Fulgentius

Si a estas alturas César Aira sigue siendo “el secreto mejor guardado de la literatura argentina” hemos de concluir que el problema lo tenemos nosotros; él ya ha hecho su parte y, abandonando la candente Beatriz Viterbo Editora, ha entregado su obra al omnipotente y omnipresente conglomerado de Random House.

Borges nos malacostumbró a pensar la literatura argentina plagada de espejos y laberintos, a buscar continuamente referencias inter- y metatextuales. Aira no lo desmiente. Fulgentius es la novela sobre Fulgentius, un general romano que aprovecha el liderazgo de una legión para poder organizar por los territorios del Imperio representaciones de su tragedia, que también se llama Fulgentius ya que tiene como protagonista un trasunto de sí mismo; en su afán de multiplicación, menciona además Fulgentius que en Roma se está escribiendo una biografía suya. Si a esto se añade la preocupación por la recepción y los trasvases de género literario ⸺Fulgentius escribe su obra en la juventud como una parodia pero sus coetáneos y, con el paso del tiempo, él mismo lo perciben en su dimensión patética⸺, el Fulgentius de Aira parece un pasatiempo estival genettiano. El cuadro se completa al pensar que la edad del protagonista, en la que se hace hincapié a lo largo de todo el texto, es la misma que César Aira tenía al firmar la novela.

También juega en varios momentos a dejar ver las costuras. En un momento (p. 94), por ejemplo, el protagonista reflexiona sobre cómo nunca se adecúa la división episódica de la literatura a la vida real, o, de manera más directa, cuando Fulgencio dialoga con su ayudante (p. 46) encontramos:

«⸺No sé si notaste ⸺agregó coronando triunfalmente su discurso⸺ que en el capítulo anterior señalé y aislé a un joven muerto, en parte para tu instrucción»

A lo largo de la novela se repite la singularidad de una tragedia autobiográfica en la literatura romana, lo cual no sería algo tan sibilino de no ser porque la cita inicial de Fulgentius son unos versos en latín (con una errata tipográfica, por cierto), sin traducción ni adscripción, de la Octavia, el único ejemplo que conservamos completo de fabula praetexta, de tragedia de temática romana. Este drama ha sido tradicional y, con casi toda seguridad, erróneamente atribuido a Séneca, pero si pensamos que Séneca es también uno de los personajes empezamos a atisbar hacia dónde apunta Aira al encabezar la novela con Octavia.

El paratexto de la contra no elude ilustrarnos sobre el género de Fulgentius: «una nueva incursión (…) en la novela histórica»; si no fuese porque el autor es Aira uno tendería a identificar ahí la mano de los responsables de márketing en la multinacional. Fulgentius es una novela histórica en la misma medida en la que lo es Parménides .

De entrada, tenemos una orientación vaga del contexto histórico. Se trata de la época imperial, ciertamente. Algunas pistas permitirían aproximarlo hacia el siglo II e.c. (o finales del I): Fulgentius extrae sus conocimientos biológicos de la Historia natural de Plinio, a la que alude en un par de ocasiones, y menciona que ya ha habido emperadores que han ocupado el puesto tras la proclamación de su legión y marchar hacia / contra Roma; cabe añadir, aunque sea un indicio débil, puesto que no comenta cuando pasa por Vindobona (Viena) que ningún emperador ha muerto allí, que podemos suponer que la acción transcurre con anterioridad al 180 e.c., fecha de la muerte de Marco Aurelio en esa ciudad, como refleja a su manera Gladiator.

Quizá, con todo, lo que más choque de Fulgentius como novela histórica no sea ni esa indeterminación temporal ni los anacronismos y las escenas improbables salteadas por el texto (por ejemplo, una legión plenamente alfabetizada o la original imagen de seis mil legionarios patinando en un lago helado), sino el que renuncie a la cargante tendencia del género a convertirse en libros de texto:

«Lactarius jugaba a los dados, el entrechocar de los huesecillos y las voces apagadas le llegaban desde lejos (p. 44)»

Queda en el lector entender que uno de los materiales preferidos por los romanos para hacer sus dados era el hueso. Si aceptamos que, en efecto, se trata de una novela histórica, Aira se empeña en mostrar que otro tipo, uno digno, también es posible.

No es posible agradecer a Aira lo suficiente el que no transmita una imagen naïve de la maquinaria imperial romana. El novelista es capaz de desvelar la crueldad inherente al imperialismo romano sin salir del entorno ideológico del personaje y sin romper la narración con discursos extemporáneos. Por ejemplo:

«De modo que habría que atraerlos al llano, quemando sus aldeas, violando a sus mujeres y crucificando a sus hijos de poca edad en crucecitas adecuadas a sus tamaños. Si no bajaban con eso era porque no tenían sentimientos. (p. 121)»

En algunos pasajes resuena ese educado cinismo taciteo que conoce su hipóstasis en el no menos brillante que cruel cierre del capítulo vigésimo primero del Agricola: idque apud imperitos humanitas vocabatur, cum pars servitutis esset. Aira hace participar a su personaje de esa misma culposa lucidez:

«Donde encontraban poblados, dejaban ruinas: donde encontraban ruinas seguían de largo, no sin la sospecha de haber pasado antes por allí. (p. 36)»

O

«Lo que no impidió que se hicieran pedidos y reclamos. No salían de lo habitual: la baja en el precio del trigo, las inundaciones por falta de obra y, una constante, el incumplimiento de la promesa de rebaja de impuestos. Nunca lo pedían directamente sino mediante ese rodeo. Nadie sabía quién había hecho esa promesa, y por un pacto de caballeros nadie preguntaba. El firmamento mental de los tributarios del Imperio estaba constelado de promesas míticas, hechas en los orígenes del tiempo, que coincidían con los orígenes de Roma.»

