Nuevo libro de Carlos García Gual: La deriva de los héroes en la literatura griega

En El País del 26 de junio Guillermo Altares da cuenta de la publicación del último libro de Carlos García Gual, La deriva de los héroes en la literatura griega (Siruela), y recoge sus palabras sobre este nuevo ensayo. Os dejamos aquí el texto:

Ulises, Lisístrata y otros héroes de nuestro tiempo

La historia de una cultura se puede contar a través de los héroes que sus ciudadanos veneran o temen, de los relatos de personajes extraordinarios que se repiten a lo largo de los siglos. Es lo que hace Carlos García Gual (Palma de Mallorca, 77 años), helenista y académico de la lengua, en su último libro, La deriva de los héroes en la literatura griega (Siruela), un ensayo que se mueve en un apasionante terreno en el que se mezclan la historia, la literatura y el mito. Cada época de la literatura griega, con la que nace nuestra cultura, construyó un tipo de héroes diferente. Son personajes que fueron perdiendo poderes sobrehumanos hasta convertirse en seres normales capaces de hazañas extraordinarias. Esa lógica sigue vigente en nuestra cultura contemporánea, a través, por ejemplo, del cómic o del cine de superhéroes, pero también en las noticias, ahora que vemos a los sanitarios como los héroes civiles de la pandemia. García Gual lo sabe bien: el erudito, que lleva décadas trasladando el hechizo grecolatino al lector medio en español, pasó ingresado dos semanas en el hospital por coronavirus y ha superado la enfermedad, de la que se halla felizmente recuperado.

“Lo que muestra este libro es cómo la mitología está unida a la literatura y a la sociedad griega a lo largo de su historia”, explica por teléfono García Gual, catedrático de Filología Griega en la Universidad Complutense de Madrid, autor de numerosas traducciones y ensayos, en los que de una forma u otra siempre emergen héroes y mitos como La muerte de los héroes o Sirenas. “La democracia quería un tipo de héroe como el héroe cómico, mientras que el mundo anterior, de aristócratas, buscaba héroes épicos. Son personajes que están unidos al devenir histórico de la sociedad griega”.

La historia de los héroes griegos se puede relatar a través de cinco personajes que apasionan a García Gual. Su libro, lleno de citas y de homenajes a autores que le ayudaron a navegar en el mundo de los héroes clásicos, contiene muchos más personajes, pero no disimula sus preferencias por estos cinco.

Héctor, el héroe derrotado que lucha por su ciudad

La Iliada, el gran poema épico de Homero, narra el enfrentamiento entre dos héroes, el aqueo Aquiles, hijo de un rey y una ninfa, frente a Héctor, el troyano, que se sabe derrotado y que, sin embargo, mantiene su lucha por algo mucho más importante que la gloria y el honor: su propia ciudad. Héctor se convierte así en el primer gran héroe cívico. “Enlaza con la ideología y los valores del patriotismo ciudadano”, explica García Gual. “Se alza como lo contrario de Aquiles, que lucha por su honor y quiere sobre todo que se le recuerde como el mejor. Héctor es un héroe más moderno, que combate por su ciudad, es un personaje de una nueva época. Es curioso que Homero muestre una gran simpatía por la figura de Héctor, que es mucho más humano”. Como resume en su libro, “en Héctor podemos ver la emergencia de un nuevo ideal de humanidad, de la concepción de que un hombre se realiza mejor en el servicio a la ciudad que a su propio honor”.

Ulises, el aventurero que no busca la aventura

De todos los héroes griegos, Carlos García Gual cree que el más perdurable es Odiseo o Ulises (en su versión latina). Se trata de un humano sin poderes físicos especiales, que ni siquiera busca la aventura, sino que solo quiere volver a casa y para eso utiliza la inteligencia. “Es el aventurero, el hombre astuto e inteligente, que tiene una serie de aventuras que él no buscaba, sino que se encuentra metido en ese mundo y sabe triunfar tanto ante los monstruos, como las seducciones femeninas, el mar o incluso el más allá”, señala. “Es el gran viajero. Para los griegos la figura que tienen como más representativa es Ulises. Viaja al más allá pero no le interesa, va allí casi como un turista porque se lo ha pedido Circe. Es interesante que Ulises no tenga mucho interés por el más allá, ni cuando Calipso le ofrece la inmortalidad si se queda con ella. La inmortalidad no le interesa mucho: lo que quiere es regresar. Ese gusto terreno de Ulises resulta muy moderno”.

