EL cíclope en la mitología asturiana

Polifemo y sus compañeros cíclopes, gigantes y de un solo ojo en medio de la frente, retratados en Odisea IX de Homero, dejaron tras de sí una estela en la tradición posterior. Tal es el caso de la mitología asturiana, con los pataricos, que tienen su paralelo en el ojáncano cántabro y en el tártaro vasco.

En el trabajo El Vocabulario del Bable Occidental (1932), de Bernardo Acevedo Huelves y de Marcelino Fernández Fernández, aparecen descritos los pataricos, que son unos gigantes de un solo ojo que habitan en pueblos costeros e inhóspitos.

Al igual que los cíclopes, devoran a los visitantes que osen acercarse a su morada. Recordemos el canto IX de la epopeya homérica, cuando Ulises y sus compañeros recalaron en una gruta donde habitaba un cíclope. Poco a poco se fue comiendo a los compañeros de nuestro héroe, pero luego trazaron un plan para engañarle y resultó efectivo: primero le emborracharon con vino y luego le quemaron el ojo, produciéndole ceguera.

Es clara la influencia marítima en esta tradición: los cíclopes habitan en la costa y los pataricos en la costa asturiana. En Asturias hay una larga tradición pastoril y al igual que el cíclope, elaboran queso (el Cabrales) y lo llevan a madurar en las cuevas, bajo óptimas condiciones de humedad, durante aproximadamente cuatro o seis meses.

El mar, las cuevas, los carneros y la elaboración del queso por parte de Polifemo son elementos comunes.

Los dos autores anteriormente citados determinan que la creencia en este mito desapareció aproximadamente en el año 1880.

En este artículo de La Nueva España, escrito en bable, podéis leer detalles sobre el mito que nos ocupa.

Elena Villarroel Rodríguez

Las Lupercales romanas en la cultura popular

Las Lupercales  romanas eran unas fiestas que se celebraban el 15 de febrero en honor al fauno Luperco, dios romano protector de los rebaños y los bosques. Los sacerdotes luperci sacrificaban  un perro y  un macho cabrío, por considerarlos animales impuros. Después, estos sacerdotes corrían semidesnudos, golpeando a la gente con tiras de cuero, como un rito propiciatorio de la fertilidad y, al mismo tiempo, de la protección de la comunidad frente al oso y el lobo.

Era ésta una fiesta de ambiente pastoril que sin duda, ha dejado huella en muchos puntos de nuestra geografía, concretamente, en las denominadas “mascaradas de invierno”. En esta entrada, nos centraremos sólo en algunos pueblos de Castilla y León, pero hay muchos más.

En el pueblo leonés de Riaño, de tradición transhumante, nos encontramos durante la celebración del Antruido, con la figura del “zamarrón”, que va ataviado con pieles de lana de oveja y chaqueta de lana, cara tiznada de negro y caretas de cuernos de vaca, sin faltar los tradicionales cencerros. Varios mozos recorren las calles persiguiendo a niños y mayores, y golpeando con un palo.

Otro paralelo lo encontramos en “Los cucurrumachos” de Navalosa (Ávila), que se celebran el domingo, el lunes y el martes de carnaval. Los mozos llevan máscaras terroríficas, hechas con crines de caballo, y la cabeza cubierta con pieles de burro o conejo; también portan cencerros a la espalda, y en la frente, cuernos de vaca. Persiguen a la gente, arrojando paja y agua con ceniza.thumbnail_SL730834.jpg

En Montamarta (Zamora), se celebra el “zancarrón”, que Julio Caro Baroja (El carnaval (Madrid: Alianza Editorial, 2006, pp. 401-407) describe así: “Se disfraza de diablo y asiste a la misa mayor, situándose en el centro del crucero de la iglesia; a su diestra y siniestra le colocan obladas que él pincha y levanta en alto con una purridera en el momento de la elevación de la hostia. La purridera  es un apero de labranza con cinco o más dientes de hierro y mango de madera que sirve para amontar el estiércol, cargar los carros, etcétera. Después de misa se ensaña con la gente que va por la calle, golpeando con un zurriago”.

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Por San Blas (3 de febrero), se celebran los “zarramaches” en Casavieja (Ávila), donde una pareja persigue a la gente con una vara de mimbre en una mano y una naranja en la otra. Llevan cencerros y la cara tapada.

En el artículo de José María González Muňoz (“Las raíces del tiempo. Retazos de historia y tradiciones de Casavieja” (Ávila), Sociedad de Estudios del Valle del Tiétar, 2004), podéis encontrar descrita otra fiesta que se celebra el día de San Blas, y que entronca con la antigua Roma. También podéis leer otro artículo relacionado de Luis Miguel Gómez Garrido (que además nos ha cedido amablemente dos fotos de los “cucurrumachos”), “San Blas, fiesta, rito y devoción” pinchando aquí .

Como habéis podido comprobar, todas estas mascaradas de invierno tienen origen pastoril (cencerros, cuernos de vaca, etc.), y el uso de la vara para “arrear” también nos recuerda a las Lupercalia.

Elena Villarroel Rodríguez

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