Precisiones en Twitter: ¿Es Odisea o es Eneida?

El diario argentino La Nación se hizo eco de la historia de una pareja de turistas argentinos que a causa de las medidas de confinamiento para frenar la expansión del COVID-19 quedó varada en Italia. El periódico, dada la sucesión de desapacibles peripecias en sus 25 días de viaje, denomina la situación como ‘odisea,’ a lo que el usuario de Twitter @ladrondesabado respondió:
“Si quedaron varados en Italia no es Odisea, es Eneida (?).” Aunque lo más destacable de este tuit sea el chiste (como confirma su elevada cantidad de favs, o sea, ‘me gustas’), a partir de él, este usuario aprovechó para crear un hilo con algunos datos curiosos sobre estos dos poemas épicos, destacando algunos de los paralelos que se dan entre ellos. Puedes leer el hilo completo aquí.

Marta Martín Díaz

Dido y la precariedad del poder de las mujeres

En 2017 fue publicado por editorial Crítica el librito de Mary Beard, Mujeres y Poder. Un manifiesto. Como es habitual en su obra, Mary Beard reflexiona sobre las mujeres y el poder en nuestro tiempo, pero su dedicación al estudio del mundo grecorromano la lleva a buscar argumentos en la Antigüedad, en las poderosas mujeres presentes en los mitos y las tragedias griegas. En la contraportada del libro aparece resumida la tesis de su ensayo: “No es fácil hacer encajar a las mujeres en una estructura que, de entrada, está codificada como masculina: lo que hay que hacer es cambiar la estructura”. Se refiere a las estructuras de poder del sistema patriarcal, que genera diferencias entre los géneros y ponen en situación de inferioridad a las mujeres.

Mary Beard nos ofrece solo figuras del mito y la literatura griega: Medea, Clitemnestra Antígona, Lisístrata y la Medusa. Dido, la reina de Cartago, habría sido también un buen ejemplo.

A Dido la destina al poder su marido, que le encomienda salir de Tiro al frente de su pueblo para buscar una nueva sede lejos de la tiranía de Pigmalión. La anomalía del poder de Dido aparece señalada desde el principio: dux femina facti. La singularidad de una mujer al frente de un pueblo en su viaje al exilio aparece subrayada por la presencia de femina, porque de haber sido un hombre quien dirigiera la empresa el poeta se habría limitado a escribir dux. De todas formas, Dido dirige la construcción de su ciudad, Cartago, dicta leyes e imparte justicia como un rey juicioso y se siente feliz haciéndolo. Pero cuando aparece Eneas en su vida todo cambia porque la violencia del fuego que Cupido introduce en su corazón genera el conflicto entre la mujer enamorada y la reina que cumple una función masculina. El pasado de Dido coincide en algunos aspectos con el de Eneas: los dos han dejado atrás historias de violencia y derrota, los dos han perdido a sus parejas, y también se han visto obligados a salir de sus ciudades y guiar a sus pueblos al exilio buscando un nuevo comienzo para ellos. La semejanza entre sus historias los ayudará a aproximarse cuando se encuentran, pero hay una diferencia importante en la forma en que cada uno alcanza su propósito: Dido obtiene la tierra en la que levanta su ciudad a cambio de dinero mientras Eneas la consigue con la fuerza de las armas. Él es un héroe destinado a poner los fundamentos del futuro poder imperial romano; ella, para mantenerse en el poder, necesitaba el apoyo de un marido capaz de defender su ciudad de los enemigos que la rodeaban: así se lo dice su hermana Ana, que la incita a aceptar su amor por Eneas. Le da un consejo muy práctico y, si Eneas no hubiera estado obligado a cumplir su destino, que era al mismo tiempo el futuro de su hijo – imperativo del orden patriarcal-, el desarrollo de su historia habría sido muy distinto. Pero finalmente Eneas decide partir hacia Italia para alcanzar su meta político-militar y Dido, perdido el pudor que le daba la gloria, no encuentra ninguna salida satisfactoria: ya no podía recurrir al matrimonio con el rey libio Yarbas, al que antes había despreciado; también descarta empujar de nuevo a su pueblo al mar para vengar una iniuria privada, de modo que solo le queda recuperar su dignidad de reina suicidándose con la espada de Eneas, un suicidio viril para una reina víctima de la violencia del sistema patriarcal.

