Pompeya en París

¿Te acuerdas de cuando en nuestra sección Cosas que hacer en la cuarentena Eusebia Tarriño nos aconsejaba una visita virtual por Pompeya, un recurso del Grand Palais creado para la exposición cuya inauguración estaba prevista para el 25 de marzo? (Pompéi. Promenade immersive. Trésors archéologiques. Nouvelles découvertes. )

Pues finalmente la exposición ha conseguido abrir sus puertas hasta el 27 de septiembre. Lee la noticia en Historia y vida de La Vanguardia: Pompeya y el Vesubio despiertan en París.

¿Existieron las amazonas?

Varios de nuestros colaboradores nos remiten el enlace a esta noticia publicada en La Vanguardia el 24 de junio de 2020:

El esqueleto de una niña de 13 años que confirma el mito de las Amazonas

El historiador Heródoto (484-425 a.C.) situaba a las amazonas en las estepas pónticas que hoy en día forman parte de Kazajistán, el sur de Rusia y Ucrania, en la frontera entre los griegos y los pueblos escitas. Pues bien, el análisis de ADN de los restos de un supuesto muchacho, descubierto hace 30 años en un monumento fúnebre de la temprana edad del hierro, en la República de Tuvá, en el yacimiento de Saryg-Bulun, reveló la sorpresa de que en realidad se trataba de una muchacha que había sido enterrada acompañada de armas, lo mismo que otros tres cadáveres femeninos de distintas edades que se encontraron en el mismo túmulo funerario. De estas, una de ellas había sido sepultada en posición de jinete (como atestigua la imagen de cabecera). El hallazgo, según sus descubridores, parece confirmar la existencia real de mujeres guerreras.

  VENI.VIDI.VICI.

Plutarco nos transmite la traducción al griego de ueni, uidi, uici.

καὶ τῆς μάχης ταύτης τὴν ὀξύτητα καὶ τὸ τάχος ἀναγγέλλων εἰς Ῥώμην πρός τινα τῶν φίλων Μάτιον ἔγραψε τρεῖς λέξεις· „ἦλθον, εἶδον, ἐνίκησα“. Ῥωμαϊστὶ δ’ αἱ λέξεις, εἰς ὅμοιον ἀπολήγουσαι σχῆμα ῥήματος, οὐκ ἀπίθανον τὴν βραχυλογίαν ἔχουσιν.

“Y al anunciar a Roma la rapidez y la velocidad de esta batalla  escribió a Matio, uno de sus amigos, tres palabras: “Llegué, ví, vencí”. En latín las palabras, por terminar igual formando una figura de dicción, componen una braquilogía realmente notable.”

Plutarco, Vidas paralelas. César, 50.

Plutarco hace notar que en latín los tres verbos ueni, uidi, uici, son similidesinentes, mientras que (implícitamente) en griego, a diferencia del latín, el tercer aoristo, del tipo que llamamos débil o sigmático, aparte de romper la similidesinencia, tiene dos sílabas más. La figura, σχῆμα ῥήματος,   produce un notable efecto de concisión (braquilogia)

Por su parte, Suetonio, en la Vida de César, 37:

Pontico triumpho inter pompae fercula trium uerborum praetulit titulum VENI.VIDI.VICI non acta belli significantem sicut ceteris, sed celeriter confecti notam.

“En su triunfo Póntico, entre los demás objetos exhibidos en el desfile mostró un cartel con tres palabras LLEGUÉ, VI, VENCÍ, que no describía, como los demás, las acciones bélicas, sino la nota (observación crítica) de que esta había sido terminada rápidamente”. (La traducción es mía)

No es extraño que la figura llamara la atención. Sin ánimo de exhaustividad exploremos en qué consisten algunas de sus virtudes:

  • Identidad de desinencia (similia desinentia)
  • Casi paronomasia de uidi-uici
  • Idéntico número de sílabas en los tres verbos, (isosilabismo)
  • Idéntico paradigma morfológico.
  • Asíndeton
  • Trimembración sintáctica
  • Clímax, pues el contenido del verbo final forma una especie de culminación semántica de las acciones anteriores
  • Relato dividido en tres partes, un número “favorito” de los folkloristas y los teóricos de la narración.

