MITOGRAFÍA: MITOS, SENTIMIENTOS Y RAP

Mitografía  (Pincha en el enlace para ver el vídeo)

Los mitos griegos y romanos, gracias a su gran diversidad, recogen la esencia del ser humano en todos sus matices: la bondad, la crueldad, el amor, el odio, la indiferencia… Es decir, el elemento heroico, que puede resultar el más destacado, es uno de los múltiples temas tratados: tanto es así que la desgracia forma parte indisoluble de la heroicidad (si no, que se lo pregunten al bueno de Prometeo). Por tanto, toda historia personal puede ser narrada a través de los mitos, incluso la más desgraciada. A esto se le añade que toda persona vive una historia en la que él o ella es el protagonista por mucho que sea más o menos interesante.

En base a estas reflexiones decidí hacer un poema/canción de rap en la que hablara de mis sentimientos a través de los mitos grecorromanos. Sin embargo, con esta canción se pretendía sobrepasar la simple comparación entre una situación vital y el referente mitológico, imagen ya utilizada en muchas canciones y poemas, por una serie de metáforas en las que el Yo del poema viviera al mismo tiempo el episodio mitológico y el sentimiento real, de tal forma que vida mitológica y vida real se fundieran en una.

Aquí comparto la letra de la canción, a la que añadiré pequeños comentarios por estrofa con la intención de explicar brevemente los mitos mencionados y dilucidar el porqué de lo escrito. También se añadirán comentarios didácticos debido a que considero que la canción puede ser utilizada de muchas formas, especialmente durante las sesiones de las asignaturas de Latín y/o Cultura Clásica de ESO y el Bachillerato para acercar los mitos a la realidad de los adolescentes.

LETRA DE MITOGRAFÍA:

El arte de la guerra en mi cabeza se expande,
mi esencia, secuencia baluarte de carencias,
consecuencia de que Ares llame sangre
y el Estigia me propicie cual esfinge hacia el Hades.

En esta estrofa describo mis luchas internas provocadas por mis incertidumbres. Por una parte, Ares, el dios de la guerra sangrienta, hace que me domine la confusión y la ira. Y, por otra parte, el Estigia, uno de los ríos que separan el mundo de los vivos del de los muertos, me lanza hacia el Hades, nombre del dios del inframundo y, por extensión, de sus dominios, es decir, me lanza hacia la muerte y la desesperanza de igual manera que la Esfinge se suicidó tirándose desde un precipicio cuando Edipo descubrió su acertijo. El uso de propiciar es un juego de palabras con la etimología de “ofrecer en sacrificio a los dioses” y el parecido fonético con varias palabras cuyo significado es “lanzar”, sobre todo el verbo proyectar y sus derivados.

Islas de soledad rasgan mi pensamiento,
corroen todo: alma, corazón y cerebro,
a veces como Robison Crusoe, como Napoleón,
como Ariadna abandonada por Teseo.

En este caso, establezco la metáfora entre la forma en la que mis momentos o islas de soledad me corroen a mí y la soledad corroe a otras personas: a Robinson Crusoe, el cerebro por estar solo en una isla 28 años; a Napoleón, el alma por haber sido desterrado aislado en la isla Elba, aislado de la política; y a Ariadna, el corazón por haber sido, efectivamente, abandonada en una isla por Teseo tras haberlo ayudado a salir del laberinto del Minotauro entregándole el famoso hilo con el que recordar el camino de vuelta.

Entrego mi cuello, fuego como Prometeo,
me condeno al duelo, luego quedo hueco, no me quejo.
Sueño que me cuelo entre muertos como Orfeo,
recupero lo que quiero, pero luego vuelvo y pierdo.

En esta estrofa, cada personaje mitológico simboliza una parte de un mismo proceso: como Prometeo, me entrego a mis causas, aunque tenga que sufrir por ello y, como Orfeo, persigo mis causas hasta extremos, pero al final fallo y se desvanecen. Prometeo entregó el fuego a los seres humanos y, por ello, fue castigado a que un águila le comiera por el día el hígado que le crecía por la noche. Por su parte, Orfeo bajó al inframundo para recuperar a su amada Eurídice; sin embargo, la condición que le puso Hades fue que no volviera la vista atrás hasta haber salido del inframundo. Orfeo cumplió su palabra hasta haber llegado a la salida; pero en el último momento no pudo reprimirse, se dio la vuelta y Eurídice se desvaneció para perderse por siempre.

