Dioses y diosas orbitando Saturno

Los horóscopos babilonios del siglo V a. C. ya marcaban las apariciones de Saturno, ese planeta con nombre de un dios romano, quizá de procedencia etrusca, que se identificaba con el griego Cronos. En el mundo clásico Saturno era un astro familiar: la “estrella” de Saturno a la que llaman los griegos Φαίνων, según Cicerón, (“ea quae Saturni stella dicitur Φαίνωνque a Graecis nominatur“, [nat deor. 2, 52]) y de la que también hablan Virgilio, Propercio, Horacio o Plinio. Dicho de otro modo, el planeta Saturno era perfectamente conocido, a veces no como planeta, pero de cualquier manera un astro con entidad propia.

Ahora, en 2018, lo conocemos un poco mejor. El número de enero de la revista National Geographic dedica un artículo a los descubrimientos de la misión espacial Cassini-Huygens, cuya nave, tras viajar durante 20 años, 15 de ellos observando el sistema de Saturno, ha sido destruida voluntariamente al término de la misión haciéndola desintegrarse contra la atmósfera de ese planeta. Se trataba de evitar cualquier posibilidad de contaminación biológica en caso de que, al terminarse su combustible, chocase con alguna de sus lunas. Y es que en alguna de ellas, como en Encélado o Hiperión, se investiga la posibilidad de hallar bases de una vida primigenia. La sonda partió de la tierra el 15 de octubre de 1997 y ha sido destruida el 15 de septiembre de 2017.

Si uno lee guías del sistema solar o libros de astronomía de hace unos años, se encontrará con el dato de que Saturno tiene 18 satélites, algunos de ellos conocidos a través de la información enviada por las sondas Voyager I y II en 1980 y 1981, porque antes de la exploración espacial solo se conocían 9. Pero ahora los datos han cambiado y Cassini-Huygens nos ha puesto delante nada menos que 62 lunas con órbitas seguras; y sabemos que son más de 30 sus anillos, esos que vio por primera vez Galileo.

Pero lo que yo quería contar trata de nombres, los que tienen esos 62 satélites. Algunos de entre ellos tienen todavía solo una denominación técnica (como S/2004 S13 ó S/2009 S1), pero los demás han recibido ya un bautismo más bello. Los hay con nombres de la mitología gala (como Tavros y Erriapo), de la irlandesa (como Bebhionn), de la mitología inuit (como Kiviuq y Paaliaq), y hay muchos que pertenecen a la nórdica (como Fornjot, Loge o Ymir). Pero los nombres más abundantes, 24, corresponden a la mitología grecolatina.

Fueron dos admirables astrónomos (de ahí el nombre de la misión), el holandés Huygens (1629-1695) y el italiano nacionalizado francés Cassini (1625-1712), sucesor de Galileo como profesor en Bolonia, los primeros en descubrir lunas en Saturno y los primeros en ponerles nombre de titanes y titánides. Esa tradición la siguió otro eminente astrónomo, el germano-británico William Herschel (1738-1822), descubridor no solo de Mimas y Encélado, dos lunas de Saturno, sino también del planeta Urano, desconocido hasta entonces, cuando el sol solo tenía seis planetas. Desde 1973, la denominación de los objetos celestes corresponde a la Unión Astronómica Internacional (IAU) y al parecer, añadiendo otras mitologías, se ha seguido la tradición.

Aquí os dejo la lista de las lunas de Saturno con nombres de la mitología grecolatina ordenadas según el año de su descubrimiento, para que cada cual indague sobre la historia de los personajes en los diccionarios de mitología, en la Wikipedia, o en el Pauly-Wisowa, si se atreve:

Titán (1655), Jápeto (1671), Rea (1684), Tetis (1684), Dione (1684), Encélado (1789), Mimas (1789), Hiperión (1848), Febe (1898), Jano (1966), Atlas (1980), Helena (1980), Prometeo (1980), Pandora (1980), Epimeteo (1980), Calipso (1980), Telesto (1980), Pan (1990), Metone (2004), Palene (2004), Pollux (2004), Dafne (2005), Anthe (2007), Egeón (2008).

(Podéis ver aquí [https://es.wikipedia.org/wiki/Sat%C3%A9lites_de_Saturno] fotos de los satélites de Saturno [algunos de formas inesperadas] y de sus datos astronómicos)

Agustín Ramos Guerreira

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“Cuando la justicia te llama, hay que acudir, argumentar y defenderse”

Publica hoy El País en su versión electrónica, a propósito de la denuncia de la Fiscalía General del Estado ante el Tribunal Supremo contra los miembros de la Mesa del Parlament, las palabras de uno de dichos miembros, Joan Josep Nuet, coordinador general de Esquerra Unida i Alternativa, el grupo catalán correspondiente a Izquierda Unida, y diputado de Catalunya Sí que es Pot. Nuet atribuye a la acusación irregularidades en su caso particular y anuncia su decisión de acudir al tribunal a defenderse.

