Actividades para el semiconfinamiento de la mano de Manuel Rodríguez Rivero

En el Babelia del pasado sábado (30/1/2021) Manuel Rodríguez Rivero en su habitual sección El sillón de orejas sugiere algunas actividades para el semiconfinamiento en el que vivimos; entre ellas está figuran algunas destinadas a un público que no creo que sea muy numeroso: Introducción al griego micénico. Gramática, selección de textos y glosario, de Alberto Bernabé y Eugenio R. Luján; y los atractivos folletos ilustrados de introducción al Vascónico-Aquitano (Joaquín Gorrochategui), el Etrusco (Enrico Benelli) o el Celta Cisalpino (David Stifter). Nunca se sabe. Ahí quedan. Lee el texto a continuación:

Todo lo que puede salir mal, sale.

1. Don de lenguas

Hasta hace poco este no era un país para políglotas; y, de hecho, todavía le falta mucho para serlo. Se ha dicho que el hipertrofiado sentido del ridículo, el desfallecimiento ante la burla imaginaria han sido seculares trabas que han abortado nuestro problemático don de lenguas. O, en el extremo opuesto, quizás también lo hayan sido los resabios del orgullo de quien fue poderoso y supo imponer urbi et orbi el idioma utilizado “para hablar con Dios”; hoy día un sentimiento semejante explica el escaso interés de muchos estadounidenses por el aprendizaje de lenguas: con la propia les es suficiente para manejarse en su imperio. Pienso en ello ahora que, tras la salida del Reino Unido de la Unión, comienzan a alzarse voces chovinistas que desearían que el francés volviera a ser la principal lengua vehicular de la diplomacia europea, como lo fue durante los siglos XVIII y XIX; he llegado a leer, incluso, para apoyar la ucrónica reivindicación, el peregrino argumento de que, al fin y al cabo, “Houellebecq es el mayor novelista vivo”.

Estupideces aparte, lo cierto es que el castellano, hoy hablado por centenares de millones que constantemente lo enriquecen, no siempre ha tenido buena prensa, ni siquiera entre los maestros de la lengua. Ahí tienen, sin ir más lejos, lo que decía Galdós, por pluma de José María Bueno de Guzmán, uno de sus más libertinos (y bilingües) narradores: “Esta admirable lengua nuestra, órgano de una raza de poetas, oradores y pícaros, solo por estos tres grupos o estamentos ha sido hablada con absoluta propiedad y elegancia”. Me consta, sin embargo, que los encierros forzados por la pandemia han propiciado el estudio de idiomas. Alguien muy cercana a mí, por ejemplo, se sumerge a diario en los abismos léxicos (hiraganas y katakanas) del japonés merced a cierto método online tan malo como gratuito. Y otra amiga, más sistemática, ya va por el quinto año de chino y pronto podrá pronunciar consignas maoístas como aquella tan proletaria que llamaba a “agitar la bandera roja para oponerse a la bandera roja”, y que escuché proferir (en 1969) a un airado universitario madrileño empeñado en “desenmascarar a los revisionistas” del PCE.

Como me da en la nariz que los confinamientos (voluntarios o no) seguirán hasta el cuarenta de mayo (todo lo que puede empeorar, lo hace), me permito recomendarles, para que se entretengan, algunos de los métodos de enseñanza de lenguas que acaba de publicar las Prensas de la Universidad de Zaragoza y que les permitirán convertirse en filólogos tan afamados como el profesor Higgins de My Fair Lady. Ahí van: Introducción al griego micénico. Gramática, selección de textos y glosario, de Alberto Bernabé y Eugenio R. Luján; y los atractivos folletos ilustrados de introducción al Vascónico-Aquitano (Joaquín Gorrochategui), el Etrusco (Enrico Benelli) o el Celta Cisalpino (David Stifter). Si le cogen el gusto y quieren más, les animo a que intenten descifrar el Lineal A, la escritura aún ignota que usaban los minoicos hace casi 4.000 años. Y así, retirados en la paz de sus encierros, quizás vivan en conversación con los difuntos y escuchen con sus ojos a los muertos, como diría el poeta encerrado en su torre.