Irene Vallejo en su novela El silbido del arquero (Zaragoza: Contraseña editorial 2015) ha desarrollado con acierto la brevísima referencia que hace Dido al malestar de los suyos por su relación con el extranjero  (infensi Tyrii, 4. 321): la hostilidad de los tirios hacia los troyanos aparece enseguida en la novela y las luchas por el poder entre los generales tirios, que intentan alcanzarlo casándose con Dido, subrayan la precariedad del poder de la reina. Ana llega a decir:

“No me gustan los hombres de Elisa. Nunca me gustaron. Los odio.
¿Por qué Elisa tuvo que llamarlos a su lado cuando escapamos de Tiro? ¿No podíamos huir solas, ella y yo, como dos hermanas que no quieren más que salvar la vida y encontrar un poco de paz?
Pero Elisa quería ser reina. ¡Reina! En vez de eso somos prisioneras de estos hombres. Las armas mandan y son suyas…”  (p. 45).

Rosario Cortés Tovar

 

 

 

DE INFELICIS DIDONIS MORTE

 Los pasos de Ana, que caminaba con el corazón encogido, resonaban por los pasillos del palacio. Aquellos días habían sido desoladores para toda Cartago, todo había sucedido tan deprisa que le daba la sensación de haber sido inducida por un sueño de los dioses: la llegada de los extranjeros, el amor entre su hermana y aquel a quien llaman pío, el anuncio de su marcha. El dolor, la cólera, el pesar y el abatimiento de una reina que jamás se había dejado vencer por nada.

Allí estaba ella, bajo las columnas del patio porticado, hablando con unas esclavas con los aires autoritarios y el porte majestuoso de siempre. Pero, si la mirabas a los ojos, podías ver una oscura sombra en ellos, antaño decididos y alegres. ¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que vio el fulgor de los rayos de sol en los ojos de su hermana? Aquello era lo que tenía a Ana en vilo, esa mirada tan vacía de esperanza que parecía oscurecerse con cada día que pasaba.

—¿El tálamo también, Alteza? —preguntó la esclava. Ana la consideró afortunada, pues no podía mirarla a los ojos ni ver la profunda negrura que anidaba en su alma.

—Sí, el tálamo también —contestó, ajustándose los pliegues de su vestido azul—. No debe quedar absolutamente nada suyo. —Reparó en la presencia de su hermana y, durante un momento tan fugaz como el parpadeo de una estrella, la desesperación pareció desaparecer de su rostro—. ¡Ah, Ana, estás aquí!

—¿Está todo a tu gusto, hermana? —preguntó ella, señalando con sus finos dedos ensortijados la enorme pira que estaban preparando.

—No se trata de mi gusto, sino del de los dioses, querida —repuso.

—¿Estás segura de que todo esto va a servir, Dido?

Ella la observó, desolada. El rostro de su hermana estaba enturbiado por la angustia y, de haber seguido teniendo corazón, aquella visión lo habría destrozado.

Pero ni siquiera eso tenía ya. Su corazón debía andar muy lejos, rumbo a las costas lavinias, marchando a un destino totalmente ajeno al suyo. Se forzó a fingir una sonrisa, no muy lograda, para intentar sosegar el ánimo de su hermana.

—No te aflijas, Ana mía —le dijo, envolviéndola en un tierno abrazo—. Pronto habrá terminado todo y seré libre de este yugo que me atormenta. Sé que no te fías de la magia, pero yo misma fui testigo de lo que son capaces estas mujeres. ¿Acaso no confías en la palabra de tu hermana? ¿No te alegras porque por fin dejaré atrás este sufrimiento?

—Por supuesto que sí —contestó con un suspiro y, al lograr su mentira, Dido sintió un enorme dolor en el pecho.

—Entonces, no desesperes. —Besó sus sienes con ternura e infinita tristeza—. Pronto todo habrá terminado —repitió, más para sí que para quien la estaba escuchando.

 

Cubierta por un manto del color de la arena del desierto, Dido recorría discretamente las calles de su amada Cartago. Siempre había adorado pasear entre los edificios sin ser reconocida, respirar el verdadero aire de su ciudad. Pero aquella vez era distinta a cualquier otra. Vagaba de un lado a otro, deseosa de liberar a sus pensamientos del tormento que los azuzaba aunque solo fuera durante el tiempo que paseaba. La decisión que había tomado pesaba todavía más cada vez que veía a unos niños jugando entre risas, a unos jóvenes construyendo una casa, a unas muchachas caminando hacia el mercado. Dido, infeliz, no había dado a luz hijo alguno, pero al ver a aquellas gentes supo que no había sido necesario: era madre de Cartago y los cartagineses, sus vástagos. No podía existir para ella un mayor orgullo.

Sus sandalias, adornadas con perlas y piedras preciosas, la condujeron maliciosas hasta la playa, donde hacía no mucho vararon las naves dárdanas. Contuvo la respiración durante un momento al encararse al mar, que bramó impetuoso cuando, sin pensarlo, metió sus pies pequeños en el agua.

Esas olas. Ese oleaje maldito que se había llevado sin el menor remordimiento a aquel a quien había amado. No importó cuánto rugió el mar ni cuántas lágrimas ella había derramado; ni el miedo a una tempestad ni la compasión por un corazón roto habían detenido al troyano.