En busca de mi tierra como Eneas per-sigo
en mi camino cal-cino mi olvido per-Dido.
Altivo, maldito, maligno, lascivo,
ladino, latino como Tarquinio.

Esta estrofa, que puede resultar graciosa en una explicación a los alumnos debido a lo extremo de sus imágenes, representa las dos caras de la moneda: como protagonista de mi vida considero que obro adecuadamente; sin embargo, también realizo obras mezquinas. Esta metáfora se realiza a través de las figuras de Eneas, legendario fundador de Roma y protagonista de la Eneida, y Tarquinio el Soberbio, último rey de Roma: Eneas tuvo un romance con Dido quien, al ser abandonada, se suicidó en la hoguera (por eso “calcino” mi olvido) y Tarquinio el Soberbio fue el autor de la violación de Lucrecia.

[ESTRIBILLO]
Escribo mitografía, revivo armonías,
mezclo penas y alegrías; realidad y fantasía.
Es mi historia, propia carne viva así escrita
con sangre de tinta, se expande al mancharse en mis rimas.
Yo lo siento tanto dando este mundo mágico,
clásico, trágico, tan dentro del ánimo.
Las personas en su vida se tornan protagonistas:
tanto significa leyenda y biografía.

En el estribillo es una explicación del porqué de la canción, como se daba a entender anteriormente: esta canción se trata de una mezcla de mi historia real y la fantasía de los mitos debido a que toda persona es protagonista de su propia vida.

Deméter en mi razón ilusión ha sembrado,
mas ahora las Ceres siegan sus tallos y
todo lo daño, todo lo parto,
todo lo mato, rompo, corto y talo.

Esta estrofa está basada en el juego de palabras: la asimilación romana de Deméter, diosa griega de la agricultura, se denomina Ceres, que resulta homónimo con la castellanización de las Ceres, los espíritus de la muerte violenta que aparecen, entre otros, en la Ilíada. En base a ello se establece la contraposición entre Deméter y “sembrar” como sinónimo de la ilusión y las Ceres y “segar/talar” como sinónimo del desasosiego, disputa que estas últimas acaba venciendo.

En mi cueva me quedo, ni aire ni ideas, flaqueo,
baile de sombras frágiles, barbarie de reflejos,
espectros como Eurídice, máxime si me siento
tan solo entre nadie que me creo Polifemo.

Esta estrofa, estrechamente relacionada con la de Orfeo, de nuevo trata el tema de la soledad, en este caso, inducida por mis autoengaños: consciente de estar en la cueva de Platón permanezco (el autoengaño) por lo que convivo solo con espectros que se desvanecen, como Eurídice (la soledad). Esta soledad se equipara a la del cíclope Polifemo cuando Odiseo le engaña diciéndole que se llama “Nadie” en un episodio de la Odisea.

Lo bueno, tallado en mi recuerdo con cincel,
recobra forma con el pincel sincero del sosiego,
pero mi memoria me los roba, mi propia Circe,
me condena cual pandemia de Atenas y Pericles.

En este caso narro mi desesperanza ante la distorsión de los buenos recuerdos en comparación con otro personaje de un episodio de la Odisea, la hechicera Circe, quien hace perder la memoria a la tripulación de Odiseo y los transforma en cerdos. En el poema no se establece a Circe como un elemento externo, sino que mi propia memoria es la que, por sí misma, olvida, más que los recuerdos en sí mismos, en este caso, lo bueno de los recuerdos. Esta pérdida se establece como algo negativo, como una enfermedad, de ahí la comparación con la pandemia que asoló Atenas durante la Guerra del Peloponeso que, entre otros muchos, mató al famoso político Pericles.

