Curso 2019-2020: LA VIRUSIADA

Poema épico do se da  cuenta de cómo los philólogos hispanistas  llevaron ante don Júpiter  las cuitas que traían y las injusticias con ellos cometidas, y de cómo el dios otorgoles recompensa sobrada.  Incluye el enxiemplo del geniecillo de la boya enorme.

Contar vos he una estoria  del Salustio transcrita,
pasela al castellano,  ca está en latino escrita,
en cuadernas la puse,    como fizo el de Hita
o ese mesmo Berceo      que todo el mundo cita.

Llegaron ante Júpiter,   el dios omnipotente,
un grupo de moçuelos    allá por 2020
(yo empleo el masculino     que llaman incluyente,
asín que las moçuelas llegaron igualmente).

En un antiguo estudio    de mucha nombradía
aprenden  los secretos     de la Philología,
la ciencia venerable    que da sabiduría,
millones en el banco y un yate en Almería
(Ruego a vuesa merced    que calle y non se ría,
non foda la cuaderna   por una tontería).

Llegaron al OIimpo,    llamaron al portón,
abriéronlis las puertas,     pasaron al salón;
pusiéronlis cubata   con gin de garrafón,
que ya nin dios se libra    de aquesta maldición.

Fabló una portavoza    que quiere ser mayestra,
con calçón de pitiello y lengua larga y diestra:
«Empezaré contando    un cuento do se muestra,
oh Júpiter Tonante, cual es la queja nuestra.

Un moço de Zamora    fue a visitar un día
al su amigo Ruperto,     un hombre que tenía
un palacete, un yate   y un puerto en Almería,
de aquesos que se compran con la Philología.

Eran por aquel tiempo    el duro y la peseta
monedas de una España    de murga e pandereta;
“la pela” le decían ,     faciendo cuchufleta,
las gentes en reuniones   de vino e de panceta.

El moço zamorano    miró con desconcierto
una boya gigante    que estaba junto al puerto:
“¿Qué es eso” -li pregunta al su amigo Ruperto.
“El regalo de un genio     que vino del desierto”.

“-A otro perro con eso,     non trago yo esa hogaza,
ni aquesto es Disnelandia,    non somos de esa raza”.
“-Compruébalo tu mesmo,   él  anda por la plaza
faciendo una carroza     con una calabaza”.

“Voy a verlo, Ruperto, que tú non me la cuelas”.
Al volver pareciera   trayer dolor de muelas:
“Le pedí al neçio ese,    dos millones de pelas
y en ese carro traigo dos millones de velas”.

Non extraña a Ruperto   la acción del zahorí;
al su amigo le diçe:   “Yo ya te lo advertí.
Tu caso es como el miyo   ¿O te paresce a ti
que fue una boya enorme      lo que yo le pedí?”

Como muestra la estoria, Oh Júpiter Tonante,
decente e istrutiva, al par que edificante,
el genio de la boya,  no es cosa que se aguante,
amén de que trocaba la “pe” en aproximante.
( Y diz Carmen Quixada  que aquesto es indignante,
aunque otra vez se lleve la strofa por delante).

Bufan ambos amigos y   está jostificado:
al que dineros quiso   lo dexan alumbrado
y al que pidió recambio    para órgano menguado
le dan útil marino   muy poco aprovechado.

La flor del hispanismo que está en este lugar
non rescibe tampoco lo que vino a buscar:
son de tierras diversas, alguna allende el mar;
dexaron novia o novio, dexaron el hogar.

Desde hace luengos años estudian al Berceo,
Al Lope y al Bolaños, el bable y el seseo,
el galo y el inglés, el latín o el hebreo,
el puto test de Dik, las yodes y el voseo.

Y agora que ya vían el final absoluto,
y ya prestos estaban a recoger el fruto
después de haber pagado, gustosos, el tributo,
llegó un bicho redondo, cabrón e diminuto.