Pero Dido ya no lloraba. Se lavó las manos y el rostro sombrío con el agua salada, queriendo ser purificada.

—Te lo di todo y a ti te pareció insuficiente —susurró a la nada—. Te di alimento, te di cobijo. Bebiste de mi copa y curé a los tuyos. Procuré que no os faltara de nada. Recibiste ropas y armas, madera para tus naves, tela para las velas ajadas. —Miró fijamente al horizonte, como si fuera capaz de verlo desde allí en su barco, alejándose a toda prisa de sus costas—. Y como darte todo parecía poco, me di a mí misma, pobre Elisa desdichada. Rompí promesas, manché mi honra y te regalé mi alma.

» ¡Pero se acabó! —El viento se levantó a su alrededor, agitando sus ropas, enmudeciendo por un momento la voz que se había ido convirtiendo en grito—. ¡Aquí se acaba tu reinado sobre Dido! —Miró al cielo, furiosa—. ¡Oh, Júpiter, dios de dioses, a ti te invoco! ¡Madre Juno, que siempre por mí has velado, sé testigo de mis palabras! ¡Que todos los dioses capaces de escucharme lo hagan ahora! —Hundió la mano derecha en el mar y asió un puñado de arena, que levantó todo lo alto que pudo—. ¡Yo te nombro a ti, Eneas, hijo de Anquises, el Pérfido! ¡Impío! Te nombro y te maldigo, por la sangre que ahora corre por mis venas, por la arena cartaginesa que sostiene mi mano, por el mar que lame mis pies que es el mundo. Que nunca encuentres paz por lo que has hecho a Dido, reina de Cartago. Que nunca llegues a ver esa tierra que se te ha prometido, que buscabas con tanto ahínco y que te ha alejado de mí. Que mis hijos, esta ciudad que tanto he amado, venguen mi asesinato hasta el final de los tiempos. Pues seré yo quien dirija el puñal; mas tú, pérfido, quien dicte la sentencia. —Dejó caer el puñado de arena, que rápidamente engulló el mar, y, volviendo a mirar al horizonte, gritó—: ¡Eneas, Eneas, Eneas! ¡Yo, Dido, te maldigo!

 

El ambiente en el interior del palacio era agitado e intranquilo, pero ya en los corredores cercanos al patio porticado el silencio y la extraña calma que de la estancia fluían iban haciendo acto de presencia. Habían colocado una enorme pira en el centro, donde solía haber un bonito estanque, vaciado para la ocasión. Junto a cada columna se encontraba una de las sacerdotisas, todas ellas envueltas en ropajes oscuros, con el rostro pintado y los cabellos sueltos. Ellas, al igual que la Gran Sacerdotisa, sujetaban una antorcha que arrojaba sinuosas sombras.

Dido estaba radiante, con el pelo moreno liberado de las horquillas con las que solía tenerlo recogido. Se había ataviado con sus mejores galas, unas telas del púrpura más intenso que jamás se haya visto, e iba descalza para la ocasión. Estaba de pie junto a la Gran Sacerdotisa, al lado de la pira, ambas con gesto serio e imperturbable. Esta, tras realizar unas libaciones, le entregó a Dido las armas y las ropas que el pérfido Eneas había dejado en Cartago; ella las aceptó con la solemnidad propia de la reina que era.

Ana las observaba, algo apartada de ambas y sin participar en el rito, pero sin perder detalle de lo que hacían. La Gran Sacerdotisa asintió con la cabeza y las mujeres que habían estado junto a las columnas comenzaron a moverse. Avanzaban hacia la pira en círculo, entonando un cántico en una lengua que Ana desconocía.

Mientras tanto, Dido subió a la empalizada que habían construido junto a la pira para que, en teoría, pudiera ver el fuego desde arriba. Los cánticos se alzaban hacía la noche que lucía estrellada sobre sus cabezas, pero ella no los oía. Solo era capaz de escuchar el crepitar de los primeros ramos de encima quemándose y el redoble incesante de su corazón. Sonrió, perdida ya toda cordura, y dijo en voz bien alta:

—¡Hoy se pone fin a mi tormento! —gritaba. Desde allá arriba podía ver el tálamo nupcial que habían colocado en lo alto de la pira—. Hoy se pone fin a tu cruel tiranía, oh, impío Eneas. ¡Que el fuego purifique ahora tu perfidia! —Lanzó las prendas de Eneas a la pira, cuyas llamas comenzaban a alcanzar la parte más alta de la misma, y sus armas. Los cánticos se volvieron entonces más elevados y su corazón latía ya desbocado, sabiendo lo que estaba a punto de suceder—. Que este cuerpo yazga donde murió por vez primera y así Dido, infeliz, repare el daño.

