Más sobre Dylan y sobre (una especie de augurio de) su premio

En esta polémica sobre el Nobel que el otro día mencionaba nuestro alumno Gabriel Martí en este blog (pincha aquí para ver la entrada) yo soy de los que humildemente opinan que ha sido una buena elección. ¿Por qué no?

Aproximadamente una semana antes de la concesión hablaba yo en el despacho de mis amigos Mª José Cantó Llorca y Carlos Fernández Corte mientras recogían sus enseres con motivo de la jubilación. Nuestra conversación recayó en la reciente autobiografía de Bruce Springsteen (que teníamos en nuestras manos) y, leyendo algunos fragmentos, nuestro jubilado profesor de Literatura Latina dijo algo que resultó ser un augurio: “Esta prosa me recuerda a Philip Roth en la forma y en el contenido. En realidad estos cantantes, tan buenos letristas, son como los auténticos líricos antiguos. ¿No os parece que una letra como la de “Knockin’ on Heaven’s Door” de Dylan es un poema extraordinario y, como ese, tantos otros?”.

La secretaria de la Academia sueca, como hizo Carlos unos días antes con los líricos, ha recordado a Homero y a Safo. A mí personalmente la lectura me recuerda más a Arquíloco (incluidos sus dísticos del escudo), a Anacreonte o a Propercio, por nombrar griegos y latinos. No quiero decir que Dylan los haya leído (tampoco que no). Solo quiero recordar que unos y otro parecen tener una inspiración común fuertemente humana que ha marcado la lírica de Occidente desde hace muchos siglos y, a mi juicio, Dylan es un excelente representante.

Es difícil elegir una letra de Dylan, pero en honor a él y a los profesores jubilados me limitaré a recordaros ese poema al que se refería Carlos sin saber que a la postre su comentario resultaría una especie de vaticinio del premio:

Mama, take this badge off of me
I can’t use it anymore
It’s gettin’ dark, too dark for me to see
I feel like I’m knockin’ on heaven’s door
Knock, knock, knockin’ on heaven’s door (quater)

Mama, put my guns in the ground
I can’t shoot them anymore
That long black cloud is comin’ down
I feel like I’m knockin’ on heaven’s door
Knock, knock, knockin’ on heaven’s door (quater)

[Mujer, quítame esta insignia
Ya no me sirve de nada
Hay demasiada oscuridad para mis ojos
Creo que estoy llamando a las puertas del cielo
Llamando, llamando a las puertas del cielo (quater)

Mujer, entierra mis pistolas
Ya no puedo disparar más
Sobre mí desciende la gran nube negra
Creo que estoy llamando a las puertas del cielo
Llamando, llamando a las puertas del cielo (quater)]

(Puedes escucharla aquí)

Dylan la grabó en 1973 para la banda sonora de la película de Sam Peckinpah “Pat Garret & Billy the Kid”. La versión que aparece en la película acompaña la escena en la que el viejo sheriff muere en brazos de su esposa. Dylan añadió otras letras en otros conciertos en directo. Os añado solo una (ha habido más):

Mama, wipe the blood from my face
I’m sick and tired of the war
Got a lonely hard feeling and it’s hard to trace
I feel like I’m knockin’ on heaven’s door

[Mamá, quítame la sangre de la cara
Estoy harto de la guerra
Me siento mal y no sé por qué
Siento que estoy llamando a las puertas del cielo]

Las traducciones corresponden a la versión española de Bob Dylan Lyrics 1962-2001 (New York / London / Toronto / Sidney: Simon & Schuster, 2004), que se publicó en Barcelona (Global Rythm Press, 2011) en edición bilingüe con traducción de Miquel Izquierdo y José Moreno (de ellos es la traducción del texto de la canción original), y con excelentes notas de Alessandro Carrera (a él pertenece la traducción de la estrofa añadida) en las que podréis encontrar abundante información sobre sus letras y canciones. Estoy seguro de que a algunos de vosotros las más de 1200 páginas de esta edición os darán más de una muestra de por qué no me parece mal el fallo.