Llamo la atención sobre el hecho de que los dos, Plutarco y  Suetonio, se refieren tanto al carácter informativo del texto cesariano como a sus características estilísticas: concisión penetrante en el primero,  rápidez en Suetonio que se sigue no tanto de los hechos como de la forma tan expresiva en que fueron relatados. Tanto brachylogian como nota pertenecen al vocabulario de la poética y de la crítica literaria antiguas. Suetonio y Plutarco muestran, como cabe esperar en autores tan versados en cuestiones gramaticales y críticas, un evidente interés por las características literarias de la expresión más allá de su contenido. Suetonio, en diversas partes de su biografía de César, recoge el impacto que tuvieron entre sus contemporáneos los Comentarii. Por eso apenas hace falta recordar que el sintagma celeriter confecti en sus diversas variantes casuales es bien conocido en los escritos cesarianos. En cuanto a Plutarco, un ciudadano romano nacido en Grecia, que contribuyó como pocos a la formación de la cultura grecorromana, muestra siempre  un buen oído para las frases célebres, como suelen hacer los biógrafos, reseñando si estas fueron pronunciadas en griego o en latín. Por ejemplo, en el cap. 46 transmite las palabras pronunciadas por César al final de la batalla de Farsalia añadiendo que, según Polión, César las dijo en latín y que el propio Polión las había vertido al griego; sin embargo nada dice sobre la lengua en que pronunció alea iacta est, presumiblemente el griego ανερριφθώ κυβος, y que esta vez Polión trasladó al latín (Nisbet). Por eso no tiene nada de extraño que, en esa atención a las similitudes y diferencias de culturas y lenguas convergentes, Plutarco aclare al lector griego de su texto que el enunciado cesariano produce en latín efectos distintos que en su lengua por ser una figura de dicción intraducible. No podemos saber si el modo de  existencia de este enunciado fue siempre el de enunciado literario, (esto es, si se originó en un escrito), bien fuera en una relación leída ante el  senado (Apiano) o en el mencionado triunfo Póntico. Por sus cualidades estilísticas, cabe la duda razonable de que fueran palabras pronunciadas alguna vez ante un auditorio por el propio César, pero preferimos no especular sobre esto.

Conviene consignar  que el escritor César fue un practicante no sólo de la “deformación histórica”, como se decía hace más de medio siglo, sino, en palabras más actuales, de la autopropaganda. En virtud de esa habilidad, ya desde la Antigüedad se ha intentado trasladar con bastante éxito la idea de que las características estilísticas de su latín ponían de manifiesto en prosa las mismas virtudes por las que había destacado como general, a saber, su decisión, su cualidad de ir directo al objetivo, su concisión, racionalidad, etc.

El lector actual debe adoptar múltiples precauciones para no mirar lo que nos cuenta César con su misma perspectiva. Pongamos un ejemplo,

Gall. IV 15 2-3: et cum (Germani) ad confluentem Mosae et Rheni pervenissent, reliqua fuga desperata, magno numero interfecto reliqui se in flumen praecipitaverunt atque ibi timore, lassitudine et vi fluminis oppressi perierunt. Nostri ad unum omnes incolumes perpaucis vulneratis ex tanti belli timore, cum hostium numerus capitum CCCCXXX milium fuisset se in castra receperunt.

Según este relato se nos transmite que

  • Los germanos, perseguidos por los romanos, llegan a la confluencia del Mosa y el Rhin, y al no poder cruzarlos, son muertos en gran cantidad (magno numero interfecto) por las tropas romanas.
  • Los demás se ahogan en el río.
  • De los nuestros (los romanos) no muere ni uno solo.
  • Los germanos eran unos 430. 000
  • César concede la libertad a los prisioneros que se habían rendido antes de la batalla.

Max Gallo, en una especie de biografía sobre César, César Imperator, Paris 2003,  escribe:

“Sólo quedan de los cuatrocientos treinta mil enemigos un puñado de prisioneros. ¡Que los dejen libres! Ya no representan nada. Los Usípetes y los Téncteros han dejado de existir.” (p. 272)

En resumen, César deja implícito lo que M. Gallo afirma expresamente: que el número de muertos se aproximaba a un total de 430.000. Por cierto, el número es exagerado.  ABC cultural (14-12-2015), en un artículo titulado La batalla perdida en la que las legiones de Julio César masacraron a 150.000 enemigos nos da noticias de que la contienda tuvo lugar en la actual Kessel, una región al sur de Brabante, y que el hecho resulta confirmado  por el “hallazgo de un gran número de restos óseos, espadas, puntas de lanza de la época, y un casco”. Los restos eran conocidos desde hace tiempo, pero hubo que esperar a 2015 para demostrar su origen y fecha.