2. Viajeros

Entre las citas que Melville coloca como prefacio a su Moby Dick (esa novela a la que Kiko Amat, un maestro tan tan tan de nuestro tiempo, calificó de “tostón” en este mismo diario, hay que fastidiarse) se incluye una que atribuye a Edmund Burke y que reza: “España… una gran ballena encallada en las orillas de Europa”. A mediados del siglo XVIII, cuando el filósofo angloirlandés pudo escribir su frase, la vieja Iberia, ahora respaldada por la alianza francesa, estaba pasando a un segundo plano internacional. Y, hacia 1851 —cuando Melville publicó su obra—, ya se había convertido en esa ballena varada que los viajeros franceses y británicos en busca de exotismo gustaban recorrer para, acto seguido, escribir su travelogue.

Ahora ya no resultamos —aunque a veces nuestros políticos se empeñen en ello— un país exótico, sino una potencia turística. Claro que, con la que está cayendo, los territorios clausurados, los viajes bajo sospecha y los hoteles vacíos, todos estamos de nuevo varados en nuestras casitas esperando la vacinaçao (no se pierdan en YouTube la samba paródica de Rosana Puccia) que nos saque del encierro y traiga el fim da amargura. Más que viajar, se impone leer sobre viajes, una actividad siempre instructiva y que abre boca para planificar el futuro añorado.

Dos libros recientes pueden contribuir a la teoría y la práctica del viaje turístico (incluido su colapso actual): El selfie del mundo (Anagrama), de Marco d’Eramo, un importante ensayo sobre el turismo, su evolución, sus modalidades y su significado; y el Diccionario de turismo (Cátedra), un utilísimo instrumento terminológico elaborado por una decena de profesores de geografía en el que se analizan todos los conceptos que definen la compleja variedad de este fenómeno. Y, para los que no quieran cansarse, ni siquiera virtualmente, Mármara acaba de publicar Viajes alrededor de una habitación, que reúne el célebre “viaje” original escrito por Xavier de Maistre durante el confinamiento de 1794 y su secuela de 30 años más tarde. Esos relatos autobiográficos constituyen el modelo de esas experiencias que algunos de ustedes, mis improbables lectores, llevan garabateando o tecleando en secreto desde que empezó todo esto.

3. Comicios

Mascarilla, jeringuilla, camilla, ensaladilla, pesadilla, cabecilla, escuadrilla, alcantarilla, natilla, pacotilla, maravilla, guerrilla, marisabidilla, plantilla, peladilla, rodilla, cerilla, mantilla, cuartilla. He encontrado varios centenares de antiguos diminutivos hoy lexicalizados, pero he decidido que prefiero ocuparme de releer El mito de Sísifo (Camus), del que Literatura Random House ha rescatado la traducción de la inolvidable Esther Benítez.

Joaquín Gorrochategui nos cuenta sobre las lenguas habladas en la península Ibérica antes de la romanización

Una noticia de El País sobre la base de datos Hesperia, un proyecto de cuatro universidades españolas, nos ha dejado asombrados presentándonos al profesor Velaza arengando a los habitantes de Sagunto en perfecta lengua ibera pero sin saber lo que está diciendo (!!) Para hacernos una idea menos sensacionalista y más informada que la de los periodistas sobre este proyecto hemos pedido al profesor Gorrochategui una explicación, que rápida y amablemente nos ha enviado.

No cabe duda de que las ignotas escrituras antiguas y los orígenes de las civilizaciones, especialmente cuando se trata de las nuestras propias, ejercen un enorme atractivo sobre el gran público. Así lo comprobamos al leer en el diario El País una presentación divulgativa acerca de nuestro conocimiento sobre las lenguas habladas en la Península Ibérica antes de la romanización.

Lo que sabemos sobre ellas procede básicamente de las inscripciones indígenas que han llegado hasta nosotros, en un número considerable, aunque la inmensa mayoría sean muy fragmentarias y consten de pocos signos. Fueron redactadas en escrituras propias de la península, llamadas paleohispánicas, y en alfabetos ajenos, como el griego o el latino, dependiendo de la época y de la zona, en un periodo que va de fines del s. VIII a. C. al s. I. d. C. Todas las variedades de escritura paleohispánica, entre las que destacan la ibérica nororiental, la ibérica meridional, la del Suroeste y la celtibérica, proceden de un ancestro común, creado muy probablemente en la zona tartesia de cultura orientalizante como adaptación del sistema consonántico fenicio. Este primer sistema paleohispánico poseía uno de los rasgos más característicos de estas escrituras: su carácter semisilábico, ya que combina signos unifonemáticos para vocales y sonantes con signos silábicos para sílabas abiertas formadas por oclusiva más vocal.

