La estrella de Belén. De textos antiguos, Reyes Magos y una especie de GPS avant la lettre.

Ya pasaron los Reyes Magos… pero, tranquilos, volverán. Los nacimientos, o belenes, o como los queráis llamar, tienen figuras imprescindibles, como los pastores y los Reyes Magos. Si seguimos los evangelios canónicos, los pastores están solo por culpa de San Lucas; los Magos, en cambio, son cosa de San Mateo. Su texto es el único “oficial” que da cuenta de un acontecimiento que ha tenido una tradición copiosísima en la iconografía cristiana y ha dado lugar en algunas tierras como la nuestra a ritos muy queridos. De todos modos, la tradición se alimentó también –y mucho– de los evangelios apócrifos y los Magos están presentes en el protoevangelio de Santiago (original griego), en el evangelio del pseudo Mateo (en el que vienen cuando el niño tiene ya dos años [en latín]), en el Liber de infantia Salvatoris (latino, mucho más tardío), en el evangelio árabe de la infancia (no diré en qué lengua está) y en el evangelio armenio de la infancia (tampoco); incluso son recordados en las Actas de Pilato (la primera parte de un texto griego también conocido como el evangelio de Nicodemo).

A veces los μάγοι o magi, concepto que tanto en griego como en latín puede referirse a astrólogos (augures se les llama en alguno de los casos), son también reyes, como en el evangelio armenio, por el que conocemos sus famosos nombres y en el que resulta que son hermanos.

Pues bien, en algunos de estos textos (no en todos) juega un papel esencial una pieza que tampoco falta en los belenes, la estrella, esa especie de GPS que el cielo instaló para conducir a aquellos señores. No en todas estas fuentes está presente ni, cuando lo está, se nos describe igual.

En el evangelio del pseudo Mateo, por ejemplo (en el que, por cierto, también aparecen la mula y el buey) se habla de dos estrellas, una de brillo nunca visto que iluminaba día y noche la gruta del Nacimiento (sed et stella ingens a vespere usque ad matutinum splendebat super speluncam, cuius magnitudo nunquam visa fuerat ab origine mundi) y otra que trajo a los Magos a adorar a Jesús dos años después. Y en el evangelio árabe la estrella finalmente se transforma en un ángel que –se dice allí– tenía la misma forma que la estrella (?)

Pero las discusiones serias siempre se han centrado sobre el relato del evangelio canónico, el de Mateo, dado que es el único que desde el cristianismo oficial ha requerido explicación.

El texto del evangelio de Mateo, en versión griega original y en la traducción de San
Jerónimo al latín, dice lo siguiente:… ἰδοὺ μάγοι ἀπὸ ἀνατολῶν παρεγένοντο εἰς Ἱεροσόλυμα λέγοντες, Ποῦ ἐστιν ὁ τεχθεὶς βασιλεὺς τῶν Ἰουδαίων; εἴδομεν γὰρ αὐτοῦ τὸν ἀστέρα ἐν τῇ ἀνατολῇ καὶ ἤλθομεν προσκυνῆσαι αὐτῷ. (… ecce magi ab oriente venerunt Hierosolymam dicentes: ubi est qui natus est rex Iudaeorum? vidimus enim stellam eius in oriente et venimus adorare eum. [Matth 2, 1-2]) El texto es de todos conocido y, para que ningún exégeta se me enfade, no hago una traducción. Todos sabéis que un poco más adelante, cuando los reyes dejan a Herodes, la estrella les precede y se detiene en el lugar en el que estaba el niño recién nacido. Cualquier astrónomo diría que no existe ningún astro de ningún tipo que muestre ese comportamiento.

En un libro publicado hace un par de años por P. Barthel y G. van Kooten en la editorial
Brill (The Star of Bethlehem and the Magi. Interdisciplinary Perspectives from Experts on the Ancient Near East, the Greco-Roman World, and Modern Astronomy), secuela de un congreso al efecto celebrado en la Universidad de Groningen, se recogen una veintena de trabajos con los datos más recientes de la investigación sobre el tema con perspectivas muy diversas, desde las astronómicas hasta las filológicas, históricas o de historia de las religiones. Allí podéis conocer toda la discusión y la bibliografía –abundante– que la estrella de Belén ha hecho surgir.

Las explicaciones al fenómeno de la estrella pueden ceñirse a tres grupos.