Agustín Ramos Guerreira

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Un plano de Roma y puzzle histórico, la Forma Vrbis Romae

Todos hemos visitado ciudades con un plano en la mano o, más recientemente, con un navegador GPS. Pero lo que no puede hacer un sistema de posicionamiento con satélites es llevarnos a la Roma antigua, algo que en alguna medida sí puede hacer un plano.

A todos los que nos dedicamos a esto nos hubiera gustado conocer la Roma clásica en todo su esplendor urbano. A Paul Bigot, un arquitecto francés que vivió entre los siglos XIX y XX, los deseos de revivir la Roma imperial le llevaron a dedicar una parte importante de su vida a reproducir la Roma del s. IV en una maqueta (le Plan de Rome) de escala 1:400 realizada en yeso. La donó a la universidad francesa de Caen, en la Baja Normandía, donde puede verse en la actualidad. Unas décadas más tarde otro arquitecto italiano, Italo Gismondi, construyó a mediados del siglo pasado otra maqueta similar (il Plastico di Roma Imperiale) de tamaño mayor (1:250) que se halla en Roma, en el Museo della Civiltà Romana. Somos muchos los que hemos adornado paredes de casa y despachos con pósteres de diversas perspectivas de esta maqueta (pincha aquí si quieres verla). En la página del museo se dice que en su realización se integró la arqueología con los datos de la Forma Vrbis Romae, que es el objeto que quiero presentar.

Entre los años 205 y 208 de nuestra era, siendo emperador Septimio Severo y Lucio Fabio Cilón Praefectus urbis en Roma, se llevó a cabo la factura de un plano de la ciudad de tamaño descomunal (18 x 13 metros aproximte.). Esculpido en 150 placas de mármol fue instalado en la pared de una de las aulas del Templo de la Paz de Vespasiano o de las bibliotecas adjuntas a él. El plano contenía una cuidadosa representación en planta de la Roma de la época en una escala aproximada de 1:240, aunque con pequeñas alteraciones al alza de la escala, que con toda probabilidad no se debieron a errores de medición sino al interés por destacar determinadas estructuras, habida cuenta de la precisión técnica que tenían la arquitectura y la agrimensura de los romanos. Se añadían en él nombres de las zonas y elementos destacados. Al parecer no recogía edificios que ya no existían en aquel momento, pero, si se hubiera conservado intacto, habría solucionado a los arqueólogos muchos desvelos e hipótesis insolubles; y a Bigot y a Gismondi les hubiera evitado inventar muchos metros de maqueta a base de insulae  imaginadas. Está claro que no pretendía ser un plano para que se orientaran los viajeros que llegaran a Roma, sino una muestra de propaganda imperial que mostrara la grandeza de la Urbe, al igual que Bigot y Gismondi quisieron mostrarla en sus maquetas.

Lo malo de esta historia es que de la superficie de la Forma Vrbis Romae tan solo conservamos un 10% aproximadamente. Y lo peor es que este exiguo resto está fragmentado en 1.186 trozos de muy diverso tamaño que fueron hallados casualmente en la trasera de la iglesia de San Cosme y San Damián en 1562. Los despojos de este complejo puzzle los compró la familia Farnese y los regaló en el siglo XVIII a los Museos Capitolinos. Aunque fue estudiada desde el Renacimiento, la Forma Vrbis Romae no se conoció como es debido hasta una publicación de 1960 que realizó una especie de editio princeps de la obra. Desde entonces se han venido añadiendo otras aportaciones, pero es a partir de 1999 cuando la arqueología y la técnica se han unido para estudiarla en un gran proyecto de la Universidad de Stanford en colaboración con la Sovraintendenza ai Beni Culturali del Comune di Roma, el Stanford’s Digital Forma Vrbis Romae Project (visita su página aquí).
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El proyecto es de una abrumadora exhaustividad y pretende hacer un análisis micrométrico en 3D de todas las piezas. Pero no se detiene en la forma de los cortes, fracturas, incisiones del plano y demás. Al lado de estos datos geométricos se añaden muchos otros del estado de las piezas, de oxidaciones, manchas, etc. etc. con el fin de que, mediante un algoritmo informático, se nos resuelva el puzzle dentro del puzzle, es decir, nos junte las piezas que puedan unirse y nos diga de dónde son las que no pueden unirse y las que faltan. Los resultados del proyecto son accesibles para todos nosotros y nos permiten ver en la red para nuevas investigaciones cada uno de los 1.186 fragmentos conservados al lado de su historia, sus problemas de identificación, los hallazgos, las hipótesis, bibliografía y demás.

