Los libros del Seminario de Clásicas de Salamanca

Como aportación retrasada con motivo del día de las Bibliotecas (celebrado el pasado 24 de octubre) queremos hacer un esfuerzo por trasladar a la escritura una historia que hasta el momento solo permanece en la tradición oral: ¿dónde estuvieron los libros de Clásicas antes de recalar en nuestra actual Biblioteca?

De todos es sabido que el Departamento de Filología Clásica e Indoeuropeo desde hace muchos años ha dispuesto de la mejor colección de libros de España en su especialidad. Así pues, merece que se haga algo de historia en este año en el que se celebra el octogésimo aniversario de la creación de los Estudios Clásicos en Salamanca, acontecimiento al que esperamos dedicar atención en próximas fechas.

Hasta el año 1967 la Facultad de Filosofía y Letras y la Facultad de Ciencias convivieron en el Palacio de Anaya, la primera en las plantas superiores y la segunda en las inferiores. Aún hay rastros visibles del reparto de espacios: la inscripción casi borrada sobre la ventana de la P-6 que da al patio del Palacio, sin duda una antigua puerta que daba entrada a las dependencias de “Q. INORGANICA Y ANALITICA” (sic).

Ventana de Anaya

Durante la Guerra civil el edificio había sido convertido en el Servicio de Prensa y Propaganda de los golpistas, dirigido por Millán Astray, y los laboratorios siguieron trabajando al servicio de Franco. Parece ser que allí este le procuró espacio a Sarvapoldi Hammaralt, un presunto alquimista hindú que le prometió todo el oro que quisiera porque él conocía la fórmula para fabricar oro sintético.

Muy poco después de que el Palacio acogiera estas actividades, en el BOE del 16 de febrero de 1939 se publicó la orden, firmada en Vitoria por Pedro Sainz Rodríguez, por la que se creaba en la Universidad de Salamanca la Escuela de Filología Clásica.

Empieza la historia

Un hito fundamental para los estudios de Filología Clásica en la Universidad de Salamanca fue la llegada en 1942, como Catedrático de Latín, de Antonio Tovar Llorente, que además fue Rector de la Universidad entre los años 1951 y 1956. Martín S. Ruipérez resume así su principal aportación (Antonio Tovar y la Universidad de Salamanca, ed. digital extraida de Dos figuras señeras de la Universidad de Salamanca en el siglo XX: Ramos Loscertales y Tovar, Salamanca, Asociación de Antiguos Alumnos de la Universidad de Salamanca, 1995, pp. 23-32):

“Es así de imaginar la mezcla de satisfacción y de admiración con que fue saludada una de las primeras iniciativas de Tovar, ya en el otoño de 1942: la creación de un Seminario de Filología Clásica reuniendo en una sala los fondos de esas materias existentes en la Biblioteca de la Facultad. Los alumnos de especialidad y el propio Tovar realizaron el trabajo físico del traslado, colocación y ordenación de los libros. Allí estaban, directamente accesibles en los estantes, la Realenzyclopadie de Pauly-Wissowa, el Handbuch de Iwan Müller y Walter Otto, el Thesaurus Linguae Graecae de Stephanus-Didot, y el Thesaurus Linguae Latinae, el Corpus Inscriptionum Latinarum, las colecciones de textos de Didot, de Budé y la Bibliotheca Teubneriana razonablemente completas, amén de una serie de tratados y manuales de estudio y monografías (pienso en las gramáticas históricas de Kieckers, en la comparada de Meillet y Vendryes, en el Grundriss de Brugmmann-Delbrück, en los manuales de Métrica de Havet, de Rupprecht, de Koster). Algunos afortunados recibimos el honor de disponer de una llave que, a pesar de la mala cara del bedel, nos permitía trabajar en el Seminario incluso los domingos. El Seminario era para trabajar in situ y en esto Tovar era siempre riguroso y nos daba ejemplo: aun le recuerdo sentado en su pupitre del balcón de la calle de Palomino tomando notas y redactando su Sintaxis latina soportando la incomodidad de un seminario sin calefacción que hacía verdaderamente heroica la permanencia en él.”

Paulette Gabaudan confirma que esta sala se situó en la 1ª planta del Palacio de Anaya, la noble, en la esquina sobre las aulas P-4 y P-5 actuales, en la fachada que da a la c/ Palominos, como Ruipérez señala en su semblanza.

Placa de Tovar

En efecto, del papel de Tovar queda constancia en la placa que hoy día está colgada en la segunda planta de la actual Biblioteca (en el espacio junto a los ordenadores).

ANTONIVS TOVAR

HVIVS SCHOLAE A.D. MDCCCCXXXXII PROFESSOR CREATVS
SEMINARIVM PHILOLOGIAE CLASSICA INSTITVIT
CONLEGIVM TRILINGVE RESTAVRAVIT

STVDIA PHILOLOGICA TAM GRAECA ET LATINA ET IBERICA ET MINOICA

QVAM MODERNA

VEL NOVA APVD NOS VEL VBERIORA PROMOVIT

OMNES ANTIQVITATIS DISCIPLINAS PARI INGENIO ET STVDIO ET DOCTRINA

ALVMNOS DOCVIT

FACVLTAS HVMANIORVM LITTERARVM SALMANTINA
TANTO MAGISTRO IAM A NOBIS DISCEDENTI
GRATIAS QVAM MAXIMAS AGERE DECREVIT

CONLEGAE ET DISCIPVLI
HVNC TITVLVM

QVI OMNIBVS LEGENTIBVS TESTIMONIO SIT
MEMORI GRATOQVE ANIMO
CONLOCANDVM CVRAVERE
KAL. IVN. MDCCCCLXIIII

“Antonio Tovar, nombrado Profesor de este Estudio en el año 1942, creó el Seminario de Filología Clásica, volvió a poner en marcha el Colegio Trilingüe, promovió entre nosotros por vez primera o hizo crecer tanto los estudios de Filología Griega, Latina, Ibérica y Micénica como los de Filología Moderna, e impartió a sus alumnos todas las materias de la Antigüedad con el mismo talento que dedicación y sabiduría.
La Facultad de Filosofía y Letras de Salamanca acordó transmitir su mayor agradecimiento a tan gran maestro cuando ya nos deja.
Sus colegas y alumnos tomaron la iniciativa de colocar esta placa para que sirva a todos los que la lean de testimonio que lo recuerde y de su espíritu agradecido.
1 de junio de 1964”. (Trad. de Agustín Ramos)

En el Palomar

En el año 57 se efectuó el traslado de estos libros al ático del Palacio de Anaya, encima de la planta noble; la distribución de ese espacio era totalmente distinta entonces: el Seminario de Arqueología ocupaba una parte de la zona donde ahora hay cubículos de profesores y becarios, a él se accedía subiendo las escaleras. Antes de subir las escaleras estaba la fotocopiadora de Serafín, y a la derecha se abría un pasillo que conducía a los Seminarios de Clásicas y Románicas, de techos muy altos.

