Homero y el virus

Mª Ángeles Martín Sánchez nos envía esta columna de opinión del diario ABC publicada el 21 de abril: “Homero y el virus”, de Pedro García Cuartango.opinion3

Ocean Vuong y Homero

Ocean Vuong es un poeta vietnamita que, a los dos años de edad, huyó con su familia a Estados Unidos, donde reside y trabaja desde entonces. El hecho de que el país que le acogió sea el mismo que provocó su huida vertebra el que fue su primer poemario, Night Sky with Exit Wounds (2016), que fue libro del año para The New York Times, The Guardian y el Huffington Post, así como ganador del prestigioso premio inglés T. S. Eliot (2017), y de los americanos Whiting Award y el Forward Prize. Este poemario fue traducido al español por Elisa Díaz y publicado por Vaso Roto en 2018, con el título de Cielo nocturno con heridas de fuego.Night Sky with Exit Wounds

En él Vuong, a quien su madre renombró Ocean ya en Connecticut, cuando aprendió la palabra y supo que se refería a un cuerpo de agua que toca muchos países, incluidos Vietnam y Estados Unidos, busca moldear de nuevo el relato de la historia de la Guerra de Vietnam (de la que, en cierto modo, él es fruto, como señala en ‘Notebook Fragments,’ ya que su madre es hija de un soldado americano), así como la historia del cuerpo queer americano (en una expresión del propio Vuong que recuerda mucho a Allen Ginsberg y su “America, I’m putting my queer shoulder to the wheel”).

Para ello, Vuong, que estudió Literatura Inglesa del Siglo XIX en el Brooklyn College de Nueva York, se reconcilió con la tradición occidental leyendo a poetas como Homero, Dante, o Milton:

El desplazamiento, la guerra, la violencia y el trauma son historias humanas, a través del tiempo; desde que empezamos a contar historias hemos estado contando historias sobre la guerra, es un hecho desafortunado. Es ahí donde encontré un terreno común con el canon occidental y empecé a colaborar con él de manera sincera. Y mientras leía a Homero veía mucho de la guerra de Vietnam

En mi opinión, volver a Homero es un resultado lógico por parte de Vuong en su intento por integrar su propia historia, la historia de su familia, en el más amplio marco de la historia americana y no solo por la temática. Ya que la transmisión de la poesía y las mitologías vietnamitas en casa de Vuong, primer alfabetizado de la familia, siempre había sido oral, tal y como lo fue durante siglos la difusión de los poemas homéricos. De este modo, a su vez, la escritura deja de ser ya una herramienta de los conquistadores, y sirve al conquistado para explicar su propia odisea.

Tanto la influencia homérica que sostiene el poemario como los dos temas principales que este aborda y que he señalado arriba (la historia de la Guerra de Vietnam y la historia del cuerpo queer americano), se trazan claramente una vez cruzado el umbral del libro (con ‘Threshold”, el cual recuerda al mito de Orfeo y Eurídice: “I didn’t know the cost /of entering a song—was to lose / your way back”), a través de los dos primeros poemas de este, ‘Telemachus” y ‘Trojan” cuyos títulos ya remiten a la Odisea y a la Ilíada, respectivamente.

En ‘Telemachus”, padre e hijo se reencuentran una vez terminada la guerra (“Because the city / beyond the shore is no longer / where we left it”), pero actúan como desconocidos porque, en realidad, eso es lo que son después de todos estos años (¿cuántos años?, ¿veinte como los que pasaron entre que Ulises partió de Ítaca y regresó?, ¿veinte como los que duró la guerra de Vietnam, que comenzó en 1955 y terminó con la toma de Saigon, la ciudad natal de Vuong, en 1975?). Mientras que en ‘Trojan” el propio cuerpo se convierte en el arma que destruirá la ciudad sitiada, pero también en la ciudad misma, siendo esta ciudad la realidad regida por los códigos del binarismo de género y el paradigma heterosexual que habita el protagonista del poema (“This horse with its human fase”). Este pasa rápidamente de un momento de empoderamiento, bailando enfundado en un vestido rojo, a (auto)destruirse al final del poema (“They will see him / clearest / when the city burns”).

A continuación, puedes leer estos dos poemas, tanto en su versión original en inglés, como en la traducción al español de Ezequiel Zaidenwerg.

