Día Internacional de las Escritoras con Casia de Constantinopla

Desde el año 2016, Biblioteca Nacional de España, la Federación Española de Mujeres
Directivas, Ejecutivas, Profesionales y Empresarias (FEDEPE) y la Asociación Clásicas
y Modernas, decidieron establecer el lunes más cercano al 15 de octubre, día de Santa
Teresa, como el día de las Escritoras. Con esta iniciativa buscan reivindicar la labor y el
legado de las escritoras a lo largo de la historia (según especifica su página web
https://diadelasescritoras.bne.es/).
Esta iniciativa no es ajena a nuestras Notae Tironianae (puedes leer las antiguas
entradas relacionadas con el tema aquí) por lo que este año, siguiendo la recomendación que Elena Medel, poeta y editora en La Bella Varsovia, hizo en agosto a través de su instagram, queremos celebrarlo con la poesía de Casia de Constantinopla en edición y traducción de Óscar Prieto Domínguez, publicada por Cátedra este mismo año.
¡Feliz día y lectura!medelmedel2Marta Martín Díaz

Safo de Lesbos: El “Poema de los hermanos”

En un ciclo dedicado a escritoras de la Antigüedad sería inexcusable la ausencia de Safo de Mitilene, la más conocida de todas ellas. Sería osado por mi parte tratar siquiera de ofrecer un panorama somero de su celebrada poesía, en la que predominaban las experiencias amorosas y sus efectos emocionales, descritos con una rara precisión y capacidad introspectiva. Me centraré en un texto que para asombro general salió a la luz hace tan solo tres años, después de quedar salvaguardado en un papiro bajo las arenas del desierto egipcio durante largos siglos. La noticia corrió como la pólvora una fría mañana de enero de 2014, cuando en las redes sociales empezó a difundirse que se había descubierto un nuevo poema de Safo en un magnífico estado. Se dice que las universidades de alta prosapia son el peor lugar para guardar secretos, y eso fue lo que ocurrió con el poema de marras. Lo que parecía ser un simple borrador colocado por un papirólogo de Oxford, Dirk Obbink, en una carpeta personal en abierto, quizá para consulta de unos pocos colegas, acabó leído y descargado por masas de curiosos. El tesoro custodiado no era menor: cinco estrofas completas de un poema de Safo, con todos los versos intactos y ningún problema textual, un caso insólito entre los hallazgos papiráceos, casi siempre repletos de lagunas, con textos truncados y muy a menudo miserables. Por su contenido, el poema empezó a conocerse desde el primer momento como “Poema de los hermanos”. Este es el texto (en el que se supone que falta la primera estrofa, versos 1-4):

safo.jpg

ἀλλ’ ἄϊ θρύληϲθα Χάραξον ἔλθην             5
νᾶϊ ϲὺν πλήαι. τὰ μέν̣ οἴο̣μα̣ι Ζεῦϲ
οἶδε ϲύμπαντέϲ τε θέοι· ϲὲ δ̣᾽οὐ χρῆ
⸏ταῦτα νόηϲθαι,
ἀλλὰ καὶ πέμπην ἔμε καὶ κέλεϲθαι
πόλλα λί̣ϲϲεϲθαι βαϲί̣λ̣η̣αν Ἤ̣ραν            10
ἐξίκεϲθαι τυίδε ϲάαν ἄγοντα
⸏νᾶα Χάραξον
κἄμμ’ ἐπεύρην ἀρτ̣έ̣μεαϲ. τὰ δ’ ἄλλα
πάντα δαιμόνεϲϲιν ἐπι̣τ̣ρόπωμεν·
εὐδίαι̣ γὰρ̣ ἐκ μεγάλαν ἀήτα̣ν̣                   15
⸏αἶψα πέ̣λ̣ο̣νται.
τῶν κε βόλληται βαϲίλευϲ Ὀλύμπω
δαίμον’ ἐκ πόνων ἐπάρωγον ἤδη
περτρόπην, κῆνοι μ̣άκαρεϲ πέλονται
⸏καὶ πολύολβοι·                                      20
κ̣ἄμμεϲ, αἴ κε τὰν κεφάλα̣ν ἀέρρ̣ηι
Λάρι̣χοϲ καὶ δή ποτ᾽ ἄνη̣ρ γένηται,
καὶ μάλ’ ἐκ πόλλαν βαρ̣υθυ̣μίαν̣ κεν
⸏αἶψα λύθειμεν.