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El proyecto lo dirige Jennifer Trimble, profesora en el Departamento de Clásicas, y un arquitecto norteamericano, Marc Levoy, doctor en informática, profesor emérito de Standford, que tiene entre otros méritos uno al que yo personalmente estoy sumamente agradecido: haber sido el promotor del proyecto de Street View para Google, ese maravilloso útil que no solo nos deja pasear por París o Nueva York, sino también por las ruinas de Pompeya o las del templo de Angkor en Camboya, por citar un lugar más lejano y exótico.

Agustín Ramos Guerreira

Pompeya y la(s) erupción(es) del Vesubio

Como desgraciadamente nos muestran las noticias del terremoto de Ecuador de los días pasados, la corteza de la tierra se mueve, se pliega, se quiebra o se abre para soltar materiales incandescentes desde su interior provocando catástrofe a los que vivimos sobre ella. Pero no siempre lo hace de la misma forma, porque no siempre es igual el terreno que se rompe, ni la clase de erupción ni los tipos de magma que salen del manto.

Plinio el Joven tenía 18 años cuando vivió la erupción del Vesubio y, en medio de su correspondencia conservada, dos cartas dirigidas a su amigo Tácito, en las que narra el acontecimiento (Epistulae 6,10 y 6, 20), le han hecho especialmente famoso y le han permitido trascender los límites de la filología clásica para entrar en la historia en general y en algunas ciencias como la vulcanología en particular. Su descripción minuciosa de la erupción del 79 d. C. (bajo el reinado de Tito), ponderada de forma especial por la ciencia moderna, ha dado lugar incluso a la denominación de un tipo de explosión volcánica, la erupción pliniana, hoy desgraciadamente muy conocida (Monte Santa Elena [EE.UU.] en 1981, el Chichonal [México] en 1982 o el Pinatubo [Filipinas] en 1992, por recordar las de épocas cercanas).

Para nosotros la erupción que acabó con Pompeya (y con Herculano, Estabia y Oplontis) ha determinado muchos saberes sobre la cultura romana, gracias al estado de conservación en que la ciudad quedó sepultada y que comenzó a ser conocido a partir las excavaciones empezadas allá por el año 1738. Una casualidad hizo que se descubriera el teatro de Herculano y una inscripción dijo a los excavadores dónde estaba Pompeya. Ahí empezaron muchos de los conocimientos que hoy tenemos sobre el mundo romano. El propio Goethe dijo que, de las desgracias acaecidas a este mundo, ninguna había procurado a la posteridad mayor alegría que aquella erupción.

Pero Plinio no fue el único que nos contó el hecho. Tácito (Historiae 1,2) y Suetonio (De Historicis, 80), con menciones muy breves, y Dión Casio, años más tarde de forma más extensa [Ῥωμαϊκὴ ἱστορία 66, 21–23], dieron cuenta de la desgracia. Y tampoco el Vesubio ha escupido fuego y destrucción una sola vez. Años antes de la catástrofe clásica, en el 62 d. C., un terremoto había castigado fuertemente Pompeya (para muchos sismólogos modernos fue un anuncio de lo que se estaba gestando). Séneca lo cuenta en sus Naturales quaestiones (6,1,1–3; 6,1,10; 6,1,12; 6,27,1; 6,31,1) quejándose de que estos fenómenos no pueden evitarse ni preverse. También lo menciona Tácito (Annales, 15,22) y se han hallado en la Pompeya destruida varias reconstrucciones de edificios e inscripciones que las recuerdan. Modernas investigaciones en vulcanología relacionan terremoto y erupción y han puesto de manifiesto que el Vesubio ya había tenido en la edad del bronce, en torno al 1780 a. C., una erupción aún más brutal que la del 79.

