Ha muerto Tzvetan Todorov

Me llega, a través de la directora del blog, la noticia del fallecimiento de Todorov y pergeño unas apresuradas líneas que quieren rendirle homenaje. Creo que la primera vez que me encontré con su nombre fue en Asturias Semanal, una revista de finales de los sesenta del siglo XX, y el que lo mencionaba era Juan Cueto, con su fino olfato para  descubrir talentos, sobre todo estructuralistas, que era lo que daba la época: Lévy-Strauss, Barthes, Todorov.  Más adelante, a propósito de mi estudio sobre el Asno de Oro o las Metamorfosis de Apuleyo, me fueron muy útiles las inteligentes distinciones entre lo fantástico, lo extraño y lo maravilloso que establecía en su Introduction à la litteráture fantastique, su primera obra mayor. Todorov manejaba las categorías de teoría literaria con gran claridad y sencillez, renunciando a hacer literatura cuando hacía crítica, a diferencia de su colega Barthes. Apenas llegado a Francia desde su Bulgaria natal, 1965, se encargó de compilar y en su caso traducir textos de los formalistas rusos, cuya lectura resultó obligada a partir de entonces para cualquiera que se iniciara en los estudios literarios, especialmente para los participantes en el llamado Estructuralismo francés. Nombres como Shklovski, Eikhenbaum, Tynianov, Tomachevski , Propp, se sumaron al de Jakobson, más conocido por sus estudios lingüísticos, en el desembarco de los formalistas en el pensamiento occidental. No fue la última contribución de Todorov en ese sentido. Aunque la mención de intertextualidad procedente de Bajtín hay que agradecerla a su compatriota Kristeva, también afincada en Francia, Todorov escribió un magnífico libro, Bakhtine ou le principe diálogique, que supuso la puesta de largo del pensamiento (no formalista) del  también ruso Bajtín en Occidente.

Por esa época, 1979, iba a producirse el giro hermenéutico en los estudios de Todorov. De estudiar la “poétique”, la ciencia de lo literario, buscando estructuras generales que se pudieran aplicar a toda literatura, el estudioso, en una edad ya postestructuralista en la que trabajaba como antes  en universidades francesas, pero sobre todo en universidades norteamericanas, abandona su preocupación por las estructuras de la obra en sí, el objetivismo estructuralista, y se ocupa de la relación del signo con sus usuarios. Cuando estos usuarios son de otras culturas, ajenas y antiguas, como sucede en la America posterior al descubrimiento, le exigen un gran esfuerzo  de interpretación del pensamiento ajeno, confrontando los sistemas simbólicos de los conquistadores españoles con los de las culturas amerindias. Un ejemplo. Cortés, aparte de otras ventajas, se mostró mucho más hábil  en su manejo del sistema de símbolos, siendo capaz de comprender el  pensamiento del otro y sacando partido de la opacidad con la que velaba el propio. A la superioridad de Cortés contribuyó doña Marina o Malinche, la “gran chingada” que diría Octavio Paz, una mediadora entre culturas.  La Conquête de l´Amerique, un libro que en su tiempo gozó de poca atención en España, marca la inclinación de Todorov hacia la comprensión entre culturas, la comprensión del otro, algo que no iba a abandonarlo ya jamás.

Su pensamiento se vuelve cada vez más comprometido con los grandes temas de nuestro tiempo. Llegado a Francia desde Bulgaria, prácticamente  el momento en el que el Mayo del 68 francés hacía furor, Todorov recibió una lección práctica de historia de la recepción. Él conocía de primera mano lo que era vivir en un régimen de falta de libertades como el del llamado ” socialismo real”, y, sin embargo, en Europa Occidental toda la intelligentsia estaba fascinada por fenómenos políticos que realmente desconocían, como la  revolución cultural china.  Comprendió que en aquel clima intelectual y político sus experiencias personales bajo un régimen mezquino, policial y asfixiante eran literalmente incomprensibles y tuvo que esperar hasta mucho más tarde, avanzados ya los años ochenta, para darlas a conocer. No todos los momentos históricos permiten el diálogo entre culturas.