En la misma línea, hay un par de páginas geniales (35-35) sobre la traducción que entroncan directamente con el nunca suficientemente celebrado discurso del general Zapp Brannigan.

Para ser justos, Fulgentius no es el mejor texto de César Aira, pero ojalá todos acertásemos como Aira falla.

Diego Corral Varela

 

 

César Aira, Parménides, Perinola, García Calvo…

Si para César Aira, al que describieron como «el secreto mejor guardado de la literatura argentina» y desde entonces debe enfrentar ese latiguillo en casi todas las entrevistas, en Ovidio había todo un mar de inspiraciones, los presocráticos deben de parecerle igual de sugerentes. O eso invita a pensar su novela Parménides, publicada originalmente en 2005 y recuperada ahora por Random House. En ella recrea a Parménides como un riquísimo y vacuo jerarca de Elea, preocupado por perpetuar su legado con un libro que no está dispuesto a escribir. Para ello contrata a una joven promesa de la poesía local, Perinola, con la intención de que plasme en verso la esencia de su pensamiento, tarea que el poeta está lejos de tomarse en serio.

En varios momentos de la narración se nos permite entrever el texto del poema:

«Fue en parte la facilidad automática que le daba el verso la que lo alentó a incluir un par de detalles de sexo. Adivinaba que a Parménides le gustaría; le parecería moderno, atrevido, picante. Además, era otro lugar común, y no le costaba nada ponerlo; el orden de los principios luminoso y oscuro se continuaba, por una trillada correspondencia, con el de lo femenino y lo masculino, las atracciones y las repulsiones de los sexos quedaron reflejadas en el texto de acuerdo con las medidas y los acentos del verso, dislocadas (como debía ser), enigmáticas. El principio activo del Amor introducía sus líneas ondulantes entre la Luna y las estrellas lo mismo que entre lo denso y lo poroso. Una vez más, como ya había hecho antes, le dio un giro caprichoso a la concatenación de obviedades; lo primero que se le ocurrió: que si las simientes femenina y masculina estaban en su debida proporción, el ser engendrado era normal y corriente, mientras que si no estaban proporcionadas… salía un hermafrodita. Vaciló un instante. ¿No sería demasiado? Pero al leerlo vio que sonaba bien, y hasta solemne y admonitorio. No le habría costado nada seguir hilvanando indefinidamente los mayores absurdos.»

Podemos confrontar este pasaje con los fragmentos conservados del poema de Pármenides, que en la traducción de Agustín García Calvo quedan así:

«Pues cierto que las más prietas son bien de fuego sin mezcla,
y las que les siguen, de noche; pero entre las unas y otras salta la ley de la llama;
y de eso en el medio está la deidad que todo gobierna:
pues manda doquiera en parto odïoso y mezcla en pareja,
lanzando a lo macho lo hembra mezclado, y también viceversa
lo macho a lo femenino.

Cuando hembra y macho las granas de amor conjugan en uno,
de sangre diversa al obrar la virtud criadora en las venas,
guardando equilibrio, los bien-dispuestos cuerpos amasa;
que, si en la junta simiente una y otra virtud se combaten
y no hacen una de dos en el cuerpo junto, mal hado
maltratará a la cría de doble sexo que nazca.»

La novela nos da cuenta de otro Menard en la forma del poeta Perinola. Aira no altera, como se puede comprobar, una línea del poema de Parménides para construir una historia completamente distinta de «ese disparatado cuento del “ser” y el “no ser”». Mediante su ficción Aira ayuda a desacralizar la literatura clásica. Y es que, ¿por qué tenemos que tomárnoslo todo en serio?

Diego Corral Varela

“Leer a Ovidio puede ser mucho más estimulante que leer a David Foster Wallace”

Estas son las declaraciones de César Aira que encabezan la entrevista que ABC cultural publica con ocasión de la presentación de su última novela, Prins, en nuestro país. Reproducimos un pequeño fragmento:

P. Sin embargo, el protagonista de la novela dice que la base de todo intelectual que se precie empieza en el mundo grecolatino.

R. Es así. Justamente anoche estuve hablando con un amigo de eso. Hablábamos de Ovidio y de cómo con estos nuevos métodos de enseñanza de la literatura, que van tanto a la contemporánea, los jóvenes se están perdiendo todo ese tesoro de mitos, de sustrato de nuestra civilización, que es la cultura grecolatina. En fin, no sé por qué se están privando de algo tan rico y tan fecundo.

P. ¿Hay que volver a la tradición grecolatina?

R. No, no. No «hay que» nada. Que hagan lo que quieran, pero yo pienso que leer a Ovidio puede ser mucho más estimulante y más rico que leer a David Foster Wallace. De ahí no se saca prácticamente nada: imitarlo o admirarlo como mucho. Pero si uno lee a Ovidio, ahí tienes todo un mar de inspiraciones. O eso creo. Qué se yo.

Marta Martín Díaz

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