Plegaron las pantallas, lleváronse las tizas,
en Anaya vedaron las verdes corralizas
do gozaban los cuerpos calores primerizas,
candáronos las aulas y las Caballerizas.

Metiéronnos en casa con gran desasosiego,
ya non vimos a Charo con su pelo de fuego,
el Borges sin la Paqui es solo un pobre ciego,
perdimos los pastores, perdimos el Borrego.

Acucian los mayestros por dar fin al temario;
nos largan correazos y adjuntos casi a diario;
textículos y vídeos por fer un comentario;
non sé si estoy en clase o viendo el telediario,
friyéndome los güevos o haciendo un webinario…
(Fodí otra vez la strofa:  seis versos da el somario).

Tengo examen en red,  mas non llega el invento
al pueblo donde moro en el confinamiento;
me pongo con el móvil junto al Ayuntamiento,
mas non garro la wifi por mucho que lo intento.

Saco el perro a la calle   a que cague el cuitado,
en la derecha llevo   un folio subrayado;
lo estudio atentamente, y miro con cuidado
si encuentro antecedente o el “cuando” está preñado.

Non puedo ir a la biblio   nin cantar en el coro,
le fablo a los espexos     igual que faze un loro,
en el amor se imponen   la mengua y el decoro:
un trío se faz hoy    con un tercio de aforo.

Seremos graduados, pero sin  graduación,
el decano se ahorra,  este curso el sermón;
no echarán nuestras madres  copioso lagrimón,
guardaremos las galas  p’hacer un botellón».

Finó la portavoza    la estoria que traía.
Quedose el dios mirando      la gente que allí había:
vio jóvenes hermosos,  con sueños y energía,
futuros misioneros     de la Philología.

Entonces levantose       y el cielo dexó oír
un trueno poderoso del cénit al nadir.
“Llamaré a la Zarçuela y al Rey he de dezir
que vos faga Marqueses de la Coronavir.

Y que ya convertidos en marqués o marquesa,
vos regale un castiello, con monte y con  devesa
en Babia o en Laciana o  en tierra sanabresa,
do suene dulcemientre la Lengua Leonesa.”

Iulius Agnus Nepote

 

 

 

El duelo de Antígona

En este período de luto Eusebia Tarriño nos envía el enlace al texto escrito por Jesús Ferrero en El País (29 de mayo de 2020) que de nuevo encuentra en los clásicos paralelos con la situación actual. Reproducimos el texto:

El síndrome de Antígona

Antígona es un mito que oculta en su textura una mordiente ironía. Morir por salvar una vida tiene su lógica, pero no parece tenerla morir por enterrar a alguien, y sin embargo la tiene, pues el entierro y el duelo son, además de ceremonias, procedimientos psicológicos necesarios. Entre los antiguos griegos el duelo solía durar tres días regidos por el silencio, que ayudaba a internalizar la figura del muerto. Tras el duelo se celebraba un banquete, que tendía a ser muy alegre.

El proceso por el que pasa Antígona ilustra perfectamente tanto las vicisitudes de un duelo como las perturbaciones por no llevarlo a cabo. A Antígona le obsesiona el hecho de que su hermano Polinices permanezca insepulto en el lugar donde fue abatido, a merced de las aves carroñeras. Lo imagina suplicando un poco de piedad desde las dimensiones de la muerte. Los griegos participaban de la creencia, muy común en la antigüedad, de que los muertos que no habían sido enterrados se convertían en almas errantes. Ha pasado el tiempo, pero en muchos aspectos seguimos fieles a esa creencia, y por eso es fácil entender el sufrimiento de los que no encuentran los cadáveres de sus muertos: la tragedia de la familia de Marta del Castillo. ¿Dónde está Marta? Hasta que no encuentren su cadáver será un alma errante y sin cobijo. Los responsables de provocar y mantener ese sufrimiento desmedido merecen lo peor y tienen el alma mucho más negra que la desesperación de los que anhelan su descanso en una tumba con nombre y con fechas.