Mas no dejabas de repetir que Caraxo vendría    5
con el barco lleno. Eso, me parece, Zeus
lo sabe y los dioses al completo. Pero no debes
darle vueltas,
sino enviarme y ordenarme
que eleve muchas plegarias a la reina Hera        10
para que llegue hasta aquí con el barco
a salvo Caraxo,
y nos encuentre indemnes. Todo lo demás
confiémoslo a las deidades.
Las calmas tras grandes tempestades                              15
pronto llegan.
A quienes quiera el rey del Olimpo
que su deidad protectora les aparte
de las penas, esos son dichosos
y muy felices.                                                  20
Y nosotras, si alza la cabeza
Larico y se hace hombre un día,
de muchísimas pesadumbres
pronto nos liberaríamos.                                 25

El poema dejó fríos a muchos lectores por su ausencia de sentimientos, su sintaxis enrevesada, la inclusión de sentencias muy tópicas y el tono de circunstancias. Todo ello puede deberse a que se trata de una pieza de juventud, propia de una poetisa aún en ciernes. Con todo, su valor es enorme, porque a través de estos versos podemos echar un vistazo casi indiscreto al ámbito doméstico de Safo. Sus palabras se dirigen a una persona cercana, probablemente su madre, preocupada por la vuelta segura del hermano de Safo, Caraxo, dedicado al comercio de vino, como sabemos por otras fuentes. La autora pide a su destinataria que confíe en los dioses y que le mande suplicar a Hera (diosa de las tempestades) por el bien de su hermano y de ellas dos. El problema de fondo es la ausencia de una autoridad masculina en la familia, entonces fundamental para su protección y sostenimiento económico. Safo y su madre se sienten desamparadas porque seguramente el padre ha fallecido y el hermano mayor está lejos, sin que sepan cuándo y cómo regresará, así que ponen todas sus esperanzas en el hermano pequeño, Larico, que una vez se haga adulto podrá ocuparse de ellas y librarlas de su inquietud.

No fue el único poema que transmitían los papiros que salieron a la luz. Diversos fragmentos permitieron colmar varias lagunas de poemas previamente conocidos (16, 16a, 17, 18, 18a, 5 y 9 Voigt) y descubrieron una nueva pieza, el “Poema de Cipris”, en que la autora recrimina a Afrodita su mal de amores. Para más información me tomo la licencia de remitir a una compilación y traducción de los textos que colgué en Academia.edu, a un artículo de la Prof. Henar Velasco en Emerita sobre Hera en el “Poema de los hermanos” y a un excelente volumen colectivo sobre la “Novísima Safo” en Brill.

Marco Antonio Santamaría Álvarez

 

 

La Homero femenina

A menudo, cuando escuchamos hablar de alguna poeta griega, el nombre que suele venir primero a la mente es el de Safo. Pero ¿qué nos hace dejar de preguntarnos si acaso fuera ella la única? En efecto, hubo varias poetas que gozaron, al parecer, de gran fama en la Antigüedad, y no por componer poemas de amor como Safo, tema que muchas veces se relaciona con la mujer. Ya sea por la pérdida de material o por una tradición primordialmente masculina, varias figuras han quedado oscurecidas a los ojos de los lectores modernos. Por esa razón vale la pena recordar a algunas de estas. Hoy se tratará de Ánite de Tegea.

Nacida en Tegea, ciudad de Arcadia, tuvo su floruit a mediados del siglo III a.C. Se dice que dirigía una escuela de poesía en el Peloponeso, a la que posiblemente asistiera el epigramatista Leónidas de Tarento. Su obra conservada está recogida en la Antología griega y comprende un total de 18 epigramas escritos en dialecto dorio. Su renombre se debe a la innovación en la temática de sus piezas, en concreto, por proveer el primer testimonio de epitafios a animales en literatura griega (una rara predilección, ¿no?) y en segundo lugar (y dato más polémico) por ser precursora de la poesía pastoril, varios años antes que Teócrito, quien es reconocido como el fundador del género.

Muestra de su importancia en la Antigüedad son los testimonios de escritores como Antípatro de Tesalónica, que la considera entre las nueve musas terrenales, y Meleagro de Gádara, quien la llama “la Homero femenina”, quizá por el empleo de vocabulario homérico, aunque también se especula sobre la posible pérdida de una obra épica. Estos elogios nos hacen cuestionarnos qué tan conocida pudo llegar a ser, puesto que lo que nos ha llegado hasta hoy, como sucede con la mayoría de los escritores grecolatinos, no es suficientemente definitivo, al menos la opinión de Meleagro, que parece un poco exagerada. ¿Habría escrito Ánite esa obra épica o son en realidad sus epigramas suficiente criterio para tales honores? Lamentablemente, con las evidencias actuales no podemos saberlo y somos incapaces de comprender su verdadero alcance e influencia.

A continuación, dos de sus epigramas; el primero, ejemplo de pasaje bucólico y el segundo, de epitafio a un animal:

ἵζευ τᾶσδ᾽ ὑπὸ καλὰ δάφνας εὐαλέα φύλλα
ὡραίνου τ᾽ ἄρυσαι νάματος ἁδὺ πόμα,
ὄφρα το ἀσθμαίνοντα πόνοις θέρεος φίλα γυῖα
ἀμπαύσηις πνοιᾶι τυπτόμενα Ζεφύρου.

