Las tres muertes de César

“¡Cuídate de los idus de marzo!” va a ser una de las recomendaciones más repetidas hoy entre todos los amantes de la cultura clásica, pues es una fecha histórica para nosotros. Ya el año pasado nuestro compañero Ibor nos ilustró, en una entrada que puedes leer aquí, sobre algunos aspectos de lo que para nosotros los clasicistas significa esta fecha.

Lo que yo os voy a presentar son tres de las muertes cinematográficas de César, tres representaciones distintas de lo ocurrido el 15 de marzo del año 44 a.C.  El contenido lo impartió la profesora Isabel Moreno en su conferencia “La muerte de J. César en la pequeña y gran pantalla” durante el ciclo “Las mil palabras de una imagen” realizado el mes de febrero, y al que tuve el gusto de acudir.

La primera de las muertes aparece en la película Julio César (1953) de Mankiewicz, basada en el texto de Shakespeare. https://www.youtube.com/watch?v=qgeZU7urH7I

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En el film observamos el carácter teatral de la obra. Destaca la frase pronunciada por César antes de morir, en latín: et tu Brute.

La segunda de las muertes es la representada en la miniserie de dos capítulos Julio César (2002) de Uli Edel. (Puedes verla aquí)

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En esta serie el escenario del asesinato es una curia, pero se está basando en la Curia Julia, aunque fue en la Curia de Pompeyo donde murió César.

Y la tercera es la que aparece en la serie de la HBO, ROMA (2005). (Puedes verlo aquí)

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Lo que tienen en común estas tres escenas, aparte del argumento, es el uso espectacular de las fuentes (que muchas veces pasa desapercibido a ojos del espectador). Se están basando en Suetonio y Plutarco:

  1. En el momento en que tomaba asiento, los conjurados le rodearon so pretexto de presentarle sus respetos y en el acto Tilio Cimbro, que había asumido el papel principal, se acercó más, como para hacerle una petición, y, al rechazarle Cesar y aplazarlo con un gesto para otra ocasión, le cogió de la toga por ambos hombros; luego, mientras Cesar gritaba “¡esto es una verdadera violencia!”, uno de los dos Cascas le hirió por la espalda, un poco más abajo de la garganta. Cesar le cogió el brazo, atravesándoselo con su punzón, e intento lanzarse fuera, pero una nueva herida le detuvo. Dándose cuenta entonces de que se le atacaba por todas partes con los puñales desenvainados, se envolvió la cabeza en la toga, al tiempo que con la mano izquierda dejaba caer sus pliegues hasta los pies, para caer más decorosamente, con la parte inferior del cuerpo también cubierta. Así fue acribillado por veintitrés puñaladas, sin haber pronunciado ni una sola palabra, sino únicamente un gemido al primer golpe, aunque algunos han escrito que, al recibir el ataque de Marco Bruto, le dijo: “¿Tú también, hijo?”. Mientras todos huían a la desbandada, quedo allí sin vida por algún tiempo, hasta que tres esclavos lo llevaron a su casa, colocado sobre una litera, con un brazo colgando.

(Suetonio, Vida de los doce Césares, 2 vols., Madrid: Gredos, 1992, vol I. pp. 160-162)

  1. 5. Cuando César entró los senadores se pusieron en pie por deferencia, y entre los cómplices de Bruto, unos se desplegaron en círculo detrás del asiento de César y otros salieron a su encuentro como si se unieran a los ruegos que en ese momento le dirigía Tilio Cimbro por su hermano fugitivo, y así, suplicándole, lo acompañaron hasta su asiento. Una vez sentado rechazó sus peticiones, y como ellos insistían con más vehemencia, César les hizo ver, uno por uno, su disgusto. Entonces Tilio agarró con ambas manos su toga y se la bajó, dejándole el cuello al descubierto, lo que era la señal convenida para comenzar el ataque. Casca le golpea el primero con su espada en la nuca, pero la herida no fue mortal, ni siquiera profunda, pues, como es comprensible, aquél era presa de la turbación al estar tan osada empresa tan sólo comenzando; y así César pudo darse la vuelta, agarrar la espada y retenerla con la mano. Casi al mismo tiempo gritaron ambos personajes, el agredido en latín: «Maldito Casca, ¿qué es lo que haces?», y el agresor en griego, a su hermano: «¡Ayuda, hermano!». Tras este comienzo un escalofrío de terror se apoderó de quienes nada sabían de la conspiración, a la vista de lo que sucedía, y no se atrevieron ni a huir ni a defender a César, ni siquiera a proferir una sola palabra. Pero los que habían preparado el asesinato desenvainaron cada cual su espada; César, rodeado por todos lados y encontrándose dondequiera que mire con el hierro hiriéndole en el rostro y en los ojos, se ve envuelto y zarandeado como una fiera salvaje entre todas esas manos. Y es que todos tenían que tomar parte en el sacrificio y gustar del crimen; por ello también Bruto le propinó una herida, una sola, en la ingle. Y hay quien dice que César se defendía contra los otros, moviéndose de un lado a otro y gritando, pero que cuando vio que Bruto blandía su espada contra él, se cubrió la cabeza con la toga y se dejó caer, ya fuese empujado por el azar, ya por sus asesinos, junto al pedestal sobre el que se alzaba la estatua de Pompeyo. Este pedestal quedó completamente ensangrentado, de modo que parecía que Pompeyo en persona presidía el castigo de su enemigo, recostado a sus pies y palpitando de sus innumerables heridas. Se dice, en efecto, que fueron veintitrés las que recibió; muchos de los conjurados se causaron heridas entre ellos al asestar tal cantidad de golpes sobre un mismo cuerpo.