Y, tras sacar de entre sus ropajes un puñal cuajado de piedras preciosas, perteneciente hace no mucho al pérfido teucro, lo clavó en sus entrañas. La sangre roja empapó las telas púrpuras y las manos de la reina, que se tambaleba sobre la empalizada.

—¡Elisa, no! —chilló su hermana, aterrada. Todo el mundo la ignoraba, desoyendo sus gritos de auxilio para la reina que estaba cayendo sobre la pira.

—Lo siento, hermana —musitó Dido con una sonrisa antes de ser envuelta por las llamas.

No tuvo lugar ningún deus ex machina. En el palacio ya no se oían cánticos; tan solo los gritos desgarrados de Ana y el crepitar del fuego devorando el dolor de una reina enamorada.

Carla Rodríguez Para

EN LA MUERTE DE ÚRSULA K. LE GUIN

Llega la noticia de la muerte, a los 88 años, de la escritora norteamericana Úrsula K. Le Guin (1929-2018). Sus obras más difundidas (La mano izquierda de la oscuridad, El mago de Terramar) son novelas de ciencia ficción. Sin embargo, los intereses de Le Guin fueron amplios, y produjo obras de géneros diversos: ensayo, literatura para niños, poesía, traducciones. En 2008 escribió una novela basada en la Eneida llamada Lavinia (traducción española, ed. Minotauro, 2009).

Ella misma nos cuenta, al final de la edición inglesa de 2010 (ed. Phoenix), cuál era su relación con el poema virgiliano:lavinia.jpg

“El tercer año de Latín era Cicerón. Yo quería leer a Virgilio, pero tenías que leer primero a Cicerón. Con catorce años, yo no veía razón para gastar un año de mi vida con un abogado muerto, así que dejé el Latín y me pasé al francés, con el que tuve una relación duradera y feliz. Pero a los setenta y tantos me di cuenta de que aún no había leído a Virgilio, así que saqué mi vieja gramática latina y empecé a leer la Eneida, despacio, muy despacio…”

De su amor por el texto virgiliano surgió el deseo de traducirlo, de capturar la esencia virgiliana, y eligió hacerlo “moviendo las escenas y los personajes de Virgilio fuera del poema”, transformando sus peripecias en una novela, cuya protagonista sería Lavinia, la joven latina destinada a casarse con Eneas, y a iniciar con él lo que terminaría siendo Roma, pero que en la Eneida es un personaje apenas esbozado. Continúa diciendo la autora:

“Mi deseo era seguir a Virgilio, no mejorarlo, ni reprobarlo; pero Lavinia misma de informó de que, a veces, el poeta se había equivocado -acerca del color de su cabello, por ejemplo-. Yo la escuché a ella: y también a él. Y entre los dos, me entregaron mi novela. No he escrito ninguna otra con tanta alegría”.

La novela cuenta la guerra entre troyanos y latinos desde el punto de vista de Lavinia; ella es la narradora. La técnica literaria utilizada es el diálogo entre Lavinia y su autor, Virgilio; en mi opinión, le da excelentes resultados. Al poner en primer plano a Lavinia, inclina la balanza hacia lo latino; confiere entidad al paisaje, a la forma de vida, a los ritos y a los dioses del Lacio. También nos acerca a Eneas y los suyos, pero ellos siguen siendo los héroes cuya historia está relatada en la primera parte de la Eneida. Úrsula K. Le Guin nos abre con esta novela otra perspectiva sobre el origen de los romanos, sobre su parte menos heroica y más pegada a la tierra.

El personaje de Lavinia está, obviamente, actualizado, tiene corporeidad, y voluntad, toma decisiones; rechaza su alianza con Turno, y prefiere a Eneas. La autora le escribe una historia de amor en la que, invirtiendo los términos del poema virgiliano ella es quien toma la iniciativa, y Eneas, el personaje secundario. No es en absoluto una novela histórica escrita desde ahora, sino una recreación ampliamente basada en Virgilio, respetuosa con los detalles, que intenta hacer justicia a un personaje que, pese a que su función en la trama es esencial, en la Eneida era casi inexistente. Una novela recomendable para todos los que no la hayan leído.

Mª José Cantó

 

 

 

 

 

 

 

 

Sopa de letras…latinas

Si os pareció difícil el crucigrama adaptado de The Times (no tenemos noticias de que nadie lo haya completado, pero no perdemos la esperanza… Os recuerdo que el que lo logre puede recibir alguna sorpresa), podéis intentarlo con esta sopa de letras (esta vez de creación propia) que es extraordinariamente fácil.

Hay que encontrar dieciséis nombres de personajes de la Eneida (no decimos cuáles porque sería demasiado sencillo)  en vertical, horizontal o diagonal  (en ambos sentidos).

