Noticia de última hora: revocado el destierro de Ovidio

Esta noticia, enviada por Eusebia Tarriño, cierra el año del bimilenario de la muerte de Ovidio en su destierro en la actual Constanza (Rumanía): Grillo contra el emperador Augusto (ABC del  16 de diciembre)

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Julia, la hija de Augusto, entre la sumisión y el poder

Rosario Cortés Tovar nos ofrece una breve reseña de su conferencia “Iulia Augusti: una mujer entre el amor y la política”, que inauguró el ciclo “Mujeres del mundo clásico: entre la sumisión y el poder”, que se está celebrando en la Casa de las Conchas a lo largo de este mes y del siguiente. En consecuencia, el hilo conductor de la reseña será la siguiente cuestión:

¿Cuál fue la situación de Julia entre la sumisión y el poder?

Julia fue educada para obedecer las decisiones que su padre tomara en función de sus intereses y los del estado. Aceptó sin resistencia los matrimonios que acordó Augusto para ella con el fin de que cumpliera la función política de darle un heredero del poder imperial.  Si tenemos en cuenta que su padre no tuvo nunca en cuenta sus sentimientos, tenemos que concluir que Julia fue una mujer sometida al poder paterno.

Ahora bien, Julia había aprendido de Livia, la segunda esposa de Augusto, y de Octavia, la hermana de éste, mujeres con las que se crió y a las que también casaron por conveniencia política, que sus matrimonios tenían compensaciones, pues, además de privilegios y honores, estas mujeres gozaban de un poder derivado del de sus maridos que les permitía actuar como sus consejeras políticas e influir en sus decisiones. De modo que Julia cumplió con sus deberes de esposa en sus dos primeros matrimonios, con Marcelo y con Agripa, del que tuvo tres hijos y dos hijas. A los dos hijos mayores, Gayo y Lucio, se los arrebató su padre y los educó para que fueran  sus sucesores.

Todo parecía resuelto, pero Agripa murió pronto y Augusto le dio un nuevo marido a Julia: Tiberio, hijo de Livia. Fue elegido por su experiencia militar y política ya que Gayo y Lucio, de 8 y 5 años respectivamente, podían necesitar un tutor y regente si el emperador moría pronto. La decisión fue cruel tanto para Tiberio, que se vio obligado a divorciarse de la mujer que amaba, como para Julia, que habría preferido a un hombre menos conservador, más dedicado a las letras y al lujo que su clase les permitía. De todas formas empezaron a vivir en armonía para cumplir con el deber que se esperaba de ellos; pero algunos acontecimientos funestos que los separaron –perdieron el hijo que esperaban en un parto prematuro-, y el desacuerdo de Tiberio con los honores que antes del tiempo reglamentario les concedió Augusto a Gayo y a Lucio, determinó la separación entre ellos, que se consumó cuando Tiberio se retiró a Rodas (6 a. C.).

Julia se quedó sola en Roma: su padre no permitía su divorcio de Tiberio, de modo que no era ni viuda ni divorciada; pero seguía siendo la hija del emperador y tenía mucho atractivo para los jóvenes del grupo de aristócratas intelectuales y poetas que la rodeaba. Ella era amiga de las letras y los placeres y ellos la deseaban como un medio de aproximarse al poder. De modo que encontró amantes fácilmente y cometió adulterio, un delito castigado duramente por las leyes paternas. Puede que ya le fuera infiel a Agripa; pero sus adulterios se convertirían en más estables y descarados tras la separación de Tiberio, hasta que en el 2 a. C. se produjo un episodio de escándalo público que provocó su caída y la de sus amigos. Augusto denunció en el senado la conducta licenciosa de su hija en el Foro y junto a la estatua de Marsias, símbolo de la libertad popular. Entre los amantes de Julia citados por los historiadores destacan Sempronio Graco y Julo Antonio, poeta e hijo de Marco Antonio, que podía tener sed de venganza y ambiciones políticas insatisfechas. Es posible que más allá del delito de adulterio estuvieran cometiendo el de conspiración, porque Julo fue ejecutado; los demás, como adúlteros, fueron relegados ad insulam. No se abrió ningún proceso, puede que con el fin de evitar la condena a muerte de Julia por conspiración contra su padre. Pero estas interpretaciones tienen una base muy poco segura y hay historiadores que rechazan la existencia de una conjuración.

Augusto condenó a Julia al exilio de por vida y también la condenó sin piedad a la fama de mujer promiscua y sexualmente desenfrenada, una fama que aún pervive en novelas históricas y películas, que exageran hasta la inverosimilitud los adulterios de Julia para que su retrato responda al estereotipo misógino de mujer de libido incontrolable.

Rosario Cortés Tovar

Despiadado Julio César… El valor de las palabras.

