Extendiendo la Torá en la Biblioteca General Histórica

La Biblioteca General Histórica de la Universidad de Salamanca es un espacio espectacular y que genera una atracción inagotable, pero no solo por su apariencia y sus fondos magníficos, sino también porque es uno de los pocos lugares en los que pueden llevarse a cabo proyectos que generalmente la burocracia y la falta de dinero hacen irrealizables; y eso es así gracias a su directora, Margarita Becedas, el jefe del fondo antiguo, Óscar Lilao, y a todas y cada una de las personas que trabajan allí –es difícil encontrar un ambiente más agradable y estimulante–. Si a este equipo añadimos el soporte imprescindible de la Unidad de Cultura Científica y de la Innovación y de su coordinador, Miguel Battaner, estamos convencidos de que (casi) todo es posible.

En efecto, hoy os presentamos uno de esos proyectos que se ha visto realizado. Hace pocos días y tomando todas las precauciones dictadas por la fase 1 de la desescalada, tuvimos el privilegio de asistir en la Biblioteca General Histórica a los trabajos para digitalizar la Torá, que se conserva en el arcón de la Sala de los manuscritos e incunables. (Si quieres saber más detalles de la Torá, pincha en esta entrada de El Mercurio Salmantino). A la vez se aprovechó para rodar unas tomas de cara a una próxima exposición, El león y la pluma, programada en el mes de noviembre para conmemorar los 16 siglos desde la muerte de Jerónimo, de la que daremos cuenta en su momento. El rollo, que mide 33,30 m., debía ser extendido y el espacio para hacerlo, sobre un lienzo que lo protegía del contacto con el suelo, solo podía ser la sala de la antigua Librería. Aguardamos con impaciencia ver no solo las fotografías del texto sino el video que Chema, de Yipi Ka Yei Producciones, rodó con un dron apropiado para interiores. Mientras llega esa oportunidad os dejamos algunas imágenes del proceso para abrir boca: esto sí que es la combinación perfecta de historia y tecnología (agradecemos las fotos a Marta Vázquez y Agustín Ramos).

Diego Corral Varela y Susana González Marín

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¿Rosa o Roma?

En la interesante entrada (ejemplarmente documentada, como es su costumbre) que ayer nos regaló Bartomeu Obrador Cursach en este blog, concluía el autor su texto adaptando un famoso verso de Bernardo de Morlaix (o de Cluny, como queráis) conocido universalmente en nuestros tiempos no por el célebre benedictino, sino por ser el final de una novela publicada en 1980 cuya fama ya se puede decir que va a trascender: El nombre de la rosa, de Umberto Eco. El ya conocido Stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus con que concluía Eco su novela (y en el que parecía que Bartomeu Obrador cambiaba la rosa por los Galloi), también fue en Eco una adaptación. Transcribo el texto con el que Eco comienza el primer capítulo de sus “Apostillas a El nombre de la rosa”:

“Desde que escribí El nombre de la rosa recibo muchas cartas de lectores que preguntan cuál es el significado del hexámetro latino final, y por qué el título inspirado en él. Contesto que se trata de un verso extraído del De contemptu mundi de Bernardo Morliacense, un benedictino de siglo XII que compuso variaciones sobre el tema del ubi sunt (del que derivaría el mais où sont les neiges d’antan  de Villon), salvo que al topos habitual (los grandes de antaño, las ciudades famosas, las bellas princesas, todo lo traga  la nada) Bernardo añade la idea de que de todo eso solo nos quedan meros nombres”.

Lo que no dice Umberto Eco es que el verso original no habla de la rosa, sino de Roma. La rosa para Eco tiene otras connotaciones. Tampoco se ajusta mucho su mención escueta a un hexámetro, porque sí lo es en su caso (rosa tiene dos sílabas breves), pero no con Rōma. Aquí a Bernardo de Morlaix le traiciona su conocimiento del latín. Por otro lado, el extraño hexámetro del monje no es tal sin más, es lo que se conoce como versos dactílicos tripertitos o hexámetro dactílico tripertito, una especie de hexámetro dividido en tres partes, con cada una de ellas formada por dos dáctilos y la última por un dáctilo y un espondeo, pero en el que se incluye algo totalmente novedoso para la nueva métrica medieval, algo que se añade a la pérdida del ritmo dependiente de la cantidad y a la presencia fundamental del acento: la rima.

Transcribo unos versos del De contemptu mundi de Bernardo, concretamente los que van del 947 al 952 de su libro I. Obsérvese en ellos la rima sistemática no ya solo entre cada uno de los pares de versos, sino entre los dos grupos primeros de pares dactílicos dentro de cada verso.

Nunc ubi Marius atque Fabricius, inscius auri?
Mors ubi nobilis et memorabilis actio Pauli?
Diva Philippica vox ubi coelica nunc Ciceronis?
Pax ubi civibus atque rebellibus ira Catonis?
Nunc ubi Regulus aut ubi Romulus aut ubi Remus?
Stat Roma pristina nomine, nomina nuda tenemus.