En una nota aparte, pero no por ello menos importante, la aparición de Vuong en este blog también está justificada por su uso del símbolo &, en lugar de escribir la conjunción copulativa inglesa “and”. El ampersand es uno de los símbolos más famosos y aún vigentes de la notación tironiana que da nombre a este blog.

Marta Martín Díaz

TELEMACHUS (Puedes acceder al video del poeta leyendo este poema aquí

Like any good son, I pull my father out
of the water, drag him by his hair

through white sand, his knuckles carving a trail
the waves rush in to erase. Because the city

beyond the shore is no longer
where we left it. Because the bombed

cathedral is now a cathedral
of trees. I kneel beside him to show how far

I might sink. Do you know who I am,
Ba? But the answer never comes. The answer

is the bullet hole in his back, brimming
with seawater. He is so still I think

he could be anyone’s father, found
the way a green bottle might appear

at a boy’s feet containing a year
he has never touched. I touch

his ears. No use. I turn him
over. To face it. The cathedral

in his sea-black eyes. The face
not mine – but one I will wear

to kiss all my lovers good-night:
the way I seal my father’s lips

with my own & begin
the faithful work of drowning.

TELÉMACO

Como todo buen hijo, rescato a mi papá
del agua, lo arrastro del pelo

por la arena blanca, sus nudillos abren un surco
que las olas se apuran en borrar. Porque la ciudad

más allá de la costa ya no está
donde la dejamos. Porque la catedral

bombardeada ahora es una catedral
de árboles. Me arrodillo a su lado para ver hasta dónde

me podría hundir. ¿Sabés quién soy,
Ba? Pero la respuesta no llega nunca. La respuesta

es el agujero de bala que tiene en la espalda, lleno
de agua de mar. Está tan quieto que pienso

que podría ser el padre de cualquiera, al que encuentran
como podría aparecer ante los pies de un chico

una botella verde que contiene un año
que nunca tocó. Le toco

las orejas. No pasa nada. Lo doy
vuelta. Para hacerle frente. A la catedral

de sus ojos negros como el mar. A la cara
que no es la mía, pero que voy a poner

para darles a todos mis amantes el beso de las buenas noches:
la manera en que cierro los labios de papá

con los míos & emprendo
la fiel labor del que se ahoga.

TROJAN

   A finger’s worth of dark from daybreak, he steps
                          into his mother’s red dress. A flame caught
                                                   in a mirror the width of a coffin. Glint of steel
in the back of his throat. A flash, a white
                                                              asterisk. Look
                                     how he dances. The sky-blue

             wallpaper peeling into hooks as he twirls, his horse-
head shadow thrown wildly on the family
                                                  portraits, glass cracking beneath
its stain. He moves like any other
                                     fracture, revealing the briefest doors. The dress
                                                  petaling off him like the skin
of a shredded apple. Outside, branches thrash into black applause
                         as if darkness isn’t sharpening
                                     inside him. This horse with its human face.
This belly full of blades.
                          As if dancing could stop the heart
            of his murderer from beating between
                                     his ribs.
                                                  How easily a boy
in a dress the red of shut eyes
                                     vanishes
                                                               beneath the sound of his own
galloping. How a horse will run until it breaks
                                                  into weather—into wind. How like
                         the wind, they will see him. They will see him
                                                                                       clearest
when the city burns.

TROYANO
A un dedo de oscuridad del amanecer, se enfunda

en un vestido rojo. Una llama atrapada
en un espejo del ancho de un ataúd. Un resplandor de acero
en la parte de atrás de la garganta. Un fogonazo, un asterisco
blanco. Mírenlo
cómo baila. El azul moretón del empapelado se descascara
y se engancha, acompañando sus vueltas, su sombra
de cabeza de caballo cae sobre los retratos
familiares, el vidrio se quiebra debajo
de su mancha. Él se mueve como cualquier
fractura, revelando las más breves puertas. El vestido
se le deshoja como la cáscara
de una manzana. Como si sus espadas
no estuvieran afilándose
dentro de él. Este caballo con su cara
de hombre. Este vientre repleto de espadas
& de brutos. Como si bailar pudiera detener
el corazón de su asesino
entre sus costillas. Qué fácil es que un chico con un vestido
rojo como los ojos cerrados
desaparezca
bajo el sonido de su propio
galope. Cómo corre un caballo hasta que irrumpe
en el tiempo: en el viento. Y como al
viento, lo van a ver. Lo van a ver
mejor
con la ciudad en llamas.