En la Antología Palatina, que además de ser un poemario es una colección de epitafios, encontramos poemas muy significativos. Siempre me acuerdo de los versos que nombran a un joven marino llamado Tarsis, que se sumergió para soltar un ancla que se había quedado enganchada en una roca, y que tuvo un destino muy singular, pues fue enterrado tanto en la tierra como en el mar, al ser en su mitad devorado por un cetáceo, de forma que una parte de su cuerpo se quedó bajo el agua y otra parte descansó bajo la tierra. Los caminantes que leían el epitafio de Tarsis se veían enfrentados a una paradoja trágica. ¿El cuerpo entero de Tarsis había conquistado el descanso eterno o solo su mitad? Las creencias religiosas pueden ser muy irracionales, pero las suele guiar una lógica de la contradicción que hiela el corazón.

Volvamos a Antígona. En parte porque se trata de una obra en la que Sófocles desplegó toda su sensibilidad lírica y trágica, creando un tejido dramático muy consistente, con personajes bien trazados y líneas de fuerza llenas de electricidad y de sentimiento, ha llegado hasta nosotros intacta y resplandeciente, y suele estar muy en boga en épocas bélicas y en períodos castigados por alguna epidemia. No es de extrañar que en plena Guerra Civil, Salvador Espriu concibiese una sublime versión de Antígona. Cuando se aborda la problemática de Antígona es fácil recurrir a los lugares comunes sobre la ley humana y la ley natural, dos entelequias que pueden propiciar mucha retórica vana. Resulta más esclarecedor atender a la urdimbre psicológica de la obra y sumergirse en las pesadillas que devastan la conciencia de Antígona. No es que la princesa tebana decida seguir la ley del corazón incumpliendo las órdenes del tirano Creonte, que es además su tío. Lo que le ocurre a Antígona es inseparable de nuestras relaciones con la muerte. Todo difunto tiene un doble entierro: el que se lleva a cabo cuando lo colocamos bajo tierra, y el que se va desarrollando en nuestra cabeza, y es bueno que ambos entierros coincidan en el tiempo. Cuando el primero no se da, el segundo tampoco, y el muerto se convierte en un fantasma peligroso, que vendrá a visitarnos en la duermevela.

En los últimos tiempos, regidos por leyes despiadadamente económicas, se ha tendido a descuidar el duelo y a no darle importancia. Tal proceder se debe, entre otras cosas, al rechazo cada vez más patológico que nos provoca la muerte, normalmente ausente de todos los discursos de ahora, y uno se pregunta si negar la muerte no implica también negar la vida. Pasar por alto el duelo solo provoca trastornos psicológicos, de muy hondo calado, pues no acabamos de enterrar al muerto nunca, y caemos de verdad en el síndrome de Antígona, como han debido de caer los familiares de las víctimas de la epidemia.

Los que no pudieron acompañar a sus muertos en su última hora habrán experimentado el mismo dolor que Antígona, cuando desde el corazón del sueño el fantasma de su hermano acudía a ella y le decía que no quería convertirse en un alma errante y que solo ella podía propiciarle el descanso eterno con sus manos, sus lágrimas y su afecto. Es una forma de verlo, la otra, más definitiva, sería pensar que es ella la que no puede descansar, y ella la que ni está viva ni está muerta hasta que no entierre de verdad a su hermano. En tiempos como los que corren, entendemos su situación y su postura mejor que nunca.

Pasatiempos para la paciencia

Para cultivar la paciencia en la desescalada os proponemos una serie de dichos clásicos relacionados con esta cualidad; ¿sabéis quién es el autor de cada uno? Escógelo de la lista de abajo. Tienes las soluciones al pie de la página.