Adelaida Martín Sánchez recuerda este traslado, en el que colaboraron alumnos y bedeles, y nos cuenta que uno de los bedeles fue el que solicitó cargar con el busto que hoy llamamos de Homero (actualmente colocado en el despacho de la Secretaría del Departamento), pero que entonces creían que era de Demóstenes, pensando que era el de alguien muy importante: “Al Sr. Tovar lo traslado yo, que no lo toque nadie”. Allí los libros y revistas de Clásicas ocupaban dos salas contiguas con sendas mesas corridas, donde trabajaban los profesores. Allí recuerda Manuel García Teijeiro a Manuel Cecilio Díaz y Díaz, cuando preparaba su edición de El Satiricón de Petronio en Alma Mater. Según Teijeiro, los libros estaban ordenados por materias y los textos de los autores clásicos estaban colocados alfabéticamente por su nombre en latín. registros 2Allí se utilizaban ya los grandes libros de registros con tapas metálicas cuyo origen no hemos podido esclarecer completamente: algunos atribuyen el sistema a Ruipérez, pero parece claro que fue Javier de Hoz el que lo perfeccionó y detalló, como atestiguan Mª Carmen Vega, que entró a trabajar como bibliotecaria en esta época, y Carmen Codoñer. Todavía en la Biblioteca actual subsisten restos de esta antigua clasificación (nuestros PT, AF, QR, KL, X, etc.) en el 2º sótano y en las pasarelas elevadas del 2º piso. También se conservan los libros de registros.

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El Seminario de Clásicas se traslada a Hospedería

En la primavera del año 71, según José Carlos Fernández Corte, se efectuó un nuevo traslado de los libros al edificio de Hospedería, concretamente al espacio ocupado ahora por el aula H 2 (en la planta baja, en la esquina que ocupa la diagonal con la entrada), junto a la cual había algunos despachos, el de Koldo Mitxelena, el de Carmen Codoñer, el de Javier de Hoz… El resto de los profesores disponían de mesas individuales con cajoneras. A este espacio también se trasladó Mª Carmen Vega; el aumento en la carga de trabajo de la bibliotecaria hizo necesaria la ampliación de la plantilla, a la que se sumó una nuera de la famosa Dª Julia; tras la marcha de esta, se incorporó Pilar Vega, la hermana de Mª Carmen. El espacio estaba forrado de estanterías muy altas que implicaban cierto riesgo -de hecho, de una de las escaleras se cayó José Antonio Fernández Delgado y se rompió una clavícula–. Seguían junto a los libros de Clásicas los de Historia Antigua y Arqueología hasta que Marcelo Vigil, catedrático de Historia Antigua, se los llevó al llamado Palominos Viejo, la antigua Tabacalera, el edificio que ya entonces era propiedad de las monjas en la parte más alta de la c/Palominos, y con los libros se llevó a Genoveva, que trabajaba como bibliotecaria de esta sección y actualmente está en activo en la Biblioteca Histórica. En esta época Mª José Cantó recuerda la existencia de un depósito de libros que servía como almacén; con la ayuda de Carmen Codoñer y de Julián Sánchez Guarido creemos haberlo localizado: era el sótano del Palacio, una estancia que ahora sirve como archivo de la Facultad de Filología, al que hoy se accede por una puerta situada al fondo del pasillo de la fotocopiadora. Pero entonces se entraba por una puerta, ahora cerrada, en el primer descansillo de la escalera de Hospedería, desde donde unos escalones directamente conducen a este lugar. Gracias a la amabilidad de Julián Sánchez Guarido os podemos adjuntar unas fotos.

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Volvemos al Palacio

En el verano de 1975 se trasladaron los libros a la entreplanta del Palacio de Anaya. José Carlos Fernández Corte nos cuenta que fueron los propios profesores los que lo efectuaron. Aquel curso, especialmente agitado por la situación política y en el que se habían sucedido varias huelgas, el catedrático de Arqueología y Decano de la Facultad, Francisco Jordá, que había sido condenado a muerte por los franquistas y una vez conmutada su pena había estado en la cárcel, decía: “¡Miren los huelguistas!, ¡cómo trabajan!”

El Seminario de Clásicas en la entreplanta ocupaba todo el ala de la fachada que da a la c/ Palominos y parte de las dos alas laterales: se accedía desde la puerta del pasillo que actualmente da entrada a los despachos; la primera parte prácticamente se conserva como está, salvo que entonces la primera puerta a la derecha, siempre abierta, era la de la habitación de Mª Carmen y Pilar Vega, que trabajaban allí, y la segunda eran los servicios, un espacio bastante grande donde había también armarios y ficheros. No existía la pequeña habitación que hoy se usa como Seminario. A continuación había dos despachos: el primero según se entraba era el de Carmen Codoñer y Koldo Mitxelena (cuando este se marchó ocupó su lugar Pilar Fernández), y el segundo, de Paco Romero y Emiliano Fernández Vallina. Al final del primer tramo del pasillo otra puerta se abría a un gran espacio que ocupaba toda el ala y donde había mesas individuales para los profesores y mesas grandes corridas para los alumnos. A la entrada estaban los ficheros que aún se pueden consultar en la 2ª planta de la Biblioteca y en la pared junto a ellos la placa en homenaje a Tovar de la que hablamos antes. Las paredes estaban cubiertas de estanterías; de hecho, las había también en el espacio intermedio: un par de ellas, bajas, que colocadas perpendicularmente servían para “separar ambientes”; había otra, alta, que, enfrentada a la que recorría la pared opuesta a las ventanas que dan a la c/ Palominos, formaba un pasillo.Homero.jpg En la parte central de este pasillo, en la que ocupaba la pared, estaba colocado el famoso busto de Homero (o Demóstenes). Este busto fue protagonista de una rocambolesca historia allá por el año 88, cuando despareció una temporada, secuestrado por personas anónimas que lo mantuvieron como rehén hasta que los profesores adoptaran ciertas sugerencias sobre los métodos de enseñanza. Finalmente los secuestradores atendieron a razones (dice Rosario Cortés que hubo un intercambio de mensajes en el tablón de anuncios de la entrada al Seminario, junto al ascensor, aunque yo no lo recuerdo) y el busto fue devuelto, depositado en Conserjería en una bolsa de deportes –dicen– junto con una carta (por cierto, ¿alguien sabe qué fue de esa carta?)

En esta ubicación los techos no eran tan altos y bastaban para alcanzar los estantes superiores las escaleras de tres escalones de madera que ahora todavía se usan en la 2ª planta de la Biblioteca actual.

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Foto del Seminario de Clásicas en la Entreplanta del Palacio de Anaya. (El Adelanto, 22/10/1975, “El Palacio de Anaya restaurado. No hay suficientes aulas en la Facultad de Filosofía y Letras”)

Pero el Seminario no acababa aquí: la gran sala –hoy compartimentada en despachos– comunicaba con el ala oeste del edificio, que conserva la distribución de entonces en cinco habitaciones. En aquella época el distribuidor, tan oscuro como ahora, estaba cubierto de estanterías con las revistas de Clásicas. Como el espacio no bastaba, las revistas inundaban también algunos despachos.