Sopa Eneida Susana González

Lovecraft sueña con romanos

He aprovechado las vacaciones de Navidad para releer a un autor tan apropiado de esas fechas como es H. P. Lovecraft. Así me he vuelto a encontrar con The very old folk. Dista mucho de ser su mejor cuento o el más característico, pero tiene cierto encanto: la valoración de Heliogábalo (Varius Avitus Bassianus) como “that cursed little Syrian rat”, los ecos de La rama dorada o la encarnación de la conciencia onírica de Lovecraft en un quaestor de la Hispania tardorrepublicana.

La imagen de cabecera es una pintada realizada en la Plaza Mayor de Salamanca, debajo del reloj.

La traducción procede de LOVECRAFT, H. P., 2007, Narrativa completa, II [edición de J. A. Molina Foix; traducción de F. Torres Oliver y J. A. Molina Foix], Madrid: Valdemar, pp. 219-226). De las notas que incluye, he copiado sólo la primera, que funciona como una introducción erudita al texto:

Título original: “The Very Old Folk”, traducido por Francisco Torres Oliver. Escrito el 3 de noviembre de 1927. Publicado por vez primera (en esta forma) en el verano de 1940 en Scienti-Snaps, III, 3. La traducción sigue el texto corregido por S. T. Joshi incluido en Miscellaneous Writings.

                En realidad se trata del relato detallado, en una carta a Donald Wandrei, de un sueño «romano» que tuvo Lovecraft la noche de Halloween de 1927, inspirado por su lectura de la Eneida de Virgilio, en la traducción de James Rhoades (1921). Posteriormente volvió a contarlo con ligeras variantes a Frank Belknap Long y a Bernard Austin Dwyer [carta fechada en noviembre de 1927 (la más detallada de las tres) en Selected Letters II, 1925-1929, págs. 189-197]. Aunque mencionó varias veces que iba a utilizar este sueño como base para escribir un relato, lo cierto es que nunca lo hizo, y en 1929 Frank Belknao Long obtuvo su permiso para utilizarlo casi literalmente en su novela The Horror from the Hills (Weird Tales, febrero-marzo de 1931), donde ocupa la parte central del capítulo cinco.

                Según Lovecraft, el sueño se refiere a sucesos que debieron pasar «a finales de la República», es decir, antes del comienzo del reinado de Augusto (coronado emperador de Roma el año 27 a.C.).

Existe un cortometraje reciente (de 13 minutos de duración y hablado en francés y latín) titulado Le peuple ancien (2001), Julien Lacombe y Pascal Sid, que recrea este sueño de manera bastante convincente.

Diego Corral Valera

(Advertimos que la Pompaelo del texto se situaba en lo que es la actual Pamplona)


 

GENTE MUY ANTIGUA

Jueves

[3 de noviembre de 1927]

Querido Melmoth:

…¿Así que estás dedicado a ahondar en el dudoso pasado de Vario Avito Basiano, ese detestable joven asiático? ¡Uf! ¡Hay pocas personas a las que aborrezca más que a esa maldita rata siria!

Mi reciente lectura de la Eneida de James Rhoades —traducción que no había leído hasta ahora, y más fiel a P. Marón que ninguna otra versión versificada de cuantas he visto, incluida la de mi difunto tío el doctor Clark, que no vio la luz—, me ha retrotraído a los tiempos de Roma. Esta diversión virgiliana, junto con los pensamientos espectrales propios de la víspera de Todos los Santos con sus aquelarres en los montes, me suscitaron la noche del lunes pasado un sueño sobre Roma de una claridad y una intensidad tan supremas, y de tan enormes posibilidades de oculto horror, que pienso en serio utilizarlo algún día en mis escritos de ficción. Soñar con Roma no era raro en mi juventud —no pocas noches seguí al divino Julio por la Galia como tribuno militar—; pero hacía tanto tiempo que había dejado de hacerlo que el actual sueño me produjo extraordinaria impresión.

