¿Por qué latín y griego en la enseñanza? Jean Michel Blanquer contesta

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Emilio de Miguel nos envía el titular que encabeza la entrevista a Jean Michel Blanquer, ministro de educación del gobierno francés, en la edición impresa de El País del día 15 de abril. Si queréis leer la entrevista completa os dejamos el enlace a la edición electrónica pero reproducimos la contestación del entrevistado a la siguiente pregunta:

P. ¿Por qué ha reintroducido la enseñanza del latín y el griego?

R. No hay que oponer pasado y futuro. Cuando el mundo tuvo que repensar su propia lógica en los siglos XVI y XVII con el descubrimiento de las Américas y la invención de la imprenta, hubo al mismo tiempo un redescubrimiento de la Antigüedad, de los clásicos. No es casualidad. Hay que pensar de dónde venimos para ver adónde vamos. Además, el lenguaje es fundamental en la vida: es la vida. El griego y el latín no son piedras muertas. Son elementos de vida en el lenguaje. Desempeñan un papel esencial si queremos ayudar a nuestros niños a tener un lenguaje de calidad y a entender la complejidad de la vida gracias a la complejidad del lenguaje, la etimología, el juego con las palabras.

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Salvemos el griego en el IES Abdera de Adra (Almería)

Nos hacemos eco de las denuncias de Fernando Basanta de la situación vivida en el IES Abdera de Adra (Almería): no se permite a siete alumnos cursar Griego I en 1º de Bachillerato porque no alcanzan el número mínimo exigido de 15 matriculados, a pesar de que la normativa autonómica establece que pueden hacerlo si  ello no implica aumento de la plantilla del profesorado, condición que se cumple en este caso.

Recogemos los enlaces de prensa en 20 minutos, La Vanguardia, Diario de Almería, Teleprensa.

Reproducimos a continuación la carta de apoyo del presidente de la Sociedad Española de Estudios Clásicos, Jesús de la Villa:

Comunicado de la Sociedad Española de Estudios Clásicos sobre la supresión de la materia de Griego I en el IES Abdera de Adra, Almería.

La Sociedad Española de Estudios Clásicos (SEEC) ha tenido noticia, con enorme preocupación, de la incomprensible situación que se ha planteado durante el presente curso en el IES Abdera de Adra, en la provincia de Almería.

No es admisible que habiendo siete alumnos matriculados en la asignatura troncal de opción Griego I, y teniendo la profesora que debía impartirla holgado horario para asumir la docencia de las materias de su especialidad, se le asignen a ésta cuatro horas de Lengua Española, cuyos especialistas pueden asumir sin el menor inconveniente, a costa de la deliberada eliminación de una materia tan vertebradora del Bachillerato humanístico como el Griego.

A pesar de lo injusto de la situación, que priva a siete alumnos de cursar la materia que desean y necesitan, y que obliga a la profesora a impartir materias que no son de su especialidad, todos los escritos y recursos planteados, siguiendo los cauces oficiales, no han surtido efecto, y ni la inspección, ni las autoridades educativas de la provincia, ni de la Junta de Andalucía, han hecho lo más mínimo por rectificar la desacertada e inaudita decisión inicial.

Por desgracia, desde la implantación de la LOMCE, con demasiada frecuencia se vienen produciendo situaciones en las que los centros sacrifican materias minoritarias, aunque importantes, a costa de privar a los estudiantes de sus legítimas expectativas de formación, como consecuencia, unas veces, de pretendidas necesidades de horarios, y otras, como el caso que nos ocupa, de criterios arbitrarios, pues el centro dispone de profesorado en condiciones de impartirlas, y la especialidad de la materia asignada en su lugar puede asumir toda su docencia sin necesidad de desviarla a otra.