La nueva Biblioteca

Después de aquella biblioteca, que muchos recordamos con cariño y con cierta nostalgia (hace poco, una antigua compañera, Asunción Hernández, evocaba la impresión que causaba aquel gran espacio luminoso), los libros se trasladaron a su ubicación actual. Aunque en esta ocasión el traslado físico de las cajas de libros lo realizó una empresa de mudanzas, los profesores los metimos en cajas y los desembalamos y colocamos en su nuevo destino. Corría el año 1994 cuando, siendo Directora del Servicio de Archivos y Bibliotecas Carmen Codoñer, se reunieron los fondos de los distintos seminarios de la Facultad (excepto el de Inglés), en el edificio actual, diseñado por Chueca Goitia en 1969 y construido a continuación; este, a la sazón, albergaba la sala de Lectura y los fondos de Literatura Española y Filología Inglesa. También allí estaba depositado el Legado Espinosa, aún útil y especialmente importante para la Filología Clásica. D. Ricardo Espinosa, catedrático de Griego durante muchos años en nuestra Universidad, en su testamento legó a la Facultad de Filosofía y Letras 550 cajas con 6.500 obras y 8.102 volúmenes; su catalogación y clasificación, en manos de trabajadores de la Biblioteca General, se prolongó hasta 1984. A los libros se añadió un ex libris, facsímil de la anotación que el propio Espinosa había hecho para la Dra. Teresa Santander, directora de la Biblioteca General, con la frase de Esquilo: Το δ’ ευ νικάτω, «Que triunfe lo bueno».

Y hemos llegado hasta aquí. Ya han pasado 25 años desde que nos hemos asentado en nuestra nueva Biblioteca. Muchas cosas han cambiado; de hecho, los sucesivos traslados han transformado también nuestra manera de trabajar y nuestras relaciones con compañeros y alumnos, pero quizá el cambio más evidente es el avance inexorable de los recursos electrónicos y el retroceso del papel. Pero no somos nostálgicos: solo deseamos que en esta nueva etapa de la historia nuestra Biblioteca mantenga el nivel que desde hace tanto tiempo ha tenido (para eso hace falta dinero, sí, digámoslo claro; no se hace solo con buena voluntad) y que haya muchas generaciones que sigan queriendo leer, en papel o en formato electrónico, a Homero y a Virgilio, a Safo y a Catulo, y a tantos otros que tienen tantas cosas que decirnos.

Este texto intenta ser una primera aproximación a la historia de nuestros libros; me hubiera gustado ofrecer una información más completa pero no siempre ha sido posible. Pido disculpas por cualquier inexactitud que haya podido cometer y animo a todos aquellos que puedan aportar o corregir algún dato a que se pongan en contacto conmigo para mejorar este relato, cuya firma quisiera que fuera colectiva.

Henar Velasco López ha sido la promotora de la idea y la puso en marcha recabando los primeros datos. A continuación enumero la larga lista de personas a las que he dado la lata desde que empecé a redactar el texto y que muy amablemente me han dedicado su tiempo (no hay generosidad más grande) y han colaborado en distinta medida en esta tarea:

Los testigos y protagonistas de aquellos años: Mª José Cantó Llorca, Carmen Codoñer Merino, Francisco Cortés, Rosario Cortés Tovar, Mercedes Encinas Martínez, José Carlos Fernández Corte, José Antonio Fernández Delgado, Paulette Gabaudan, Ascensión García Hernández, Manuel García Teijeiro, Genoveva Martín Martín, Mª Ángeles Martín Sánchez, Francisca Pordomingo Pardo, Agustín Ramos Guerreira, Mª Carmen Vega. En este capítulo tengo que destacar especialmente a Adelaida Martín Sánchez, que me ha proporcionado  información copiosa e interesante, y a Julián Sánchez Guarido, sin duda el mejor conocedor de los entresijos del Palacio de Anaya.

Me han sido de mucha ayuda en mis pesquisas Concepción Álamo, Margarita Becedas, Ángel Fernández Sevillano, Eduardo González Gonzalo, Vicente González Martín y Óscar Lilao Franca.

Muchas gracias a todos, profesores, bibliotecarios, alumnos, que en algún momento han sido actores y espectadores de esta historia.

No figura en estos agradecimientos alguien del que repetidamente nos hemos acordado, no solo yo, sino varias de las personas consultadas: Gregorio Hinojo; él me hubiera ahorrado mucho trabajo y a la vez hubiera disfrutado lo indecible iniciando discusiones sobre fechas y lugares.

Susana González Marín

 

Oda a la Biblioteca de Filología y a la lectura

En el desarrollo de la literatura pocas innovaciones han supuesto un impulso tan importante como el paso progresivo del rollo al códice iniciado en torno al siglo I: de un formato continuo que obligaba a enrollar y desenrollar el texto (ocultando la mayor parte de la obra) para poder leer un pasaje, se pasó a un soporte más versátil, el del libro, en donde era posible leer varias páginas a la vez y cotejándolas entre sí. Las múltiples posibilidades que se abrían, facilitando ahora nuevas relaciones intertextuales, referencias voluntarias que dotaban de más sentidos a un pasaje o poema dado, o incluso juegos visuales, fueron explotadas con maestría por los autores grecolatinos. Desde entonces, los libros han acompañado a lectores y escritores de todo tipo de géneros, sirviendo de apoyo a la –cada vez más mermada– memoria de nuestras sociedades.

Con motivo del Día de las bibliotecas, merece la pena poner en valor una vez más la indudable utilidad de estas instituciones. Máxime cuando el fácil acceso a muchos textos y traducciones que nos permite internet suele propiciar la confusión de los lectores. Al igual que ocurría con los antiguos rollos, los actuales blogs inmediatamente nos ofrecen un texto, pero es necesario deslizar la pantalla, ocultar lo ya leído y lo que queda por leer para poder acceder a cada pasaje. En cambio, sostener en las manos una buena edición de Homero o Virgilio nos permite además tener abiertas varias páginas, pudiendo hacer lecturas paralelas, comparando – por ejemplo – la muerte de Patroclo en el canto XVI con la de Héctor en el XXII y entendiendo mejor la obra en su conjunto.

La Biblioteca de Filología de la Universidad de Salamanca, heredera de la Biblioteca Histórica creada en el s. XIII, acumula una importantísima colección de ediciones y traducciones de autores clásicos a disposición de estudiantes e investigadores. La propia selección llevada a cabo a lo largo del tiempo por los profesores que han ido adquiriendo esos fondos son una primera garantía de su calidad. Entre ellos encontramos colecciones bien consolidadas de textos en griego y latín como las ediciones de Oxford, Teubner o Alma Mater, a las que se suman las bilingües de Loeb, Belles Lettres, BUR o Mondadori junto a Dumbarton Oaks Medieval Library o Tatti Renaissance Library para textos tradoantiguos, medievales y renacentistas. Todas ellas destacan por su rigor filológico y máxima fiabilidad. Tampoco faltan en sus estanterías las traducciones más accesibles, muchas en cómodas colecciones de bolsillo, llevadas a cabo por reputados especialistas para Cátedra, Alianza, Gredos, etc. Precisamente, de muchas de ellas tenemos varios ejemplares de un mismo libro con la idea de que sean sacados a la vez por varios lectores. Por tanto, siempre hay un volumen disponible. ¡Una razón más para acercarse hasta ella!

