Un plano de Roma y puzzle histórico, la Forma Vrbis Romae

Todos hemos visitado ciudades con un plano en la mano o, más recientemente, con un navegador GPS. Pero lo que no puede hacer un sistema de posicionamiento con satélites es llevarnos a la Roma antigua, algo que en alguna medida sí puede hacer un plano.

A todos los que nos dedicamos a esto nos hubiera gustado conocer la Roma clásica en todo su esplendor urbano. A Paul Bigot, un arquitecto francés que vivió entre los siglos XIX y XX, los deseos de revivir la Roma imperial le llevaron a dedicar una parte importante de su vida a reproducir la Roma del s. IV en una maqueta (le Plan de Rome) de escala 1:400 realizada en yeso. La donó a la universidad francesa de Caen, en la Baja Normandía, donde puede verse en la actualidad. Unas décadas más tarde otro arquitecto italiano, Italo Gismondi, construyó a mediados del siglo pasado otra maqueta similar (il Plastico di Roma Imperiale) de tamaño mayor (1:250) que se halla en Roma, en el Museo della Civiltà Romana. Somos muchos los que hemos adornado paredes de casa y despachos con pósteres de diversas perspectivas de esta maqueta (pincha aquí si quieres verla). En la página del museo se dice que en su realización se integró la arqueología con los datos de la Forma Vrbis Romae, que es el objeto que quiero presentar.

Entre los años 205 y 208 de nuestra era, siendo emperador Septimio Severo y Lucio Fabio Cilón Praefectus urbis en Roma, se llevó a cabo la factura de un plano de la ciudad de tamaño descomunal (18 x 13 metros aproximte.). Esculpido en 150 placas de mármol fue instalado en la pared de una de las aulas del Templo de la Paz de Vespasiano o de las bibliotecas adjuntas a él. El plano contenía una cuidadosa representación en planta de la Roma de la época en una escala aproximada de 1:240, aunque con pequeñas alteraciones al alza de la escala, que con toda probabilidad no se debieron a errores de medición sino al interés por destacar determinadas estructuras, habida cuenta de la precisión técnica que tenían la arquitectura y la agrimensura de los romanos. Se añadían en él nombres de las zonas y elementos destacados. Al parecer no recogía edificios que ya no existían en aquel momento, pero, si se hubiera conservado intacto, habría solucionado a los arqueólogos muchos desvelos e hipótesis insolubles; y a Bigot y a Gismondi les hubiera evitado inventar muchos metros de maqueta a base de insulae  imaginadas. Está claro que no pretendía ser un plano para que se orientaran los viajeros que llegaran a Roma, sino una muestra de propaganda imperial que mostrara la grandeza de la Urbe, al igual que Bigot y Gismondi quisieron mostrarla en sus maquetas.

Lo malo de esta historia es que de la superficie de la Forma Vrbis Romae tan solo conservamos un 10% aproximadamente. Y lo peor es que este exiguo resto está fragmentado en 1.186 trozos de muy diverso tamaño que fueron hallados casualmente en la trasera de la iglesia de San Cosme y San Damián en 1562. Los despojos de este complejo puzzle los compró la familia Farnese y los regaló en el siglo XVIII a los Museos Capitolinos. Aunque fue estudiada desde el Renacimiento, la Forma Vrbis Romae no se conoció como es debido hasta una publicación de 1960 que realizó una especie de editio princeps de la obra. Desde entonces se han venido añadiendo otras aportaciones, pero es a partir de 1999 cuando la arqueología y la técnica se han unido para estudiarla en un gran proyecto de la Universidad de Stanford en colaboración con la Sovraintendenza ai Beni Culturali del Comune di Roma, el Stanford’s Digital Forma Vrbis Romae Project (visita su página aquí).
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El proyecto es de una abrumadora exhaustividad y pretende hacer un análisis micrométrico en 3D de todas las piezas. Pero no se detiene en la forma de los cortes, fracturas, incisiones del plano y demás. Al lado de estos datos geométricos se añaden muchos otros del estado de las piezas, de oxidaciones, manchas, etc. etc. con el fin de que, mediante un algoritmo informático, se nos resuelva el puzzle dentro del puzzle, es decir, nos junte las piezas que puedan unirse y nos diga de dónde son las que no pueden unirse y las que faltan. Los resultados del proyecto son accesibles para todos nosotros y nos permiten ver en la red para nuevas investigaciones cada uno de los 1.186 fragmentos conservados al lado de su historia, sus problemas de identificación, los hallazgos, las hipótesis, bibliografía y demás.