Entre estas malogradas materias, la oferta del Griego está sufriendo de un modo especial una alarmante merma. Desde la SEEC hemos estudiado la situación centro por centro a lo largo de todo el país, y hemos podido constatar que la materia de Griego I, y por ende de Griego II, ha reducido en un 20% su impartición en los dos últimos cursos académicos. En la mayoría de los casos han sido los propios centros los responsables de que la materia no haya podido impartirse, aunque legal y técnicamente habría sido posible, lo que convierte a las administraciones educativas en corresponsables de la pérdida por parte de los estudiantes de su legítimo derecho a la formación y todo con el objetivo de ahorrar un puñado de profesores.

  La situación es enormemente preocupante. De seguir así, en pocos años no habrá nadie en el Bachillerato español capaz de saber quiénes fueron Homero, Sófocles o Heródoto. Nadie estará en condiciones de conocer las raíces griegas del 90% del vocabulario científico y técnico internacional. Nadie podrá interpretar con facilidad el 15% del vocabulario normal y de uso de nuestra propia lengua. Habrá desaparecido una de las bases imprescindibles, junto con el Latín y la Cultura Clásica, para la formación humanística.

  Por todo ello, es de absoluta urgencia que las autoridades educativas tomen conciencia de la importancia de mantener la oferta real de la materia de Griego en Bachillerato, de favorecer su impartición allá donde existan alumnos ansiosos por aprenderla, así como profesores dispuestos y deseosos de enseñarla; más aún, deberían proveer plazas allí donde no existan para que no desaparezca de nuestro Bachillerato una de las señas de identidad de nuestra civilización, de nuestro pasado lingüístico y cultural compartido con los otros pueblos europeos. Las actuales administraciones educativas no pueden asumir sobre sus espaldas la responsabilidad de ser las que hagan desaparecer de nuestro sistema educativo una materia de la importancia del Griego.

         En consecuencia, en representación de los más de tres mil socios de la SEEC, a la que pertenece la práctica totalidad de los profesores de Griego y Latín de España, reclamamos a la Consejería de Educación de la Junta de Andalucía que revise las decisiones tomadas hasta el momento actual, reconsidere la eliminación de la materia de Griego I en el IES Abdera y permita que los estudiantes que desean estudiar esta materia fundamental para su formación humanística puedan hacerlo.

         Madrid, 4 de diciembre del 2017

Jesús de la Villa

Presidente de la SEEC

P. Márkaris, Muerte en Estambul: ¿Y el Griego?

¿Les apetece embarcarse rumbo a Estambul? ¿Conocer los secretos de sus monumentos, sus barrios, sus gentes? ¿Saber no ya de la coexistencia entre griegos y turcos, sino del sentir de los helenos, de los que se quedaron y de los que partieron? ¿De los sentimientos encontrados entre los oriundos de la Grecia continental en viaje turístico por Turquía y los constantinopolitanos? ¿De los griegos del Ponto, de los karamanlíes, esos griegos ortodoxos turcoparlantes que habitaban en Capadocia? ¿De las tragedias escondidas de gentes humildes que sufrieron el intercambio de poblaciones? ¿Y qué me dicen de prolongar el viaje hasta Trebisonda, no en el barco de los Argonautas, claro está, en un moderno avión para así desvelar y cerrar el destino de una mujer singular, inocente, culpable, terrible? No, no es Medea.

Pues si quieren hacerlo y además de la mano de un auténtico polita, su libro es Muerte en Estambul de Petros Márkaris.

Conocerán también a una profesora jubilada de lengua y literatura que ejercía en Estambul. Ella pregunta al comisario Kostas Jaritos si su hija estudió griego antiguo. La hija se crió en Atenas, y “No, cuando Katerina fue al instituto, habían eliminado el griego antiguo de los planes de estudio”.

La señora Sarátsoglu comenta:

“A veces pienso que daría igual si enseñara mi materia en griego antiguo. Lo expliques como lo expliques, los niños tienen las mismas dificultades. Últimamente, tenía la sensación de impartir clases en un colegio extranjero. En el Saint Benoit, en el Colegio Alemán o en el Notre Dame de Sion. Los niños de nuestra escuela aprenden la gramática griega, hablan griego en clase cuando es necesario, pero cuando vuelven a casa hablan su lengua, el árabe. Igual que los alumnos de los colegios extranjeros”.

