección. La mayoría de los mejores científicos del momento iban a Alejandría a investigar, y de ese modo, a pesar de convertirse en colonia del imperio romano en el 30 a.C., se mantuvo como el centro de todo poder político e intelectual.

Se creyó durante quince siglos que Hipatia de Alejandría había sido la única mujer científica de la historia hasta que llegó María Curie. Hipatia es de las científicas más antiguas de las que tenemos bastante información sobre su vida. Si bien es cierto que la mayor parte de sus escritos se perdieron, hay muchas referencias que los nombran. Su desaparición ha acabado por simbolizar el fin de la era de la ciencia en la Antigüedad.

Nació en el 370, cuando en Alejandría se estaba viviendo un cambio: el imperio romano se estaba convirtiendo al cristianismo, que tachaba de herejía a las matemáticas y a la ciencia. Los que estudiaban las ciencias era probable que fuesen quemados vivos, entre otras formas de tortura.

Hipatia viajó a Atenas e Italia, y finalmente se asentó en Alejandría, donde se convirtió en profesora de matemáticas y filosofía. Debido a la situación social, el Museo ya no era lo que había sido antaño: en ese momento había escuelas para paganos, judíos y cristianos. Pero Hipatia enseñaba a la gente, fuese de la religión que fuese.

La mayor parte de lo que escribió Hipatia fue para sus estudiantes. No hemos podido conservar nada intacto, pero algunas partes de su trabajo aparecen en los testimonios de su padre, Teón. Sobre todo se dedicó al álgebra. Escribió un comentario en 13 libros sobre la Aritmética de Diofanto, que trabajó en Alejandría en el siglo III, y que se considera como el padre del álgebra. También ayudó a Teón a revisar un tratado de geometría de Euclides.

Además de cultivar la filosofía y las matemáticas, también se interesó por la mecánica y la práctica tecnológica. Como le fascinaban tanto las figuras geométricas, diseñó algunos planos para hacer instrumentos científicos, como un astrolabio (se utilizaba para medir las posiciones de los planetas, el sol y las estrellas). Y creó un aparato para medir el nivel del agua y un hidrómetro para determinar la densidad de un líquido.

Hipatia se empezó a interesar por la situación política que estaba viviendo Alejandría. Había cierta rivalidad entre las escuelas neoplatónicas de Alejandría y de Atenas pero su neoplatonismo era bastante tolerante, . Sin embargo, para los cristianos todos eran herejes.

Se encontró en una situación delicada y peligrosa cuando un cristiano fanático, Cirilo, se convirtió en el patriarca de Alejandría, intensificando la hostilidad ya presente en la ciudad entre cristianos y no cristianos, pero sobre todo con el Prefecto Romano de Egipto, Orestes, que había sido estudiante y era amigo de Hipatia. Orestes pidió a Hipatia que se convirtiese en cristiana y que abandonase sus ideas, porque de otro modo corría muchísimo peligro, a lo que ella se negó. Finalmente fue asesinada por desollamiento.Orestes comunicó a Roma el asesinato para que hiciesen una investigación, pero no se llevó a cabo por falta de testigos, y Cirilo sentenció que Hipatia no había muerto, sino que estaba viviendo en Atenas.

Su horrible asesinato significó el fin de la enseñanza platónica en Alejandría y en todo el imperio Romano de la época.

Claudia Fernández Ferreras

Semana de la Mujer en la Ciencia: Mujeres cuidadoras, mujeres envenenadoras

La mujer de las sociedades antiguas pasaba sus largas jornadas en la casa, mientras los hombres se dedicaban a las (así consideradas) nobles ocupaciones del ágora o el foro. Ellas, entretanto, permanecían en la esfera privada, donde se encargaban de varios asuntos, pero ante todo cumplían el papel de cuidadoras, velando por sus hijos y por sus enfermos. Desde el punto de vista antropológico, se comprende que la mujer quedara en casa con el niño, pues solo ella podía amamantarlo. Para esta tarea, las familias con recursos disponían de una nodriza (gr. τίτθη, lat. nutrix); pero, en el caso de las madres humildes, ellas mismas cuidaban de sus hijos. La nodriza es la mujer enteramente dedicada al pequeño, a su alimentación y a su educación, atenta cuentacuentos tan querida por el niño tanto en su infancia como en su madurez –un amor tal nos revela al menos la literatura–. En resumen, la nodriza hace las veces de madre. El pasado 11 de febrero, se publicó en El País una entrevista a María Ángeles Durán, que en 1982 se convirtió en la primera catedrática española de Sociología. Fue ella la creadora del término «cuidatoriado». En relación con este tema, afirmaba que las mujeres continúan teniendo una fuerte conciencia ética del cuidado y, de hecho, son ellas las que sienten el deber de atender a sus enfermos y a sus hijos con más frecuencia que los hombres. En este punto, el paso de los siglos no ha traído consigo un verdadero cambio sustancial. Como bien continúa apuntando la entrevistada, la mujer de hoy ha entrado definitivamente en los mundos de la educación y el empleo y, por esta nueva situación, se ha de actuar de un modo diferente. La mujer de la época preindustrial era cuidadora, pero no es natural que hoy en día siga siendo la única encargada de ello.

