Entrevista con Simon Critchley

El pasado 20 de noviembre, el filósofo inglés Simon Critchley estuvo en Barcelona para hablar sobre los aspectos literarios y filosóficos de otra de sus grandes pasiones, el fútbol. De las entrevistas realizadas durante su visita, rescatamos esta de El Mundo, en la que Critchley habla de su próximo libro, que verá la luz en abril de 2019: Having Been Born: Tragedy, the Greeks and Us.

“2.500 años después, la tragedia griega aún nos conmueve; es capaz de dejar en suspenso todas nuestras creencias, opiniones, preocupaciones sobre el mundo, y transportarnos a una irrealidad. Es una experiencia de liberación que nos abre a mundos diferentes y nos hace más complejos, porque el teatro no da respuestas sino que nos expone a contradicciones”.

Marta Martín Díaz

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Epicuro y Lucrecio en las redes

Se acerca el Día de la Filosofía (15 de noviembre) y todos los grupos parlamentarios están de acuerdo (pero no olvidemos quién cometió el desaguisado) en reponer la asignatura de Historia de la Filosofía en 2º de Bachillerato y de Ética en 4º de secundaria con carácter obligatorio.

Celebramos la vuelta a la cordura y que con este motivo sea posible que Lucrecio y Epicuro aparezcan hoy en una sección tan “moderna” como Verne (El País), cuyo propósito es “crear historias tan asombrosas que merezcan ser compartidas en tus redes”. Lee aquí el artículo de Jaime Rubio Hancock.

Susana González Marín

UN INSTITUTO DE SECUNDARIA DE LA PROVINCIA DE JAÉN GANA EL CONCURSO “AGÓN ARMONÍAS 2018”

Después de enterarnos de que un grupo de alumnos y su profesor Alejandro Valverde García, antiguo alumno de la Universidad de Salamanca, habían ganado el 1er. premio del concurso “Agón Armonías”, nos pusimos en contacto con él y le solicitamos que nos proporcionara más información sobre el particular. Amablemente nos envía esta entrada. Se lo agradecemos y desde aquí le felicitamos a él y a sus alumnos.

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Un grupo de alumnos del Bachillerato de Humanidades del Instituto “Santísima Trinidad” de Baeza, con su profesor de Latín y Griego, Alejandro Valverde García, ha obtenido el Primer Premio del Concurso  convocado por la Asociación “Hellinikon Idyllion” de Selianitika, Grecia. La convocatoria de este año proponía a los centros escolares la creación de una canción original cuyo estribillo reprodujese una frase de algún filósofo griego antiguo. Así, “Eudaimonía”, la canción ganadora, arranca de un fragmento del Protréptico de Aristóteles que los alumnos cantan en griego clásico y que dice: “Conviene considerar que la felicidad no está en la posesión de muchas cosas sino, más bien, en el estado en que el alma se encuentra”. Partiendo de esta frase, el resto de la canción (con letra y música del propio profesor) propone una reflexión sobre la importancia de la educación de los jóvenes para lograr cambiar la injusticia y la corrupción en nuestro entorno. El Jurado de este concurso internacional, compuesto por Joulia Diamantopoulou, Holger Essler, Florian Fleicht, Barbara Fink, Dora Katsonopoulou, Stefano Pagliaroli, Werner Schulze y Andreas Drekis, ha valorado especialmente el contenido de la composición, la belleza del tema musical y la alegría que transmiten estos alumnos, haciendo patente la inmortalidad y la vigencia de la antigua filosofía griega y de los estudios clásicos.

Puedes ver y oír la canción “Eudaimonía” aquí.

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Mayéutica en Fred Vargas

Hace algunas semanas Francisco Cortés publicó en este blog una entrada sobre el nombre científico, Loxosceles reclusa, de la araña asesina de la novela de Fred Vargas, Cuando sale la reclusa (Siruela, 2018).