“¿No hay niños griegos en las escuelas?”, pregunta Jaritos. Y la profesora contesta: “Sí hay. Como hay niños franceses en el Saint Benoit y alemanes en el Colegio Alemán. Pero son una minoría”. Y añade más adelante: “Eso también forma parte de la lucha”. “¿La lucha por la supervivencia?”, vuelve a intervenir Jaritos. Y ella replica: “De una lucha abocada a la derrota, señor comisario. Por eso hacemos lo imposible para que no termine. Mientras sigamos luchando, aplazamos la derrota. –De repente se da cuenta de que se está poniendo pesada e intenta cambiar de tema–: Pero no quiero cansarle hablándole de mis problemas. No me lo tenga en cuenta”.

No me lo tengan en cuenta a mí, si después de animarles tanto, termino con esta tristeza. Pero piensen en sus palabras y mutatis mutandis en lo que vivimos en nuestras aulas con el griego antiguo. Lo que nos jugamos es mucho. Y no podemos permitirnos el lujo de perder.

Henar Velasco López

 

Italia: El Senado inicia el proceso para declarar el latín y el griego patrimonio cultural inmaterial de la Humanidad

Cecilia Ares nos envía esta noticia publicada en La túnica de Neso:

“Es realmente una gran satisfacción haber contribuido a iniciar, gracias al orden del día aprobado ayer en la Comisión de Educación del Senado, el proceso que llevará a la inclusión del latín y el griego en el “Patrimonio Cultural de la Humanidad” reconocido por la UNESCO”.

Es lo que declara el senador Fabrizio Bocchino (Sinistra Italiana), primer firmante de la moción que insta al gobierno a “convertirse en «garante de la salvaguardia del latín y el griego» como disciplinas de soporte, junto con la filosofía, de una escuela formativa no profesionalizadora, y de una educación global y humana de las nuevas generaciones, también mediante una continua sensibilización a través de políticas educativas”, continúa el senador.

“De lenguas muertas, nada: el latín y el griego están más vivas que nunca, ya que en ellas se basa la estructura del pensamiento lógico, y por lo tanto del pensamiento científico, filosófico, histórico, político. Dar valor a estas lenguas como patrimonio inmaterial de la humanidad contribuye a darnos un sentido de identidad y de continuidad, proporcionándonos una conexión con nuestro pasado, que atraviesa el presente y tiende hacia el futuro”, concluye el senador.

Origen: Italia: El Senado inicia el proceso para declarar el latín y el griego patrimonio cultural inmaterial de la Humanidad

Cuando los de Ciencias hablaban latín

Hoy se cumple un deseo de Notae Tironianae, que también participe en este blog gente que procede de fuera del ámbito de las letras. E inauguramos esta línea, que deseamos prosiga, de una forma muy honorable, nada menos que con una entrada redactada por el que fue Rector de nuestra Universidad entre 2003 y 2007, el catedrático jubilado de Bioquímica de la Facultad de Medicina Dr. Enrique Battaner Arias. Desde aquí, muchas gracias por su colaboración.

El escritor británico C. P. Snow denunció en su famosa conferencia (y más tarde opúsculo) The Two Cultures and the Scientific Revolution el progresivo apartamiento de las Ciencias y las Humanidades. Eso sí, lo hizo desde la perspectiva del hombre de Ciencias, denunciando la escasa cultura científica de nuestros humanistas. A día de hoy, creo que todavía no ha surgido la correspondiente denuncia del lado de las Letras, que también buena falta hace. Ahora bien, esto no ha sido siempre así. Hubo un tiempo en el que el saber humano era considerado como un todo, sin hacer esta (algo estúpida) distinción. De eso van a tratar las líneas que siguen. Además, no vale con quejarse. En un momento en que parece que ¡por fin! podríamos llegar a tener una Ley de Educación auténticamente inclusiva y sobre todo, estable, la voz de quienes pensamos que abandonar las raíces de nuestra cultura es condenarla a la inanidad debería hacerse oír a los cuatro vientos.