Frente a esto, las mujeres griegas y romanas pudieron formar parte de la esfera pública gracias al oficio de comadrona (gr. μαῖα, lat. obstetrix o iatromaea), que por lo general quedaba en manos de las mujeres. Su trabajo no se limitaba a asistir a las parturientas. También se les confiaban problemas de esterilidad e histeria, que las pacientes preferían tratar con personas de su mismo sexo. Quizás la partera más conocida es Fenáreta, la madre de Sócrates. Su profesión inspiró al filósofo ateniense en la llamada mayéutica (μαιευτική, «[ciencia] de las comadronas» < μαῖα), método filosófico con el que conseguía que sus discípulos «dieran a luz» las respuestas a ciertas preguntas que ellos mismos sabían sin haber reparado en ello.

nodriza
Nodriza (s. I a. C., África Púnica)

Así pues, en su dimensión de cuidadora, la mujer no tuvo impedimentos legales para ejercer la medicina ni privada ni públicamente; al menos, la ley romana no se lo prohibió. En el caso de Grecia, Higino recoge la historia de una tal Agnódice, que habría aprendido de Herófilo el arte de la obstetricia, y la habría practicado haciéndose pasar por hombre –estando completamente prohibido que una mujer se dedicara a la profesión médica–. Agnódice fue llevada al Areópago, acusada por los demás médicos de abusar de sus pacientes, y allí mismo descubrió su engaño y reveló ser una mujer. Gracias a la defensa de sus pacientes, la absolvieron y, a partir de ese momento, la mujer pudo ejercer la medicina en Atenas (Fábulas, 274). Es esta una historia marginal, solo presente en Higino, y seguramente también fabulosa. Sea como fuere, lo cierto es que hubo mujeres que ejercieron la medicina (gr. αἱ ἰατροί, lat. medicae). Algunas inscripciones lo atestiguan y tenemos noticia de que incluso algunas de ellas llegaron a escribir tratados: Salpe de Lemnos, Lais, Elefantis o Aspasia.

Desafortunadamente, su relación con el mundo del cuidado, en ocasiones, las puso bajo sospecha de brujería y/o envenenamiento. Como conocedora de plantas y remedios (gr. φάρμακα, lat. medicamina o medicamenta), manejaba, a la vista de los hombres, un arma de doble filo, capaz de curar y matar al mismo tiempo. Como bien indicará Paracelso (s. XVI), una sustancia se convierte en veneno o medicina dependiendo de la dosis. Φάρμακον y medicamentum poseen la doble acepción de «medicina» y «veneno».

Russell
William Russell Flint
Medea, Teseo y Egeo

Las literaturas griega y romana nos presentan un buen número de historias de brujas despiadadas y lujuriosas, que forzaban el amor de los hombres con filtros amorosos o acababan con sus enemigos recurriendo a hierbas ponzoñosas. Nada más que fantasía y deformación de la realidad, pues, a pesar de que tanto mujeres como hombres se sirvieran de prácticas mágicas en diferentes épocas y lugares del mundo antiguo, es falaz su reducción a la esfera femenina.

En fin, curiosa sociedad, que mantenía a sus mujeres encerradas, pero luego fabulaba que, en su encierro, cocían venenos y filtros de amor para arrebatar la voluntad de los hombres, que desconocedores de tales asechanzas, se mantenían ocupados en tan nobles oficios. No hubo suficiente con Gorgonas, Cancerberos y Tifones. Era necesaria Medea, la mujer con dobleces, bienhechora de sus amantes y envenenadora de sus rivales.

Noelia Bernabéu Torreblanca

¿Quién es Atalanta?

Si se lo preguntamos ahora a una persona al azar, probablemente conteste que no sabe quién es. Si tiene algún conocimiento mitológico y le decimos que era una cazadora consagrada a Ártemis, quizá sí sepa que esta última es una diosa griega y posiblemente le suene la historia de la carrera entre Atalanta e Hipómenes o las manzanas que le dieron la victoria a este último.

El desconocimiento de los mitos clásicos en el saber popular es uno de los motivos que nos lleva a querer dar a conocer su figura, que tiene vigencia en la actualidad, puesto que autores que pertenecen a una amplia y respetada tradición de literatura clásica como Calímaco, Pseudo-Apolodoro, Ovidio, Pausanias, Propercio o Higino, etc., le concedieron la inmortalidad introduciéndola en sus obras.