(“¿Dónde  está ahora Mario y dónde Fabricio, inasequible al soborno?
¿Dónde la muerte noble y la memorable gesta de Paulo?
¿Dónde ahora la divina voz filípica y la celestial de Cicerón?
¿Dónde está la paz para los ciudadanos y la ira de Catón contra los rebeldes?
¿Dónde está ahora Régulo o dónde Rómulo o dónde Remo?
La Roma antigua se mantiene en el nombre, conservamos nombres desnudos”)

En el texto de Bernardo de Morlaix, al viejo y clásico tema del ubi sunt se une aquí otro concepto básico de la filosofía medieval, la cuestión de los universales. Boecio había dejado abierto el problema, dado que empezó siendo platónico y acabó siendo aristotélico, pero la disputa entre realistas y nominalistas será un debate fundamental del medievo a propósito de la existencia de los universales. Pero no es este el momento de hablar de Pedro Abelardo y compañía. Yo solo trataba de reivindicar que la rosa de Eco era en realidad Roma y que Bartomeu Cursach no nos remite a Eco, sino a Bernardo de Cluny.

Y muchas gracias, Tomeu, porque tu entrada es una muestra perfecta de una idea que he oído en repetidas ocasiones a la editora de este blog y a un antiguo maestro suyo y de todos nosotros, José Carlos Fernández Corte: no conviene olvidar nunca que también tras la actividad de los filólogos hay siempre una ideología.

Agustín Ramos Guerreira

La cadena literaria sigue

Me sumo a la sencilla y grata propuesta que Eusebia Tarriño nos hace en esta también sugestiva serie del blog de “qué cosas hacer durante la cuarentena” con este retrato de Góngora o medio autorretrato de Borges…

Agustín Ramos Guerreira

GÓNGORA

Marte, la guerra. Febo, el sol. Neptuno,
el mar que ya no pueden ver mis ojos
porque lo borra el dios. Tales despojos
han desterrado a Dios, que es Tres y es Uno,
de mi despierto corazón. El hado
me impone esta curiosa idolatría.
Cercado estoy por la mitología.
Nada puedo. Virgilio me ha hechizado.
Virgilio y el latín. Hice que cada
estrofa fuera un arduo laberinto
de entretejidas voces, un recinto
vedado al vulgo, que es apenas, nada.
Veo en el tiempo que huye una saeta
rígida y un cristal en la corriente
y perlas en la lágrima doliente.
Tal es mi extraño oficio de poeta.
¿Qué me importan las befas o el renombre?
Troqué en oro el cabello, que está vivo.
¿Quién me dirá si en el secreto archivo
de Dios están las letras de mi nombre?

Quiero volver a las comunes cosas:
el agua, el pan, un cántaro, unas rosas…

Jorge Luis Borges

[En  Los conjurados (1985)]

El día de π. Matemáticos griegos y números irracionales

En el año 1988 Larry Shaw, un físico de aspecto estrafalario que trabajó durante más de 30 años en el Exploratorium, el Museo de Ciencia, Tecnología y Artes de San Francisco, decidió crear el día de Pi con la idea de hacer más divertidas y accesibles las matemáticas para la gente. Para celebrarlo escogió la fecha que identifica sus primeros dígitos, el 3/14, el 14 de marzo según la forma de fechar de los sajones. Lo celebró por vez primera con sus compañeros de museo, pero la fiesta se institucionalizó y ya se hizo siempre desde entonces. La ceremonia de celebración incluye un desfile a la puerta del museo en el que Larry Shaw portaba una pancarta (él murió en 2017) con el símbolo Pi, que también figuraba en su gorra roja. La celebración se convirtió en fiesta nacional en 2009 y ahora tiene lugar a nivel internacional en muchos museos de ciencia y facultades y departamentos de matemáticas del mundo. Incluso se celebró el “Día Pi del siglo”, como no podía ser de otro modo, el 14 de marzo de 2015 (3/14/15 recoge los 5 primeros dígitos de Pi). Cuando se le preguntó si estaba orgulloso de su creación dijo: “Yes and no. It’s not mine; it’s everybody’s. I’m just the guy holding the pole“.

Esta fecha nos pone en contacto con una vieja obsesión de los matemáticos griegos y de todos los demás después de ellos. Los antiguos griegos descubrieron que había magnitudes que no podían expresarse con el cociente de dos números enteros, es decir, que no eran el resultado exacto de ninguna fracción. Ya lo mencionamos en una ocasión a propósito de Platón y su Menón con el problema de la √8 y lo volvimos a recordar en esta misma fecha hace dos años a propósito del número π. Los decimales se multiplicaban indefinidamente en secuencias.

Alguna de esas magnitudes es muy famosa, como la √2. Euclides en la proposición 47, penúltima de su libro I, dice: “Ἐν τοῖς ὀρθογωνίοις τριγώνοις τὸ ἀπὸ τῆς τὴν ὀρθὴν γωνίαν ὑποτεινούσης πλευρᾶς τετράγωνον ἴσον ἐστὶ τοῖς ἀπὸ τῶν τὴν ὀρθὴν γωνίαν περιεχουσῶν πλευρῶν τετραγώνοις”. (“En los triángulos rectángulos el cuadrado del lado que subtiende el ángulo recto es igual a los cuadrados de los lados que comprenden al ángulo recto” [Trad. de M. L. Puertas Castaños para Gredos])

Proclo, en su Comentario al libro I de Euclides, comienza de este modo el comentario a la proposición: “Τῶν μὲν ἱστορεῖν τὰ ἀρχαῖα βουλομένων ἀκούοντας τὸ θεώρημα τοῦτο εἰς <Πυθαγόραν> ἀναπεμπόντων ἐστὶν εὑρεῖν καὶ βουθύτην λεγόντων αὐτὸν ἐπὶ τῇ εὑρέσει”. No dispongo, dadas las circunstancias de aislamiento en que nos encontramos, de ninguna traducción de Proclo en este momento, por lo que doy una propia: “Si escuchamos a aquellos que quieren investigar los hechos antiguos encontramos que atribuyen este teorema a Pitágoras y dicen que él sacrificó un buey por el descubrimiento”. La cuestión es que si tomamos un triángulo rectángulo con los catetos de medida 1, la hipotenusa ha de ser de medida = √2.