El primero lo constituyen los que la consideran un milagro. Algunos padres de la iglesia canonizados (Basilio de Cesarea, Diodoro de Tarso, su alumno Juan Crisóstomo o Gregorio Nacianceno) y otros que no lo fueron (como Tertuliano) solucionaron las dudas aludiendo a que no se trataba de una estrella, sino un signo del poder divino en forma de estrella para anunciar el Nacimiento. Nunca quisieron que se relacionara el hecho con la astrología, contra la que arremetieron porque creía en hados y predestinaciones. Gregorio de Nacianzo, por ejemplo, hizo que los Magos, astrólogos en realidad, se convirtieran después de ver a Jesús y abandonaran sus estudios. Este tipo de explicación requiere poco comentario. O lo crees o no.

Otra clase de visión de la estrella es la que supone que no existió. Pero no es que se entienda como un invento del evangelista sin más, sino que se trata de lo que se conoce en la tradición exegética judía como un midrash, una explicación que relaciona el Nuevo Testamento con las profecías del Antiguo. Tales interpretaciones proponen que lo que el evangelista hizo fue introducir un marco en el que se entendiera que se trataba de un acontecimiento especial: el relato debía mostrar que el nacido era el Mesías. No hay que olvidar que el autor del evangelio de Mateo fue, según lo que se conoce, un judío helenizado que lo escribió ya lejos de los acontecimientos que narra (en torno al año 80-90 d. C.) y que lo hizo para judíos cristianos de habla griega (probablemente de Antioquía) impactados por la destrucción del templo de Jerusalén llevada a cabo por los romanos en el año 70 y asombrados, como dice D. W. Hughes, por la visita a Nerón del rey Trídates I y su séquito de sabios el año 66, el mismo año en que vieron pasar el cometa Halley.

La tercera explicación es la que da el hecho por real y trata de identificarlo con algún suceso celeste. Esto ya es terreno de la astronomía y comenzó con el propio Kepler en 1614. Los candidatos más comunes a ser la estrella de Belén son cometas, supernovas o confluencias planetarias. De los primeros habría que determinar cuál, con la dificultad añadida de que los cometas eran signos de mal augurio entre los antiguos. De una supernova tendríamos sin duda más noticias, dado el acontecimiento que supone. Y quedan las interpretaciones astrológicas de confluencias astrales. Son muchas y muy diversas las explicaciones y no hace al caso exponerlas. Solo me fijaré en la que en la actualidad goza de más prestigio, interesante por varias razones. Destaco el hecho de que está propuesta por un astrónomo y se basa en la astronomía, sí, pero también en la historia, en la filología y, curiosamente, sobre todo en la numismática.

molnar

M. Molnar, tras muchos años de investigación sobre las relaciones entre estos campos, llega a la conclusión de que el hecho, debido a la época, al relato y a su función, ha de tener una explicación más astrológica que astronómica, es decir, hay que buscar en la astronomía un fenómeno que explique una interpretación astrológica para señalar un acontecimiento singular. Sus numerosos trabajos y en especial su libro (New Brunswick: Rutgers University Press, 1999) proponen que una confluencia de Júpiter con la luna (una “ocultación”) sucedida el 17 de abril del año 6 es la clave de la estrella de Belén. Para su compleja interpretación de símbolos, datos astronómicos, hechos históricos y demás remito a los interesados al material citado.

Como veis, nuestros textos clásicos siguen diciendo muchas cosas y han tenido (y siguen teniendo) enorme transcendencia. El próximo año, cuando pongáis el nacimiento, que cada cual vea en la estrella lo que le parezca; o más de un sentido a la vez, ¿por qué no?, que para eso somos filólogos y analizamos posibilidades interpretativas. Eso sí, para este año yo he pedido a los Reyes que nuestros estudios tengan un poco más de aceptación oficial. A ver si el año que viene nuestra “estrella”, que no es la de Belén, se hace un poco más brillante.

¡Feliz año a todos!

Agustín Ramos Guerreira

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¿Y si la historia no fue como nos la contaron? Discusiones actuales sobre historia romana y cristiana

Recientemente, han aparecido en el periódico El País dos artículos interesantes que se hacen eco de las últimas investigaciones históricas en torno a los primeros hitos del Cristianismo en el Imperio Romano: «Aún no sabemos quiénes ni por qué mataron a Jesús» (Juan Arias, 1/04/2016), y «Los cristianos que Nerón nunca mató» (Guillermo Altares, 11/12/2015). Como rezan sus títulos, hoy se está empezando a poner en duda la veracidad tanto del relato evangélico, como de las fuentes romanas al respecto; y las conclusiones, sin ser definitivas, parecen ser bien distintas de lo que (parece) afirman los textos antiguos.