Uno de los episodios en los que se ve involucrada Atalanta es el del enfrentamiento con los centauros Hileo y Reco, quienes la atacaron con la intención de violarla. Pero nuestra heroína, debido a su destreza con el arco y las flechas, habilidad que recibió gracias al favor de Ártemis, se defendió y los hirió de muerte.atalanta

De esta forma reivindica su derecho de ser respetada, puesto que la heroína es un ejemplo de la fuerza interior que todo ser humano tiene innata, pero que en el caso de la figura femenina ha sido apagada o sometida por una sociedad en la que prevalece la figura del hombre, siendo la educación un instrumento que se utilizaba para mantener a la mujer en un rol de sumisión ante el varón anulando su conexión con dicha fuerza, una situación que se ha mantenido hasta la actualidad. Afortunadamente, hoy en día, la sociedad no es tan permisiva con la subyugación de la mujer y tenemos ejemplos que rompen esta tradición. Un ejemplo reciente es el Paro Internacional de Mujeres o Huelga Internacional Feminista del 8-M, convocada en 2018 por organizaciones feministas y aliadas de la lucha por los derechos de las mujeres en todo el mundo con el objeto de luchar contra la violencia machista, la desigualdad de género y las distintas formas de opresión contra las mujeres.

Es bueno recordar que en la sociedad griega de época clásica la mujer griega no tenía derechos jurídicos ni políticos y permanecía bajo la tutela de un hombre griego a lo largo de su vida: primero del padre, después del marido, del hijo en caso de viudez o de su pariente más próximo; y, por supuesto, no tenía voz en la elección de su esposo y debía ser una afable matrona, que obedeciera en todo a su marido. En cambio, Atalanta mostró una actitud impensable para estas mujeres, puesto que nuestra heroína se crió en los bosques de Arcadia, amamantada por una osa y posteriormente acogida por unos cazadores. Esto la caracterizó como una cazadora que vagaba por dichos lugares armada con su arco y sus flechas, enfrentándose a diversos peligros, un comportamiento más propio de los varones. Por ello, Atalanta no tenía cabida en la sociedad griega de época clásica y con ella nos encontramos una de las primeras apariciones de una mujer que lucha frente al abuso del poder masculino, lo que señala así la idoneidad de la heroína como icono feminista.

Además, nuestra heroína fue una transgresora de la sociedad en otros aspectos: participó en la cacería del jabalí de Calidón, otra tarea propia de varones; y para intentar escapar al matrimonio, retaba a sus pretendientes a competir en una carrera, en la que si eran alcanzados por ella, morirían. Para vencerla, Hipómenes pidió ayuda a Afrodita, quien le dio unas manzanas doradas, que este fue lanzando durante la carrera. Mientras Atalanta se agachaba a recogerlas, fue derrotada. Se casaron pero finalmente fueron convertidos en leones: ese fue el castigo por profanar un santuario al mantener relaciones en él, poseídos por un fuerte deseo que había suscitado una Afrodita deseosa de vengarse porque Hipómenes no le había agradecido la ayuda prestada, como nos cuenta Ovidio en su obra Metamorfosis. En efecto, Atalanta se atrevió a transgredir los valores de su sociedad, pero esta desobediencia se pagaba y por ello acabó siendo castigada. Y el temor a los castigos divinos hacía que las mujeres griegas de época clásica no se rebelaran.

Ana Esteban González

Mujeres malditas en Radio 5

Recuperamos algunos podcasts del programa Mujeres Malditas, de Radio 5, que presentan la vida de mujeres míticas o históricas de la Antigüedad, que,a pesar de sus méritos, fueron estigmatizadas por las circunstancias sociales en las que les tocó vivir.

Antígona: la lealtad

Ariadna: la mujer abandonada

Clitemnestra: la pasión

Medea: la queja de las mujeres

Lucrecia: la castidad que derribó al rey

Safo de Lesbos: la décima musa

Aspasia de Mileto: el discurso de Pericles

Hypatia de Alejandría

Cleopatra: una mujer inteligente

Teodora de Bizancio: de prostituta a emperatriz

Marta Martín Díaz

 

Another Sulpicia in the wall

¿Sulpicia, qué Sulpicia?

