El duelo de Antígona

En este período de luto Eusebia Tarriño nos envía el enlace al texto escrito por Jesús Ferrero en El País (29 de mayo de 2020) que de nuevo encuentra en los clásicos paralelos con la situación actual. Reproducimos el texto:

El síndrome de Antígona

Antígona es un mito que oculta en su textura una mordiente ironía. Morir por salvar una vida tiene su lógica, pero no parece tenerla morir por enterrar a alguien, y sin embargo la tiene, pues el entierro y el duelo son, además de ceremonias, procedimientos psicológicos necesarios. Entre los antiguos griegos el duelo solía durar tres días regidos por el silencio, que ayudaba a internalizar la figura del muerto. Tras el duelo se celebraba un banquete, que tendía a ser muy alegre.

El proceso por el que pasa Antígona ilustra perfectamente tanto las vicisitudes de un duelo como las perturbaciones por no llevarlo a cabo. A Antígona le obsesiona el hecho de que su hermano Polinices permanezca insepulto en el lugar donde fue abatido, a merced de las aves carroñeras. Lo imagina suplicando un poco de piedad desde las dimensiones de la muerte. Los griegos participaban de la creencia, muy común en la antigüedad, de que los muertos que no habían sido enterrados se convertían en almas errantes. Ha pasado el tiempo, pero en muchos aspectos seguimos fieles a esa creencia, y por eso es fácil entender el sufrimiento de los que no encuentran los cadáveres de sus muertos: la tragedia de la familia de Marta del Castillo. ¿Dónde está Marta? Hasta que no encuentren su cadáver será un alma errante y sin cobijo. Los responsables de provocar y mantener ese sufrimiento desmedido merecen lo peor y tienen el alma mucho más negra que la desesperación de los que anhelan su descanso en una tumba con nombre y con fechas.

En la Antología Palatina, que además de ser un poemario es una colección de epitafios, encontramos poemas muy significativos. Siempre me acuerdo de los versos que nombran a un joven marino llamado Tarsis, que se sumergió para soltar un ancla que se había quedado enganchada en una roca, y que tuvo un destino muy singular, pues fue enterrado tanto en la tierra como en el mar, al ser en su mitad devorado por un cetáceo, de forma que una parte de su cuerpo se quedó bajo el agua y otra parte descansó bajo la tierra. Los caminantes que leían el epitafio de Tarsis se veían enfrentados a una paradoja trágica. ¿El cuerpo entero de Tarsis había conquistado el descanso eterno o solo su mitad? Las creencias religiosas pueden ser muy irracionales, pero las suele guiar una lógica de la contradicción que hiela el corazón.

Volvamos a Antígona. En parte porque se trata de una obra en la que Sófocles desplegó toda su sensibilidad lírica y trágica, creando un tejido dramático muy consistente, con personajes bien trazados y líneas de fuerza llenas de electricidad y de sentimiento, ha llegado hasta nosotros intacta y resplandeciente, y suele estar muy en boga en épocas bélicas y en períodos castigados por alguna epidemia. No es de extrañar que en plena Guerra Civil, Salvador Espriu concibiese una sublime versión de Antígona. Cuando se aborda la problemática de Antígona es fácil recurrir a los lugares comunes sobre la ley humana y la ley natural, dos entelequias que pueden propiciar mucha retórica vana. Resulta más esclarecedor atender a la urdimbre psicológica de la obra y sumergirse en las pesadillas que devastan la conciencia de Antígona. No es que la princesa tebana decida seguir la ley del corazón incumpliendo las órdenes del tirano Creonte, que es además su tío. Lo que le ocurre a Antígona es inseparable de nuestras relaciones con la muerte. Todo difunto tiene un doble entierro: el que se lleva a cabo cuando lo colocamos bajo tierra, y el que se va desarrollando en nuestra cabeza, y es bueno que ambos entierros coincidan en el tiempo. Cuando el primero no se da, el segundo tampoco, y el muerto se convierte en un fantasma peligroso, que vendrá a visitarnos en la duermevela.

En los últimos tiempos, regidos por leyes despiadadamente económicas, se ha tendido a descuidar el duelo y a no darle importancia. Tal proceder se debe, entre otras cosas, al rechazo cada vez más patológico que nos provoca la muerte, normalmente ausente de todos los discursos de ahora, y uno se pregunta si negar la muerte no implica también negar la vida. Pasar por alto el duelo solo provoca trastornos psicológicos, de muy hondo calado, pues no acabamos de enterrar al muerto nunca, y caemos de verdad en el síndrome de Antígona, como han debido de caer los familiares de las víctimas de la epidemia.

