Rebusca entre las numerosísimas imágenes que ilustran las obras de Ovidio: Ovidius pictus

Nos llega por varias vías (entre ellas José Carlos Fernández Corte y el Mercurio Salmantino) la noticia de la inauguración de una nueva web, fruto del trabajo realizado en varios proyectos de investigación desarrollados desde el año 2007 y encabezados por Fátima Díez Platas (Dpto. de Historia del Arte. Universidad de Santiago de Compostela): la Biblioteca Digital Ovidiana. Los proyectos han perseguido la recopilación, estudio y digitalización de todos los ejemplares de las ediciones ilustradas de las obras ovidianas, impresas entre los siglos XV y XIX, que se encuentran en las bibliotecas españolas públicas y privadas, y la creación de una base de datos de estas ilustraciones. Además, dentro de esta página se aloja un blog, Ovidius pictus, sobre los libros y las bibliotecas que los contienen. Lee aquí su primera entrada: Ovidio en la biblioteca más antigua de Galicia. Damos la enhorabuena a esta iniciativa que sin duda utilizaremos muy frecuentemente y les deseamos la mejor suerte.

Susana González Marín

Nuevo libro de Carlos García Gual: La deriva de los héroes en la literatura griega

En El País del 26 de junio Guillermo Altares da cuenta de la publicación del último libro de Carlos García Gual, La deriva de los héroes en la literatura griega (Siruela), y recoge sus palabras sobre este nuevo ensayo. Os dejamos aquí el texto:

Ulises, Lisístrata y otros héroes de nuestro tiempo

La historia de una cultura se puede contar a través de los héroes que sus ciudadanos veneran o temen, de los relatos de personajes extraordinarios que se repiten a lo largo de los siglos. Es lo que hace Carlos García Gual (Palma de Mallorca, 77 años), helenista y académico de la lengua, en su último libro, La deriva de los héroes en la literatura griega (Siruela), un ensayo que se mueve en un apasionante terreno en el que se mezclan la historia, la literatura y el mito. Cada época de la literatura griega, con la que nace nuestra cultura, construyó un tipo de héroes diferente. Son personajes que fueron perdiendo poderes sobrehumanos hasta convertirse en seres normales capaces de hazañas extraordinarias. Esa lógica sigue vigente en nuestra cultura contemporánea, a través, por ejemplo, del cómic o del cine de superhéroes, pero también en las noticias, ahora que vemos a los sanitarios como los héroes civiles de la pandemia. García Gual lo sabe bien: el erudito, que lleva décadas trasladando el hechizo grecolatino al lector medio en español, pasó ingresado dos semanas en el hospital por coronavirus y ha superado la enfermedad, de la que se halla felizmente recuperado.

“Lo que muestra este libro es cómo la mitología está unida a la literatura y a la sociedad griega a lo largo de su historia”, explica por teléfono García Gual, catedrático de Filología Griega en la Universidad Complutense de Madrid, autor de numerosas traducciones y ensayos, en los que de una forma u otra siempre emergen héroes y mitos como La muerte de los héroes o Sirenas. “La democracia quería un tipo de héroe como el héroe cómico, mientras que el mundo anterior, de aristócratas, buscaba héroes épicos. Son personajes que están unidos al devenir histórico de la sociedad griega”.

La historia de los héroes griegos se puede relatar a través de cinco personajes que apasionan a García Gual. Su libro, lleno de citas y de homenajes a autores que le ayudaron a navegar en el mundo de los héroes clásicos, contiene muchos más personajes, pero no disimula sus preferencias por estos cinco.

Héctor, el héroe derrotado que lucha por su ciudad

La Iliada, el gran poema épico de Homero, narra el enfrentamiento entre dos héroes, el aqueo Aquiles, hijo de un rey y una ninfa, frente a Héctor, el troyano, que se sabe derrotado y que, sin embargo, mantiene su lucha por algo mucho más importante que la gloria y el honor: su propia ciudad. Héctor se convierte así en el primer gran héroe cívico. “Enlaza con la ideología y los valores del patriotismo ciudadano”, explica García Gual. “Se alza como lo contrario de Aquiles, que lucha por su honor y quiere sobre todo que se le recuerde como el mejor. Héctor es un héroe más moderno, que combate por su ciudad, es un personaje de una nueva época. Es curioso que Homero muestre una gran simpatía por la figura de Héctor, que es mucho más humano”. Como resume en su libro, “en Héctor podemos ver la emergencia de un nuevo ideal de humanidad, de la concepción de que un hombre se realiza mejor en el servicio a la ciudad que a su propio honor”.