No se trata de hacer aquí una causa general contra el imperialismo romano ni de denigrar la figura de César (que ya en la propia Antigüedad sufrió ataques tan notables como el de Lucano). Se trata de llamar la atención sobre el hecho de que una manera de “blanquear” los actos perpetrados por César en la guerra es quedarse solamente con sus excelencias estilísticas sin percibir el trasfondo, los hechos que hay debajo. Es bien cierto que en la guerra antigua el vencedor tenía todos los derechos y el vencido ninguno y que eso era conocido y considerado natural  por todos los lectores de César, con la excepción de Catón, que aconsejaba que, por la atrocidad cometida con los germanos, el comandante en jefe fuera entregado al enemigo cargado de cadenas. También es cierto que ese ius belli, con la crueldad que comportaba, había sido practicado por todos los pueblos antiguos sin excepción alguna (Mary Beard). De manera que en esa revisión de símbolos históricos que se ha producido a raíz del asesinato de George Floyd, aún no proponemos que se derriben las estatuas de César como han hecho en Kentucky con la del general Andrew Jackson, notable entre otras cosas por una especie de “solución final”, mediante la que trasladó al Oeste del Mississipi a todos los indios del Sur. Aunque resulte duro enfrentarse a la realidad de que la historia ha sido escenario de violentos enfrentamientos bélicos que tenían como resultado la esclavitud de los vencidos o la imposición de una clase sobre otra (para no hablar de un sexo sobre otro), una cosa es la revisión de la historia como objeto de estudio y de crítica y otra la militancia social o política que aconseja arremeter contra símbolos que puedan ayudar en la guerra del presente contra todo resto de la explotación del hombre y de la mujer,  por motivos de raza, sexo, religión etc.

Debemos operar una distinción de niveles. Un análisis histórico no puede emprenderse desde ideas jurídicas, políticas o morales de hoy en día, porque borraría la perspectiva de los propios participantes en los hechos, imponiendo exclusivamente la del intérprete actual,  y dejaría de realizar “la fusión de horizontes”, por la que recuperamos también la versión de los propios participantes en el evento, como aconseja la hermenéutica clásica. Los hechos no siempre hablan por sí mismos, sino que hay que encuadrarlos en valores: los contemporáneos a la época en que ocurrieron o fueron realizados y los contemporáneos a la época del intérprete. Para no hablar de las valoraciones de épocas intermedias entre las antiguas y las actuales.

Aplicando esto a los textos resultaría que, si nos proponemos revisar todo el canon literario transmitido desde la Antigüedad, porque su contenido resulta rechazable, censurable o abominable para nuestra sensibilidad actual política o moral, deberíamos empezar con el texto canónico por excelencia, un texto que para muchos millones de personas es la transcripción de la palabra de Dios. Nuestra “sensiblidad contemporánea” muestra así su falta de unanimidad. Por lo que a mí respecta, me parece más urgente acabar con las injusticias del presente que reescribir (o resignificar) la historia del pasado. La nueva iconoclastia, como la damnatio memoriae, se entrega a prácticas hasta cierto punto mágicas, pretendiendo abolir en efigie a los causantes de desastres históricos reales. Con ello privamos a la historia, magistra uitae, de su facultad para ponernos ante un espejo que nos devuelve nuestro incómodo reflejo como seres humanos. Decía Borges  que con que una sola línea de la Historia Universal se alterara, toda la Historia Universal resultaría cambiada.

José Carlos Fernández Corte

¿Fue un volcán en Alaska culpable de la caída de la República de Roma?

Manuela y Mª Ángeles Martín Sánchez nos envían el enlace a esta noticia publicada en ABC el 23/6/2020:

¿Fue un volcán en Alaska culpable de la caída de la República de Roma?

El asesinato de Julio César a manos de un grupo de conspiradores, entre ellos el famoso Bruto, en marzo del año 44 a.C., precedió uno de los períodos más fríos que haya conocido el Mediterráneo en los últimos 2.500 años. La lluvia y las bajísimas temperaturas, especialmente en verano, condujeron a malas cosechas, hambrunas, enfermedades y disturbios en la región durante dos años. La profunda inestabilidad contribuyó finalmente a la caída de la República Romana y el Reino Ptolemaico de Egipto, que posteriormente condujeron al surgimiento del Imperio Romano. Los historiadores han sospechado durante mucho tiempo que el estallido de un volcán pudo estar detrás de ese inexplicable cambio en el clima, pero en qué lugar del mundo se produjo la erupción o cuál fue su gravedad han resultado un misterio.

Por fin, un equipo internacional de científicos e historiadores cree haber encontrado el enigmático volcán en el lado opuesto de la Tierra. Se trata del Okmok II, situado en la isla Unmak en Alaska, que entró en erupción en el año 43 a.C. dejando una caldera de 10 km de ancho. Nuevos análisis de la tefra (ceniza volcánica) hallada en los núcleos de hielo del Ártico es lo que les ha llevado a esta conclusión, publicada esta semana en la revista «Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS)».

Los investigadores realizaron nuevas mediciones en núcleos de hielo de Groenlandia y Rusia, algunos de los cuales habían sido perforados en la década de 1990 y archivados en EE.UU., Dinamarca y Alemania. Utilizando estas y anteriores mediciones, pudieron detectar claramente dos erupciones distintas: un evento poderoso pero de corta duración, relativamente localizado a principios del año 45 a.C., y un evento mucho más grande y más extendido a principios del año 43 a.C. con precipitaciones volcánicas que duraron más de dos años en todos los registros del núcleo de hielo.