Esta semana volvemos a este libro, que abunda en alusiones al mundo clásico. Esta vez os ofrecemos un pasaje en el que los detectives Adamsberg y Veyrenc mantienen este diálogo que contiene una peculiar definición de “mayéutica”,

– … Dime, ¿cómo se llama esa manera de hablar que consiste en tocar las narices al otro preguntándole sin parar para hacer que largue lo que no sabe pero que sí sabe?

– Mayéutica.

– ¿Y quién inventó esa cosa?

– Sócrates

El significado original de “mayéutica” se refiere a la técnica de asisitir en los partos, luego sirvió para designar el método atribuido a Sócrates de guiar mediante preguntas al discípulo de manera que él mismo alcance el conocimiento. Con esta excusa traemos a colación el texto de Platón (Teeteto 150b-151b), donde Sócrates explica el método (no olvidemos que su madre era partera):

Mi arte de partear tiene las mismas características que el de ellas (las parteras), pero se diferencia en el hecho de que asiste a los hombres y no a las mujeres, y examina las almas de los que dan a luz, pero no sus cuerpos. Ahora bien, lo más grande que hay en mi arte es la capacidad que tiene de poner a prueba por todos los medios si lo que engendra el pensamiento del joven es algo imaginario y falso o fecundo y verdadero. Eso es así porque tengo, igualmente, en común con las parteras esta característica: que soy estéril en sabiduría. Muchos, en efecto, me reprochan que siempre pregunto a otros y yo mismo nunca doy ninguna respuesta acerca de nada por  falta de sabiduría, y es, efectivamente, un justo reproche. La causa de ello es que el dios me obliga a asistir a otros pero a mí me impide engendrar. Así es que no soy sabio en modo alguno, ni he logrado ningún descubrimiento que haya sido engendrado por mi propia alma. Sin embargo, los que tienen trato conmigo, aunque parecen algunos muy ignorantes al principio, en cuanto avanza nuestra relación, todos hacen admirables progresos, si el dios se lo concede, como ellos mismos y cualquier otra persona puede ver. Y es evidente que no aprenden nunca nada de mí, pues son ellos mismos y por sí mismos los que descubren y engendran muchos bellos pensamientos. No obstante, los responsables del parto somos el dios y yo. Y es evidente por lo siguiente: muchos que lo desconocían y se creían responsables a sí mismos me despreciaron a mí, y bien por creer ellos que debían proceder así o persuadidos por otros, se marcharon antes de lo debido y, al marcharse, echaron a perder a causa de las malas compañías lo que aún podían haber engendrado, y lo que habían dado a luz, asistidos por mí, lo perdieron, al alimentarlo mal y al hacer más caso de lo falso y de lo imaginario que de la verdad. En definitiva, unos y otros acabaron por darse cuenta de que eran ignorantes. Uno de ellos fue Aristides, el hijo de Lisímaco, y hay otros muchos. Cuando vuelven rogando estar de nuevo conmigo y haciendo cosas extraordinarias para conseguirlo, la señal demónica que se me presenta me impide tener trato con algunos, pero me lo permite con otros, y éstos de nuevo vuelven a hacer progresos. Ahora bien, los que tienen relación conmigo experimentan lo mismo que les pasa a las que dan a luz, pues sufren los dolores del parto y se llenan de perplejidades de día y de noche, con lo cual lo pasan mucho peor que ellas. Pero mi arte puede suscitar este dolor o hacer que llegue a su fin. Traducción de A. Vallejo Campos,  2000. Platón, Diálogos V, Madrid: Gredos.

Susana González Marín

Mascotas en el siglo XXI

Diego Corral Varela nos envía el enlace a un artículo del filósofo Santiago Alba Rico, “Tolerancia, piedad y mascotismo“. Se ha publicado en el nº 153 de CTXT (Contexto y acción) del 24 de enero de 2018 y constituye un excelente ejemplo de lo que nuestro blog quiere hacer visible: el conocimiento del pensamiento clásico es necesario para comprender el mundo de ahora mismo.

Reproducimos el texto.