Plutarco, Vidas paralelas: Alejandro y César, Madrid:  2007, vol. VI, pp. 205-206.

Una vez vistas las representaciones en pantalla y las fuentes, podemos comprobar el gran valor historiográfico que tienen estas obras: la muerte a los pies de la estatua de Pompeyo, la petición de Cimbro, Casca como primer agresor, la huida de los conjurados del lugar, el papel de Bruto… Pero cabe destacar la serie de Uli Edel, que es la más fiel al texto de Plutarco: César está sentado en el sitial, trata de defenderse, aunque incluye el “Bruto, tú también” que aparece en Suetonio. También la versión de la HBO sigue bastante bien el texto de Suetonio y Plutarco: Cimbro le coge de la toga, como señal para los conjurados, César se defiende y trata de cubrirse las piernas y la cabeza para morir con dignidad.

En conclusión, son escenas que ilustran muy bien lo que nos transmiten los textos, porque se basan en ellos. Se trata de una muy buena forma de acercar al espectador a los textos clásicos mediante la imagen.

Cecilia Ares.

 

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Te invitamos al cine: Julio César de Mankiewicz

Proyección de Julio César de Mankiewicz
lunes 29 de febrero. 18:00
Aula Minor. Anayita
Facultad de Filología. USAL

El homenaje a un literato como Shakespeare († 1616) no puede encontrar mejor fórmula de expresión que el que le ha dedicado el arte y sus intérpretes a lo largo de los tiempos. Alternativamente, utilizar para tal fin una obra maestra (Julio César, J.L. Mankiewicz, 1953) que se remonta al original clásico (Plutarco) con gran precisión, supone advertir cómo el verdadero arte es eterno, tiene mil lecturas y pasa a lo largo de las generaciones enriqueciéndose más y más con cada una de ellas.

Poco se puede decir nuevo del dramaturgo, y muy poco también del director (J.L. Mankiewicz) y su obra maestra (Julio César) que va a servir de centro para este pequeño acto que servirá menos de cumplido y merecido recuerdo, que de ilustración para los que no hayan llegado a conocer todavía tales obras y los que podamos, una vez más, disfrutar de su contenido. Unas breves palabras nos servirán para presentar la obra que veremos el lunes a quienes no la conozcan, pidiendo perdón a los más informados por la simplificación, que no olvido, de las mil facetas que no podemos recoger.