 

George Steiner y los clásicos grecolatinos

La muerte del profesor George Steiner a los 90 años el pasado 3 de febrero apagaba la voz de una de las personalidades más sabias y clarividentes de nuestro tiempo. Se ha dicho que era el mejor lector del mundo, y la hipérbole quizá no lo sea tanto. El mundo que habitaba era la logosfera, el tupido bosque formado por la ingente producción literaria y filosófica de Occidente, desde la Antigüedad clásica a nuestros días. Prestó  especial atención a las tradiciones inglesa, francesa y alemana (en las que era trilingüe), pero también a la italiana (Dante, Leopardi), la rusa (Tolstói, Dostoievski, Pushkin), la hebrea (la Biblia y la Cábala), y algo a la española e hispanoamericana (Cervantes, Borges). Se codeaba con familiaridad con los grandes genios de la literatura y el pensamiento de todas las épocas, aunque con frecuencia la música y las artes plásticas también aparecen mencionadas. Es autor de libros deliciosos y originalísimos, a ratos densos por su concisión expresiva, pero jamás farragosos, a pesar de la cantidad de nombres y obras citados. La mayoría han sido publicados en España por Siruela. Recordemos Campos de fuerza (sobre una memorable partida de ajedrez por el campeonato del mundo), Antígonas (pervivencia del mito forjado por Sófocles), Los libros que nunca he escrito (proyectos inconclusos), Lecciones de los maestros (sobre la necesidad del magisterio para el conocimiento), Lenguaje y silencio (y cómo el segundo puede ser muy significativo), Después de Babel (sobre la posibilidad de la traducción)… Son temas de importancia central para cualquier amante de la literatura y la lectura, y no digamos para filólogos, filósofos o traductores. Errata

Como no podía ser de otro modo en alguien del talante y las amplias miras de Steiner, muchos pasajes de las literaturas clásicas son objeto de sus jugosos comentarios, por ejemplo los que dedica en su autobiografía intelectual, Errata (pp. 27-31 de la edición española), al descubrimiento de la Ilíada a los seis años (¡nada menos!). Recuerda con emoción el momento en que su padre leyó para él la no muy conocida escena del canto 21 en que Aquiles dialoga con Licaón, hijo de Príamo, y lo acaba matando, y añade (empleando para la ocasión un logrado símil homérico):

Mi padre leyó el texto griego varias veces seguidas. Me hizo repetir las sílabas con él. Abrió el diccionario y la gramática. Como el dibujo de un mosaico de vivos colores oculto bajo la arena sobre el que se vierte agua, las palabras, las frases cobraron forma y significado para mí. Palabra tras palabras declamada, verso tras verso. Recuerdo nítidamente el asombro que me produjo la palabra “amigo” en mitad de la frase mortal: «Por esta razón, amigo, vas a morir» [21.106] ”.

Luego el padre invitó al pequeño George a aprenderse los versos de memoria (“Para que la serena crueldad del mensaje de Aquiles, para que su dulce terror no nos abandonase jamás”) y le dejó por sorpresa en la mesita de noche su primer Homero. “Puede que el resto no haya sido más que una apostilla a aquel momento. La Ilíada y la Odisea me han acompañado durante toda mi vida”. Cuenta luego que coleccionó centenares de traducciones de los poemas homéricos y que publicó en 1996 su Homer in English, “la obra que entre todas las mías me ha proporcionado un placer más inmediato”.

Son extraordinarias las páginas de La poesía del pensamiento (35-52), una de sus últimas obras (2011) dedicadas a Heráclito, Parménides, Empédocles y, en especial Lucrecio (así como Platón: 56-70). Extracto las siguientes líneas (50-51):

Lucrecio nos hace sentir que hay ciertos movimientos de pensamiento, de razonamiento abstracto, una gravitas, un peso material […]. Cuando hay velocidad en la cadencia es la de una rapidez acorazada, de un belicoso accelerando. Como el de los jóvenes que danzan “revestidos de sus armaduras, chocando bronce con bronce a compás”. No hay traducción que iguale el peso mercurial, si existe algo que se pueda llamar así, del original:

cum pueri circum puerum pernice chorea
armati in numerum pulsarent aeribus aera. (2.635-636)

Cuando ágiles rondas de niños armados danzando en torno al dios niño
batían en cadencia bronces con bronces (trad. de E. Valentí Fiol)

(Por cierto que en la edición española, no en la inglesa, puerum aparece erróneamente como pueri). Para no alargarme, dejo para otra entrada la reseña de un opúsculo reciente y poco conocido: Fragmentos (2016). Seguramente otros colaboradores del blog se animarán a glosar más páginas igualmente fascinantes de su obra.