Tolerancia, piedad y mascotismo

En el contexto de mercado, acabamos “mascotizando” también a los “vencidos”: los pobres, los indígenas, las mujeres, a los que se rinde culto como “animales domésticos”

Primero murió Pan, el dios rijoso de las patas de cabra, y su último grito, según nos cuenta Plutarco, sacudió el Mediterráneo. Después murió Dios, el bueno, el celoso, el omnipotente, empujado al abismo por la ciencia y el socialismo. Después murió el Hombre, desplazado por azares integrados e invisibles relaciones de poder. A principios del siglo XXI, ¿qué queda? O mejor dicho, ¿qué vuelve? Los animales. 

El extravagante escritor Alberto Savinio, muerto en 1952, escribía en su Enciclopedia que la diferencia entre Grecia y Egipto era que los dioses de los griegos eran humanos mientras que los dioses egipcios eran animales; es decir, que mientras los griegos luchaban contra la naturaleza humanizando el Olimpo, los egipcios reconocían su superioridad amenazante (la de la naturaleza) para tratar luego de propiciarse sus favores. El panteón griego estaba lleno de locos, desvergonzados, ambiciosos y sensibleros a los que uno podía, llegado el caso, sobornar. El panteón egipcio era un zoológico terrorífico compuesto de perros, chacales, cocodrilos y monos a los que, en el mejor supuesto, sólo se podía evitar o apaciguar. Savinio, aristócrata europeísta, forzaba esta diferencia para subrayar la superioridad de Occidente sobre Oriente: el arte y la filosofía son europeos porque sólo pueden nacer allí donde la humanidad se opone, y no sucumbe, a la naturaleza. Hoy, incluso aceptando los principios, moderaríamos mucho su optimismo. Desbordado o jubilado el ser humano que debía gestionar su derrota, el dominio sobre la naturaleza no adopta la forma de arte puro y altísima filosofía sino de homeopático apocalipsis autorregulado: mercado, cambio climático, amenaza nuclear. Seth tiene hoy el hocico de un misil atómico; la Europa desbocada se metamorfosea en un Anubis de ladrido informático. 

El propio Savinio, en otra entrada de su caprichosa Enciclopedia, enfrenta ahora Grecia al Cristianismo que la prolongó y la desmintió. Los griegos, que no conocían la piedad, dice Savinio, eran muy tolerantes, como lo demostraba la promiscuidad de sus cultos religiosos, heredada y enfatizada por los romanos. Por su parte los cristianos, que descubrieron la piedad, se dejaron llevar, en cambio, por el fanatismo. Una vez más Savinio, para fecundar la inteligencia del lector, se muestra intencionadamente esquemático y radical. No es verdad que no haya ejemplos de piedad entre los griegos; de hecho, la mayor parte de los líos decisivamente humanos comienzan en sus mitos con una arbitrariedad compasiva: Edipo, hijo y asesino de Layo, es salvado de la muerte contra la voluntad del rey, mediante un acto de pura y peligrosa misericordia. Tampoco es cierto que la colocación en el centro de un dios-hombre crucificado haya generalizado antropológicamente –a modo de epidemia– la compasión individual como principio rector de las sociedades cristianas. Es muy bonito lo que escribe en el siglo XIV el gran Bernardino de Siena: el cristianismo es universal porque es universal la respuesta instintiva, no reflexiva, frente a un cuerpo sufriente. Acercándose a la cruz, dice Bernardino, antes de ninguna pregunta o averiguación, el ser humano normal, madre, padre o hijo, siente como propio el dolor del Cristo torturado y clavado en el madero. Pero sabemos que, acercándose a la cruz, es más frecuente que el hombre normal, antes de cualquier pregunta o averiguación, se ponga del lado del poder que atormenta a la víctima: “algo habrá hecho”. La compasión, como la rebelión, sigue siendo individual, insocial, ilógica e inesperada.