Óscar Prieto Domínguez

Los alumnos de Clásicas hablan de la Biblioteca de Filología

Como ya anunciamos en la entrada del día 24, durante unos días rendimos homenaje a nuestra Biblioteca de Filología. Hoy es el turno de los alumnos, que han contestado amablemente a mi petición de responder a algunas preguntas o, al menos, de enviar algún comentario sobre la Biblioteca. Han enviado sus aportaciones veinte alumnos de Grado y Máster, a los que agradezco su colaboración. Por supuesto, no se trata de una encuesta seria sino simplemente de escuchar cómo usan ellos la Biblioteca. Reproduzco las respuestas a cada pregunta y he recogido al final los comentarios enviados.

Susana González Marín

  1. ¿Visitas la Biblioteca de la Facultad de Filología?
  • Visito bastante la biblioteca de la Facultad.
  • Sí.
  • Sí.
  • Sí.
  • Sí, es un sitio en el que puedo trabajar sin distracciones y consultar libros si tengo alguna duda, aunque también me permite estudiar con compañeros y consultar dudas con ellos. Al ser un sitio tan pequeño, no como otras bibliotecas, no se llena de mucha gente y se puede trabajar y/o estudiar con tranquilidad.
  • Sí.
  • Sí.
  • Sí.
  • Sí, al menos una vez a la semana.
  • Sí, visito con frecuencia la biblioteca de Filología.
  1. ¿Cuántas veces vas a lo largo del curso?
  • Normalmente suelo ir cada día, de lunes a viernes, siempre que puedo.
  • En época normal puedo ir una vez por semana, durante época de exámenes todos los días.
  • Por lo general, de lunes a jueves.
  • Prácticamente todos los días.
  • Intento ir cada día por la mañana, ya que no dispongo de mucho tiempo, y por lo menos si voy un par de horas adelanto trabajo o hago los deberes que tengo pendientes.
  • 40, aproximadamente.
  • Normalmente una vez a la semana como mínimo, y sobre todo en época de exámenes.
  • Todos los días de la semana, porque es mi lugar habitual de estudio.
  • Al menos un día a la semana
  • Con frecuencia, especialmente en época de exámenes.
  • En lo que llevo de curso, procuro ir todas las veces que puedo y son bastantes a lo largo del curso.
  1. ¿Cuando acudes a ella, es para trabajar o para la consulta de libros?
  • Suelo ir para trabajar, sobre todo para traducir los textos, ya que, si tengo alguna duda puedo consultar algún libro para ayudarme con la traducción. En la biblioteca aprovecho mucho más el tiempo de estudio también.
  • Para ambas.
  • Suelo ir a estudiar y traducir, pero para ello utilizo libros como consulta.
  • Voy para ambas, es donde mejor me concentro y donde, además, se puede crear muy buen ambiente de trabajo entre los (proto-)clasicistas.
  • Normalmente suelo ir a trabajar, ya que, gracias a internet, podemos encontrar todos los libros que necesitemos en la red, y en varios idiomas, por lo que suelo acostumbrar a consultarlos por internet, aunque, teniéndolos a mano en la Biblioteca, resulta más fácil cogerlos de ahí. Pero tengo costumbre de ir a estudiar, pues no me distraigo tanto como en casa. Es una forma de obligarte a estudiar.
  • Suelo acudir a la biblioteca cuando tengo que trabajar pero casi siempre acabo consultando algún libro.
  • Para ambas cosas.
  • Para trabajar pudiendo consultar los diccionarios más grandes como el Gaffiot.
  • Para trabajar, aunque a veces es necesario consultar libros.
  • Normalmente para trabajar, pero de paso aprovecho y consulto algún libro recomendado por los profesores.
  • Voy tanto a trabajar como a consultar libros, hay un gran repertorio de ellos que ayudan a la hora de estudiar y además me suelo encontrar con compañeros y pueden ayudarme en caso de alguna duda.
  1. ¿La Biblioteca es para ti un lugar de consulta o te descubre nuevas cosas?
  • Alguna vez he descubierto libros muy interesantes, cuando realmente estaba buscando otra cosa, pero en general solo es un sitio para trabajar o consultar.
  • Normalmente es un sitio de consulta, pero a veces encuentro algún tipo de libro con el que tengo más afinidad que los que tengo que utilizar para las clases.
  • Sobre todo, es un lugar de consulta de libros que me ayudan con los temas que estoy tratando en clase.
  • Siempre es agradable pasearse por las estanterías que tienen un tema en el cual estás interesado y encontrar libros específicos sobre muchas minucias filológicas. Es muy habitual que el título de un libro te lleve a otro y, al final, quizás termines consultando algo que nunca te habías planteado que pudiera estar investigado.
  • Normalmente no tengo costumbre de consultar libros, pero a veces encuentro algún libro realmente interesante. Una vez vi un libro sobre escrituras y alfabetos arcaicos, y me pareció interesante ver cómo cada lengua desarrolló su propia lengua de escritura y las comparaciones entre varias lenguas; me apunté mi nombre en varios alfabetos, como la lineal B o el chipriota. Creo que tenemos suerte de tener libros tan antiguos y tan variados; si buscas bien, puedes encontrar libros sobre cualquier tema, evidentemente dentro del ámbito lingüístico o literario.
  • Un lugar de consulta.
  • Ambas cosas, me resulta bastante útil porque puedo consultar libros de clase u otros libros que son de mi interés personal.
  • Más bien de consulta.
  • Para mí, principalmente de consulta, pero también descubro cosas nuevas mientras consulto libros.
  • Para mí es tanto un lugar de consulta y sobre todo un lugar donde descubro cosas nuevas y aprendo bastante.
  1. Si quieres, comenta alguna otra cosa sobre la Biblioteca.
  • Me gustaría mucho que se organizase una pequeña excursión a la Biblioteca y descubrir más cosas útiles de ella.
  • A veces es un poco complicado encontrar el libro que busco, pero supongo que es por falta de costumbre.
  • La Biblioteca te puede proporcionar no solo los conocimientos que necesitas para tus estudios, sino también buenos vínculos sociales en los cuales apoyarte cuando tienes dudas o, simplemente, cuando no es tu día. Por otra parte, el personal es muy agradable y está siempre dispuesto a echarte una mano.
  • Creo que es un espacio bastante bueno para trabajar, ya que además de que no te molesta nadie tienes al alcance de tu mano diccionarios, libros o incluso ordenadores para acceder a internet, es decir, material para facilitarte el trabajo.
  • La Biblioteca de Filología tiene libros de todas las carreras, pero es admirable el repertorio de bibliografía enfocada a nuestra carrera. Realmente es una biblioteca admirable que, para los estudiantes de Filología Clásica, hace que libros que no pueden ser tan accesibles por su alto precio puedan consultarse de manera gratuita.
  • Me gusta mucho ir y estudiar allí entre tantos libros que están relacionados con la carrera. Me parece que el catálogo de libros es excelente, creo que puedo encontrar casi cualquier ejemplar que pueda llegar a necesitar
  • Lo único a destacar es el calor que hace (para mí), a veces me salgo porque no puedo aguantar. A todo esto, es un buen lugar de trabajo donde concentrarte bien.