No es este el lugar para analizar esta clase de cuestiones que a todos nos ocupan e inquietan esta temporada. Traigo aquí la noticia porque las palabras textuales del Sr. Nuet que el periodista utiliza como titular (no sé si usadas consciente o inconscientemente por parte del diputado) no son un simple principio del derecho consuetudinario o una máxima útil, sino exactamente las mismas que figuran como deber en la primera norma de la primera tabla de las Leyes de las Doce Tablas:

SI IN IVS VOCAT, ITO (“Cuando la justicia te llama, hay que acudir”)

De la noticia no se extrae con precisión si el diputado presenta la idea como la conveniencia de valerse de un derecho o la obligación de cumplir una ley. Puede que ambas cosas. No sería malo que los ciudadanos pensásemos que detrás de las obligaciones de las leyes se hallan los derechos que nos amparan, para que no viésemos la convivencia solo desde la perspectiva de la reclamación de nuestros derechos, sin prestar atención a nuestros deberes.

Sin entrar a considerar los problemas que se han debatido tradicionalmente en el mundo de los historiadores y de los juristas sobre la antigüedad o el origen de las leyes de las Doce Tablas, recuerdo aquí el valor que los historiadores romanos dieron a esta promulgación como la feliz consecuencia social y cultural del enfrentamiento entre patricios y plebeyos en el seno de la sociedad romana. En el año 462 a. C. el tribuno de la plebe Gayo Terentilio Harsa propuso la creación de una comisión para la redacción de un código legal (Liv. III, 9) que defendiese a los plebeyos ante la aplicación arbitraria de la ley por parte de los magistrados, facilitada por la inexistencia de un código escrito. Esta propuesta tuvo una larga andadura que no podemos detallar aquí. Pero tras la visita a Grecia o la Magna Grecia (455 a. C.) de una comisión para recabar información sobre estos detalles y conocer sobre todo las leyes de Solón, en el 451 se crearon unos decemviri legibus scribendis a los que se otorgaron poderes consulares y a los que se encargó dicha redacción. Redactaron unas leyes en Diez Tablas que otro decenvirato posterior de patricios y plebeyos completaría con la promulgación en 449 a. C. de las Leyes de las Doce Tablas. Los avatares políticos para llegar a ello fueron complejos, según la redacción de Tito Livio, incluida una revuelta popular que acabó con su poder y restableció la república ante lo que se estaba convirtiendo en un poder personal. Así que os aconsejo la lectura del libro III de Ab Vrbe Condita.

Las Leyes, que se expusieron en el foro, primero en madera y después en bronce, desaparecieron físicamente quizá en la invasión gala del año 390 a. C. Ahora las conservamos de forma fragmentaria a partir de las numerosas citas de otros autores. De esta en concreto podéis encontrar su redacción o algunos comentarios en Cicerón (De Legibus 2, 9), en Gelio. (Noctes Atticae 20, 1), o en Pomponio Porfirio (Commentum in Horati Sermones, 1, 9, 76).

Nada más. Ahí queda el texto para que el derecho romano pueda ser hoy, como siempre, inspiración y objeto de debate con total actualidad. El texto completo de la ley es:

SI IN IVS VOCAT, ITO. NI IT, ANTESTAMINO: IGITVR EM CAPITO.

Más o menos: “Si alguien es llamado a juicio, que acuda. Si no va, que se deje testimonio de ello y, en consecuencia, que se le capture”.

Agustín Ramos Guerreira

 

Π: entre la cuadratura del círculo y el infinito

Hoy es el Día de π (Pi-Day), una invención creada por el estadounidense Larry Shaw, cuya elección, como es lógico, se basa en la fecha del 14 de marzo (3/14, en la notación habitual de los sajones). La efeméride cuenta cada vez con mayor aceptación y se celebra ya en muchas universidades y en muchos museos de ciencia del mundo, dado que además coincide con la fecha del nacimiento de Albert Eistein (14 de marzo de 1879).