Cicatrices como Aquiles, ya las ves. ¿Para qué
seguir en combate? ¿Moriré? No lo sé.
Yo seré Heracles: domaré reses de
Diómedes, robaré del edén de Hespérides.

Esta estrofa es muy dependiente del ritmo: en su mayor parte, cada tres sílabas existe una sílaba con una -e- tónica o transformada en tónica con una especie de desplazamiento acentual a la primera de esas tres sílabas: páraqué, séguirén, cómbaté… Esta estrofa establece que, a pesar de las dificultades de mis empresas, las llevaré a cabo. Además, es la única un poco positiva (y justifica el “alegrías” del estribillo) debido a que, a diferencia de Aquiles, el héroe griego de la Ilíada, quien sabía que, si luchaba en la Guerra de Troya, iba a morir, yo no lo sé; y a que, como Heracles, el héroe griego más famoso, realizaré todas mis tareas (en el poema menciono dos de los doce trabajos de Hércules).

[ESTRIBILLO]
[…]
Y congelo mi mente, me irrita la duda,
cual picadura de medusa, lastima y magulla,
serpiente que muda y muta, subyuga y dura,
no me cura Esculapio esculpió culpas crudamente.

Esta estrofa es una metáfora progresiva respecto a lo que me provoca la duda. La duda duele como una picadura de una medusa, el animal marítimo, pero también me congela como Medusa, el famoso ser mitológico derrotado por Perseo que transformaba en piedra con su mirada. En relación con la picadura de la medusa y el pelo de Medusa, de serpientes, se compara la duda con una serpiente que repta eternamente en la conciencia. Esta serpiente podría tratarse de algo bueno ya que, la serpiente se trata del atributo principal del dios romano de la medicina, Esculapio, sin embargo, Esculapio en vez de sanar la serpiente de la duda, la aviva esculpiendo culpas en mi cabeza.

Sostengo un peso fatídico, esfuerzo pírrico,
físico tormento, desfallezco, quedo lívido;
sufrimiento atípico, suplicio cínico,
eterno prisionero mítico, cíclico, soy Sísifo.

Esta estrofa está ampliamente marcada por el ritmo esdrújulo. La comparación, ampliamente utilizada en la literatura, se realiza entre los sufrimientos pasados, que provocan dolor mental e incluso físico al acudir una y otra vez a la mente y el mito de Sísifo cuyo castigo era cargar una piedra hasta el alto de una colina, que, al punto de llegar a la cima, volvía a caer en un ciclo infinito.

Como lo que toco a veces lo transformo oro
corro perdido el sentido miro admiro el Vellocino,
abandono a los míos, en un ciclo los olvido,
sacrificio de mis hijos, todos mis escritos.

En esta estrofa me pongo en la piel de Jasón para transmitir que, cuando me encuentro bien, abandono algunas cosas queridas, entre ellas, la escritura, lo que provoca una irremediable caída en la desgracia. Jasón, tras haber conseguido el Vellocino de oro, se encontraba en el mejor momento de su vida, hecho introducido en la canción mediante la correspondencia entre ser afortunado y la transformación en oro al tocar como el rey Midas. Sin embargo, en esta situación, abandonó a su mujer Medea para casarse con la hija del rey Creonte, Glauca, lo que le llevó a la ruina: Medea, como venganza, asesinó, además de a Glauca, a sus propios hijos, asimilados en la estrofa a mis escritos.

Y termino en las redes enredado como Ares
mi difícil dictamen ante las deidades:
o premiarme el símil tejido en cada frase,
o penarme la hibris como Minerva con Aracne.

Y a modo de conclusión antes del último estribillo asumo el juicio de los dioses (y del oyente) ya que, al haberme “desnudado” en la comparación de mis sentimientos con las historias divinas pueden premiarme o castigarme por mi “infidelidad” e “hibris”. La explicación de la metáfora es la siguiente: Ares (primer dios mencionado en la primera estrofa) tuvo un lío amoroso con la diosa de la belleza Afrodita, quien estaba casada con Hefesto, dios de la forja. Al enterarse, Hefesto diseñó una trampa, una red, en la que los amantes quedaron atrapados desnudos cuando se iban a acostar, expuestos ante la mirada (y el juicio) de los dioses. Por otra parte, Aracne tuvo una competición contra Minerva, la diosa romana de la sabiduría, para ver quién era la mejor tejedora, cometiendo hibris, soberbia ante los dioses, al compararse con una diosa y, sobre todo, por representar en su tejido algunas infidelidades de los dioses.