Después, el equipo realizó un análisis geoquímico de las muestras de tefra de la segunda erupción encontrada en el hielo, haciendo coincidir los pequeños fragmentos con los de la erupción Okmok II en Alaska, una de las mayores de los últimos 2.500 años.

«Comparamos la huella dactilar química de la tefra encontrada en el hielo con la tefra de los volcanes que se cree que estallaron en ese momento y estaba muy claro que la fuente de la lluvia ocurrida en el año 43 a.C. en el hielo fue la erupción del Okmok II», señala Gill Plunkett, de la Queen’s University en Belfast.

Trabajando con colegas del Reino Unido, Suiza, Irlanda, Alemania, Dinamarca, Alaska y la Universidad de Yale en Connecticut, el equipo reunió evidencias de apoyo de todo el mundo, incluidos los registros climáticos basados en anillos de árboles de Escandinavia, Austria y Las Montañas Blancas de California y los registros climáticos de un espeleotema (formaciones de cuevas) de la Cueva Shihua en el noreste de China. Luego utilizaron el modelado del sistema de la Tierra para desarrollar una comprensión más completa del tiempo y la magnitud del vulcanismo durante este período y sus efectos sobre el clima y la historia.

7ºC por debajo de lo normal

Según sus hallazgos, los dos años posteriores a la erupción de Okmok II fueron algunos de los más fríos en el hemisferio norte en los últimos 2.500 años, y la década que siguió fue la cuarta más fría. Los modelos climáticos sugieren que las temperaturas promedias estacionalmente pueden haber sido de hasta 7 ° C por debajo de lo normal durante el verano y el otoño que siguieron a la erupción de Okmok en el año 43 a. C., con precipitaciones de verano de 50 a 120 por ciento por encima de lo normal en todo el sur de Europa, y precipitación en otoño alcanzando cotas tan altas como un 400 por ciento más de lo normal.

«En la región mediterránea, estas condiciones húmedas y extremadamente frías durante la importante temporada agrícola de la primavera al otoño probablemente redujeron el rendimiento de los cultivos y agravaron los problemas de suministro», afirma el arqueólogo Andrew Wilson, de la universidad de Oxford. «Estos hallazgos dan credibilidad a los informes de resfriados, hambrunas, escasez de alimentos y enfermedades descritas por fuentes antiguas», concluye.

«Encontrar evidencia de que un volcán al otro lado de la Tierra entró en erupción y contribuyó efectivamente a la desaparición de los romanos y los egipcios y el surgimiento del Imperio Romano es fascinante», afirma Joe McConnell, del Instituto de Investigación del Desierto en Reno, Nevada. «Ciertamente muestra cuán interconectado estaba el mundo incluso hace 2.000 años», subraya.

Para Joe Manning, historiador de la Universidad de Yale, «la gravedad de las inundaciones del Nilo en el momento de la erupción de Okmok, y la hambruna y la enfermedad que citan las fuentes egipcias fueron realmente sorprendentes». Como explica, los efectos climáticos fueron un «shock severo» para una sociedad ya estresada en un momento crucial de la historia.

Presagios

Según los investigadores, la actividad volcánica también ayuda a explicar ciertos fenómenos atmosféricos inusuales que fueron descritos en textos de la época del asesinato de César e interpretados como signos o presagios: cosas como halos solares, el sol que se oscurece en el cielo o tres soles que aparecen en el cielo (un fenómeno ahora conocido como parahelia). Sin embargo, muchas de estas observaciones tuvieron lugar antes de la erupción de Okmok II en 43 a. C., y probablemente estén relacionadas con una erupción más pequeña del monte Etna en el 44 a.C.

Aunque los autores del estudio reconocen que muchos factores diferentes contribuyeron a la caída de la República Romana y el Reino Ptolemaico, creen que los efectos climáticos de la erupción de Okmok II jugaron un papel indudablemente grande, y que su descubrimiento ayuda a llenar un vacío de conocimiento sobre este período de la historia que ha desconcertado a los arqueólogos e historiadores antiguos. «La gente ha estado especulando sobre esto durante muchos años, por lo que es emocionante poder proporcionar algunas respuestas», dice McConnell.

 

Revisión de la cronología de la historia del Mediterráneo

Manuela y Mª Ángeles Martín Sánchez nos envían el enlace de esta noticia publicada en ABC (17-6-2020), cuyo texto reproducimos:

Dos investigadores cambian la cronología de la Protohistoria en el Mediterráneo

El arqueólogo griego Stéfanos Gimantzidis, junto con el investigador Dr. Bernhard Weninger, ha realizado largos análisis de radiocarbono en el Egeo y se ha concentrado en el asentamiento de Sindos (una importante ciudad y cementerio de la Antigüedad), situado a pocos kilómetros de la ciudad de Tesalónica.