Ahora bien, si es estimulante la idea de una relación inversamente proporcional entre tolerancia y piedad y, por lo tanto, entre indiferencia y fanatismo, Savinio no nos da la clave de esta oposición siamesa. ¿No podemos ser al mismo tiempo tolerantes y compasivos? ¿Qué clase de civilización habría que inventar para eso? La que tenemos –esta de homeopático apocalipsis autorregulado– no parece abonar esa dirección. Al contrario: asumiendo como hipótesis la mencionada dependencia binaria, podríamos decir que la sociedad post-pagana, post-cristiana y post-humana ha conseguido reunir no la tolerancia griega y la piedad cristiana sino la impiedad griega y el fanatismo cristiano. Sin Pan, sin Dios y sin Hombre, el mercado capitalista, como matriz de organización social, es antipuritano, pero no tolerante; y es sentimentaloide, pero no compasivo. De hecho, en términos políticos, los gobiernos que lo gestionan son cada vez menos griegos en sus leyes; en términos antropológicos, los consumidores son cada vez menos cristianos en su aproximación a los cuerpos.

Después de Pan, de Dios y del Hombre, ¿qué queda de la tolerancia? La aceptación indiferente de todos los impulsos, a condición de que sean gustos y no ideas, principios o creencias; a condición, es decir, de que puedan comprarse y venderse en el mercado. Todas las ideas, principios y creencias que puedan empaquetarse como gustos y ser vendidas en el mercado también son toleradas.

Después de Pan, de Dios y del Hombre, ¿qué queda de la compasión? Los animales. Lo he dicho otras veces: el animalismo no es el signo de un progreso civilizatorio sino del fin de una civilización. Ocurre lo mismo cada vez que las certezas se vienen abajo. El fenómeno es tan antiguo como la decadencia del imperio romano. El paganismo extremo, en su desconcierto angustioso y frente al antropocentrismo cristiano, volcó toda su sensibilidad apocalíptica en el dolor de la naturaleza: los gnósticos, Celso, Porfirio, el neoplatonismo en general. Hijos como somos de una cultura cuyas bellezas y cuyos horrores son inseparables del combate contra ella –la naturaleza– hoy ese “dolor” asume un tono casi misántropo o antropofóbico. Vuelven los animales. ¿Cuáles? No los egipcios, majestuosos, terribles, potencialmente mortales, sino los vencidos y dependientes, ésos a los que no se puede –ni se debe– liberar del yugo compasivo. Los occidentales ya no adoramos la naturaleza que puede matarnos. No adoramos al cocodrilo, al chacal o al mono. Adoramos a los animales domésticos, que son, en realidad, obra nuestra. De hecho “mascotizamos” cada vez más incluso los animales salvajes, también derrotados, a los que cubrimos con nuestra tolerancia anti-griega y nuestra piedad anti-cristiana: está de moda adoptar serpientes y leones y caimanes. Hace unos días, Susan Kopp, veterinaria especialista en bioética, recordaba con sensatez la necesidad de afrontar y evitar el dolor animal en el marco de esta “naturaleza vencida” –sometida a la industria alimenticia, el negocio cosmético y la experimentación científica– pero con no menos sensatez insistía en el principio de que “equiparar a los animales con los humanos no es la mejor manera de protegerlos”. Y añadía un dato que revela las paradojas asociadas al culto compasivo del animal vencido: en EEUU hay 163 millones de perros y gatos que consumen el 19% de los alimentos y el 33% de las proteínas animales del país.

Desaparecidos Pan, Dios y el Hombre, quedan los animales, a los que rendimos culto después de arrancarles las uñas. Queda también el animal que llevamos dentro. ¿Cuál es? ¿Es el vencido, doméstico, desarmado, que nos hace compañía, recostado en el sillón, en las horas de soledad? ¿O es el egipcio, extraño, feroz, licántropo y ominoso? La red, plagada de gatitos cuquis –pábulo de sentimentalismo digestivo–, nos da la respuesta menos benigna. El hombre en la red es un dios lobuno para el hombre. Sobre todo “los hombres”. 