El Julio César de Mankiewicz (1953) es un ejercicio de virtuosismo que resulta muy poco acorde con la estética moderna del movimiento, el color y la imprecisión en la palabra especial; es una obra austera, sobria, precisa en la dirección e interpretación y el guión, que enfatiza las palabras del dramaturgo y sobre todo plantea los sentimientos y relaciones humanas como la base del film, a cuya realización y éxito contribuyeron con generosidad los propios actores cobrando apenas, o muy por debajo de sus posibilidades. El gran director del Hollywood dorado, productor y guionista —también aquí el trabajo es suyo aunque por modestia y por identificación con el autor su nombre no aparece en los créditos—, que sabía de memoria el texto original, apostó por un producto reflexivo, muy literario y teatral, muy congruente con el mensaje que pretendía destacar pero sin pretensiones de verosimilitud: apenas el esbozo de túnicas y tocados; muy poco interesado en las reconstrucciones arquitectónicas, salvo las sustanciales, pero muy apoyado fílmicamente por las estatuas. Y no sin anacronismos, que, o no importan demasiado salvo a los puristas que no tienen interés en escuchar la filosofía de los diálogos; o son, en realidad, recursos fílmicos para evocar una realidad que no se puede plasmar como tal: los Luperci iban desnudos, pero M. Antonio no podía aparecer así en escena… Un ejemplo de pulso narrativo, control de cámara y relieve de actores, que destacan en un alarde de interpretación individual y coral: inmenso, M. Brando (M. Antonio); impresionante en su sobriedad y humanidad, J. Mason (Bruto); sinuoso y ambiguo el gran Sir J. Gielgud (Casio) —por una vez, el universo femenino del regidor apenas adquiere el relieve de otros films: sólo una muy bella y elegante Porcia, y la humillada Calpurnia, ponen el contrapunto—. Es un producto muy cuidado, pero radicalmente opuesto al espectáculo de Gladiator (R. Scott, 2000), que entonces incorporaba el Cinemascop con películas tan representativas del género como La túnica sagrada (1953). Un texto filmado que dificilmente puede abarcarse en sólo una sesión. Mucho más sin leer el original en el que se basa, y sin conocer su propia capacidad de adaptación de las fuentes clásicas.

Bienvenidos todos los que se acerquen a ella por primera vez, y encantada de encontrar a quienes la vuelven a ver…, una vez más.

Isabel Moreno Ferrero

El valor de la risa: de Buster Keaton a Dalton Trumbo

Buster Keaton era un genio. Muchos de los jóvenes no habrán oído siquiera hablar de él; pero fue un cómico extraordinario de la época del cine mudo, comparable, en otras coordenadas, con ‘Charlot’, Stan Laurel y Oliver Hardy (‘El Gordo y el Flaco’), los hermanos Marx, o Harold Lloyd. Con una diferencia sobre ellos que lo convierte, no en mejor, sino en particular y, por ello, vinculado con esta Antigüedad a la que algunos nos dedicamos. Como recordaba Carlos Boyero en su crónica de El País del viernes 29 de enero del 2016, “siendo la gracia en estado puro, su rostro no sonrió jamás delante de la cámara”. El crítico añade de inmediato: “aseguran que lo hizo una vez, pero yo no lo he visto”. La anécdota, como tal definitoria ―ya los peripatéticos determinaron el valor de caracterización que tal recurso tenía; y Plutarco lo estableció con claridad en su introducción a la Vida de Alejandro, de las Vidas Paralelas (1.1): los detalles nimios ayudan a dibujar un carácter mejor que las grandes batallas en las que mueren muchos hombres―, me recordó de inmediato otra que, a su vez, permite redimir a Hollywood de la mancha de vacía espectacularidad que a veces —alguna con razón— se le objeta. Cuentan las fuentes que Craso —el abuelo del triunviro que, por su ambición de gloria, murió en Carras luchando contra los partos (53 a.C.)—, no sonrió en toda su vida; lo llamaron, por ello, Agélastos. Obvio los datos científico-filológicos, que los interesados podrán consultar con facilidad en un trabajo de hace unos cuantos años (Talia dixit 5, 2010).  En cambio, planteo la asociación de ideas que los cinéfilos habrán tenido de inmediato: M. Licinio Craso, el triunviro, es uno de los personajes principales de Espartaco, el antihéroe perfecto del líder esclavo ―hay una secuencia modélica que lo ejemplifica sin necesidad de palabras (cine en estado puro): las arengas contrapuestas y alternativas de cada uno a sus muy distintos ejércitos, antes de la batalla final, que muestran la antítesis político-militar y personal de ellos y sus hombres, y el resultado claro de la desigual batalla que tendrá lugar de inmediato―. El muy rico Craso acabará con su antiguo y odiado esclavo, el joven Antonino (Tony Curtis); y luego con el propio Espartaco y sus seguidores. A él, sin embargo, no puede vencerlo; pese a derrotarlo, a obligarlo a matar a su querido amigo Antonino para evitarle el sufrimiento de la cruz, y, crucificarlo con los esclavos supervivientes, Espartaco no ha sido dominado. En cambio, él, Craso es un vencido ―como lo será luego ante los partos en una de las peores derrotas de Roma―, aunque él todavía no lo sepa: lo intuye, eso sí. Por eso trata de que Varinia le explique por qué ama a Espartaco, y no a él que se lo ha ‘dado todo’… Craso, el ‘triunfador’, tampoco sonríe nunca en el film… Sir Lawrence Olivier, su intérprete, concentra su arte en la mirada y la gestualidad facial y corporal, prestándole al personaje la dureza, que no la fuerza, que lo arrastra, primero, al fracaso personal, luego al político: él, que tampoco sabe sonreír, como su abuelo, no puede conseguir que lo haga Varinia, la amada de Espartaco, que, en cambio, sí es capaz de hacerlo junto al ‘obeso Graco’, con aquél ya muerto: “Nunca llegué a comprenderlo tan bien como lo comprendo ahora. Ahora quiero reír. No puedo comprenderlo, pero quiero reír” (H. Fast, Espartaco, Barcelona: Edhasa, 2003, trad. L. Domingo = 1951).

