La filosofía necesaria (anexo 5): Marco Aurelio

No es la primera vez que en tiempos de pandemia sale a colación Marco Aurelio. El día 11 de junio Francesc Arroyo publicó en El País el texto siguiente:

Marco Aurelio tiene la vacuna

Poco antes de morir el emperador Marco Aurelio escribió: “Se buscan retiros en el campo, en la costa y en el monte. Tú también sueles anhelar tales retiros. Pero todo eso es de lo más vulgar, porque puedes, cuando te apetezca, retirarte en ti mismo”. Para él, como para sus maestros estoicos, la felicidad y la libertad se hallaban en el interior del hombre, en aceptar una vida conforme a la naturaleza. Una naturaleza, creían, que es racional, aunque no siempre el individuo sea capaz de la visión global; de ahí que interprete algunos hechos como un mal. Quizás la voluntad de serenidad de los estoicos sea una de las razones para que, durante el confinamiento, muchos hayan acudido a sus textos. En los países anglófonos la venta de sus escritos ha aumentado un 28%, según explicaba el editor de Random House a The Guardian; en España, Gredos (principal editorial de clásicos) también ha notado una subida de la demanda, sobre todo de uno de los autores: Marco Aurelio.

El estoicismo nació en Grecia hacia el años 300 antes de Cristo y mantuvo su vigencia hasta la caída del imperio romano, aunque su influencia se alcanza a Montaigne, Spinoza o Kant. Toma su nombre del pórtico (stoa en griego) bajo el que se reunían para aprender y charlar. Era un edificio situado cerca del Ágora. El primer estoico fue Zenón de Citio, nacido en Chipre y que se instaló en Atenas poco después de las muertes de Alejandro el Magno y Aristóteles (323 a. C.) y Demóstenes (322). La desaparición de estas figuras certificaba el fin de una época, la de las ciudades Estado, y el inicio del llamado periodo helenístico, que se prolonga en Roma. Los ciudadanos de Atenas o de Corinto se habían sentido dueños de sus destinos, capaces de influir con la palabra o la escritura en la organización de la convivencia, en la búsqueda de la felicidad, en la regulación de las costumbres. Y eso había terminado. El nuevo poder era ahora lejano, inabordable. Nada tiene de extraño que intentaran adaptarse. Las nuevas escuelas filosóficas buscaron la felicidad en lo individual, elaborando una ética a la medida del individuo. A veces al margen de la sociedad (cínicos) o creando pequeñas comunidades (epicúreos). Los estoicos intentaron una síntesis que conciliara individualismo y colectividad.

La vía intermedia que suponen los estoicos entre el escepticismo y el dogmatismo que en su día representaban aristotélicos y platónicos, guarda cierto paralelismo con la búsqueda hoy de camino intermedio entre una posmodernidad relativista, cercana a los escépticos, y las dogmáticas de algunas escuelas analíticas.

Los hombres de los siglos III al I a. C. sentían el poder político tan lejano e inalcanzable como el hombre de hoy siente lejanos los poderes económicos globales y los políticos que se les someten (o lo parece).

Pero el hombre no sólo está sometido a la política, lo está también a una naturaleza cuyas leyes parecen determinar a todos (en la medida en que todos pertenezcan al mundo) y no siempre son fáciles de comprender. Y ello a pesar de los esfuerzos de David Deutsch por casar la mecánica cuántica de múltiples universos y el libre albedrío.

Los estoicos ofrecían una visión del mundo que permitía conciliar el sometimiento a la naturaleza, la aceptación de las leyes y la libertad individual, aportando, además, la posibilidad de una vida serena. “No pretendas que los sucesos sucedan como quieres, quiere los sucesos como suceden y vivirás sereno”.