Para nosotros π es esa letra griega que, antes de estudiar griego, nos encontrábamos de niños en la fórmula de la longitud de la circunferencia (2πr) o del área del círculo (πr2), pero que para un matemático o un físico está, por ejemplo, en la fórmula de la 3ª ley de Kepler y a la vez en el principio de indeterminación de Heisenberg; y así mismo en otra multitud de fórmulas físicas y matemáticas que tienen que ver con esferas, cilindros, elipsoides, funciones extrañas y muchas cosas que para nosotros son solo nombres, pero que rigen el funcionamiento del ordenador con el que escribo esto o del teléfono móvil que manejamos todos los días (una famosa fórmula que contiene π, propuesta en 1910 por Ramanujan, ese matemático cuya vida reproducía la reciente película de Matt Brown El hombre que conocía el infinito, rige, con un desarrollo ulterior, los cálculos simples de los ordenadores de la actualidad).

Π está lleno de secretos. Un día hablábamos de Platón, de sus trucos matemáticos en el Menón, y mencionábamos una característica que comparte π, la de ser un número irracional, un número de decimales infinitos cuya secuencia no se repite periódicamente.

Pero si traigo hoy π aquí no es porque represente la relación constante entre la longitud de la circunferencia y su diámetro, sino porque en su búsqueda los matemáticos griegos y los que vinieron después gastaron montones de energías con el fin de descubrir la cuadratura del círculo, es decir, la construcción de una superficie cuadrada que tuviera la misma extensión que otra circular. Pretendían encontrar un procedimiento puro, muy del gusto de la filosofía platónica, de construir ese cuadrado equivalente a un círculo usando la regla y el compás. Lo intentaron también en la Antigüedad los matemáticos egipcios, los babilonios, los indios, los chinos… y se ha seguido estudiando hasta nuestros días para llegar a comprender su imposibilidad.

En ese recorrido hay alguien con nombre propio, Arquímedes, un genio siracusano que vivió en el s. III a. C. Aunque con bastantes oscuridades, conocemos datos de su vida. Polibio, Plutarco, e incluso Cicerón y Tito Livio dan información y detalles sobre sus estudios y su persona, pero una fuente sustancial es el comentario que sobre su obra hizo Eutocio en el siglo VI. Arquímedes trató estos temas en sus obras De sphaera et cylindro y Dimensio circuli (los títulos fueron dados en latín a posteriori). En las proposiciones 2 y 3 de su Dimensio circuli logró la mejor aproximación al número π conseguida hasta su época siguiendo un método complejo, que no podemos reproducir aquí, basado en calcular el área de un polígono con muchos lados (en su caso hasta 96) inscrito en una circunferencia. Situó π entre 3,140845 y 3,142857, una horquilla cuya precisión no fue superada hasta Ptolomeo, que siguió el mismo procedimiento (en su caso con un polígono de 120 lados). Es muy larga la lista de matemáticos famosos que siguieron abordando el problema. Nombres tan conocidos como Fibonacci, Al-Khwarizmi, Leibniz, Newton o Euler están junto a otros muchos en esa nómina.

Pero al principio ese número buscado de imposible precisión no se llamaba así. El primero en utilizar el nombre de  fue William Oughtred (1574-1660) y lo hicieron después Isaac Barrow (1630-1677) y David Gregory (1659-1708), pero fue el matemático galés William Jones (1675-1749) el que consagró definitivamente ese nombre para la constante en su Synopsis Palmariorum Matheseos, or a new introduction to the mathematics. Π corresponde a la inicial de περιφέρεια, el nombre griego de la circunferencia (también se usa para ‘curva’).

Y ahora una curiosidad de esas que hoy nos ofrece la red. Si alguien está interesado en conocer en qué lugar de la cadena de decimales de π está una secuencia de números, por ejemplo, su fecha de nacimiento, no tiene más que acudir a The Pi-Search Page (pincha aquí) y ver si se encuentra esa secuencia entre los 200 millones de primeros dígitos decimales de π. Si alguien, por ejemplo Eistein, ha nacido tal día como hoy en 1879, e introduce “14031879” obtendrá esta respuesta: “The string 14031879 occurs at position 74434701. This string occurs 2 times in the first 200M digits of Pi counting from the first digit after the decimal point. The 3. is not counted”. La página no encuentra cualquier secuencia si no está en esos “primeros” decimales. Por ejemplo, no encuentra 0123456789, pero ya se sabe que esa secuencia se halla en el decimal 17.387.594.880 de π, al que no llega la página.

¿Os acordáis de La biblioteca de Babel de Borges? Eso parece π en números, en vez de en letras. Sus decimales parecen seguir creciendo y creciendo sin límite hasta llenar todos los cubículos y todas las posibilidades de la biblioteca… y de todas las bibliotecas del universo.