En Sindos, y gracias al apoyo y a la colaboración de las autoridades griegas, estudió su estratigrafía, y sus datos sobre cerámica y huesos animales estratificados resultaron consistentes con otra larga serie de datos de radiocarbono y dendrocronologías en el asentamiento de Assiros, cercano a Sindos.

Cambia la datación conocida hasta ahora

Los resultados de estos estudios, ahora publicados hace pocos días en la revista científica Plos One en ingles (https://journals.plos.org/plosone/article?id=10.1371/journal.pone.0232906 ) se basan en el estudio científico de datos de radiocarbono y no en el histórico, utilizado hasta ahora. Los primeros datos científicos encontrados en distintos sitios arqueológicos del Mediterráneo Occidental (entre ellos la excavación hispano-tunecina de la antigua ciudad de Utica, en Túnez) donde se encontraba pequeñas cantidades de cerámica griega ya mostraban que la cronología debería elevarse de forma significativa.

Y es ahora cuando estos dos investigadores lo han podido demostrar con sus análisis de los datos de Sindos de forma científica. La conclusión, tras el detallado estudio de los datos de radiocarbono de material orgánico ( huesos animales domésticos) , muestran que el Periodo Geométrico tardío I data de 870 a 735 a.C., mucho antes de lo reconocido hasta ahora, que era de 760 a 735 a. C.

Revisión de la historia mediterránea

La primera implicación de esta nueva cronología permite comprender mejor el periodo Geométrico Tardío I que hasta ahora era considerado una fase transformativa en el Mediterráneo con una intensificación de contactos entre el Egeo y Levante y el principio de la expansión de las colonias griegas hacia el Oeste. Se pensaba que todo ello había ocurrido entre 760 y 735 a.C., en una sola generación, mientras que ahora todo ello deberá revisarse.

«Los cambios son radicales no solo para Grecia, sino también para la historia mediterránea», afirma Gimatzidis a ABC. Recuerda que los sistemas cronológicos en varias regiones del Mediterráneo dependen en parte de la cronología griega. Y comenta que discusiones parecidas sobre cambios de cronología se están llevando a cabo desde hace tiempo en Italia y España, teniendo como punto de referencia unos pocos fragmentos de cerámica griega como en Huelva.

Es consciente que aunque no se acepten de inmediato estos datos, ya comenzará el cambio que conlleva el retroceder cada fase de los periodos Protogeométricos y Geométricos entre 50 a 150 años. Considera por ello que se necesitan más dataciones y prepara nuevos estudios en el este del Egeo, concretamente en Efeso.

El arqueólogo griego de Viena

Stéfanos Gimantzidis, el arqueólogo que estudió en la Universidad de Tesalónica y obtuvo su doctorado en la Universidad de Berlín, es uno más de los profesionales helenos que investigan desde otras instituciones europeas. Lleva nueve años trabajando en Viena y es ahora Investigador Principal de la Academia de Ciencias Austriaca, investiga desde el Instituto Arqueológico de la capital. Dirige numerosos proyectos arqueológicos fundados por FWF (Fondo Científico Austriaco) concentrándose en la arqueología de la Edad de Hierro y los periodos arcaicos del Egeo, Italia, Oriente Próximo y los Balcanes. En esta excavación, ha colaborado estrechamente con el Dr. Bernhard Weninger, del Instituto de Prehistoria de la Universidad de Colonia y especialista en datación por radiocarbono y paleoclimatología

¿Pero qué han hecho los romanos por Jerusalén?

No han faltado recientemente los casos en los que la tecnología ha jugado un papel fundamental en el estudio de las culturas antiguas (por ejemplo, a raíz del ADN de los corderos de Qumrán  o de la lectura con un nuevo sistema de rayos X de papiros sin necesidad de desenrollarlos. Ahora la datación por radiocarbono ha permitido a un grupo de investigadores israelíes aportar, en un recientísimo estudio, algo de luz sobre la historia del conocido como Arco de Wilson, en Jerusalén, una estructura que recibe el nombre a partir de Charles William Wilson, el británico que a finales del siglo XIX inauguró el estudio europeo tanto del Monte del Templo como de la periferia de la Ciudad Antigua.