Asumieron que la naturaleza tiene un orden racional en el que no hay efecto sin causa. Así pues, el estudio de la física era paralelo al de la lógica y sus conectores. El azar, fuente de incertidumbre, quedaba fuera del universo. Lo azaroso es lo que no se comprende. Esto dibuja un mundo en el que el individuo se ve arrojado a un destino regido por una providencia universal. Pasa lo que tiene que pasar. El hombre es libre para aceptarlo o rechazarlo, pero su rechazo sólo conseguirá turbarlo. Quien interpreta lo que le ocurre como un mal no se da cuenta de que, para la naturaleza, no lo es. El mal (la muerte, el dolor corporal, el sufrimiento) es sólo una interpretación parcial de la realidad, una visión que no percibe la armonía global. Anthony Long, en su estudio sobre la filosofía helenística, lo resume citando a Pope: “Toda discordia, armonía no comprendida; todo mal parcial, bien universal”. Además, con frecuencia esos males son ficticios: no existen más allá de la imaginación, contribuyendo a aumentar tribulaciones y pesares. “Fuera del albedrío no hay nada ni bueno ni malo; no hay que adelantarse a los acontecimientos, sino seguirlos” (Epicteto).

Los estoicos preferían hablar de sabios e ignorantes que de buenos y malvados. El conocimiento lleva a elegir el bien, a dominar las pasiones: el placer, la tristeza, la depresión de ánimo, el deseo, elementos externos que no dependen de uno mismo. Como la ira, la peor de todas, que imposibilita la serenidad. La libertad consiste en no depender del exterior. El hombre no es responsable de su entorno, pero sí de cómo reacciona al mismo. Debe ignorar la vanagloria, pues el elogio no forma parte de uno. Lo bello lo es en sí y las alabanzas en nada lo mejoran, dice Epicteto. Tampoco hace mejor al hombre lo que de él opine otro. “Mira la piedra”, sugiere, “insúltala”. ¿En qué le afecta?

Hay algunas diferencias entre los primeros estoicos, en general afincados en Grecia, y los del periodo romano. Los primeros no dudaban en proponer el ideal del sabio. Cicerón, Séneca y Marco Aurelio prefirieron hablar de la tendencia a la sabiduría y el bien, reconociendo las dificultades de lograrlo siempre, por eso Marco Aurelio habla de la conducta “oportuna”. Para Séneca, el suicidio puede ser aceptable en determinados casos, pero no como norma.

Los estoicos aceptaron participar en los gobiernos. La sociedad forma parte de la racionalidad natural. El hombre es un ser natural y social, sometido a las leyes físicas y políticas. La vida social es parte del mandato natural y racional. Pero el individualismo estoico es también cosmopolita y defensor de la igualdad del género humano, Para ellos, el hombre acepta promover su supervivencia, y conecta luego con la familia, los amigos, los conciudadanos, la humanidad. La división de la tierra en naciones es para ellos un absurdo, aunque reconozcan que los vínculos pierden fuerza con la distancia. Una idea que reaparece en Richard Rorty (La justicia como lealtad ampliada) al tratar de la lealtad.

Preferir el bien está relacionado con la voluntad de una vida serena libre de las amenazas exteriores. El camino hacia el bien es el estudio y la práctica. “No hemos de hacer caso al vulgo que dice que sólo a los libres se les ha de permitir la instrucción, sino más bien a los filósofos, que dicen que sólo los instruidos son libres”, decía Epicteto.

Sus textos han llegado hasta el presente y, traducidos al inglés, al francés, al castellano, siguen sirviendo de enseñanza y consuelo. Siguen invitando a mirar al interior de uno mismo y, como Marco Aurelio, a preguntarse, “¿Me despreciará alguien? El verá. Yo, por mi parte, estaré a la expectativa para no ser sorprendido como merecedor de desprecio”. Para lo cual era óptimo practicar la benevolencia serena y lograr la imperturbabilidad, la situación menos alejada de la felicidad. Habla una vez más Epicteto: “Estás descontento. Si estás solo, a eso lo llamas soledad (,…) bastaría que le llamaras tranquilidad y libertad”.

 

Lecciones de la peste antonina

Estos días muchos seguidores nos han hecho llegar el vídeo del historiador Andrés Nadal,  que extrae lecciones para la actual situación a partir de la historia antigua, en concreto, de la peste antonina (165-180) -probablemente una epidemia de viruela o sarampión-, a la que tuvo que enfrentarse el emperador Marco Aurelio; es inevitable la comparación entre la categoría de este como político y la de nuestros actuales gobernantes.

También podéis ver en Youtube otro video de Andrés Nadal comentando la peste de Cipriano, que recibe su nombre del obispo de Cartago, que la describió. Esta epidemia asoló el imperio romano entre los años 249 y 269.

