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El hombre que no pudo escapar de la destrucción de Pompeya

El hombre que no pudo escapar de la destrucción de Pompeya

 

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Libros para conocer a los romanos

Guillermo Altares publica en Librotea, el recomendador de libros de El País, sus recomendaciones para conocer mejor el mundo romano. Invitamos a nuestros seguidores a que añadan sus propias propuestas.

¿Dos chinos en Londinium?

Una vez más, el periodista cultural Guillermo Altares recoge en el diario El País (30 de septiembre de 2016) una noticia muy interesante para los aficionados a los Estudios Clásicos, que ofrece algunos detalles sobre el estado actual de una investigación arqueológica en el Reino Unido. (Pincha aquí para ver la noticia)

Y es que, efectivamente, existen indicios de que en el Londres tardoantiguo (ss. II – IV d.C.) hubiese algún que otro individuo originario de la China. Un grupo de arqueólogos británicos considera bastante probable que unos restos exhumados de un cementerio romano compartan rasgos morfológicos (y quizá también genéticos) con los habitantes actuales del extremo oriente asiático.

Que la antigua China y el Imperio romano tenían conocimiento la una del otro, por mínimo que fuese, es un hecho que parece en la actualidad fuera de toda discusión. De todas las fuentes literarias conservadas, Plinio el Viejo (6.54) llama la atención por sus referencias al lejano pueblo de los seres, situado más allá de los confines del Imperio de Alejandro Magno:

Los primeros hombres conocidos son los seres, famosos por la seda de sus bosques; cardan el blanco de sus hojas tras sumergirla en agua, de ahí la doble tarea para nuestras mujeres, que la devanan en hilos y la vuelven a tejer: con un trabajo tan complejo y procedente de una región tan lejana se busca que una matrona luzca públicamente este tejido transparente. Los seres son realmente amables, pero también, a semejanza de las bestias, evitan el contacto con el resto de los hombres, y esperan expectantes la llegada de mercancías.

 A estos orientales dedicados a la obtención de la seda se los suele identificar actualmente con los tocarios, el enigmático pueblo indoeuropeo que pobló la región del Río Tarim, al noroeste de la actual República Popular China. Asimismo, los testimonios chinos antiguos aluden a las relaciones diplomáticas y comerciales que mediaban entre ambas civilizaciones, principalmente desde los años de Antonino Pío o Marco Aurelio.

¿Y si estos restos humanos hallados en Londres pertenecen de verdad a los antiguos habitantes de la China? ¿Se trataría de los seres de que habla Plinio el Viejo? Y en todo caso, ¿qué motivo habría llevado a estos hombres no al centro del Imperio Romano, sino a una ciudad tan periférica como Londinium? De momento, sólo podemos esperar el veredicto de los arqueólogos; luego, los historiadores tendrán que presentar sus nuevas hipótesis.

Federico Pedreira Nores

¿Y si la historia no fue como nos la contaron? Discusiones actuales sobre historia romana y cristiana

Recientemente, han aparecido en el periódico El País dos artículos interesantes que se hacen eco de las últimas investigaciones históricas en torno a los primeros hitos del Cristianismo en el Imperio Romano: «Aún no sabemos quiénes ni por qué mataron a Jesús» (Juan Arias, 1/04/2016), y «Los cristianos que Nerón nunca mató» (Guillermo Altares, 11/12/2015). Como rezan sus títulos, hoy se está empezando a poner en duda la veracidad tanto del relato evangélico, como de las fuentes romanas al respecto; y las conclusiones, sin ser definitivas, parecen ser bien distintas de lo que (parece) afirman los textos antiguos.

Revisar exhaustivamente los Evangelios canónicos puede indicarle al historiador actual alguna incoherencia que obligue a reinterpretar las líneas maestras de la condena a muerte (que no de la divinidad) de Jesucristo. Es el caso del investigador checo Paul Winter (1904-1969), que atribuyó su crucifixión no al pueblo judío, sino al poder provincial romano: Jesús de Nazaret, rex Iudeorum, habría sido visto como un revolucionario social, y su causa, como una auténtica amenaza política. Prueba de esto se encuentra en las diferencias contradictorias que median entre los propios Evangelios, por lo que se refiere, sobre todo, a los juicios paralelos del Sanedrín y de Pilatos, con su errática actitud frente al reo. Así pues, como concluye su libro Sobre el proceso de Jesús (1961), cambiaría considerablemente el signo de los hechos.

Asimismo, merecen especial atención las noticias que recogen este acontecimiento histórico desde la óptica pagana. Por lo temprano de su fecha, es muy significativo el extraordinario capítulo sobre los cristianos en los Annales (15.44) de Tácito, que, contradiciendo la versión bíblica, viene a confirmar la hipótesis de Winter. Pero el mismo texto que da luz en un sentido, causa nuevos y serios problemas en otro.