  • Estos dos años de carrera he visitado la Biblioteca al menos una vez a la semana y en época de exámenes se convierte en mi segunda casa. Me siento muy cómoda sobre todo en el sótano porque apenas hay ruido aunque la luminosidad del segundo piso es envidiable. Cuando acudo a ella voy tanto a trabajar como a consultar, me ahorra cargar cada día con el peso de los diccionarios y comprar libros de consulta necesarios para el día a día. Además, me gusta más tener el libro físico y no solo en pdf y aquí lo puedo conseguir. A veces voy a por un libro exacto y salgo con dos más sobre distintos temas pero que sin buscarlo me ayudan incluso más que el primero.
  • Como alumno de la Facultad visito con frecuencia la Biblioteca, ya que encuentro materiales que me ayudan en la traducción y en la ampliación de materia para las asignaturas. Suelo ir todas las semanas, casi a diario, ya que me resulta más productivo que quedarme en casa. Como ya he dicho antes, cuando vengo a la Biblioteca es sobre todo como un lugar de consulta, ya que me resulta muy útil para mi curso y para las asignaturas que estoy estudiando, aunque siempre encuentro algo de tiempo para investigar sobre temas que me puedan llamar la atención más y que no formen parte de lo estrictamente académico de mi carrera. Como dato curioso puedo añadir que este año se ha colado una amable paloma que también tenía que consultar algo en los materiales de la biblioteca y que nos acompañó durante unos días, dando movimiento y vida a la biblioteca, y obligando a clausurar la segunda planta 24 horas porque podía causar molestias a algunos de los que estábamos ahí.
  • La verdad que mi relación con la Biblioteca es bastante estrecha, básicamente voy todas las tardes y me sirve tanto para buscar información en los libros y así completar mis apuntes como para trabajar en un buen ambiente. Otra de las ventajas que veo en estudiar es a Biblioteca es, el simple hecho de ir, salir de casa, moverte, interactúas con los demás y en los descansos también estás activo. A diferencia del hogar donde apenas te mueves y simplemente para descansar se suele encender la tele. Una de las suertes que tengo es que al estudiar con mis compañeros juntos nos alentamos en el estudio y nos ayudamos unos a otros con dudas. Me parece que la Facultad de Filología dispone de mucha cantidad y variedad de libros de nuestro ámbito, lo cual no es fácil encontrar en cualquier otra, además que el servicio de préstamo es bastante amplio. Hace poco saqué un libro de teatro para leerme la obra en casa por las noches, y una de mis compañeras me dijo que por qué no lo leía desde internet. Así le contesté que me parece que me engancha más el libro cuando lo tengo entre las manos que si lo leo a través de la pantalla. Además, es más fácil volver a páginas anteriores o posteriores según el interés, es más fácil su manejo.
  • La verdad es que uno de los lugares que menos frecuento a la hora de trabajar es la Biblioteca, quizá porque desde siempre donde mejor me he concentrado ha sido en la tranquilidad de mi hogar. Ello no significa que prescinda de ella. Para mí, la Biblioteca es un lugar de consulta, donde muchas veces te cuesta encontrar el libro que tanto necesitas pero que como compensación te descubre otros tantos que ni sabías que existían, por lo que también me supone el sitio ideal para perderte entre sus estanterías y hallar grandes obras literarias.
  • Por mi parte, acudo a la Biblioteca prácticamente todos los días desde el comienzo del curso. En ella realizo el trabajo diario que exige la carrera, y además me permite consultar la bibliografía de manera rápida, gracias a todos los materiales de Filología clásica con los que cuenta. Suelo trabajar con los libros en sala, pero también saco bastantes a lo largo del curso para leer con más detalle en casa: especialmente en vacaciones, que siempre alargan los plazos de préstamos. En época de exámenes recurro a otras bibliotecas de la universidad que abren más horas, pero mi primera opción siempre es la de Filología. Y tampoco es raro ver a otros alumnos de diversas facultades estudiando en ella, que vienen atraídos no por sus materiales sino por su localización y, curiosamente, por contar con enchufes en casi todas las plazas, cosa que se echa de menos en casi todas las bibliotecas de la Universidad.
  • Acudo normalmente a la Biblioteca de Filología para consultar y adquirir en préstamo aquellos libros que a priori, no encontraría en otra biblioteca, ya que ayudan al estudio de las materias de todas las Filologías. Aquí puedo encontrar bibliografía selecta de autores en Griego y en Latín. ¿Qué haría el mundo sin las bibliotecas? Es posible que la imaginación se forje en estos lugares, es probable que el silencio que se respira haga brotar el conocimiento. Ver tantas estanterías, hace imaginarse un pasado de generaciones. El aire antañón invita a adentrarse en un mundo misterioso y a plantearse preguntas que explicarían el momento actual.
  • Visito la Biblioteca con bastante frecuencia, tanto para consultar como para estudiar y servirme de material como por ejemplo los numerosos diccionarios que encontramos para utilizarlos a la hora de trabajar. También voy a menudo a la Biblioteca para sacar libros de lectura para las clases. Una de las cosas que me parece muy interesante es que el Servicio de bibliotecas da la oportunidad de renovar esos libros por internet. Otra de las cosas a destacar es que hay muchos profesores que también van a trabajar o a investigar a la biblioteca y siempre están disponibles para consultarles si están ahí.
  • Aunque no estoy acostumbrado a ir a las bibliotecas a estudiar, sí acudo con frecuencia a la Biblioteca de la Facultad de Filología, aproximadamente unas tres veces por semana a trabajar. Considero que es un lugar cómodo y tranquilo que me permite concentrarme y llevar el estudio de forma más amena, tanto por el ambiente como por la posibilidad de consultar una amplia gama de información que siempre está a mi disposición. La gestión es buena y no deja nada que desear. Todos los que quiera acudir a un lugar de estudio adecuado, la recomiendo.
  • Visito la biblioteca de la Facultad con bastante frecuencia, todas las tardes, con la intención principal de usarla como lugar de estudio debido a la gran variedad de diccionarios que allí se encuentran. Otra cosa positiva es su ubicación en el centro, que permite hacer unos descansos con unas vistas envidiables del casco histórico de la ciudad, y eso sin mencionar las Caballerizas y sus pinchos de tortilla rellena.

Magdalena Alomar, Germán Álvarez García, Sara Bonilla Rodríguez, Claudia Fernández Ferreras, Pablo Gisbert Beneito. Martín Jiménez Cueto, Aiora Lechuga Blanco, Marcos Medrano Duque, Lucía Mohamed Walias, Paloma Marcos Sánchez, Jorge Noreña Almeida, Paula Pérez da Conceição, Carmen Pérez González, Irene Ruiz Aires, Víctor Sánchez Augusto, Beatriz Sánchez García, Amanda Sastre González, Aitana Vázquez Martín, Elena Villarroel Rodríguez.