Los que no pudieron acompañar a sus muertos en su última hora habrán experimentado el mismo dolor que Antígona, cuando desde el corazón del sueño el fantasma de su hermano acudía a ella y le decía que no quería convertirse en un alma errante y que solo ella podía propiciarle el descanso eterno con sus manos, sus lágrimas y su afecto. Es una forma de verlo, la otra, más definitiva, sería pensar que es ella la que no puede descansar, y ella la que ni está viva ni está muerta hasta que no entierre de verdad a su hermano. En tiempos como los que corren, entendemos su situación y su postura mejor que nunca.

Cicerón y la arqueogastronomía

Cicerón vale para un roto y para un descosido. Una frase extraida de su obra Del supremo bien y del supremo mal (2, 90), “El hambre es el condimento de la comida, la sed de la bebida“, sirve como encabezamiento de una sección sobre cocina romana en una página llamada Arqueogastronomia (agradecemos el envío del enlace a Eusebia Tarriño).

Arqueogastronomía se presenta como un “espacio cultural donde puedes adquirir productos, experiencias gastronómicas y turísticas que hunden sus raíces en la historia y la arqueología”. En su tienda, Tabernae (no sé en qué caso exactamente, quizá el esperable nominativo singular taberna les sonaba poco latino) ofrecen productos como Flor de Garum Salsa antigua o Iberika, cerveza artesana. También tienen un blog donde incluyen recetas y entradas sobre historia gastronómica.

El caso es que resulta algo chocante el uso del texto ciceroniano en una página que nos incita a buscar  nuevas experiencias catando los sabores de la gastronomía romana. Cicerón en realidad atribuye el mensaje a Sócrates: …idque Socratem, qui voluptatem nullo loco numerat, audio dicentem, cibi condimentum esse famem, potionis sitim. “Y eso mismo le oigo a Sócrates, que no concede al placer ninguna importancia, cuando dice que el condimento de la comida es el hambre, y el de la bebida, la sed” (Trad. V. J. Herrero Llorente). De hecho, casi diríamos que parece precisamente un lema para todos aquellos que abominan de las sofisticaciones culinarias tan en boga hoy y de caprichos similares a los que la página propone.

La cita escogida para la sección denominada “Arqueofoodtour”, también de Cicerón (Sobre la vejez 45), tampoco resulta muy adecuada: “El placer de los banquetes debe medirse no por la abundancia de los manjares, sino por la reunión de los amigos y por su conversación” (Trad. de E. Torrego); Neque enim ipsorum conviviorum delectationem voluptatibus corporis magis quam coetu amicorum et sermonibus metiebar. Eso sí, algo de éxito deben de tener, porque uno de estos tours ha sido incluido en el programa de RTVE “Las Rutas D’Ambrosio”, según nos informa Cádiz Buenas noticias.

Susana González Marín

Cosas que hacer en la cuarentena (14): una cadena literaria. Empezamos con Manuel Vilas

Me llegó hace unos días una propuesta por correo electrónico para participar en una especie de cadena literaria. Se trataba de compartir algún poema o algún fragmento de una lectura que nos hubiese gustado. Sin complicarse mucho. Simplemente porque sí. Para que todos la disfrutemos. Traslado aquí esa invitación para que quien quiera envíe al blog algún texto que le haya gustado alguna vez. Ojo, no vale enviar un enlace al Quijote. Aquí va una pequeña aportación. Saludos y salud para todos.

Eusebia Tarriño

El joven traductor de Horacio

Yo quisiera ser otra vez aquel joven
Ávido de una traducción latina, de unos deberes escolares.
La mañana del sábado, de nueve a dos, así la pasa,
Pegado a diccionario, gramática y clásica retórica.
Contento de sus hallazgos, donde el mundo antiguo
-República, crímenes, ejércitos, esclavos-
Ve resplandecer y de su presente permanece ignorante, ajeno.

Quisiera que mi ambición volviera a ser la misma.
Quisiera que diccionario, versos romanos de enmarañados
Mitos y prosodia, fueran el gran tesoro azul de mi esperanza,
Como lo eran entonces, de mi alegría secreta y de mi descubrimiento.

Oh, descubrimientos particulares del joven en el latín inmerso,
Tan ajeno a la cólera de los hombres vivos,
Tan sabio en su hermosa ignorancia, sobre una mesa camilla,
Mientras la madre realiza las faenas de la casa y pone ya
La mesa y se oye la llave del padre en la puerta que regresa,
Y el joven va puliendo, en trance no menor de vida y poesía,
El significado de los versos y la ley que los fundara
Que confiará a su preceptor el lunes, con la sonrisa de quien sabe,
Con la devoción ardiendo y la ambición encadenada.