Maestro Steiner, gracias por transmitirnos su Pasión intacta.

Marco Antonio Santamaría

 

Nuestro “Homero ciego”

El pasado 2 de diciembre la directora de este blog nos ilustró (ha prometido algún capítulo histórico más sobre nuestro Departamento) con una historia de los libros de Clásicas que ahora contiene nuestra biblioteca desde la fundación del propio Seminario de Filología Clásica. En ella se colaba una graciosa anécdota sobre la identidad del busto de escayola que ahora custodia nuestra querida Mary Tere en la secretaría del Departamento (no se olvide nadie de que en 1988, como relataba Susana González, sufrió un secuestro). Se hacía allí referencia (la fuente citada era Adelaida Martín Sánchez) al traslado de los fondos desde su primera ubicación al ático de la fachada del palacio y se nos decía que nuestro busto de Homero, que en tiempos fue al parecer tenido también por un retrato de Demóstenes, llegó en aquel traslado a ser imaginado por un bedel como la noble imagen del rector Tovar que el propio intérprete en persona pidió llevar a su nueva sede.

No sabemos por ahora a quién corresponde la factura de la copia de escayola, pero lo que sí está claro es que pretende reproducir alguna de las esculturas de mármol cuya talla se repitió al parecer en el s. II de nuestra era sobre un original griego helenístico. Se conservan muchas y distintas, algunas en los Museos Capitolinos, otra en el Museo Británico, otra en el Prado, también una en el Louvre, conocida como el Homero Caetani, dada su procedencia del Palazzo Caetani de Roma, etc. Si os entretenéis en la red, podréis descubrir unas cuantas más.

Adjunto imágenes de internet de las que yo veo más cercanas a nuestra escayola, que siempre llevan el título de “Homero ciego”, para que os decidáis por cuál es, a vuestro juicio, la que sirvió de modelo a nuestro desconocido escultor. Yo me inclino por una de las que se hallan en los Museos Capitolinos, la segunda, o por el Homero Caetani. Eso sí, este último con la nariz reconstruida.

Agustín Ramos Guerreira

Homero 1
Museos Capitolinos
Homero 2
Museos Capitolinos
Homero 3
Museo del Prado
Homero 4
Homero Caetani. Louvre
Homero 5
British Museum

Una nueva Odisea ilustrada

Hace unos meses la profesora Eusebia Tarriño compartía en este blog su lectura de Una Odisea. Un padre, un hijo, una epopeya). En este libro, Daniel Mendelsohn narra la relación con su padre, y su familia extensa, a través de un seminario sobre el poema homérico que él mismo impartió y al cual su padre, un matemático octogenario ya jubilado, asistió como alumno.

La Odisea queda en familia de nuevo (como bien titula Peio H. Riaño esta entrevista a sus dos autores ) a propósito de La Odisea: Ilustrada, editada por Malpaso; puesto que la selección y traducción de  textos corren a cargo de Carmen Estrada (catedrática de Fisiología que, tras jubilarse, se matriculó en Filología Clásica) y las ilustraciones pertenecen a su hijo, el dibujante Miguel Brieva.

Además, esta Odisea parece ser una fiel hija de sus tiempos. Por una parte, Estrada busca con su traducción enfatizar el papel de las mujeres en la travesía de Odiseo. Como ella misma señala en la entrevista arriba mencionada: “Ellas llevan su [la de Odiseo] narración. Entonces, ¿quién es el protagonista? Ellas son esenciales.” Un papel que, al volver al griego original, vio en muchas ocasiones mermado e incluso borrado por completo de las traducciones, como también indica en la entrevista.

Esto me recuerda al enfoque con el que Emily Wilson afrontó su traducción de la Odisea al inglés, la primera traducción a este idioma llevada a cabo por una mujer. No obstante, desconozco si Estrada ha leído la traducción de Wilson o si conoce la polémica que algunas de sus elecciones, en concreto las que tenían que ver con el vocabulario en torno a las mujeres del poema, tuvieron en ciertos ámbitos académicos así como en algunos medios.