Jerusalen 1
Fig. A. Tomada del estudio mencionado

Originalmente, el Arco de Wilson debía de ser parte de un gran puente que comunicaría la ciudad con el Templo aunque hasta ahora el debate sobre su autoría y datación manejaba un nada desdeñable abanico de unos setecientos años, es decir, desde época herodiana hasta la conquista árabe. Con el nuevo estudio se apuntala la historia del puente: aunque la primera fase corresponda a la expansión del Segundo Templo a cargo de Herodes el Grande (ca. 74 a.e.c. – 4 e.c.), su ampliación y mejora debe situarse ya en época de los procuradores romanos. También data el artículo el pequeño teatro que comenzó a construirse al lado del puente y que quedó finalmente inconcluso en la década del 130 e.c., sin duda a causa de la Revolución de Bar Kojbá (132-136 e.c.) y la muerte de Adriano (138 e.c.), quien se había empeñado ⸺con escaso éxito⸺ en refundar Jerusalén como colonia bajo el nada casual nombre de Aelia Capitolina.

Jerusalen 2
Fig. B. Tomada del mismo estudio mencionado

En la actualidad, el Arco de Wilson queda visible en la zona izquierda del Muro Occidental, el también conocido como Muro de las Lamentaciones, uno de los escasos restos que quedan en pie de esa misma expansión herodiana del Segundo Templo. En la zona hay instaladas algunas livecams que permiten otear tanto el Muro como el Arco.

Como recuerda Ariel David en HaAretz en el texto que reproducimos abajo, parece que a la lista de cosas que han hecho los romanos por Jerusalén (el acueducto, el alcantarillado las carreteras, la irrigación, la sanidad, la enseñanza, el vino y los baños públicos) cabe añadir ahora, el puente.

¿Qué han hecho los romanos por nosotros? (de La vida de Brian)

Diego Corral Varela

Ariel David, Mystery Solved: Who Really Built Ancient Bridge to Jerusalem Temple

Radiocarbon dating reveals who really built Wilson’s Arch, a massive causeway whose construction on the Temple Mount has been attributed to everyone from Herod to the Muslim caliphs

In Monty Python’s “Life of Brian,” a Jewish rebel leader sarcastically asks “what have the Romans ever done for us?” – only to be forced by his bumbling acolytes to acknowledge a laundry list of the empire’s achievements: aqueducts, sanitation, education and so on. The fictional People’s Front of Judea would be outraged to learn that we can now add another item to the list of Roman contributions in the Holy Land: a giant bridge that enabled Jews to flock to the Temple in Jerusalem some 2,000 years ago.

The remains of the bridge, better known today as Wilson’s Arch, are still visible next to the north side of the Western Wall and have been the focus of a five-year excavation and analysis by Israeli archaeologists and scientists who published their findings Wednesday in the journal PLOS ONE. The experts conclude that the structure was initiated by Herod the Great and completed, or at least majorly refurbished, under Roman governors, possibly even the infamous Pontius Pilate, the official best known for sentencing Jesus to death.

The study puts an end to nearly two centuries of argument over the dating of the bridge, which has been going on since the arched causeway was first documented in the mid-1800s by the British explorer Charles William Wilson, who gave it its modern name. Experts have attributed the bridge to everyone from Herod, who reigned in the first century B.C.E., to the Umayyad caliphs who built the Dome of the Rock shrine atop the Temple Mount in the seventh century C.E., says Joe Uziel, the archaeologist for the Israel Antiquities Authority who led the dig.

The new dating of Wilson’s Arch also adds to growing evidence that, while Herod initiated the massive renovation of the Second Temple, the Romans made major contributions to construction in the area just a few years before much of the holy site was destroyed by their own legions at the end of the First Jewish Revolt in 70 C.E. 

“When you think of the Temple Mount in Jerusalem you think of Herod,” Uziel says. “But the data we have published supports the idea that the Temple Mount as we see it today was completed after Herod, under the Roman procurators.”

The conclusion is based on the radiocarbon dating of tiny samples of short-lived organic materials, mainly seeds, twigs and blades of grass that were collected during the 2015-2019 excavation by Johanna Regev, a researcher at the Weizmann Institute of Science in Rehovot and the lead author on the study. Regev painstakingly extracted the samples from the mortar that binds together the massive stones of the arch and of other structures connected to it.

In antiquity, mortar was made by burning limestone to produce lime and then mixing it with charcoal, straw and other organic materials, explains Elisabetta Boaretto, who heads the radiocarbon dating lab at the Weizmann Institute that analyzed the samples.

By studying 40 organic samples taken from the mortar rather than from the layers of sediments covering the structures, the scientists were able to precisely date when the stones were first laid and identify who built what, Boaretto says.

Bridge over troubled city

Wilson’s Arch, which spans more than 13 meters, is only the easternmost and most visible part of a 100-meter-long causeway, still largely standing today under later structures, that was built of superimposed arches to bridge the valley that separated the Temple Mount from Jerusalem’s “Upper City,” which lay to the west of the holy site.