Era un inflamado crepúsculo o atardecer en el pueblito provinciano de Pompelo, al pie de los Pirineos de la Hispania Citerior. Debía de ser uno de los últimos años de la república porque la provincia estaba gobernada aún por un procónsul senatorial en vez de un pretor delegado de Augusto, y el día era el primero antes de las calendas de noviembre. Los montes se alzaban escarlata y oro al norte del pueblecito, y el sol occidental brillaba místico y rojizo en los edificios nuevos de tosca piedra y yeso del foro polvoriento y en las paredes de madera del circo que se alzaba a poca distancia hacia el este. Ciudadanos de todas las clases —colonos romanos de frente ancha y nativos romanizados de pelo áspero, junto con evidentes mestizos de ambos linajes, vestidos por igual con togas baratas de lana, legionarios con casco y capa tosca, barbados miembros de tribus vasconas del entorno— atestaban el foro y las pocas calles pavimentadas, dominados por un vago y mal definido desasosiego. Yo acababa de apearme de la litera en la que los portadores ilirios me habían traído con cierta premura de Calagurris, al otro lado del Iber en dirección sur. Al parecer yo era un cuestor provincial llamado L. Celio Rufo, y había sido convocado por el procónsul, P. Escribonio Libo, que había llegado de Tarraco unos días antes. Los soldados formaban la quinta cohorte de la XII legión, bajo el mando del tribuno militar Sex. Aselio; y Cn. Balbutio, legado de las región entera, había venido también de Calagurris, donde se hallaba el cuartel permanente. El motivo de la conferencia era un horror que acechaba en los montes. Los habitantes del pueblo estaban asustados, y habían suplicado la presencia de una cohorte de Calagurris. Es la estación terrible del otoño, y los ingobernables habitantes de las montañas se preparaban para las ceremonias horribles de las que se sólo se hablaba en voz baja en los pueblos. Era una gente antiquísima que habitaba en lo alto de los montes y hablaba una lengua entrecortada que los vascones no entendían. Raramente se les veía; aunque unas pocas veces al año mandaban pequeños emisarios de piel amarilla y ojos bizcos (semejantes a los escitas) a tratar con los mercaderes por medio de gestos; y cada primavera y otoño celebraban en los picos sus ritos infames, cuyos alaridos y fogatas-altares inspiraban terror en las aldeas. Siempre en la víspera de las calendas de mayo y de noviembre. Justo antes de esas fechas ocurrían desapariciones de personas, y no se volvía a saber de ellas. Y se rumoreaba que los pastores y los campesinos nativos no miraban mal a esta gente antigua, y que más de uno se ausentaba de su cabaña antes de las doce de esos dos espantosos aquelarres. Este año el terror era grande porque la gente sabía que esta gente antigua estaba irritada con el pueblo de Pompelo. Tres meses antes habían bajado de las montañas cinco enviados de ojos bizcos, y tres de ellos habían muerto en una reyerta del mercado. Los otros dos regresaron mudos a las montañas… y este otoño no hubo ninguna desaparición. Había amenaza en esta inmunidad. No era propio de la gente antigua prescindir de víctimas en sus aquelarres. Parecía demasiado bueno para que fuera norma, y los habitantes de Pompelo estaban asustados. Durante muchas noches habían estado oyendo un lúgubre batir de tambores en los montes, y finalmente el edil Tib. Aneo Estilpo (de sangre mitad nativa) había mandado un emisario a Balbutio, solicitando una cohorte que acabase con el aquelarre de esa noche terrible. Balbutio se negó con indiferencia, alegando que el temor de los ciudadanos carecía de fundamento, y que los ritos horrendos del pueblo de los montes no concernían a Roma, a menos que constituyesen una amenaza para nuestros propios ciudadanos. Yo, sin embargo, que al parecer era amigo íntimo de Balbutio, me había mostrado en desacuerdo con él, le dije que había estudiado el saber tenebroso y prohibido, y creía que esa gente antiquísima podía infligir casi cualquier calamidad al pueblo, que al fin al cabo era colonia romana y albergaba gran número de ciudadanos; la misma madre del edil solicitante, Helvia, era romana pura, hija de M. Helvio Cinna, que había llegado con el ejército de Escipión. En consecuencia, yo había enviado un esclavo —un griego bajo y vivaracho llamado Antípater— al procónsul con cartas; y Escribonio había escuchado mis ruegos y había ordenado a Balbutio que mandase a Pompelo su quinta cohorte, con Aselio al mando, la víspera de las calendas de noviembre, entrase en los montes al atardecer, acabase con cualquier orgía que encontrase, y llevase a cuantos prisioneros hiciese a Tarraco para que compareciesen ante el próximo propretor. Balbutio, no obstante, había protestado, lo que había dado lugar a más correspondencia. Escribí tanto que el procónsul acabó seriamente interesado, y había decidido hacer una investigación personal sobre el horror. Finalmente se había desplazado a Pompelo con sus lictores y su guardia; allí escuchó la suficiente información como para sentirse bastante impresionado y turbado, y decidirse por ordenar con firmeza la erradicación del aquelarre. Deseoso