La investigación de sus últimos diez o quince años es un alegato en pro de la honradez intelectual  y la resistencia ética en situaciones difíciles. En su libro Memoria del mal, tentación del bien,  investiga la naturaleza del mal y compara los dos males del siglo XX, el nazismo y el estalinismo. Elige personajes concretos como Primo Lévy, Germaine Tillion,  David Rousset, etc., para mostrarnos unas vidas que superan todo lo imaginable: comunistas alemanes de los años 30 que huyen del nazismo a la Unión Soviética y que son internados por Stalin en campos de concentración por proceder de Occidente. Estos mismos comunistas, sospechosos por ser alemanes, le son devueltos a Hitler, tras la firma del tratado germano-soviético de 1939, con lo que conocen también la vida en los campos de concentración nazis. Vassily Grossman,  uno de los grandes personajes de que trata su libro, plasmó estas experiencias en su inolvidable Vida y Destino.

En Todorov, a la manera platónica, la estética se convierte en ética.  Su justeza de pensamiento cuando realiza análisis literarios, su naturalidad y sencillez, no lo abandonan cuando trata intrincadas cuestiones intelectuales y políticas y pasa de los problemas de los que trataban las obras literariamente a los problemas en sí mismos, en sus dimensiones éticas, políticas y filosóficas. En su madurez recibió muchos premios. Se va, ahora que tanta falta nos hace su forma de comprender a los otros, a los refugiados,  a los emigrantes, un auténtico “maître à penser” del siglo XX.

José Carlos Fernández Corte

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Ganimedes no es sólo nombre de Asociación

Dicen que dar una información completa es una buena costumbre, también dicen que manifestar obviedades es un rasgo de presuntuosa vanagloria de los conocimientos de uno. Sin embargo, me he atenido a los consejos de Tirón, que ha tenido a bien recordarme que cuando publicamos la entrada del congreso de Ganimedes no dijimos de dónde venía el nombre a esta organización; y, ya que esta societas con ánimo de divulgación que es nuestro blog, tiene como cometido extender el conocimiento de los clásicos más allá de las fronteras, allá voy, como el caballo de copas.

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Mosaico romano (Sousse Museum)

Ganimedes (Γανυμήδης) era según la mitología antigua el hijo menor del rey Tros, soberano de la amurallada Ilión. Sin embargo, otras genealogías discrepan de ello. ¡Bendito Pierre Grimal que nos da multitud de tradiciones distintas! Según cuentan los relatos más conocidos, Ganimedes era un joven de gran belleza y se ocupaba de guardar los rebaños de su padre en el monte Ida. Parece que el Ida era un buen sitio para encuentros fugaces y secretas coyundas de los olímpicos con pastores, si no, que se lo digan a Anquises. Zeus, prendado por la belleza de aquel púber, decidió hacer lo que mejor se le daba, comenzar un nuevo affaire con cualquier mortal que se le cruzara. El joven acabó en el Olimpo como copero de los dioses, al igual que su análoga femenina, Hebe (juventud en griego). Algunos dicen que fue el propio Zeus el que raptó al muchacho, otros que él mismo bajo la apariencia de un águila (animal a él ligado) y también los hay que dicen que envió a un águila para que lo raptara y que el padre de dioses y hombres premió al animal convirtiéndola en una constelación: Aquila.

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El satélite Ganimedes

Y esto me recuerda un chiste. ¿Ustedes saben lo que hacen un italiano y dos alemanes un domingo por la tarde algo aburridos? Pues poner un nombre a un planeta. Discúlpennos el chiste malo. El italiano era el famoso Galileo Galilei y los alemanes Johannes Kepler y Simon Marius; tres afamados astrónomos a los que le debemos el descubrimiento y el nombre de este satélite de Júpiter (una de sus cuatro “lunas”: Ío, Europa, Ganimedes y Calisto). Como ven, la mitología clásica siempre ha sido un comodín útil para la gente que descubren cosas nuevas en el cosmos. Parece ser que Galileo fue el primero en notar que había “tres estrellas fijas” cerca de Júpiter, las cuales no resultaron ni estrellas ni fijas, sino pequeños cuerpos que se movían alrededor del planeta más grande de todo el sistema solar. Y no se crean, también hubo pendencia en el descubrimiento de este cuerpo celeste. Resulta que Marius acusó a Galileo de haber copiado su trabajo y de que él lo había descubierto días antes. Sea como fuere, Marius, por sugerencia de Kepler:

