Cosas que hacer en cuarentena (5): busca los homenajes a Uderzo

Tras la muerte de Uderzo el martes, se han sucedido los homenajes, muchos de ellos aludiendo al delicado momento en el que se ha producido su fallecimiento, como este de Vergara publicado en El diario.es el 24 de marzo.

obélix

Por otra parte, el diario As recoge el que le ha rendido L’Équipe en Twitter: adaptando la portada del álbum Astérix en los juegos olímpicos incorporan el siguiente texto: “Después de que Albert Uderzo, uno de los dos padres de Astérix, nos dejase ayer a la edad de 92 años, Japón y el COI han anunciado el aplazamiento de los Juegos Olímpicos de Tokio 2020 al próximo año”:

L'equipe

El 9 de marzo de 2020 a los 89 años nos ha dejado Don José Jiménez Lozano.

Quienquiera haya leído una sola de sus obras entenderá que también, sobre todo, aquí haya que recordarlo. Quien aún no lo haya hecho, siéntase invitado, cual si de un peculiar convite funerario se tratara, a tomar entre sus manos uno de sus libros, sea novela, ensayo, poesía, diario, a leer uno de sus discursos, de sus entrevistas o rebuscar en su hemeroteca periodística (véase su página oficial).

En su escritura sabia, lúcida, valiente, finamente irónica, develadora de los problemas más profundos y modernos, encontrará lecciones magistrales de literatura, de vida, de las entretelas del alma. Redescubrirá a los grandes escribidores y los temas eternos tocados por la pluma magistral de un hombre inteligentísimo, con una cultura vastísima, profunda, uña y carne con él, cabal como muy pocos, sencillo con todos los honores y premios que atesoró en vida, afable, cercano, encantado de compartir su extraordinaria sabiduría y sus reflexiones allá donde sintiera que le reclamaba el verdadero interés de las gentes.

Así quiso la fortuna que lo conociese yo con apenas 17 años en mi siempre querido y añorado instituto Núñez de Arce de Valladolid. Desde entonces no he dejado ni dejaré de leerle mientras viva. Transcurridos muchos, muchos años tuve la osadía de dirigirme a él y Don José acogió benévolo y con amabilidad exquisita la invitación que le cursé. Es más, tuve la dicha inconmensurable de que entabláramos correspondencia y de ser agasajados por la hospitalidad que nos brindaron él y su esposa a mi marido y a mí una tarde invernal en Alcazarén, su pueblo, tan cercano al mío. Fue un privilegio que nunca sospeché alcanzar y que nunca olvidaremos.

Por eso, desde esta atalaya les invito a que descubran su personalísima manera de narrar, la profundidad de su pensar y su sentir, a que conozcan la verdad, libertad, compromiso y oportunidad de sus observaciones. Les insto a que gocen con la recreación de tanto y tan rico pasado, apuntalado las más de las veces en una sola clave, que a tantos pasó desapercibida, y se estremezcan reconociendo aquí y acullá ese rastro de parajes, conceptos y maestros que sólo un extraordinario habitador del mundo clásico puede ofrecer a sus lectores con la mayor naturalidad, como si de un brindis se tratara para que disfruten y piensen por sí mismos. Ésa es su virtud innata.

Sirvan estas palabras de homenaje y reconocimiento a él y a su esposa Dora, en cuyos hijos y nietos seguirá vivo. Y que él, desde ese mechinal que le tendrán reservado en el cielo para que allí siga meditando y escribiendo me disculpe la torpeza de estas palabras, nacidas de la admiración y el agradecimiento a uno de los grandes autores que han marcado mi vida.

En el atardecer castellano, oro, rubí, pronto añil, aún azul, su “azul sobrante”, hoy teñido de rojo sangre, cual vinoso ponto, Caronte le hará amena la travesía. ¡Que Hermes y San Miguel le acompañen! Desde el tren, camino de Salamanca

ΧΑΙΡΕ, Don José, ΧΑΙΡΕ

Henar Velasco López

Ha muerto Ernesto Cardenal

Epigramas 3.

Al perderte yo a ti tú y yo hemos perdido:
yo porque tú eras lo que yo más amaba
y tú porque yo era el que te amaba más.
Pero de nosotros dos tú pierdes más que yo:
porque yo podré amar a otras como te amaba a ti
pero a ti no te amarán como te amaba yo.