de consultar con alguien que hubiera estudiado el asunto, me mandó que acompañase a la cohorte de Aselio; Balbutio había acudido también para insistir en su opinión contraria, porque sinceramente creía que una acción militar rigurosa inspiraría un peligroso sentimiento de malestar en los vascones tribales y los establecidos. Así que estábamos todos, en el místico crepúsculo de los montes otoñales: el viejo Escribonio Libo con su toga pretexta, la luz dorada incidiendo en su cabeza calva y reluciente y su arrugado rostro de halcón, Balbutio con su casco y su peto resplandeciente, los labios comprimidos en concienzuda y tenaz oposición, el joven Aselio con sus grebas bruñidas y su sonrisa de superioridad, y una curiosa muchedumbre de ciudadanos, legionarios, gentes tribales, campesinos, lictores, esclavos y escoltas. Yo llevaba una toga corriente, sin ningún distintivo que me identificase de manera especial. Y en todas partes acechaba el horror. Los hombres del pueblo y del campo apenas osaban hablar en voz alta, y los del séquito de Libo, que llevaban allí cerca de una semana, parecían un poco contagiados de ese miedo desconocido. Incluso el viejo Escribonio parecía muy grave, y las voces fuertes de los que llegamos más tarde parecían contener calidad inoportuna; como si estuviésemos en unas honras fúnebres o en el templo de algún dios místico. Entramos en el pretorio, y tuvimos una grave conversación. Balbutio insistió en sus objeciones, y fue apoyado por Aselio, quien despreciaba totalmente a los nativos, aunque consideraba desaconsejable excitarlos. Ambos soldados sostenían que era mejor enfrentarse a una minoría de colonos y nativos civilizados que a una probable mayoría de gente tribal y campesina al aplastar aquellos ritos espantosos. Yo, por mi parte, renové mi recomendación de actuar, y me brindé a acompañar a la cohorte en cualquier expedición que emprendiese. Señalé que los bárbaros vascones eran turbulentos e imprevisibles a lo más, de manera que tarde o temprano serían inevitables escaramuzas con ellos, fuera cual fuese nuestra decisión; que hasta ahora no habían demostrado ser adversarios peligrosos para nuestras legiones, y que condecía muy mal con los representantes del pueblo romano consentir que unos bárbaros dañasen unas normas que la justicia y el prestigio de la República exigían. Que, por otro lado, la eficiencia en la administración de una provincia dependía ante todo de la seguridad y buena voluntad del elemento civilizado en cuyas manos estaba la maquinaria local del comercio y la prosperidad, y en cuyas venas circulaba gran parte de nuestra sangre italiana. Estos, aunque fuesen en número una minoría, eran el elemento estable en cuya constancia se podía confiar, y cuya cooperación uniría muy firmemente la provincia al imperio del Senado y al pueblo romano. Era a la vez un deber y una ventaja proporcionarles la protección debida a ciudadanos romanos, aun a costa (aquí lancé una mirada sarcástica a Balbutio y a Aselio) de una pequeña molestia e intervención, y una breve interrupción en las partidas de damas y peleas de gallo del campamento de Calagurris. Que no dudaba, por mis estudios, que el peligro para el pueblo y los habitantes de Pompelo era real. Había leído muchos rollos procedentes de Siria y Egipto, y de los pueblos crípticos de Etruria, y había hablado largamente con el sanguinario sacerdote de Diana Aricina, en el templo que poseía en el bosque que bordeaba el Lacus Nemorensis. En esos aquelarres había males espantosos que podían ser invocados de los montes; males que no debían existir en los territorios del pueblo romano; y permitir orgías como las que era sabido que se celebraban en los aquelarres, se acordaba muy poco a las costumbres de aquellos cuyos antepasados, cuando A. Postumio era cónsul, habían ejecutado tantos ciudadanos romanos por practicar bacanales, asunto que había fijado para siempre en la memoria el senadoconsulto de las Bacanales, poniéndolo en bronce, y a la vista de todos. Reprimido a tiempo, antes de que el desarrollo de los ritos pudiera traer nada con lo que el hierro de un pilo no pudiese contender, el aquelarre no representaría demasiado para la fuerza de una simple cohorte. Sólo haría falta prender a los participantes; y si se perdonaba a buena partes de los que eran meros espectadores se lograría reducir considerablemente el rencor de quienquiera que simpatizase con la gente de los montes. En resumen, tanto el principio como la política exigían una intervención severa, y no dudaba que Publio Escribonio, teniendo en cuenta la dignidad y las obligaciones del pueblo romano, abrazaría su plan de despachar la cohorte, a la que me uniría, pese a las objeciones que Balbutio y Aselio —que en realidad hablaban más como provincianos que como romanos— veían conveniente plantear y multiplicar. El sol declinante estaba ahora muy bajo, y el pueblo callado parecía envuelto en un encanto maligno e irreal. Entonces el procónsul P. Escribonio dio su aprobación de mis palabras, me integró en la cohorte con el grado provisional de centurión primo pilo, con la aquiescencia de Balbutio y