 

 

Donald Tusk en Atenas

En cuanto un mandatario político pisa suelo griego siente una acuciante necesidad de confesar su pasión secreta por los clásicos (a veces ni siquiera les hace falta excusa). En esta línea y para no ser menos que Boris Johnson, el presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, se marcó el otro día en el Foro de la Democracia 2019 de Atenas un florido discurso de inauguración (puedes leer el original aquí) en el que agradece la invitación al acto por tres motivos de índole distinta.

Primero, por razones personales: su gran pasión por los clásicos griegos. Tusk, historiador, tiene a bien contarnos que antes de los diez años ya había leído la Iliada en polaco y que Homero había dado sentido a su vida; ya de mayor, cuando visitó por primera vez la Acrópolis y abrazó una columna del Erechtheion no pudo contener las lágrimas. Relaciona directamente su vocación política con otra anécdota relacionada con el mundo clásico: en la Enseñanza secundaria, tras una lectura de la Antígona de Sófocles, se vio obligado en un debate en clase a actuar como abogado de Creonte, logrando que el juicio simulado quedara en tablas.

La segunda razón es su deseo de, inspirado por los clásicos, aprovechar la oportunidad de liberar al término “política” (la politeia griega y la res publica ciceroniana) de las actuales connotaciones negativas y devolverle su sentido original: una actividad al servicio del bien común. La situación actual, cuyos puntos calientes enumera -el Brexit, Trump, los paises de Centroeuropa oriental o la frontera entre Rusia y Ucrania-, sin duda merecería el análisis del historiador Tucídides.

Finalmente, el tercer motivo es el agradecimiento por el premio otorgado a su amigo Paweł Adamowicz, alcalde de Gdansk, que fue asesinado en enero de este año durante un acto benéfico en el que participaba. No falta tampoco la alusión al mundo clásico, en este caso un contraejemplo menos familiar que las referencias anteriores: Demetrio Poliorcetes, rey de Macedonia, que se mostraba, según la biografía que de él redactó Plutarco, orgulloso de ese sobrenombre, “expugnador de ciudades”. A diferencia de este, Adamowicz trabajó en la idea de que no todo está perdido, de que el amor es más fuerte que el odio, de que la solidaridad lo es más que el egoísmo.

Es posible que el mundo clásico aporte al actual muchas cosas, pero sin duda una fundamental es ser un instrumento de lucimiento para políticos y otras figuras públicas. Eso sí, a la hora de favorecer su estudio y conocimiento para amplios sectores de la población el entusiasmo decae considerablemente. Lo clásico es un adorno y, por tanto, prescindible (para los demás, porque a ellos sí les gusta lucirse); eso sí, ¡a qué cosas tan monas nos dedicamos!.

Susana González Marín

¿Por qué estudiar Clásicas?

Quizá esta es la mejor pregunta para iniciar el nuevo curso 2019-2010 en nuestro blog.

Why study Classics? First-person Answers From Around the World es el título de un ebook de Miguel Carvalho Abrantes (su precio en Feltrinelli es de 0.99 €), que ha formulado cuatro preguntas a personas de diferentes partes del mundo, no necesariamente de Clásicas ni dedicadas a la enseñanza:

1- ¿Qué te indujo a estudiar el mundo clásico?
2- ¿Qué fue lo más inesperado que aprendiste gracias estos estudios?
3- ¿Qué impacto produjeron en tu vida los estudios de Clásicas?
4- Si tuvieras que recomendar un solo libro o artículo a otros lectores, ¿cuál sería y por qué?

Algunas respuestas son anónimas, pero otras son de algunos estudiosos que nos resultan familiares: Gregory Nagy (Harvard Univ.), Andrew Laird (Brown Univ.), Eleanor Dickey (Reading Univ.), y de quien fue profesor de griego en esta casa, José Antonio Fernández Delgado.

De cuando Ventris anunció en la BBC que había descifrado el Lineal B

Circula por internet un audio, de apenas tres minutos, de parte de una grabación de la BBC en la que Michael Ventris -quien identificó que lo que subyacía a la escritura Lineal B era griego- anuncia por primera vez de forma pública su desciframiento. Sucedió el 1 de julio de 1952. Me resulta un documento magnífico y emocionante para un clasicista. Se puede escuchar en este enlace.

“For a long time I, too, thought that Etruscan might afford the clue we were looking for. But during the last few weeks, I’ve suddenly come to the conclusion that the Knossos and Pylos tablets must, after all, be written in Greek – a difficult and archaic Greek, seeing that it’s 500 years older than Homer, and written in a rather abbreviated form, but Greek nevertheless. 

Once I made this assumption, most of the peculiarities of the language and spelling which had puzzled me seemed to find a logical explanation, and although many of the tablets remain as incomprehensible as before, many others are suddenly beginning to make sense. As we expected, they seem to contain nothing of any literary value, but merely record the prosaic and often trivial details of the palace administration. We have lists of men and women, for instance, where each name has the person’s trade next to it, and we rediscover familiar Greek words like ποιμήν, ‘shepherd’, κεραμεύς, ‘potter’ χαλκεύς, ‘brownsmith’, *χρυσοϝοργός, ‘goldsmith’. Some of the persons have longer descriptions, like ‘So-and-so, a goatherd watching over the quadrupeds belonging to So-and-so’, or ‘three waitresses whose mother was a slave and whose father was a smith’, or ‘stonemasons for building operations’. Other tablets are lists of commodities, such as wheels: so many of elm, so many of metal, so many with metal bindings and so many of willow. Most of the phrases are quite short. The longest sentence I can find has 11 words and occurs on a tablet from Pylos, which seems to be an assessment for tithes, somewhat as follows: ‘The priestess holds the following acres of productive land on a lease from the property-owners and undertakes to maintain them in the future’. 

The Pylos tablets look like being Greek throughout, which is only what one would expect from their date and location. But even if it turns out that any of the main phrasing of the Knossos tablets is in Greek, and that this is interspersed with names and words of some indigenous language, we shall still be forced to revise our conception of the history of this period. The last palace of Knossos has all the appearance of being part of a native island culture. But, if my suggestion is right, the Greeks must in fact have arrived in Crete at its building, and not merely been its destroyers, and it must have been they who devised the new Linear script B for their own purposes. If this is so, there’s a case for calling the tablets which Myres and Bennett have published Mycenaean, and not Minoan in a strict sense at all. I’ve suggested that there’s now a better chance of reading these earliest European inscriptions than ever before, but there’s evidently a great deal more work to do before we are all agreed on the solution to the problem”. 

Traducción: “Durante mucho tiempo yo también pensé que el etrusco podía proporcionar la clave que estábamos buscando, pero en las últimas semanas he llegado a la conclusión, de forma repentina, de que las tablillas de Cnosos y Pilos deben de estar escritas en griego; un griego difícil y arcaico, ya que es 500 años anterior a Homero, y un griego en forma algo abreviada, pero griego, no obstante. 