  1. Optimum est pati, quod emendare non possis, “Lo mejor es soportar lo que no puedes remediar”
  2. Hoc sustinete, maius ne veniat malum, “Soportad esta desgracia, no venga otra peor”
  3. Quousque tandem abutere, Catilina, patientia nostra? , “Hasta cuándo, Catilina, abusarás de nuestra paciencia?”
  4. Calamitas virtutis occasio est, “La calamidad es una ocasión para el valor”
  5. Levius fit patientia quidquid corrigere est nefas, “Con paciencia se hace más llevadero lo que no nos es lícito enmendar”

Susana González Marín

Cicerón, Séneca, Fedro, Horacio, Séneca

Soluciones

 

Pandemias en Bizancio

La Sociedad Española de Bizantinística ofrece acceso libre a su Boletín nº 35 publicado este mes de mayo. Se trata de un número monográfico especial, Bizancio de actualidad: pandemias en Bizancio y hoy

Ofrecemos a continuación la presentación del volumen a cargo de Juan Signes Codoñer y el índice de su contenido:

La crisis desatada en el mundo por una nueva variante de coronavirus procedente de Asia, nos recordó inmediatamente a todos los que nos dedicamos al mundo bizantino los estragos que la peste causó en el Imperio en dos momentos de su historia, a fines de la Antigüedad y de la Edad Media, marcando, como en una estructura anular, tanto sus dramáticos comienzos en plena restauración imperial de Justiniano en el siglo vi como su agónico final en el siglo xv en un mundo nuevo que alumbraba ya el mercantilismo. Se planteó así la idea de convocar a los expertos mundiales en el ámbito a una reflexión sobre la peste en Bizancio a partir de la experiencia actual y ello no tanto por hacernos visibles en la vorágine de publicaciones que ha desencadenado la actual pandemia, cuanto como medio de reivindicar, una vez más, el papel crucial que tiene la Historia en general (con mayúsculas) y Bizancio en particular en nuestra comprensión de las sociedades contemporáneas.
El imparable progreso tecnológico que vive actualmente la humanidad ha traído
consigo la idea de una historia lineal y teleológica en la que el hombre parece dueño de
escribir su destino. Pero la condición humana y las leyes físicas no han cambiado, siguen
siendo las mismas que hace siglos y milenios, por más que el ritmo acelerado que nos impone la sociedad de consumo global nos haya hecho perder la perspectiva de nuestro lugar en el mundo. Un imperio como el bizantino, que se reinventó en numerosas ocasiones para permanecer fiel a sí mismo, es un buen modelo para analizar el impacto de las pandemias sobre las sociedades humanas a lo largo de los siglos. En efecto, en Bizancio las reacciones  ante enfermedades y pestes estuvieron siempre articuladas desde una misma tradición cultural (griega, cristiana e imperial) que fue consciente de la continuidad en el cambio.
Así, la peste que asoló Atenas en el 430 a.C., al comienzo de la guerra del Peloponeso,
descrita con realismo por el historiador Tucídides, no era un suceso remoto y lejano en el
momento en que, más de un milenio después, el historiador Procopio de Cesarea trató de
reflejar los estragos de la peste en su propia época, algo que, de nuevo, casi otro milenio
más tarde, volvió a hacer el emperador Juan VI Cantacuceno en su obra. La evocación por parte de escritores bizantinos de aquellos hechos de la Atenas democrática, tan lejana en mentalidades a la ortodoxa e imperial Bizancio, no era un simple guiño literario de una cultura mimética, sino una deuda hacia las lecciones del pasado, una deuda que no impidió que Procopio o Cantacuceno tiñeran sus relatos, formalmente áticos, de su propia ideología y de preciosas referencias al impacto que la peste tuvo en sus respectivas sociedades: los miedos, supersticiones y conflictos sociales que documentan resultan muy reveladores a los modernos historiadores. Hoy en día, en cambio, ante un fenómeno tan viejo como la civilización, la peste, nuestro moderno mundo habla de algo inédito e inusitado, de un fenómeno nunca visto, no solo ignorando la historia, sino la propia condición humana. Ni siquiera hay recuerdo vivo de la llamada gripe española que tiene apenas cien años de antigüedad.
Partiendo de la convicción de que la historia es un libro que se reescribe, contactamos
con cinco bizantinistas que han trabajado de alguna manera sobre la peste en Bizancio en los dos periodos de su mayor impacto, para que nos ofrecieran una reflexión de urgencia sobre su incidencia en la que buscaran también (en cierto modo como Procopio y Cantacuceno) combinar el análisis del pasado con la reflexión sobre el presente. No hubo directrices más allá de esta consigna (y de la necesaria limitación de extensión) y cada uno de ellos nos entregó a finales de abril sus contribuciones que ahora publicamos en este número extraordinario del boletín a fin de que cada una hable por si sola, pues sus autores no necesitan presentación.
Como se apreciará, las respuestas e interpretaciones que se dan al impacto de la peste
en Bizancio no son únicas. Eso se debe sin duda a las diferentes metodologías y perspectivas adoptadas por los investigadores, en las que se combina el método histórico con el análisis de las fuentes, en gran medida literarias. En cierto modo, las contradicciones o perspectivas diferentes que emergen en los artículos que siguen no son tan distintas de las que hoy nos encontramos entre los analistas, que proponen interpretaciones muy variadas por la propia diversidad de criterios que adoptan y por el gran margen de error con que los aplican, de forma que se plantea la duda incluso de que la estadística, el análisis médico o los estudios económicos puedan considerarse disciplinas exactas o fiables. Obviamente, el estudio del pasado, como nuestros colaboradores reconocen en sus contribuciones, suscita aún mayores dudas, pero por ello precisamente es necesario que lo aborden especialistas como los que participan en este boletín.
La realidad es que la historia no se debe reducir a una única y simple causa, tal como
muchas veces pregonan los titulares de los periódicos y preconiza una cierta manera
populista de hacer política, sino que, más bien, las causas son siempre complejas, aunque
la mente humana solo capte una parte de la verdad. Las limitadas percepciones del pasado no nos deben provocar una sonrisa de superioridad sino servir como espejo de nuestras propias distorsiones.