En efecto, la obra de Tácito se tuvo por lo común como una historia relativamente rigurosa y veraz dentro de este género literario, y quizá por eso sólo pensadores como Voltaire le achacaron como defecto su resentimiento latente o su conservadurismo demodé. En cambio, buena parte de la crítica opina hoy que el autor romano no es tan fiel a la realidad histórica, y que bajo sus palabras puede haber otro tipo de realidades, cosa que no se lo pone a priori fácil al lector.

Para el caso, Brent D. Shaw ha publicado hace unos meses «The Myth of the Neronian Persecution» (JRS 105), un artículo tan sugerente como transgresor, cuando menos. Su tesis principal consiste en que la famosa persecución de los cristianos tras el gran incendio de Roma, en época de Nerón, no es otra cosa que un ejemplo de anacronismo histórico deliberado por parte de Tácito. De acuerdo con el profesor canadiense, es muy improbable que en el año 64 esta causa religiosa contase con muchos seguidores; y se confirma aún más improbable, en tanto que no se halla ninguna otra mención literaria a estas ejecuciones masivas de cristianos en fecha Julio-Claudia. Se percibe, de nuevo, un nuevo caso de modificación histórica en torno a la relación entre romanos y cristianos, que hace adoptar otras explicaciones en el curso de los acontecimientos.

Dadas estas alternativas, restaba a sus autores concluir (y, en la medida de lo posible, verificar) su argumentación explicando el porqué de estos cambios más o menos profundas en el relato de la historia. Y, de hecho, coinciden en el diagnóstico: según estos dos investigadores, tanto el testimonio de los evangelistas cuanto la información de Tácito atienden probablemente a las necesidades ideológicas y/o políticas que cada cual tiene en su tiempo. Porque hoy no cabe duda de que el Nuevo Testamento es bastante posterior a la vida de Jesucristo, en un momento en que convenía más culpar a los judíos y obtener el favor romano, y de que Tácito veía a los cristianos como una secta judía que, por forzado que pareciese, merecía un castigo ejemplar en la historia para advertir del trastorno que suponía para la identidad pagana de la Ciudad. Juicio durísimo que, por cierto, bien concuerda con el que de quienes achacan al cristianismo la responsabilidad última de la caída del Imperio.

Es, pues, de agradecer que un periódico tan influyente como el arriba citado no sólo aborde de vez en cuando temas clásicos, sino que también divulgue la labor de filólogos e historiadores a través de sus páginas culturales y con la firma de unos periodistas reconocidos, informando e invitando a la reflexión por igual. Sólo queda aquí recomendar la lectura de uno y otro artículo, para plantearnos, al menos, hasta qué punto los relatos antiguos, junto con el curso de la historia, han contribuido a configurar nuestro imaginario cultural.

Federico Pedreira Nores

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¿La idílica suburbia estadounidense?

“La idílica suburbia estadounidense” es la expresión de Guillermo Altares en el País del 1 de noviembre de 2015 (“Cómo Halloween derrotó a Todos los Santos“), que tiene la delicadeza lingüística de marcar por medio de la cursiva que suburbia es una palabra no española. En efecto, tanto suburb como suburbia son términos ingleses derivados del latín suburbium, una palabra escasamente documentada en latín  para denotar la villa (suburbana villa, ese sintagma sí abundantemente documentado) que los aristócratas poseían en las inmediaciones de la ciudad. Nuestro suburbio hace referencia a las afueras, a los márgenes, en una época en que de las ciudades lo que se valoraba era vivir en el centro. Tomo del CORDE la siguiente referencia de la obra de Fernando Chueca Goitia Breve Historia del Urbanismo:

“Para los Estados Unidos, la palabra suburbio equivale a zona residencial, respetable, tranquila, quieta, cuando no opulenta y señorial. En Europa, la mayoría de las veces es sinónimo de pobreza y miseria. La ciudad europea es una fruta cuya corteza está corrompida, pero que conserva el corazón sano y, en cambio, la americana tiene una lustrosa apariencia con la médula emponzoñada.”

Así que en suburbio, suburbia  lo que chocan, aparte de la distinta manera de adaptar el latín que tienen el español y el inglés, son dos conceptos de urbanismo. El español, para nombrar un fenómeno urbanístico similar al que se ha producido mucho antes en el ámbito anglosajón, ha preferido el término urbanización.

Yo, sin tener que importar ninguna expresión, diría “los idílicos suburbios estadounidenses”, ampliando la comprensión lógica del término suburbio, pues el término idílico ya lo despoja del matiz peyorativo.

José Carlos Fernández Corte

Despiadado Julio César… El valor de las palabras.