Ernesto Cardenal

Catulo 8, 12-19:

Adiós, mujer. Catulo se ha hecho duro,
no te va a requerir ni a suplicarte
contra tu voluntad.
Ya sufrirás al ver que no te buscan.
Ay de ti, mujer pérfida, qué vida
te espera. ¿Quién se va a acercar a ti?
¿A quién le vas a parecer hermosa?
¿A quién querrás ahora?
¿De quién dirán que eres?
¿A quién vas a besar, morder los labios?
Tú, Catulo, con fuerza, aguanta duro.

Catulo 87

Ninguna mujer puede decir que la han amado
tan verdaderamente como tú, Lesbia mía,
como tú has sido amada por mí, nunca ninguna.
Lealtad nunca hubo tanta en pacto alguno
como en tu amor ha habido por mi parte

(Trad. J. A. González Iglesias)

 

Los interesados en la tradición clásica de Ernesto Cardenal pueden leer el artículo de Rosario Cortés Tovar, Tradición clásica en Epigramas de Ernesto Cardenal, Exemplaria: Revista de literatura comparada  4, 2000, págs. 211-226.

 

George Steiner y los clásicos grecolatinos

La muerte del profesor George Steiner a los 90 años el pasado 3 de febrero apagaba la voz de una de las personalidades más sabias y clarividentes de nuestro tiempo. Se ha dicho que era el mejor lector del mundo, y la hipérbole quizá no lo sea tanto. El mundo que habitaba era la logosfera, el tupido bosque formado por la ingente producción literaria y filosófica de Occidente, desde la Antigüedad clásica a nuestros días. Prestó  especial atención a las tradiciones inglesa, francesa y alemana (en las que era trilingüe), pero también a la italiana (Dante, Leopardi), la rusa (Tolstói, Dostoievski, Pushkin), la hebrea (la Biblia y la Cábala), y algo a la española e hispanoamericana (Cervantes, Borges). Se codeaba con familiaridad con los grandes genios de la literatura y el pensamiento de todas las épocas, aunque con frecuencia la música y las artes plásticas también aparecen mencionadas. Es autor de libros deliciosos y originalísimos, a ratos densos por su concisión expresiva, pero jamás farragosos, a pesar de la cantidad de nombres y obras citados. La mayoría han sido publicados en España por Siruela. Recordemos Campos de fuerza (sobre una memorable partida de ajedrez por el campeonato del mundo), Antígonas (pervivencia del mito forjado por Sófocles), Los libros que nunca he escrito (proyectos inconclusos), Lecciones de los maestros (sobre la necesidad del magisterio para el conocimiento), Lenguaje y silencio (y cómo el segundo puede ser muy significativo), Después de Babel (sobre la posibilidad de la traducción)… Son temas de importancia central para cualquier amante de la literatura y la lectura, y no digamos para filólogos, filósofos o traductores. Errata

Como no podía ser de otro modo en alguien del talante y las amplias miras de Steiner, muchos pasajes de las literaturas clásicas son objeto de sus jugosos comentarios, por ejemplo los que dedica en su autobiografía intelectual, Errata (pp. 27-31 de la edición española), al descubrimiento de la Ilíada a los seis años (¡nada menos!). Recuerda con emoción el momento en que su padre leyó para él la no muy conocida escena del canto 21 en que Aquiles dialoga con Licaón, hijo de Príamo, y lo acaba matando, y añade (empleando para la ocasión un logrado símil homérico):

Mi padre leyó el texto griego varias veces seguidas. Me hizo repetir las sílabas con él. Abrió el diccionario y la gramática. Como el dibujo de un mosaico de vivos colores oculto bajo la arena sobre el que se vierte agua, las palabras, las frases cobraron forma y significado para mí. Palabra tras palabras declamada, verso tras verso. Recuerdo nítidamente el asombro que me produjo la palabra “amigo” en mitad de la frase mortal: «Por esta razón, amigo, vas a morir» [21.106] ”.

Luego el padre invitó al pequeño George a aprenderse los versos de memoria (“Para que la serena crueldad del mensaje de Aquiles, para que su dulce terror no nos abandonase jamás”) y le dejó por sorpresa en la mesita de noche su primer Homero. “Puede que el resto no haya sido más que una apostilla a aquel momento. La Ilíada y la Odisea me han acompañado durante toda mi vida”. Cuenta luego que coleccionó centenares de traducciones de los poemas homéricos y que publicó en 1996 su Homer in English, “la obra que entre todas las mías me ha proporcionado un placer más inmediato”.