Aselio, el primero de mejor grado que el segundo. Mientras el crepúsculo se adueñaba de las laderas silvestres y otoñales, un batir espantoso y acompasado de extraños tambores llegaba de lejos con ritmo terrible. Algunos legionarios dieron muestras de atemorizarse, pero una orden tajante los puso en formación, y la cohorte entera no tardó en llegar al llano despejado al este del circo. El propio Libo, al igual que Balbutio, insistió en acompañar la cohorte; pero hubo dificultades en conseguir una guía nativo que señalase los senderos que subían a la montaña. Finalmente un joven llamado Vercelio, hijo de padres romanos puros, accedió a llevarnos más allá del pie de los montes. Iniciamos la marcha ya oscurecido, con la hoz delgada de una luna joven temblando sobre el bosque, a nuestra izquierda. Lo que más nos inquietaba era el hecho de que el aquelarre fuera a celebrarse. Sin duda habría llegado a los montes la noticia de que se acercaba la cohorte, e incluso la falta de una decisión definitiva no podía hacer el rumor menos alarmante; sin embargo, los siniestros tambores tocaban como en otras ocasiones, como si los celebrantes tuviesen algún motivo concreto para no importarles si las fuerzas del pueblo de Roma marchaban contra ellos o no. El sonido aumentaba a medida que nos adentrábamos en el vacío ascendente entre los montes, se cerraban las laderas de cada lado, y se hacían visibles los troncos curiosamente fantásticos a la luz de nuestras antorchas balanceantes. Todos marchaban a pie salvo Libo, Balbutio, Aselio, dos o tres centuriones y yo; finalmente el camino se hizo tan empinado y estrecho que los que íbamos montados tuvimos que dejar los caballos; una escuadra de diez hombres se quedó atrás para guardarlos, aunque no era probable que saliesen partidas de ladrones en semejante noche de terror. De vez en cuando parecía como si vislumbrásemos una forma acechando entre los árboles cercanos, y, tras media hora de ascenso, lo empinado y estrecho del camino hizo que el avance de tan gran número de hombres —más de 300 en total— se volviese penoso y difícil. Entonces, de manera sobrecogedoramente inesperada, oímos algo espantoso abajo. Eran los caballos atados: habían chillado… no relinchado, sino chillado… pero no se veía ninguna luz, ni se oía ningún sonido humano que nos revelase la causa. Al mismo tiempo comenzaron a arder hogueras en los picos de enfrente, de manera que el terror parecía acechar igualmente delante y detrás de nosotros. Buscamos a Vercelio, nuestra guía, y descubrimos un guiñapo empapado en sangre: en la mano tenía una espada corta arrancada del cinto de D. Vibulano, subcenturión, y su rostro tenía tal expresión de terror que los más curtidos veteranos palidecieron al verle. Se había dado muerte al oír gritar los caballos… él, que había nacido y vivido toda la vida en esta región, y sabía lo que se murmuraba acerca de los montes. Las antorchas empezaron ahora a perder intensidad, y los gritos de los legionarios asustados se mezclaron con los chillidos de los caballos atados. El aire se volvió notablemente frío más repentinamente de lo que suele ser normal en las proximidades de noviembre, y parecía agitado por terribles ondulaciones que no pude por menos de relacionar con un batir de alas enormes. Ahora se detuvo toda la cohorte; y mientras las antorchas se debilitaban cada vez más, distinguí lo que me parecieron sombras fantásticas recortadas en el cielo por la luminosidad espectral de la Vía Láctea a su paso por las constelaciones de Perseo, Casiopea, Cefeo y el Cisne. Luego, de repente, se borraron todas las estrellas, incluso las brillantes Deneb y Vega que habíamos tenido delante, y las solitarias Altair y Fomalhaut, detrás. Cuando las antorchas se apagaron del todo, quedaron sobre la aterrada y frenética cohorte sólo los malignos y horribles fuegos-altares de los picos; infernales y rojizos, recortaron ahora siluetas enormes y enloquecedoras de seres bestiales que saltaban como nunca había contado ningún sacerdote frigio ni ningún anciano venerable de Campania en la más insensata de sus consejas. Y por encima de los chillidos a oscuras de hombres y caballos, el batir de los infernales tambores se elevó a un grado de paroxismo, mientras un viento helado sobrecogedoramente consciente y deliberado descendía de alturas formidables y se enroscaba alrededor de cada hombre, hasta que toda la cohorte se encontró luchando y gritando en la oscuridad, como un remedo de la muerte de Lacoonte y sus hijos. Sólo el viejo Escribonio Libo parecía resignado. Profería palabras, en medio de los gritos, que aún resuenan en mis oídos: «Malitia vetus: malitia vetus est… venit…tándem venit…»

Y entonces desperté. Es el sueño más vívido que he tenido en años, inspirado en veneros del subconsciente largo tiempo intactos y olvidados. Del fin de aquella cohorte no hay constancia ninguna; pero al menos se salvó el pueblo. Porque las enciclopedias hablan de Pompelo, que aún existe hoy con el moderno nombre español de Pompelona…

Tuyo por la Supremacía Gótica,

C · Ivlivs · Vervs · Maximinvs

 

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