Una vez hice esta suposición, la mayoría de las peculiaridades de esta lengua y de su escritura que me habían estado desconcertando parecieron encontrar una explicación lógica. Aunque algunas tablillas son aún tan incomprensibles como antes, muchas otras están empezando a cobrar sentido. Como esperábamos, no parecen contener nada valioso desde el punto de vista literario, sino que simplemente testimonian detalles prosaicos y a menudo triviales de la administración palacial. Tenemos, por ejemplo, listas de hombres y mujeres, donde cada nombre tiene [escrito] el oficio de dicha persona al lado, y encontramos palabras familiares en griego, como ποιμήν, ‘pastor’, κεραμεύς, ‘alfarero’, χαλκεύς, ‘cobrero’, *χρυσοϝοργός, ‘orfebre’. Algunas personas tienen descripciones más largas, como “Fulanito, un cabrero que cuida de los cuadrúpedos pertenecientes a Fulanito”, o “tres sirvientas cuya madre era esclava y cuyo padre era herrero”, o “albañiles para operaciones de construcción”. Otras tablillas son inventarios de productos, como p. ej. ruedas: “tantas de madera de olmo, tantas de metal, tantas con sujecciones de metal, tantas de madera de sauce”. La mayoría de las frases son muy cortas. La más larga que he podido encontrar tiene 11 palabras y está en una tablilla de Pilos, que parece haber sido una tasación para el diezmo; [dice] algo así: “La sacerdotisa posee la siguiente cantidad de acres de tierra productiva en arrendamiento de sus propietarios y se compromete a mantenerlas en el futuro”. 

Las tablillas de Pilos parecen estar todas en griego, que es lo esperable teniendo en cuenta su datación y lugar de origen. Pero si resulta que el grueso de las tablillas de Cnosos está en griego pero intercalado con nombres propios y palabras de alguna lengua indígena nos veremos obligados a replantearnos nuestra concepción de la historia de este período. El último palacio de Cnosos parece pertenecer a la cultura nativa de la isla, pero, si lo que sugiero es cierto, los griegos debieron de haber llegado a Creta a la par que se construía, y no haber sido simplemente sus destructores, y deben de haber sido ellos quienes concibieron la nueva escritura Lineal B para sus propios fines. Si esto así, habría que llamar las tablillas que han publicado Myres y Bennett “micénicas”, y no “minoicas” en absoluto. Sugiero que existen ahora mejores posibilidades que nunca de leer estas inscripciones, las más antiguas de Europa, pero, evidentemente, hay muchísimo más trabajo que hacer antes de que todos nos pongamos de acuerdo en la solución al problema”. 

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Dos fragmentos de una carta de Michael Ventris a Emmett L. Bennett, en cuyos estudios sobre el Lineal B se apoyó Ventris para el desciframiento. Fechada el 18 de junio de 1952, pocos días antes del anuncio radiofónico. Ventris le comunica su hallazgo (“creo que tengo buenas noticias para ti: lo mejor es que juzgues tú mismo, pero creo que he descifrado el Lineal B, y que [las tablillas de] Cnosos y de Pilos están, ambas, en griego”). Más adelante, incluye algunas de sus lecturas. La carta puede consultarse completa aquí .
Apenas unos días después del anuncio, John Chadwick, que estaba, en el momento de la intervención de Ventris, escuchando la BBC, hizo por conseguir el contacto de Ventris y comenzó un intercambio de cartas entre ellos. Esta es la primera que Chadwick le envió, donde, además de colmarlo de felicitaciones, le ruega que trabajen juntos en el desciframiento:

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“Estimado Sr. Ventris: Permítame en primer lugar felicitarlo por haber solucionado el problema minoico; es un logro magnífico y está ud. tan solo al comienzo de su triunfo. […] Me gustaría mucho poder hablarlo con usted y espero que podamos concertar un encuentro. Supongo que no viene a Oxford muy a menudo. De todos modos, si hay algo que pueda hacer un mero filólogo, hágamelo saber” (Puede leerse completa aquí)
Fechada el mismo día -el 13 de julio de 1952-, se conserva (disponible en el mismo enlace) la respuesta de Ventris a Chadwick, aceptando el ofrecimiento y mostrándose desanimado por la falta de respaldo inicial -durante los primeros meses, Ventris encontró el rechazo de muchos especialistas, rechazo reforzado por los prejuicios, ciertamente, de que Ventris no fuese filólogo ni tuviese relación con el mundo universitario: era arquitecto-.

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“Estimado Sr. Chadwick: Muchas gracias por su carta. Es muy alentador tener noticias de alguien que ha trabajado en el problema minoico y que está de acuerdo con mi teoría del griego, ya que, francamente, me veo en estos momentos bastante necesitado de apoyo moral. Todo este asunto está llegando a un punto en el que mucha gente lo mira con gran escepticismo, y soy consciente de que, de momento, hay mucho que no puede explicarse de forma satisfactoria […] Me sería muy útil contar con su ayuda, no solo para intentar averiguar el sentido de los testimonios, sino también para obtener conclusiones correctas en cuanto a las formaciones [de palabras], en términos de dialecto y etapa de desarrollo [de la lengua]”
Poco después, en 1953, publicaron, conjuntamente, el artículo “Evidence for Greek Dialect in the Mycenaean Archives”, la primera publicación que avalaba científicamente el descubrimiento anticipado y, juntos, compartirían para siempre el honor del desciframiento.

Ana Laguna

Sobre los viajes de Ulises

Irene Ruiz Aires nos envía el enlace a la noticia facilitada por la agencia Europa Press el 20 de febrero: un joven filólogo valenciano, Juan Bautista Juan-López, ha presentado en el marco de distintas jornadas de estudios bizantinos celebradas en varias universidades europeas (Oxford, La Sorbona, Barcelona, Rey Juan Carlos de Madrid) su proyecto de tesis doctoral ‘La filosofía del náufrago: impasible a la deriva. Edición final, traducción y comentario del De Ulixis Erroribus‘. Ha recuperado dos manuscritos originales de las bibliotecas de Viena y Londres que permiten atribuir con alto grado de probabilidad el ‘De Ulixis Erroribus’ a Manuel Gabalas.

Filología clásica: renovarse o morir

Lo que las clásicas necesitan no es un defensor. Una defensa presupone debilidad o situación de desamparo en aquello que es defendido, y la fortaleza de las clásicas, cuyos bastiones principales son sus genios literarios y su pervivencia a lo largo de los siglos, es innegable. Mary Beard, en su introducción a La herencia viva de los clásicos. Tradiciones, aventuras e innovaciones (2013), desconfía de que algún día lleguen a extinguirse las clásicas. Esto supondría, en primer lugar, la condena al olvido de los grandes autores antiguos y, consecuentemente, la incapacidad de comprender a los artistas que bebieron de tan maravillosa fuente. Lo que las clásicas necesitan no es ser defendidas, sino reivindicadas. Debemos dejar claro el espacio que merecen y les pertenece por derecho. Para ello, la Filología Clásica requiere un lavado de cara y un cambio a mejor, que comience por la propia base de su enseñanza.