Pero todavía no lo sabemos. Me dice una matemática muy conocida mía que parece que π, con lo que sabemos hasta ahora, es lo que se llama en matemáticas un “número normal” (pincha aquí para ver su definición, con una tabla al respecto sobre π) y, como consecuencia, que toda combinación finita de números debe, por tanto, aparecer al menos una vez en su desarrollo. Sin embargo, la “normalidad” de π es algo que no se ha demostrado, como tampoco esa condición. La intuición y los datos que se tienen hasta ahora dicen que sí, que toda combinación está. Pero al no estar demostrado, a lo mejor existe una combinación finita (¡pero no necesariamente pequeña!) que no aparece nunca, por lejos que vayas… Y sigue el misterio.

[Los interesados pueden encontrar todo esto y mucho más sobre π en muchos libros. Mi fuente principal ha sido el libro de Joaquín Navarro (2011) Los secretos del número π. ¿Por qué es imposible la cuadratura del círculo?, RBA. También puede ser de vuestro interés: S. Cuomo (2001), Ancient Mathematics, Rouletge; y L. Hodgkin (2005), A History of Mathematics. From Mesopotamia to Modernity, Oxford. Y, por supuesto, las obras de Arquímedes, de las que hay muchas y variadas traducciones, también al español].

Agustín Ramos Guerreira

La imagen que encabeza la entrada ha sido tomada en el Edificio de Matemáticas de la Universidad de Salamanca. Agradecemos a Ibor Blázquez la fotografía.


				

Nicola Gardini y el latín

Nicola Gardini (1965) enseña Literatura Italiana y comparada en la Universidad de Oxford. Es autor de la gramática Alpha Test Latino. Con la novela Le parole perdute di Amelia Lynd ganó el premio Viareggio-Rèpaci 2012. Su última recopilación de poesía es Tradurre è un bacio. Ha editado a escritores clásicos y modernos, entre ellos Catulo, Marco Aurelio, Ted Hughes, Emily Dickinson.

En fechas recientes hemos recogido el eco de su libro Viva il latino, storie e bellezza di una lingua inutile (puedes leerlo aquí), aún no traducido en España. Hoy os ofrecemos el comienzo:

¿Cómo nace el amor a una lengua? ¿Al latín, digamos?

Yo me apasioné por el latín desde niño. No sé exactamente por qué. Si intento entenderlo, termino por encontrar en el mejor de los casos algún recuerdo que no coincide necesariamente con una causa. Difícil explicar un instinto, una vocación. A lo sumo, se puede contar una historia.

El latín me ayudó a salir de la familia, a encontrar el camino de la poesía y de la escritura literaria, a avanzar en los estudios, a enamorarme de la traducción, a dar a mis variados intereses una dirección común y, por último, también a ganarme la vida. He enseñado latín en la New School de New York, en el instituto Verri de Lodi y en el instituto Manzoni, y aún hoy, en Oxford, donde enseño literatura del Renacimiento, lo practico diariamente, porque no es imaginable el Renacimiento sin latín. De joven encontré en él un amuleto y un escudo mágico, un poco como Julien Sorel, el protagonista de Rojo y negro. En las casas de los amigos ricos en realidad no desentonaba porque se sabía que era bueno en latín. Cuando recién graduado en letras clásicas comencé el doctorado en literatura comparada en la New York University, lo que más apreciaron de mí los profesores fue el conocimiento del latín. Solo entonces, en aquel mundo americano, donde presentarse uno mismo tenía más valor que decir el nombre de los propios padres, entendí de verdad qué afortunado era. Gracias al latín no he estado solo. Mi vida se ha prolongado siglos y ha abrazado más continentes. Si he hecho algo bueno por los demás, lo he hecho gracias al latín. Lo bueno que me he dado a mí mismo, sin duda lo he sacado del latín.