Son extraordinarias las páginas de La poesía del pensamiento (35-52), una de sus últimas obras (2011) dedicadas a Heráclito, Parménides, Empédocles y, en especial Lucrecio (así como Platón: 56-70). Extracto las siguientes líneas (50-51):

Lucrecio nos hace sentir que hay ciertos movimientos de pensamiento, de razonamiento abstracto, una gravitas, un peso material […]. Cuando hay velocidad en la cadencia es la de una rapidez acorazada, de un belicoso accelerando. Como el de los jóvenes que danzan “revestidos de sus armaduras, chocando bronce con bronce a compás”. No hay traducción que iguale el peso mercurial, si existe algo que se pueda llamar así, del original:

cum pueri circum puerum pernice chorea
armati in numerum pulsarent aeribus aera. (2.635-636)

Cuando ágiles rondas de niños armados danzando en torno al dios niño
batían en cadencia bronces con bronces (trad. de E. Valentí Fiol)

(Por cierto que en la edición española, no en la inglesa, puerum aparece erróneamente como pueri). Para no alargarme, dejo para otra entrada la reseña de un opúsculo reciente y poco conocido: Fragmentos (2016). Seguramente otros colaboradores del blog se animarán a glosar más páginas igualmente fascinantes de su obra.

Maestro Steiner, gracias por transmitirnos su Pasión intacta.

Marco Antonio Santamaría

 

Ha muerto George Steiner, el maestro de lectura

Así le hubiera gustado ser recordado a George Steiner, que murió el lunes 3 de febrero a los 90 años. Crítico literario y ensayista, humanista, erudito y también gran conocedor del mundo clásico, es autor de más de treinta ensayos, Tolstoi o Dostoievski (1959), La muerte de la tragedia (1961), Lenguaje y silencio (1967), Después de Babel (1975), Antígonas (1981), Presencias reales (1989), En el castillo de Barba Azul (1971), etc. También cultivó la ficción con El traslado de A.H. a San Cristóbal (1981), donde imagina una vida de Hitler posterior a la Segunda Guerra Mundial.

Uno de los representantes de la alta cultura, una especie en extinción, fue una figura controvertida. Fue atacado por pomposo, pretencioso e inexacto y considerado por muchos un elitista; él mismo contestó a esta acusación: “Ser parte de una élite significa amar apasionadamente y no negociar tus pasiones. Si eso es elitismo, me declaro culpable”. El 12 de marzo de 2009 Lee Siegel escribió en su artículo “Our George Steiner Problem — and Mine” (The New York Times Book Review): “His bracing virtue has been his ability to move from Pythagoras, through Aristotle and Dante, to Nietzsche and Tolstoy in a single paragraph. His irritating vice has been that he can move from Pythagoras, through Aristotle and Dante, to Nietzsche and Tolstoy in a single paragraph. “

Puedes leer aquí la necrológica que le dedica The New York Times Book Review. En el ámbito nacional el País publicó el pasado día 4 sendos textos de Juan Cruz y de Borja Hermoso, que lo visitaron en su casa hace dos años, y ayer una entrevista póstuma que le hizo Nuccio Ordine. El obituario de ABC es de José María Pozuelo Yvancos.

Susana González Marín


			

Javier de Hoz (1940-2019): retrato en escorzo

ἦ τέθνακε;
Consulta al oráculo de Dodona en dialecto dórico (¿s. IV a.C.?), IDodona 115A

El pasado 12 de enero falleció en Las Rozas el profesor Javier de Hoz Bravo. Había nacido en Madrid en 1940 y había estudiado Filología clásica en la Universidad Complutense, donde se doctoró en 1966 con una tesis dirigida por Francisco Rodríguez Adrados sobre la estructura de la tragedia en Esquilo, que recibió el premio extraordinario. Obtuvo la cátedra de griego en 1967, a la edad, hoy inimaginable, de veintiséis años. Tras apenas dos cursos en Sevilla, se trasladó a la Universidad de Salamanca en 1969 para ocupar la plaza que había dejado vacante nada menos que Martín Ruipérez, otra figura crucial en la Filología griega española y en la que entonces era Facultad de Filosofía y Letras de Salamanca. Aquí se encontró y entabló amistad con colegas como Carmen Codoñer, Koldo Mitxelena y, más tarde, Francisco Villar. En nuestra universidad permaneció durante veinte años hasta que en 1989 no desaprovechó la oportunidad de regresar con toda su familia a su añorado Madrid, a la Universidad Complutense en la que había iniciado su vida universitaria.

En Salamanca fue muchos años director del antiguo Seminario de Griego y luego Decano de la Facultad de Filología entre 1981 y 1985. El curso 1978–1979 disfrutó de un año sabático como becario Humboldt en la Universidad de Tubinga. En 1985 con la nueva estructura universitaria, se convirtió en el primer director de nuestro actual Departamento de Filología Clásica e Indoeuropeo.