Ulises, el aventurero que no busca la aventura

De todos los héroes griegos, Carlos García Gual cree que el más perdurable es Odiseo o Ulises (en su versión latina). Se trata de un humano sin poderes físicos especiales, que ni siquiera busca la aventura, sino que solo quiere volver a casa y para eso utiliza la inteligencia. “Es el aventurero, el hombre astuto e inteligente, que tiene una serie de aventuras que él no buscaba, sino que se encuentra metido en ese mundo y sabe triunfar tanto ante los monstruos, como las seducciones femeninas, el mar o incluso el más allá”, señala. “Es el gran viajero. Para los griegos la figura que tienen como más representativa es Ulises. Viaja al más allá pero no le interesa, va allí casi como un turista porque se lo ha pedido Circe. Es interesante que Ulises no tenga mucho interés por el más allá, ni cuando Calipso le ofrece la inmortalidad si se queda con ella. La inmortalidad no le interesa mucho: lo que quiere es regresar. Ese gusto terreno de Ulises resulta muy moderno”.

Edipo, el héroe de lo absurdo

Edipo, al que García Gual dedicó un libro anterior, pertenece ya a un nuevo mundo helénico, que ha dejado atrás la épica para entrar en la tragedia. Para definir este momento recurre a una cita del francés Jean Pierre Vernant (un gran helenista que fue un héroe de la resistencia contra los nazis, pero que jamás se jactó de ello): “Cuando el héroe es puesto en tela de juicio ante el público, es el propio hombre griego quien, en el siglo V ateniense, se descubre problemático”. Este personaje de Sófocles refleja como ningún otro esa visión de un mundo cambiante: “Los héroes no son del todo buenos ni malos. Edipo, que quizás sea el más trágico, es un hombre que tiene una carrera heroica, y de pronto descubre que es un asesino y el culpable de las desdichas de Tebas y, sin embargo, no podemos decir que haya nada malvado en él. Es un personaje que creyendo hacer siempre lo justo se ha encontrado que se ha casado con su madre y ha matado a su padre”. Para el autor, forma parte de “los héroes del absurdo, que se enfrentan a un destino trágico en un mundo sin sentido”.

Lisístrata, la heroína que busca la paz

Con la comedia, un género que ha llegado hasta nosotros solo a través de 11 obras de Aristófanes, se abre una nueva época en el mundo griego, donde los protagonistas son tipos normales y corrientes que, sin embargo, acaban salvando a sus ciudadanos. “Frente al mundo de la tragedia, la comedia refleja más la vida de la ciudad, de la democracia”, explica García Gual, quien en su libro dedica un apartado a la heroína de la literatura griega Lisístrata, que encabeza una rebelión de las mujeres contra los hombres a los que privan de sexo hasta que dejen de guerrear. “Aristófanes presenta esas dos piezas, Lisístrata y La asamblea de las mujeres, con personajes femeninos que ocupan el lugar de los héroes, son heroínas de farsa. Para la Grecia clásica, es el mundo al revés porque las mujeres no participan de la vida política. Pero da entender que el mundo sería mucho mejor gobernado por ellas, porque buscan la paz”.

Alejandro, entre el mito y la historia

Con Alejandro Magno, Carlos García Gual cree que se acaba el mundo de los héroes helénicos. “Es el último gran héroe griego”, explica. Concentra en su grandeza las virtudes de los grandes personajes de la literatura griega: la fuerza de Heracles, la capacidad de exploración de Ulises, la muerte trágica de Héctor. Pero, apunta el profesor, presenta además una característica insólita: es un personaje real que, sin embargo, logra formar parte de la mitología. “Ese Alejandro que pasó de la historia al mito acaba por ser más importante que el Alejandro histórico”, señala. Y, allí, en ese inmenso terreno donde se mezclan la realidad y la imaginación, en el inabarcable campo de batalla de los grandes héroes, acaba el libro con un “relato que luego viaja por los siglos y las varias lenguas y literaturas mucho más allá del escenario en que surgió”.

Fulgentius

Si a estas alturas César Aira sigue siendo “el secreto mejor guardado de la literatura argentina” hemos de concluir que el problema lo tenemos nosotros; él ya ha hecho su parte y, abandonando la candente Beatriz Viterbo Editora, ha entregado su obra al omnipotente y omnipresente conglomerado de Random House.

Borges nos malacostumbró a pensar la literatura argentina plagada de espejos y laberintos, a buscar continuamente referencias inter- y metatextuales. Aira no lo desmiente. Fulgentius es la novela sobre Fulgentius, un general romano que aprovecha el liderazgo de una legión para poder organizar por los territorios del Imperio representaciones de su tragedia, que también se llama Fulgentius ya que tiene como protagonista un trasunto de sí mismo; en su afán de multiplicación, menciona además Fulgentius que en Roma se está escribiendo una biografía suya. Si a esto se añade la preocupación por la recepción y los trasvases de género literario ⸺Fulgentius escribe su obra en la juventud como una parodia pero sus coetáneos y, con el paso del tiempo, él mismo lo perciben en su dimensión patética⸺, el Fulgentius de Aira parece un pasatiempo estival genettiano. El cuadro se completa al pensar que la edad del protagonista, en la que se hace hincapié a lo largo de todo el texto, es la misma que César Aira tenía al firmar la novela.