Siéntate al pie del hermoso follaje tupido de este lauro
toma del ameno hontanar un dulce trago,
por dar a tus miembros, jadeantes de agobio del estío,
reposo con el embate de los soplos del zéfiro

(Antología griega, IX, 313)

ὤλεο δή ποτε καὶ σὺ πολύρριζον παρὰ θάμνον,
Λόκρι, φιλοφθόγγων ὠκυτάτη σκυλάκων·
τοῖον ἐλαφρίζοντι τεῶι ἐγκάτθετο κώλωι
ἰὸν ἀμείλικτον ποικιλόδειρος ἔχις.

(Pólux, V, 48)

Sucumbiste también tú junto a una mata pródiga en raíces,
Lócride, la más rauda de las perras bulliciosas;
de tal modo en tu pata ligera inoculó
su implacable veneno una sierpe de cuello abigarrado.

Traducción tomada de Bernabé Pajares, A.; Rodríguez Somolinos, H. (1994). Poetisas griegas. Madrid: Ediciones Clásicas

Jessica Valdés López

 

Sulpicia, poetisa romana

Desgraciadamente solo se nos han conservado seis poemas de Sulpicia en el Corpus Tibullianum, cuarenta versos en total, conservación que le debemos seguramente a que era sobrina de Mesala, el patronus de los poetas Tibulo y Ovidio. Era hija de Servio Sulpicio Rufo y de Valeria, la hermana de Mesala, y como su padre murió pronto Mesala pasó a ser su tutor. Estas circunstancias personales favorecieron que ella estuviera en contacto con los poetas mencionados arriba y que cultivara la elegía amorosa romana con voz de mujer. Se conjetura que su nacimiento pudo tener lugar entre el 40 y el 30 a. C. y que sus poemas fueron escritos en la década del 20-10 a. C. Así que los escribió cuando era muy joven y quizás por eso los estudiosos trataron su obra con paternalismo y condescendencia hasta que la crítica feminista y de género empezó a tomársela en serio y hoy contamos con abundante bibliografía.

Aquí nos limitamos a presentar dos poemas, el primero y el último de la colección, porque recogen muy bien la respuesta de Sulpicia a las restricciones a las que una joven de su clase estaba sometida en Roma. En el primero proclama su amor despreciando la fama, una cortapisa a la conducta sexual de las mujeres de entonces (y quizás también un poco de ahora); en el segundo se arrepiente de haber dejado a su amado para ocultar su pasión.

Por fin llegó el amor; y tan grande
que más vergüenza me daría ocultarlo
que  la fama de haberlo desvelado.
Vencida por los ruegos de las Musas
lo trajo Citerea, y lo depositó en mi seno.
Cumplió sus promesas Venus: y mis alegrías
que las cuente quien no las tenga propias.
Confiar algo a mis tablillas
y que alguno me lea antes que mi amado, no lo quisiera;
pero me encanta haber pecado,
me da vergüenza poner cara de santa por el miedo a la fama.
Que lo cuenten: yo una mujer digna
he estado con un hombre digno.
                                                                     (Corpus Tibullianum III 13)

Que nunca más sea yo para ti vida mía una pasión tan grande
como fui –creo- hace unos días,
si en toda mi juventud cometí una estupidez
de la que confiese arrepentirme más
que la de dejarte solo anoche
deseosa de ocultar mi ardor
(Corpus Tibullianum III 17)

                                                                 Traducción: Rosario Cortés Tovar

De este modo, si los poetas elegíacos rechazaban los valores bélicos masculinos romanos para entregarse a la militia amoris, Sulpicia rechazó el modelo de mujer recatada, casta y pia, vigente y adaptó la actitud  subversiva de aquellos a sus condiciones de mujer.

Rosario Cortés Tovar

 

 

Canon de mujeres escritoras: un antecedente clásico

Uno de los temas más debatidos por la crítica literaria feminista a finales del XX, en la tendencia dedicada al estudio de la literatura escrita por mujeres (gynocriticism), fue el del canon. Las escritoras prácticamente no tienen espacio en los cánones al uso, en los que predominan escritores, siempre elegidos por críticos hombres. De manera que uno de los propósitos del gynocriticism fue investigar tradiciones compuestas por mujeres que se leyeran unas a otras y que llegaran a formar un continuum del que poder seleccionar a las autoras más importantes para crear con ellas un contra-canon femenino. Se intentaba así visibilizar a las escritoras y evitar que quedaran marginadas o fueran consideradas secundarias, relegadas siempre a la letra pequeña en las Historias de la literatura.