Los matemáticos babilonios trataron de hacer frente sin éxito al problema de la raíz cuadrada de 2, pero el resultado que obtenían no era exactamente igual a 2 si se elevaba al cuadrado.

Cuentan que un pitagórico, Hípaso de Metaponto (siglo V a. C.), fue capaz de probar que no existía ningún número para tal magnitud, la √2, y lo hizo mediante un sistema muy utilizado en matemáticas, la reducción al absurdo. Su procedimiento, que vamos a ahorrarnos aquí, llegaba al a conclusión de que había un número que era a la vez par e impar, lo que hacía imposible la existencia de tal número. Naturalmente tal afirmación atentaba contra el principio pitagórico de que “todo es número”. Entre las varias versiones sobre el final de Hípaso hay una que nos transmite Jámblico, un filósofo neoplatónico que vivió entre los siglos III y IV de nuestra era, en la que cuenta que la publicación de aquel descubrimiento hizo montar en cólera a los pitagóricos, una de cuyas reglas era mantener el secreto de su ciencia a los no iniciados. Según tal versión Hípaso fue expulsado de la escuela y ahogado en el mar.

También los griegos supieron de la irracionalidad de π, pero no hubo ningún Hípaso para demostrarlo, y no fue hasta el siglo XVIII cuando el matemático suizo Johann Heindrich Lambert demostró que ninguna fracción podía tener como resultado tal número.

Lo cierto es que a efectos prácticos no es un problema, porque solo hace falta usar 39 dígitos de π para poder medir con la precisión de un átomo de hidrógeno el tamaño del universo observable. Los ingenieros, por ejemplo, emplean habitualmente la fracción 22/7, que es la que calculó Arquímedes, como contábamos hace un par de años. Esto lo leo en un reciente libro del matemático Marcus de Satoy, catedrático en Oxford en la actualidad (Lo que no podemos saber. Exploraciones en la frontera del conocimiento. Acantilado. Barcelona 2018), en el que aventura un bonito juego matemático: usar las matemáticas para explorar si el universo es o no es infinito: “¿qué pasaría si las leyes actuales de la física conducen a una contradicción matemática si suponemos que el universo es finito? Esto nos obligaría a deducir que el universo ha de ser infinito o que nuestras leyes de la física tienen algún fallo”.

Como veis, a los griegos esto de los números irracionales les puso la mente a bullir, pero la enfermedad no ha parado.

Y el número π tiene muchísimos más elementos de interés. Si no lo creéis y no lo leísteis en su día, os invito a acercaros a la interesante y documentadísima entrada que Diego Corral escribió el año pasado en esta fecha. Y no era sobre cálculos matemáticos…

Agustín Ramos Guerreira

 

2020 es año bisiesto, un día más largo

2020 es año bisiesto, es decir, un día más largo que los demás, y lo hemos notado en que anteayer fue 29 de febrero. Dicho de otra forma, es un año en el que hacemos balance de la relación de nuestra medida del tiempo con el movimiento de los astros y cuadramos unas cuentas cuatrienales para evitar desajustes.

Antes del siglo VI a. C., casi todos los calendarios del Mediterráneo y del Oriente Próximo eran variables y estaban bajo el control de los gobernantes políticos; pero en el transcurso de los siglos siguientes evolucionaron de diferentes formas y adoptaron esquemas fijos e inmutables. Este cambio comenzó a finales del siglo VI o principios del V a. C. en Persia, con la institución del calendario zoroastriano, y culminó en el año 46 a. C. en Roma, con la creación del calendario juliano. En ese proceso tuvo un papel primordial el calendario egipcio, que era el único estable que había en el Mediterráneo en la época y al que, según Macrobio, también César imitó. A fines del primer milenio a. C. la mayoría de los calendarios antiguos se habían organizado, lo que tendría a largo plazo una trascendencia histórica. En Roma el calendario juliano, como es bien sabido, se establecería como patrón en el Imperio Romano, y mucho más tarde (en su versión ligeramente modificada por el papa Gregorio XIII) en todo el mundo moderno.

Para los romanos el calendario no era, como para nosotros, algo funcional, sino un componente vital de su cultura. Así lo muestran no solo los Fasti conservados, sino la representación de los meses en el arte o la existencia de obras como los Fasti ovidianos. La tradición romana (me estoy refiriendo ahora a Macrobio y sus Saturnalia, [I, 12-16]) nos cuenta que el calendario republicano era el resultado de la reforma que hizo el rey Numa añadiendo dos meses a los diez que había propuesto su antecesor Rómulo y que sufrió a lo largo de los años numerosos ajustes. Pero no parece adecuado tomar como totalmente reales esos datos de Macrobio correspondientes a épocas legendarias mezcladas con noticias antiguas en las que interfieren muchos elementos, desde la política a la religión e incluso a las supersticiones.