También juega en varios momentos a dejar ver las costuras. En un momento (p. 94), por ejemplo, el protagonista reflexiona sobre cómo nunca se adecúa la división episódica de la literatura a la vida real, o, de manera más directa, cuando Fulgencio dialoga con su ayudante (p. 46) encontramos:

«⸺No sé si notaste ⸺agregó coronando triunfalmente su discurso⸺ que en el capítulo anterior señalé y aislé a un joven muerto, en parte para tu instrucción»

A lo largo de la novela se repite la singularidad de una tragedia autobiográfica en la literatura romana, lo cual no sería algo tan sibilino de no ser porque la cita inicial de Fulgentius son unos versos en latín (con una errata tipográfica, por cierto), sin traducción ni adscripción, de la Octavia, el único ejemplo que conservamos completo de fabula praetexta, de tragedia de temática romana. Este drama ha sido tradicional y, con casi toda seguridad, erróneamente atribuido a Séneca, pero si pensamos que Séneca es también uno de los personajes empezamos a atisbar hacia dónde apunta Aira al encabezar la novela con Octavia.

El paratexto de la contra no elude ilustrarnos sobre el género de Fulgentius: «una nueva incursión (…) en la novela histórica»; si no fuese porque el autor es Aira uno tendería a identificar ahí la mano de los responsables de márketing en la multinacional. Fulgentius es una novela histórica en la misma medida en la que lo es Parménides .

De entrada, tenemos una orientación vaga del contexto histórico. Se trata de la época imperial, ciertamente. Algunas pistas permitirían aproximarlo hacia el siglo II e.c. (o finales del I): Fulgentius extrae sus conocimientos biológicos de la Historia natural de Plinio, a la que alude en un par de ocasiones, y menciona que ya ha habido emperadores que han ocupado el puesto tras la proclamación de su legión y marchar hacia / contra Roma; cabe añadir, aunque sea un indicio débil, puesto que no comenta cuando pasa por Vindobona (Viena) que ningún emperador ha muerto allí, que podemos suponer que la acción transcurre con anterioridad al 180 e.c., fecha de la muerte de Marco Aurelio en esa ciudad, como refleja a su manera Gladiator.

Quizá, con todo, lo que más choque de Fulgentius como novela histórica no sea ni esa indeterminación temporal ni los anacronismos y las escenas improbables salteadas por el texto (por ejemplo, una legión plenamente alfabetizada o la original imagen de seis mil legionarios patinando en un lago helado), sino el que renuncie a la cargante tendencia del género a convertirse en libros de texto:

«Lactarius jugaba a los dados, el entrechocar de los huesecillos y las voces apagadas le llegaban desde lejos (p. 44)»

Queda en el lector entender que uno de los materiales preferidos por los romanos para hacer sus dados era el hueso. Si aceptamos que, en efecto, se trata de una novela histórica, Aira se empeña en mostrar que otro tipo, uno digno, también es posible.

No es posible agradecer a Aira lo suficiente el que no transmita una imagen naïve de la maquinaria imperial romana. El novelista es capaz de desvelar la crueldad inherente al imperialismo romano sin salir del entorno ideológico del personaje y sin romper la narración con discursos extemporáneos. Por ejemplo:

«De modo que habría que atraerlos al llano, quemando sus aldeas, violando a sus mujeres y crucificando a sus hijos de poca edad en crucecitas adecuadas a sus tamaños. Si no bajaban con eso era porque no tenían sentimientos. (p. 121)»

En algunos pasajes resuena ese educado cinismo taciteo que conoce su hipóstasis en el no menos brillante que cruel cierre del capítulo vigésimo primero del Agricola: idque apud imperitos humanitas vocabatur, cum pars servitutis esset. Aira hace participar a su personaje de esa misma culposa lucidez:

«Donde encontraban poblados, dejaban ruinas: donde encontraban ruinas seguían de largo, no sin la sospecha de haber pasado antes por allí. (p. 36)»

O

«Lo que no impidió que se hicieran pedidos y reclamos. No salían de lo habitual: la baja en el precio del trigo, las inundaciones por falta de obra y, una constante, el incumplimiento de la promesa de rebaja de impuestos. Nunca lo pedían directamente sino mediante ese rodeo. Nadie sabía quién había hecho esa promesa, y por un pacto de caballeros nadie preguntaba. El firmamento mental de los tributarios del Imperio estaba constelado de promesas míticas, hechas en los orígenes del tiempo, que coincidían con los orígenes de Roma.»