«Júpiter es muy culpado por los poetas debido a sus anómalos amores. Tres damas son especialmente mencionadas por haber sido cortejadas con éxito por Júpiter. Ío, hija del río Ínaco, Calisto de Licaón, Europa de Agenor. Luego estaba Ganimedes, el apuesto hijo del rey Tros, a quien Júpiter, después de haber tomado la forma de un águila, transportó al cielo sobre la espalda como fabulosamente dicen los poetas (…) el tercero, a causa de la majestad de su luz, Ganimedes». (puedes leerlo aquí)

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Galileo Galilei

 

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Simon Marius
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Johannes Kepler

Y después de algunas disputas, finalmente, Ganimedes tuvo su “luna” para él solo y los cuatro mayores satélites jovianos acabaron teniendo unos nombres mitológicos mucho más hermosos que la denominación que otros propusieron: Júpiter I, Júpiter II, Júpiter III y Júpiter IV. Hemos de decir también que Ganimedes es el satélite natural más grande de Júpiter y del sistema solar, mayor que Mercurio y la Luna, y con campo magnético propio, amén de el único. Además, recomiendo un pequeño relato de Isaac Asimov, para muchos el pontífice de la ciencia ficción moderna, llamado Navidad en Ganimedes. No tiene que ver mucho con el mundo clásico, pero es entretenido.

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Comparación entre Ganimedes, la Luna y la Tierra

El mito de Ganimedes, por ejemplo, tuvo su pervivencia, no necesariamente negativa, también en el cristianismo ‒evidentemente reinterpretado‒, pues Dante en la Divina Comedia (Purgatorio, IX, 19-33) ve en el rapto del pastor troyano una imagen del alma pura arrebatada para ir al cielo. De alguna manera los poetas se las tienen que ingeniar para salvar los mitos antiguos.

Y aquí llega la última cuestión: ¿por qué la asociación de Jóvenes Investigadores de Filología Clásica tiene este nombre? Ganimedes es uno de los jóvenes de la mitología eternamente jóvenes y su mito también es una especie de correlato de la vida del filólogo clásico, el cual es arrebatado por el águila de la disciplina. Como ven, hay algo de iniciático, mas no de mistérico, en la figura de Ganimedes.

Me gustaría terminar con una pequeña anécdota que tuve la suerte de presenciar y que tiene que ver con la eterna batalla entre estudiosos de dónde acentuar los nombres griegos. ¿Heródoto o Herodoto?, ¿Hesíodo o Hesiodo?, ¿Tucídides o Tucidides?… y así con todos. Pues resulta que hace un par de años, el ya jubilado profesor José Carlos Fernández Corte al hilo del congreso de Vitoria dijo con esa voz y ese tono sentencioso que lo caracterizan: «Que por cierto, se dice Ganimedes, no Ganímedes, ¡demonios! ¡Que ahí hay una larga!», recordándonos la regla de la penúltima en latín y que en griego esa “e” era una “heta”.

Ibor Blázquez Robledo

 

Más sobre Dylan y sobre (una especie de augurio de) su premio

En esta polémica sobre el Nobel que el otro día mencionaba nuestro alumno Gabriel Martí en este blog (pincha aquí para ver la entrada) yo soy de los que humildemente opinan que ha sido una buena elección. ¿Por qué no?

Aproximadamente una semana antes de la concesión hablaba yo en el despacho de mis amigos Mª José Cantó Llorca y Carlos Fernández Corte mientras recogían sus enseres con motivo de la jubilación. Nuestra conversación recayó en la reciente autobiografía de Bruce Springsteen (que teníamos en nuestras manos) y, leyendo algunos fragmentos, nuestro jubilado profesor de Literatura Latina dijo algo que resultó ser un augurio: “Esta prosa me recuerda a Philip Roth en la forma y en el contenido. En realidad estos cantantes, tan buenos letristas, son como los auténticos líricos antiguos. ¿No os parece que una letra como la de “Knockin’ on Heaven’s Door” de Dylan es un poema extraordinario y, como ese, tantos otros?”.