Además de la recogida en el Corpus Tibullianum hubo en Roma otra poeta con el nombre de Sulpicia. Uxor Caleni, Die Dichterin bekannte aus Martial, Domitian, Second, Other, Younger, Minor o el insidioso diminutivo —Sulpicilla— de Fulgencio son solo algunos de los apelativos que ha recibido y que dejan en evidencia la posición opacada y secundaria a la que múltiples circunstancias han conducido.
A día de hoy nuestra fuente de información más completa sobre Sulpicia sigue siendo Marcial, quien dedica dos de sus epigramas a su colega (10.35 y 10.38) que también debió de vivir en época flavia. El primero de estos poemas, si creemos lo que el poeta bilbilitano nos dice, es el retrato más completo de qué tipo de poesía hacía Sulpicia:

sed castos docet et pios amores,
lusus, delicias facetiasque.
Cuius carmina qui bene aestimarit,
nullam dixerit esse nequiorem,
nullam dixerit esse sanctiorem.
(Mart. 10.35 8-12)

‘sino que enseña amores castos y honrados,
jugueteos, goces y gracias.
Quien sepa apreciar sus versos
diría que ninguna fue más pícara,
diría que ninguna fue más recatada’ (trad. Enrique Montero Cartelle)

Sulpicia escribiría lo que James L. Butrica calificó como sexy poetry, un tipo de poesía amorosa y erótica, presumiblemente autorreferencial, cuyos límites estarían marcados por el matrimonio y en la que aparecería nombrado de manera abierta su marido, Caleno. El segundo poema, el 10,38, es comúnmente interpretado como un lamento fúnebre dirigido a ese mismo marido enviudado, aunque hay quien apunta más hacia un divorcio que hacia un final luctuoso. Lo cierto es que el interludio erótico ampara esta interpretación:

o quae proelia, quas utrimque pugnas
felix lectulus et lucerna vidit
nimbis ebria Nicerotianis!
(Mart. 10.38 6-8)

‘¡Oh qué combates, qué batallas por ambas partes
presenció el lecho dichoso y la lámpara
ebria de perfumes de Níceros’ (trad. de Enrique Montero Cartelle)

Parece que un poema cuyo tono caracteriza Antonio La Penna como festoso e luminoso mal cumple con lo que se espera de un lamento fúnebre.
Las noticias posteriores pertenecen a poetas tardíos y su fiabilidad no está bien establecida. Ausonio menciona en el prólogo a su Centon nuptialis a Sulpicia y también ella ocupa dos versos en un poema de Sidonio Apolinar (Carm. 9 261-262); en ambos casos aparece lo suficientemente cerca de referencias a Marcial como inducir a la sospecha. Más claro parece el caso de Fulgencio que en una ocasión (Mit. 1.23) se refiere a ella como Sulpicillae Ausonianae en paralelo con Sallustianae… Semproniae, lo que invita a pensar que Fulgencio depende de Ausonio en su conocimiento de Sulpicia. No es imposible que estos tres autores tuvieran conocimiento de nuestra poeta pero lo cierto es que todas las noticias son también explicables solo a partir del par de epigramas de Marcial.

Historia de la historia de Sulpicia.

En autores tan fragmentarios ocurre algo curioso. Más que en los otros casos la historia literaria, la historia de la recepción y la propia historia de la investigación confluyen y es complicado distinguir realmente una de otra.
Sulpicia ha sido durante la mayor parte de la historia de la filología moderna una nota erudita con la que apuntalar la lectura de Juvenal, Marcial, Ausonio, Sidonio y Fulgencio, o bien la persona a la que un autor tardío pudo adscribir una fabella sobre la expulsión de los filósofos por Domiciano; una útil referencia para los márgenes de los libros.
En 1991 Carol U. Merriam, en uno de los scholia que publicaba Classical World llamó la atención sobre la otra Sulpicia. Irónicamente, y como no han dejado de notar persistentemente los autores posteriores, pese a que Merriam se queja del desentendimiento de la crítica hacia Sulpicia, ella misma comete algunos errores. En cualquier caso la importancia de su texto en el estudio de Sulpicia es máxima. En el número siguiente de Classical World, hace ya un cuarto de siglo, y como respuesta directa a la breve nota de Merriam, encontraron cabida una tríada de excelentes artículos sobre Sulpicia a cargo de Judith Hallet, Holt Parker y Amy Richlin. Con ellos Sulpicia dejó de ser una rareza relegada a los aparatos críticos para encontrar su sitio dentro de las corrientes contemporáneas en el estudio de la literatura latina y con mayor o menor incidencia ha merecido la atención de Emily A. Hemelrij, Silvia Mattiacci, Sergio Casali, James L. Butrica o Margot Neget.

Reconquistando a Sulpicia.