En la misma línea, hay un par de páginas geniales (35-35) sobre la traducción que entroncan directamente con el nunca suficientemente celebrado discurso del general Zapp Brannigan.

Para ser justos, Fulgentius no es el mejor texto de César Aira, pero ojalá todos acertásemos como Aira falla.

Diego Corral Varela

 

 

Hechiceras, sacerdotisas y magas: las poderosas mujeres de Pilar Pedraza

Muchas veces llegamos a los clásicos cuando todavía no toca leerlos. Lo hacemos siguiendo la senda de eso que llamamos los docentes “el plan lector de centro”: un listado de lecturas obligatorias para los distintos cursos de la ESO y Bachillerato. En teoría, el objetivo que persigue este plan es fomentar el hábito lector entre el alumnado desde el disfrute de la literatura. Sin embargo, si alguien me hubiera preguntado cuando estaba en 3º de la ESO si disfruté de la soporífera selección de cuentos del Conde Lucanor —ni siquiera era una adaptación—se habrían encontrado con el testimonio de una muchacha sensible a la que le gustaba la poesía, pero que vivió aquel coñazo supino del Conde y Patronio como un auténtico trauma. ¿Acaso disfrutaron ustedes de la lectura del combate entre Don Carnal y Doña Cuaresma? ¿Les dejó sin aliento la violación y apaleamiento de las hijas del Cid por los despiadados Infantes de Carrión? ¿Sintieron ese mancillamiento, tan épico, de la honra como propio cuando sólo tenían 14 años? ¿Acaso les conmovieron estas obras medievales? Afortunadamente, más tarde, y también dentro de ese mismo plan lector del centro en el que estudié, cayeron en mis manos joyas como El camino de Delibes, las Leyendas de Bécquer (aquellos diabólicos y seductores Ojos verdes todavía no los he conseguido olvidar), El guardián entre el centeno de Salinguer y El árbol de la ciencia de Baroja, cuyo protagonista, Andrés Hurtado, fue mi amor platónico durante mucho tiempo (¡ay el fervor de la adolescencia…!).

Sin embargo, pese a haber tenido esta relación tan ambivalente, casi de amor-odio, con las mal llamadas “lecturas obligatorias”— pues la obligatoriedad que se está exigiendo a algo que debería estar destinado a producir placer acaba de forma inminente con cualquier atisbo de disfrute o deleite—, una vez convertida en profesora de Latín, me veo cometiendo con mis alumnos los mismos errores que mis profesores cometieron conmigo en el pasado. Puesto que Cicerón y César son autores que deben traducirse en la Evaluación del Bachillerato para el Acceso a la Universidad (EBAU), no solo traducimos y leemos en clase diversos capítulos de La guerra de las Galias y La conjuración de Catilina, sino que, además, —seguimos para bingo, señores— leemos La conjuración de Catilina de Salustio. Pero esto se va a acabar gracias al descubrimiento fortuito de una novela que me ha entusiasmado: Lobas de Tesalia (2015) de Pilar Pedraza.

Por caprichos del azar y juegos del destino, durante el tedioso periodo de confinamiento en que los días parecían años y los meses, lustros, di por casualidad con una excelente entrevista a esta autora toledana, publicada en la revista Jot Down. De Pilar Pedraza (Toledo, 1951) se ha dicho de todo: que es gótica, feminista y que escribe novelas de terror. Hay quienes incluso la han apodado “la dama oscura” debido a su devoción por lo tétrico, lo espantoso y lo macabro. Nada de eso. Pedraza prefiere no encasillarse y afirma que ella es “escritora y ya está”. Defensora como es de un género tan injustamente denostado —la literatura fantástica—, feminista por condición y convicción, rechaza las polémicas que no van a ninguna parte y no escribe pensando en que esto o aquello pueda herir la sensibilidad de alguien. A este respecto resulta especialmente divertida la anécdota que cuenta en la entrevista para Jot Down: uno de sus cuentos, ambientado en el siglo XVII, cuyo argumento giraba en torno a la autopsia a un hermafrodita, estuvo a punto de sufrir cierta censura porque eran médicos y no médicas quienes iban a realizar la intervención y porque “lo del hermafrodita podría incomodar a los niños que tienen hermafroditismo”. Ella no se doblega ante el “lector sensible”. Nuestra querida dama oscura va por libre. Es fiel a sus principios, a sí misma y se debe a sus personajes, a sus novelas y a la literatura.