El número de estudiantes de Filología Clásica es reducido. Este dato podría ser indicio de que escogen tal camino por pura vocación. Desgraciadamente, en la mayoría de los casos la vocación no es el motivo, sino más bien el desconocimiento e incluso el engaño. Para muchos adolescentes la Filología Clásica es un oasis creado por su propia imaginación o propiciado por ciertos profesores de instituto o universidad que dan una idea difusa e imprecisa de lo que verdaderamente suponen las clásicas. Por ello no es extraño que crean que la base de la Filología Clásica es saber contar mitos o discernir la etimología de algunas palabras. Sin embargo, el núcleo de esta disciplina son, como es natural, los textos. De nada sirve saber la genealogía de los dioses, el ciclo tebano o la etimología de innúmeras palabras si no se tienen la habilidad o las ganas para lidiar con el idioma. Y, fuera tonterías, si uno quiere aprender una lengua romance, lo que ha de hacer es abarcarla de inmediato y no perder tiempo con el latín, porque supuestamente ayudará al aprendizaje de la lengua en cuestión. Como bien afirma Mary Beard, «solo hay una buena razón para aprender latín: que quieras leer lo que está escrito en ese idioma». Y lo mismo sirva para el griego.

Dejémonos de embelesar a los jóvenes dándoles una imagen errónea e intentemos mantener a aquellos que verdaderamente se interesan por el latín y el griego. Decenas y decenas de estudiantes pierden el tiempo en una carrera que ni les va ni les viene para acabar abandonándola después de muchas penas, al menos económicas y mentales. De cincuenta que entran, salen diez, o veinte como mucho. Conocí personalmente a compañeros que hacían la carrera porque “les gustaba la mitología”. Otros creen que por ser buenos en el instituto, seguirán adelante sin el menor esfuerzo, solo con analizar sujeto, verbo y complemento en la pizarra. Procedimiento que, por cierto, no tendría que salir de los muros del instituto, pero que –horresco referens– siguen empleando incluso algunos becarios, mis propios ojos lo han visto –mirabile dictu–. Muchos sucumben a la visión de una Filología Clásica donde se leen mitos alrededor de la hoguera ancestral, se celebran simposios o se cocinan platos romanos con garum. Pero como un gran maestro dijo un día no venimos a esta carrera para cocinar crêpes. Con todo esto, no quiero decir que no haya que fijarse en aspectos tales como la mitología o etimología; pero no solo de pan vive el hombre, aunque muchos desearían que esto fuera así.

Toda persona dispuesta a reivindicar las clásicas necesita, lo primero de todo, tener un concepto muy claro de su significado. Y, como segundo paso, ha de plantearse cómo deberían de ser enseñadas en un futuro. El método de enseñanza que suele emplearse en las aulas es el prusiano, que intenta lograr la adquisición de la lengua a través de la pura gramática y morfología y de la traducción de textos. Este modelo es, desde mi punto de vista, nocivo para el caso del latín y el griego y es obvio que, en la mayoría de los ocasiones, no funciona. Vemos como algunos de los supuestos filólogos clásicos que se gradúan, después de cuatro años, cometen graves errores morfológicos o desconocen palabras del léxico elemental, lo cual es una verdadera vergüenza, que se debe en parte a la holgazanería y nulo sacrificio de una parte del alumnado, pero también a la inutilidad de dicho método. En otro estrato se encuentran aquellos que, a pesar del esfuerzo, se encuentran con que son incapaces de leer una sola frase en latín y comprenderla. Están, en fin, abocados a la mera traducción. ¿Por qué? Precisamente porque el método prusiano te prepara para traducir, pero no para leer en la lengua original sin necesidad de verter a la lengua materna los versos o las oraciones de la prosa para poder comprenderlos. Solo se puede llegar a la lectura zambulléndose de lleno en los textos originales, sin miedo, sin diccionario, sin tramposas ediciones bilingües. Una vez adquirido el bagaje morfológico-sintáctico, ya puede uno prescindir de la carga del análisis y abarcar de frente el texto, como si se tratara de una obra en francés, inglés o italiano; pero, mientras se siga escribiendo la traducción y el análisis en el papel, esto no serán más que quimeras.

Por último, me gustaría referirme a la cuestión de cómo deberían de ser las clásicas, o mejor dicho, cómo deberían de enseñarse. La reflexión anterior va, en parte, referida a esta pregunta. No obstante, quisiera añadir un aspecto más, que sigue de cerca al genial Nietzsche. Las clásicas necesitan un enfoque con amplitud de miras. El filósofo fue muy duro con los filólogos clásicos, a los que llegó a denominar «estrechos de miras», «desapasionados», y aquejados de una «manía erudita, pedante, fría». Personajes, en fin, empeñados en el microanálisis e incapaces de ver la belleza del conjunto. Mientras que él era capaz de admirar el cuadro al completo, aquellos se quedaban colgados en las manchas de aceite que cubrían las formas dibujadas. Nadie niega que sea necesario el trabajo minucioso, ni siquiera el propio Nietzsche. En su lección inaugural Homer und die Klassische Philologie (1869) –antes de tomar posesión de la cátedra de Lengua y Literatura Griega con tan solo veinticuatro años y sin haber realizado tesis alguna– denomina «valiente» al filólogo alemán F. A. Wolf, que en su obra Prolegomena ad Homerum (1795) había cuestionado que los poemas homéricos fueran obra de un único individuo, de un divino poeta. Indudablemente, fueron necesarios el esfuerzo y la minuciosidad para llegar a esta hipótesis –que ya antes había sido planteada no obstante–, pero que ahora tomaba la forma de lo que hoy se llama «cuestión homérica». Defiende Nietzsche a Wolf de las críticas de los artistas, que consideran a los filólogos clásicos destrozadores de los grandes escritos. Estoy totalmente de acuerdo con Nietzsche en su idea de lo que la Filología Clásica ha de ser: la unión de la ciencia y el arte. Este podría ser el camino para unas futuras clásicas, que recogieran en su seno la pasión artística, pero el trabajo duro al mismo tiempo. La primera permitiría deleitarse con la belleza de las civilizaciones y testimonios de las culturas griega y romana, el segundo, dar a su disciplina la seriedad que merece y, ante todo, necesita.

Tal vez esto no sea la panacea; pero me atrevo a decir que de ningún modo lo es salir a defender las clásicas vestidos de romanos. Así nadie nos tomará en serio. No podemos permitir que las clásicas sean objeto de escarnio. No es admisible la actitud de aquellos profesores que hipnotizan a sus estudiantes con los aspectos más golosos. Pero tampoco convengo en que haya que amargar a nadie con una erudición y pedantería insoportables. Ni lo uno ni lo otro, in medio virtus. No seamos pues aquellos filólogos de los que hablaba Nietzsche, que de la ciencia solo conocen el polvo erudito. Sin pasión y sin arte no hay vida, en todo caso, creencia de que el filólogo es un «topo, aficionado a tragarse el polvo de los archivos, a desmenuzar una vez más la gleba triturada cien veces por el arado».

Noelia Bernabeu Torreblanca

 

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