Tuve el honor de ser su subdirector en esa etapa, en la que todo estaba sujeto a cambio (no siempre a mejor). Por esa circunstancia, con su traslado a Madrid, recayeron en mí, por un lado, la ineludible obligación de sustituirlo en la dirección del departamento hasta que se convocaron de inmediato nuevas elecciones, y, por otro, el inmerecido privilegio de pronunciar un discurso informal de despedida en una cena que congregó a la mayoría de los miembros del departamento. Yo cené al lado de María Paz García-Bellido, su mujer, experta en numismática antigua, quien, pretextando que se había tomado una copa de más, me hizo reír lo indecible con comentarios muy divertidos. Ahora, por una ironía de la vida, recaen de nuevo en mí el privilegio y la obligación de rendir a Javier de Hoz en nombre de sus amigos y compañeros los honores de una despedida ya definitiva con esta pequeña semblanza que, sin duda, se resentirá de mi escasa capacidad para la hipérbole y mi propensión a la parquedad en el elogio.

Los fríos datos de un currículum fecundo en publicaciones no darían una idea ni siquiera aproximada de lo que el perfil académico de Javier de Hoz y su figura significaron para la Filología griega y, muy en especial, porque es lo que nos atañe más directamente, de la huella imborrable que dejó en nuestro departamento.

Los docentes del departamento que pasamos de los cincuenta tuvimos la oportunidad de disfrutar como alumnos de sus clases, en las que ofrecía una visión novedosa de los textos griegos, de la literatura y también de la sintaxis del griego antiguo. Aquí dirigió diversas tesis doctorales a algunos profesores ya jubilados o todavía en activo como Juan Luis García Alonso. Los alumnos de promociones más recientes lo han podido conocer en algunas de las conferencias que ha impartido en Salamanca. La última, sobre las escrituras paleohispánicas, la pronunció, lamentablemente, hace algo más de un año en un ciclo de conferencias sobre las escrituras de la Antigüedad que organizó la sección local de la SEEC.

El vínculo de Javier de Hoz con Salamanca nunca se rompió. Aparte de la relación personal continuada o más intermitente con sus antiguos colegas y las ocasionales visitas a Salamanca por razones estrictamente académicas, desde 1996 su hija María Paz de Hoz García-Bellido es profesora titular en nuestro departamento (seguramente ya por poco tiempo).

La obra científica de Javier de Hoz giró en torno a dos ejes principales, que, a primera vista, poco tienen que ver entre sí: la Literatura griega, principalmente del periodo arcaico, y el estudio de las lenguas paleohispánicas y las escrituras antiguas. Durante los primeros años de su etapa salmantina, su trabajo se centró fundamentalmente en el primer campo y, en especial, en el análisis de la estructura de la tragedia ática. Por increíble que hoy nos pueda parecer, en los antiguos planes de estudio de la licenciatura de Filología clásica, la Literatura griega y la Literatura latina no figuraban como asignaturas con entidad propia. Él fue el primero que impartió la materia y sus aportaciones supusieron una renovación de los estudios de Literatura griega en Salamanca a los que dotó de un aire de modernidad.

Su afición por las lenguas paleohispánicas, que venía de tiempo atrás y que había compartido con colegas de Salamanca como Koldo Mitxelena y Francisco Villar, pasó a ocupar un primer plano en los últimos años de Salamanca y, de manera aún más ostensible, tras el traslado a Madrid, donde Javier de Hoz se convirtió en el núcleo de un amplio equipo de investigación sobre este campo de estudio, al que se incorporaron miembros de distintas universidades españolas.

Con ocasión de su jubilación sus discípulos y colegas le homenajearon con sendos volúmenes editados por Eugenio R. Luján y Juan Luis García Alonso, Serta Palaeohispanica in honorem Javier de Hoz (= Palaeohispanica) (Zaragoza, 2010) y A Greek Man in the Iberian Street: Papers in Linguistics and Epigraphy in Honour of Javier de Hoz (Innsbruck, 2011). El primero de ellos (pp. 17-37) incluye una reseña detallada de la biografía y bibliografía de Javier de Hoz hasta 2010.

Su aspecto era inconfundible. El rostro anguloso de rasgos afilados, sonrisa amplia y ojos escrutadores se coronaba con una abundante cabellera que remataba un emblemático penacho declarado en rebeldía. Espigado, de porte atlético —había practicado el deporte en su juventud y se mantuvo en forma toda la vida—, con un estilo vagamente inglés, siempre a la carrera con un aire distraído, parecía más joven de lo que correspondía a su edad real.