El estudio del latín me acostumbró enseguida a imaginar también mi lengua a través de sílabas y sonidos discretos. Me enseño la importancia de la música verbal; en consecuencia, el alma misma de la poesía. Las palabras que había usado siempre comenzaron en cierto momento a descomponérseme en la cabeza y a arremolinarse, como pétalos en el aire. Gracias al latín una palabra italiana valía por lo menos el doble. Bajo el jardín de la lengua cotidiana estaba la alfombra de las raíces antiguas. Descubrir –recuerdo bien aquella mañana de octubre de cuarto de secundaria– que “giorno” e “dì”  están emparentadas, aunque a primera vista no lo parezca; que la primera viene de diurnus, que es el adjetivo de dies (la palabra latina para ‘día’) y que la segunda viene de ese dies, y que “diurno” por tanto es etimológicamente lo mismo que “giorno”, equivalió al descubrimiento de una puerta secreta, fue como pasar a través de las paredes… Y, llegado desde otro lado, veía que también “oggi” (‘hoy’) tiene que ver con “giorno” y “diurno”, o sea, con dies: de hecho viene de hodie, que está formado por “ho–” (del demostrativo hic, “este”) y “–die” (literalmente “en este día”). E igualmente “meriggio” (de meridies) y “quotidiano” (de quotidie). Y así, quizá, el nombre del mismo padre de los dioses, Iuppiter, o sea, Diespiter, atestiguado por ejemplo en Horacio, Odas I, 34, 5: el padre del día –donde entre otras cosas, Dies parecería el equivalente del griego “Zeus”. Aquella pequeña raíz “di–”, una vez reconocida, permitía recordar lo cotidiano (precisamente) y la mitología, el presente y la antigüedad mas arcaica y sagrada. (No, desgraciadamente el inglés “day” no está emparentado. He ahí un instructivo caso de semejanza engañosa. Por cierto, en inglés “Fred” no significa “freddo” (‘frío’) y “cold” no significa “caldo” (‘caliente’)). Esta multiplicación de los sentidos, si de un lado requería precisión y profundidad histórica y fe en el significado más guardado, en el poder de la etimología, del otro me acostumbraba al matiz malicioso, al esplendor figurativo, y por tanto, también a la ambigüedad, a la evanescencia, al halo, a decir dos o incluso tres cosas a la vez. Ahí está el ideal al que estaba entonces confusamente dando forma entre los bancos del instituto: escribir en una lengua totalmente transparente, pero “abisal”.

El latín, cuando era niño, me atraía porque era antiguo y la antigüedad me gustaba de siempre; o para ser más preciso, me daban un placer absolutamente especial, una verdadera y auténtica aceleración del latido cardiaco, ciertas imágenes de la antigüedad, como las pirámides, las columnas de los templos griegos o las momias del museo egipcio de Turín, donde había estado en una excursión escolar. Recuerdo también que mi libro escolar de tercero de primaria hablaba de domus, la casa patricia, y de insulae, las casas de la gente de la calle. Yo y mi familia, descubrí, habitábamos en una insula.

La traducción del texto es de Agustín Ramos.

 

Seguimos a vueltas con el latín como lengua oficial de la Unión Europea

El viernes pasado  Agustín Ramos publicaba una entrada comentando el artículo de El País escrito por Rubén Amón sobre la propuesta para utilizar el latín como lengua oficial de la Unión Europea (léelo aquí). Pues se ve que en el peródico siguen dando vueltas al asunto. Ayer pudimos leer un breve apunte de Jorge Marirrodriga titulado “¿Por qué la XL tiene que ser más grande que la L?” (Podéis leerlo pinchando en el título)

Aprovechamos esta breve entrada para anunciaros que en breve os ofreceremos algún pasaje del famoso libro de Nicola Gardini, Viva il latino. Storia e bellezza di una lingua inutile, que tanto éxito está cosechando.

Susana González Marín

¿El latín lengua oficial de la UE?

Ayer en la sección de “Ideas” de El País (pincha aquí para leerlo), Rubén Amón se hace eco del éxito que ha provocado en Italia la publicación de un libro de Nicola Gardini reivindicando el latín como una seña de identificación de nuestra cultura (Viva il latino, storie e bellezza di una lingua inutile). La directora del blog ha recibido el enlace por varias vías, se diría que con el ánimo de que también nosotros nos hiciéramos eco, y me ha pedido que haga una nota al respecto. Este tipo de iniciativas, como el relativamente reciente libro de W. Stroh (2007: Latein is tot, es lebe Latein; trad. española en Ed. Subsuelo: 2012: El latín ha muerto, ¡viva el latín!) deben ser bienvenidas en nuestro mundo por un sinfín de razones que a los lectores de este blog seguro que no es necesario explicar. Confieso de antemano que no he leído el libro (acabo de pedirlo al leer la noticia), por lo que mi comentario sale al hilo de lo que recoge la reseña del periódico. No seré yo quien se oponga a movimientos entusiastas de los que (no de forma clara) parece proponer el articulista, pero de ahí a aceptar, como dice el titular secundario, que tal éxito “demuestra que el idioma fundacional de la cultura europea goza de buena salud y podría resucitar como argumento identitario para un continente en horas bajas” hay un trecho. No es el lugar para tratar un tema tan complejo, pero me gustaría precisar algunos puntos.