La secretaria de la Academia sueca, como hizo Carlos unos días antes con los líricos, ha recordado a Homero y a Safo. A mí personalmente la lectura me recuerda más a Arquíloco (incluidos sus dísticos del escudo), a Anacreonte o a Propercio, por nombrar griegos y latinos. No quiero decir que Dylan los haya leído (tampoco que no). Solo quiero recordar que unos y otro parecen tener una inspiración común fuertemente humana que ha marcado la lírica de Occidente desde hace muchos siglos y, a mi juicio, Dylan es un excelente representante.

Es difícil elegir una letra de Dylan, pero en honor a él y a los profesores jubilados me limitaré a recordaros ese poema al que se refería Carlos sin saber que a la postre su comentario resultaría una especie de vaticinio del premio:

Mama, take this badge off of me
I can’t use it anymore
It’s gettin’ dark, too dark for me to see
I feel like I’m knockin’ on heaven’s door
Knock, knock, knockin’ on heaven’s door (quater)

Mama, put my guns in the ground
I can’t shoot them anymore
That long black cloud is comin’ down
I feel like I’m knockin’ on heaven’s door
Knock, knock, knockin’ on heaven’s door (quater)

[Mujer, quítame esta insignia
Ya no me sirve de nada
Hay demasiada oscuridad para mis ojos
Creo que estoy llamando a las puertas del cielo
Llamando, llamando a las puertas del cielo (quater)

Mujer, entierra mis pistolas
Ya no puedo disparar más
Sobre mí desciende la gran nube negra
Creo que estoy llamando a las puertas del cielo
Llamando, llamando a las puertas del cielo (quater)]

(Puedes escucharla aquí)

Dylan la grabó en 1973 para la banda sonora de la película de Sam Peckinpah “Pat Garret & Billy the Kid”. La versión que aparece en la película acompaña la escena en la que el viejo sheriff muere en brazos de su esposa. Dylan añadió otras letras en otros conciertos en directo. Os añado solo una (ha habido más):

Mama, wipe the blood from my face
I’m sick and tired of the war
Got a lonely hard feeling and it’s hard to trace
I feel like I’m knockin’ on heaven’s door

[Mamá, quítame la sangre de la cara
Estoy harto de la guerra
Me siento mal y no sé por qué
Siento que estoy llamando a las puertas del cielo]

Las traducciones corresponden a la versión española de Bob Dylan Lyrics 1962-2001 (New York / London / Toronto / Sidney: Simon & Schuster, 2004), que se publicó en Barcelona (Global Rythm Press, 2011) en edición bilingüe con traducción de Miquel Izquierdo y José Moreno (de ellos es la traducción del texto de la canción original), y con excelentes notas de Alessandro Carrera (a él pertenece la traducción de la estrofa añadida) en las que podréis encontrar abundante información sobre sus letras y canciones. Estoy seguro de que a algunos de vosotros las más de 1200 páginas de esta edición os darán más de una muestra de por qué no me parece mal el fallo.

Agustín Ramos Guerreira

El calendario de César

Hace pocos días Google conmemoraba el cuadringentésimo trigésimo cuarto aniversario del Calendario gregoriano con un doodle. La ocasión nos ha animado a recordar otro calendario, el de César, del que el Gregoriano es una mínima modificación.

El calendario romano tenía tres características que no tienen los nuestros: es un calendario que no cuenta hacia adelante, sino hacia atrás; es un calendario que se expresa en ordinales, no en cardinales, y por ello los extremos del cómputo están ambos incluidos en el número (si hoy es el día de referencia, el “tercero antes de hoy” es anteayer: hoy el primero, ayer el segundo, y anteayer el tercero, no “dos días antes” como usamos nosotros); y dispone de tres fechas fijas, los Idus, las Nonas y las Calendas.

Explicaremos brevemente estas características, empezando por el nombre de los días, que llamaremos “fechas”  (La palabra “fecha” viene de facta, que significa “las cosas hechas” en ese día). El nombre Idus procede de una raíz  etrusca que significa algo así como “dividir”, pues forma la divisoria del mes. Puesto que había meses de 31 días, los Idus caían hacia la mitad del mes, nuestro día decimoquinto. Las Nonas son el noveno día antes de los Idus, contando como se ha explicado arriba. Nonae toma como referencia Idus y supone nueve días con respecto a los Idus,  pero contados hacia atrás y contados inclusivamente. Así que las Nonas serían el 7 del mes, puesto que si el 15 es el día de los Idus, el 14 el anterior, pridie, y el 13 es el tercero, ante diem tertium Idus Martias, el 12 el cuarto, y así sucesivamente hasta el noveno, que sería el día 7. Con las Kalendas no hay ningún problema, siempre se trata del día uno de cada mes.