Después de la famosa que destruyó Pompeya, están documentados varios terremotos y  erupciones más. La última, incluso filmada, es de 1944. Y se ha descubierto una enorme y ominosa bolsa de magma bajo la zona en la actualidad. Un documental del canal Historia (pincha aquí para verlo) correspondiente a la interesantísima serie geológica Así se hizo la tierra, aunque efectista y apocalíptico en los comentarios, muestra todo lo relacionado con las erupciones del Vesubio y con la realidad que se esconde bajo el volcán.

Parece que Vulcano, el dios romano probablemente correspondiente al Hefesto de los griegos, tiene una importante morada bajo la tierra en el golfo de Nápoles, pero a los que nunca hayáis ido a Pompeya os aconsejo atreveros a la visita. Merece la pena arriesgarse.

CC
Relieve de la casa de Caecilius Iucundus en Pompeya representando un terremoto

IsisInscripción que recuerda al benefactor que pagó la reconstrucción del templo de Isis tras
el terremoto del 62

Para los aficionados: hay cientos de libros y con muy diferentes pretensiones en los que encontrar documentación sobre la catástrofe de Pompeya. Voy a citar solo tres de distinto signo en los que encontraréis abundante información (y mucha bibliografía adicional). Los interesados en las fuentes antiguas de los datos que rodean a la historia de Pompeya encontrarán de enorme utilidad el libro de A. E. Cooley y M. G L. Cooley, Pompeii and Herculaneum. A Sourcebook (Routledge, 2014); para los curiosos de la cultura que la Pompeya sepultada nos permitió descubrir sugiero el de M. Beard, Pompeya. Historia y leyenda de una ciudad romana (Crítica, 2009); y para los admiradores de la belleza de los tesoros artísticos que Pompeya nos legó, la preciosa obra colectiva coordinada por M. Ranieri Panetta Pompeya. Historia, vida y arte de la ciudad sepultada (Galaxia Gutemberg, 2004). Los dados a veleidades científicas (quizá no demasiados entre los lectores de este blog) que quieran distinguir entre erupciones plinianas, estrombolianas, hawaianas, etc., o entre volcanes de escudo, de fisura, de domo de lava, etc. lo pueden encontrar en cualquier manual de vulcanología y sismología o pueden utilizar como punto de partida las entradas correspondientes de la wikipedia (pincha aquí).

¡Ah! Y no dejéis de leer una novela preciosa, Pompeya, de Robert Harris. Defraudará a muy pocos, os lo aseguro.

Agustín Ramos Guerreira

Mirando a Júpiter… con el mecanismo de Anticitera

Nos advierten los astrónomos de que mañana, 8 de marzo, podremos ver Júpiter desde cualquier punto de la tierra sin necesidad siquiera de prismáticos. En torno a la medianoche de estos días se nos ofrece en su punto más alto (mirando aproximadamente hacia el sur) como el objeto celeste más luminoso del cielo. La llamada “oposición de Júpiter” sucede cada trece meses y hoy día cualquier aficionado puede adelantar este fenómeno con los múltiples programas de simulación de los movimientos celestes que uno puede adquirir incluso de forma gratuita en la red. A los antiguos observadores del cielo les habría entusiasmado esta posibilidad. Y lo cierto es que en el mundo clásico hay testimonios numerosos de este intento de combinar la observación y el conocimiento, pero ninguno tan sorprendente, extraordinario y espectacular como el llamado “mecanismo de Anticitera”. Podría decirse sin exagerar que es la primera computadora analógica de la historia, un verdadero programa de simulación celeste.