Recuperar la persona y la obra de Sulpicia no es tarea ni fácil ni directa, sino el fruto de un largo proceso mediado.
A mediados del siglo XV, cuando preparaba su edición de Juvenal, Giorgio Valla, presumiblemente el primo de Lorenzo Valla, hizo uso de un manuscrito, hoy perdido, que contenía scholia a las ocho primeras sátiras atribuidos a Probo. Lo que podemos saber con certeza de este Probo es que no se trata de M. Valerio Probo, el famoso gramático. Su prestigio, sin embargo, hizo que circulasen muchas obras con su nombre en época tardía y medieval, y precisamente una de ellas son los scholia a Juvenal, cuya primera redacción se suele datar alrededor del siglo IV. Además de transmitir los únicos cuatro versos supervivientes del De bello Germanico de Estacio —no todo podían ser buenas noticias—, este Probus Vallae copia los dos únicos versos conocido que con seguridad pueden atribuirse a Sulpicia, que en la edición de Blänsdorf quedan así:

si me cadurci restitutis fasciis
nudam Caleno concubantem proferat

‘si ya reparadas las tiras de la colcha me
expusiese desnuda acostándome con Caleno’

El par de versos ha sido objeto de una intensa labor crítica e incluso bajo esa forma, que no es necesariamente la mejor, son múltiples las interpretaciones y traducciones posibles. A modo de ejemplo, en la edición presentada, el sujeto de proferat  no aparece explícito. Mientras que más o menos el grueso de la crítica ha visto en estos versos una mínima muestra de la poesía erótico-amorosa de Sulpicia, Amy Richlin en su artículo de 1992 —que sin duda sigue siendo uno de los más sugerentes textos que hasta hoy se han escrito sobre Sulpicia— planteaba la hipótesis de que podrían pertenecer a un texto satírico en el que Caleno fuese ya su exmarido. Richlin, como otros antes, ven en el cadurcum (la colcha) una metáfora del matrimonio, mientras que quienes abogan por un fragmento de poesía erótica defienden una lectura más literal: la cama habría quedado rota de tanto hacer el amor.
El par de trímetros yámbicos es, con todo, la parte fácil en la lucha por recuperar a Sulpicia. Dos artículos póstumos vinieron en 2006 a ampliar el campo de batalla. Su autor, J. L. Butrica, proponía reconducir la autoría de la Sulpiciae conquestio, un poema de setenta versos considerado invariablemente desde comienzos del siglo pasado como un texto pseudoepigráfico de nunca antes del siglo IV, hacia nuestra autora. Además de realizar una nueva edición del texto, Butrica respondía uno por uno a todos los argumentos que en los últimos cien años se habían venido esgrimiendo contra la atribución a Sulpicia. El resultado es extraordinariamente convincente, pero por desgracia hasta donde alcanzo no ha generado la más mínima reacción, ni en un sentido ni en otro. Por ejemplo, en el capítulo dedicado a la Sulpiciae conquestio de un libro aparecido en 2010 el autor ni menciona el artículo de Butrica —en descargo de ese autor diremos que, en general, parece ignorar toda la literatura técnica relacionada—.
En su otro artículo Butrica, con argumentos algo más endebles, atribuía también a Sulpicia un poema situado inmediatamente antes que la Sulpiciae conquestio en la colección que conserva esos dos textos entre otros. De nuevo, parece que nadie se ha molestado hasta ahora en refutar o apoyar su hipótesis; podemos tomarnos por el momento la libertad de pensar que quizá no solo se han conservado un par de versos de esta poeta.
Sin constituir una especulación desbocada bien podemos asumir que dos motivos principales borraron a Sulpicia de la (historia de la) literatura latina: su condición de mujer y el tipo de literatura que practicaba. Quizá esos mismos motivos, como se ha sugerido, proscribieron su obra no sólo de la transmisión sino de la circulación pública y abierta en su propio tiempo. Por ello, es la investigación la que ahora puede corregir esta situación y recuperar poco a poco y sin grandes pretensiones, es cierto, el espacio que Sulpicia supo arrogarse. Los romanos de época imperial perdieron su ocasión de integrar a Sulpicia en la literatura latina; la oportunidad es nuestra.

Diego Corral Varela

Canon de mujeres escritoras: un antecedente clásico

Uno de los temas más debatidos por la crítica literaria feminista a finales del XX, en la tendencia dedicada al estudio de la literatura escrita por mujeres (gynocriticism), fue el del canon. Las escritoras prácticamente no tienen espacio en los cánones al uso, en los que predominan escritores, siempre elegidos por críticos hombres. De manera que uno de los propósitos del gynocriticism fue investigar tradiciones compuestas por mujeres que se leyeran unas a otras y que llegaran a formar un continuum del que poder seleccionar a las autoras más importantes para crear con ellas un contra-canon femenino. Se intentaba así visibilizar a las escritoras y evitar que quedaran marginadas o fueran consideradas secundarias, relegadas siempre a la letra pequeña en las Historias de la literatura.