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Quisiera comentar con vosotros algunos detalles de la historia de las lenguas clásicas en las ciencias experimentales. Comenzando con De Revolutionibus Orbium Coelestium de Nicolás Copérnico, y llegando a esa obra cumbre absoluta de las Ciencias que es Philosophiae Naturalis Principia Mathematica de Isaac Newton, la práctica totalidad de la ciencia producida en los siglos XVII y XVIII lo fue en latín, la lingua franca de la intelectualidad en aquel entonces. No sólo Newton; Hooke, Halley, Huygens, Descartes, Leibnitz, Euler y un larguísimo etcétera publicaron muchas de sus obras (que hoy consideramos seminales) en latín. Un caso interesante es el de Pierre de Fermat, el príncipe de los matemáticos aficionados. Casi toda su obra tuvo lugar en forma de correspondencia con otros aficionados a las matemáticas del continente europeo. Por supuesto, toda ella en latín. Su conocidísimo y celebradísimo “Último Teorema” dice literalmente lo siguiente:

Cubum autem in duos cubos, aut quadratoquadratum in duos quadratoquadratos et generaliter nullam in infinitum ultra quadratum potestatem in duos eiusdem nominis fas est dividere cuius rei demonstrationem mirabilem sane detexi. Hanc marginis exiguitas non caperet.

 “No hay posibilidad alguna de expresar una potencia al cubo como suma de dos potencias al cubo, o una potencia a la cuarta como suma de dos potencias a la cuarta, y en general, cualquier potencia más allá del cuadrado hasta el infinito como suma de dos potencias del mismo exponente. He encontrado una demostración de esto bastante admirable, pero esta no cabría dado lo estrecho del margen.”

Hoy la habría redactado más o menos así: “No puede haber soluciones para la ecuación an+bn = cn para todo n > 2 y a, b, c y n enteros”

Escribió esta proposición en el margen de un libro, la “Aritmética” de Diofanto, y la remata anunciando que tiene una maravillosa demostración pero que no le cabe en el margen. Lo curioso del caso es que hubo que esperar hasta 1995 (Fermat vivió en el siglo XVII) para que Andrew Wiles la demostrara. Anteriormente los más grandes matemáticos se habían estrellado uno tras otro intentándolo.

Pero publicarla en latín era lo que se esperaba de cualquier persona medianamente culta. Además, así se tenía la seguridad de ser leído por toda la intelectualidad europea. En Medicina, por ejemplo, la descripción de la gota úrica hecha por el gran médico inglés Sydenham, descripción no mejorada en toda la historia de la Medicina, lo fue en latín. Sydenham fue médico de Oliver Cromwell, por lo que no debemos pensar que su afición al latín pudiera provenir del “papismo”. No sólo el latín; el griego formaba también parte indispensable de la comunicación científica, especialmente en la definición de conceptos. Así, en las Matemáticas del siglo XVIII, con el descubrimiento del Cálculo Infinitesimal, ambas lenguas aparecen en términos como “infinitésimo”, “diferencial”, “integral”, “cicloide”, “braquistoscrono”, “lemniscata”, “catenaria”, etc. Ello refleja la sólida formación clásica (hoy diríamos “humanística”) de todas aquellas grandes figuras de la Ciencia. El descubrimiento de un concepto nuevo llevaba aparejado el bautismo del mismo con un término firmemente arraigado en cualquiera de las dos lenguas cultas.

Podemos verlo claramente en la Química, que es a lo que dedicaré mi atención preferente a partir de ahora (con especial énfasis en su variante Bio-). El siglo XVIII fue testigo de un interés creciente en los llamados “productos naturales” es decir, sustancias producidas por los seres vivos. Así, Carl Wilhelm Scheele , farmacéutico sueco, aisló y bautizó compuestos a los que dio nombres según su procedencia: ácidos úrico, cítrico, oxálico, tartárico, láctico, málico, succínico, etc., en los que está claro su origen latino. Asimismo, durante el siglo XVIII fue descubierto el oxígeno (“generador de ácido”), el hidrógeno (“generador de agua”) y el nitrógeno (“generador de salitre”), denominados a partir de las correspondientes raíces griegas. En este último caso, el nitrógeno, es conocido también (sobre todo en países de habla francesa) como “ázoe”, término de estirpe griega que significa “sin vida” debido a su escasa reactividad química; y que podemos ver en compuestos de nitrógeno como, “azoderivados”, “hidracina”, “hidracida”, etc. Hay que señalar también, en el caso del nitrógeno, su relación con los compuestos “amónicos” (el amoníaco, sin ir más lejos), que derivan de la “sal de Amón” (nitrato amónico), que se encontraba en Libia (el país de Amón para los antiguos egipcios).