Fasti
Imagen de los Fasti Antiates maiores, de la pintura de una casa de Antium. Es el calendario más antiguo conservado de Roma y el único anterior a la reforma juliana. (Imagen tomada de Rüpke 2011)

Las noticias empiezan a ser seguras cuando nos topamos con el calendario republicano tal como César lo encontró y observamos cómo lo dejó, con el fin de acomodar el año oficial al año astronómico, después de haber cambiado la duración de los meses y, de manera especial, el grave problema de la intercalación. El viejo calendario republicano, que pretendía ser lunisolar, en la práctica no era ni lunar ni solar. Su estructura no permitía seguir tampoco el ritmo de la luna, como muestra el relato de algunos eclipses y los datos que ahora conocemos. Ello hace pensar que la regularidad cedía la primacía a la conveniencia política o a la superstición.

No repetiré aquí lo que ya escribió Carlos Fernández Corte en este mismo blog en 2016 explicando la reforma de César. A ello os remito. Arranco de ese punto diciendo que aquel año 46 a. C., el 708 AUC, que César hubo de alargarlo hasta los 445 días para comenzar el siguiente de forma adecuada, ese año que Macrobio denominó annus confusionis ultimus ([I, 14, 4] aunque él nos cuenta que fueron 443 sus días, ha sido corregido por la investigación moderna, que también corrobora Censorino [20, 8]), marca el comienzo de la existencia de los años bisiestos. Sí que voy a añadir alguna curiosidad referente a esos y a ese 29 de febrero, aunque en realidad, como allí explicaba él, habría que decir que el añadido no es el 29, sino el 25, la repetición (ad diem bissextum ante Kalendas Martias) del 24.

Los pontifices no interpretaron bien lo de la inclusión del día cada cuatro años (al principio lo hicieron cada tres, ¿una interpretación errónea del quarto quoque anno que menciona Macrobio?) y Augusto tuvo que corregir el entuerto durante unos años sin bisiestos hasta que en el 8 d. C. se reanudó el cómputo y así cada cuatro años a partir de entonces.

Pero el año juliano, que consta de 365 días, más uno agregado cada 4 años, tiene un promedio de duración de 365 días y 6 horas, lo que resulta unos 11 minutos y 12 segundos más largo de lo que es astronómicamente y ello provocó que las fechas fueran acumulando un error progresivo, algo que desajustaba la celebración de la Pascua.

Después de abundantes propuestas a partir del siglo XIII (nombres como el de Roger Bacon, Nicolás de Cusa y numerosos papas forman parte de esa historia), en 1578 el papa Gregorio XIII, interpretando a partir de un decreto del acta de la última sesión del concilio de Trento que tenía el encargo de corregir el calendario, se puso en marcha sobre la reforma. El nuevo calendario, elaborado por Aloysius Lilius y revisado por Christopher Clavius, fue promulgado en la bula Inter gravissimas de 24 Febrero de 1582 y en ella, para corregir el ligero desajuste, se ordenaba que el 4 de octubre de ese año fuera seguido de nuevo por el día 1 de octubre y que los años de los centenarios deberían no ser bisiestos a menos que fueran divisibles por 400. Así 1600 siguió siendo un año bisiesto, e igualmente 2000, como lo hemos vivido hace 20 años, pero 1700, 1800 y 1900 se convirtieron, pese a ser múltiplos de 4, en años no bisiestos. Hasta el 2400 ningún año de fin de siglo será bisiesto. El propósito de esta reforma era restaurar el equinoccio vernal, es decir, el punto en el que el sol en su movimiento anual aparente a través de la eclíptica pasa de sur a norte del ecuador celeste y su declinación cambia de negativa a positiva.

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Bula Inter gravissimas de Gregorio XIII con la reforma de 1582

La aceptación de la pequeña reforma gregoriana tiene mil anécdotas en cada país europeo relacionadas con los poderes políticos y religiosos. Pero no puedo alargarme aquí. Hay cientos de curiosidades, detalles y anécdotas documentadas que la historia del calendario atesora, desde la propia denominación del año bisiesto (es en Islandia donde primero está documentada) hasta las numerosas supersticiones sobre los años bisiestos y sobre la colocación del día añadido. Incluso la existencia de un 30 de febrero, que ha existido una vez en Suecia y dos en la desaparecida Unión Soviética.