En Lobas de Tesalia encontramos los ingredientes tradicionales de una novela de aventuras en toda regla: viajes a lugares exóticos y desconocidos, escenas horripilantes, omnipresencia del elemento mágico, peripecias diversas e, incluso, amor. Pero, sin duda, una de las cosas que más debemos elogiarle es su maestría a la hora de crear poderosos personajes femeninos por los que es palpable que siente una honda y sincera admiración: habilidosas farmakeutriai como la protagonista, Lupercia Mania, y su difunta amiga Póstuma; ariscas esclavas ante cuyos encantos se rinden todos los jóvenes, como la joven Cátula; misteriosas hechiceras consagradas a Héctate, como Macaria; sabias sacerdotisas etruscas como Thanakyl o imponentes mujeres como la Sibila de Cumas, de la que Lupercia dice: “Era enorme, hercúlea, dibujada en dos dimensiones como inscrita en un círculo, vestida con sedas de colores radiantes, claros y contrastados. Tenía la piel morena y los ojos inmóviles como los de los dioses, con el iris celeste muy claro y las pupilas como cabezas de alfiler. No hay ojos azules tan puros como esos ni siquiera entre los germanos; no es extraño que enamoraran a Apolo, dios de la claridad radiante”.

La ternura, la sororidad, el afecto, la camaradería y, también, la mala leche y unas buenas dosis de humor, constituyen los grandes aciertos de esta original novela ambientada en la Roma imperial que se presenta como la lectura idónea para acercar a los estudiantes de Bachillerato al apasionante mundo de los difuntos y las malignas larvae, de los misterios de Hécate y de las brujas de Tesalia. Porque no todo va a ser Cicerón y César.

“Thanakyl y las amazonas partieron hacia sus respectivos templos en Roma. Yo permanecí un par de días en la casa de la Sibila recuperándome en compañía de Macaria. (…) Macaria y yo, cuidadas por mi vieja Demetria, tuvimos tiempo y libertad para comunicarnos y compartir nuestro mutuo afecto en aquel palacio sencillo y delicioso, regalo de Apolo, rodeado de arbustos y fragante laurel. Fue un tiempo perfecto, el tiempo de las mujeres.”

Lobas de Tesalia (2015). Pilar Pedraza.

Carolina Álvarez Marcos.

 

 

 

Extendiendo la Torá en la Biblioteca General Histórica

La Biblioteca General Histórica de la Universidad de Salamanca es un espacio espectacular y que genera una atracción inagotable, pero no solo por su apariencia y sus fondos magníficos, sino también porque es uno de los pocos lugares en los que pueden llevarse a cabo proyectos que generalmente la burocracia y la falta de dinero hacen irrealizables; y eso es así gracias a su directora, Margarita Becedas, el jefe del fondo antiguo, Óscar Lilao, y a todas y cada una de las personas que trabajan allí –es difícil encontrar un ambiente más agradable y estimulante–. Si a este equipo añadimos el soporte imprescindible de la Unidad de Cultura Científica y de la Innovación y de su coordinador, Miguel Battaner, estamos convencidos de que (casi) todo es posible.

En efecto, hoy os presentamos uno de esos proyectos que se ha visto realizado. Hace pocos días y tomando todas las precauciones dictadas por la fase 1 de la desescalada, tuvimos el privilegio de asistir en la Biblioteca General Histórica a los trabajos para digitalizar la Torá, que se conserva en el arcón de la Sala de los manuscritos e incunables. (Si quieres saber más detalles de la Torá, pincha en esta entrada de El Mercurio Salmantino). A la vez se aprovechó para rodar unas tomas de cara a una próxima exposición, El león y la pluma, programada en el mes de noviembre para conmemorar los 16 siglos desde la muerte de Jerónimo, de la que daremos cuenta en su momento. El rollo, que mide 33,30 m., debía ser extendido y el espacio para hacerlo, sobre un lienzo que lo protegía del contacto con el suelo, solo podía ser la sala de la antigua Librería. Aguardamos con impaciencia ver no solo las fotografías del texto sino el video que Chema, de Yipi Ka Yei Producciones, rodó con un dron apropiado para interiores. Mientras llega esa oportunidad os dejamos algunas imágenes del proceso para abrir boca: esto sí que es la combinación perfecta de historia y tecnología (agradecemos las fotos a Marta Vázquez y Agustín Ramos).

Diego Corral Varela y Susana González Marín

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Ciencia, corderos y manuscritos bíblicos

Compartimos con vosotros el texto publicado en el País (2/6/2020): La piel de los corderos ayuda a resolver el puzle de los Manuscritos del Mar Muerto

Descubiertos en los años 40 y 50, los Manuscritos del Mar Muerto fueron uno de los mayores hallazgos arqueológicos del siglo pasado. Entre estos casi 1.000 pergaminos están los textos bíblicos más antiguos encontrados hasta la fecha. Pero buena parte de los rollos están hechos pedazos. Historiadores, teólogos, lingüistas y paleógrafos llevan desde entonces ordenándolos e intentando juntarlos. Ahora, el análisis genético de la piel animal en la que están escritos puede ayudar a resolver parte del puzle.