Los años romanos eran irregulares, pues podían durar desde 355 días los más breves hasta incluso más de 400 días en años excepcionales. Los 355 del calendario republicano, anterior a la reforma de César, se distribuían así: 4 meses más largos, de 31 días, Marzo, Mayo, Junio y Octubre; Febrero, el más breve,  de 28 y los siete restantes, de 29 días. Si hacemos los cálculos resultan 355, unos diez días menos que el calendario astronómico, el tiempo que tarda la tierra en encontrarse exactamente en la misma posición del cielo tomando al Sol como referencia (el Sol alrededor de la tierra, en la percepción antigua). Como las diferencias entre el tiempo astronómico y el político se hacían sentir, de manera que a veces los meses de invierno caían en primavera, ya desde los griegos se acostumbraba a intercalar meses extras, para hacer concordar ambos tiempos, el año  solar y el año civil. Los meses intercalares se sumaban en Febrero, a partir del día 24, de manera que en ocasiones, cada dos o tres años por lo general, los años podían contar con trece meses.

La decisión de intercalar meses, como todas las relativas al Calendario, los días fastos y nefastos, los días comiciales, etc., las tomaba en Roma el colegio sacerdotal  presidido por el Pontifex Maximus. Siempre se ha dicho que la religión romana era una religión política, pues determinaba la validez de los días en que se podían emprender acciones políticas o legales. La reforma cesariana del calendario, siendo, como es natural al tratarse del dictador, un acto político, sin embargo no la emprende César en su calidad de dictador, sino en la de Pontifex Maximus, cargo para el que fue elegido antes incluso de alcanzar el consulado. El significado de la reforma está claro. Roma, con su conquista de Asia por medio de Pompeyo y su influencia sobre Egipto ejercia el poder en todo el mundo conocido; la reciente guerra Civil había sido en realidad una auténtica guerra mundial, que transcurrió en Grecia, Egipto, África, Hispania y la Galia. César celebró un cuádruple triunfo sobre cada una de estas partes del mundo. Un poder mundial, visible por su dominio de la geografía del mundo conocido, necesitaba también un tiempo mundial. El acto globalizador de  César acaba con los calendarios particulares de las distintas ciudades estado e Imperios que va aniquilando y los dota de un tiempo único, el tiempo político romano.

Capaz de aprovechar los conocimientos científicos y astronómicos que desde siglos antes atesoraba el mundo griego supo asesorarse de expertos astrónomos alejandrinos, personificados en Sosígenes, para acompasar el tiempo político con el tiempo astronómico y pudo utilizar su poder Imperial para imponer un tiempo único.

Poder romano y ciencia griega. Como resultado de su reforma, los años contarán a partir de aquí con 365 días, más un día extra que se intercalará cada cuatro años en Febrero. Los meses contarán con el número de día que nosotros hemos heredado. Los cinco meses republicanos más largos y el más corto, permanecerán invariables con 31 y 28 días, mientras que el resto verán alargados sus 29 días a 30 o a 31 días. El añadido de un día al mes de Febrero, que nosotros ponemos al final del mes (29 de Febrero), César lo colocó el día 24 de Febrero, porque ese era el punto en el que se incluía en el viejo calendario el mes intercalar. El 24 de Febrero era ante diem sextum Kalendas Martias, y cuando se añadía un día cada cuatro años, ese día se repetía en el calendario y se llamaba bissextum, en vez de sextum. De ahí lo de nuestro año “bisiesto”.