Terminaré con un texto curioso. Yo tuve de niño y adolescente un amigo que había nacido el 29 de febrero. Nos reíamos diciendo que cumplía 3 ó 4 años cuando los demás cumplíamos 12 ó 16. No éramos nada originales; es una broma extendida por todas partes. Lo que yo no sabía entonces es que ya un amigo del emperador Adriano y cónsul bajo su reinado, Juvencio Celsio, especialista en derecho, dejó escrito algo al respecto que aparece recogido en el Digesto de Justiniano (50, 16, 98): Cum bisextum kalendis est, nihil refert, utrum priore an posteriore die quis natus sit, et deinceps sextum kalendas eius natalis dies est: nam id biduum pro uno die habetur. sed posterior dies intercalatur, non prior: ideo quo anno intercalatum non est sexto kalendas natus, cum bisextum kalendis est, priorem diem natalem habet. O sea: “Cuando hay un 24 de febrero repetido (bisextum Kalendis), no importa si alguien ha nacido el 24 o el 24 repetido; ya siempre celebra su cumpleaños el 24, porque ese día doble se toma por uno solo. Pero el que se intercala es el segundo día, no el primero; por eso el que ha nacido el día 24 en un año en que no hay 24 repetido, cuando hay 24 repetido, celebra el cumpleaños el 24″. Aunque leyendo a Macrobio se puede interpretar que el día intercalado de los dos es el primero, Juvencio Celsio determina lo contrario. Pero mi amigo lo tiene más difícil, porque nosotros le hemos puesto un número diferente, 29, y lo hemos cambiado de sitio…

Agustín Ramos Guerreira

P.D. A los interesados o aficionados a este tema tan sugestivo y culturalmente interesante os sugiero algunas obras que están en nuestra biblioteca y que os conducirán a muchas otras si queréis conocer más a fondo la cuestión. Además del texto que citaba Carlos Fernández Corte (R.Feeney [2007]: Caesar’s Calendar. Ancient Time and the Beginnings of History. Berkeley / Los Angeles / London: University of California Press), seguro que os van a interesar también:

  1. Hannah, R. (2005): Greek and Roman Calendars. Constructions of Time in the Classical World. London: Duckworth.
  2. Rüpke, J. (2011): The Roman Calendar from Numa to Constantine. Time, History and the Fasti. London: Willey-Blackwell (Traducción inglesa del original alemán de 1995)
  3. Stern, S. (2012): Calendars in Antiquity. Empires, States, and Societies. Oxford: University Press

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Nuestro “Homero ciego”

El pasado 2 de diciembre la directora de este blog nos ilustró (ha prometido algún capítulo histórico más sobre nuestro Departamento) con una historia de los libros de Clásicas que ahora contiene nuestra biblioteca desde la fundación del propio Seminario de Filología Clásica. En ella se colaba una graciosa anécdota sobre la identidad del busto de escayola que ahora custodia nuestra querida Mary Tere en la secretaría del Departamento (no se olvide nadie de que en 1988, como relataba Susana González, sufrió un secuestro). Se hacía allí referencia (la fuente citada era Adelaida Martín Sánchez) al traslado de los fondos desde su primera ubicación al ático de la fachada del palacio y se nos decía que nuestro busto de Homero, que en tiempos fue al parecer tenido también por un retrato de Demóstenes, llegó en aquel traslado a ser imaginado por un bedel como la noble imagen del rector Tovar que el propio intérprete en persona pidió llevar a su nueva sede.

No sabemos por ahora a quién corresponde la factura de la copia de escayola, pero lo que sí está claro es que pretende reproducir alguna de las esculturas de mármol cuya talla se repitió al parecer en el s. II de nuestra era sobre un original griego helenístico. Se conservan muchas y distintas, algunas en los Museos Capitolinos, otra en el Museo Británico, otra en el Prado, también una en el Louvre, conocida como el Homero Caetani, dada su procedencia del Palazzo Caetani de Roma, etc. Si os entretenéis en la red, podréis descubrir unas cuantas más.

Adjunto imágenes de internet de las que yo veo más cercanas a nuestra escayola, que siempre llevan el título de “Homero ciego”, para que os decidáis por cuál es, a vuestro juicio, la que sirvió de modelo a nuestro desconocido escultor. Yo me inclino por una de las que se hallan en los Museos Capitolinos, la segunda, o por el Homero Caetani. Eso sí, este último con la nariz reconstruida.

Agustín Ramos Guerreira

Homero 1
Museos Capitolinos
Homero 2
Museos Capitolinos
Homero 3
Museo del Prado
Homero 4
Homero Caetani. Louvre
Homero 5
British Museum

En la Semana de la Ciencia: “los de Letras” y “los de Ciencias”

Hace ya dos años el Profesor Battaner, ex-rector de nuestra universidad, escribía en este blog un alegato a favor de las humanidades clásicas y de las humanidades en general. Lo hacía desde la mirada de un científico (él es catedrático jubilado de Bioquímica) y comenzaba recordando un famoso texto de C. P. Snow, pronunciado en 1959 en el marco de sus conferencias Rede publicadas más tarde (The Two Cultures and the Scientific Revolution), en el que el científico se quejaba de la progresiva separación de las Letras y las Ciencias. Bien es verdad que Snow se quejaba desde su lado de la poca atención que prestamos a ese mundo desde nuestro territorio mientras nos quejamos sin parar de lo poco que nos atienden. Y decía Battaner que no hay una queja semejante sobre la separación de Letras y Ciencias emitida desde nuestro lado.

Dos circunstancias intrascendentes de estos días me han recordado el texto del Profesor Battaner y me han empujado a decir en el mismo marco breve y humilde de nuestro blog, pero desde las letras, que esta separación es realmente lamentable y que, a mi juicio, deberíamos trabajar por evitarla, en vez de hablar de “los de Ciencias” como un enemigo al que hay que combatir y que no nos comprende ni nos conoce.