Los manuscritos son también llamados los Rollos de Qumrán, por el lugar del desierto de Judea, en las costas mar Muerto (Cisjordania), donde están las cuevas donde fueron hallados. Escritos en hebreo y arameo son parte de los libros sagrados del judaísmo y la base del Antiguo Testamento de los cristianos. Hay decenas de copias de los distintos libros, pero la mayoría de los rollos están muy fragmentados. Muy pocos, como es el caso del Libro de Isaías, cuentan con una copia completa. Para complicarlo aún más, buena parte de ellos no fueron recuperados por arqueólogos, sino por beduinos y aficionados que vendieron los pergaminos a anticuarios. Así que, de muchos de ellos, ni siquiera se sabe de qué cueva salieron.

Ahora investigadores israelíes, con la colaboración de colegas suecos, estadounidenses y una española, han usado técnicas de ADN antiguo para analizar la piel sobre la que están los escritos. Su objetivo es saber de qué especie procede e, incluso de qué animal, vendría cada fragmento.

“Como muchos de los fragmentos son pequeños [apenas unos centímetros], no es fácil ordenarlos para unirlos”, dice en un correo el experto en ADN antiguo de la Universidad de Uppsala (Suecia) y coautor del estudio Mattias Jakobsson. “Así que si, por ejemplo, encontramos dos fragmentos que proceden de un mismo animal (de su piel), sabremos que ambos deben estar cerca uno del otro dentro del puzle de fragmentos. Y al revés, es poco probable que dos trozos que vengan de animales distintos estuvieran cerca entre sí” añade Jakobssen, a cuyo laboratorio llegaron desde Israel algunas de las muestras de los manuscritos.

Los resultados del trabajo, publicados en la revista científica Cell, muestran que casi todos los fragmentos son de pergaminos hechos con piel de cordero. El dato, aunque nuevo, no es muy revelador. Desde antiguo, los pergaminos se han hecho en su mayoría con la piel de los corderos, a la que le arrancaban la epidermis y el tejido subcutáneo (hipodermis) con cal, para acabar poniendo y estirando la dermis en un caballete. Más de 2.000 años después (hay fragmentos del siglo III antes de Cristo) aún se puede leer su material genético.

El ADN permite diferenciar entre unos corderos y otros. Así, los autores del estudio han podido determinar que algunos fragmentos que se creían pertenecer al mismo rollo, probablemente no estén relacionados. Al revés, también han podido conectar otros fragmentos de los que se cuestionaba su vinculación. El análisis genético indica también que dos de los fragmentos estudiados están escritos en piel de vaca. En los tiempos de Jesucristo, en el desierto de Judea no se podían criar vacas, así que los autores del estudio creen que estos textos son de un pergamino que venía de fuera.

“Diferenciar entre distintos fragmentos de pergamino puede cambiar el contexto en el que son leídos y tratados”, comenta el investigador de la Universidad de Tel Aviv (Israel) y coautor del estudio Moran Neuhof. “Por ejemplo, según el análisis, algunos de los rollos que se creía venían de Qumrán probablemente tuvieran su origen en otro lugar. Además, se pensaba que determinados fragmentos de [el Libro] de Jeremías eran del mismo rollo, pero nuestros resultados muestran que no y que la secta de Qumrán incluyó varias copias diferentes del mismo libro bíblico”, añade.

Noam Mizrahi, del departamento de estudios bíblicos de la Universidad de Tel Aviv, y también coautor recuerda que “el judaísmo contemporáneo se caracteriza por una uniformidad textual de la Biblia hebrea, lo que quiere decir que cada copia (ya sea escrita a mano o impresa) de cualquier libro bíblico, en cualquier parte del mundo, es virtualmente idéntica casi letra por letra”. Sin embargo, añade, “en Qumrán, en las mismas cuevas, unas junto a otras, encontramos textos divergentes del mismo libro”. Una diversidad que, como recuerda su colega Neuhof, “es algo que no sería aceptado hoy en día, donde tanto las versiones cristianas como judías de la Biblia están fijadas en una versión canónica”.

Aunque los investigadores solo han podido estudiar apenas 30 fragmentos de los miles que hay, extender el análisis genético al resto de los Manuscritos del Mar Muerto ayudaría a completar a rellenar los huecos que hay en estos rollos.