The study identified two distinct phases for the construction of this monument. The first phase, in which a narrow bridge was built, was dated to Herod’s reign or shortly after his death in 4 B.C.E. The second phase, in which the bridge’s width was doubled to nearly 15 meters, was dated to between 30 and 60 C.E. During this period, Jerusalem and Judea were mostly under the direct control of Roman envoys, including Pilate, whose tenure is traditionally set between 26 and 37 C.E. (though some researchers believe it may have been longer).

“The arch as we see it today was built in the first century, just prior to the destruction of the Temple,” Uziel concludes.

“I was very surprised to learn that the Romans completed the bridge,” Boaretto tells Haaretz. “Even though they were conquerors, they contributed to this massive project that was the Temple.”

Of course, we don’t know to what degree the Roman leadership was involved in the project, but it is hard to imagine such major construction going in a central and sensitive area as the Temple Mount without at least the knowledge and approval of Judea’s occupiers.

The findings of the team at Wilson’s Arch contribute to increasing evidence that the initial period of direct Roman control over Judea cannot be solely viewed as a corrupt and brutal occupation – as Jewish and Christian sources often describe it. Last year, archaeologists concluded that a monumental stepped road that climbed from the south of Jerusalem up to the Temple Mount had been erroneously attributed to Herodian times and had in fact been built under Pilate

We can only speculate as to why Pilate or his fellow governors were so active in improving access to a Jewish holy site, Uziel says. They may have simply been following the Roman playbook of building massive infrastructure in their provinces to consolidate their presence and aggrandize their name. They may have also been keen to stimulate the trade and economic activity that was centered around the Temple, while also attempting to curry favor with the restive Jewish population by showing respect for the most important shrine in their religion, the archaeologist says.

“If you want to keep the local population quiet, and keep taxing them, building a temple or contributing to completing a temple that is important to them might not be such a bad idea,” Uziel says.

The importance of dating

The pillars supporting Wilson’s Arch were not the only structure studied by archaeologists in the confusing jigsaw puzzle of interlocking and superimposed buildings at the site. The experts unearthed and dated structures ranging from the remains of a Hasmonean wall from the beginning of the first century B.C.E., to plastered pools built by the Mamelukes in the 14th century. They also confirmed the dating of a small Roman theater that was unearthed during the dig nestled underneath the arch. 

As suspected when the find was first announced in 2017, the theater was built after the arch and the subsequent destruction of the city and Temple in 70 C.E. Based on samples taken from between the stone seats, the venue belongs to the first half of the second century C.E., when Jerusalem was rebuilt as a Roman colony under the name Aelia Capitolina. The theater was never finished, possibly as a result of the outbreak of the Bar Kokhba Revolt (132-136 C.E.) or the death of the Emperor Hadrian in 138 C.E., the paper in PLOS ONE concludes.

The newly published study is part of a broader, ongoing project to use radiocarbon dating to build a more precise chronology of ancient Jerusalem. While the city has been excavated for the better part of the last two centuries, only a few digs have used this modern scientific method to date finds, relying more on pottery, coins, inscriptions and architectural styles.

“People haven’t been using carbon-14 enough in Jerusalem, whereas everywhere else it’s a basic tool,” Uziel says.

“This often leads to a circular argument: dating something because it’s similar to something else that we think dates to a certain period,” Boaretto adds. “Our goal is to create an absolute, not a relative chronology, reconstruct how Jerusalem looked in each different time period and rewrite history.”

 

 

Julio César sobre Hispania

Irene Gómez nos envía este enlace a la columna de opinión de ABC: Palabras de Julio César a España (22/5/2020), de Martín-Miguel Rubio Esteban. Reproducimos el texto a continuación:

España es un país belicoso y un paisaje idóneo para la guerra. Sus habitantes siempre hemos sido despiadados y temibles guerreros. Ya César hablaba de estos parajes hispanos como los más propicios para la guerra que él había conocido: «Haec loca sunt montuosa, et natura edita ad rem militarem» (De Bello Hispaniensi, VII ). De todos los escenarios en que la Guerra Civil, entre cesarianos y republicanos, tuvo lugar, el de Hispania fue el más sangriento, el más salvaje, el más implacable. Aquí la Guerra Civil («Bellum civile ac domesticum») llegó a unos grados de tal crueldad que hasta enturbió el ánimo frío y calculador de Julio César. Sus sentimientos, profundamente excitados por la inhumana conducta de los hispanos, en ocasiones se desviaron. Nunca hubo lugar ni ocasión, como en otros sitios, para el perdón, y a todos los prisioneros se les cortaban las manos antes de soltarlos. Jamás César antes vio las barbaridades y amencia sangrienta que en España se perpetraban entre sí los españoles de distinto bando. Y eso que César había visto muchos crímenes horribles y espantos durante sus muchas conquistas. Lo dice incluso de forma expresa: «De acuerdo a los recuerdos que los hombres tienen jamás estas cosas se habían hecho».