¿Qué hacer con el animal egipcio que llevamos dentro? ¿Qué hacer con el animal vencido de fuera? ¿Qué hacer con los humanos que han perdido a Pan, a Dios y al Hombre mismo? Aceptémoslo: ningún equilibrio posible entre tolerancia y piedad eliminará todo el sufrimiento del mundo. Pero hace falta encontrar uno –y de manera urgente– contra la impiedad y el fanatismo socialmente organizados por el mercado. Hace falta “organizar” un equilibrio ni griego ni cristiano que, al mismo tiempo, no restablezca el dominio de Seth. Es decir, la tolerancia y la piedad no pueden dejarse al albur de un impulso individual rebelde –por muy necesarios que sean, incluso como “archivos”, para un renacimiento futuro– sino que deben materializarse en instituciones de derecho y democráticas, las únicas que pueden asegurar la mayor protección –siempre incompleta– a los humanos, los animales y las cosas. Eso es lo que falta. Eso es lo que estamos perdiendo. En ausencia de instituciones cuidadosas (derrumbe que es indicio de toda decadencia civilizacional), en el momento en el que más peligro corren los humanos de ser tratados como animales, a los buenos despistados siempre se nos ocurre la misma solución: tratar a los animales como si fuesen humanos. No es una solución. De esa manera, en contexto de mercado, sin oposición de la naturaleza, acabamos “mascotizando” no sólo a los gatos, las serpientes y los robots sino también a todos los “vencidos” (construyéndolos por eso como “vencidos”): los pobres, los indígenas, las mujeres, a los que se rinde culto como “animales domésticos” y que acaban encerrados, y casi complacidos, en la religiosa fragilidad del victimismo. De ahí que la lucha contra el mercado sea idéntica a la lucha contra la mascotización y la lucha contra la mascotización idéntica a la lucha por la democracia y el(los) derecho(s). Después de Pan, de Dios y del Hombre, es el único equilibrio al que podemos aspirar.

Santiago Alba Rico

 

Ha muerto Tzvetan Todorov

Me llega, a través de la directora del blog, la noticia del fallecimiento de Todorov y pergeño unas apresuradas líneas que quieren rendirle homenaje. Creo que la primera vez que me encontré con su nombre fue en Asturias Semanal, una revista de finales de los sesenta del siglo XX, y el que lo mencionaba era Juan Cueto, con su fino olfato para  descubrir talentos, sobre todo estructuralistas, que era lo que daba la época: Lévy-Strauss, Barthes, Todorov.  Más adelante, a propósito de mi estudio sobre el Asno de Oro o las Metamorfosis de Apuleyo, me fueron muy útiles las inteligentes distinciones entre lo fantástico, lo extraño y lo maravilloso que establecía en su Introduction à la litteráture fantastique, su primera obra mayor. Todorov manejaba las categorías de teoría literaria con gran claridad y sencillez, renunciando a hacer literatura cuando hacía crítica, a diferencia de su colega Barthes. Apenas llegado a Francia desde su Bulgaria natal, 1965, se encargó de compilar y en su caso traducir textos de los formalistas rusos, cuya lectura resultó obligada a partir de entonces para cualquiera que se iniciara en los estudios literarios, especialmente para los participantes en el llamado Estructuralismo francés. Nombres como Shklovski, Eikhenbaum, Tynianov, Tomachevski , Propp, se sumaron al de Jakobson, más conocido por sus estudios lingüísticos, en el desembarco de los formalistas en el pensamiento occidental. No fue la última contribución de Todorov en ese sentido. Aunque la mención de intertextualidad procedente de Bajtín hay que agradecerla a su compatriota Kristeva, también afincada en Francia, Todorov escribió un magnífico libro, Bakhtine ou le principe diálogique, que supuso la puesta de largo del pensamiento (no formalista) del  también ruso Bajtín en Occidente.