Un buen conocimiento de la Antigüedad nos permite valorar mejor la información que los films, si son buenos y pese a las limitaciones del género, nos ofrecen; y, de paso, agradecer, los datos que nos pueden aportar. Probablemente, de no ser por el cine no se tendría presente a Aristóteles, ni su obra sobre la risa, motivo principal de la obra de U. Eco El nombre de la rosa (1980), y del film del mismo nombre (J.Jacques Annaud, 1986), que interpretó Sean Connery (Guillermo de Baskerville) con un jovencísimo Christian Slater (Adso de Melk); muchos aprendieron así cuál era el valor de la risa… Algunos, además, el de la libertad.  Cuando el éxito de Espartaco desbordó las previsiones, Kirk Douglas, su productor, no permitió que se quitara de los créditos el nombre de Dalton Trumbo, guionista de la película, cuyo texto se había basado en la novela ‘maldita’…, y que estaba también incluido en la “lista negra” de Hollywood. La triste ‘lista negra’ del senador republicano Joseph McCarthy, responsable de tal “caza de brujas” saltó así por los aires…

Isabel Moreno Ferrero

Despiadado Julio César… El valor de las palabras.

A Guillermo Altares, autor de una serie de comentarios en El País con Roma por denominador común, le estamos muy agradecidos los docentes y discentes de la Filología Clásica por divulgar detalles y noticias sobre nuestros textos. No pretendo, pues, criticar su comentario sobre el “Despiadado Julio César” que apareció el otro día en El País (16-12-2015), porque todo ayuda a mantener vivo el interés por las lenguas clásicas, motores últimos de la información transmitida: son los textos escritos en latín o griego los que nos ilustran sobre ese pasado que hoy se estudia o divulga. No obstante, el rigor y precisión que nuestra filología exige me induce a pedir, si ello es posible, un grado más de claridad en la información, porque, mientras algunos podemos ubicar más o menos las referencias del artículo, otros no encajarán con facilidad ni las palabras cesarianas, ni los pormenores de la acción militar; ni, mucho menos, salvo el tópico fondo del imperialismo romano, la diferencia de concepción que tenían los dirigentes antiguos y sus soldados, y la que tenemos nosotros hoy, a propósito de algo tan trágico como la muerte del contrario.

Pido, pues, a los interesados en la Antigüedad que lean el pasaje original de César (Gall. 4.8 ss.), que ofrece las indicaciones adecuadas para entender un problema que anticipa la masacre que años después soportaron los romanos en Teutoburgo (9 d.C.), prueba de que la crueldad en el campo de batalla y la aniquilación del enemigo no eran prácticas exclusivas de los romanos. Aquí, en la actual Karlkriese, localidad cercana a Osnabrück, según las investigaciones de Wolfgang Schlüter —después de que Anthony Clunn, un mayor de la armada británica, retirado, hubiese encontrado con un detector una serie importante de monedas—, Roma fue vencida por unos ‘bárbaros’, que acabaron con tres legiones (XVII, XVIII, XIX), cuyo número nunca reapareció en el organigrama militar.