A Guillermo Altares, autor de una serie de comentarios en El País con Roma por denominador común, le estamos muy agradecidos los docentes y discentes de la Filología Clásica por divulgar detalles y noticias sobre nuestros textos. No pretendo, pues, criticar su comentario sobre el “Despiadado Julio César” que apareció el otro día en El País (16-12-2015), porque todo ayuda a mantener vivo el interés por las lenguas clásicas, motores últimos de la información transmitida: son los textos escritos en latín o griego los que nos ilustran sobre ese pasado que hoy se estudia o divulga. No obstante, el rigor y precisión que nuestra filología exige me induce a pedir, si ello es posible, un grado más de claridad en la información, porque, mientras algunos podemos ubicar más o menos las referencias del artículo, otros no encajarán con facilidad ni las palabras cesarianas, ni los pormenores de la acción militar; ni, mucho menos, salvo el tópico fondo del imperialismo romano, la diferencia de concepción que tenían los dirigentes antiguos y sus soldados, y la que tenemos nosotros hoy, a propósito de algo tan trágico como la muerte del contrario.

Pido, pues, a los interesados en la Antigüedad que lean el pasaje original de César (Gall. 4.8 ss.), que ofrece las indicaciones adecuadas para entender un problema que anticipa la masacre que años después soportaron los romanos en Teutoburgo (9 d.C.), prueba de que la crueldad en el campo de batalla y la aniquilación del enemigo no eran prácticas exclusivas de los romanos. Aquí, en la actual Karlkriese, localidad cercana a Osnabrück, según las investigaciones de Wolfgang Schlüter —después de que Anthony Clunn, un mayor de la armada británica, retirado, hubiese encontrado con un detector una serie importante de monedas—, Roma fue vencida por unos ‘bárbaros’, que acabaron con tres legiones (XVII, XVIII, XIX), cuyo número nunca reapareció en el organigrama militar.

El desastre se debió en gran medida a la ineptitud de su general en jefe, P. Quintilio Varo —muy bien ‘emparentado’ con la casa imperial: yerno de Agripa, como esposo de Vipsania Marcela, su tercera esposa, ‘casualmente’, fue la sobrina-nieta de Augusto, Claudia Pulcra—; igual que la revuelta: Floro (II 30[IV 12], 31) lo responsabiliza  por sus vitia (…, Vari Quintili libidinem ac superbiam haud secus quam saevitiam odisse coeperunt:  “empezaron a odiar los caprichos y la soberbia de Q. Varo, no menos que su crueldad”); y por su falta de habilidad político-militar. En cambio, Arminio, el líder querusco, se cubrió de gloria, ofreciendo con su éxito las bases del nacionalismo alemán. La ‘mitología’ romana (Suetonio, Vida de Augusto 23) refiere que el Princeps caminaba por su palacio repitiendo como un poseso: Quintili Vare, legiones redde! (“Quintilio Varo: devuélveme las legiones”; lo cual, además de venir bien para repasar la morfología latina, nos recuerda el valor retórico-informativo de las anécdotas y nos permite encajar el hecho en un proceso histórico de más largo alcance, que ilustra, igual que el texto de César, los problemas que siempre han tenido los que buscan cobijo, tierras que cultivar o un lugar mejor para vivir.

Por eso es importante leer bien y completamente los pasajes: se deben ofrecer los datos pertinentes para ubicar la información, elegir con cuidado la traducción que sirve de intermediaria, y dar cuenta justa de quién es su artífice y de cuándo se hizo ésta, porque el tiempo marca las palabras elegidas… Y, desde luego, el mensaje del artículo debe ayudarnos a entender esa diferente concepción que hay entre la ‘civilización romana’ y la nuestra sobre aspectos tan importantes como la conquista y el imperialismo, el bellum iustum (la guerra justa), la muerte del contrario, o su ‘masacre’… Es importante reflexionar sobre el matiz de los términos, que varía en cada momento histórico, y no aplicar, más o menos a la ligera, un determinado concepto a un tiempo que carecía de él.

Los derechos humanos no se conquistaron en un día; y si César mató, o hizo morir, a muchos enemigos fue en una sociedad cuyos valores no eran exactamente los mismos de ahora; en cambio, se alabó su famosa clementia, que él nunca se atribuyó; luego se ensalzó de Augusto, al que en el año 27 a.C. el Senado y el pueblo concedieron un clupeus aureus (“escudo de oro”), que se colocó en la Curia Julia, con una inscripción cuyos términos él orgullosamente eumera en sus memorias: … virtutis clementiaeque iustitiae et pietatis (“… virtud, clemencia, justicia y piedad”, Res Gestae 34); y pasó a considerarse virtud de obligado cumplimiento para sus sucesores, aunque, ni todos la ‘practicaron’ —y no es necesario remitirse a los típicos ‘malos emperadores’ (Calígula, Cómodo, Caracala, Heliogábalo, …), como ejemplifica la bautizada como “masacre de Tesalónica” de Teodosio I en el 390—; ni todos los que fueron alabados por haberla ‘ejercitado’ fueron dignos de tal laudatio, como sí lo fue el propio César…; al menos, en cierto sentido. De ahí el valor de las palabras.

Isabel Moreno