No estoy de acuerdo en que el latín esté mucho más cerca de nosotros de lo que parece. Tener incorporadas en nuestra lengua unas cuantas expresiones, por lo general mal escritas y no siempre bien usadas, no dice nada de nuestro conocimiento del latín (por cierto, Sr. Amón, no corrija lo mal que lo escriben los demás mientras escribe ex profeso y no ex professo), como no lo dice de nuestro conocimiento del inglés el uso de otras parecidas (aún con más frecuencia en la lengua de Gardini). Mucho menos aún comparto eso de que “el latín también representa un vehículo de comunicación extraordinario en el ámbito del derecho, la medicina, la filosofía, la liturgia religiosa, el ejército, la ingeniería, la arquitectura y el lenguaje cotidiano”. Huellas grandes o pequeñas en el léxico, más o menos evidentes, hablan de la transcendencia de la cultura y de la historia latina de algunas de esas disciplinas; eso no es la lengua, hija del latín pero un poquito más crecida. Conozco a bastantes profesionales de esas especialidades y la mayoría no sabe nada de latín, llegando incluso a desconocer que alguna de esas palabras que usan pertenece a esa lengua.

Entiendo y comparto la paradoja de que la UE tenga como lengua de funcionamiento la perteneciente a un país que no va a estar en la UE, pero que esa situación se solucione convirtiendo al latín en la lengua de Europa es una falacia imaginativa carente de sentido. Seamos serios. Para empezar, sería más fácil (a muchos niveles distintos) hacer lengua oficial el alemán (solo entre alemanes y austriacos habría más de 90 millones de ciudadanos que no tendrían que aprenderlo), el francés (Francia, Luxemburgo, la Valonia belga lo hablan ya), el italiano (también más de 60 millones) o, aunque se me tache de chovinista, el español. Por otro lado, de cara a las relaciones internacionales, frente al español o el francés, que tienen cientos de millones de hablantes en el mundo, el latín… Tampoco pierdo de vista que la UE la conforman países de habla germana, eslava, o incluso de lenguas no indoeuropeas, como Finlandia y Hungría.

Pero es que además soy muy consciente de que este tipo de ideas responden a otros fenómenos sociales y hay que recordar que las lenguas tienen políticamente una muy fuerte relación con los nacionalismos. Esta noticia y sus referencias al Brexit y a Trump son una prueba de ello. Hay que recordar a Rubén Amón que las lenguas se relacionan con las comunidades y que lo que se llamó desde principios del siglo pasado con un término alemán, Sprachgemeinschaft (“comunidad lingüística”), en el caso del latín en la Edad Media y en el comienzo de la Edad Moderna estuvo formado por solo algunas comunidades: la Iglesia, la “República de las Letras”, abogados y notarios, la diplomacia y el comercio. El nacimiento de los estados modernos hizo cambiar por rechazo algunas dependencias (la de la Iglesia, por ejemplo) y extenderse el acceso a la escritura a otros sectores de la población.

Los estados se definen hoy en términos cívicos y étnicos. Desde la perspectiva cívica es el estado el que genera la idea de nación. En algunos lo étnico no tiene un peso excesivo (EEUU o Francia, por ejemplo) y en otros lo tiene más (Italia o Francia o España). Pero en ellos desempeña un papel esencial el concepto de lengua. La lengua, aunque no se explicite, es entendida popularmente en términos de lengua escrita. La escritura visualiza la lengua, aunque sea un fenómeno oral, y sirve para extender las ideas más allá del tú a tú, con lo que se constituye en el instrumento principal para la creación de la cohesión nacional. No es preciso insistir demasiado en esto viviendo en nuestro país hoy. Algunos profesores de literatura latina de nuestra casa han trabajado mucho por analizar la relación entre los conceptos de nación y literatura y con ello sobre el surgimiento de las historias de la literatura, también de la latina y de la griega. Pues bien, ¿qué concepto de estado o, en su caso, de nación propondrá la adopción de una lengua artificial (el latín en su estado antiguo ya no es una lengua natural) como instrumento de cohesión de la UE? Y no entro a valorar (sería demasiado largo) cómo vamos a explicar con la lengua de Séneca, defendida como modelo en el artículo, la gravitación cuántica, la biotecnología o incluso las categorías actuales de la ciencia literaria o lingüística.