Fue un curioso impenitente interesado por las novedades en cualquier campo de la Filología clásica y la naturaleza le había dotado de una memoria prodigiosa. Su carácter era más bien tímido y reservado, pero no apocado ni cohibido ni irresoluto y tampoco cultivaba el enigma y el misterio. Trataba de evitar los conflictos, pero no los rehuía a cualquier precio, y hacía valer sus opiniones con convicción y contra viento y marea cuando consideraba que algo o alguien merecía ser apoyado o defendido. Yo puedo dar fe de ello. Nunca actuaba movido por las circunstancias cambiantes y por su interés personal más inmediato. Como se dice vulgarmente, no se casaba con nadie.

Esta gallardía y su talante ecuánime e independiente, poco amigo de los cotilleos, las intrigas y las camarillas, lo hacían parecer «olímpico» a ojos de algunos. Según mi experiencia, era una persona franca, de trato fácil, optimista, delicada y afectuosa. No puedo olvidar cómo fue a visitarme en Madrid al hospital donde yo convalecía de una complicada intervención quirúrgica.

Era un orador eficaz, que, sin recurrir a trucos y artificios retóricos, sabía encontrar el tono y la expresión adecuada para cada ocasión. No eran menos admirables sus dotes para la gestión. Durante años él fue quien se ocupó de organizar la biblioteca del antiguo departamento. Poseía además la rara virtud de saber delegar las tareas en otras personas dándoles completa libertad de actuación sin inmiscuirse en su trabajo. Tenía una concepción global del departamento y, con una aguda inteligencia práctica y una clara visión de futuro, se anticipó a los tiempos buscando eso que ahora los pomposos pedantes que rigen y mortifican nuestras vidas han dado en llamar «internacionalización» y «visibilidad».

Los últimos años de su vida estuvo peleando a brazo partido contra un cáncer implacable. Durante mucho tiempo fue ganando las batallas una tras otra, hasta que, en los últimos meses, las tornas cambiaron. Desde el primer momento hasta el último su actitud frente a la enfermedad fue ejemplar y admirable. Como contaban sus hijos, en vez de dejar traslucir su natural preocupación y desánimo, él era quien, como un héroe clásico, animaba a su familia y restaba importancia a los efectos cada vez más evidentes de su mal. Recuerdo que hace algunos años, cuando, por efecto de la quimioterapia, había perdido el pelo y estaba un tanto irreconocible, él mismo se burlaba divertido de los «caracolillos» que le empezaban a crecer en la cabeza, pese a que había tenido siempre el cabello apenas ondulado.

La última vez que estuve con él fue en Vitoria a finales de noviembre del año pasado con ocasión de un homenaje que se tributaba a nuestro común amigo el profesor Joaquín Gorrochategui. Desde la mesa presidencial y, tratando de disimular un dolor que se adivinaba en algunos gestos, pronunció unas palabras cariñosas y tan acertadas como siempre en honor del homenajeado, pero ahora su marcha antes briosa se había enlentecido y tenía que ayudarse con el bastón. Me vinieron a la memoria los deslumbrantes poemas de los líricos griegos arcaicos sobre la fragilidad de la vida humana, la vejez y la enfermedad, que él me había explicado cuarenta y tres años antes y que yo entonces, joven y despreocupado, leía como si todo aquello fuera un simple topos literario lejano en el tiempo y en el espacio y completamente ajeno a mí y a mis circunstancias. Ahora en Vitoria la vida imitaba a la literatura: «Blancos se han vuelto mis cabellos de negros que eran. Mi ánimo está pesado. Ya no me llevan las rodillas, que antaño eran ágiles para bailar como de cervatillos», tal como escribía una maravillosa Safo (fr. 58.5-6) en el crepúsculo de su vida. A pesar de todo, Javier de Hoz logró no perder ni por un momento en toda la jornada su peculiar sonrisa: «Lo lamento a menudo, pero ¿qué podría hacer?» (Sapph. Fr. 58.7). Cuando nos despedimos de él, muchos tuvimos la sensación de que esa podía ser la última vez que lo veíamos.

Todos los miembros de nuestro departamento estamos en deuda con él en el plano profesional y muchos también en el plano personal. Su ausencia ha dejado en nosotros un poso de añoranza y un sentimiento de orfandad.

Julián Victor Méndez Dosuna

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