El desastre se debió en gran medida a la ineptitud de su general en jefe, P. Quintilio Varo —muy bien ‘emparentado’ con la casa imperial: yerno de Agripa, como esposo de Vipsania Marcela, su tercera esposa, ‘casualmente’, fue la sobrina-nieta de Augusto, Claudia Pulcra—; igual que la revuelta: Floro (II 30[IV 12], 31) lo responsabiliza  por sus vitia (…, Vari Quintili libidinem ac superbiam haud secus quam saevitiam odisse coeperunt:  “empezaron a odiar los caprichos y la soberbia de Q. Varo, no menos que su crueldad”); y por su falta de habilidad político-militar. En cambio, Arminio, el líder querusco, se cubrió de gloria, ofreciendo con su éxito las bases del nacionalismo alemán. La ‘mitología’ romana (Suetonio, Vida de Augusto 23) refiere que el Princeps caminaba por su palacio repitiendo como un poseso: Quintili Vare, legiones redde! (“Quintilio Varo: devuélveme las legiones”; lo cual, además de venir bien para repasar la morfología latina, nos recuerda el valor retórico-informativo de las anécdotas y nos permite encajar el hecho en un proceso histórico de más largo alcance, que ilustra, igual que el texto de César, los problemas que siempre han tenido los que buscan cobijo, tierras que cultivar o un lugar mejor para vivir.

Por eso es importante leer bien y completamente los pasajes: se deben ofrecer los datos pertinentes para ubicar la información, elegir con cuidado la traducción que sirve de intermediaria, y dar cuenta justa de quién es su artífice y de cuándo se hizo ésta, porque el tiempo marca las palabras elegidas… Y, desde luego, el mensaje del artículo debe ayudarnos a entender esa diferente concepción que hay entre la ‘civilización romana’ y la nuestra sobre aspectos tan importantes como la conquista y el imperialismo, el bellum iustum (la guerra justa), la muerte del contrario, o su ‘masacre’… Es importante reflexionar sobre el matiz de los términos, que varía en cada momento histórico, y no aplicar, más o menos a la ligera, un determinado concepto a un tiempo que carecía de él.

Los derechos humanos no se conquistaron en un día; y si César mató, o hizo morir, a muchos enemigos fue en una sociedad cuyos valores no eran exactamente los mismos de ahora; en cambio, se alabó su famosa clementia, que él nunca se atribuyó; luego se ensalzó de Augusto, al que en el año 27 a.C. el Senado y el pueblo concedieron un clupeus aureus (“escudo de oro”), que se colocó en la Curia Julia, con una inscripción cuyos términos él orgullosamente eumera en sus memorias: … virtutis clementiaeque iustitiae et pietatis (“… virtud, clemencia, justicia y piedad”, Res Gestae 34); y pasó a considerarse virtud de obligado cumplimiento para sus sucesores, aunque, ni todos la ‘practicaron’ —y no es necesario remitirse a los típicos ‘malos emperadores’ (Calígula, Cómodo, Caracala, Heliogábalo, …), como ejemplifica la bautizada como “masacre de Tesalónica” de Teodosio I en el 390—; ni todos los que fueron alabados por haberla ‘ejercitado’ fueron dignos de tal laudatio, como sí lo fue el propio César…; al menos, en cierto sentido. De ahí el valor de las palabras.

Isabel Moreno

¿Te gusta la novela histórica? Esta es la que inspiró Gladiator

La Profesora Susana González hablaba el otro día de la importante actualidad de Roma a través de las palabras publicadas en El PAIS por Mary Beard. “La autora”, indica Susana, “parte de una situación ahora de plena actualidad: «A finales del siglo IV d.C., el río Danubio era el paso de Calais de Roma»”.

Recojo ambas referencias y me permito recomendar un muy amargo y excelente libro que abrió fronteras en el mundo de la novela histórica: El águila en la nieve, de W. Breem (1926-1990), Madrid, 2008 (=1970), Alamut (trad. N. Gres). Citado así a poca gente le resultará conocido, ni el autor, ni la obra; pero si recogemos que su personaje principal, el general Cayo Paulino Máximo, es el precursor del Máximo de Gladiator, nos interesará de inmediato la historia de cómo la última de las Águilas de Roma quedó destruida, sin que él y su mermado ejército pudieran hacer nada, por un río de hielo. Aquel Máximo, en distinta época que el conocido contrincante de Cómodo en la película, tiene que enfrentarse justamente al cruce de los pueblos bárbaros del Rin en el 476. El Rin no es el Danubio, como decía Mary Beard, la autora de El triunfo romano (Barcelona, 2008, Crítica); pero, para la realidad, el nombre importa poco. La odisea de los pueblos alanos, suevos, vándalos, …, pidiendo cruzar y ser aceptados en el Imperio, ya en su decadencia, es tan trágica como la actual peregrinación de los refugiados sirios. Me permito recomendar la lectura de esta obra a cualquiera que tenga interés en el mundo antiguo y en entender, si es que resulta necesario, a quien, tras abandonarlo todo, pide un desideratum por el que considera válido morir.

Isabel Moreno Ferrero