A lo largo del siglo XIX seguimos constatando la formación en lenguas clásicas de los grandes científicos. Así, Mulder llama “proteína” a lo que piensa que es “lo primero, lo primordial” de los tejidos vivos. Claude Bernard denomina “glucógeno” al compuesto radicado en el hígado cuya degradación genera glucosa; Kühne denomina “enzima” al principio catalizador que no es la levadura, sino que está dentro de la levadura. El aminoácido “Triptófano” recibe su nombre ya que aparece (se hace manifiesto) cuando tratamos las proteínas con tripsina. Van t’Hoff descubre el concepto de “quiralidad” al describir compuestos en los que uno es la imagen especular del otro (como la mano izquierda lo es de la derecha). Las primeras formas bacterianas descritas a partir de los trabajos de Koch y Pasteur, reciben el nombre de “cocos” y “bacilos”, es decir, granos y bastones; y en general, todo nuevo compuesto, todo nuevo concepto, encuentra un nombre derivado de las dos lenguas clásicas, el latín y el griego.

Pero hay una interesante excepción a esta regla en el mismo siglo XIX, que es la ciencia alemana. La Química, en el siglo XIX y hasta bien entrado el XX, fue esencialmente una ciencia germánica. Coincidiendo con las guerras de Bismarck por la unificación alemana y con el auge del nacionalismo alemán, hay un sentimiento en el ámbito germanoparlante de exaltación del “Germanismo” frente al “Romanismo”. Dado que Alemania era la Meca de la Química de entonces, encontramos un deseo claro de germanización del lenguaje químico y por tanto, apartamiento de las lenguas clásicas. Por ejemplo, lo que en el resto del mundo es conocido (mutatis mutandis) como ácido úrico allí se llama “Harnsäure” (lit. ácido de orina); y urea es “Harnstoff” (lit. materia de orina). El ácido sulfúrico es “Schwefelsäure” (lit. ácido de azufre), el nítrico “Salpetersäure” (lit. ácido de salitre), el acético “Essigsäure” (lit. ácido de vinagre), y por supuesto, el ácido málico es “Apfelsäure” (lit. ácido de manzana). Oxígeno es “Sauerstoff” (lit. materia de ácido); Hidrógeno es “Wasserstoff” (lit. materia de agua) y así sucesivamente. Es curioso que este afán germanizador culminó en la época nacionalsocialista y alcanzó nada menos que a la Gramática (Sprachlehre) donde, como botón de muestra, podemos citar que el nombre de los casos nominativo, genitivo, dativo y acusativo parecía demasiado “romanista” y fueron sustituidos, respectivamente, por “werfall”, “wesfall”, “wemfall” y “wenfall”.

Con esto llegamos al siglo XX y las cosas comienzan a cambiar; no es casualidad la emergencia de los Estados Unidos. A modo de ejemplo, en los primeros años del siglo se había descubierto el azúcar denominado “ribosa”. A diferencia de otros azúcares, cuyos nombres tenían claras raíces clásicas, como glucosa, fructosa, manosa, galactosa; e incluso sánscritas como sacarosa, la ribosa procede del acróstico “RIB” de Rockefeller Institute of Biochemistry. Y a partir de ahí, imaginad: tanto la ribosa como su derivado desoxirribosa dan lugar a iconos contemporáneos como Ácido Ribonucleico (ARN) y Ácido Desoxirribonucleico (ADN). Podemos mencionar de pasada que previamente se había partido de la noción (absolutamente errónea) de que el ADN era de procedencia animal y el ARN vegetal; por lo que en publicaciones antiguas, en torno a principios del siglo XX, podemos encontrar los términos “zoonucleico” y “fitonucleico”, respectivamente.