Edipo, el héroe de lo absurdo

Edipo, al que García Gual dedicó un libro anterior, pertenece ya a un nuevo mundo helénico, que ha dejado atrás la épica para entrar en la tragedia. Para definir este momento recurre a una cita del francés Jean Pierre Vernant (un gran helenista que fue un héroe de la resistencia contra los nazis, pero que jamás se jactó de ello): “Cuando el héroe es puesto en tela de juicio ante el público, es el propio hombre griego quien, en el siglo V ateniense, se descubre problemático”. Este personaje de Sófocles refleja como ningún otro esa visión de un mundo cambiante: “Los héroes no son del todo buenos ni malos. Edipo, que quizás sea el más trágico, es un hombre que tiene una carrera heroica, y de pronto descubre que es un asesino y el culpable de las desdichas de Tebas y, sin embargo, no podemos decir que haya nada malvado en él. Es un personaje que creyendo hacer siempre lo justo se ha encontrado que se ha casado con su madre y ha matado a su padre”. Para el autor, forma parte de “los héroes del absurdo, que se enfrentan a un destino trágico en un mundo sin sentido”.

Lisístrata, la heroína que busca la paz

Con la comedia, un género que ha llegado hasta nosotros solo a través de 11 obras de Aristófanes, se abre una nueva época en el mundo griego, donde los protagonistas son tipos normales y corrientes que, sin embargo, acaban salvando a sus ciudadanos. “Frente al mundo de la tragedia, la comedia refleja más la vida de la ciudad, de la democracia”, explica García Gual, quien en su libro dedica un apartado a la heroína de la literatura griega Lisístrata, que encabeza una rebelión de las mujeres contra los hombres a los que privan de sexo hasta que dejen de guerrear. “Aristófanes presenta esas dos piezas, Lisístrata y La asamblea de las mujeres, con personajes femeninos que ocupan el lugar de los héroes, son heroínas de farsa. Para la Grecia clásica, es el mundo al revés porque las mujeres no participan de la vida política. Pero da entender que el mundo sería mucho mejor gobernado por ellas, porque buscan la paz”.

Alejandro, entre el mito y la historia

Con Alejandro Magno, Carlos García Gual cree que se acaba el mundo de los héroes helénicos. “Es el último gran héroe griego”, explica. Concentra en su grandeza las virtudes de los grandes personajes de la literatura griega: la fuerza de Heracles, la capacidad de exploración de Ulises, la muerte trágica de Héctor. Pero, apunta el profesor, presenta además una característica insólita: es un personaje real que, sin embargo, logra formar parte de la mitología. “Ese Alejandro que pasó de la historia al mito acaba por ser más importante que el Alejandro histórico”, señala. Y, allí, en ese inmenso terreno donde se mezclan la realidad y la imaginación, en el inabarcable campo de batalla de los grandes héroes, acaba el libro con un “relato que luego viaja por los siglos y las varias lenguas y literaturas mucho más allá del escenario en que surgió”.

Alejandro Magno en el cine

Recogemos un breve resumen de una de las conferencias que se presentaron en el marco del Curso Extraordinario de Innovación Docente: Las mil palabras de una imagen. Los textos clásicos del Peplum. Se trata de la que impartió el prof. Pablo C. Díaz sobre la figura de Alejandro Magno en el cine.