Cabeza de filósofo
Cabeza de filósofo

Corría la primavera de 1900. Un barco griego de buscadores de esponjas se refugió de una tormenta en una bahía de la isla de Anticitera. A la mañana siguiente un buzo se lanzó al agua y descubrió a la profundidad de algo más de 40 metros los restos de una galera romana (posteriormente se ha supuesto que eran dos los barcos) que contenía un verdadero tesoro arqueológico de esculturas de bronce y mármol, vasijas, monedas, etc. Las piezas fueron rescatadas del agua en los meses que siguieron y estudiadas a partir de ese momento en el Museo Arqueológico Nacional de Atenas. De ese pecio proceden dos de las más hermosas esculturas en bronce de la Antigüedad, el Efebo de Anticitera, datado en torno al 340 a.C., y la cabeza de filósofo (c. 250 a.C.).

Efebo de Antikythera
Efebo de Antikythera

Pero, aunque no tenga tanta fama y atractivo, probablemente la pieza maravillosa del hallazgo era un objeto de tan solo 31x16x8 cms., de aspecto extraño para la época, metido en los restos de una caja de madera, cuyo significado no se empezó a descifrar hasta que en los años ’50 el físico inglés Derek de Solla Price obtuvo permiso para su estudio y 20 años más tarde llegó a la conclusión de que nos hallábamos ante un mecanismo de predicción astronómica. Las numerosas investigaciones realizadas a partir de él han puesto de manifiesto su naturaleza: un mecanismo complejo a base de engranajes (27 conservados), diales, pletinas y bieletas deslizantes que marcaba con magnífica precisión los movimientos del sol, la luna, los eclipses y hasta los juegos griegos. Hay razones de peso para suponer que la parte perdida reproduciría los movimientos de los planetas conocidos: Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno. Se hubiera podido predecir con él la “oposición de Júpiter” del 8 de marzo.

El mecanismo hallado en el pecio
Mecanismo de Antikythera

El naufragio de la galera se ha datado en torno al 60 a.C. y la fabricación del mecanismo entre el 150 y el 100 a.C. Ha tenido diversas atribuciones de autoría y muy recientemente se ha observado que recogía elementos de cálculo celeste que puede que estén más de acuerdo con los descubiertos por los babilonios que con la trigonometría griega. A la escuela de Arquímedes como responsable último y a Hiparco como inventor corresponden los honores más reclamados, pero la propuesta se basa tan solo en los conocimientos que tenemos sobre los trabajos del primero y el hecho de que el segundo era el astrónomo más famoso de la época a la que el mecanismo pertenece. Fundamental para su interpretación y para las atribuciones fue la lectura de sus textos, algo que solo se consiguió por completo en 2006, cuando, gracias a tomografías tridimensionales de rayos X de alta resolución, se duplicaron los aproximadamente mil caracteres que ya se veían y se pudieron interpretar todos con precisión. Se hallan en griego, con elementos dialectales corintios, que los expertos atribuyen mayoritariamente a la colonia de Siracusa.

Textos
Reconstrucción de los textos

Los más interesados pueden encontrar un buen resumen técnico en la entrada de la Wikipedia y la historia de su investigación en documentales como el del canal Odisea en YouTube. Al lado veis una reconstrucción. Hay varias, con variantes interpretativas de las partes perdidas. En 2010 incluso se hizo una réplica del funcionamiento con 1500 piezas de LEGO (si quieres verlo en detalle puedes hacerlo en este video de Youtube).