Hasta ahora, el estudio de los manuscritos se apoyaba en técnicas procedentes de variadas disciplinas, desde la teología hasta la química, pasando por la paleografía o la lingüística. “Esta nueva técnica es importante, ya que nos ofrece datos adicionales para evaluar si distintos fragmentos formaban parte originalmente de un manuscrito”, comenta el responsable del Instituto Qumrán de la Universidad de Groninga (Países Bajos) Mladen Popović. Sin embargo, para este profesor, no relacionado con el actual estudio, “la determinación geográfica, que los manuscritos provienen de diferentes partes del país, es un poco más circunstancial”, aunque reconoce que es algo muy intrigante.

Popović lidera un proyecto impulsado por la Comisión Europea para el estudio de los Manuscritos del Mar Muerto. Con el nombre de The Hands that Wrote the Bible (Las manos que escribieron la Biblia), usan inteligencia artificial, paleografía y la datación por carbono-14 para redescubrir a los escribas que los redactaron. Ahora, las técnicas genéticas podrían sumarse al esfuerzo.

Más pasatiempos en la Biblioteca Histórica de la Universidad de Salamanca

Aunque ya en plena desescalada, seguimos nuestra serie de pasatiempos extraidos de las bases de datos de grabados de la Biblioteca General Histórica. Hoy os proponemos varias imágenes de lugares antiguos, ¿podéis adivinar de cuáles se trata? Escoged entre los nombres siguientes: Alejandría, Cartago, Jerusalén, Mérida, Roma.

Las soluciones están al pie de la página.

1.

Roma

2.

Alejandría

3.InkedCartago_LI

4.Mérida

5.

InkedJerusalen_LI

Susana González Marín

Roma

Martha Nussbaum habla de las raíces de la tradición cosmopolita

En el suplemento Ideas de El País (24/5/2020) nos ofrecen un extracto del libro de Martha Nussbaum La tradición cosmopolita, que se publicará en Paidós el 2 de junio. Reproducimos el texto

La política que soñaba con que fuésemos iguales

Una vez preguntaron a Diógenes el Cínico de dónde venía y él respondió con una sola palabra: kosmopolitês, “ciudadano del mundo”. Podría decirse que aquel momento, ficticio o no, fue el acto fundacional de la larga tradición del pensamiento político cosmopolita en la herencia occidental. Un varón griego rechaza la invitación a definirse por su estirpe, su ciudad, su clase social, su condición de hombre libre o incluso su género. Insiste en definirse atendiendo a una característica que comparte con todos los demás seres humanos, hombres y mujeres, griegos y no griegos, esclavos y libres. Y al caracterizarse a sí mismo, no ya como habitante del mundo, sino incluso como “ciudadano” de este, Diógenes da a entender también que es posible una política —o una aproximación moral a la política— centrada en la humanidad que compartimos más que en las marcas del origen local, el estatus, la clase y el género que nos dividen. Es un primer paso en el camino que nos conduce hasta la sonora idea kantiana del “reino de los fines”, una comunidad política virtual de aspiración moral que une a todos los seres racionales (aunque Diógenes, más inclusivo, no limitaba esa comunidad a lo “racional”), y hasta aquel ideal, también de Kant, de una política cosmopolita que una a toda la humanidad bajo unas leyes que esta se haya otorgado a sí misma, no por efecto de las convenciones y las clases, sino por una libre elección moral. Aseguran que Diógenes “se burlaba de la nobleza de nacimiento y de la fama y de todos los otros timbres honoríficos, diciendo que eran adornos externos del vicio. Decía que solo hay un gobierno justo: el del universo [kosmos]”.

El cosmopolitismo cínico/estoico nos insta a reconocer la igual (e incondicional) valía de todos los seres humanos, una valía fundada en su capacidad de elección moral (aunque quizá sea esta aún una condición demasiado restrictiva) más que en rasgos que dependen de configuraciones naturales o sociales fortuitas. La idea de que la política debería tratar a todos los seres humanos como iguales y como poseedores de un valor inestimable es una de las más profundas e influyentes del pensamiento occidental; a ella cabe atribuir muchos de los elementos positivos presentes en el imaginario político de Occidente. Un día, Alejandro Magno pasó junto a Diógenes y se quedó de pie ante el filósofo, mientras este tomaba el sol en el mercado. “Pídeme lo que quieras”, le dijo Alejandro. Y él le respondió: “No me hagas sombra”. Esta imagen de la dignidad de lo humano, capaz de resplandecer hasta en su desnudez siempre que no quede ensombrecida por las falsas pretensiones del rango social y la realeza, una dignidad que solo necesita que le aparten esa sombra de delante para manifestarse vigorosa y libre, es uno de los destinos finales de una larga trayectoria que conduce hasta el moderno movimiento de los derechos humanos.