De los nombres que Amón cita para ensalzar el latín resulta oportuno recordar que ni Milton escribió en latín su Paraíso perdido (sí otras cosas), ni Petrarca sus Sonetos (lo mismo), ni Ariosto su Orlando furioso, ni Borges su obra conjunta. Pero sí que sabían y habían estudiado latín. Reivindiquemos que el estudio del latín, de la cultura que nos transmitió esa lengua, de las ideas que sirvieron para crear la Europa que conocemos y de la riqueza que siguen aportando en las lecturas que hoy hacemos de ellas, sea una tarea primordial del concepto de educación en nuestra sociedad; pero pedir que el latín se convierta en la lengua de la comunidad europea no solo es algo que me resulta prácticamente absurdo, sino que además encuentro dudoso que esas propuestas sean las que más favorezcan nuestros estudios. Siempre a mi juicio, pueden ser el pie para el comentario anecdótico o la forma de hacer llamativo el problema, pero no van al núcleo de él, que es la necesidad que tenemos de hacer ver a nuestros gobernantes no que Europa necesita el latín para hablar en Bruselas, en Estrasburgo o en las relaciones internacionales, sino que necesita el estudio de su lengua y su cultura en las escuelas como fuente básica de una forma de entender el mundo de la que no debemos ni queremos prescindir, porque está en la base histórica de nuestra sociedad y ha dado excelentes frutos individuales y colectivos.

Agustín Ramos Guerreira

 

La estrella de Belén. De textos antiguos, Reyes Magos y una especie de GPS avant la lettre.

Ya pasaron los Reyes Magos… pero, tranquilos, volverán. Los nacimientos, o belenes, o como los queráis llamar, tienen figuras imprescindibles, como los pastores y los Reyes Magos. Si seguimos los evangelios canónicos, los pastores están solo por culpa de San Lucas; los Magos, en cambio, son cosa de San Mateo. Su texto es el único “oficial” que da cuenta de un acontecimiento que ha tenido una tradición copiosísima en la iconografía cristiana y ha dado lugar en algunas tierras como la nuestra a ritos muy queridos. De todos modos, la tradición se alimentó también –y mucho– de los evangelios apócrifos y los Magos están presentes en el protoevangelio de Santiago (original griego), en el evangelio del pseudo Mateo (en el que vienen cuando el niño tiene ya dos años [en latín]), en el Liber de infantia Salvatoris (latino, mucho más tardío), en el evangelio árabe de la infancia (no diré en qué lengua está) y en el evangelio armenio de la infancia (tampoco); incluso son recordados en las Actas de Pilato (la primera parte de un texto griego también conocido como el evangelio de Nicodemo).

A veces los μάγοι o magi, concepto que tanto en griego como en latín puede referirse a astrólogos (augures se les llama en alguno de los casos), son también reyes, como en el evangelio armenio, por el que conocemos sus famosos nombres y en el que resulta que son hermanos.

Pues bien, en algunos de estos textos (no en todos) juega un papel esencial una pieza que tampoco falta en los belenes, la estrella, esa especie de GPS que el cielo instaló para conducir a aquellos señores. No en todas estas fuentes está presente ni, cuando lo está, se nos describe igual.

En el evangelio del pseudo Mateo, por ejemplo (en el que, por cierto, también aparecen la mula y el buey) se habla de dos estrellas, una de brillo nunca visto que iluminaba día y noche la gruta del Nacimiento (sed et stella ingens a vespere usque ad matutinum splendebat super speluncam, cuius magnitudo nunquam visa fuerat ab origine mundi) y otra que trajo a los Magos a adorar a Jesús dos años después. Y en el evangelio árabe la estrella finalmente se transforma en un ángel que –se dice allí– tenía la misma forma que la estrella (?)

Pero las discusiones serias siempre se han centrado sobre el relato del evangelio canónico, el de Mateo, dado que es el único que desde el cristianismo oficial ha requerido explicación.

El texto del evangelio de Mateo, en versión griega original y en la traducción de San
Jerónimo al latín, dice lo siguiente:… ἰδοὺ μάγοι ἀπὸ ἀνατολῶν παρεγένοντο εἰς Ἱεροσόλυμα λέγοντες, Ποῦ ἐστιν ὁ τεχθεὶς βασιλεὺς τῶν Ἰουδαίων; εἴδομεν γὰρ αὐτοῦ τὸν ἀστέρα ἐν τῇ ἀνατολῇ καὶ ἤλθομεν προσκυνῆσαι αὐτῷ. (… ecce magi ab oriente venerunt Hierosolymam dicentes: ubi est qui natus est rex Iudaeorum? vidimus enim stellam eius in oriente et venimus adorare eum. [Matth 2, 1-2]) El texto es de todos conocido y, para que ningún exégeta se me enfade, no hago una traducción. Todos sabéis que un poco más adelante, cuando los reyes dejan a Herodes, la estrella les precede y se detiene en el lugar en el que estaba el niño recién nacido. Cualquier astrónomo diría que no existe ningún astro de ningún tipo que muestre ese comportamiento.