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En la imagen superior puede verse una secuencia ibérica, Nombre propio más sufijos gramaticales, procedente de Ensérune, que consta solo de signos alfabéticos, mientras que en esta lápida funeraria celtibérica hallamos la combinación normal entre los dos tipos de signos. Aunque todas las variedades participen de una estructura común, hay diferencias entre ellas en cuanto al valor de algunos signos.

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La escritura ibérica nororiental fue la primera en ser descifrada, en 1925 por el arqueólogo español M. Gómez-Moreno, gracias al apoyo independiente de nombres propios de persona y topónimos trasmitidos en las fuentes greco-latinas y a algunas pocas inscripciones ibéricas escritas en alfabeto griego. En cambio el inicio del desciframiento de la escritura del Suroeste peninsular debió esperar hasta 1961, sin que aún estén resueltas todas las dudas acerca de algunos signos. De esta cultura epigráfica procede el signario de Espanca

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Aparte de diferencias en el valor de algunos signos, hay también otras particularidades, como que la escritura del Suroeste es redundante, con secuencias Kaa, Tee, etc., la meridional levógira, la nororiental dextrógira y a veces dual, con distinción entre sordas y sonoras, que habitualmente no se hace.

Tras el desciframiento de la escritura ibérica nororiental, al poder leerse los documentos, se observó que los textos de la meseta y el valle del Ebro medio estaban redactados en una lengua distinta de la empleada en los textos levantinos, catalanes y narbonenses. En la primera pronto se le hallaron segmentos comparables a desinencias nominales y verbales indoeuropeas y morfemas con paralelos en lenguas célticas. Es el celtibérico; gracias a la ayuda de la lingüística comparada céltica e indoeuropea se comprenden textos y secuencias de cierta complejidad. La segunda lengua, la ibérica, continúa sin parientes conocidos, a pesar de los muchos intentos de comparación con la lengua vasca. Mientras no contemos con textos bilingües greco-ibéricos o ibero-latinos, será difícil avanzar sustancialmente en la comprensión del ibérico, diferenciándonos en esto mucho del mundo oriental, en el que los textos bilingües como la piedra de Rosetta, o los textos aqueménidas de Behistún o Persépolis fueron cruciales para el desciframiento del jeroglífico egipcio, el persa, el acadio y el elamita.

Por lo que podemos obtener de los textos de las lápidas del Suroeste, se trata de una lengua distinta del ibérico, por el momento aislada, sin que tengan visos de certidumbre propuestas recientes que pretenden clasificarla como lengua céltica.

En la zona media del oeste peninsular, en tierras portuguesas y españolas entre los ríos Duero y Guadiana, se hablaba otra lengua, que denominamos lusitano, que ha dejado un puñado de inscripciones indígenas en alfabeto latino. Es claramente una lengua indoeuropea, aunque distinta del celtibérico y probablemente tampoco perteneciente a la rama céltica.

Por último, la antecesora de la lengua vasca, cuya presencia en territorio vascón al igual que en la Aquitania cesariana está confirmada por una nutrida representación de onomástica personal y divina, no ha dejado testimonios epigráficos de entidad, que puedan ser asignados a la lengua con claridad, como ocurre con el debatido mosaico de Andelo.

Las epigrafías y lenguas paleohispánicas constituyen un conjunto de gran riqueza y variedad lingüística, aunque con rasgos unitarios en cuanto al empleo de escrituras originales en el Occidente Europeo. Los descubrimientos constantes de nuevos textos y los avances en su comprensión, gracias a una combinación de saberes filológicos, históricos y lingüísticos, que constituyen el núcleo de la Filología Clásica, se recogen en la Base de Datos Hesperia sobre Lenguas y Epigrafías Paleohispánicas, consultable en internet (http://hesperia.ucm.es/index.php).

Joaquín Gorrochategui

 

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