Revisar exhaustivamente los Evangelios canónicos puede indicarle al historiador actual alguna incoherencia que obligue a reinterpretar las líneas maestras de la condena a muerte (que no de la divinidad) de Jesucristo. Es el caso del investigador checo Paul Winter (1904-1969), que atribuyó su crucifixión no al pueblo judío, sino al poder provincial romano: Jesús de Nazaret, rex Iudeorum, habría sido visto como un revolucionario social, y su causa, como una auténtica amenaza política. Prueba de esto se encuentra en las diferencias contradictorias que median entre los propios Evangelios, por lo que se refiere, sobre todo, a los juicios paralelos del Sanedrín y de Pilatos, con su errática actitud frente al reo. Así pues, como concluye su libro Sobre el proceso de Jesús (1961), cambiaría considerablemente el signo de los hechos.

Asimismo, merecen especial atención las noticias que recogen este acontecimiento histórico desde la óptica pagana. Por lo temprano de su fecha, es muy significativo el extraordinario capítulo sobre los cristianos en los Annales (15.44) de Tácito, que, contradiciendo la versión bíblica, viene a confirmar la hipótesis de Winter. Pero el mismo texto que da luz en un sentido, causa nuevos y serios problemas en otro.

En efecto, la obra de Tácito se tuvo por lo común como una historia relativamente rigurosa y veraz dentro de este género literario, y quizá por eso sólo pensadores como Voltaire le achacaron como defecto su resentimiento latente o su conservadurismo demodé. En cambio, buena parte de la crítica opina hoy que el autor romano no es tan fiel a la realidad histórica, y que bajo sus palabras puede haber otro tipo de realidades, cosa que no se lo pone a priori fácil al lector.

Para el caso, Brent D. Shaw ha publicado hace unos meses «The Myth of the Neronian Persecution» (JRS 105), un artículo tan sugerente como transgresor, cuando menos. Su tesis principal consiste en que la famosa persecución de los cristianos tras el gran incendio de Roma, en época de Nerón, no es otra cosa que un ejemplo de anacronismo histórico deliberado por parte de Tácito. De acuerdo con el profesor canadiense, es muy improbable que en el año 64 esta causa religiosa contase con muchos seguidores; y se confirma aún más improbable, en tanto que no se halla ninguna otra mención literaria a estas ejecuciones masivas de cristianos en fecha Julio-Claudia. Se percibe, de nuevo, un nuevo caso de modificación histórica en torno a la relación entre romanos y cristianos, que hace adoptar otras explicaciones en el curso de los acontecimientos.

Dadas estas alternativas, restaba a sus autores concluir (y, en la medida de lo posible, verificar) su argumentación explicando el porqué de estos cambios más o menos profundas en el relato de la historia. Y, de hecho, coinciden en el diagnóstico: según estos dos investigadores, tanto el testimonio de los evangelistas cuanto la información de Tácito atienden probablemente a las necesidades ideológicas y/o políticas que cada cual tiene en su tiempo. Porque hoy no cabe duda de que el Nuevo Testamento es bastante posterior a la vida de Jesucristo, en un momento en que convenía más culpar a los judíos y obtener el favor romano, y de que Tácito veía a los cristianos como una secta judía que, por forzado que pareciese, merecía un castigo ejemplar en la historia para advertir del trastorno que suponía para la identidad pagana de la Ciudad. Juicio durísimo que, por cierto, bien concuerda con el que de quienes achacan al cristianismo la responsabilidad última de la caída del Imperio.

Es, pues, de agradecer que un periódico tan influyente como el arriba citado no sólo aborde de vez en cuando temas clásicos, sino que también divulgue la labor de filólogos e historiadores a través de sus páginas culturales y con la firma de unos periodistas reconocidos, informando e invitando a la reflexión por igual. Sólo queda aquí recomendar la lectura de uno y otro artículo, para plantearnos, al menos, hasta qué punto los relatos antiguos, junto con el curso de la historia, han contribuido a configurar nuestro imaginario cultural.

Federico Pedreira Nores