En un libro publicado hace un par de años por P. Barthel y G. van Kooten en la editorial
Brill (The Star of Bethlehem and the Magi. Interdisciplinary Perspectives from Experts on the Ancient Near East, the Greco-Roman World, and Modern Astronomy), secuela de un congreso al efecto celebrado en la Universidad de Groningen, se recogen una veintena de trabajos con los datos más recientes de la investigación sobre el tema con perspectivas muy diversas, desde las astronómicas hasta las filológicas, históricas o de historia de las religiones. Allí podéis conocer toda la discusión y la bibliografía –abundante– que la estrella de Belén ha hecho surgir.

Las explicaciones al fenómeno de la estrella pueden ceñirse a tres grupos.

El primero lo constituyen los que la consideran un milagro. Algunos padres de la iglesia canonizados (Basilio de Cesarea, Diodoro de Tarso, su alumno Juan Crisóstomo o Gregorio Nacianceno) y otros que no lo fueron (como Tertuliano) solucionaron las dudas aludiendo a que no se trataba de una estrella, sino un signo del poder divino en forma de estrella para anunciar el Nacimiento. Nunca quisieron que se relacionara el hecho con la astrología, contra la que arremetieron porque creía en hados y predestinaciones. Gregorio de Nacianzo, por ejemplo, hizo que los Magos, astrólogos en realidad, se convirtieran después de ver a Jesús y abandonaran sus estudios. Este tipo de explicación requiere poco comentario. O lo crees o no.

Otra clase de visión de la estrella es la que supone que no existió. Pero no es que se entienda como un invento del evangelista sin más, sino que se trata de lo que se conoce en la tradición exegética judía como un midrash, una explicación que relaciona el Nuevo Testamento con las profecías del Antiguo. Tales interpretaciones proponen que lo que el evangelista hizo fue introducir un marco en el que se entendiera que se trataba de un acontecimiento especial: el relato debía mostrar que el nacido era el Mesías. No hay que olvidar que el autor del evangelio de Mateo fue, según lo que se conoce, un judío helenizado que lo escribió ya lejos de los acontecimientos que narra (en torno al año 80-90 d. C.) y que lo hizo para judíos cristianos de habla griega (probablemente de Antioquía) impactados por la destrucción del templo de Jerusalén llevada a cabo por los romanos en el año 70 y asombrados, como dice D. W. Hughes, por la visita a Nerón del rey Trídates I y su séquito de sabios el año 66, el mismo año en que vieron pasar el cometa Halley.

La tercera explicación es la que da el hecho por real y trata de identificarlo con algún suceso celeste. Esto ya es terreno de la astronomía y comenzó con el propio Kepler en 1614. Los candidatos más comunes a ser la estrella de Belén son cometas, supernovas o confluencias planetarias. De los primeros habría que determinar cuál, con la dificultad añadida de que los cometas eran signos de mal augurio entre los antiguos. De una supernova tendríamos sin duda más noticias, dado el acontecimiento que supone. Y quedan las interpretaciones astrológicas de confluencias astrales. Son muchas y muy diversas las explicaciones y no hace al caso exponerlas. Solo me fijaré en la que en la actualidad goza de más prestigio, interesante por varias razones. Destaco el hecho de que está propuesta por un astrónomo y se basa en la astronomía, sí, pero también en la historia, en la filología y, curiosamente, sobre todo en la numismática.

molnar

M. Molnar, tras muchos años de investigación sobre las relaciones entre estos campos, llega a la conclusión de que el hecho, debido a la época, al relato y a su función, ha de tener una explicación más astrológica que astronómica, es decir, hay que buscar en la astronomía un fenómeno que explique una interpretación astrológica para señalar un acontecimiento singular. Sus numerosos trabajos y en especial su libro (New Brunswick: Rutgers University Press, 1999) proponen que una confluencia de Júpiter con la luna (una “ocultación”) sucedida el 17 de abril del año 6 es la clave de la estrella de Belén. Para su compleja interpretación de símbolos, datos astronómicos, hechos históricos y demás remito a los interesados al material citado.

Como veis, nuestros textos clásicos siguen diciendo muchas cosas y han tenido (y siguen teniendo) enorme transcendencia. El próximo año, cuando pongáis el nacimiento, que cada cual vea en la estrella lo que le parezca; o más de un sentido a la vez, ¿por qué no?, que para eso somos filólogos y analizamos posibilidades interpretativas. Eso sí, para este año yo he pedido a los Reyes que nuestros estudios tengan un poco más de aceptación oficial. A ver si el año que viene nuestra “estrella”, que no es la de Belén, se hace un poco más brillante.

¡Feliz año a todos!

Agustín Ramos Guerreira