En la tradición que describiré aquí, la dignidad es no jerárquica. Pertenece en igual medida a todos los seres que tengan un nivel mínimo de capacidad de aprendizaje y elección morales. Es una tradición que excluye explícita y directamente a los animales no humanos; en algunas versiones, aunque no en la de Diógenes, también excluye (aunque sea de forma menos explícita) a los humanos con discapacidades cognitivas graves. Estas son deficiencias que toda versión contemporánea de esta concepción está obligada a abordar y subsanar. De todos modos, el concepto de dignidad no es inherentemente jerárquico ni está basado en la idea de una sociedad ordenada por niveles y rangos (…).

Es importante recalcar la esencia igualitarista del cosmopolitismo de corte más propiamente estoico, ya que algunos de los expertos que han escrito sobre la dignidad en fecha reciente lo han hecho partiendo del supuesto de que toda la historia de ese concepto se deriva de nociones de rango y estatus propias de sociedades jerárquicas.

Tomado en sí mismo, este ideal no tiene necesariamente implicaciones políticas, puesto que es un ideal moral. Sin embargo, en el pensamiento de muchos de los autores enmarcados en esta tradición, la idea de la igualdad de la dignidad humana fundamenta un conjunto característico de obligaciones para la política tanto internacional como nacional. La idea del respeto por el género humano ha sido una de las bases de buena parte del movimiento internacional de los derechos humanos y ha tenido un papel formativo en múltiples tradiciones legales y constitucionales nacionales. Tampoco se puede decir que la idea de la igualdad de la dignidad humana sea exclusiva de las tradiciones filosóficas de Occidente (…). Hace mucho que, en una India dividida por las ideas jerárquicas de la casta y de la asignación a las personas de ocupaciones predeterminadas por su origen al nacer, el budismo es fuente de una idea diferente: la idea de la igualdad humana. Aunque Gandhi reinterpretó la tradición hindú conforme a unos principios más igualitarios de los convencionalmente invocados allí, el propio Gandhi, Nehru y el resto de los fundadores de la nación se encargaron también de poner de relieve los antecedentes budistas de la igualdad de ciudadanía como principio fundacional del nuevo país situando la “rueda de la ley” budista en el centro de la bandera. El principal artífice de la constitución de la India, B. R. Am­bedkar, una de las grandes mentes jurídicas del siglo XX, se convirtió al budismo ya en la edad adulta y no dejó nunca de sentirse hechizado por el encanto de esa religión. Intocable de nacimiento (o dalit, como se conoce hoy en día a los de su casta), dedicó especial empeño en formular la Constitución poniendo siempre la idea de la igualdad de la dignidad humana en un primer plano. Escribió un libro sobre Buda (publicado en 1957, poco después de su muerte) para poner de manifiesto la idea de la igualdad humana propia de esa tradición. También el movimiento por la libertad de Sudáfrica situó el respeto por la dignidad humana en el centro de una ideología política revolucionaria. En ese caso, sí tuvieron importancia las doctrinas estoicas, invocadas junto a las ideas africanas tradicionales del ubuntu. El filósofo Kwame Anthony Appiah, refiriéndose a la ubicuidad de las ideas de Cicerón en, como mínimo, las zonas anglófonas de África, ha puesto en varias ocasiones especial énfasis en el papel formativo que la idea ciceroniana de la ciudadanía del mundo tuvo en la vida y la obra de su padre, Joe Appiah, fundador de la Ghana moderna. Pero no hace mucho se ha sabido que Nelson Mandela —que posteriormente titularía un libro de entrevistas y cartas Conversaciones conmigo mismo, toda una alusión explícita a la influencia del filósofo estoico Marco Aurelio— tuvo acceso a las Meditaciones cuando estaba ya recluido en Robben Island. La Constitución sudafricana, redactada décadas después, contiene esas ideas. Con independencia del papel reservado a los conceptos estoicos en el documento fundacional de la nueva República de Sudáfrica, lo cierto es que encajan a la perfección con ideas que Mandela había derivado ya de sus propias tradiciones y experiencias personales.

Para elaborar la Declaración Universal de los Derechos Humanos se reunió a un equipo de representantes de múltiples tradiciones de todo el mundo, incluidas las de Egipto, China y Europa. Según el relato que de aquel proceso hizo el filósofo francés Jacques Maritain, los redactores se abstuvieron explícitamente de usar un lenguaje que se considerara propiedad de una tradición en particular (como, por ejemplo, las alusiones cristianas al “alma”). Sin embargo, el vocabulario de la igualdad de dignidad de todos los seres humanos, entendida como un concepto ético no adscrito a ninguna metafísica particular en exclusiva, fue algo que todos ellos sí consideraron oportuno emplear y convertir en elemento central de aquella declaración.

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