La primera: hace unos días el profesor Ignacio Bosque, el académico que encarna por antonomasia los estudios gramaticales de nuestra lengua, pronunciaba en nuestra Facultad una charla sobre cómo mejorar la enseñanza de la gramática en la E.S.O. y en el Bachillerato. En medio de un varapalo (educado, elegante y constructivo, pero varapalo) a los métodos habituales y a los libros de texto al uso empleados en esos ciclos para la enseñanza de la lengua española, introducía la idea de mirar a los estudios de ciencias para aprender de ellos a la hora de enseñar nuestras materias y hacerlas atractivas a los estudiantes jóvenes: métodos, fines, argumentaciones sistemáticas, relaciones de fenómenos, etc.

La otra circunstancia a la que me refería es la lectura iniciada estos días de un libro recién publicado y altamente recomendable. Lleva por título A favor de la Ilustración (Enlightenment Now) y es obra de Steven Pinker, el célebre profesor de psicología de Harvard famoso por libros tales como La tabla rasa (The Blank Slate. The Modern Denial of Human Nature, su título original) o El mundo de las palabras (The Stuff of Thought. Language as a Window into Human Nature), que también me permito modestamente aconsejar. Ya en el segundo capítulo, dedicado a la entropía y a su relación con el orden y el desorden en el mundo, cita un fragmento del texto de Snow al que se refería el Profesor Battaner y que paso a copiar en la versión española:

“Muchas veces he asistido a reuniones de personas que, según los estándares de la cultura tradicional se consideran muy cultas y que, con un entusiasmo considerable, se han dedicado a expresar su incredulidad ante el analfabetismo de los científicos. En un par de ocasiones me he sentido provocado y he preguntado a mis interlocutores cuántos de ellos eran capaces de describir la Segunda Ley de la Termodinámica. La respuesta ha sido fría y también negativa. Sin embargo, mi pregunta venía a ser el equivalente científico de: «¿Han leído ustedes alguna obra de Shakespeare? »”

Quiero recoger aquí solo algún fragmento del libro de Pinker (sus más de 700 páginas cargadas de información y argumentos requerirían una reseña enorme cuyo sitio no es este) para que sean sus palabras las que secunden el deseo del Profesor Battaner. Entrecomillo tres o cuatro párrafos de su capítulo 22 (Ciencia) que sugieren lo que quiero transmitir:

“Una de las mayores contribuciones potenciales de la ciencia moderna puede ser una integración más profunda de su compañera académica: las humanidades. A decir de todos, las humanidades tienen problemas: se están reduciendo los programas universitarios, la próxima generación de estudiosos está desempleada o subempleada, la moral se está hundiendo y los estudiantes desertan en tropel.

Ninguna persona debería permanecer indiferente ante la desinversión de nuestra sociedad en las humanidades: una sociedad sin erudición histórica es como una persona sin memoria: engañada, confundida y fácilmente explotada. La filosofía surge del reconocimiento de que la claridad y la lógica no se conquistan con facilidad y que salimos ganando cuando nuestro pensamiento se refina y se profundiza. Las artes son una de las cosas que hace la vida digna de ser vivida, enriqueciendo la experiencia humana con belleza y perspicacia. La crítica es en sí misma un arte que multiplica la apreciación y el disfrute de las grandes obras. El conocimiento de estos ámbitos es el fruto de un gran esfuerzo, y requiere el enriquecimiento y la actualización constantes conforme cambian los tiempos (…)

La consiliencia[1] con la ciencia ofrece a las humanidades muchas posibilidades de lograr una nueva percepción. El arte, la cultura y la sociedad son productos de los cerebros humanos. Se originan en nuestras facultades de percepción, pensamiento y emoción, y se acumulan y se propagan mediante la dinámica epidemiológica a través de la cual una persona afecta a otra. ¿No deberíamos tener la curiosidad de entender estas conexiones? Ambas partes saldrían ganando. Las humanidades disfrutarían en mayor medida de la profundidad explicativa de las ciencias, así como de una agenda con miras al futuro, capaz de atraer el talento de jóvenes ambiciosos (por no mencionar la atracción de decanos y donantes). Las ciencias podrían desafiar sus teorías con los experimentos naturales y con fenómenos ecológicamente válidos que han sido tan ricamente caracterizados por los estudiosos de las humanidades.

En ciertos campos, esta consiliencia es un hecho consumado. La arqueología ha pasado de ser una rama de la historia del arte a una ciencia de alta tecnología. La filosofía de la mente deriva hacia la lógica matemática, la informática, la ciencia cognitiva y la neurociencia. La lingüística combina la erudición filológica sobre la historia de las palabras y las construcciones gramaticales con los estudios de laboratorio del habla, los modelos matemáticos de la gramática y el análisis computarizado de grandes corpus de escritura y conversación (…)

Aunque muchas de las preocupaciones de las humanidades se aprecian mejor con la crítica narrativa tradicional, algunas suscitan cuestiones empíricas que pueden fundamentarse en los datos. La llegada de la ciencia de los datos aplicada a los libros, las publicaciones periódicas, la correspondencia y las partituras musicales ha inaugurado unas nuevas «humanidades digitales» de amplia gama. Las posibilidades para la teoría y el descubrimiento se ven limitadas únicamente por la imaginación e incluyen el origen y la difusión de ideas, las redes de influencia intelectual y artística, los contornos de la memoria histórica, el auge y el ocaso de los temas literarios, la universalidad de la especificidad cultural de los arquetipos y las tramas, y los patrones informales de censura y tabúes. La promesa de una unificación del conocimiento puede cumplirse solo si el conocimiento fluye en todas las direcciones. Algunos de los eruditos que han rehuido las incursiones de los científicos en aras de la explicación del arte tienen razón en que estas explicaciones han sido, para sus estándares, superficiales y simplistas. Razón de más para que extiendan la mano y combinen su erudición sobre las obras y los géneros concretos con la comprensión científica de las emociones humanas y las respuestas estéticas. Mejor todavía, las universidades podrían formar a una nueva generación de estudiosos que dominen bien ambas culturas.”