Por esa época, 1979, iba a producirse el giro hermenéutico en los estudios de Todorov. De estudiar la “poétique”, la ciencia de lo literario, buscando estructuras generales que se pudieran aplicar a toda literatura, el estudioso, en una edad ya postestructuralista en la que trabajaba como antes  en universidades francesas, pero sobre todo en universidades norteamericanas, abandona su preocupación por las estructuras de la obra en sí, el objetivismo estructuralista, y se ocupa de la relación del signo con sus usuarios. Cuando estos usuarios son de otras culturas, ajenas y antiguas, como sucede en la America posterior al descubrimiento, le exigen un gran esfuerzo  de interpretación del pensamiento ajeno, confrontando los sistemas simbólicos de los conquistadores españoles con los de las culturas amerindias. Un ejemplo. Cortés, aparte de otras ventajas, se mostró mucho más hábil  en su manejo del sistema de símbolos, siendo capaz de comprender el  pensamiento del otro y sacando partido de la opacidad con la que velaba el propio. A la superioridad de Cortés contribuyó doña Marina o Malinche, la “gran chingada” que diría Octavio Paz, una mediadora entre culturas.  La Conquête de l´Amerique, un libro que en su tiempo gozó de poca atención en España, marca la inclinación de Todorov hacia la comprensión entre culturas, la comprensión del otro, algo que no iba a abandonarlo ya jamás.

Su pensamiento se vuelve cada vez más comprometido con los grandes temas de nuestro tiempo. Llegado a Francia desde Bulgaria, prácticamente  el momento en el que el Mayo del 68 francés hacía furor, Todorov recibió una lección práctica de historia de la recepción. Él conocía de primera mano lo que era vivir en un régimen de falta de libertades como el del llamado ” socialismo real”, y, sin embargo, en Europa Occidental toda la intelligentsia estaba fascinada por fenómenos políticos que realmente desconocían, como la  revolución cultural china.  Comprendió que en aquel clima intelectual y político sus experiencias personales bajo un régimen mezquino, policial y asfixiante eran literalmente incomprensibles y tuvo que esperar hasta mucho más tarde, avanzados ya los años ochenta, para darlas a conocer. No todos los momentos históricos permiten el diálogo entre culturas.

La investigación de sus últimos diez o quince años es un alegato en pro de la honradez intelectual  y la resistencia ética en situaciones difíciles. En su libro Memoria del mal, tentación del bien,  investiga la naturaleza del mal y compara los dos males del siglo XX, el nazismo y el estalinismo. Elige personajes concretos como Primo Lévy, Germaine Tillion,  David Rousset, etc., para mostrarnos unas vidas que superan todo lo imaginable: comunistas alemanes de los años 30 que huyen del nazismo a la Unión Soviética y que son internados por Stalin en campos de concentración por proceder de Occidente. Estos mismos comunistas, sospechosos por ser alemanes, le son devueltos a Hitler, tras la firma del tratado germano-soviético de 1939, con lo que conocen también la vida en los campos de concentración nazis. Vassily Grossman,  uno de los grandes personajes de que trata su libro, plasmó estas experiencias en su inolvidable Vida y Destino.

En Todorov, a la manera platónica, la estética se convierte en ética.  Su justeza de pensamiento cuando realiza análisis literarios, su naturalidad y sencillez, no lo abandonan cuando trata intrincadas cuestiones intelectuales y políticas y pasa de los problemas de los que trataban las obras literariamente a los problemas en sí mismos, en sus dimensiones éticas, políticas y filosóficas. En su madurez recibió muchos premios. Se va, ahora que tanta falta nos hace su forma de comprender a los otros, a los refugiados,  a los emigrantes, un auténtico “maître à penser” del siglo XX.

José Carlos Fernández Corte

Quién es quién en la Escuela de Atenas

La semana pasada hablábamos de Aristóteles y la celebración de su aniversario. Precisamente la imagen que encabezaba esa entrada procedía del famoso cuadro de Rafael, La escuela de Atenas. En este enlace de ABC, que Mª Ángeles Martín nos envía, podemos encontrar ayuda para identificar a los personajes que acompañaban a Aristóteles en aquella pintura.

Y, si la memoria no me falla, creo recordar que en 2013 los entonces alumnos de 3º y 4º de Filología Clásica de Salamanca se hicieron una foto en las escaleras del Palacio de Anaya reproduciendo el cuadro. Sé que algunos de los protagonistas todavía andan por aquí; quizá ellos no tengan inconveniente en compartirla con nosotros.

Susana González Marín