Pues bien, la creación de un canon de mujeres escritoras, que parecía absoluta novedad aportada por la crítica literaria feminista, tiene un antecedente en el Mundo Clásico. En la cultura griega  ya hubo un doble canon de poetas líricos: el canon alejandrino de los nueve líricos establecido por Aristóteles de Bizancio en el s. III a. C. (Alcmán, Alceo, Safo, Estesícoro, Píndaro, Baquílides, Íbico, Anacreonte y Simónides), en el que solo aparece una mujer, Safo; y el que leemos en un epigrama de Antípatro de Tesalónica, un epigramista del s. I d.C. de época augústea, que recoge también las  nueve poetisas más señeras de la lengua griega, como una especie de correlato del canon alejandrino de los nueve líricos. El epigramista no ahorra elogios a estas nueve poetisas, de las que señala una y otra vez su especificidad y su diferencia con respecto a los poetas. Recordemos que uno de los aspectos más estudiados por el gynocriticism son las diferencias, lo que distingue a la escritura femenina de la masculina en virtud de las diferencias de género existentes en el subtexto social.

Pueden comprobarlo leyendo el texto del epigrama en su traducción al castellano:

Canon de poetisas griegas

A estas mujeres de divina lengua las nutrieron
el Helicón y la peña macedonia de Pieria con sus cantos;
Praxila, Mero, la boca de Ánite, Homero femenino,
Safo, ornato de las lesbias de hermosas trenzas;
Erina, la ilustre Telesila y tú Corina,
cantora del ardido escudo de Atenea.
Nóside, de femenina lengua y la de dulces sones, Mirtis,
autoras todas de inmortales páginas.
Nueve musas engendró el gran Urano, y a estas nueve
la Tierra, para eterno solaz de los mortales.
(Antípatro de Tesalónica, A. P. IX 26 [Traducción de Guillermo Galán Vioque])

Rosario Cortés Tovar

 

The joy of (Greco-Roman) sex

Si bien es cierto que las mujeres aparecen como una mínima muestra entre los autores de todos los géneros literarios de la Antigüedad, hay, sin embargo, uno en el que, en principio —luego ya veremos—, representan una holgada mayoría. Se trata del de los manuales de sexo. Sin haber permeado en nuestra cultura popular del modo en que lo hicieran el Kamasutra, El jardín perfumado de al-Nafzawi o, en tiempos mucho más recientes, la obra de A. Comfort, este tipo de literatura técnica gozó de una gran popularidad al menos hasta el s. II ec, como atestiguan las obras de los primeros apologetas cristianos.

Astianasa, la εὑρετής

Dentro de la tradición greco-latina de hallar un ‘descubridor’ para cada uno de los géneros literarios, el erótico-didáctico no constituye una excepción. Sí lo es que la primera autoría se atribuya a una mujer. En nuestro caso se trata de Ἀστυάνασσα cuya entrada de la Suda la presenta como θεράπαινα de Helena, es decir, la esclava encargada de su cuidado personal. Se nos dice además que ella fue

πρώτη τὰς ἐν τῇ συνουσίᾳ κατακλίσεις εὗρε καὶ ἔγραψε περὶ σχημάτων συνουσιαστικῶν

la primera que descubrió las maneras de acostarse con alguien y escribió sobre las posturas sexuales (o Sobre las posturas sexuales)

Pese a la pobreza de la noticia, podemos, con Holt N. Parker, extraer alguna información valiosa. En primer lugar la necesidad de proponer un(a) εὑρετής indica la conciencia de que estos manuales representaban un género concreto, desglosado por un lado del amplio abanico de literatura erótica y, por otro, de los diferentes tipos de textos didácticos con los que comparte características. Nos habla también de una constante tendencia. La tradición hará que la autoría de la mayor parte de los manuales de sexo recaiga en mujeres, a menudo esclavas o prostitutas, ocupaciones estas en las que habrían obtenido una amplísima experiencia sexual que autorizase las obras ante su público. El prejuicio antiguo —y el de parte de la crítica moderna— es una vía de doble sentido: no es sólo que una prostituta haya acumulado el conocimiento técnico necesario para escribir el libro, sino que si ese libro se ha escrito, su autora ha de haber tenido una gran experiencia sexual y, por ende, forzosamente haber sido o una esclava o una prostituta.

Nomina nuda tenemus

Todo género, además de un εὑρετής, tiene su canon. En el caso de los manuales de sexo sólo nos han llegado nombres. Así podemos meramente recordar como autoras a Salpe de Lesbos, Nico de Samos o Calístrate de Lesbos. De otras, en cambio, tenemos alguna información más, si bien no centrada en su obra de contenido sexual. Es el caso de un personaje tan extraordinariamente fascinante como Pánfila de Epidauro que, entre sus obras historiográficas y gramaticales, escribe un Περὶ ἀφροδισίων del que nada más podemos saber y que, sin embargo, ha causado en la crítica una general estupefacción de fácil diagnóstico. ¿Por qué —se preguntan— toda una filósofa y erudita escribiría sobre sexo si no era ni una prostituta ni una esclava?