La aproximación del cine a la figura de Alejandro Magno no ha sido muy abundante, lo que no deja de ser chocante si tenemos en cuenta que el rey macedonio ha sido durante 2000 años el arquetipo privilegiado del héroe. Desde su creación como tal por la propaganda romana al tiempo que surgía el Imperio, Alejandro Magno ha inspirado casi cualquier empresa política donde la idea de ‘expansión imperial’ o de ‘jefatura militar victoriosa’ estuviese presente. Ha inspirado igualmente los modelos de caballeros y cruzados, mientras su recuerdo se ha perpetuado en la literatura inmune al paso de los siglos. Sin embargo, el carácter mismo de sus hazañas, la dificultad de plasmar una aventura construida en un deambular constante por espacios exóticos, cimentada a fuerza de batallas y destrucción, la necesidad de miles de figurantes para poder construir un producto acorde con el gigantismo del héroe, parecen haber desanimado a las productoras cinematográficas. Eso sin contar con que, más allá del icono guerrero, la figura de Alejandro Magno reviste, desde el punto de vista histórico, una complejidad difícil de resumir en un metraje razonable. Dificultad que procede de la multiplicidad de fuentes que recogen su imagen, de las contradicciones que aparecen en la misma, hasta el punto que resulta muchas veces difícil discernir entre los excesos de exaltación y las críticas cargadas de aversión hacia algunos de sus comportamientos. El resultado es que solo tres cineastas han enfrentado la plasmación de sus hazañas en la gran pantalla.

En la primera de ellas (Sikander, de Sohrab Modi, India 1941), los valores cinematográficos, indudables en las escenas bélicas cuanto menos, quedaron subordinados a un producto de propaganda patriótica y nacionalista que tuvo grandes dificultades para superar los comités censores de Bombay. Fue esta faceta de objeto de propaganda en pro de la independencia lo que daría larga vida a la película en las carteleras de la India anterior a la independencia. La segunda entrega lleva la firma de Robert Rossen (Alexander the Great, 1955), un autor más afamado por su tarea de guionista y por algún título de gran mérito como El buscavidas (1961), que dirigió esta biografía de Alejandro durante el exilio europeo propiciado cuando fue denunciado ante el Comité de Actividades Antiamericanas. Las críticas técnicas no le fueron excesivamente desfavorables, destacando en primer lugar el papel eficaz del protagonista –Richard Burton– y la calidad de la fotografía y los encuadres escénicos, aunque su montaje fue amputado por la productora (MGM) en 50 minutos hasta el punto de hacer irreconocibles algunos pasajes. El guión, obra del mismo Rossen, presenta un toque intimista que explota esencialmente el enfrentamiento entre Alejandro y Filipo, así como un personaje  absolutamente maniatado por su afán de gloria y su ambición.

La tercera y última entrega es la que se ha elegido como muestra para este seminario, se trata de una gran producción internacional (155 millones de dólares) dirigida por el norteamericano Oliver Stone en el año 2004. La crítica se ha cebado con la película casi desde antes de su estreno: “Pocas veces, en el cine de los últimos años, un trabajo tan poderoso, valiente e intenso ha sido objeto de burlas tan crueles y despiadadas, tan desproporcionadas y sonrojantes” (Adrian Massanet, Blogdecine). Más allá de que la productora considerase la película un fracaso porque su recaudación superó en poco a los costes, la película fue objeto de críticas morales y políticas (sin relación con el valor técnico, estético o histórico, muchas asociadas al rechazo a su director por parte de un sector amplio del stablishment americano); técnicas (metraje, montaje, música); críticas al reparto, especialmente a Colin Farrell en el papel de Alejandro y a Angelina Jolie que encarnaba a Olimpia; por último críticas históricas.