Reconstrucción de 2007
Reconstrucción de 2007

Naturalmente, los que ven en los objetos adelantados a su tiempo obras de extraterrestres, también han opinado así del mecanismo de Anticitera. Es cierto que no hay nada similar conocido en mecanización mediante engranajes hasta los relojes de Jacopo Dondi o de su hijo Giovanni en la primera mitad del siglo XIV, o el reloj astronómico, ya del XV, de la bella catedral románica de Lund (Suecia). El mecanismo de Anticitera nos hace replantearnos los desarrollos de la técnica en la antigüedad, pero de ahí a imaginar que un extraterrestre en el siglo I a. C. pudiera llegar a la tierra en su OVNI solo con los conocimientos que muestra el mecanismo… Y, bien mirado, si sólo llevásemos catorce siglos de retraso tecnológico con esos extraterrestres sabelotodo, tampoco sería tanto frente a millones y millones de años-luz.

Agustín Ramos Guerreira

Pascal y los ingenieros romanos

Es una idea común distinguir entre conocimiento teórico y práctico y suele dotarse socialmente al primero de un halo de superioridad, considerándolo una especie de conocimiento puro, frente al otro, interesado y de menor valor. El conocimiento teórico se ve como el del niño que pregunta por qué el cielo es azul o el agua transparente. Farrington opinaba que esa distinción surgió en la Grecia colonial de Mileto; él hablaba en un célebre libro de la separación de la mano y la cabeza. Pero el mundo de la mente y el de la mano guardan una relación más compleja y ambos conocimientos se retroalimentan. Wartofsky, por ejemplo, sugería que el análisis del mundo que hicieron los filósofos científicos de Mileto en el siglo VI a. C. probablemente no hubiera sido posible sin el desarrollo del comercio, de las manufacturas o de la ingeniería que tuvieron lugar allí en aquella época. Ha habido revoluciones prácticas derivadas de montajes teóricos, pero también ha habido lo contrario. Hay muchas y muy variadas influencias en el desarrollo de la especulación teórica.

A los romanos, en esa adjudicación simplista de papeles que ha creado la tradición, les tocó el del conocimiento práctico, el del conocimiento de segunda clase. Pero lo cierto es que el conocimiento práctico no es una simple imitación de la realidad, una repetición de esquemas o una constatación irreflexiva.

Un ejemplo. El famoso filósofo, teólogo, matemático, etc. (otro día hablaremos de esta circunstancia en la antigüedad) Blaise Pascal fue el teórico que formuló en la década de los ’40 del siglo XVII el principio que lleva su nombre: “la presión ejercida sobre un fluido no comprimible y en equilibrio dentro de un recipiente de paredes indeformables se transmite con igual intensidad en todas las direcciones y en todos los puntos del fluido”. Una aplicación de ese principio llevó al tímido Pascal a atreverse a una demostración pública de lo que eso suponía y mostró a los que quisieron verlo que con la fuerza de la presión podía con un solo litro de agua reventar un barril (el famoso barril de Pascal).p

Los ingenieros romanos que construyeron la red de agua de Pompeya no nos transmitieron de forma teórica dicho principio, pero algo de cabeza además de mano debieron de emplear para solucionar el problema práctico. La inclinación de la ciudad habría provocado que las tuberías de plomo de la parte más baja reventasen por la presión, como el barril, ya que el castellum aquae desde el que se distribuía el agua que llegaba del acueducto estaba, como es lógico, en la parte alta (también sabían antes que Pascal, aunque no tuviesen recursos para formularlo, cómo funcionaban los vasos comunicantes). Y sin que nadie los tenga por teóricos ni por descubridores idearon las torres de descarga de presión, eso que ahora llaman torres piezométricas o chimeneas de equilibrio, que se siguen empleando en las construcciones hidroeléctricas y en las estaciones de bombeo. Servían para dividir la red en tramos de presión y de paso, en cada torre, solían poner una fuente pública. No sé si Pascal hubiera llegado a donde llegó si no se hubieran reventado las tuberías previamente existentes y se hubieran usado las torres para evitar dichas roturas, pero si Pascal buscó el porqué, hay que reconocer que otros, a juzgar por la solución que dieron, también lo habían descubierto. Eso sí, no llegaron a teorizarlo con formulación matemática, pero tampoco estaba a su alcance en aquella época.