Un caso interesante es el de Elefántide, cuyas obras, de acuerdo con Suetonio (Tib. 43) Tiberio guardaba en su villa de Capri junto con cuadros y estatuas pornográficas, noticia que catapultó la fama de esta autora hasta las páginas del capítulo undécimo de The picture of Dorian Gray. De acuerdo con las escasas referencias que nos han llegado podemos inferir que la obra de Elefántide se componía de un catálogo de figurae Veneris, la versión latina de los σχήματα que la Suda mencionaba a propósito de Astianasa, es decir, de diferentes posturas sexuales.

Filénide

Pero por encima de todas las autoras de las que tenemos constancia destaca Filénide de Samos, no sólo por la abundancia de noticias sobre ella sino porque el suyo es el único manual del que tenemos alguna mínima muestra directa.

En el caso de autores no atestiguados resulta vagamente divertido y profundamente frustrante contrastar tradiciones literarias fuertemente asentadas con el hallazgo fortuito de algún fragmento de su obra. La situación más paradigmática es la que propicia Cornelio Galo, uno de los grandes poetas de su tiempo si creemos la cualificada opinión de sus no menos celebrados contemporáneos, y, además, sobre quien se venía descargando de manera más bien singular el paso de la llamada elegía objetiva griega a la elegía subjetiva latina. Un golpe de suerte y mucho esfuerzo extrajeron en 1978 de Qasr Ibrim nueve líneas de un poema que fue atribuido a Galo por los editores y tras la euforia inicial, el frío: difícil reconocer en esos versos la inconmensurable figura de Galo, hasta el punto que algunos, como Giuseppe Giangrande, pensaron que se trataba de un ejercicio escolar.

La ausencia de grandes expectativas quizá hizo menos dura la toma de realidad pero no es menos cierto que la imagen (re-)construida de Filénide chocó frontalmente con la imagen que proyectaba P. Oxy. 2891 en dos fragmentos papiráceos con dos columnas, lo que parece ser por el momento la única muestra directa de su obra. Contrariamente a lo esperado la obra de Filénide es prosa y no verso. Pero lo más sorprendente no fue la forma sino el contenido. Se venía creyendo que el texto de Filénide trataría sólo las posturas, al modo de la obra atribuida a Astianasa, pero los extractos conservados del prólogo revelan que se trata de una obra al menos más amplia, con el título general de Περὶ ἀφροδισίων: parece existir una sección dedicada a tácticas de seducción (περὶ πειρασμῶν), mientras que otra estaría destinada a instruir sobre cómo besar (περὶ φιλημάτων). Aunque es posible detectar en la crítica algún atisbo de decepción por el contenido naïf, otros, como Quintino Cataudella, acogieron de buen grado el cambio de perspectiva: para el italiano la obra de Filénide constituye la largo tiempo añorada ‘fuente griega’ del Ars amatoria de Ovidio. Sin necesidad de compartir tan enfervorecida recepción del mínimo prólogo de Filénide lo cierto es que ese mínimo atisbo al género de los manuales de sexo y, por lo que parece, no sólo sexo, contribuye a dimensionar la naturaleza paródica de la obra de Ovidio, por ejemplo la sección final del tercer libro.

El fragmento contribuyó además a reavivar la pregunta por la identidad de Filénide. ¿Se trata de una auténtica mujer o un caso más de uso masculino de una voz femenina? Es una tendencia bien contrastada, especialmente en materia erótica, que los hombres asuman personae femeninas para conceder autoridad a su relato; sería el caso de John Cleland en Fanny Hill o, de una manera harto más directa, Las joyas indiscretas de Diderot.

Algunos indicios pueden hacer dudar de que Filénide fuera una mujer. Se ha argumentado que su propio nombre, relacionado con el verbo ‘amar’ sería un juego de palabras, del mismo modo en que lo es la elección de Fanny Hill para la protagonista de unas memoirs of a woman of pleasure. A ello cabe añadir la procedencia, que si bien antes era debatida, el papiro fija en Samos; no parece casualidad que la mayoría de autoras de este género repartan sus orígenes entre las poblaciones, Samos y Lesbos, cuyas mujeres tenían mayor fama de libertinas.