Algunas curiosas consecuencias de la reforma del Calendario de César que han sido puestas de manifiesto por su mejor estudioso actual, Denis Feeney, en su extraordinario libro Caesar´s Calendrier. El futuro Augusto, Cayo Octavio, llamado después Cayo Julio César, con el nombre de su padre adoptivo, había nacido el año 63 a. C.,  el día de Apolo, nuestro 23 de Septiembre. Según el calendario republicano anterior a la reforma de César, entonces vigente,  tal día era  el día octavo antes de las Kalendas de Octubre, ante diem octavum Kalendas Octobris. Téngase en cuenta que en dicho calendario el mes de Septiembre tenía 29 días. Con el calendario de César Septiembre pasa a tener 30 días, por lo que el día para el festival de Apolo (y el nacimiento de Augusto) debe llamarse de otra manera, esto es, cambiar de fecha: ante diem nonum Kalendas Octobris.  Añade Feeney que algunas ciudades, hábilmente, mantuvieron las dos fechas, de manera que celebraban dos veces el  cumpleaños del Emperados. Y, por cierto, el propio concepto de cumplir años sólo es posible después de la reforma, pues, antes, el mantenimiento de la misma fecha no aseguraba que hubiera pasado la misma cantidad de días y desde luego no 365: por ejemplo el último año del calendario republicano que terminó en Diciembre del 46 a. C. duró 445 días.

José Carlos Fernandez Corte

Mary Beard, premio Princesa de Asturias de ciencias Sociales

En contra de nuestra costumbre hoy sacamos dos entradas. Lo merece la noticia que acabamos de conocer: Mary Beard ha recibido el Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales. (Puedes leerlo en El País). Adelantamos por ello la entrada que estaba prevista para mañana.

A los estudiosos de Filología Clásica aficionados a la Historia Cultural no nos ha sorprendido la concesión del Premio Príncipe de Asturias a Mary Beard, una catedrática  de la Universidad de Cambridge, que sobresale  por la extensión y profundidad de sus conocimientos, pero sobre todo por su enorme originalidad. Lo que nos sorprende realmente es la amplitud de miras de un jurado que ha canonizado a alguien cuyo agudo sentido crítico se ha dedicado a desmontar muchas verdades convencionales acerca del mundo clásico y la ha llevado a  adoptar posiciones poco complacientes con el establishment. Entre ellas, su  postura tras el atentado de las Torres Gemelas, que  provocó que numerosos lectores de la London Review of Books retiraran su suscripción de la revista tras su sintético enunciado “the United States had it coming” algo así como “los Estados Unidos se lo tenían merecido” (lee el texto completo aquí); ello, sin embargo, no fue óbice para que poco tiempo después fuera invitada a un prestigioso ciclo de conferencias en Berkeley, las Sather Classical Lectures, que dieron origen a su libro sobre La risa en la Antigua Roma.

Lentamente su obra  ha ido llegando al público español en general, sobre todo tras una entrevista concedida recientemente al diario El País y tras la aparición en estos últimos meses de una Historia de Roma cuya lectura será sin duda muy recomendable. Mary Beard se preocupa siempre por la repercusión de la cultura clásica en la actualidad, y por la de la actualidad en la cultura clásica. Provocadora y ocurrente, colaboradora habitual del Times Literary Supplement y de la BBC, es una persona capaz de ir a visitar  a un lector adolescente que criticó en términos groseros su apariencia física para intentar convencerlo (con éxito) de que había otros valores que merecían ser tenidos en cuenta.

Ese talante moral va acompañado de una gran originalidad y brillantez. Complace ver, en sus artículos y libros sobre Los clásicos (en colaboración con J. Henderson, una especie de García Calvo de la Literatura Latina cuya prosa es casi ininteligible) la formulación precisa de un pensamiento curioso, a saber, que desde el Renacimiento cada generación de personas dedicadas a las lenguas y culturas clásicas parte de la desesperanzada convicción de que dominamos las lenguas que estudiamos mucho peor que nuestros predecesores. Nos sentimos epígonos frente a los gigantes que nos precedieron. Lo que no es óbice para que repitamos, cargados de razón, que las nuevas generaciones conocen los textos mucho peor que nosotros.

Sus libros, pese a su enorme erudición,  son muy amenos y de fácil lectura. M. Beard conserva de su formación académica anglosajona la facilidad ensayística para divulgar sin vulgarizar, lejos del esoterismo en el que caen muchos de sus colegas, demasiado técnicos y/o demasiado aburridos. Recomiendo la lectura de Pompeya para que meditemos un poco sobre lo que significa reconstruir una ciudad destruida no sólo por el volcán, sino también por las bombas americanas de la Segunda Guerra Mundial. Lucano anticipó que en Troya se veían ruinas de ruinas Etiam periere ruinae. En la  Pompeya actual contemplamos, gracias a la información de la estudiosa,  una  reconstrucción de las ruinas de las ruinas.