Todavía hacia mediados del siglo XX los franceses mantenían viva la llama de las lenguas clásicas, aunque yo creo que más bien se trataba de eludir la dictadura anglosajona en ciencias. Así, encontramos que François Jacob y Jacques Monod crean el término “alosterismo” para los fenómenos que regulan la actividad enzimática actuando fuera del centro activo (alosterismo sería “distinto relieve, distinta forma”). Igualmente se ha incorporado el término “apoptosis” para la muerte celular “normal”, término que describe en griego la caída otoñal de la hoja. Pero la tendencia contraria es imparable. El abandono del estudio de las lenguas clásicas y el auge del inglés como la actual lingua franca introduce en el lenguaje científico, muy frecuentemente, jerga de laboratorio, alejada de ese afán definidor que tienen los términos formados a partir de lenguas clásicas. Así, nos encontramos con CRISP-R, Hsp, Ras, Myc, Fos, Jun, JAK, MAPK, MEKK, CREB, PKA, EGF, PDGF, PDGFR, y sabe Dios cuántas más. También se impone el sentido figurado nacido de la charla cotidiana en el laboratorio. Así, a determinadas proteínas cuya función es facilitar el plegamiento correcto de otras proteínas recién formadas, evitando que interaccionen con quien no deben, reciben el nombre de “chaperones”. “Chaperon” es palabra francesa que significa caperuza, y como tal pasó al inglés. Pero en ambas lenguas tiene la acepción de ser la persona de edad que acompaña a jovencitas para evitar interacciones no deseadas, es decir, lo que en español llamamos “carabina” (o llamábamos, porque éste es un concepto de nulo uso en la actualidad).

En resumidas cuentas, la generalización del inglés como lingua franca de las ciencias experimentales, unido al abandono del estudio de las lenguas clásicas nos está llevando a un desierto en el que los términos no tienen la fuerza semántica que vemos en los derivados del latín y del griego. En éstos uno podía atisbar de alguna manera la esencia del concepto. Con los acrónimos y la jerga de laboratorio tenemos que ser especialistas en cada campo concreto para entender el significado, y aun así, éste se nos oculta. Volver a los clásicos, pues, sería una buena manera para facilitar la comprensión de conceptos científicos a los que no podemos llegar mediante un mero acrónimo. Razón de más para no abandonar la enseñanza y el estudio de las lenguas clásicas.

En la enseñanza secundaria que yo recibí (hace mucho, mucho tiempo) tuve tres cursos de latín, teniendo yo 12, 13 y 14 años. Nunca, nunca me he arrepentido de ello. Es más, hubiera querido tener mucho más, y griego a mayores, a pesar de que mi interés eran las Ciencias. Nunca me ha pesado. Nunca lo he considerado un saber inútil. Porque la cultura clásica es la esencia de nuestra civilización. Prescindir de ello es prescindir de nuestra propia alma. Sé que es difícil llevar esto al ánimo de quienes legislan o gobiernan, y la razón de esta cerrazón es clara: porque no tienen un mínimo de formación en la cultura clásica, lo que determina un círculo vicioso del que es muy difícil salir. Llegamos así a espectáculos como la supresión de la Filosofía, o el caso de una Universidad española en la que en el grado de Periodismo la Literatura Española fue definida en principio como asignatura optativa; al llegar la revisión del Plan de Estudios, se suprimió sin más. Y así nos pinta.

Afortunadamente, tenemos a Notae tironianae y a su entusiasta personal dedicado a revertir esta maligna tendencia. Esperemos que no quede en buenas intenciones. Lo que necesitan las lenguas clásicas es, sin duda, militancia. Y sobre todo, gente joven dispuesta a la travesía del desierto. Y eso, creo yo, sobra en esta hermosa página.

Mucha suerte a todos.

Enrique Battaner Arias