Ahora tienes tiempo para conocer a Marco Aurelio

Marco Aurelio fue emperador del Imperio romano desde el año 161 hasta el año de su muerte en 180. Nos dejó sus reflexiones filosóficas en su obra Meditaciones, escritas en griego. La última vez que lo hemos visto representado en el cine es en la película Gladiator, donde lo interpetaba Richard Harris.

Esperanza González nos envía un enlace a un texto de La Vanguardia (17/03/2020) sobre Marco Aurelio: Marco Aurelio, ¿un filósofo adorado por las legiones?

 

La sociedad literaria del pastel de patata de Guernsey

Aunque los nazis no llegaron a ocupar Gran Bretaña, las islas del Canal no corrieron la misma suerte y sufrieron cierta forma de ocupación blanda a la espera de lo que habría de ser la pronta claudicación de Reino Unido. En La sociedad literaria del pastel de patata de Guernsey, de manera casual y a través del intercambio de cartas, una joven escritora comienza a descubrir tras el final de la Segunda Guerra Mundial cómo fue la vida cotidiana de los habitantes de Guernsey y el papel que en ello jugó la creación de un club de lectura por personas que se acercaban por primera vez a la literatura.

Uno de los atractivos de la única novela que escribió Ann Shaffer y cuya última mano corrió a cargo de su sobrina, Annie Barrows, es la recreación de las respuestas de lectores sin filtros cultos a los tótems de la literatura entre los que no podía faltar algunas obras de la literatura latina. Por ejemplo, Catulo:

«Fui a ver al señor Fox a su librería y le pedí un libro de poemas de amor. En aquella época ya no le quedaban muchos títulos; la gente los compraba para quemarlos, y cuando él finalmente se dio cuenta, le echó el cierre a la tienda. Así que me dio unos cuantos volúmenes de un tal Catulo. Era romano. ¿Usted sabe la clase de cosas que decía en verso? Comprendí que yo no podría recitar nada de aquello a una dama encantadora.

Catulo estaba enamorado de una mujer llamada Lesbia, que lo rechazó después de haberse acostado con él. No me extraña, porque no le gustó que Lesbia acariciase el pequeño gorrión que tenía. Se puso celoso de un pajarillo. Así que se marchó a casa, cogió la pluma y empezó a plasmar la angustia que lo había embargado cuando vio a Lesbia acunar el gorrioncillo contra su pecho. Catulo se lo tomó verdaderamente mal y a partir de ese momento dejaron de gustarle las mujeres y se dedicó a escribir poemas infames sobre ellas.

También era muy tacaño. ¿Quiere leer un poema que escribió cuando una mujer caída le cobró por los favores prestados? Pobre muchacha. Se lo voy a copiar.

¿Estará en su sano juicio esa meretriz tan follada,
que me pide mil sestercios?
¿Esa joven de nariz repulsiva?
Parientes que estáis a su cuidado,
convocad a amigos y médicos; esa muchacha está loca.
Se cree hermosa.

¿Ésas son muestras de amor? Le dije a mi amigo Eben que nunca había visto tanto rencor.»

El impresionado Clovis Fossey podría haber citado además del poema 41, el 43, en el que Catulo continúa hablando en términos parejos de Ameana. Pero no todos los habitantes de Guernsey experimentan el mismo rechazo por autores clásicos. Las epístolas de Séneca causan una honda impresión a John Booker:

«Amelia Maugery me ha pedido que le escriba, dado que soy uno de los miembros fundadores de las Sociedad Literaria del Pastel de Patata de Guernsey, aunque sólo he leído un mismo libro una y otra vez. Se trata de Cartas de Séneca. Traducidas del latín en un volumen, con apéndice. Entre Séneca y la sociedad, he conseguido no caer en una vida espantosa como alcohólico.

[…]

Pero usted quiere saber qué influencia han tenido los libros en mi vida, aunque, como le digo, no ha habido más que uno, el de Séneca. ¿Sabe usted quién era? Un filósofo romano que escribió unas cartas a unos amigos imaginarios para decirles cómo debían comportarse durante el resto de su vida. Puede que suene aburrido, pero las cartas no lo son, son muy ingeniosas. Creo que se aprende más si lo que uno lee le hacer reír al mismo tiempo.