Nunca abandona Mary Beard la preocupación hermenéutica. Nuestra mirada sobre la Antigüedad tiene mucho de reconstrucción en la que están presentes las obsesiones de nuestra propia cultura.  Su brillante e instructivo libro sobre el Coliseo, escrito en colaboración con Hopkins (autor de un inolvidable Conquistadores y Esclavos), desentraña los secretos de un espacio urbano real preñado de connotaciones simbólicas. Ni que decir tiene que los cineastas que rodaron Gladiator la consultaron, como muestra de respeto a su autoridad académica. Lo mismo suelen hacer autores de novelas históricas de romanos como R. Harris.

En su obra titulada El triunfo romano M. Beard vuelve a demostrar su agudeza para descubrir aspectos del mundo romano que están llenos de interés para la mirada actual, tan propensa a observar los espectáculos de masas. Los romanos explotaron a fondo la cultura del espectáculo en un  Imperio multicultural que pretendía transmitir una ideología que cohesionara a millones de personas; es cierto que esta cultura no perdió su atractivo en ninguna época histórica, pero en pocas gozó de una salud tan excelente como en la actual.

Son precisamente estudiosos como Mary Beard los que han logrado que, pese a las estrecheces académicas por las que transitamos, ocasionadas por mentes más estrechas aún, sigamos recibiendo estímulos para continuar con los estudios clásicos. Felicidades por el premio, señora Beard,  y que siga  usted deleitándonos por muchos años con su espíritu crítico.

José Carlos Fernández Corte

 

 

 

¿Se dice el ratio o la ratio?

Creo que no hace falta documentar los abundantes usos que los medios de comunicación hacen del término latino ratio precedido del artículo castellano “el”. Ratio en latín es femenino, por lo que debería decirse “la ratio“. Naturalmente sospechamos que la preferencia por el artículo determinado de género masculino se debe a que los sustantivos castellanos terminados en -o son masculinos. El término procede del ámbito matemático y/o estadístico. Por cierto, en el español de las enciclopedias escolares de los años 40 y 50 del siglo pasado se usaba el término “razón” como “el cociente indicado de dos números”. Está claro que  la sensibilidad lingüística de los españoles ha cambiado. ¿Será que nos hemos vuelto más latinos? Quizás más anglosajones. Sospecho que ratio, como tantos otros, es uno de esos falsos amigos latinos que nos llegan a través del inglés. Ratio, según el diccionario Collins, significa “razón, relación, proporción”. Como tantas veces sucede en nuestra lengua, el ascenso no ya del inglés como lengua de prestigio, sino de las adaptaciones latinas del inglés parece imparable. ¿Qué me dicen del término “letal”? Pero eso queda para otro día.

José Carlos Fernández Corte

En recuerdo de Luis Javier Moreno, poeta amigo de los clásicos.