Pues bien, la creación de un canon de mujeres escritoras, que parecía absoluta novedad aportada por la crítica literaria feminista, tiene un antecedente en el Mundo Clásico. En la cultura griega  ya hubo un doble canon de poetas líricos: el canon alejandrino de los nueve líricos establecido por Aristóteles de Bizancio en el s. III a. C. (Alcmán, Alceo, Safo, Estesícoro, Píndaro, Baquílides, Íbico, Anacreonte y Simónides), en el que solo aparece una mujer, Safo; y el que leemos en un epigrama de Antípatro de Tesalónica, un epigramista del s. I d.C. de época augústea, que recoge también las  nueve poetisas más señeras de la lengua griega, como una especie de correlato del canon alejandrino de los nueve líricos. El epigramista no ahorra elogios a estas nueve poetisas, de las que señala una y otra vez su especificidad y su diferencia con respecto a los poetas. Recordemos que uno de los aspectos más estudiados por el gynocriticism son las diferencias, lo que distingue a la escritura femenina de la masculina en virtud de las diferencias de género existentes en el subtexto social.

Pueden comprobarlo leyendo el texto del epigrama en su traducción al castellano:

Canon de poetisas griegas

A estas mujeres de divina lengua las nutrieron
el Helicón y la peña macedonia de Pieria con sus cantos;
Praxila, Mero, la boca de Ánite, Homero femenino,
Safo, ornato de las lesbias de hermosas trenzas;
Erina, la ilustre Telesila y tú Corina,
cantora del ardido escudo de Atenea.
Nóside, de femenina lengua y la de dulces sones, Mirtis,
autoras todas de inmortales páginas.
Nueve musas engendró el gran Urano, y a estas nueve
la Tierra, para eterno solaz de los mortales.
(Antípatro de Tesalónica, A. P. IX 26 [Traducción de Guillermo Galán Vioque])

Rosario Cortés Tovar

 

Día de las escritoras… antiguas (y no tan antiguas)

Aprovechando la iniciativa emprendida por la Biblioteca Nacional de España y otras asociaciones de convertir el primer lunes tras el 15 de octubre, día de Santa Teresa, en el día de las Escritoras para reivindicar la labor y el legado de las escritoras a lo largo de la historia (según especifica la página web de esta institución), el blog Notae tironianae inicia una serie de entradas sobre escritoras de la antigüedad clásica.

Iniciamos con una escritora no antigua pero interesada en el mundo antiguo: Simone Weil.

Simone Weil nació en París en 1909 y murió en Ashford en 1943.

Estudió filosofía, siendo discípula de Alain, y literatura clásica en la Escuela Normal de París. Posteriormente, compaginó su trabajo como docente en diversos liceos con estancias en fábricas para conocer de primera mano la opresión a la que estaban sometidos los obreros de su época.

Los últimos años de su vida los dedicó al estudio, traducción y comentario de poetas y filósofos griegos, con el afán de hacer accesibles a las masas populares la esencia del espíritu griego contenido en ellos.

Esta pretensión es perfectamente perceptible en su artículo «La Ilíada o el poema de la fuerza». Escrito entre 1939-1940 para la Nouvelle Revue française, no pudo ser publicado en el París ocupado. Finalmente, los Cahiers du Sud lo publicaron en Marsella (diciembre de 1940-enero de 1941) bajo el nombre Émile Novis (anagrama de Simone Weil).

A continuación presentamos un par de fragmentos extraídos de este artículo y recogido en el volumen La Fuente Griega (que reúne todos los escritos sobre el tema que conservamos de Weil) en la editorial Trotta (2005).Simone Weil

Quienes habían soñado que la fuerza, gracias al progreso, pertenecía en adelante al pasado, han podido ver en ese poema un documento; los que saben discernir la fuerza, hoy como antaño, en el centro de toda historia humana, encuentran ahí el más bello, el más puro de los espejos.

[…]

A pesar de la breve embriaguez producida en el Renacimiento por el descubrimiento de la literatura griega, el genio de Grecia no ha resucitado en el curso de veinte siglos. Aparece algo en Villon, Shakespeare, Cervantes, Molière, y una vez en Racine. La miseria humana es puesta al desnudo, a propósito del amor, en «L’Ecole des Femmes», en «Fedra»; extraño siglo, por otra parte, donde, al contrario de la edad épica, sólo se permitía percibir la miseria del hombre en el amor, mientras que los efectos de la fuerza en la guerra y en la política debían estar siempre envueltos de gloria. Quizá se podrían citar otros nombres más. Pero nada de lo que han producido los pueblos de Europa vale el primer poema conocido que apareciera en uno de ellos. Recuperarán tal vez el genio épico cuando sepan no creer nada al abrigo de la suerte, no admirar nuca la fuerza, no odiar a los enemigos y no despreciar a los desdichados. Es dudoso que esto suceda pronto.

Marta Martín Díaz

 

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