La negrita final es mía. En el libro hay muchísimo más. Pues eso, dejemos de mirar mal a “los de ciencias”. Salgamos a decirles qué hacemos, para qué sirve, en qué les puede ayudar, para que tampoco ellos nos miren de soslayo. Pero eso sí, observemos con interés lo que ellos hacen y aprendamos de sus modos de hacer, que nos han dado entre otras cosas el medio por el que estoy comunicando esta incitación a trabajar por unirnos, algo necesario antes de poder trabajar juntos. Al fin y al cabo ellos estudian la naturaleza, nosotros la condición humana; pero los hombres formamos parte de la naturaleza y la estudiamos desde nuestra condición.

Y gracias, Enrique. Si lo lees, apunta una invitación a que vuelvas a escribirnos algo.

Agustín Ramos Guerreira

 

[1] La palabra consiliencia que usa el traductor es un anglicismo (consilience) no recogido por la RAE que, sin embargo, figura en la Wikipedia (“la disposición por la voluntad de unir los conocimientos y la información de distintas disciplinas para crear un marco unificado de entendimiento”). Allí podéis ver su historia y su relación con esto. Eso sí, la Wikipedia dice que proviene del inglés, pero no dice que el cultismo inglés está tomado del latín, de salio (“saltar”), que, aunque no dio lugar al compuesto *consilio, si lo hizo con absilio, desilio, dissilio, insilio, prosilio, resilio, subsilio y transilio. Pero eso queda para otro sitio.

Dioses y diosas orbitando Saturno

Los horóscopos babilonios del siglo V a. C. ya marcaban las apariciones de Saturno, ese planeta con nombre de un dios romano, quizá de procedencia etrusca, que se identificaba con el griego Cronos. En el mundo clásico Saturno era un astro familiar: la “estrella” de Saturno a la que llaman los griegos Φαίνων, según Cicerón, (“ea quae Saturni stella dicitur Φαίνωνque a Graecis nominatur“, [nat deor. 2, 52]) y de la que también hablan Virgilio, Propercio, Horacio o Plinio. Dicho de otro modo, el planeta Saturno era perfectamente conocido, a veces no como planeta, pero de cualquier manera un astro con entidad propia.

Ahora, en 2018, lo conocemos un poco mejor. El número de enero de la revista National Geographic dedica un artículo a los descubrimientos de la misión espacial Cassini-Huygens, cuya nave, tras viajar durante 20 años, 15 de ellos observando el sistema de Saturno, ha sido destruida voluntariamente al término de la misión haciéndola desintegrarse contra la atmósfera de ese planeta. Se trataba de evitar cualquier posibilidad de contaminación biológica en caso de que, al terminarse su combustible, chocase con alguna de sus lunas. Y es que en alguna de ellas, como en Encélado o Hiperión, se investiga la posibilidad de hallar bases de una vida primigenia. La sonda partió de la tierra el 15 de octubre de 1997 y ha sido destruida el 15 de septiembre de 2017.

Si uno lee guías del sistema solar o libros de astronomía de hace unos años, se encontrará con el dato de que Saturno tiene 18 satélites, algunos de ellos conocidos a través de la información enviada por las sondas Voyager I y II en 1980 y 1981, porque antes de la exploración espacial solo se conocían 9. Pero ahora los datos han cambiado y Cassini-Huygens nos ha puesto delante nada menos que 62 lunas con órbitas seguras; y sabemos que son más de 30 sus anillos, esos que vio por primera vez Galileo.

Pero lo que yo quería contar trata de nombres, los que tienen esos 62 satélites. Algunos de entre ellos tienen todavía solo una denominación técnica (como S/2004 S13 ó S/2009 S1), pero los demás han recibido ya un bautismo más bello. Los hay con nombres de la mitología gala (como Tavros y Erriapo), de la irlandesa (como Bebhionn), de la mitología inuit (como Kiviuq y Paaliaq), y hay muchos que pertenecen a la nórdica (como Fornjot, Loge o Ymir). Pero los nombres más abundantes, 24, corresponden a la mitología grecolatina.

Fueron dos admirables astrónomos (de ahí el nombre de la misión), el holandés Huygens (1629-1695) y el italiano nacionalizado francés Cassini (1625-1712), sucesor de Galileo como profesor en Bolonia, los primeros en descubrir lunas en Saturno y los primeros en ponerles nombre de titanes y titánides. Esa tradición la siguió otro eminente astrónomo, el germano-británico William Herschel (1738-1822), descubridor no solo de Mimas y Encélado, dos lunas de Saturno, sino también del planeta Urano, desconocido hasta entonces, cuando el sol solo tenía seis planetas. Desde 1973, la denominación de los objetos celestes corresponde a la Unión Astronómica Internacional (IAU) y al parecer, añadiendo otras mitologías, se ha seguido la tradición.