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El proyecto lo dirige Jennifer Trimble, profesora en el Departamento de Clásicas, y un arquitecto norteamericano, Marc Levoy, doctor en informática, profesor emérito de Standford, que tiene entre otros méritos uno al que yo personalmente estoy sumamente agradecido: haber sido el promotor del proyecto de Street View para Google, ese maravilloso útil que no solo nos deja pasear por París o Nueva York, sino también por las ruinas de Pompeya o las del templo de Angkor en Camboya, por citar un lugar más lejano y exótico.

Agustín Ramos Guerreira

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El panteón de Agripa: un modelo para la arquitectura actual

El panteón de Roma es quizá la obra cumbre de la arquitectura romana. Dedicado a todos los dioses (como su propio nombre indica), sin duda sorprende y conmueve el corazón del viajero. Su luz proveniente del óculo de la cúpula hace conmemorar e imaginarse cómo pudo iluminar también al emperador Adriano. Pero aún tiene más: dicen que es una ventana del universo, que mira al cielo, y que también pudo servir como reloj solar para los romanos.

El friso del pórtico de entrada contiene la inscripción que atribuye su construcción a Marco Vipsanio Agripa en el año 25 a. C, dice así: Marcus Agrippa, Lucii filius, consul tertium, fecit (Marco Agripa, hijo de Lucio, cónsul por tercera vez, lo hizo). Su intención inicial fue la de crear un culto dinástico dedicado a los protectores  de la gens Iulia, es decir, Marte, Venus y Julio César divinizado.

El templo original sufrió un incendio en el año 80 a. C y fue reparado después por Domiciano, pero sufrió una nueva devastación en tiempos de Trajano. El emperador Adriano a través del arquitecto Apolodoro de Damasco se encargó de la reconstrucción del edificio que podemos disfrutar hoy en día. Se trata de un pórtico rectangular y una sala redonda con una bóveda coronada con el impresionante oculus, también llamado “ojo del cielo”.

Han pasado diecinueve siglos, pero su conservación es impecable, gracias a las técnicas de construcción empleadas y que luego sirvieron de precedente para posteriores construcciones, como por ejemplo el Templete de San Pietro in Montorio o la rotonda diseñada por Thomas Jefferson en la Universidad de Virginia.

Se empleó hormigón y se buscó aligerar el peso de los materiales a medida que se llegaba hacia el vértice de la cúpula: la parte de abajo está compuesta de grandes fragmentos de basalto; La parte del medio lleva piedras del tamaño de los nudillos, y finalmente el vértice de la cúpula se compone de piedra pómez. Un concepto del espacio que fue bien calculado.

En el año 608 el emperador bizantino Focas donó el edificio al papa Bonifacio IV, quien lo consagró como iglesia cristiana, ahora llamada Santa María de los Mártires. Por eso es el único edificio de la antigua Roma que permanece intacto y transformado de templo pagano a cristiano. Es tradición que cada año en el día de Pentecostés se lanpanteóncen pétalos de rosas rojas desde el refulgente balcón, recreando la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles en forma de lenguas de fuego.

El programa La ventana de la Cadena Ser dedicó un interesante reportaje a este Panteón romano y nos explicó que “los rayos del sol entran por el óculo de la cubierta del Panteón e inciden sobre la entrada”. Susana González Marín nos lo envía y lo podéis escuchar en este podcast. También podéis ver en este enlace un fragmento sobre el edificio perteneciente a un documental de National Geographic.

Elena Villaroel Rodríguez