El latín y las lenguas romances

Hemos sabido que algunos de nuestros lectores, que no pueden asistir al Curso Latín y Griego para el siglo XXI, que anunciamos en este mismo blog la semana pasada, han preguntado si sería posible acceder de alguna manera a su contenido. Ésa sería una decisión que naturalmente está en manos de la entidad organizadora, la Delegación local de la Sociedad Española de Estudios Clásicos, a la que trasladaremos esta petición. Por nuestra parte, podemos intentar en la medida de lo posible acercar el contenido de estas conferencias a todos.

De momento, ofrecemos este resumen de la conferencia que el prof. Agustín Ramos pronunció el pasado 14 de noviembre, “El latín y las lenguas romances”. Desde aquí invitamos a todos los conferenciantes a enviarnos un breve resumen de sus intervenciones.

No es posible abordar un título como este en una o dos páginas. Como tampoco lo es en una o dos conferencias. Pero puede servir para ello esbozar un par de ideas básicas.

Solemos hablar del latín como algo único, pero desde el punto de vista lingüístico trabajamos con (al menos) dos entidades que, aunque lógicamente tienen mucho que ver, sobre todo al principio, con el paso del tiempo son de naturaleza muy diferente. Cuando hablamos del latín como origen de las lenguas romances, aunque la tradición latinista ha propuesto tradicionalmente ese origen en el latín clásico y parece que las lenguas romances son una evolución a partir de él, la realidad es muy diferente y la propia lengua latina ha dejado numerosas huellas en los textos de que esto no es así. Lo que llamamos latín clásico, su progresiva constitución y su largo mantenimiento son la historia de una estandarización. La constitución de una lengua estándar es un proceso mediante el cual un dialecto particular de una lengua adquiere (o se le asigna) una importancia funcional mayor que a los otros dialectos y queda sujeto a la codificación y la estabilización. Así la lengua adquiere una forma reconocida y fija, con normas para el uso ‘correcto’ en cuanto a gramática, vocabulario, y ortografía. En Roma este fenómeno sucedió de una forma muy acusada en el último siglo de la República y en el comienzo del Imperio. Las élites políticas e intelectuales (César, Cicerón, Lutacio Cátulo, Varrón, etc.) trabajaron por forjar ese latín, que se convirtió en una lengua de escuela y sirvió como forma de autorepresentación del poder de Roma. Lo que una historia de ese latín debe explicar (algo imposible, por otro lado) no es cómo ha evolucionado ese latín desde Cicerón a Tomás de Aquino, por ejemplo, sino por qué no ha evolucionado, por qué las diferencias que conservamos responden más a variaciones de estilo y de nivel de adecuación a un patrón que a las esperables de la evolución de una lengua natural.

Al margen de ese latín escrito y solemne, en un mundo en el que la lectura y la escritura eran patrimonio de una minoría muy reducida, la gente vivía al margen de tal actividad, pero utilizaba el latín como lengua natural y, como tal, lo hacía evolucionar. El vago término “latín vulgar”, que ha sido interpretado de muchas maneras (y muchas de ellas con fundamentos lingüísticos totalmente inapropiados) ha sido la forma más común de denominar a ese latín hablado que sí dio origen a las lenguas romances. En el paso de uno a otro, la discusión entre romanistas y latinistas se centró en determinar cómo se produjo la fragmentación que dio origen a diferentes lenguas y en qué época sucedió. Respecto a la primera cuestión, excelentes trabajos recientes como los de J. N. Adams han puesto de manifiesto que ese latín nunca tuvo una forma unificada, sino que hay testimonios de esa “fragmentación” (no se rompe lo que no está unido) ya desde los primeros textos escritos del latín literario (Plauto, por ejemplo). Respecto al momento del cambio, la pregunta es lingüísticamente inadecuada, puesto que las lenguas son sistemas dinámicos y en constante evolución. Los idiomas tienden a sufrir cambios mayores y menores a lo largo de sus vidas útiles y nunca existe un cambio repentino en la conducta lingüística de los hablantes de tal manera que se pueda decir que una lengua surge en este día, en este año, o en esta década.

Se puede plantear la cuestión de otra manera: hoy día existe algo llamado francés, español, italiano, portugués, etc., y antes no existía. ¿Qué ha cambiado y cuándo lo ha hecho?

La pregunta está mejor planteada cuando nos damos cuenta de que lo que estamos buscando no es el nacimiento de una propiedad específica de la fonología, la gramática, o el léxico, sino más bien el nacimiento de un concepto cultural. Lo que concebimos como la caída del latín o el surgimiento de las lenguas romances no es tanto un cambio lingüístico o el descubrimiento de algo nuevo, sino una innovación en la forma de pensar de un pueblo acerca de sus circunstancias lingüísticas, un cambio en la cultura metalingüística de unos hablantes que plantean la posibilidad de convertir en lengua escrita la lengua que ellos utilizan y dar a esa forma de escritura más próxima al habla un nombre nuevo. Después vendrán otras estandarizaciones.

La escritura es en la antigüedad muestra de la conciencia que los hablantes tenían de su propia lengua y es para nosotros la prueba convincente de que esa conciencia había surgido.

Así pues, no hagamos del latín de Cicerón, de Agustín, de Isidoro, de Tomás de Aquino, de Erasmo y de Isaac Newton (o del Vaticano) una forma de lengua natural que cambia de uno a otro. Eso es una cosa y otra la lengua que hablamos los españoles, los franceses, los rumanos y demás. Eso es el otro latín. Sus historias son diferentes en resultado porque desde el punto de vista lingüístico no son comparables en entidad y en desarrollo, como no lo son de cara a su estudio su concepto, su documentación y sus metodologías de análisis.

Podemos hablar de ambos a la vez, ¿por qué no?, pero es importante científicamente saber de qué se está hablando en cada momento.

Agustín Ramos Guerreira

 

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