[ESTRIBILLO]

[…]

Bruno González Lázaro

Sulpicia, la voz femenina romana

No es la primera vez que nuestro blog recibe entradas distintas sobre los mismos temas. Hace poco, a propósito del mes de las escritoras, publicábamos una entrada de Rosario Cortés Tovar sobre Sulpicia; pues hoy os ofrecemos otra sobre esta misma poeta, esta vez enviada por Bruno González.

Sulpicia es la primera poeta romana de la que conservamos textos escritos. Sin embargo, la excepcionalidad de su obra no se encuentra en el hecho de que el avance de la historia haya deparado esta casualidad, pues con toda seguridad hubo antes escritoras en latín cuyos textos lamentablemente no conservamos. Sulpicia debe ser reconocida por lo que fue: una poeta capaz de encerrar en versos sencillos inmensas y a la vez sutiles connotaciones de una voz femenina en un mundo dominado por hombres.

El primer rasgo por el que Sulpicia destaca es por el misterio que recubre su figura. Tanto es así que lo poco que sabemos de ella lo podemos extraer de sus poemas: que era sobrina (o por lo menos familiar) de Mesala, que vivía en Roma y que procedía de una gens influyente, la Sulpicia. Es más, muchos comentaristas han dudado de su propia existencia y algunos mantienen que en realidad se trató de un hombre que se colocaba en el papel de una mujer. Esta afirmación, puramente androcéntrica, es muy difícil de sostener: los poemas recogen motivos claramente femeninos tratados desde una perspectiva femenina, por tanto, dudar de que una mujer esté detrás de estas motivaciones debería llevarnos a dudar a la inversa de la autoría masculina de muchos autores clásicos y, por tanto, nos empuja a una discusión estéril.

En importante que tengamos en cuenta que en Roma la mujer estaba recluida a un rol secundario dentro del sistema patriarcal reducido a la esfera privada mientras que la esfera pública, tanto cultural como política, estaba dominada por hombres. En consonancia, la mujer ejercía como elemento pasivo en las relaciones amorosas, mientras que el hombre es el dominante. Lo paradójico de Sulpicia es que cultiva la elegía amorosa de la cual uno de los pilares base es el servitium amoris, una técnica narrativa mediante la que el poeta (hombre) subvierte los cánones de las relaciones amorosas romanas y establece a la mujer como domina y al hombre como esclavo. Entonces, ¿qué hace Sulpicia?, ¿reafirma la condición de dominación femenina al entroncarse en esta producción u otorga al género una voz femenina que pueda ser interpretada como símbolo de un relativo empoderamiento?

En base a lo que los propios poemas nos muestran, podemos afirmar que parece ser más convincente la segunda opción ya que encontramos sorprendentes transgresiones de los roles de género que imperaban en la sociedad romana, siendo este el segundo rasgo que hace especiales los poemas de Sulpicia. En primer lugar, fue una mujer que participaba en el Círculo de Mesala y que además escribía, hecho ya de por sí mismo insólito en la sociedad romana. Pero también podemos encontrar muchas transgresiones en casi todos sus poemas, desde metáforas con un contenido sexual implícito como en los poemas 3.13 y 3.17 hasta el uso de su condición social para elevarse por encima de su amado en el poema 3.16 del Corpus Tibullianum.

Por todo esto Sulpicia es una autora que, pese a tener una producción pequeña, debería ser estudiada en mayor profundidad pero sobre todo debería ser más conocida para que podamos hacer verdad esas palabras que dejó escritas en su poema 3.13: mea gaudia narret, dicetur siquis non habuisse sua, es decir, “que deleites míos cante cualquiera por si dice no haber tenido suyos”, para que consigamos que sus deleites formen parte de los nuestros propios.

Bruno González Lazaro

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