Aquí os dejo la lista de las lunas de Saturno con nombres de la mitología grecolatina ordenadas según el año de su descubrimiento, para que cada cual indague sobre la historia de los personajes en los diccionarios de mitología, en la Wikipedia, o en el Pauly-Wisowa, si se atreve:

Titán (1655), Jápeto (1671), Rea (1684), Tetis (1684), Dione (1684), Encélado (1789), Mimas (1789), Hiperión (1848), Febe (1898), Jano (1966), Atlas (1980), Helena (1980), Prometeo (1980), Pandora (1980), Epimeteo (1980), Calipso (1980), Telesto (1980), Pan (1990), Metone (2004), Palene (2004), Pollux (2004), Dafne (2005), Anthe (2007), Egeón (2008).

(Podéis ver aquí [https://es.wikipedia.org/wiki/Sat%C3%A9lites_de_Saturno] fotos de los satélites de Saturno [algunos de formas inesperadas] y de sus datos astronómicos)

Agustín Ramos Guerreira

“Cuando la justicia te llama, hay que acudir, argumentar y defenderse”

Publica hoy El País en su versión electrónica, a propósito de la denuncia de la Fiscalía General del Estado ante el Tribunal Supremo contra los miembros de la Mesa del Parlament, las palabras de uno de dichos miembros, Joan Josep Nuet, coordinador general de Esquerra Unida i Alternativa, el grupo catalán correspondiente a Izquierda Unida, y diputado de Catalunya Sí que es Pot. Nuet atribuye a la acusación irregularidades en su caso particular y anuncia su decisión de acudir al tribunal a defenderse.

No es este el lugar para analizar esta clase de cuestiones que a todos nos ocupan e inquietan esta temporada. Traigo aquí la noticia porque las palabras textuales del Sr. Nuet que el periodista utiliza como titular (no sé si usadas consciente o inconscientemente por parte del diputado) no son un simple principio del derecho consuetudinario o una máxima útil, sino exactamente las mismas que figuran como deber en la primera norma de la primera tabla de las Leyes de las Doce Tablas:

SI IN IVS VOCAT, ITO (“Cuando la justicia te llama, hay que acudir”)

De la noticia no se extrae con precisión si el diputado presenta la idea como la conveniencia de valerse de un derecho o la obligación de cumplir una ley. Puede que ambas cosas. No sería malo que los ciudadanos pensásemos que detrás de las obligaciones de las leyes se hallan los derechos que nos amparan, para que no viésemos la convivencia solo desde la perspectiva de la reclamación de nuestros derechos, sin prestar atención a nuestros deberes.

Sin entrar a considerar los problemas que se han debatido tradicionalmente en el mundo de los historiadores y de los juristas sobre la antigüedad o el origen de las leyes de las Doce Tablas, recuerdo aquí el valor que los historiadores romanos dieron a esta promulgación como la feliz consecuencia social y cultural del enfrentamiento entre patricios y plebeyos en el seno de la sociedad romana. En el año 462 a. C. el tribuno de la plebe Gayo Terentilio Harsa propuso la creación de una comisión para la redacción de un código legal (Liv. III, 9) que defendiese a los plebeyos ante la aplicación arbitraria de la ley por parte de los magistrados, facilitada por la inexistencia de un código escrito. Esta propuesta tuvo una larga andadura que no podemos detallar aquí. Pero tras la visita a Grecia o la Magna Grecia (455 a. C.) de una comisión para recabar información sobre estos detalles y conocer sobre todo las leyes de Solón, en el 451 se crearon unos decemviri legibus scribendis a los que se otorgaron poderes consulares y a los que se encargó dicha redacción. Redactaron unas leyes en Diez Tablas que otro decenvirato posterior de patricios y plebeyos completaría con la promulgación en 449 a. C. de las Leyes de las Doce Tablas. Los avatares políticos para llegar a ello fueron complejos, según la redacción de Tito Livio, incluida una revuelta popular que acabó con su poder y restableció la república ante lo que se estaba convirtiendo en un poder personal. Así que os aconsejo la lectura del libro III de Ab Vrbe Condita.

Las Leyes, que se expusieron en el foro, primero en madera y después en bronce, desaparecieron físicamente quizá en la invasión gala del año 390 a. C. Ahora las conservamos de forma fragmentaria a partir de las numerosas citas de otros autores. De esta en concreto podéis encontrar su redacción o algunos comentarios en Cicerón (De Legibus 2, 9), en Gelio. (Noctes Atticae 20, 1), o en Pomponio Porfirio (Commentum in Horati Sermones, 1, 9, 76).

Nada más. Ahí queda el texto para que el derecho romano pueda ser hoy, como siempre, inspiración y objeto de debate con total actualidad. El texto completo de la ley es:

SI IN IVS VOCAT, ITO. NI IT, ANTESTAMINO: IGITVR EM CAPITO.

Más o menos: “Si alguien es llamado a juicio, que acuda. Si no va, que se deje testimonio de ello y, en consecuencia, que se le capture”.

Agustín Ramos Guerreira

 

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