A pesar de que los responsables de la película, de que sus guionistas y especialmente el asesor histórico, el prestigioso historiador Robin Lane Fox, insistieron en que Alejandro Magno era un drama épico basado en la historia, eso no impidió que en Estados Unidos se denunciase que la película era una vergüenza para los estadounidenses de hoy, porque describía a Alejandro como un coloso, cuando lo que hizo fue invadir un antiguo imperio de Oriente Próximo y asesinar a miles de personas que se negaban a entregar sus ciudades. Este equívoco de ver reflejados en un pasado histórico sus propias actuaciones del presente era un juego de ‘presentismo` a la inversa que evidencia ante todo una especie de ‘mala conciencia’ sobre el papel que el Imperialismo americano ha desempeñado en los conflictos internacionales desde el fin de la II Guerra Mundial. Por otro lado, un corifeo moralista trataba de dar a la gente razones por las cuales no deberían ver la película. Los obispos católicos de Estados Unidos dijeron a sus auditorios dominicales que incluso el deseo de ver la película era una señal de que Satán había entrado en sus corazones. El comentario, recogido en la película, de que Alejandro había sido derrotado una sola vez, por los muslos de Hefestión, desató una ola de intolerancia bíblica por parte de los evangelistas. Mientras que un grupo homosexual de Canada amenazó a Robin Lane Fox por presentar un Alejandro y no puramente gay. Al tiempo que un bufete griego amenazó con una demanda por mostrar a su héroe nacional con una bisexualidad que rechazaban categóricamente. En Irán protestaron por presentar a Roxana como una negra –lo que para cualquiera que conozca la película, o una imagen de la actriz Rosario Dawson, resulta claramente una apreciación sesgada.

Sobre el elenco de actores, es indudable que cada uno puede tener en su cabeza una imagen de Alejandro Magno, una imagen física y una imagen moral, pero la elección de Colin Farrell es probable que sea bastante respetuosa con aquellos bustos que han transmitido la imagen estereotipada de su rostro, incluso con su hipotética talla o corpulencia. Mientras que los demás actores hacen un papel digno, aunque indudablemente desigual por el peso que cada uno tiene en el desarrollo de la trama.

Puestos a repasar la historicidad del producto, es indudable que los guionistas hicieron una selección, no hicieron girar la historia sobre un campo de batalla, no eligieron las gestas o la invencibilidad del héroe como hilo conductor del relato, se centran en el drama familiar, a veces con un indudable sesgo psicoanalítico, y, de manera indudable, sobre la personalidad de un Alejandro complejo, con rasgos de grandeza y también con sus miserias, con sus recaídas melancólicas, sus indudables accesos de cólera, o la crueldad hacia los que se le oponían que había criticado en su momento Polibio, en uno de los retratos más creíbles del personaje. Pero todo lo que la película transmite está en los textos. La elección entre las partes, el equilibrio en los distintos momentos de su biografía, entre las versiones más populares o más cultas, es una decisión subjetiva, pero lo que la película cuenta está recogido en las tradiciones de Alejandro y allí donde estas chocaron en un mar de incertidumbres (muerte de Filipo y Alejandro, por ejemplo) el desenlace ha dejado al espectador que calibre por su cuenta cuál pudiese ser la solución, una ambigüedad calculada que en este caso se ajusta a los lugares comunes de la percepción académica .

El problema central de cualquier ficción que tiene como objetivo recrear con plausibilidad el pasado es equilibrar los elementos históricos y los elementos dramáticos que no alteran la historicidad y, en este caso, salvaguardar al personaje dando cuenta en lo posible de su significado y su consistencia. Partiendo del hecho ineludible de que se debe hacer una selección de acontecimientos. En este sentido Oliver Stone y su equipo trasladaron una parte importante del peso de la película hacia la personalidad de Alejandro, como se ha anotado, junto a su grandeza plasmó igualmente sus miserias. El guerrero aparece muchas veces frágil, con zonas oscuras, atrapado en una pasión autodestructiva y, por momentos romántica. El posible que esto la alejase de lo que el gran público demandaba a un producto de Hollywood. El Alejandro de Stone resulta demasiado complicado para integrarlo en un universo de consumos inmediatos. Pero, a diferencia de lo que ocurre con muchas películas al uso, esta soporta más de un pase, simplemente porque no es una “película de aventuras”; muy probablemente aguante el paso del tiempo mejor que la mayoría de sus contemporáneas.

Pablo C. Díaz

 

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