 

Screenshot_2020-05-10 Boletín de la Sociedad Española de Bizantinística

 

Lecciones de la peste antonina

Estos días muchos seguidores nos han hecho llegar el vídeo del historiador Andrés Nadal,  que extrae lecciones para la actual situación a partir de la historia antigua, en concreto, de la peste antonina (165-180) -probablemente una epidemia de viruela o sarampión-, a la que tuvo que enfrentarse el emperador Marco Aurelio; es inevitable la comparación entre la categoría de este como político y la de nuestros actuales gobernantes.

También podéis ver en Youtube otro video de Andrés Nadal comentando la peste de Cipriano, que recibe su nombre del obispo de Cartago, que la describió. Esta epidemia asoló el imperio romano entre los años 249 y 269.

De nuevo Antígona

Mª Ángeles Martín nos envía una nueva muestra de cómo los clásicos, y especialmente algunos, siguen presentes a la hora de afrontar las circunstancias actuales. Es la columna Sófocles de Rosalía Sánchez, publicada en La Gaceta de Salamanca del 29/4/2020.

La filosofía necesaria (anexo 4)

La presencia de la filosofía como arma del pensamiento en situaciones complicadas como la actual no ha cedido con el paso del tiempo. Publicamos hoy una nueva serie de enlaces que lo demuestran para añadir a los anteriores.

En esa línea El País publicaba en su sección Ideas El futuro después del coronavirus, donde recoge la opinión de más de 75 expertos y pensadores sobre las consecuencias de la epidemia. Científicos, economistas, médicos, políticos, artistas, periodistas, etc., pero también filósofos como Hartmurt Rosa, Slavoj Žižek, Joke J. Hermsen y un largo etcétera.

El propio Žižek es tan diligente que ya analiza la nueva situación en su último libro titulado Pandemia, que aparece en español editado por Anagrama. La noticia aparece en El Diario del 6 de mayo.

Homero y el virus

Mª Ángeles Martín Sánchez nos envía esta columna de opinión del diario ABC publicada el 21 de abril: “Homero y el virus”, de Pedro García Cuartango.opinion3

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