A Guillermo Altares, autor de una serie de comentarios en El País con Roma por denominador común, le estamos muy agradecidos los docentes y discentes de la Filología Clásica por divulgar detalles y noticias sobre nuestros textos. No pretendo, pues, criticar su comentario sobre el “Despiadado Julio César” que apareció el otro día en El País (16-12-2015), porque todo ayuda a mantener vivo el interés por las lenguas clásicas, motores últimos de la información transmitida: son los textos escritos en latín o griego los que nos ilustran sobre ese pasado que hoy se estudia o divulga. No obstante, el rigor y precisión que nuestra filología exige me induce a pedir, si ello es posible, un grado más de claridad en la información, porque, mientras algunos podemos ubicar más o menos las referencias del artículo, otros no encajarán con facilidad ni las palabras cesarianas, ni los pormenores de la acción militar; ni, mucho menos, salvo el tópico fondo del imperialismo romano, la diferencia de concepción que tenían los dirigentes antiguos y sus soldados, y la que tenemos nosotros hoy, a propósito de algo tan trágico como la muerte del contrario.

Pido, pues, a los interesados en la Antigüedad que lean el pasaje original de César (Gall. 4.8 ss.), que ofrece las indicaciones adecuadas para entender un problema que anticipa la masacre que años después soportaron los romanos en Teutoburgo (9 d.C.), prueba de que la crueldad en el campo de batalla y la aniquilación del enemigo no eran prácticas exclusivas de los romanos. Aquí, en la actual Karlkriese, localidad cercana a Osnabrück, según las investigaciones de Wolfgang Schlüter —después de que Anthony Clunn, un mayor de la armada británica, retirado, hubiese encontrado con un detector una serie importante de monedas—, Roma fue vencida por unos ‘bárbaros’, que acabaron con tres legiones (XVII, XVIII, XIX), cuyo número nunca reapareció en el organigrama militar.

El desastre se debió en gran medida a la ineptitud de su general en jefe, P. Quintilio Varo —muy bien ‘emparentado’ con la casa imperial: yerno de Agripa, como esposo de Vipsania Marcela, su tercera esposa, ‘casualmente’, fue la sobrina-nieta de Augusto, Claudia Pulcra—; igual que la revuelta: Floro (II 30[IV 12], 31) lo responsabiliza  por sus vitia (…, Vari Quintili libidinem ac superbiam haud secus quam saevitiam odisse coeperunt:  “empezaron a odiar los caprichos y la soberbia de Q. Varo, no menos que su crueldad”); y por su falta de habilidad político-militar. En cambio, Arminio, el líder querusco, se cubrió de gloria, ofreciendo con su éxito las bases del nacionalismo alemán. La ‘mitología’ romana (Suetonio, Vida de Augusto 23) refiere que el Princeps caminaba por su palacio repitiendo como un poseso: Quintili Vare, legiones redde! (“Quintilio Varo: devuélveme las legiones”; lo cual, además de venir bien para repasar la morfología latina, nos recuerda el valor retórico-informativo de las anécdotas y nos permite encajar el hecho en un proceso histórico de más largo alcance, que ilustra, igual que el texto de César, los problemas que siempre han tenido los que buscan cobijo, tierras que cultivar o un lugar mejor para vivir.

Por eso es importante leer bien y completamente los pasajes: se deben ofrecer los datos pertinentes para ubicar la información, elegir con cuidado la traducción que sirve de intermediaria, y dar cuenta justa de quién es su artífice y de cuándo se hizo ésta, porque el tiempo marca las palabras elegidas… Y, desde luego, el mensaje del artículo debe ayudarnos a entender esa diferente concepción que hay entre la ‘civilización romana’ y la nuestra sobre aspectos tan importantes como la conquista y el imperialismo, el bellum iustum (la guerra justa), la muerte del contrario, o su ‘masacre’… Es importante reflexionar sobre el matiz de los términos, que varía en cada momento histórico, y no aplicar, más o menos a la ligera, un determinado concepto a un tiempo que carecía de él.

Los derechos humanos no se conquistaron en un día; y si César mató, o hizo morir, a muchos enemigos fue en una sociedad cuyos valores no eran exactamente los mismos de ahora; en cambio, se alabó su famosa clementia, que él nunca se atribuyó; luego se ensalzó de Augusto, al que en el año 27 a.C. el Senado y el pueblo concedieron un clupeus aureus (“escudo de oro”), que se colocó en la Curia Julia, con una inscripción cuyos términos él orgullosamente eumera en sus memorias: … virtutis clementiaeque iustitiae et pietatis (“… virtud, clemencia, justicia y piedad”, Res Gestae 34); y pasó a considerarse virtud de obligado cumplimiento para sus sucesores, aunque, ni todos la ‘practicaron’ —y no es necesario remitirse a los típicos ‘malos emperadores’ (Calígula, Cómodo, Caracala, Heliogábalo, …), como ejemplifica la bautizada como “masacre de Tesalónica” de Teodosio I en el 390—; ni todos los que fueron alabados por haberla ‘ejercitado’ fueron dignos de tal laudatio, como sí lo fue el propio César…; al menos, en cierto sentido. De ahí el valor de las palabras.

Isabel Moreno