En mi opinión, lo que dijo Séneca se puede aplicar a cualquier persona de cualquier época. Voy a ponerle un ejemplo actual: el caso de los pilotos de la Luftwaffe y sus peinados. Durante el Blitz, los aviones de la Luftwaffe despegaban de Guernsey y se sumaban a los grandes bombarderos que se dirigían a Londres. Volaban sólo por la noche, de modo que durante el día eran libres de hacer lo que se les antojase en St. Peter Port. ¿Y cómo pasaban el día? En salones de belleza, donde les hacían la manicura, les daban masajes en la cara, les perfilaban las cejas, les ondulaban el cabello y se lo peinaban. Cuando los vi con sus redecillas, paseando por la calle de cinco en cinco, apartando a codazos a los isleños que iban por la acera, me acordé de lo que decía Séneca de la guardia pretoriana: “Cualquiera de ésos preferiría ver un alboroto en Roma antes que en su cabello.”

[…]

Llegué a disfrutar mucho de nuestras reuniones literarias, pues contribuían a que la ocupación resultara más soportable. Algunos de los libros que leían los otros parecían interesantes, pero me mantuve fiel a Séneca. Me daba la impresión de que me hablaba a mí; a su manera, graciosa y mordaz, pero directamente a mí. Sus cartas me ayudaron a sobrevivir a lo que habría de venir después.

Todavía sigo acudiendo a las reuniones de la sociedad. Están todos hartos de Séneca y me suplican que lea otra cosas, pero yo no quiero.»

La mayor de mis simpatías, sin embargo, va con Jonas Skeeter:

«Woodrow —siguió diciendo Jonas Skeeter— cruzó mi campo y vino hasta donde yo estaba amontonando el abono. Traía un librito en las manos y me dijo que acababa de leerlo y que le gustaría que también lo leyera yo, porque era muy “profundo”. Yo le respondí que no tenía tiempo para ponerme “profundo”. “Pues debes buscarlo, Jonas”, me insistió. “Si lo leyeras, tendríamos mejores temas de conversación cuando fuéramos al Crazy Ida’s. Nos divertiríamos más mientras bebemos cerveza.” Eso hirió mis sentimientos, no os voy a engañar. Mi amigo de la infancia llevaba una temporada tratándome con aires de superioridad sólo porque él leía libros para vuestro grupo y yo no. En anteriores ocasiones se lo había dejado pasar, “cada uno a lo suyo”, como decía mi madre. Pero esa vez fue demasiado. Me insultó. Me habló con prepotencia.

Me explicó que Marco Aurelio había sido un emperador romano y también un guerrero poderoso. Que en aquel libro estaba escrito lo que opinaba de los cuados, una tribu de bárbaros que estaba esperando en el bosque para matar a todos los romanos. Y que, a pesar de la presión de esos cuados, se tomó la molestia de poner por escrito sus pensamientos. Que pensaba mucho, muchísimo, y que algunas de sus reflexiones no nos vendrían mal a nosotros.

Así que dejé a un lado lo dolido que me sentía y cogí el maldito libro, pero esta noche he venido aquí para decir delante de todos: ¡Qué vergüenza, Woodrow! ¡Es una vergüenza que hayas sido capaz de poner un libro por encima de tu amigo de la infancia!

Sin embargo, lo he leído y opino lo siguiente: Marco Aurelio era como una vieja, siempre estaba mirándose el ombligo y cuestionándose lo que había hecho o lo que había dejado de hacer. ¿Había obrado bien o habría obrado mal? ¿Estaba el resto del mundo equivocado o lo estaba él? No, quienes iban equivocados eran los demás, y él decidió explicarles cómo eran las cosas en realidad. Una gallina clueca, eso es lo que era. Nunca tenía el más mínimo pensamiento que no pudiera convertir en sermón. Seguro que ni siquiera podía ir a mear sin…»

Dado que la adaptación cinematográfica, que se estrenará en España este año, ha propiciado la redición del libro, puede ser una buena oportunidad para acercarnos a él.

Diego Corral Varela

 

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