Por otra parte, este ir y venir sobre el griego original y sus posteriores traducciones por parte de Estrada, nos ofrece una concepción del poema homérico consciente de la importancia de su recepción, en este caso, en traducciones, a lo largo de los tiempos, como la propia Estrada reflexiona también en la entrevista: “Es un libro que tiene infinitas lecturas, porque es un reflejo de quienes la leen. Ahora podemos hacer esta lectura, porque las mujeres hemos pasado desapercibidas durante muchos años.” A su vez, en su presentación del libro la editorial señala cómo Brieva entabla un diálogo interdisciplinar con Homero a través de sus ilustraciones, un elemento más de la recepción del poema.

Marta Martín Díaz

Donald Tusk en Atenas

En cuanto un mandatario político pisa suelo griego siente una acuciante necesidad de confesar su pasión secreta por los clásicos (a veces ni siquiera les hace falta excusa). En esta línea y para no ser menos que Boris Johnson, el presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, se marcó el otro día en el Foro de la Democracia 2019 de Atenas un florido discurso de inauguración (puedes leer el original aquí) en el que agradece la invitación al acto por tres motivos de índole distinta.

Primero, por razones personales: su gran pasión por los clásicos griegos. Tusk, historiador, tiene a bien contarnos que antes de los diez años ya había leído la Iliada en polaco y que Homero había dado sentido a su vida; ya de mayor, cuando visitó por primera vez la Acrópolis y abrazó una columna del Erechtheion no pudo contener las lágrimas. Relaciona directamente su vocación política con otra anécdota relacionada con el mundo clásico: en la Enseñanza secundaria, tras una lectura de la Antígona de Sófocles, se vio obligado en un debate en clase a actuar como abogado de Creonte, logrando que el juicio simulado quedara en tablas.

La segunda razón es su deseo de, inspirado por los clásicos, aprovechar la oportunidad de liberar al término “política” (la politeia griega y la res publica ciceroniana) de las actuales connotaciones negativas y devolverle su sentido original: una actividad al servicio del bien común. La situación actual, cuyos puntos calientes enumera -el Brexit, Trump, los paises de Centroeuropa oriental o la frontera entre Rusia y Ucrania-, sin duda merecería el análisis del historiador Tucídides.

Finalmente, el tercer motivo es el agradecimiento por el premio otorgado a su amigo Paweł Adamowicz, alcalde de Gdansk, que fue asesinado en enero de este año durante un acto benéfico en el que participaba. No falta tampoco la alusión al mundo clásico, en este caso un contraejemplo menos familiar que las referencias anteriores: Demetrio Poliorcetes, rey de Macedonia, que se mostraba, según la biografía que de él redactó Plutarco, orgulloso de ese sobrenombre, “expugnador de ciudades”. A diferencia de este, Adamowicz trabajó en la idea de que no todo está perdido, de que el amor es más fuerte que el odio, de que la solidaridad lo es más que el egoísmo.

Es posible que el mundo clásico aporte al actual muchas cosas, pero sin duda una fundamental es ser un instrumento de lucimiento para políticos y otras figuras públicas. Eso sí, a la hora de favorecer su estudio y conocimiento para amplios sectores de la población el entusiasmo decae considerablemente. Lo clásico es un adorno y, por tanto, prescindible (para los demás, porque a ellos sí les gusta lucirse); eso sí, ¡a qué cosas tan monas nos dedicamos!.

Susana González Marín

EL cíclope en la mitología asturiana

Polifemo y sus compañeros cíclopes, gigantes y de un solo ojo en medio de la frente, retratados en Odisea IX de Homero, dejaron tras de sí una estela en la tradición posterior. Tal es el caso de la mitología asturiana, con los pataricos, que tienen su paralelo en el ojáncano cántabro y en el tártaro vasco.

En el trabajo El Vocabulario del Bable Occidental (1932), de Bernardo Acevedo Huelves y de Marcelino Fernández Fernández, aparecen descritos los pataricos, que son unos gigantes de un solo ojo que habitan en pueblos costeros e inhóspitos.

Al igual que los cíclopes, devoran a los visitantes que osen acercarse a su morada. Recordemos el canto IX de la epopeya homérica, cuando Ulises y sus compañeros recalaron en una gruta donde habitaba un cíclope. Poco a poco se fue comiendo a los compañeros de nuestro héroe, pero luego trazaron un plan para engañarle y resultó efectivo: primero le emborracharon con vino y luego le quemaron el ojo, produciéndole ceguera.