Manuel Vilas, Las arenas de Libia (1998)

 

En Roma también había perritos falderos

Eusebia Tarriño y Esperanza González nos envían el enlace a un reportaje de Salamanca24horas: Los romanos tenían perros miniatura como animales de compañía. La noticia la puedes leer también en La Vanguardia. Por lo visto, arqueólogos de la Universidad de Granada y científicos del Instituto Andaluz de Ciencias de la Tierra y el Instituto de Historia del CSIC de Madrid, han revelado en un estudio que los romanos ya tenían perros pequeños, del tamaño de un pequinés o chihuahua, como animales de compañía. Lo cierto es que, como apunta Eusebia Tarriño, Plinio en su Historia Natural habla de perros y cuenta historias sobre su extraordinaria fidelidad a los amos o su valor, pero siempre parece referirse a perros de una talla considerable, perros que los hindúes quieren cruzar con tigres o los galos con lobos; perros capaces de enfrentarse a un león o a un elefante. Nada hace pensar que existieran perros patada, salvo este descubrimietno de inhumaciones de perros en la necrópolis romana de Llanos del Pretorio, a la afueras de Córdoba.

Susana González Marín

 

Estacio sale en el País Semanal

Eusebia Tarriño nos avisa: Irene Vallejo es la nueva firma que El País Semanal ha fichado. Su sección, “Atlas de Pandora”, se estrenó el fin de semana pasado con una columna titulada Desvelo. A partir de ahora podemos esperar una presencia cotidiana de los clásicos en el Semanal. En su estreno, la autora aprovecha para incluir un fragmento de la Silva 5, 4 de Estacio, un poeta del siglo I. Reproducimos el poema completo en traducción de Gabriel Laguna Mariscal:

¡Oh joven, el más plácido de los dioses, por qué delito, por qué desvarío he merecido, desgraciado de mí, ser el único en carecer de tus dádivas, Sueño? Todo guarda silencio, el ganado, las aves y las fieras; las copas de los árboles simulan, reclinadas, cansado sueño; y ni los bravos ríos conservan el mismo fragor. El rizado de la llanura marina ha declinado y los mares se recuestan arrellanados sobre las tierras. Ya es la séptima vez que Febe regresa para contemplar cómo velan mis tristes ojos, otras tantas veces las luminarias de Eta y Pafos han vuelto a visitarme y otras tantas la mujer de Titono ha sobrevolado mi llanto y, compadecida, me ha rociado con su gélido látigo. ¿Cómo podré resistir yo? No podría ni aunque tuviera los mil ojos que el sagrado Argos tenía durante la guardia que cumplía por turnos, sin que velara nunca con todo su cuerpo. Pero ahora, ¡ay!, si alguien en el transcurso de la larga noche te ha expulsado de buena gana mientras retiene a su amada en un estrecho abrazo, vente de allí, Sueño. Y no te insto a que extiendas completamente tus alas sobre mis ojos (sea ésta la súplica de gente más dichosa); tócame con el cuento de tu vara (con eso basta), o pasa junto a mí suavemente, con tus piernas suspendidas por los aires.

Posca, ¿el tinto/calimocho de verano?

María Isabel Pérez Alonso nos envía el enlace a este podcast del programa de información agraria de Onda Cero, “Onda agraria”. En él se compara una antigua bebida de griegos y romanos, posca, con el calimocho o el tinto de verano. Desde el minuto 6’32 hasta el 14’40 se habla del tema e incluso se da una pequeña receta adaptada a los gustos modernos por si alguien se anima a prepararla. La comparación con el tinto de verano parece un poco optimista, puesto que posca, al fin y al cabo, era agua con vinagre.  En efecto, se trata de una bebida refrescante para los que no podían pagarse nada mejor y con una esponja empapada en ella fue con lo que aliviaron a Cristo en la cruz.

El vinagre era un producto que en palabras de Plinio el Viejo “al menos, aun siendo malo, tiene la virtud de sus múltiples usos, sin los cuales la vida no podría transcurrir suavemente” (14,125) . En efecto, él lo menciona con frecuencia por sus propiedades terapéuticas. En el terreno gastronómico también habla de una bebida realizada con miel y vinagre: “Más aún, incluso se mezclaba el vinagre con la miel, hasta tal punto el hombre no ha dejado nada por intentar. A este preparado lo llamaron oximiel: diez libras de miel, cinco heminas de vinagre añejo, una libra de sal marina, cinco sextarios de agua
de lluvia; se hierve ligeramente diez veces, luego se trasvasa y se deja envejecer así.” (Agradecemos las traducciones de Plinio a Eusebia Tarriño)

Diego Corral nos envía como complemento el enlace a este blog especializado en comida antigua De re coquinaria.

Susana González Marín

 

 

 

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