La compasión no existía hacia ningún ser vivo, ya fuera anciano, mujer o niño, que fuera prendido por los enemigos. «Vivos aliquos ceperunt, qui postero die sunt interfecti». No había jamás clemencia en la rendición de cualquier pueblo de Hispania, sino exhibición de crueldad infinita. Los siervos estrangulaban a sus amos, y a los hijos y mujeres de estos, para salvar la vida ante un enemigo siempre inclemente. Las matanzas de ciudades enemigas enteras («iugulatio oppidanorum») era el procedimiento ordinario. A los enemigos políticos se les mataba no sin antes pasar por la espada a la familia entera. Contra la crueldad de algunos, César, contra su costumbre, comenzó también a ser cruel. Así, el esclavo que mató a su dueño, y a su mujer y a sus hijos, para conquistar el corazón de César, César lo quemó vivo. Aunque, en general, a los esclavos los crucificaban y a los soldados los decapitaban.

La palabra «ferocitas» sólo se emplea en el Corpus Cesarianum en el caso español. Es un hápax que César reserva para nosotros. Y es evidente que «ferocitas» deriva de «fera», animalizándose con ello la humanidad del hombre, lo mismo que hoy el coronavirus de la nueva gripe es un contacto de lo humano con lo animal. Cuando la peste viene de enfermedades de animales sólo la risa puede conjurar a la muerte que trae la pandemia. Por eso los romanos, de acuerdo a lo que nos cuenta Tito Livio, conjuraron el miedo mortal a la primera gran pandemia trayendo a ludiones e histriones etruscos que los hicieran reír. Fue así cómo nació el teatro en Roma, ofreciendo a la muerte la carcajada. Mejor la muerte por epidemia que coger una tenebrosis. Ambas epidemias te dejan un color macilento, caquéctico. La tenebrosis es siempre peor que una gripe, aunque sea de coronavirus. Quizás el rito apotropaico de la risa habría que celebrarlo ahora en España, en estos momentos.

La muerte entre hermanos fue también muy frecuente en Hispania durante esta guerra civil entre César y el moribundo régimen republicano: «Miles, qui fratrem suum in castris iugulasset, interceptus est a nostris, et fusti percussus». Este tipo de crímenes los romanos los castigaban matando a palos al fratricida. Se utilizaban los cadáveres de los enemigos para hacer las empalizadas frente a los enemigos sitiados, y las cabezas de los muertos, puestas en orden, se volvían hacia los enemigos para que se consternasen sus ánimos y el terror los paralizase. Es así que la crueldad se retorcía y complicaba tanto que producía arabescos de horror.

En la toma de Córdoba, César, infectado por el ambiente de horror, ejecutó a 22.000 personas. Se ejecutaba de noche en masa a las cohortes más tímidas y dubitativas en la pelea. César entró en Sevilla con la cabeza de Pompeyo «El Mozo» (Adulescens), para exponerla él mismo en la principal plaza de la ciudad. Y terminada la guerra, César se despidió de Hispania con un discurso de estilo ático, dirigido para aquellos españoles, pero que también nos puede llegar a nosotros, que hemos repetido bastantes veces los mismos pecados de nuestros padres, y del que podemos entresacar las siguientes líneas: «“Vosotros habéis aborrecido siempre la paz”, de suerte que el pueblo romano no puede jamás sacar de aquí sus legiones, a fin de que no os matéis entre vosotros. Los beneficios los recibís como injurias, y estimáis por favores los agravios. Despreciáis a quienes os gobiernan bien, y amáis a quienes os tiranizan. Así jamás habéis podido conservar ni la concordia en la paz ni el valor en la guerra (“Ita neque in otio concordiam, neque in bello virtutem ullo tempore retinere potuistis”)».

No está uno desde luego muy seguro de que los españoles hayamos cambiado mucho nuestro carácter moral que Julio César describió hace 2.070 años. Y no lo está a tenor de algunos comportamientos que nuestros políticos tienen, que no son conscientes de lo que pueden producir con sus palabras incendiarias en un entorno con tantos materiales milenariamente inflamables. Hace cuarenta años los españoles, quizás por primera vez, usamos la paz para llegar a la concordia fraternal, de suerte que la paz fuera más auténtica y más segura, pero desde hace unos pocos años jugamos al peligroso juego de desmontar la concordia. No hacemos bien. La concordia y la paz en este suelo son conquistas que han costado mucho conseguir, y haremos muy bien en mimarlas continuamente, haciendo, entre otras cosas, que la libertad de expresión sea indivisible, y que bajo ella se expresen todos, estos y los otros, los de un bando y los de otro. La hazaña de estos últimos cuarenta años la tenemos que proteger con todo nuestro afán. Es nuestro tesoro común.

 

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