Es clara la influencia marítima en esta tradición: los cíclopes habitan en la costa y los pataricos en la costa asturiana. En Asturias hay una larga tradición pastoril y al igual que el cíclope, elaboran queso (el Cabrales) y lo llevan a madurar en las cuevas, bajo óptimas condiciones de humedad, durante aproximadamente cuatro o seis meses.

El mar, las cuevas, los carneros y la elaboración del queso por parte de Polifemo son elementos comunes.

Los dos autores anteriormente citados determinan que la creencia en este mito desapareció aproximadamente en el año 1880.

En este artículo de La Nueva España, escrito en bable, podéis leer detalles sobre el mito que nos ocupa.

Elena Villarroel Rodríguez

La Odisea de Mendelsohn

Daniel Mendelsohn, Una Odisea. Un padre, un hijo, una epopeya, Barcelona: Seix Barral 2019 (trad. R. Buenaventura)

Daniel Mendelsohn (Nueva York, 1960) estudió Filología Clásica en Virginia y Princeton, y en la actualidad escribe para diversas publicaciones (The New Yorker, The New York Times, etc.) y es profesor de Humanidades en una facultad (Bard College), situada al norte de Nueva York. En 2011 ofreció durante un cuatrimestre un seminario sobre la Odisea para alumnos de primer año. Nada extraordinario si no hubiera sido porque entre la decena de jóvenes que no habían cumplido aún los 20 años se añadió un alumno extraordinario, que sobrepasaba los 80, y que además era el padre del profesor, Jay Mendelsohn, un matemático retirado.

Cuando el primer día de clase Daniel Mendelsohn se encontró frente a este peculiar grupo -unos alumnos poco participativos y, además, su padre, un feroz crítico de Odiseo-, pensó que aquello iba a ser una pesadilla. Pero fue una enriquecedora odisea que le permitió conocer mejor a su padre, y tras la cual ambos se embarcaron en un crucero por el Mediterráneo para visitar los lugares por los que pasó el héroe homérico. Fruto de aquellas experiencias es esta Odisea poliédrica y absorbente.

Mendelsohn_The-Odyssey_Social

En ella conocemos a Mendelsohn hijo y su temor reverencial hacia un padre incapaz de explicarle los problemas escolares de matemáticas; un hijo que, como Telémaco, descubre a través de otras personas aspectos sorprendentes de esa figura paterna cuando no es su padre, sino simplemente un hombre, un colega, un amigo, un compañero de clase. Conocemos también a Mendelsohn padre, aventajado estudiante de latín en su juventud, para quien solo lo difícil merece la pena, investigador de proyectos secretos, frustrado doctor y frustrado viajero, y con ánimo para volver a las aulas a seguir aprendiendo de los clásicos, a los que renunció en el instituto. Y conocemos a toda la familia, la madre, los hermanos, los abuelos. Como dice Mendelsohn, cuando somos pequeños pensamos que nuestra familia es el mundo y que todo el mundo es como nuestra familia. Solo después nos damos cuenta de que, más bien, cada familia es un mundo. Y no hay nada más interesante, creo yo, que contrastar experiencias y conocer otros modelos humanos.

En este libro Daniel Mendelsohn es un Telémaco en busca de su padre; es un Odiseo, que conduce a sus alumnos en la travesía del aprendizaje (qué diferente la estrategia pedagógica respecto a lo que estamos acostumbrados); y es un Homero que, sirviéndose de verdaderas acrobacias narrativas y cronológicas (como él dice a propósito de Homero), nos lleva en un viaje zigzagueante por los rincones de su memoria familiar mientras compone una obra imperecedera a la memoria de un héroe, su padre.

En este enlace de la editorial se puede leer el primer capítulo.

Eusebia Tarriño Ruiz

 

 

#Homero2019

Pablo Maurette, profesor de literatura comparada e investigador del Centro de Estudios sobre el Renacimiento Italiano de la Universidad de Harvard, ha lanzado una propuesta (#Homero2019) a sus seguidores de Twitter:  leer un canto de la Ilíada cada semana y comentarlo en Twitter. La lectura de cada canto empieza los martes, siempre con el vídeo de una persona leyendo los primeros versos. La sección Verne de El País se ha hecho eco de la propuesta y nos da una muestra de los comentarios enviados.

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