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[Debajo podéis ver la reconstrucción gráfica de su funcionamiento. El agua que llegaba por la tubería se hacía salir a un depósito en la parte alta de la torre, que estaba al aire (con un tejadillo para evitar la suciedad). En ese depósito perdía la presión previa y desde ese punto se iniciaba de nuevo la conducción hasta que la presión generada por la altura obligaba a construir otra. Así el barril de Pascal no reventaba. Al lado tenéis la imagen de una torre piezométrica actual].

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Agustín Ramos Guerreira

Verbos latinos y coches famosos

Prácticamente todo el mundo sabe qué es un Volvo y qué es un Audi. Son vehículos vendidos en todos los continentes y marcas prestigiosas. Lo que no todo el mundo conoce es que sus nombres son dos formas verbales latinas. Quizá si a alguien se le cuenta que volvo es la primera persona de singular del presente de indicativo de un verbo latino y que significa “doy vueltas”, “ruedo”, podría fácilmente entender por qué sus fundadores suecos, siguiendo la tradición común en los años ’20 del siglo pasado de entender el latín como lengua de prestigio, adoptaron tal nombre parlante para un coche y escogieron como símbolo el signo que la alquimia (también escrita en latín) había utilizado para el hierro con que se fabricaba (el símbolo astronómico de Marte que se usa habitualmente para el masculino).
volvo

Lo que quizá parezca menos natural sea imaginar cómo la forma del singular del presente de imperativo del verbo latino audio pudo llegar a ser el nombre de un automóvil. Audi significa en latín “oye”, “escucha”, y los avatares por los que llegó a la automoción son más complejos que la simple imaginación de alguien que busca una marca para su producto. Son fruto de la educación latina y un conflicto de patentes.

August Horch (1868-1951) fue uno de los pioneros de la fabricación de automóviles y portador del apellido que dio nombre a piezas tan hermosas como el Horch 8-780 de 1932 o el 853 de 1938. Pero los coches que llevaron su nombre no fueron siempre fabricados en empresas bajo su control. Fundó en 1899 una compañía en Colonia (A. Horch & Cie Motorwagen-Werke) que puso en 1901 su primer coche en el mercado. Pero las desavenencias que se produjeron en el seno de la empresa entre Horch y sus directivos le impulsaron a establecerse por su cuenta y crear una nueva empresa. Cuando quiso registrarla a su nombre, tuvo que plantear un litigio con sus antiguos socios, dueños de la empresa original y de la patente de la marca. Y lo perdió. Es decir, debía emplear un nombre nuevo para su empresa. Un hijo suyo, que a la sazón estudiaba latín, una materia que formaba parte sustancial de los estudios de bachillerato en la Alemania de entonces, le sugirió la solución. El apellido Horch coincide con la forma de imperativo del verbo alemán horchen, que significa “escuchar”. Su hijo le propuso que registrase su empresa con la traducción al latín de su apellido alemán. Había nacido AUDI (1909). Posteriormente, en 1932, Audi, Wanderer, DKW y la original Horch se unieron para crear una nueva compañía cuyo símbolo fue la unión de cuatro aros, uno por cada empresa, emblema que representa a la marca en la actualidad.
audi

Y una curiosidad lingüística a propósito de audio y horchen, o del latín y el alemán. En latín el concepto de ‘obedecer’ se creó a partir del de ‘escuchar’. Oboedio (‘obedecer’) proviene de ob-audio, valiéndose de la derivación semántica de que obedecer es “prestar atención a alguien (secundándolo)”. Al igual que el latín, otras lenguas indoeuropeas antiguas, como el griego, el gótico o el eslavo antiguo, hicieron la misma derivación. Pues bien, en alemán gehorchen significa “obedecer”.

Agustín Ramos Guerreira