El pasado mes de Diciembre falleció en su Segovia natal Luis Javier Moreno, un poeta exquisito.  Lo conocí a comienzos de los años setenta, cuando él terminaba sus estudios de Románicas, en la Facultad de Filosofía y Letras en que yo empezaba mi carrera como joven profesor de Latín.  Recuerdo de Luis Javier aquellos poemas escritos a máquina con escaso espaciado entre renglones, aprovechando el papel, por donde  desfilaban unos versos con una sintaxis muy atrevida para mi gusto, que sin embargo servía de  vehículo a unas imágenes a veces deslumbrantes. De la misma generación poética que Aníbal Núñez, Paco Castaño o Paco Novelty, con los que compartía recitales en facultades y colegios mayores, (mayormente femeninos), era de ellos el poeta con más imaginación y sintaxis, repito, más arriesgada. De una  formación académica impecable, su dominio de la técnica poética también lo era. Leía como al desgaire, sin ningún énfasis, demostrando con su voz lo poco retóricos que eran sus poemas. Despreocupado por hacer exhibiciones de rima o ritmo, sin poner espacial énfasis en la narración, que dominaba como nadie (brillaba en las tertulias; sus  anécdotas, cuando no sobresalían por su estructura definida o  por su carácter  memorable, debido a su peculiar forma de contarlas eran totalmente intransferibles al estilo de otros; si el estilo es el hombre, Luis Javier era un narrador oral de gran estilo). Se puede observar en los varios tomos de su Diario, por citar el primero, La Puntada y el Nudo, su espíritu ático, su raro humor, su gran cultura, su finura. En sus poemas, algunos brillantemente  narrativos, (pienso en Rápida Plata donde, hablando de Eliot y del Mississipi en St. Louis nos deja esta perla: “El agua siguió al Sur y la historia al Oeste”), se mostraba dotado de una rara imaginación, siempre excesiva, rayana en lo ininteligible, brillante a ratos con luz vivísima. Su despreocupación por la sintaxis, por la retórica, por lo memorable, por lo grandilocuente, hablan de su instalación en la dificultad suma del sentido en medio de una originalidad y un riesgo constantes. Entre versos intraducibles (Pedro Serra, colega de nuestra facultad, ha hecho una excelente traducción al portugués de Rápida Plata, Rápida Prata, Coimbra 2003.)  y de difícil glosa, de ahí el riesgo, de repente saltaba una imagen deslumbrante. Si algo tenía Luis Javier Moreno era voz propia. También sabía mirar como nadie (o como Aníbal Núñez, poeta-pintor): sus poemas y libros dedicados a obras de arte pictóricas despliegan su talento como  narrador que desarrollaba detalles sugestivos y misteriosas tramas.

Hablábamos, cuando nos veíamos, de los poetas clásicos latinos. Siguió de cerca las traducciones que Aníbal Núñez realizó de Catulo y de Propercio, y, años más tarde, tuve el gusto de invitarlo, junto a Paco Castaño y Paco Novelty, al Bimilenario de Horacio, celebrado en Salamanca en 1992,  para el que tradujeron cada uno  varios poemas. La tarde en que realizaron la lectura el paraninfo de la Universidad registró un lleno absoluto: ¿Qué mejor demostración de la vigencia de Horacio que su brillante traslado al español por parte de poetas contemporáneos?

La traducción de Luis Javier de la Oda IV 2 en la que Horacio declara su imposibilidad de imitar a Píndaro lo sitúa entre los mejores traductores de Horacio que España ha dado desde el siglo XVI. Fíjense en el comienzo:

Quien a emular a Píndaro se atreva

se arriesga a que sus alas, como a Ícaro,

de leve cera, Julo, el sol derrita

y un corto vuelo sea su fracaso

para otorgar su nombre a un mar de vidrio.

No introduzco el texto latino porque controlar la fidelidad de Luis Javier al original sería como decir que Horacio necesitaba que pusieran al lado de sus poemas los de Píndaro, Arquíloco o Alceo, que lo habían inspirado.  El poeta, cuando lo es, puede tomarse con el original todas clase de libertades, por acción o por omisión, en libérrimo  ejercicio de gusto. Se mide con los clásicos, y busca la diferencia en la emulación. Degusten los versos con que traslada Luis Javier los de Horacio, donde  contraponía la sublime elocuencia de Píndaro con su modesta forma de trabajar

Un elevado aliento encumbra, Antonio,

al portentoso Píndaro, tebano

cisne, porque su canto sobrepasa

a las altas regiones de las nubes.

Yo soy, en cambio, abeja del Matino

que los tomillos liba laborioso

entre los bosques donde, con paciencia,

y en las afueras húmedas de Tíbur

escribo, en mi modestia y con esfuerzo,

mis propios versos minuciosamente.

Luis Javier frecuentó la amistad de poetas sublimes como Claudio Rodríguez, gozó del trato segoviano de Gil de Biedma y se benefició de los sabios ritmos y más que sabrosas consejas de su amigo el poeta Carvajal, al que llamaba familiarmente  “primo”. No los cito por dar lustre a su nombre. Laborioso, paciente y modesto como Horacio en su persona, Luis Javier se agigantaba en su poesía, enormemente culta y refinada. Quizás le faltó, como a su amigo Aníbal, la voluntad -las ganas- de construirse como poeta según las pautas que disponen los hacedores de  cánones.

Salve aeternum mihi, dulcis amice, aeternumque vale. 

José Carlos Fernández Corte