John E. G. Whitehorne desmonta estos argumentos. Alerta contra la costumbre de identificar “nombres de hetairas”, pues son, ante todo, nombres de mujer y poseemos constancia, tanto en la realidad epigráfica como en la ficción literaria, de mujeres casadas llamadas, por ejemplo, Glícera. En el caso de Filénide contamos con atestiguación epigráfica en la que no podemos suponer a priori ningún contexto erotizante. Whitehorne recuerda que si «the name Philaenis does indeed mean “sweetheart” then every little girl is her parent’s sweetheart before she is anyone else’s». Lo que conecta con otro punto a favor de la identidad femenina real de Filénide. El papiro la presenta de acuerdo al uso patronímico ligada al nombre de su padre, Ocimenes, para el que hasta el momento no se ha propuesto ningún juego de palabras etimológico que justificase su inclusión en la construcción de Filénide. Por lo que podemos saber “Filénide, hija de Ocimenes” no debería causar una particular impresión entre sus contemporáneos. Por último, ciertamente Samos era una ciudad conocida por sus prostitutas, pero si se desactiva la idea de un uso intencional del nombre de la autora, la procedencia de Filénide no comporta una extrañeza mayor.

Podemos poner los argumentos en perspectiva moderna. Wilhelmina Drucker, autora de una Ética sexual, nació en Ámsterdam, ciudad conocida por su ‘barrio rojo’ y el primer componente de su nombre es fácilmente etimologizable como ‘voluntad, deseo’. Si contásemos sólo con esos datos creo que asumir que una de las primeras feministas de Holanda es la fachada de un hombre sería un argumento fallido del mismo modo en que reconoceríamos una poco sofisticada falacia en considerar que Drucker fuese una prostituta por ser de Ámsterdam.

Más recientemente Sandra Boehringer, a través de una minuciosa deconstrucción de la figura de Filénide en todos sus testimonios, ha llegado a una conclusión más escéptica: que fuese real o una ficción, un hombre o una mujer, incluso su misma relación con P.Oxy. 2891 es, todo ello, irrelevante. Filénide dejó de ser una persona para convertirse en un nombre y una función en el que encajar un poderoso constructo cultural.

Pese a las expectativas iniciales parece que, una vez más, sólo tenemos nombres desnudos.

Diego Corral Varela

Día de las escritoras… antiguas (y no tan antiguas)

Aprovechando la iniciativa emprendida por la Biblioteca Nacional de España y otras asociaciones de convertir el primer lunes tras el 15 de octubre, día de Santa Teresa, en el día de las Escritoras para reivindicar la labor y el legado de las escritoras a lo largo de la historia (según especifica la página web de esta institución), el blog Notae tironianae inicia una serie de entradas sobre escritoras de la antigüedad clásica.

Iniciamos con una escritora no antigua pero interesada en el mundo antiguo: Simone Weil.

Simone Weil nació en París en 1909 y murió en Ashford en 1943.

Estudió filosofía, siendo discípula de Alain, y literatura clásica en la Escuela Normal de París. Posteriormente, compaginó su trabajo como docente en diversos liceos con estancias en fábricas para conocer de primera mano la opresión a la que estaban sometidos los obreros de su época.

Los últimos años de su vida los dedicó al estudio, traducción y comentario de poetas y filósofos griegos, con el afán de hacer accesibles a las masas populares la esencia del espíritu griego contenido en ellos.

Esta pretensión es perfectamente perceptible en su artículo «La Ilíada o el poema de la fuerza». Escrito entre 1939-1940 para la Nouvelle Revue française, no pudo ser publicado en el París ocupado. Finalmente, los Cahiers du Sud lo publicaron en Marsella (diciembre de 1940-enero de 1941) bajo el nombre Émile Novis (anagrama de Simone Weil).

A continuación presentamos un par de fragmentos extraídos de este artículo y recogido en el volumen La Fuente Griega (que reúne todos los escritos sobre el tema que conservamos de Weil) en la editorial Trotta (2005).Simone Weil

Quienes habían soñado que la fuerza, gracias al progreso, pertenecía en adelante al pasado, han podido ver en ese poema un documento; los que saben discernir la fuerza, hoy como antaño, en el centro de toda historia humana, encuentran ahí el más bello, el más puro de los espejos.

[…]

A pesar de la breve embriaguez producida en el Renacimiento por el descubrimiento de la literatura griega, el genio de Grecia no ha resucitado en el curso de veinte siglos. Aparece algo en Villon, Shakespeare, Cervantes, Molière, y una vez en Racine. La miseria humana es puesta al desnudo, a propósito del amor, en «L’Ecole des Femmes», en «Fedra»; extraño siglo, por otra parte, donde, al contrario de la edad épica, sólo se permitía percibir la miseria del hombre en el amor, mientras que los efectos de la fuerza en la guerra y en la política debían estar siempre envueltos de gloria. Quizá se podrían citar otros nombres más. Pero nada de lo que han producido los pueblos de Europa vale el primer poema conocido que apareciera en uno de ellos. Recuperarán tal vez el genio épico cuando sepan no creer nada al abrigo de la suerte, no admirar nuca la fuerza, no odiar a los enemigos y no despreciar a los desdichados. Es dudoso que esto suceda pronto.

Marta Martín Díaz

 

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